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viernes, 26 de junio de 2026

Darko Cvijetic: El rascacielos rojo

Título original: Schindlerov lift 
Idioma original: Croata
Traducción: Patricia Pizarroso y Marc Casals
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Save Kovačevića 15, Prijedor 79000, Bosnia y Herzegovina. Esta es la dirección del rascacielos rojo, bloque construido en el año 1975, bloque en el que reside el propio autor de la novela y bloque a través del cual se cuentan los últimos 50 años de Yugoslavia / Posyugoslavia.

Eso de contar la vida a través de lo que va sucediendo en un bloque de viviendas es una idea muy perecquiana. ¡Tomar como punto de partida un espacio cerrado para, a partir de ahí, contar la historia de un lugar y un tiempo es algo que ya hizo Perec en La vida instrucciones de uso! Y no solo la idea, también a nivel estructural hay semejanzas con la obra de Perec ya que El rascacielos rojo se estructura en breves capítulos con los que se rompe la linealidad, que comparten personajes que irán apareciendo y desapareciendo, etc. Ahora bien, pese a estas semejanzas y a esa idea de puzzle que las une, la del francés es una obra más ficcional y lúdica que la de Cvijetic, mucho más anclada a una realidad terrible.

Porque lo que en 1975 fue un bloque de vanguardia construido para, en su mayoría, trabajadores  con independencia de su origen "étnico" se convirtió en una perfecta metáfora de lo que sería después una región en la que la convivencia se convirtió en un arma mortal. Y en este sentido, hay dos imágenes centrales en el texto: un muñeco de cartón de Tito que se va pudriendo en un jardín y un muñeco de nieve cipotudo.

Así, encontramos relatos (o capítulos, porque en realidad El rascacielos rojo es una novela formada por 32 relatos interconectados + algún bonus track) que hablan de esos tiempos iniciales que los más viejos aún recuerdan (una gran terraza en la azotea y unas vistas de la ciudad que incluso los aviadores habrían soñado con tener) y que son puestos, de diversas formas, en contraposición con tiempos más recientes. Hablamos de finales de los 70 y primeros 80, años que, si bien parecían idílicos, fueron el catalizador sangriento de lo que vendría después. 

Y lo que vino después fue una sucesión de desgracias, de muertes y venganzas en las ni una sola persona sintió vergüenza ni agachó la cabeza. Ni uno Nadie. Todos y cada uno. Un desierto. Y los textos hablan de vecinos matando a vecinos, de madres que se junta para paliar la soledad, de sueños rotos, finales trágicos, transiciones no del todo modélicas, etc. Hasta el punto de que hoy el pueblo vertical está cada vez más vacío, y solo queda la bilis tras la eclosión de tanta maldad.

Por suerte para el lector, dentro de todo este dolor y esta tragedia hay espacio para el humor. Personajes grotescos y excesivos en su bondad y en su maldad dan lugar a situaciones grotescas y excesivas, un poco al estilo de las primeras películas de los hermanos Coen. Negro negrísimo, sí, pero humor al fin y al cabo. Solo eso nos salva.

lunes, 9 de marzo de 2026

Reseña + entrevista: El patio maldito de Ivo Andric

Idioma original: Serbio
Título original: *
Año de publicación: 2025 (*)
Traducción: Marc Casals
Valoración: Bastante recomendable

El patio maldito es el título de la novela breve que sirve de colofón (¡y de qué manera, oigan) a este volumen en el que se reúnen, además, quince relatos escritos en diferentes momentos de su vida por Ivo Andric, ganador del Nobel de Literatura del año 1961. Pese a su diferente origen temporal, los textos compilados para la ocasión por Xórdica forman un conjunto homogéneo, tanto por ambientación como por temática. Por si esto fuera poco, se observa la existencia de personajes que aparecen en varios relatos (Fray Petar, Fray Marko...) y de personajes que, con diferentes "máscaras", podríamos considerar un único personaje (Alija Dzerzelez, Mustafa Magiar, Celibi Hafiz, Karagoz...).

