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lunes, 13 de junio de 2011

Don DeLillo: Punto omega

Idioma original: inglés
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).

Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.

La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.

Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.

También de Don DeLillo en ULAD: Aquí

lunes, 26 de septiembre de 2016

Reseña a cuatro manos: Don DeLillo, Cero K

Idioma original: inglés
Título original: Zero K
Traductor:  Javier Calvo
Año de publicación: 2016
Valoración: interesante / recomendable

Voz propia: Si algo puede decirse de Don DeLillo es que tiene una voz propia, un estilo propio. Sería posible leer una de sus novelas, o incluso un fragmento, y reconocer su forma de escribir. Es difícil definir en qué consiste: creo que es una forma al mismo tiempo visual y abstracta de narrar, menos interesada en los actos y los objetos que en las ideas que esos objetos y actos encarnan.

Bueno: podría recriminársele que a veces tarde demasiado en desarrollar un concepto, o que recargue algo su escritura. No me voy a quejar de eso, con la de escritores que descuidan la forma para centrarse en transmitir sus ideas con contundencia y precipitación.

La trama: Jeffrey Lockhart viaja por invitación de su padre (al que no llama padre ni papá ni papi, sino "Ross") a un complejo en medio de la nada destinado a la criogenización de los cuerpos de personas que, por la razón que sea, deciden congelarse a sí mismas para despertar muchos años después. El complejo es una mezcla de centro de alta tecnología y performance artística, y allí se encuentra Artis, la nueva pareja del padre de Jeffrey, a pocos días de ser criogenizada. Esta decisión provoca en el narrador, y también en su padre, pensamientos y sentimientos contradictorios, que deberán enfrentar junto con el resto de experiencias provocadas por aquel extraño complejo.


Aunque ese amago distópico, llevado a mayores consecuencias por escritores de género como Asimov o Philip K. Dick o simplemente usado de pretexto, como Houellebecq en La posibilidad de una isla, no deja de ser una especie de lienzo en blanco sobre el que lanzarse a una reflexión sobre la sociedad actual y sus paranoias.

Arte y literatura: Quizás Don DeLillo sea el autor que más cerca está, en sus temas y en su forma de tratarlos, de las reflexiones sobre el arte contemporáneo. Punto Omega se abre con la descripción de una instalación en el MoMA: la proyección a cámara lenta de Psicosis. En Cero K la obra de arte es el propio complejo destinado a la hibernación: un complejo en el que la propia arquitectura, la escultura (en forma de maniquís, de calaveras gigantes, etc.), el cine (con proyecciones aleatorias de hechos reales, históricos o ficticios) y la propia vida parecen adaptarse a una finalidad estética.

Pues yo opino algo parecido, pero creo que la instalación como "objeto" es un simple aderezo necesario para ejemplificar el gusto por el derroche vacío propio de los supermillonarios, como si fuera gente incapaz de ajustarse a lo necesario, que tiene que deslumbrar en todos y cada uno de los detalles posibles.

Rechazo: Hay algunos aspectos en esta novela que me producen rechazo, y que hacen que me parezca interesante, pero no necesariamente recomendable. La primera es el lenguaje abstracto y algo pedante, como de crítico artístico, con el que está escrito, y que como digo es una marca de su autor. Me cuesta decidir si ese lenguaje está vacío y solo se sirve a sí mismo, o si de hecho quiere transmitir alguna idea importante sobre la vida y la muerte.

Yo no he sentido rechazo. De hecho, me gusta ser capaz de recomendar este libro antes de entusiasmarme u odiarlo como me ha pasado con todas las novelas que he conseguido acabar de DeLillo. Me gusta que arriesgue y que, aunque en este caso la cuestión de la inmortalidad no sea precisamente un planteamiento original, provoque al lector a la reflexión, incluso al posicionamiento. llegar a considerar pros y contras. Hay tanta novela que se deglute y no deja sensación alguna que, tratándose de una historia irregular que en más de un momento (ese interludio "poético" de la mujer criogenizada) se le escapa de las manos, la de DeLillo tiene capacidad de involucrar (o embaucar) al lector.

Otro aspecto es el tipo de protagonistas que Don DeLillo frecuentemente escoge para sus obras: hombres blancos, de clase alta (altísima: el 1% del 1%), cosmopolitas y cultos, con cuyos "sufrimientos" me cuesta identificarme. El posible significado humano y humanista de la criogenización parece quedar bastante limitado si es algo a lo que solo puede acceder una elite económica, la misma que compra arte contemporáneo o que puede permitirse viajar por todo el mundo gracias a su dinero o a su pasaporte.

¡Pero al final los deja en ridículo! Los ricos que pueblan esos libros, al menos este Ross de nombre falso o el broker de divisas chalado de Cosmopolis, parecen tan aburridos y hastiados de no encontrar nada con lo que obtener una emoción que, sea un corte de pelo en el extremo de la ciudad o una apuesta descabellada por una resurrección condicionada y restringida (como un 'reseteo'), son distintas caras de la misma absurda forma de diferenciarse del resto del planeta por su excentricidad, o por su pretenciosa manía de trascender.

Firmado: Santi y Francesc

jueves, 13 de diciembre de 2012

Don DeLillo: Cosmópolis

Título original: Cosmopolis
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2003
Calificación: intragable

Ya está. Ya he acabado mi primer libro de Don DeLillo, tras intentos vanos con otros tres, que no voy a detallar aquí. Y, francamente, pido a los dioses que me mantengan alejado de los libros de este tipo por el mayor tiempo posible. Puede que pruebe con ese Submundo que tanta gente entroniza, pero será un día lejano. Antes, necesitaré airearme un poco con otras lecturas.
Si he evitado usar la etiqueta autogenerada me caerán capones por tos los laos es, primero, porque se acerca la Navidad y espero comprensión por parte de los lectores y, después, porque he leído otras voraces críticas a la adaptación cinematográfica que ha perpetrado Cronenberg dándole el papel protagonista al crepuscular Robert Pattinson. Si es que de dónde hay no se puede sacar.
Porque, damas y caballeros, menudo peñazo de novela es esta Cosmópolis. No sé si interpretar, por las sensaciones vividas, que DeLillo es aquí consciente de que su premisa inicial sólo puede entenderse y sustentarse en términos de transmitir el caos reinante a través de su propia escritura. Sí, sería una explicación para ciertas imágenes enfermizas. No hasta el punto de dignificarla, pero actuaría como atenuante, cuando no como coartada. Veríamos, entonces, que podría argumentar DeLillo de esa interminable sarta de frases cargantes que aderezan y alargan pasajes y pasajes de este libro, sin venir mínimamente a cuento, salvo el que el lector interprete que el propio narrador participa del mismo trip absurdo y alucinado que parece ser la premisa de toda la novela. Por lo menos Hunter S. Thompson se atrevía con lo que escribía.

Ésta es la trama de Cosmópolis: un joven y avezado broker trufado de millones (que le permiten poseer excentricidades como un tiburón  metido en un acuario en una de las innumerables habitaciones de un apartamento enorme en un edificio de 89 plantas, o un sencillito bombardero Tupolev), decide lanzar el doble reto de su vida y le pide al chófer de su enoooorrrrme limousine blanca que le lleve a cortarse el pelo al otro extremo de la ciudad (en lo que, al final, parece manifestarse como una especie de simbólico regreso a la humildad de sus orígenes... pero qué cosa más tierna), a la par que, en una de esas complicadas y especulativas operaciones financieras (una de ésas que han llevado al desastre a medio planeta), apuesta su inmensa fortuna contra la evolución del yen. Todo muy creíble, y todo muy emblemático.

El recorrido hacia la peluquería en el vehículo toma la forma de una especie de epopeya en la que, supongo, cada uno de los obstáculos, cada uno de los encuentros aparentemente casuales debe revestir algún tipo de simbolismo. Aparece, también, en ese itinerario (o quizás deba decir via crucis), su mujer, otra guapa ricachona a la que parece no irle mucho el sexo, y con la que se encuentra varias veces, parece, casualmente. Perdonad: el libro es un lío. Hay manifestaciones, disturbios callejeros, estrellas del rap usadas como muzak para ascensores (y que fallecen por escasamente glamourosas causas naturales), performances, parece, del  fotógrafo ése que fotografía a gente en pelotas, y toda suerte de tonterías que la prosa de DeLillo, supongo, pretenderá que lectores muy pero que muy espabilados traduzcan a algún tipo de metalenguaje que, seguro, servidor de Vds. ignora. Motivo éste final, supongo, por el que esta novela me ha provocado tan soberano aburrimiento.

