lunes, 13 de junio de 2011

Don DeLillo: Punto omega

Idioma original: inglés
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).

Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.

La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.

Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.