lunes, 13 de junio de 2011
Don DeLillo: Punto omega
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable
Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).
Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.
La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.
Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.
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lunes, 26 de septiembre de 2016
Reseña a cuatro manos: Don DeLillo, Cero K
Idioma original: inglésTítulo original: Zero K
Traductor: Javier Calvo
Año de publicación: 2016
Valoración: interesante / recomendable
Voz propia: Si algo puede decirse de Don DeLillo es que tiene una voz propia, un estilo propio. Sería posible leer una de sus novelas, o incluso un fragmento, y reconocer su forma de escribir. Es difícil definir en qué consiste: creo que es una forma al mismo tiempo visual y abstracta de narrar, menos interesada en los actos y los objetos que en las ideas que esos objetos y actos encarnan.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Don DeLillo: Cosmópolis
Ésta es la trama de Cosmópolis: un joven y avezado broker trufado de millones (que le permiten poseer excentricidades como un tiburón metido en un acuario en una de las innumerables habitaciones de un apartamento enorme en un edificio de 89 plantas, o un sencillito bombardero Tupolev), decide lanzar el doble reto de su vida y le pide al chófer de su enoooorrrrme limousine blanca que le lleve a cortarse el pelo al otro extremo de la ciudad (en lo que, al final, parece manifestarse como una especie de simbólico regreso a la humildad de sus orígenes... pero qué cosa más tierna), a la par que, en una de esas complicadas y especulativas operaciones financieras (una de ésas que han llevado al desastre a medio planeta), apuesta su inmensa fortuna contra la evolución del yen. Todo muy creíble, y todo muy emblemático.
El recorrido hacia la peluquería en el vehículo toma la forma de una especie de epopeya en la que, supongo, cada uno de los obstáculos, cada uno de los encuentros aparentemente casuales debe revestir algún tipo de simbolismo. Aparece, también, en ese itinerario (o quizás deba decir via crucis), su mujer, otra guapa ricachona a la que parece no irle mucho el sexo, y con la que se encuentra varias veces, parece, casualmente. Perdonad: el libro es un lío. Hay manifestaciones, disturbios callejeros, estrellas del rap usadas como muzak para ascensores (y que fallecen por escasamente glamourosas causas naturales), performances, parece, del fotógrafo ése que fotografía a gente en pelotas, y toda suerte de tonterías que la prosa de DeLillo, supongo, pretenderá que lectores muy pero que muy espabilados traduzcan a algún tipo de metalenguaje que, seguro, servidor de Vds. ignora. Motivo éste final, supongo, por el que esta novela me ha provocado tan soberano aburrimiento.
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lunes, 19 de enero de 2015
Don DeLillo: Ruido de fondo
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domingo, 24 de agosto de 2014
Colaboración: El hombre del salto de Don DeLillo
Título original: Falling Man
Año de publicación: 2007
Valoración: está bien
El reto al que se enfrentan las novelas que pivotan alrededor de un acto terrorista es doble. Existe, por supuesto, la dificultad de representar mediante palabras una explosión y lo que ocurre posteriormente. Pero el problema axial, el que determina la contribución del autor al archivo cultural que versa sobre el acontecimiento la histórico, está en si el autor concibe el acto terrorista como una exageración estética -inasumible e incomprensible en su magnitud- o en si el autor muestra cierta voluntad continuista en la narración y sitúa el acto en una narrativa histórica (1). En El hombre del salto DeLillo apuesta por la segunda opción.
Sirviéndose de Keith, un oficinista en una de las torres del World Trade Center que después del desastre vuelve a casa de Lianne, su ex-mujer, para retomar la convivencia con ella, Delillo nos introduce en un nivel personal del trauma histórico. La madre de Lianne, enferma de alzhéimer y novia de un antiguo militante de la RAF reconvertido a marchante de arte, o Justin, hijo de Keith y Lianne, que escruta los cielos en busca de más aviones y conspira con sus amigos sobre un tal Bill Lawton (que es cómo los niños pronuncian Bin Laden) completan el cuadro familiar. Por último, el autor incluye a Hamad, un integrante del comando que derriba las torres.
El entramado teórico que se esconde tras El hombre del salto es digno de alabanza. La narración integra en su análisis elementos como la representación artística del falling man (un artista que en sus happening se cuelga de edificios imitando a aquellos que se lanzaban al vacío desde las torres en llamas) evidenciando hasta qué punto nuestra interpretación del terrorismo depende de ficciones, de narrativas o de mitos (2). El retrato humanizado del sujeto "otro", de Hamad, representa una voluntad del autor de terminar con el clásico discurso de la otredad con la cual ningún entendimiento es posible. También es destacable la voluntad de DeLillo de ofrecer al lector una breve -aunque insuficiente- mirada hacia las estructuras del orden político global al relacionarlas con los sucesos del 9 de septiembre de 2001 y con las vidas de los personajes arriba mencionados.
Con todo, El hombre del salto falla en lo esencial: en dar una unidad y en proveer un revestimiento narrativo a la altura de dichas ideas. La narración, probablemente en un intento de representar la parálisis post-traumática, peca de excesiva frialdad. Incluso la trama, tal vez queriendo representar el giro narcisista de los personajes, se desdibuja según avanza la narración convirtiendo el final en poco más que anti-climático.