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lunes, 19 de enero de 2015

Don DeLillo: Ruido de fondo

Idioma original: inglés
Título original: White noise
Año de publicación: 1985
Traducción: Gian Castelli
Valoración: imprescindible

Mi experiencia previa con DeLillo no hacía presagiar nada bueno. Dos intentonas fallidas, una con El hombre del salto (unánimemente calificada como un gran fracaso en su intento de aproximación al 11-S) y la otra con Body art, que hizo que me preguntara que a mí qué coño me importaba la vida de dos ancianos). En ninguna de ellas superé las 60 páginas.
Y, claro, Cosmópolis, que reseñé aquí y que me pareció un tostón de enormes dimensiones, incluso para lo corto de su extensión.
Entonces, ahora voy y califico Ruido de fondo como imprescindible. Pero es que parece escrita por otro tipo. De verdad. Todo lo que era cargante y ampuloso en Cosmópolis aquí resulta preciso, suntuoso en su desarrollo, como si cada detalle que parece superfluo se convierta en necesario una vez incorporado a la lectura. Todo ayuda, desde la estructura en cortos capítulos que se van disponiendo como piezas de un juego de construcción (NO como un puzzle) hasta los hábiles contrapuntos que permiten esa visión conjunta. Visión conjunta que se proyecta a gran escala: la de los Estados Unidos de la gente madura que ha pasado por unos cuantos matrimonios y que tiene hijos de algunos de ellos, la de profesionales de la enseñanza, la de adolescentes o jóvenes con desorientación perenne, en fin, si somos un poquitín maliciosos, la descrita en novelas de Franzen o de Foster Wallace... quince años después. Sí. DeLillo lo hizo primero, y sin la necesidad de un recurso de que sí dispusieron ellos más tarde, como la cuestión de la sociedad de la información. Así, lo que podía contarse en 1985 sobre un profesor universitario especialista en la figura de Adolf Hitler no podía contar con la coartada de un planeta unido por cables de banda ancha. El profesor se llama Jack Gladney, y su esposa Babette. Los dos se profesan una sinceridad muy incómoda. Los dos están muy pendientes de cómo las nieves del tiempo hacen más que platear sus sienes. Y entregados a la logística de su dispersa y numerosa prole en una pequeña ciudad universitaria, por si esto no fuera complicado, va y se presenta una nube tóxica, de un gas extraño, proveniente de una fuga provocada en un accidente. Que les obliga a evacuar su hogar hasta su dispersión, pero que contamina a Jack, hecho que acaba dando paso a Dylarama, extraña tercera parte que concluye la novela entre situaciones que van de lo grotesco (el amigo de uno de los hijos, encabezonado en batir un futil récord que involucra una jaula y serpientes) a lo trágico (no me hagáis incurrir en spoiler). 
Pues no: no compenso como un árbitro, al que han informado en el descanso de que el penalty que pitó en la primera parte fue un piscinazo. Ruido de fondo (por cierto, no sé porque su título no es Ruido blanco en su traducción al castellano) es una novela ejemplar por su efecto osmótico sobre el lector. No solamente por lo impoluto de su estilo, donde todo está en su sitio exacto. Esa sociedad que DeLillo retrata, conforme y hasta complacida con el acoso de la oferta comercial, tan conforme y complacida con la vida que solamente la expectativa de la muerte (coda que marca el ritmo de un modo grave y sordo, subsónico, como ruido blanco) empaña su felicidad. Retratar eso y de esa manera no está al alcance de cualquier escritor.
Su parte final, rara, ajena, casi pynchoniana en esa búsqueda extraña del medicamento, de la piedra filosofal que permite entregarse al disfrute animal  y, por tanto, desinhibido de la existencia, contribuye, con su persistente sabor, a corroborar la enorme importancia de una novela así. Esta es una novela a poseer para acudir de vez en cuando a sus frases, para vernos retratados en la madurez de esa pareja tan convencional discutiendo sobre sus miedos. Y así leer a DeLillo trazando caminos por los que mucha narrativa posterior (añadan a Richard Ford, ya puestos) ha encontrado, aún encuentra hoy, muchos de sus tesoros.

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domingo, 24 de agosto de 2014

Colaboración: El hombre del salto de Don DeLillo

Idioma original: Inglés
Título original: Falling Man
Año de publicación: 2007
Valoración: está bien

El reto al que se enfrentan las novelas que pivotan alrededor de un acto terrorista es doble. Existe, por supuesto, la dificultad de representar mediante palabras una explosión y lo que ocurre posteriormente. Pero el problema axial, el que determina la contribución del autor al archivo cultural que versa sobre el acontecimiento la histórico, está en si el autor concibe el acto terrorista como una exageración estética -inasumible e incomprensible en su magnitud- o en si el autor muestra cierta voluntad continuista en la narración y sitúa el acto en una narrativa histórica (1). En El hombre del salto DeLillo apuesta por la segunda opción.

Sirviéndose de Keith, un oficinista en una de las torres del World Trade Center que después del desastre vuelve a casa de Lianne, su ex-mujer, para retomar la convivencia con ella, Delillo nos introduce en un nivel personal del trauma histórico. La madre de Lianne, enferma de alzhéimer y novia de un antiguo militante de la RAF reconvertido a marchante de arte, o Justin, hijo de Keith y Lianne, que escruta los cielos en busca de más aviones y conspira con sus amigos sobre un tal Bill Lawton (que es cómo los niños pronuncian Bin Laden) completan el cuadro familiar. Por último, el autor incluye a Hamad, un integrante del comando que derriba las torres.

El entramado teórico que se esconde tras El hombre del salto es digno de alabanza. La narración integra en su análisis elementos como la representación artística del falling man (un artista que en sus happening se cuelga de edificios imitando a aquellos que se lanzaban al vacío desde las torres en llamas) evidenciando hasta qué punto nuestra interpretación del terrorismo depende de ficciones, de narrativas o de mitos (2). El retrato humanizado del sujeto "otro", de Hamad, representa una voluntad del autor de terminar con el clásico discurso de la otredad con la cual ningún entendimiento es posible. También es destacable la voluntad de DeLillo de ofrecer al lector una breve -aunque insuficiente- mirada hacia las estructuras del orden político global al relacionarlas con los sucesos del 9 de septiembre de 2001 y con las vidas de los personajes arriba mencionados.

Con todo, El hombre del salto falla en lo esencial: en dar una unidad y en proveer un revestimiento narrativo a la altura de dichas ideas. La narración, probablemente en un intento de representar la parálisis post-traumática, peca de excesiva frialdad. Incluso la trama, tal vez queriendo representar el giro narcisista de los personajes, se desdibuja según avanza la narración convirtiendo el final en poco más que anti-climático.

_____________________________________________
(1) Literature and Terrorism. Comparative Perspectives. Editado por Michael C. Frank y Eva Gruber (2012).
(2) Como explican Joseba Zulaika y William Douglas en Terror and taboo (1996).


Firmado: Paulo Kortazar

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martes, 1 de julio de 2014

Don DeLillo: El ángel esmeralda

Idioma original: inglés
Título original: The ange esmeralda
Año de publicación: 2011
Valoración: Muy recomendable


La mirada aguda y minuciosa, así como la soltura con que elige perspectivas singulares, parecen caracterizar a un DeLillo de cuyo largo trecho recorrido hasta ahora encontramos aquí una más que significativa muestra. El ángel esmeralda da nombre a una reciente recopilación de nueve relatos escritos entre 1979 y 2011. En algunos de ellos cuesta adivinar la intención, en otros, como Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial (1983), esta aparece diáfana. Lo que viene a decir es que una situación puede no ser tan mala como parece a primera vista, depende de con qué se la compare. La guerra que indica su título parece propiciar momentos humanos en la vida de estos dos astronautas –encerrados en su nave quien sabe por cuánto tiempo– que hasta entonces carecían de intimidad a causa de un totalitarismo comparable al que precedió a la segunda guerra. En esas circunstancias, un ambiente opresivo puede no serlo tanto, la sensación de asfixia es más nuestra que de los propios personajes, y conseguir ese efecto sin imágenes, utilizando únicamente palabras, da idea del talento del autor. También aquí menciona la creación, un asunto que parece tener muy presente ya que da título a uno de los relatos, el primero, escrito cuatro años antes.

