viernes, 3 de junio de 2011

Giovanni Sartori: La sociedad multiétnica


Idioma original: italiano
Título original: Pluralismo, multiculturalismo e estranei
Año de publicación: 2000
Valoración: Está bien



Es un hecho que la convivencia entre culturas diferentes se ha convertido, desde hace más de una década, en una cuestión de plena actualidad, por eso merece la pena escuchar a alguien que asegura haber encontrado la panacea para resolver cualquier conflicto que pueda plantearse en ese contexto.

Para Sartori, la madre de todas las soluciones se llama pluralismo. En esta obra intentará delimitar su significado, distinguirlo de otros términos similares y convencernos de su absoluta eficacia. Para él, pluralismo y multiculturalismo son términos opuestos. Con el segundo, alude a las sociedades yuxtapuestas, sin voluntad de integración ni de aceptación por parte de unos y otros, en las que el enriquecimiento mutuo sería nulo y los problemas múltiples: “El proyecto multicultural sólo puede desembocar en un “sistema de tribu”, en separaciones culturales desintegrantes (sic), no integrantes”. Sin embargo, el pluralismo, al conducir a una convivencia armoniosa, se convierte en la verdadera solución. Un contexto pluralista precisa del reconocimiento en ambos sentidos y esta actitud ha de nacer de la mutua tolerancia. Que, por cierto, siempre tendrá límites razonados (por ejemplo, cuando provoca daños o perjuicios). Y exige –igual que el reconocimiento – reciprocidad. Incluso las medidas niveladoras, (de discriminación positiva u otras similares) deberían guiarse siempre por criterios objetivos y no, como sucede a menudo, para contentar a los que más ruido causan.

Hasta aquí estoy de acuerdo con la mayor parte de sus conclusiones. ¿El hecho de que una gran cantidad de personas se vean obligadas a desarraigarse de su ambiente o a realizar tareas que nadie quiere mientras, como aquí se expone (pag. 110), los ciudadanos del país de acogida que las realizaban antes cobran un cómodo subsidio, no es más racista que el intento de no expoliar a esos países dejándoles que prosperen a su modo? También es cierto que la cantidad de población de entrada por unidad de tiempo es un factor fundamental y que a partir de determinado tamaño de población relativa los problemas tienden a aumentar (pg. 121), aunque no necesariamente por la condición de los recién llegados como insinúa el autor, sino, en gran parte de los casos, sólo por cuestiones organizativas y de recursos.

Pero Sartori nos tiende una trampa. A partir de un punto concreto y cogiendo desprevenido al lector, todo lo que fue rigor y argumentación minuciosa se convierte en arbitrariedad. Se refiere a sus propias opiniones como al discurso correcto y abusa de la generalización para inculcar un miedo cuya consecuencia inmediata es el odio al extraño. Es necesaria mucha concentración, fijarse muy bien en el léxico que usa y en el objetivo que le guía en cada momento para no dejarnos confundir. Porque sostiene que las diferencias se crean artificialmente en función de intereses concretos: las de clase, por ejemplo, no habrían existido hasta que Marx se las inventó y lo mismo piensa de la inmigración y el feminismo. Afirma también que raza y religión son diferencias insalvables (extrañezas insuperables las llama él) mientras que la lengua y las costumbres no lo son tanto. Pero ¿qué consecuencias tiene un color diferente a no ser las producidas por prejuicios racistas? Esto no lo argumenta.

Finalmente, lo que se deduce, aunque nos pretenda convencer de lo contrario, es que le preocupan más las diferencias en sí mismas que los problemas que de ellas se puedan derivar. En cualquier caso, merece la pena leer el libro, tanto por el interés de las cuestiones que plantea como por el nivel de reflexión que provoca en el lector.