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(1) Literature and Terrorism. Comparative Perspectives. Editado por Michael C. Frank y Eva Gruber (2012).
(2) Como explican Joseba Zulaika y William Douglas en Terror and taboo (1996).
martes, 1 de julio de 2014
Don DeLillo: El ángel esmeralda
Idioma original: inglésdomingo, 28 de abril de 2019
Tochoweek III, #7. Don DeLillo: Submundo
Idioma original: españolTítulo original: Underworld
Año de publicación: 1997
Traducción: Gian Castelli
Valoración: muy exigente
miércoles, 10 de octubre de 2012
Premio Nobel 2012: Hagan sus apuestas
Vamos a proceder por eliminación: a la Academia Sueca le gusta repartir sus gracias con variedad (un año aquí, otro en la otra punta del globo...), así que nuestra primera apuesta, considerando que el año pasado ganó Tranströmer, es que este año el premio no será para ningún europeo, o por lo menos para ningún europeo-occidental (dejamos fuera de las apuestas, por tanto, a candidatos sólidos como McEwan, Magris, Lobo Antunes o Cees Nooteboom). Por el mismo motivo, también apostaría a que este año no va a ganar un poeta (lo siento, Adonis, otro año más que te quedas sin premio).
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| Don DeLillo |
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| Alice Munro |
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| Enrique Vila-Matas |
En fin, que si nos pedís uno o dos nombres, nos quedamos con DeLillo y Pynchon. Pero también es posible que la Academia Sueca nos sorprenda a todos premiando a un casi-desconocido. Mañana lo sabremos...
miércoles, 17 de febrero de 2021
Don DeLillo: El silencio
Título original: The Silence
Año de publicación: 2020
Traducción: Javier Calvo
Valoración: Está bien (lo cual para ser DeLillo, no está bien)
Pregunto: ¿constituye el título de este libro una especie de antagonismo a una de las obras maestras de DeLillo, titulada Ruido de fondo?
Puede, pero a partir de aquí mi relato se nutre básicamente de conjeturas, que este sea un primer guiño inconsciente ya que, referíos a mi valoración a tal efecto, estaba yo acostumbrado a que las obras del autor neoyorquino (uno de los grandes, aclaro) me situasen entre la espada y la pared de la fascinación y la animadversión, a veces ambas tan radicales y absolutas, y lo triste para mí es decir que El silencio me ha dejado indiferente, lo cual es imperdonable tratándose de quien se trata.
Porque el planteamiento de El silencio , novela distópica pero no tanto, por mucho que se sitúe en un futuro (2022, aquí al lao) y que conjugue elementos de una cercanía - pre-pandémica, por los pelos - espeluznante, me ha parecido de una obviedad escandalosa, rayana con la falta de profundidad que solo podría que recriminar con saña a escritores de sus cercanías intelectuales (¿se imaginan a Franzen escribiendo frases sencillas sobre, por ejemplo, el conflicto de Medio Oriente?). Porque, abro hilo para sinopsis, ¿qué tiene (bonita portada, por cierto) de útil plantear a estas alturas qué pasaría con nuestra humanidad ultra-conectada y sobre-tecnificada, o viceversa, si simplemente todos los aparatos electrónicos dejaran de funcionar?. Madre mía, Don: si esto lo comentamos en el despacho cuando, en medio de una tormenta, alguna vez una subida de tensión hace que salte el diferencial y caigan los servidores alojados en la nube. Justo después de mirar si queda tiempo suficiente para que eso se arregle o podemos arreglar los papeles de la mesa e ir desfilando para casa.
Un acontecimiento, aunque sea solo apuntado, de esta magnitud, no puede dar para una novela tan escueta, para apenas un relato situacional deudo del cine de Altman, de los relatos de Carver, de una centena de páginas que se despacha en apenas una hora y media de lectura que ni siquiera ha de ser muy atenta: la novela incluso se reitera en ciertos diálogos que no vienen al caso, diálogos establecidos en esos cinco personajes que no perduran para nada en el lector, más que por hechos anecdóticos, como la pareja que echa un polvo nada más cerciorarse de que han sobrevivido a un accidente aéreo a su regreso de París, como esa previa obsesión, escena con que se inicia la novela, con esas pantallas informativas llenas de cifras sobre velocidad y altitud y temperatura exterior. Esas relaciones forzadas, el otro trío de protagonistas reunidos para ver la Super Bowl e igualmente circunspectos ante pantallas en blanco, deberían dar para más en lo narrativo, más allá de sus condiciones de miembros privilegiados de la sociedad neoyorquina, más allá de su falta de reacción ante el hecho de que ese mundo cómodo se acaba de vacíar de contenido ante sus narices.