Pero no siempre podemos comprender con tanta claridad el planteamiento del autor. A veces, disfrutamos tanto con la situación en que estamos inmersos que se nos olvida preguntarnos a dónde nos quiere llevar. Porque siempre se llega a algún sitio aunque, en ocasiones, sea a la nada más desértica. Esa ausencia de conclusiones puede llegar a decepcionarnos. Otras veces el mensaje es sutil pero existe. Medianoche en Dostoievski (2009), por ejemplo, el más metaliterario, el que recrea la obsesión de todo creador, puede concluir de cualquier modo pues lo que importa es su desarrollo, la forma en que se muestra a los lectores el lugar de dónde un escritor extrae la materia prima. Aunque lo que encontramos en él es mucho más, los personajes –aquí también son dos– aparecen perfectamente dibujados y llegan a mostrar –de nuevo– una humanidad cercana y entrañable.

Dos personajes aparecen igualmente en Baader. Meinhof (2002), el primero de la última parte, y en La Hambrienta (2011). Este, que recrea, magistralmente, una obsesión, sirve para cerrar el volumen. Aunque lo que muestra es la capacidad para obsesionarse. Con lo que sea. En este caso, con el cine en primer lugar, más tarde con una mujer muy delgada, meros sucedáneos de las carencias de un individuo sin perspectivas ni capacidad para crearlas.

Los paralelismos constituyen el punto fuerte de DeLillo en estos cuentos. Para muestra, el que se establece en la ya citada Baader-Meinhof (2002) entre esa relación incipiente (que aborta antes de empezar tanto por el terror de la chica como por las intenciones demasiado evidentes del hombre) y las escalofriantes imágenes que aparecen en unos cuadros. O en La hambrienta (2011), entre la obsesión del protagonista por el cine y por una mujer con pinta de anoréxica, o en La acróbata de marfil (1988), entre el personaje real y la figura de la bailarina. Incluso, como hemos visto, entre los propios personajes, sobre todo cuando se presentan de dos en dos.

En mi opinión, la genialidad que DeLillo, manifiesta en todos, ellos radica en ese carácter anodino y trivial que se muestra en un principio, para ir introduciéndonos paulatinamente en un ambiente opresivo, inquietante, peligroso, cuando no directamente terrorífico. Esto se debe a lo que todos ellos tienen en común: la convicción –que acabamos compartiendo– de que no hay nada más pavoroso que el aislamiento producido por la imposibilidad de comunicarse.

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domingo, 28 de abril de 2019

Tochoweek III, #7. Don DeLillo: Submundo

Idioma original: español
Título original: Underworld
Año de publicación: 1997
Traducción: Gian Castelli
Valoración: muy exigente

No será que no me advirtieron. Cuando uno se plantea la lectura de ciertos volúmenes suele recurrir a algún tipo de referencia que permita tantear un poco a qué se enfrenta. Otra cosa es que algunas de esas opiniones se conviertan en acicates para ciertos desafíos o en pruebas de fuego para la firmeza (o tozudez o determinación) con que mostrarse a la hora de emprender ese camino.
Y el camino que nos ofrece Don DeLillo en Submundo no es sencillo ni pretende serlo: leer esta novela me ha hecho pensar en un Franzen desordenado (o al revés: algunos de los novelones de Franzen podrían pasar por este libro con los capítulos ordenados cronológicamente) e incluso en un DFW con intención de ser descodificado con cierta facilidad.
Porque esta novela es, vaya por delante, un ejercicio exuberante de estilo literario. Con lo que ello significa: sus cientos de páginas no contienen ni un solo párrafo (siendo muy meticuloso, quizás algunos de los diálogos resulten algo forzados) que no desprenda una brillantez formal al alcance de muy pocos. Cosa que, me temo, condicionó algo la traducción, que, impresión mía, a veces parece atascarse o no resolverse muy holgadamente en un texto que parece rico en vocabulario y exigente en construcciones, motivo por el cual recomiendo cederle a la lectura el tiempo que esta exija. Ello significa, aviso, que hasta sesiones de una docena de páginas son aconsejables. Nada de volar sobre las páginas, por favor. Eso se lo dejáis a vendedores de  papel como Brown, Follett o Larsson. Aquí, me temo, no hay relleno.

Submundo es un magma que salta décadas arriba y abajo sin justificarse, es un artefacto incomprensible que requiere tiempo y paciencia (y quizás una libretita para experimentar con sus huevos de Pascua). Es otra novela candidata al eternamente vacío trono de Gran Novela Americana con todo lo que cabe esperar de algo así: firme voluntad de trascender, profunda seguridad en que alguien lo hará mejor después de ti.

En lo personal, no soy muy partidario de aquellas lecturas que se presentan como un reto intelectual, cuya lectura queda condicionada por una exigencia de atención bajo el riesgo de estarse perdiendo algo. Y puede que Submundo se trate de algo (como La subasta del lote 49, cuya reseña tantas veces he temido no fuera todo lo acertada) que merezca esta consideración. Porque el mero hecho de plantearse una sinopsis ya es un osado ejercicio: DeLillo nos lleva adelante y atrás en el tiempo y pobla esos recorridos de personajes y situaciones que pueden ser reales o ficticios, no por una cuestión de juego literario (a diferencia de algunos de los autores con los que se le compara, el tono es normalmente de enorme solemnidad), sino por una intención de obtener fiabilidad de ese intercalado. Así que veremos a Sinatra y a Lenny Bruce en estas páginas y conviviremos, aunque sea de soslayo, con muchos de los episodios que, parece apuntar DeLillo, conforman ese carácter estadounidense tan dado a la grandilocuencia. Y si el episodio inicial del libro es una épica narración de un célebre partido de béisbol y de cómo un joven se hace con la bola que protagoniza el home run, tras haberse colado en el partido sin abonar la entrada, a partir de ahí entran en escena montones de situaciones de diversa índole cuya integración en una especie de summum temo haberme perdido, y no digo que no sea anestesiado por la prodigalidad de la prosa aquí contenida a palazos. Descripciones meticulosas, barrocos y alambicados fragmentos, especialmente de aspectos arquitectónicos y paisajísticos, de esos que dejan sin aliento al lector y debieron quitar el sueño al traductor, intercalado de situaciones vagamente familiares procedentes del imaginario propagandístico (resumiendo: si no pasaba en Estados Unidos, eso no sucedía), y ahí, amontonado sin mucho orden, cosa creo que bastante premeditada, todo el temario, y me dejo cosas: el miedo atávico inherente a la Guerra Fría, el día del partido de marras la URSS hace pruebas de armamento nuclear; las guerras de Corea y Vietnam, el uso de agente naranja, la eterna sospecha sobre la Mafia y la gestión de residuos, los artistas del graffiti, los nuevos artistas (Klara Sax, una de las protagonistas, colecciona aviones en desuso que aparca y decora en medio de la nada), la ciudad de Nueva York, sus barrios y el eterno conflicto racial, los hombres que abandonan  a sus familias, las experiencias de reencuentro con uno mismo alejándose del mundanal ruido, la construcción del World Trade Center, el asesinato de Kennedy, cómo no, rollos de celuloide que muestran películas nunca vistas, el asesino de la autopista de Texas, la brecha generacional, la madurez y los segundos matrimonios. Dicen que esta es una novela sobre el miedo y el desmoronamiento de la sociedad estadounidense, y yo diría que no solo eso está ahí: también su manía por ser los únicos y los más grandes, otro estereotipo que gravita sobre la opinión pública planetaria. Y DeLillo, que para nada es un visionario sino un mero testigo privilegiado por su sentido crítico y su acervo cultura, escribió todo esto antes de la explosión de Internet, del 11-S y del ascenso (a los infiernos) de Trump.

De todo lo cual, queridos lectores, ya podéis comprender algo sobre mi valoración. No es el DeLillo sacado de contexto que me decepcionó (y mucho) en Cosmópolis, pero tampoco el  novelista fluído y seductor de la brillantísima Ruido de fondo. Pero ya he comprendido que el neoyorquino es un escritor decidido y poco dado a escribir pensando en ser aceptado por el lector. O qué cabría esperar de una novela escrita a los 61 años. A esa edad uno ya no va a cambiar.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Premio Nobel 2012: Hagan sus apuestas

Un año más ya estamos en vísperas de que se conozca el Premio Nobel de Literatura, y como siempre cada cual tiene sus favoritos. En ULAD no vamos a ser menos, así que aquí va nuestra particular quiniela (mañana sabremos si hemos acertado).

Vamos a proceder por eliminación: a la Academia Sueca le gusta repartir sus gracias con variedad (un año aquí, otro en la otra punta del globo...), así que nuestra primera apuesta, considerando que el año pasado ganó Tranströmer, es que este año el premio no será para ningún europeo, o por lo menos para ningún europeo-occidental (dejamos fuera de las apuestas, por tanto, a candidatos sólidos como McEwan, Magris, Lobo Antunes o Cees Nooteboom). Por el mismo motivo, también apostaría a que este año no va a ganar un poeta (lo siento, Adonis, otro año más que te quedas sin premio).

