lunes, 4 de febrero de 2013

Stephen J. Burn (editor): Conversaciones con David Foster Wallace

Idioma original: Inglés
Título original: Conversations with David Foster Wallace
Año de publicación: 2012
Traducción: José Luis Amores
Valoración: imprescindible

Aclaro antes de empezar. Puede que no todos los libros de Foster Wallace sean imprescindibles en sí, y muchos de ellos no sean sencillos de leer, y mucho menos, con prisas. Hay quien sigue ajeno a la genialidad de sus escritos, lo que no es necesariamente un hándicap de primer orden. Es simplemente un lujo que yo no me permitiría. David Foster Wallace, DFW de ahora en adelante, no era un escritor convencional para nada. No son gratuitas las comparaciones con Pynchon, otro adalid de la alergia a la indiferencia. Pero este libro no es una de sus agotadoras novelas de 1000 páginas ni uno de sus ensayos trufados de esas notas a pie de página que actúan a la vez de contrapeso, complemento, distracción, y respiro de la trama. Este libro es un compendio de 19 de las entrevistas más significativas que le hicieron, más el valioso añadido de una semblanza de su vida. El libro empieza con una entrevista con el escritor a los 23 años, recién publicada su primera novela, La escoba del sistema (la primera edición en castellano es el siguiente título publicado por Pálido Fuego, editorial malagueña con nombre de novela de Nabokov cuya primera publicación es este libro), y prosigue en orden cronológico.

Sin incurrir en la mitomanía, el caudal verbal de DFW es comparable a su registro escrito: su bagaje cultural, su glotonería literaria, su enfoque de los temas planteados (hablamos de un escritor y profesor de literatura a lo que añadía sendas licenciaturas en filosofía y matemáticas). Una tras otra entrevista el hombre tímido, algo inseguro, escondido tras melena, gafas y badana, proclive a las adicciones, surge por debajo del escritor de talento desbocado. Conociendo su final, leer ciertas frases resulta estremecedor, y que quede muy claro que la edición de las entrevistas ni busca el morbo ni se recrea más de lo debido en sus fantasmas. Ésta, por decirlo de alguna manera, no es una aventura para hacer caja al estilo de ciertas biografías de, por ejemplo, Kurt Cobain. Es un ejercicio desde el interés sincero en la persona de un magnífico escritor, de estilo y eficacia difícilmente inigualables, que se manifiesta en su obra, en sus opiniones (que surgían, una y otra vez, en sus escritos y obviamente surgen aquí también, en sus respuestas), en su peculiar forma de ver la vida (con humildad, con inquietud, con inseguridad, con constantes ganas tanto de seguir aprendiendo como de seguir contrastando sus opiniones) y, por supuesto, un catálogo extremadamente interesante de todas las referencias de todas clases (televisivas, literarias, musicales, industriales) que participaban en la configuración de su obra y su persona.
Pero estas entrevistas resultan amenas y enriquecedoras, sin que una sola de ellas no aporte algún detalle que nos acerque al escritor, a través de las respuestas de DFW vamos observando la evolución de su carácter. Que, como veinteañero, se conduce con curiosidad y admiración por sus iconos, pero, en las últimas entrevistas ya acusa haber perdido algo de su optimismo vital. No deja de recordar la edad que tiene y sus respuestas abandonan la agudeza cediendo a una suerte de seriedad experimentada. Ese devenir le da un tono involuntario al libro, a la vez biográfico (sin ser un panegírico, las entrevistas se suceden en el entorno puramente periodístico de cada una, sin comentarios de continuidad) y solo levemente elegíaco.
El capítulo final no es una entrevista: es un extenso texto biográfico que avanza inexorable hasta el fatal desenlace. El escritor, al que el regreso a una antigua medicación no ha solventado sus problemas depresivos, se ahorca, cuando se queda solo en casa junto a sus perros.

Respecto a DFW, lo reconozco: ando en cierta cruzada de promocionar su persona y de reivindicar su obra. Pues resulta difícil, hoy simplemente imposible, encontrar otro escritor que haya llegado a sus niveles en profundidad de análisis, depuración de estilo, personalidad y desparpajo para sostener su obra y sus opiniones. Pasa eso, y claro, pasa que, con 46 años, dijo basta. Dejándonos a su restringido,  pero, espero, creciente ejército de fans, con un palmo de narices. Eso sí que es una broma infinita.

De David Foster Wallace en Unlibroaldía: Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

2 comentarios:

thorwelly dijo...

No hay, ni habrá un analista de la sociedad estadounidense (reflejo del mundo occidental) como DFW. Leerlo es un placer intrincado pero también por eso mismo un enorme placer.
Ahora bien, nunca terminé de entender las eternas comparaciones con Pynchon. Me parece que poner a DFW a la sombra de Pynchon es degradarlo como escritor.

Francesc Bon dijo...

Completamente de acuerdo. Solo espero que la gente aisle el concepto morboso de su desaparición y se quede con su formidable aportación. No creo que Pynchon sea comparable: quizás en cierto sentido de énfasis en lo absurdo. Pero los enfoques son muy diferentes y, hoy por hoy, el de DFW puede no ser tan "puro", pero es más vivaz y menos autocomplaciente.
Gracias por el comentario.