DeLillo regresa aquí a lugares comunes: a estadios abarrotados de espectadores, a simples individuos que, despojados de los avances de la ciencia, han de atravesar ciudades para regresar a sus hogares/refugios. Podemos hinchar sus premisas y atiborrarlas de trascendencia y decir que la novela es más un punto de partida que una conclusión. Claro, podemos decir que DeLillo ha cedido aquí a sus lectores el desarrollo de los hechos (y la especulación de sus causas), pero, con el respeto a la solidez de sus brillantes grandes novelas, si fuera otro, con todo el respeto, insisto, le preguntaría que cómo se atreve a publicar (y a facturar: más de 15 euros por ejemplar) este bosquejo pretencioso.
viernes, 7 de mayo de 2021
Emma Cline: Harvey
Título original: Harvey
Año de publicación: 2021
Traducción (edición leída en catalán, disponible igualmente en español):
Ferran Ràfols
Valoración: bastante recomendable
Cuando leí Las chicas, anterior novela de Cline, alegué cierta falta de valentía por parte de la autora a la hora de tomar decididamente el papel de un personaje malvado, un criminal desacomplejado, y, habiéndome gustado la novela, opiné que ese aspecto me decepcionaba.
Cline vuelve a tomar riesgo en esta Harvey, quizás no un riesgo comercial pues está claro que tanto el tema de la anterior novela (los crímenes del clan Manson) como el de esta (Harvey Weinstein) disponen de cierto atractivo donde el morbo pesa, pero en todo caso uno puede pillarse los dedos cuando acomete obras que puedan olisquear a humanizar monstruos y no voy a recriminarle reiteración en el recurso pues ambas novelas tienen poco que ver. Harvey nos sitúa en la mansión del productor en las veinticuatro horas anteriores a la emisión del veredicto sobre su caso, detonador del movimiento #MeToo y primera piedra al agua cuya onda expansiva no hace más que generar círculos concéntricos. Weinstein coaccionó a multitud de actrices para obtener favores sexuales a cambio de incluirlas en las películas que produjo. Lo hizo con plena consciencia y convencido de que ese intercambio era algo normal y aceptable, pero ese convencimiento no contemplaba escrúpulo alguno. Otro hombre imponiendo poder e influencia. Cline no narra en primera persona y no se mete en la piel del agresor. No juega a eso sino que es más sutil. Weinstein está en su casa expectante, inquieto ante la incerteza pero seguro de que será absuelto porque su dinero paga los mejores abogados y también de que será perdonado porque no comprende que la sociedad ha cambiado y su conducta no tiene posibilidad alguna de ser tolerada. Piensa de sí mismo que es un genio y que todo ha valido con tal de producir películas, que lo suyo era eso y todo lo demás es accesorio o casi complementario. Se equivoca, por supuesto. Pero Cline traza esa cotidianeidad y lo hace con enorme eficacia narrativa. Por la casa de Connecticut desfilarán, físicamente o por teléfono, personajes de importancia: su hija, conocidos, su abogado. Weinstein quiere aparentar normalidad y confianza en sí mismo, pero su comportamiento es extraño y errático: cuando se da cuenta de que Don DeLillo es su vecino su cabeza se resetea y, como si al día siguiente todo vaya a seguir como si nada, decide enfrascarse en la descabellada idea de proponerle rodar una película sobre Ruido de fondo. Se entrega a esa obsesión como tabla de salvación a medida que las horas pasan y las incertezas ganan terreno.
Pues bien: Cline ha creado un efectivo ejercicio de estilo en este breve texto, una especie de monólogo para un solo personaje donde todos los demás son figurantes. No se ha convertido en Weinstein ni ha blanqueado su figura. Lo ha dejado como un criminal enajenado, egocéntrico y estúpido que cree que su poder es capaz de comprarlo todo. No hay un recodo en ese camino donde no le contemplemos como un miserable indigno de compasión. Puede haber sarcasmo, ironía e incluso cierto humor macabro, pero el mensaje es directo y nada ambiguo. Para mí, paso adelante de Cline.
viernes, 5 de septiembre de 2014
Edward Lewis Wallant: Los inquilinos de Moonbloom
Título original: The tenants of Moonbloom
Año de publicación: 1963
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Valoración: muy recomendable
Novela de redención, novela de amago coral, pero también crónica social y hasta política. Irwin, el hermano y propietario de la empresa, personaje importante y solamente presente en unas pocas conversaciones telefónicas, podría interpretarse como ese poder anónimo y asfixiante que sólo hace acto de presencia para intervenir. Novela, también, de una visceralidad latente, dura, pero grotesca.
Otras obras de Lewis Wallant reseñadas en UnLibroAlDía: El prestamista
miércoles, 5 de octubre de 2011
Premio Nobel 2011: hagan apuestas
Estos son algunos de los (eternos) candidatos al Nobel de Literatura:
Adonis: poeta de origen sirio, candidato al Nobel desde hace una eternidad, este puede ser su año entre otras cosas por los aires de cambio en el mundo árabe: a los académicos suecos les encanta hacer ese tipo de gestos y demostrar que están "implicados" con los acontecimientos. En todo caso, que esta circunstancia externa le pueda favorecer no le resta ni un gramo de valor a su obra poética, sugerente y amplísima.Philip Roth: aunque su obra sea algo irregular en los últimos tiempos, tiene "fondo de armario" (El lamento de Portnoy, Me casé con un comunista, La mancha humana, Pastoral americana, Elegía...) como para justificar de sobra el premio. Además, hace bastante tiempo (desde 1993) que un escritor estadounidense no se lleva el Nobel. Claro que entre los candidatos hay otros compatriotas suyos igualmente bien posicionados...