Don DeLillo
Seguramente, por lo tanto, volverá a ganar un narrador (novelista o cuentista), no europeo. Los estadounidenses pueden tener muchas opciones, por dos motivos: hace ya casi veinte años que ningún yankee gana el Premio Nobel (la última fue Toni Morrison en el 93), y además hay varios candidatos fuertes, con lo cual podrían premiar a uno para, simbólicamente, premiarlos a todos. Los principales favoritos estadounidenses hoy en día son Philip Roth (de quien sin embargo dicen que tiene mala prensa en la Academia Sueca), Don DeLillo, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy, entre otros. DeLillo o Pynchon son, creo, los que más posibilidades pueden tener, porque son casi unánimemente aclamados por la crítica. Lo del Premio Nobel para Bob Dylan yo no me lo acabo de creer.

Alice Munro
Si miramos fuera de EE.UU., los académicos también tiene donde elegir: todavía en América, pero más al norte, nos encontramos a Alice Munro, cuentista canadiense que puede beneficiarse si los suecos deciden darle el premio a una mujer este año (lo que no quiere decir, ojo, que no se merezca el premio). En África el candidato más fuerte es Chinua Achebe, grandísimo narrador nigeriano, aunque también suena el nombre de Ngũgĩ wa Thiong'o; en Asia, por mucho que me duela, el nombre más repetido es el de Murakami, junto con el del chino Mo Yan. Y en Europa, pero en Europa del Este, tenemos también grandes candidatos como Ismail Kadaré, Milan Kundera o Peter Nadas, del que confieso que no he leído nada (perdón por el chiste).

Enrique Vila-Matas
¿Y los españoles, preguntará alguno? Pues se habla de los de casi siempre: Javier Marías, Enrique Vila-Matas y, algo que a mí me sorprende, Eduardo Mendoza. Pero este no va a ser el año: no solo porque como he dicho antes no creo que este año gane ningún europeo, sino porque está muy reciente el premio a Vargas Llosa, y que ganasen dos escritores hispanohablantes tan seguidos sería muy sorprendente. (Dejando aparte el hecho de que la literatura española actual no está EMHO a la altura de las más grandes de la literatura mundial, pero ese es otro asunto).

En fin, que si nos pedís uno o dos nombres, nos quedamos con DeLillo y Pynchon. Pero también es posible que la Academia Sueca nos sorprenda a todos premiando a un casi-desconocido. Mañana lo sabremos...

miércoles, 17 de febrero de 2021

Don DeLillo: El silencio

Idioma original: inglés

Título original: The Silence

Año de publicación: 2020

Traducción: Javier Calvo

Valoración: Está bien (lo cual para ser DeLillo, no está bien)

Pregunto: ¿constituye el título de este libro una especie de antagonismo a una de las obras maestras de DeLillo, titulada Ruido de fondo?

Puede, pero a partir de aquí mi relato se nutre básicamente de conjeturas, que este sea un primer guiño inconsciente ya que, referíos a mi valoración a tal efecto, estaba yo acostumbrado a que las obras del autor neoyorquino (uno de los grandes, aclaro) me situasen entre la espada y la pared de la fascinación y la animadversión, a veces ambas tan radicales y absolutas, y lo triste para mí es decir que El silencio me ha dejado indiferente, lo cual es imperdonable tratándose de quien se trata. 

Porque el planteamiento de El silencio , novela distópica pero no tanto, por mucho que se sitúe en un futuro (2022, aquí al lao) y que conjugue elementos de una cercanía - pre-pandémica, por los pelos - espeluznante, me ha parecido de una obviedad escandalosa, rayana con  la falta de profundidad que solo podría que recriminar con saña a escritores de sus cercanías intelectuales (¿se imaginan a Franzen escribiendo frases sencillas sobre, por ejemplo, el conflicto de Medio Oriente?). Porque, abro hilo para sinopsis, ¿qué tiene (bonita portada, por cierto) de útil plantear a estas alturas qué pasaría con nuestra humanidad ultra-conectada y sobre-tecnificada, o viceversa, si simplemente todos los aparatos electrónicos dejaran de funcionar?. Madre mía, Don: si esto lo comentamos en el despacho cuando, en medio de una tormenta, alguna vez una subida de tensión hace que salte el diferencial y caigan los servidores alojados en la nube. Justo después de mirar si queda tiempo suficiente para que eso se arregle o podemos arreglar los papeles de la mesa e ir desfilando para casa. 

Un acontecimiento, aunque sea solo apuntado, de esta magnitud, no puede dar para una novela tan escueta, para apenas un relato situacional deudo del cine de Altman, de los relatos de Carver, de una centena de páginas que se despacha en apenas una hora y media de lectura que ni siquiera ha de ser muy atenta: la novela incluso se reitera en ciertos diálogos que no vienen al caso, diálogos establecidos en esos cinco personajes que no perduran para nada en el lector, más que por hechos anecdóticos, como la pareja que echa un polvo nada más cerciorarse de que han sobrevivido a un accidente aéreo a su regreso de París, como esa previa obsesión, escena con que se inicia la novela, con esas pantallas informativas llenas de cifras sobre velocidad y altitud y temperatura exterior. Esas relaciones forzadas, el otro trío de protagonistas reunidos para ver la Super Bowl e igualmente circunspectos ante pantallas en blanco, deberían dar para más en lo narrativo, más allá de sus condiciones de miembros privilegiados de la sociedad neoyorquina, más allá de su falta de reacción ante el hecho de que ese mundo cómodo se acaba de vacíar de contenido ante sus narices.

DeLillo regresa aquí a lugares comunes: a estadios abarrotados de espectadores, a simples individuos que, despojados de los avances de la ciencia, han de atravesar ciudades para regresar a sus hogares/refugios. Podemos hinchar sus premisas y atiborrarlas de trascendencia y decir que la novela es más un punto de partida que una conclusión. Claro, podemos decir que DeLillo ha cedido aquí a sus lectores el desarrollo de los hechos (y la especulación de sus causas), pero, con el respeto a la solidez de sus brillantes grandes novelas, si fuera otro, con todo el respeto, insisto, le preguntaría que cómo se atreve a publicar (y a facturar: más de 15 euros por ejemplar) este bosquejo pretencioso.

viernes, 7 de mayo de 2021

Emma Cline: Harvey


Idioma original: inglés

Título original: Harvey

Año de publicación: 2021

Traducción (edición leída en catalán, disponible igualmente en español):

Ferran Ràfols

Valoración: bastante recomendable


Cuando leí Las chicas, anterior novela de Cline, alegué cierta falta de valentía por parte de la autora a la hora de tomar decididamente el papel de un personaje malvado, un criminal desacomplejado, y, habiéndome gustado la novela, opiné que ese aspecto me decepcionaba.

Cline vuelve a tomar riesgo en esta Harvey, quizás no un riesgo comercial pues está claro que tanto el tema de la anterior novela (los crímenes del clan Manson) como el de esta (Harvey Weinstein) disponen de cierto atractivo donde el morbo pesa, pero en todo caso uno puede pillarse los dedos cuando acomete obras que puedan olisquear a humanizar monstruos y no voy a recriminarle reiteración en el recurso pues ambas novelas tienen poco que ver. Harvey nos sitúa en la mansión del productor en las veinticuatro horas anteriores a la emisión del veredicto sobre su caso, detonador del movimiento #MeToo y primera piedra al agua cuya onda expansiva no hace más que generar círculos concéntricos. Weinstein coaccionó a multitud de actrices para obtener favores sexuales a cambio de incluirlas en las películas que produjo. Lo hizo con plena consciencia y convencido de que ese intercambio era algo normal y aceptable, pero ese convencimiento no contemplaba escrúpulo alguno. Otro hombre imponiendo poder e influencia. Cline no narra en primera persona y no se mete en la piel del agresor. No juega a eso sino que es más sutil. Weinstein está en su casa expectante, inquieto ante la incerteza pero seguro de que será absuelto porque su dinero paga los mejores abogados y también de que será perdonado porque no comprende que la sociedad ha cambiado y su conducta no tiene posibilidad alguna de ser tolerada. Piensa de sí mismo que es un genio y que todo ha valido con tal de producir películas, que lo suyo era eso y todo lo demás es accesorio o casi complementario. Se equivoca, por supuesto. Pero Cline traza esa cotidianeidad y lo hace con enorme eficacia narrativa. Por la casa de Connecticut desfilarán, físicamente o por teléfono, personajes de importancia: su hija, conocidos, su abogado. Weinstein quiere aparentar normalidad y confianza en sí mismo, pero su comportamiento es extraño y errático: cuando se da cuenta de que Don DeLillo es su vecino su cabeza se resetea y, como si al día siguiente todo vaya a seguir como si nada, decide enfrascarse en la descabellada idea de proponerle rodar una película sobre Ruido de fondo. Se entrega a esa obsesión como tabla de salvación a medida que las horas pasan y las incertezas ganan terreno.

Pues bien: Cline ha creado un efectivo ejercicio de estilo en este breve texto, una especie de monólogo para un solo personaje donde todos los demás son figurantes. No se ha convertido en Weinstein ni ha blanqueado su figura. Lo ha dejado como un criminal enajenado, egocéntrico y estúpido que cree que su poder es capaz de comprarlo todo. No hay un recodo en ese camino donde no le contemplemos como un miserable indigno de compasión. Puede haber sarcasmo, ironía e incluso cierto humor macabro, pero el mensaje es directo y nada ambiguo. Para mí, paso adelante de Cline.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Edward Lewis Wallant: Los inquilinos de Moonbloom

Idioma original: inglés
Título original: The tenants of Moonbloom
Año de publicación: 1963
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Valoración: muy recomendable

Los inquilinos de Moonbloom es la última novela que Edward Lewis Wallant acabó, antes de fallecer de repente a los 36 años. En esta ocasión, tras el brillante prólogo de Eduardo Jordà para El prestamista, del texto introductorio se encarga Rodrigo Fresán, que opta por un tono más técnico y emparenta este libro con aspectos menos ortodoxos, más inesperados, sean series de TV como Seinfeld o películas como las de Wes Anderson.

No vamos a especular sobre lo que le hubiera esperado a Wallant si hubiera tenido el recorrido vital de un Philip Roth o un Don DeLillo. ¿Y si le hubiera dado por el autoconfinamiento? No lo parece, ni merecerá la pena entregarnos a esas cábalas. Disfrutemos de sus poderosos personajes, ya que, igual que Sol Nazerman en El prestamista, este Norman Moonblom, empleado por su hermano, y dedicado a la anodina tarea del paseo semanal para cobrar los alquileres de esos inquilinos que titulan a novela, queda dibujado en apenas unos párrafos iniciales. Venga, señores, que muchos acaban libros y ni nos hemos enterado qué pasa por la cabeza de sus protagonistas, cuando Norman Moonblom ha tardado unos párrafos en, merced a una conversación con su agresivo hermano, mostrarnos sus rasgos de carácter. Con una simple palabrita: ranana. Más tarde, cuando se entregue al repetitivo proceso de visitar uno a uno a toda esa galería de personajes, más de uno recordará, suponiendo que lo haya leído, claro, (cosa que recomendé muy ávidamente), a los personajes que visitaban la casa de empeños en El prestamista
Pero no hablamos, para nada, de repetición. Hablamos de un estilo. Un estilo impecable, que atrapa de immediato, que sitúa al lector sin apenas esfuerzo. Una página y vemos a Norman Moonbloom en el despacho de un semisótano, vemos los pies de los viandantes a través de los ventanucos. Cuando acompañemos a Norman, viva estampa del anti-héroe, en su periplo semanal de recaudación de rentas y recepción de agrias quejas, veremos las paredes sucias, las tuberías pésimamente mantenidas, las cucarachas, y oiremos una tras otra las lamentaciones de los inquilinos. Y cómo resuenan sin más repercusión en la cabeza impertérrita de Moonbloom. O eso creeremos.
Novela de redención, novela de amago coral, pero también crónica social y hasta política. Irwin, el hermano y propietario de la empresa, personaje importante y solamente presente en unas pocas conversaciones telefónicas, podría interpretarse como ese poder anónimo y asfixiante que sólo hace acto de presencia para intervenir. Novela, también, de una visceralidad latente, dura, pero grotesca.
Inútil lamentarse: si injusto fue que Wallant muriese con 36 años, no agravemos la situación ignorando su escasa pero valiosa aportación. Su obra está en ese lugar indefinido que solemos olvidar. No por nada una editorial de prestigio como Libros del Asteroide eligió esta novela como una de sus primeras apuestas, si bien no alcanzó la enorme repercusión que obtuvo la reivindicación de Robertson Davies. No permitamos por más tiempo que así sea. A recuperar necesariamente.

Otras obras de Lewis Wallant reseñadas en UnLibroAlDía: El prestamista

miércoles, 5 de octubre de 2011

Premio Nobel 2011: hagan apuestas

Este jueves, o sea, mañana, se falla el Premio Nobel de Literatura de este año, y ya están haciéndose las típicas apuestas que aciertan tantas veces como fallan. Hay una cosa que está bastante clara: este año el ganador no será un escritor en lengua española: es muy poco habitual que el Nobel premie dos veces seguidas a escritores en la misma lengua, sobre todo si esa lengua no es el inglés.

Estos son algunos de los (eternos) candidatos al Nobel de Literatura:

Adonis: poeta de origen sirio, candidato al Nobel desde hace una eternidad, este puede ser su año entre otras cosas por los aires de cambio en el mundo árabe: a los académicos suecos les encanta hacer ese tipo de gestos y demostrar que están "implicados" con los acontecimientos. En todo caso, que esta circunstancia externa le pueda favorecer no le resta ni un gramo de valor a su obra poética, sugerente y amplísima.

Philip Roth: aunque su obra sea algo irregular en los últimos tiempos, tiene "fondo de armario" (El lamento de Portnoy, Me casé con un comunista, La mancha humana, Pastoral americana, Elegía...) como para justificar de sobra el premio. Además, hace bastante tiempo (desde 1993) que un escritor estadounidense no se lleva el Nobel. Claro que entre los candidatos hay otros compatriotas suyos igualmente bien posicionados...

Cormac McCarthy: Un autor que se ha hecho conocido para el gran público gracias, diría yo, a las adaptaciones cinematográficas de La carretera o No es país para viejos, pero al que la crítica reconoce sus méritos desde hace tiempo. Con un estilo simple y cortante, ha reflejado la realidad de los Estados Unidos (entre otras cosas) con crudeza y sin tapujos.

Thomas Pynchon: junto con Don DeLillo (otro posible candidato) es el gran experimentador de la literatura estadounidense contemporánea. Obras como La subasta del lote 49, V o El arco iris de gravedad representan una revolución narrativa única en su país y en su época. Si le dan el premio, será interesante ver si Pynchon (alérgico como pocos a cualquier acto público) acude a recogerlo...

Tomas Tranströmer: reconozco que no he leído nada de este autor sueco, que sin embargo aparece año tras año en las quinielas para el Premio Nobel. Es poeta, como Adonis, lo que puede beneficiarle si el Nobel decide romper con una racha de cinco novelistas seguidos...

Ko Un: Otra confesión: acabo de oír hablar de este escritor por primera vez ahora, hace diez minutos. Por lo que leo en la Wikipedia (en inglés: la Wikipedia en español ni siquiera tiene un artículo para él), es un poeta surcoreano, activista en favor de la democracia en su país (un punto positivo para él, según los criterios habituales del Nobel), antiguo monje budista, suicida frustrado por partida doble... En fin, puede ser el "tapado" de las quinielas, y a los suecos también les gusta dárselas de originales de vez en cuando...

Haruki Murakami: Que conste que lo incluyo solo porque aparece mencionado en algunas listas. Pero yo estoy en contra. Entre "muy en contra" y "absolutamente en contra". Sí, Murakami escribe bien, tiene un gran éxito de público, es relativamente original... Pero para mí, su obra no está ni de lejos a la altura de los grandes: es repetitiva, facilona y superficial (toma ya). Como le den el Nobel a Murakami, me pego un tiro. En el pie.


lunes, 7 de diciembre de 2009

John Updike: Corre, Conejo

Idioma original: inglés
Título original: Rabbit, run
Año de publicación: 1960
Valoración: está bien

Corre, Conejo es un horrible título español para una buena novela del escritor estadounidense John Updike. Cuando murió a comienzos de este año, recuerdo haber leído en algún sitio que se iba uno de los grandes de la novela estadounidense del siglo XX, al que se echaría de menos a medida que pasase el tiempo. También recuerdo que leí alguna reseña elogiosa, pero que ponía alguna pega a su estilo realista y algo anticuado.