Cormac McCarthy: Un autor que se ha hecho conocido para el gran público gracias, diría yo, a las adaptaciones cinematográficas de La carretera o No es país para viejos, pero al que la crítica reconoce sus méritos desde hace tiempo. Con un estilo simple y cortante, ha reflejado la realidad de los Estados Unidos (entre otras cosas) con crudeza y sin tapujos.
Thomas Pynchon: junto con Don DeLillo (otro posible candidato) es el gran experimentador de la literatura estadounidense contemporánea. Obras como La subasta del lote 49, V o El arco iris de gravedad representan una revolución narrativa única en su país y en su época. Si le dan el premio, será interesante ver si Pynchon (alérgico como pocos a cualquier acto público) acude a recogerlo...
Tomas Tranströmer: reconozco que no he leído nada de este autor sueco, que sin embargo aparece año tras año en las quinielas para el Premio Nobel. Es poeta, como Adonis, lo que puede beneficiarle si el Nobel decide romper con una racha de cinco novelistas seguidos...
Ko Un: Otra confesión: acabo de oír hablar de este escritor por primera vez ahora, hace diez minutos. Por lo que leo en la Wikipedia (en inglés: la Wikipedia en español ni siquiera tiene un artículo para él), es un poeta surcoreano, activista en favor de la democracia en su país (un punto positivo para él, según los criterios habituales del Nobel), antiguo monje budista, suicida frustrado por partida doble... En fin, puede ser el "tapado" de las quinielas, y a los suecos también les gusta dárselas de originales de vez en cuando...
Haruki Murakami: Que conste que lo incluyo solo porque aparece mencionado en algunas listas. Pero yo estoy en contra. Entre "muy en contra" y "absolutamente en contra". Sí, Murakami escribe bien, tiene un gran éxito de público, es relativamente original... Pero para mí, su obra no está ni de lejos a la altura de los grandes: es repetitiva, facilona y superficial (toma ya). Como le den el Nobel a Murakami, me pego un tiro. En el pie.
lunes, 7 de diciembre de 2009
John Updike: Corre, Conejo
Idioma original: inglésTítulo original: Rabbit, run
Año de publicación: 1960
Valoración: está bien
Corre, Conejo es un horrible título español para una buena novela del escritor estadounidense John Updike. Cuando murió a comienzos de este año, recuerdo haber leído en algún sitio que se iba uno de los grandes de la novela estadounidense del siglo XX, al que se echaría de menos a medida que pasase el tiempo. También recuerdo que leí alguna reseña elogiosa, pero que ponía alguna pega a su estilo realista y algo anticuado.
Corre, Conejo es, diría yo, una perfecta muestra de esto: la historia está bien contada, tiene momentos solemnes, ridículos, conmovedores. El personaje principal, Harry 'Rabbit' Armstrong (antes, un exitoso jugador de baloncesto juvenil; ahora, un fracasado vendedor de puerta en puerta casado con una mujer semi-alcohólica) es impactante, por su incapacidad para relacionarse, por su indiferencia y por su incoherencia, y pese a ello no resulta del todo odioso. La novela está bien escrita y es, como dice la contraportada de la edición que he leído, "sexy, de mal gusto, violenta y cínica; y que le aproveche".
Sin embargo, para mi gusto, a Corre, Conejo le falta algo: le falta imaginación, vuelo, originalidad, genialidad. Parece que John Updike está demasiado pegado al suelo, su narración es demasiado concisa, demasiado lineal, demasiado realista en el sentido tradicional. La vida del grupo de personajes que componen la novela está perfectamente enmarcada y descrita, pero no se logra con ello un gran efecto estético que perdure en el lector. No hay, por ejemplo, la complejidad y profundidad psicológica y narrativa de Philip Roth, el atrevimiento iconoclasta de Bret Easton Ellis ni por supuesto la explosiva exuberancia de Auster o el experimentalismo de Don DeLillo (por compararlo solo con sus compatriotas).
En definitiva, John Updike es un escritor competente, muy bueno, incluso, podríamos decir; pero Corre, Conejo no es una obra maestra: sólo una buena novela bien escrita y bien contada, que no es poco.
También de John Updike en ULAD: Terrorista
viernes, 26 de febrero de 2021
Borja Goyenechea: El francés y otros relatos
Idioma original: español
Año de publicación: 2020
Valoración: bastante recomendable
Aunque sea personalmente reacio a prejuzgar en función de circunstancias particulares de los autores, he de reconocer que leer a Borja Goyenechea (21 años, improbable miembro de una Generación Z literaria, como más adelante explico) tras leer a un Don DeLillo (seis décadas les separan) publicando- onerosamente, eso sí - al ralentí, me resulta una experiencia curiosa. Aunque sea por los planteamientos de partida, y ya no fuerzo más la comparación pues no se trata de eso: Goyenechea no tiene miedo a iniciar sus relatos con bloques de texto de cierto espesor conceptual, resulta curioso en estos tiempos donde el uso del skip amenaza cualquier manifestación artística el joven autor se atreva con párrafos de entrada que podrían asustar al lector poco bregado.