Corre, Conejo es, diría yo, una perfecta muestra de esto: la historia está bien contada, tiene momentos solemnes, ridículos, conmovedores. El personaje principal, Harry 'Rabbit' Armstrong (antes, un exitoso jugador de baloncesto juvenil; ahora, un fracasado vendedor de puerta en puerta casado con una mujer semi-alcohólica) es impactante, por su incapacidad para relacionarse, por su indiferencia y por su incoherencia, y pese a ello no resulta del todo odioso. La novela está bien escrita y es, como dice la contraportada de la edición que he leído, "sexy, de mal gusto, violenta y cínica; y que le aproveche".

Sin embargo, para mi gusto, a Corre, Conejo le falta algo: le falta imaginación, vuelo, originalidad, genialidad. Parece que John Updike está demasiado pegado al suelo, su narración es demasiado concisa, demasiado lineal, demasiado realista en el sentido tradicional. La vida del grupo de personajes que componen la novela está perfectamente enmarcada y descrita, pero no se logra con ello un gran efecto estético que perdure en el lector. No hay, por ejemplo, la complejidad y profundidad psicológica y narrativa de Philip Roth, el atrevimiento iconoclasta de Bret Easton Ellis ni por supuesto la explosiva exuberancia de Auster o el experimentalismo de Don DeLillo (por compararlo solo con sus compatriotas).

En definitiva, John Updike es un escritor competente, muy bueno, incluso, podríamos decir; pero Corre, Conejo no es una obra maestra: sólo una buena novela bien escrita y bien contada, que no es poco.

También de John Updike en ULAD: Terrorista

viernes, 26 de febrero de 2021

Borja Goyenechea: El francés y otros relatos

 

Idioma original: español

Año de publicación: 2020

Valoración: bastante recomendable

Aunque sea personalmente reacio a prejuzgar en función de circunstancias particulares de los autores, he de reconocer que leer a Borja Goyenechea (21 años, improbable miembro de una Generación Z literaria, como más adelante explico) tras leer a un Don DeLillo (seis décadas les separan) publicando- onerosamente, eso sí - al ralentí, me resulta una experiencia curiosa. Aunque sea por los planteamientos de partida, y ya no fuerzo más la comparación pues no se trata de eso: Goyenechea no tiene miedo a iniciar sus relatos con bloques de texto de cierto espesor conceptual, resulta curioso en estos tiempos donde el uso del skip amenaza cualquier manifestación artística el joven autor se atreva con párrafos de entrada que podrían asustar al lector poco bregado. 

Por si el incierto presente del mundo literario no fuera suficiente, publicar una primera obra en plena pandemia e iniciarla con un cuento - un excelente cuento - que refiere al virus y lo coloca en el centro sin apenas preámbulos, requiere de un autor joven mostrar personalidad, y Goyenechea no se queda ahí. Aunque muestre altibajos, los propios del escritor que, por edad y curiosidad propia, especulo, genera obra casi a medida que engulle la de otros y la deja transpirar en sus escritos. Me apuntan Mairal, pero diría que Cortázar también y, presumo, pero puedo equivocarme, que algo de Saer y algo de Borges o Bolaño, claro, el realismo mágico, por supuesto, y algún préstamo de esa corriente de escritoras de las que ya hablamos aquí, jóvenes escritoras en español escoradas sin miedo hacia relatos de terror, de suspense, de carnalidad desacomplejada.

Los personajes de Goyenechea son centrales, casi siempre lo que les ocurre es periférico en sus relatos. Son personajes que sufren y que muestran ese sufrimiento en su diálogo interior, otra seña de identidad, algo que puede que trabe o dificulte el avance en lo narrativo pues no hay aquí ligereza ni frivolidad, hay párrafos con contenido valioso en cada arranque. Sufren porque han tomado decisiones radicales que pueden acarrearles trágicas consecuencias. Son soldados que se refugian en cuevas o seres que huyen o tipos a los que no les llega el dinero para tomar agua, para comprar un ataúd. Ese padecimiento lleva a ciertos grados de desesperación. El libro mantiene una unidad en ese sentido y cada lector hallará su cuento favorito e identificará esas influencias lógicas, personalmente creo que lectores y autores constituyen mundos separados como para que yo, en tanto que perteneciente a los primeros, le dé un consejo al autor cara a futuras obras, que tiene la pinta de haberlas y creo que de mayor enjundia. Le he visto decisión, buen trato del lenguaje, capacidad de describir la paleta psicológica (de hecho la única referencia literaria directa es a Kafka), le he visto la obvia intención del debutante en demostrar versatilidad, puede que con algún disculpable exceso de rigidez, pero en general El francés y otros relatos es un alentador ejercicio que conjuga ambición y maneras, que compensa esa soledad del escritor de fondo (estudiante peruano en Madrid, dice la solapa) con la convicción de quien confía en lo que escribe. No le colguéis etiquetas porque, entre la maraña de juntaletras situacionistas que anega la edición independiente - o directamente la autoedición para allegados y amiguetes, le veo una luz propia que él, creo, sabrá pulir y definir.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Seis por uno: Caballo de Troya, 2017

Pues sí, amigos de ULAD, para acabar el año vamos a intentar un número nunca antes visto en el circo ULADiano, el no va más de las reseñas: ¡una reseña séxtupla! Voy a comentar los seis libros elegidos por Lara Moreno para ser publicados en Caballo de Troya en 2017; como me imagino que sabéis, desde hace unos años Caballo de Troya escoge un editor invitado (Elvira Navarro, Alberto Olmos, Lara Moreno...), quien a su vez escoge los textos que va a publicar ese año, siempre con la idea de descubrir "nuevas voces y literaturas en lengua castellana".

Hay dos motivos por los que este año he leído toda la selección de Caballo de Troya: en primer lugar, tenía curiosidad por ver el sentido que Lara Moreno le daba a su selección, en conjunto; y además, el hecho de que los eBooks de Caballo de Troya sean tan baratos (alrededor de 4€ cada uno) hace que realmente merezca la pena el gasto: casi se puede decir que he leído seis libros por el precio de uno (si ese uno es grande y de tapa dura).

Vamos a ello:

1.- La hija del comunista, de Aroa Moreno Durán
Valoración: Muy recomendable

Este libro no necesita mucha presentación, ya que acaba de ganar el Premio Ojo Crítico 2017. Narra la vida de una descendiente de exiliados españoles en la Alemania del Este, que por amor decide escapar de su país, dejar atrás a su familia y amigos y buscar una vida mejor y más libre (y sobre todo, más romántica) en Occidente. Si lo consigue o no tendréis que descubrirlo leyendo la novela, no voy a destriparla.

Cuando estaba a medio camino de la novela tuve que googlear el nombre de la autora para tener la seguridad de si era una novela autobiográfica (que no lo es); esto en sí mismo me parece una buena señal, ya que da cuenta de que la ambientación está bien conseguida, fruto de una documentación exhaustiva pero que al mismo tiempo no se sobrepone a la novela (como pasa demasiadas veces). Quizás la última parte decrece un poco y pierde algo de originalidad para dar lugar a escenas más melodramáticas, pero en conjunto es una obra bien construida, bien desarrollada y que se lee con placer. 

El mensaje final de la novela, que explícitamente recuerda que el Muro de Berlín cayó, pero en el mundo actual hay muchos otros muros, me parece prescindible; los lectores son (se supone) lo bastante listos como para hacer los paralelismos necesarios.



2.- Hamaca, de Constanza Ternicier
Valoración: Muy recomendable

Esta es la novela más tierna de las seis, la que muestra una sensibilidad más delicada, también en cuanto al estilo en el que está escrita. Narra la "educación sentimental" de una niña, Amparo, cuya madre huye en medio de una crisis psicológica/psiquiátrica; cuyo padre se refugia en el silencio y en los puzzles, y que debe por lo tanto convivir con su abuela, sus amigas y algunos chicos que provocan en ella sentimientos encontrados de atracción y rechazo. 

Sin ser una novela excesivamente rompedora en cuanto al argumento (que encaja en el molde de la bildungsroman o novela de aprendizaje), la novela destaca como decía por la forma cuidada en que está escrita (con un estilo poético pero sin afectación, bonito sin ser cursi), y por la construcción de una voz propia para el personaje protagonista: soñadora e independiente, confusa y decidida, cariñosa y esquiva.

En este caso Lara Moreno ha hecho una pequeña trampa, ya que esta novela es una reedición: la novela se publicó ya en Chile, y ahora Caballo de Troya la trae a España.


3.- Televisión, de María Cabrera
Valoración: Decepcionante


Esta es la novela que menos me ha gustado de las seis; de hecho, me parece un intento fallido. La novela se centra en los problemas, corrupciones y luchas internas de una televisión pública (Telemadrid, en este caso) y en el efecto que estos problemas tienen en Henar, una trabajadora de la sección de documentación y archivo. La novela alterna capítulos sobre la vida personal y sentimental de la protagonista, con otros capítulos dedicados al "nosotros" de los trabajadores, y alguno narrado desde el punto de vista de los hombres que se relacionan con ella.

La idea tenía muchas posibilidades: una televisión, edición de imagen, archivo, manipulación, propaganda; daba para una novela de Don DeLillo. Pero el resultado me parece que no consigue desarrollar esta premisa. El estilo me parece descuidado; la historia principal no me convence ni me conmueve. Creo que este es un caso de novela-denuncia en la que la denuncia (justa y necesaria, sin duda, eso no está en cuestión) se ha comido a la novela. El mensaje final, recordando la memoria de los novecientos trabajadores de Telemadrid despedidos durante la crisis económica, acentúa aún más esta sensación.


4.- Animal doméstico, de Mario Hinojos
Valoración: Recomendable


Animal doméstico es la novela más experimental de las seis, la más ambiciosa desde el punto de vista técnico y formal. El personaje protagonista ha quedado traumatizado como consecuencia de una guerra en la que se usan perros salvajes como arma. Torturado por este recuerdo, se refugia en una misteriosa casa-sanatorio junto con un terapeuta heterodoxo y su misterioso/a ayudante. La novela se compone a base de capítulos fragmentarios que el lector debe esforzarse por unir y entrelazar: narraciones de las sesiones de terapia y de la vida en la casa-sanatorio; recuerdos de la vida anterior del protagonista; y secciones "documentales" (las que personalmente más me han atrapado) en que se registra el uso de perros como arma de guerra, desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Hay que valorar, como decía, el riesgo de componer una novela tan exigente: la experimentación formal se combina con una indagación muy actual sobre los límites entre lo humano y lo animal, sobre el poder de controlar los cuerpos (y las mentes) de los otros; sobre las consecuencias vitales y políticas de la guerra. No le doy un "muy recomendable" porque me parece que la historia central (la relación del protagonista traumatizado con su terapeuta y con los demás habitantes de la casa) no es lo suficientemente fuerte como para sustentar el resto del edificio; la novela terminó por hacérseme algo larga. Pero desde luego está cargada de sugerencias e ideas interesantes, particularmente para los investigadores que trabajen sobre "posthumanismo" o Animal Studies (que los hay, y muchos).


5.- Madre mía, de Florencia del Campo
Valoración: recomendable

La novela (¿novela o memoria?) toma como punto de partida una grave enfermedad de la madre de la narradora, y se coloca en un íntimo dilema moral: ¿debe una hija, una buena hija, renunciar a su vida, a sus sueños y a sus deseos y volver a casa para cuidar de la madre enferma? ¿No hacerlo la convierte en un monstruo del egoísmo, o simplemente en una mujer independiente?

La obra también se plantea otra cuestión crucial: hasta qué punto es posible narrar el dolor y la muerte, con qué materiales se puede construir de manera adecuada la memoria de un cuerpo en decadencia cuando ese cuerpo no es el nuestro. La imposibilidad de contar, de reconstruir, explica (al menos en parte) la estructura fragmentada y la multiplicación de voces (interiores) que pueblan la voz de la narradora.

No sé decir con mucha precisión por qué esta novela no ha llegado a emocionarme: quizás esa misma experimentación formal me haya alejado un tanto de la empatía, o quizás me haya cansado ya del yoísmo literario (llamémoslo autoficción) que puebla nuestras estanterías desde hace unos años. También coincide que este año, para esta entrada, leí unos cuantos libros sobre la muerte de un ser querido, como Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates o El año del pensamiento mágico de Joan Didion, y los dos me parece que diseccionan mejor el dolor, la pérdida, el duelo, la culpa del superviviente.


6.- En la ciudad líquida, de Marta Rebón
Valoración: está bien


Y el año acaba con otra no-novela (salvo que consideremos como Baroja que la novela es capaz de digerirlo todo): un texto que combina las memorias de la autora en sus viajes a diversos países del mundo; fragmentos y esbozos de biografías de un buen puñado de escritores, mayoritariamente rusos, y fotografías, muchas fotografías, la mayor parte de ellas también de Rusia, capturadas por Marta Rebón, o por Ferrán Mateo (que me imagino que es el mismo Ferrán al que se dedica la novela), o sacadas de archivos o de Wikimedia Commons.

El mayor interés de la obra está precisamente en este carácter híbrido entre el yo y el otro, entre el texto y la imagen; con todo, los fragmentos dedicados a los viajes de la narradora y un "tú" (¿Ferrán?) al que se dirige ocasionalmente están menos logrados, y atrapan menos, que las historias sobre Dostoievski, Brodski, Chejov o Nabokov, por ejemplo. De hecho, al conjunto parece faltarle algo de esqueleto: un propósito o una idea que articule el conjunto de materiales y que los haga dialogar más claramente los unos con los otros, más allá de la acumulación y de la presencia de la cultura rusa.


Comentarios finales:
En conjunto, creo que se puede decir que Lara Moreno ha hecho una labor notable en su año como editora de Caballo de Troya. Quizás lo que dé unidad a las obras elegidas, dentro de su variedad, sea la reflexión en torno al yo, a la identidad y a la memoria, individual y colectiva, y al papel que la narración (un concepto más amplio que la literatura) puede desempeñar en este campo. Las seis obras se situán así en una tendencia central de la narrativa actual (que, por otra parte, creo que empieza a dar señales de agotamiento).

En cualquier caso, con algunas irregularidades (prácticamente inevitables en este tipo de selecciones), el conjunto de obras es variado en el estilo, la forma y los temas, pero de una alta calidad literaria. Si en 2015 el bombazo de la serie fue El comensal de Gabriela Ybarra, y en 2016 (aunque en diferido, como el despido de Bárcenas) El estado natural de las cosas de Alejandro Morellón (ganadora del Premio de relato Gabriel García Márquez), parece que este año ese lugar le corresponde a La hija del comunista de Aroa Moreno, ganadora del Premio Ojo Crítico y presente en muchas listas de "los mejores libros del 2017". Aunque personalmente, como he dicho, la novela que más me ha gustado de la serie ha sido Hamaca, de Constanza Ternicier.

No querría acabar la reseña sin mencionar el diseño de las portadas de la serie de este año: minimalistas, elegantes, con un sentido de unidad entre todas las novelas y al mismo tiempo con una clara individualidad en cada una de ellas. Enhorabuena al responsable o responsables, que no siempre aparecen identificados en los libros, creo.

martes, 14 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer en el parque

Primera fase : negociación.

Cinco de la tarde: dos cosas hierven en Barcelona, al menos que a mí me afecten.
Primera : el temperamento de mi hijo menor, 11 años, harto de estar en casa tras la comida. Inquieto, recibiendo mensajes de sus socios de juegos, con los que acuerda el que será el plan de la tarde. Scooter, skate, bicicleta o fútbol.
La segunda: la  propia ciudad, su aire, su suelo. Es abrir la puerta del rellano y recibir la bienvenida de, al menos, diez grados más que el clima artificialmente templado del hogar familiar, Pisar la calle; atravesar cien metros, como mucho, al sol, con Lorenzo, el implacable en su plenitud, es un tormento inacabable. Encontrar la sombra condiciona los itinerarios a pie.
Ahí entra lo de la negociación. Hora de salida de casa, cinco y media. O así. Antes, no es humano, simplemente.

Pero ese es el trato: todavía veo a mi hijo como un tierno muchacho expuesto a los mil y un peligros de la jungla del asfalto. Este es el parque de la Escola Industrial de Barcelona, esmirriado reducto en el que los sufridos y sudorosos habitantes de la zona no tenemos más remedio que coincidir: las zonas verdes en este barrio son una pura utopía. Aquí, al menos, hay algún rincón a la sombra. Y desde uno de esos rincones ejerzo mi cargo de responsable padre custodio.

Segunda fase : llegada e instalación.