Por si el incierto presente del mundo literario no fuera suficiente, publicar una primera obra en plena pandemia e iniciarla con un cuento - un excelente cuento - que refiere al virus y lo coloca en el centro sin apenas preámbulos, requiere de un autor joven mostrar personalidad, y Goyenechea no se queda ahí. Aunque muestre altibajos, los propios del escritor que, por edad y curiosidad propia, especulo, genera obra casi a medida que engulle la de otros y la deja transpirar en sus escritos. Me apuntan Mairal, pero diría que Cortázar también y, presumo, pero puedo equivocarme, que algo de Saer y algo de Borges o Bolaño, claro, el realismo mágico, por supuesto, y algún préstamo de esa corriente de escritoras de las que ya hablamos aquí, jóvenes escritoras en español escoradas sin miedo hacia relatos de terror, de suspense, de carnalidad desacomplejada.
Los personajes de Goyenechea son centrales, casi siempre lo que les ocurre es periférico en sus relatos. Son personajes que sufren y que muestran ese sufrimiento en su diálogo interior, otra seña de identidad, algo que puede que trabe o dificulte el avance en lo narrativo pues no hay aquí ligereza ni frivolidad, hay párrafos con contenido valioso en cada arranque. Sufren porque han tomado decisiones radicales que pueden acarrearles trágicas consecuencias. Son soldados que se refugian en cuevas o seres que huyen o tipos a los que no les llega el dinero para tomar agua, para comprar un ataúd. Ese padecimiento lleva a ciertos grados de desesperación. El libro mantiene una unidad en ese sentido y cada lector hallará su cuento favorito e identificará esas influencias lógicas, personalmente creo que lectores y autores constituyen mundos separados como para que yo, en tanto que perteneciente a los primeros, le dé un consejo al autor cara a futuras obras, que tiene la pinta de haberlas y creo que de mayor enjundia. Le he visto decisión, buen trato del lenguaje, capacidad de describir la paleta psicológica (de hecho la única referencia literaria directa es a Kafka), le he visto la obvia intención del debutante en demostrar versatilidad, puede que con algún disculpable exceso de rigidez, pero en general El francés y otros relatos es un alentador ejercicio que conjuga ambición y maneras, que compensa esa soledad del escritor de fondo (estudiante peruano en Madrid, dice la solapa) con la convicción de quien confía en lo que escribe. No le colguéis etiquetas porque, entre la maraña de juntaletras situacionistas que anega la edición independiente - o directamente la autoedición para allegados y amiguetes, le veo una luz propia que él, creo, sabrá pulir y definir.
domingo, 31 de diciembre de 2017
Seis por uno: Caballo de Troya, 2017
Hay dos motivos por los que este año he leído toda la selección de Caballo de Troya: en primer lugar, tenía curiosidad por ver el sentido que Lara Moreno le daba a su selección, en conjunto; y además, el hecho de que los eBooks de Caballo de Troya sean tan baratos (alrededor de 4€ cada uno) hace que realmente merezca la pena el gasto: casi se puede decir que he leído seis libros por el precio de uno (si ese uno es grande y de tapa dura).
Vamos a ello:
1.- La hija del comunista, de Aroa Moreno DuránValoración: Muy recomendable
Este libro no necesita mucha presentación, ya que acaba de ganar el Premio Ojo Crítico 2017. Narra la vida de una descendiente de exiliados españoles en la Alemania del Este, que por amor decide escapar de su país, dejar atrás a su familia y amigos y buscar una vida mejor y más libre (y sobre todo, más romántica) en Occidente. Si lo consigue o no tendréis que descubrirlo leyendo la novela, no voy a destriparla.
Cuando estaba a medio camino de la novela tuve que googlear el nombre de la autora para tener la seguridad de si era una novela autobiográfica (que no lo es); esto en sí mismo me parece una buena señal, ya que da cuenta de que la ambientación está bien conseguida, fruto de una documentación exhaustiva pero que al mismo tiempo no se sobrepone a la novela (como pasa demasiadas veces). Quizás la última parte decrece un poco y pierde algo de originalidad para dar lugar a escenas más melodramáticas, pero en conjunto es una obra bien construida, bien desarrollada y que se lee con placer.
El mensaje final de la novela, que explícitamente recuerda que el Muro de Berlín cayó, pero en el mundo actual hay muchos otros muros, me parece prescindible; los lectores son (se supone) lo bastante listos como para hacer los paralelismos necesarios.
2.- Hamaca, de Constanza TernicierValoración: Muy recomendable
Esta es la novela más tierna de las seis, la que muestra una sensibilidad más delicada, también en cuanto al estilo en el que está escrita. Narra la "educación sentimental" de una niña, Amparo, cuya madre huye en medio de una crisis psicológica/psiquiátrica; cuyo padre se refugia en el silencio y en los puzzles, y que debe por lo tanto convivir con su abuela, sus amigas y algunos chicos que provocan en ella sentimientos encontrados de atracción y rechazo.