Kit de supervivencia para unas tres horas en el parque: bebida fría (que dejará de serlo rápidamente), y una cantidad indeterminada de libros. Uno, si el que leo me gusta y queda suficiente para cubrir todo el tiempo estimado de estancia.  Dos, si me dispongo a empezar uno y quiero disponer de alguna opción por si no me gusta. Tres, si el que leo estoy a punto de acabarlo y quiero tener diversas opciones por si el siguiente no acaba de arrancar. Nunca he llevado tres libros: ya soy bastante "el rarito que se pasa todo el rato leyendo". Obviamente, no tengo Kindle ni cacharro parecido: vista la experiencia, debería. Pero, ay, el papel: aún me gusta acariciar el lomo y hojear adelante y atrás. Y que los demás vean lo que leo: uf, como me encanta cazar las miradas de quien echa un vistazo esperando encontrarse con algo conocido y comprueba que no tiene ni idea de lo que yo leo. El rarito. Tomad rarito.
Me ubico en algún banco situado en la sombra, y con buena visibilidad hacia el terreno de juego improvisado en que, en algún momento, mi hijo Gerard acabará echando un partido. Localizo un banco vacío, al que me dirijo con pose decidida y antipática, y cara de pocos amigos. Los bancos deben hacer cerca de dos metros de ancho. Extiendo los brazos ostensiblemente a uno y otro lado. Dejo la bolsa con la bebida a un lado, el libro "suplente" al otro, el teléfono algo más cerca y el vehículo de mi hijo (mientras no lo usa), alcanzando a ocupar el espacio restante. Todo orquestado para impedir que alguien me moleste. Sí. No quiero que nadie se siente a mi lado. Nadie. Ni quiero conversación ni distracción: ni charla banal sobre el calor o sobre la nube de felicidad en la que nos tiene sumidos el gobierno, ni charla profunda sobre el sentido de la vida o el número de goles que Messi marcará la próxima temporada. Solo quiero tranquilidad: explicádselo al padre de algún niño que juega con el mío, a la vecina que ha bajado también a sus hijas, a la anciana temblorosa que me mira con desaprobación por tenerlo todo ocupado (señora, eso es justo lo que pretendo). A los adolescentes con reggaeton en el móvil, a la mujer de mediana edad que acude con mi misma intención pero, horror, vade retro Satanás, con algo de Allende o Coelho o Bucay, al abuelo que espera el mínimo pretexto para explicar lo bien que su nieto le da a la pelota o los detalles del mapa entero de isobaras que el hombre del tiempo introdujo ayer noche en su cerebro. El calor que hace, y el último año que hizo algo parecido.
Soy un sociópata que lee celosamente a solas. Ya acabaré el libro, me levantaré y seré otra persona. Lo prometo. Dejadme tiempo.

La indumentaria: gracias, Alfonso Ussía. Menos esas horrorosas camisetas sin mangas, opto por ataviarme con toda la ropa que le provoca a Ussía tanto malestar. Chanclas, sí, de playa, de esas que se aguantan por un  dedo, de esas que Rufus Wainwright llama flip-flops en una canción. Bermudas cargo, como si fuese a Afganistán con los bolsillos repletos de tonterías. Camiseta de tonos sobrios, sin mensajes filosóficos. Encima, Alfonso, eso te jode de verdad: me dirijo a la gente, (me dirijo a la gente si no me queda otro remedio, véase párrafo anterior), en catalán.
Entonces todos los insectos deben ser agentes secretos comisionados por Ussía, para compensar. Vuelan y caen de los árboles y me regalan esas ronchas que acaban siendo como anillas en los troncos de los árboles. Tantas tardes, tantos habones en mis tobillos. Tantos parones de la lectura para ver si, ya, por fin, atrapo al cabrón que se está dando un festín de AB con RH positivo.

Tercera fase: conclusiones

Aquí, acomodando mi pose para evitar agarrotamiento, para refrescarme, para que no se me duerman las extremidades, para no dormirme yo mismo, en mi integridad, para rebuscar la botella que ha rodado, o la bolsa que ha volado (pues seré sociópata, pero de los civilizados, tiro los papeles en la papelera), para mirar el piloto rojo de la Blackberry que parpadea, aquí es donde me han pasado algunas cosas, que empiezo a detallar, pues ya va siendo hora de acabar.

Aquí no comprendí que se publicara una cosa tan cursi y sensiblera como El niño perdido de Thomas Wolfe.
Aquí comprendí que algo tan inconsistente como Noche de los enamorados de Félix Romeo se publicaba porque su autor había fallecido recientemente.
Aquí llegué a las 70 páginas de Body art de Don DeLillo y lo cerré enfadado. Ese día aprendí a llevar dos libros.
Aquí llegué a las 70 páginas de Pedro Páramo y lo cerré triste. Ese día aprendí que es mejor buscar ediciones comentadas de los grandes clásicos.
Aquí comprendí que Vila-Matas es mejor escritor que novelista.
Aquí no entendí tanto revuelo con Palahniuk.
Aquí me pareció absurda tanta repercusión de El extranjero de Camus.
Aquí Capote hizo que todo lo demás pareciera una pequeñez en comparación. No: casi todo lo demás.
Aquí despegaron los vuelos a todos los países a los que me llevó Kapuscinski, y volví asustado de muchos de ellos.

Aquí hice lo que no hay que hacer: subrayar y subrayar un libro de la biblioteca; frase tras frase de Roberto Bolaño.

Con lápiz, por eso.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Don Carpenter: Dura la lluvia que cae

Idioma: inglés
Título original: Hard rain falling
Año de publicación: 1966
Traducción: Ramón de España
Valoración: muy recomendable

Debe funcionar el filón de The Wire: porque lo de poner que el prólogo es de George Pelecanos bajo el título de esta novela es una obvia llamada para atraer a cierto público. Funciona, por eso. Y si esa es la razón que lleve a un número de personas a leer Dura la lluvia que cae, pues bien está lo que bien acaba. Porque esta es una novela excelente, una narración, como algún amable comentario anotó hace unas semanas, a la altura de No hay bestia tan feroz, en ese ejercicio duro pero fascinante de ponerse en la piel del delincuente de largo recorrido, e intentar experimentar sus actitudes hacia la vida. A Jack Levitt, protagonista, no le han dado demasiadas opciones. De orfanato a correccional, de correccional a cárcel, y cada nueva etapa una vuelta de tuerca en una existencia difícil, lejos de lo convencional, pero con una encomiable disposición a mantener la dignidad y a tirar hacia adelante. Sin planes a largo plazo, por supuesto.

Las cosas le suceden a Levitt con enorme naturalidad, y él, que insiste en ocasiones que no hace plan alguno, va tirando adelante como puede. Dura la lluvia que cae se divide en tres partes claramente espaciadas en el tiempo. La primera nos muestra a Levitt, abandonado por su padre, fallecida su madre a temprana edad, desenvolviéndose en su adolescencia en ambientes poco aconsejables. Garitos con mesas de billar, bares, burdeles. Con sus amigos, buscándose la vida en un día a día que no les plantea más dificultades que el obtener dinero para la siguiente cerveza, la siguiente comida o la siguiente noche en pensiones u hoteles cutres. Las amistades de conveniencia van y vienen, la picaresca de las apuestas en las partidas de diversas modalidades de billares, los pequeños y casi ingenuos escarceos con delitos de poca monta. En la segunda, el paso adelante está dado. Delitos con armas, golpes a licorerías, violencia, cárcel, condenas en convivencia con nuevos y antiguos compañeros de correrías. Sin opciones, con escasa expectativa de mejora, Levitt es trasladado y se reencuentra con Billy, colega de la infancia, bien dotado para el billar, otro buscavidas que, en un episodio memorable, demostrará hacia Levitt algo de lo que ha estado falto toda su triste existencia: alguien que se preocupe de él, alguien que le demuestre sentimientos. Su corta historia de amor homosexual, en la celda del condado de Balboa que comparten, resulta constituirse en el único conato de romanticismo de esta novela. Fuera de la cárcel, Levitt se intenta reintegrar en la sociedad. En medio de un tenso incidente, conoce a Sally, adinerada ex esposa de un actor de éxito, amor fou inmediato, cómplice sexual, por la que abrazará lo más parecido a una vida convencional, toda la que pueda tener un ex-presidiario. Un hijo, al que llamará Billy, un trabajo. facturas que pagar.

Dura la lluvia que cae es casi una bildungsroman de recorrido alternativo, donde Levitt, a través de la narración, me recuerda algo al Stoner de Williams: cede solo, en circunstancias especiales, ante su voluntad, pero casi siempre deja que sea un destino inexorable el que tome sus decisiones. Su instinto de supervivencia prevalece y cree que eso será suficiente para llegar a buen puerto. Todo lo bueno que su dura condición pueda tenerle reservado.

Una narración potente, por momentos brillante y en alguno ligeramente previsible, Carpenter es uno de esos autores, como Bunker, que merece la pena descubrir. Camuflados entre la nutrida escena literaria norteamericana del siglo XX, quizás condicionados por temáticas menos ambiciosas a priori que algunos coétaneos que les sobreviven (DeLillo, Roth), Carpenter murió a los 64 años, se quitó la vida, dicen, a causa de su deteriorada salud.

También de Don Carpenter en ULAD: Los viernes en Enrico´s, Un par de cómicos