Sin ser una novela excesivamente rompedora en cuanto al argumento (que encaja en el molde de la bildungsroman o novela de aprendizaje), la novela destaca como decía por la forma cuidada en que está escrita (con un estilo poético pero sin afectación, bonito sin ser cursi), y por la construcción de una voz propia para el personaje protagonista: soñadora e independiente, confusa y decidida, cariñosa y esquiva.
En este caso Lara Moreno ha hecho una pequeña trampa, ya que esta novela es una reedición: la novela se publicó ya en Chile, y ahora Caballo de Troya la trae a España.
3.- Televisión, de María CabreraValoración: Decepcionante
Esta es la novela que menos me ha gustado de las seis; de hecho, me parece un intento fallido. La novela se centra en los problemas, corrupciones y luchas internas de una televisión pública (Telemadrid, en este caso) y en el efecto que estos problemas tienen en Henar, una trabajadora de la sección de documentación y archivo. La novela alterna capítulos sobre la vida personal y sentimental de la protagonista, con otros capítulos dedicados al "nosotros" de los trabajadores, y alguno narrado desde el punto de vista de los hombres que se relacionan con ella.
La idea tenía muchas posibilidades: una televisión, edición de imagen, archivo, manipulación, propaganda; daba para una novela de Don DeLillo. Pero el resultado me parece que no consigue desarrollar esta premisa. El estilo me parece descuidado; la historia principal no me convence ni me conmueve. Creo que este es un caso de novela-denuncia en la que la denuncia (justa y necesaria, sin duda, eso no está en cuestión) se ha comido a la novela. El mensaje final, recordando la memoria de los novecientos trabajadores de Telemadrid despedidos durante la crisis económica, acentúa aún más esta sensación.
4.- Animal doméstico, de Mario HinojosValoración: Recomendable
Animal doméstico es la novela más experimental de las seis, la más ambiciosa desde el punto de vista técnico y formal. El personaje protagonista ha quedado traumatizado como consecuencia de una guerra en la que se usan perros salvajes como arma. Torturado por este recuerdo, se refugia en una misteriosa casa-sanatorio junto con un terapeuta heterodoxo y su misterioso/a ayudante. La novela se compone a base de capítulos fragmentarios que el lector debe esforzarse por unir y entrelazar: narraciones de las sesiones de terapia y de la vida en la casa-sanatorio; recuerdos de la vida anterior del protagonista; y secciones "documentales" (las que personalmente más me han atrapado) en que se registra el uso de perros como arma de guerra, desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Hay que valorar, como decía, el riesgo de componer una novela tan exigente: la experimentación formal se combina con una indagación muy actual sobre los límites entre lo humano y lo animal, sobre el poder de controlar los cuerpos (y las mentes) de los otros; sobre las consecuencias vitales y políticas de la guerra. No le doy un "muy recomendable" porque me parece que la historia central (la relación del protagonista traumatizado con su terapeuta y con los demás habitantes de la casa) no es lo suficientemente fuerte como para sustentar el resto del edificio; la novela terminó por hacérseme algo larga. Pero desde luego está cargada de sugerencias e ideas interesantes, particularmente para los investigadores que trabajen sobre "posthumanismo" o Animal Studies (que los hay, y muchos).
5.- Madre mía, de Florencia del CampoValoración: recomendable
La novela (¿novela o memoria?) toma como punto de partida una grave enfermedad de la madre de la narradora, y se coloca en un íntimo dilema moral: ¿debe una hija, una buena hija, renunciar a su vida, a sus sueños y a sus deseos y volver a casa para cuidar de la madre enferma? ¿No hacerlo la convierte en un monstruo del egoísmo, o simplemente en una mujer independiente?
La obra también se plantea otra cuestión crucial: hasta qué punto es posible narrar el dolor y la muerte, con qué materiales se puede construir de manera adecuada la memoria de un cuerpo en decadencia cuando ese cuerpo no es el nuestro. La imposibilidad de contar, de reconstruir, explica (al menos en parte) la estructura fragmentada y la multiplicación de voces (interiores) que pueblan la voz de la narradora.
No sé decir con mucha precisión por qué esta novela no ha llegado a emocionarme: quizás esa misma experimentación formal me haya alejado un tanto de la empatía, o quizás me haya cansado ya del yoísmo literario (llamémoslo autoficción) que puebla nuestras estanterías desde hace unos años. También coincide que este año, para esta entrada, leí unos cuantos libros sobre la muerte de un ser querido, como Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates o El año del pensamiento mágico de Joan Didion, y los dos me parece que diseccionan mejor el dolor, la pérdida, el duelo, la culpa del superviviente.
6.- En la ciudad líquida, de Marta RebónValoración: está bien
Y el año acaba con otra no-novela (salvo que consideremos como Baroja que la novela es capaz de digerirlo todo): un texto que combina las memorias de la autora en sus viajes a diversos países del mundo; fragmentos y esbozos de biografías de un buen puñado de escritores, mayoritariamente rusos, y fotografías, muchas fotografías, la mayor parte de ellas también de Rusia, capturadas por Marta Rebón, o por Ferrán Mateo (que me imagino que es el mismo Ferrán al que se dedica la novela), o sacadas de archivos o de Wikimedia Commons.
El mayor interés de la obra está precisamente en este carácter híbrido entre el yo y el otro, entre el texto y la imagen; con todo, los fragmentos dedicados a los viajes de la narradora y un "tú" (¿Ferrán?) al que se dirige ocasionalmente están menos logrados, y atrapan menos, que las historias sobre Dostoievski, Brodski, Chejov o Nabokov, por ejemplo. De hecho, al conjunto parece faltarle algo de esqueleto: un propósito o una idea que articule el conjunto de materiales y que los haga dialogar más claramente los unos con los otros, más allá de la acumulación y de la presencia de la cultura rusa.
Comentarios finales:
En conjunto, creo que se puede decir que Lara Moreno ha hecho una labor notable en su año como editora de Caballo de Troya. Quizás lo que dé unidad a las obras elegidas, dentro de su variedad, sea la reflexión en torno al yo, a la identidad y a la memoria, individual y colectiva, y al papel que la narración (un concepto más amplio que la literatura) puede desempeñar en este campo. Las seis obras se situán así en una tendencia central de la narrativa actual (que, por otra parte, creo que empieza a dar señales de agotamiento).
En cualquier caso, con algunas irregularidades (prácticamente inevitables en este tipo de selecciones), el conjunto de obras es variado en el estilo, la forma y los temas, pero de una alta calidad literaria. Si en 2015 el bombazo de la serie fue El comensal de Gabriela Ybarra, y en 2016 (aunque en diferido, como el despido de Bárcenas) El estado natural de las cosas de Alejandro Morellón (ganadora del Premio de relato Gabriel García Márquez), parece que este año ese lugar le corresponde a La hija del comunista de Aroa Moreno, ganadora del Premio Ojo Crítico y presente en muchas listas de "los mejores libros del 2017". Aunque personalmente, como he dicho, la novela que más me ha gustado de la serie ha sido Hamaca, de Constanza Ternicier.
No querría acabar la reseña sin mencionar el diseño de las portadas de la serie de este año: minimalistas, elegantes, con un sentido de unidad entre todas las novelas y al mismo tiempo con una clara individualidad en cada una de ellas. Enhorabuena al responsable o responsables, que no siempre aparecen identificados en los libros, creo.
martes, 14 de agosto de 2012
Estampas veraniegas: Leer en el parque
Cinco de la tarde: dos cosas hierven en Barcelona, al menos que a mí me afecten.
Primera : el temperamento de mi hijo menor, 11 años, harto de estar en casa tras la comida. Inquieto, recibiendo mensajes de sus socios de juegos, con los que acuerda el que será el plan de la tarde. Scooter, skate, bicicleta o fútbol.
La segunda: la propia ciudad, su aire, su suelo. Es abrir la puerta del rellano y recibir la bienvenida de, al menos, diez grados más que el clima artificialmente templado del hogar familiar, Pisar la calle; atravesar cien metros, como mucho, al sol, con Lorenzo, el implacable en su plenitud, es un tormento inacabable. Encontrar la sombra condiciona los itinerarios a pie.
Ahí entra lo de la negociación. Hora de salida de casa, cinco y media. O así. Antes, no es humano, simplemente.
Pero ese es el trato: todavía veo a mi hijo como un tierno muchacho expuesto a los mil y un peligros de la jungla del asfalto. Este es el parque de la Escola Industrial de Barcelona, esmirriado reducto en el que los sufridos y sudorosos habitantes de la zona no tenemos más remedio que coincidir: las zonas verdes en este barrio son una pura utopía. Aquí, al menos, hay algún rincón a la sombra. Y desde uno de esos rincones ejerzo mi cargo de responsable padre custodio.
Segunda fase : llegada e instalación.
Kit de supervivencia para unas tres horas en el parque: bebida fría (que dejará de serlo rápidamente), y una cantidad indeterminada de libros. Uno, si el que leo me gusta y queda suficiente para cubrir todo el tiempo estimado de estancia. Dos, si me dispongo a empezar uno y quiero disponer de alguna opción por si no me gusta. Tres, si el que leo estoy a punto de acabarlo y quiero tener diversas opciones por si el siguiente no acaba de arrancar. Nunca he llevado tres libros: ya soy bastante "el rarito que se pasa todo el rato leyendo". Obviamente, no tengo Kindle ni cacharro parecido: vista la experiencia, debería. Pero, ay, el papel: aún me gusta acariciar el lomo y hojear adelante y atrás. Y que los demás vean lo que leo: uf, como me encanta cazar las miradas de quien echa un vistazo esperando encontrarse con algo conocido y comprueba que no tiene ni idea de lo que yo leo. El rarito. Tomad rarito.
Me ubico en algún banco situado en la sombra, y con buena visibilidad hacia el terreno de juego improvisado en que, en algún momento, mi hijo Gerard acabará echando un partido. Localizo un banco vacío, al que me dirijo con pose decidida y antipática, y cara de pocos amigos. Los bancos deben hacer cerca de dos metros de ancho. Extiendo los brazos ostensiblemente a uno y otro lado. Dejo la bolsa con la bebida a un lado, el libro "suplente" al otro, el teléfono algo más cerca y el vehículo de mi hijo (mientras no lo usa), alcanzando a ocupar el espacio restante. Todo orquestado para impedir que alguien me moleste. Sí. No quiero que nadie se siente a mi lado. Nadie. Ni quiero conversación ni distracción: ni charla banal sobre el calor o sobre la nube de felicidad en la que nos tiene sumidos el gobierno, ni charla profunda sobre el sentido de la vida o el número de goles que Messi marcará la próxima temporada. Solo quiero tranquilidad: explicádselo al padre de algún niño que juega con el mío, a la vecina que ha bajado también a sus hijas, a la anciana temblorosa que me mira con desaprobación por tenerlo todo ocupado (señora, eso es justo lo que pretendo). A los adolescentes con reggaeton en el móvil, a la mujer de mediana edad que acude con mi misma intención pero, horror, vade retro Satanás, con algo de Allende o Coelho o Bucay, al abuelo que espera el mínimo pretexto para explicar lo bien que su nieto le da a la pelota o los detalles del mapa entero de isobaras que el hombre del tiempo introdujo ayer noche en su cerebro. El calor que hace, y el último año que hizo algo parecido.
Soy un sociópata que lee celosamente a solas. Ya acabaré el libro, me levantaré y seré otra persona. Lo prometo. Dejadme tiempo.
La indumentaria: gracias, Alfonso Ussía. Menos esas horrorosas camisetas sin mangas, opto por ataviarme con toda la ropa que le provoca a Ussía tanto malestar. Chanclas, sí, de playa, de esas que se aguantan por un dedo, de esas que Rufus Wainwright llama flip-flops en una canción. Bermudas cargo, como si fuese a Afganistán con los bolsillos repletos de tonterías. Camiseta de tonos sobrios, sin mensajes filosóficos. Encima, Alfonso, eso te jode de verdad: me dirijo a la gente, (me dirijo a la gente si no me queda otro remedio, véase párrafo anterior), en catalán.
Entonces todos los insectos deben ser agentes secretos comisionados por Ussía, para compensar. Vuelan y caen de los árboles y me regalan esas ronchas que acaban siendo como anillas en los troncos de los árboles. Tantas tardes, tantos habones en mis tobillos. Tantos parones de la lectura para ver si, ya, por fin, atrapo al cabrón que se está dando un festín de AB con RH positivo.
Tercera fase: conclusiones
Aquí, acomodando mi pose para evitar agarrotamiento, para refrescarme, para que no se me duerman las extremidades, para no dormirme yo mismo, en mi integridad, para rebuscar la botella que ha rodado, o la bolsa que ha volado (pues seré sociópata, pero de los civilizados, tiro los papeles en la papelera), para mirar el piloto rojo de la Blackberry que parpadea, aquí es donde me han pasado algunas cosas, que empiezo a detallar, pues ya va siendo hora de acabar.
Aquí no comprendí que se publicara una cosa tan cursi y sensiblera como El niño perdido de Thomas Wolfe.
Aquí comprendí que algo tan inconsistente como Noche de los enamorados de Félix Romeo se publicaba porque su autor había fallecido recientemente.
Aquí llegué a las 70 páginas de Body art de Don DeLillo y lo cerré enfadado. Ese día aprendí a llevar dos libros.
Aquí llegué a las 70 páginas de Pedro Páramo y lo cerré triste. Ese día aprendí que es mejor buscar ediciones comentadas de los grandes clásicos.
Aquí comprendí que Vila-Matas es mejor escritor que novelista.
Aquí no entendí tanto revuelo con Palahniuk.
Aquí me pareció absurda tanta repercusión de El extranjero de Camus.
Aquí Capote hizo que todo lo demás pareciera una pequeñez en comparación. No: casi todo lo demás.
Aquí despegaron los vuelos a todos los países a los que me llevó Kapuscinski, y volví asustado de muchos de ellos.
Aquí hice lo que no hay que hacer: subrayar y subrayar un libro de la biblioteca; frase tras frase de Roberto Bolaño.
Con lápiz, por eso.
sábado, 12 de septiembre de 2015
Don Carpenter: Dura la lluvia que cae
Título original: Hard rain falling
Año de publicación: 1966
Traducción: Ramón de España
Valoración: muy recomendable
Dura la lluvia que cae es casi una bildungsroman de recorrido alternativo, donde Levitt, a través de la narración, me recuerda algo al Stoner de Williams: cede solo, en circunstancias especiales, ante su voluntad, pero casi siempre deja que sea un destino inexorable el que tome sus decisiones. Su instinto de supervivencia prevalece y cree que eso será suficiente para llegar a buen puerto. Todo lo bueno que su dura condición pueda tenerle reservado.
Una narración potente, por momentos brillante y en alguno ligeramente previsible, Carpenter es uno de esos autores, como Bunker, que merece la pena descubrir. Camuflados entre la nutrida escena literaria norteamericana del siglo XX, quizás condicionados por temáticas menos ambiciosas a priori que algunos coétaneos que les sobreviven (DeLillo, Roth), Carpenter murió a los 64 años, se quitó la vida, dicen, a causa de su deteriorada salud.
También de Don Carpenter en ULAD: Los viernes en Enrico´s, Un par de cómicos

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