La citada homogeneidad del volumen procede, como digo, de la ambientación y la temática de los textos. La practica totalidad de los mismos trascurre en los años de la dominación otomana o del control austríaco sobre Bosnia. Es por tanto un pasado casi mítico el tiempo en el que trascurren unos textos que hablan de violencia y locura, de "replanteamientos vitales", de poder y arbitrariedad, de dudas, culpas y debilidades. Tiempos más o menos remotos, pero inquietudes y/o cuestiones absolutamente atemporales y universales.

Por otra parte, los protagonistas de los textos de Andric pueden dividirse en dos grandes grupos: los "turcos" y los franciscanos. Curiosa contraposición la de unos y otros y curiosa la diferente visión que tiene Andric de uno y otro grupo. Así como los "turcos" tienden a aparecer como seres mezquinos, rencorosos o violentos, la mirada sobre los franciscanos es mucho más piadosa, con momentos hasta humorísticos.

Lo que sí suele hermanar a los protagonistas de los textos de Andric es una desubicación o desarraigo casi permanente, en parte debido a esa configuración multicultural y multiétnica de un territorio agreste que es también personaje fundamental en los relatos incluidos en El patio maldito. 

No voy a entrar en detalle en cada uno de ellos, pero sí comentaré brevemente los textos que, a mi juicio, son los más destacados:

  • Muerte en la tekija de Sinan, relato sobre miedos y culpas difusas, autoflagelaciones y replanteamientos vitales tan tardíos como inútiles.
  • La sed (especie de reverso de El patio maldito, quizá?), que muestra un nuevo replanteamiento vital en una situación dramática.
  • Milagro en Olovo, quizá el relato más metafórico y ambiguo, el más sujeto a posibles interpretaciones.
  • El torso, que podría ser considerado como el texto más abiertamente político del conjunto. Una historia extraña de debilidades y venganzas protagonizada por un caudillo sanguinario y febril ("turco, cómo no!)
  • El patio maldito, desasosegante nouvelle que puede recordar a El palacio de los sueños de Kadaré. Historia dentro de la historia dentro de la historia (...) que trascurre dentro de una institución extraña y terrible gobernada por Karagoz, un personaje fascinante y contradictorio.
Resumiendo, El patio maldito ha sido, para mi, un acercamiento diferente a la obra de Andric. Hasta ahora, solo había leído su novela Un puente sobre el Drina y Goya, un breve texto sobre el aragonés. Y, si bien Un puente sobre el Drina me sigue pareciendo una maravilla absoluta, algunos de los textos incluidos en este volumen demuestran que Andric se manejaba a la perfección en formatos más breves. Así que.. ¡todos a leer a Andric!

Por si esto fuera poco, aquí os dejamos un vídeo con la charla que mantuvimos con Marc Casals, traductor de Andric, sobre este libro y otras obras balcánicas.



(*) El libro contiene textos publicados en vida de Andric a lo largo de varios años, pero la compilación como tal solo existe en esta edición

jueves, 3 de julio de 2025

Bekim Sejranović:De ningún lugar a ninguna parte

Idioma original: Croata
Título original: Nigdje, niotkuda
Traducción: Patricia Pizarroso y Marc Casals
Año de publicación: 2008
Valoración: Recomendable

Un funeral según el rito islámico, un montón de hombres acuclillados y un solo hombre que permanece en pie, sobresaliendo por encima de los demás y sin saber dónde poner los brazos. La viva imagen de la desubicación, de estar fuera de lugar o de no saber cómo hacer para "pertenecer" a ese sitio. 

Esa es la imagen con la que se abre De ningún lugar a ninguna parte, novela en la que se (re)construye un pasado en forma de mosaico, en la que se entrelazan biografía personal y álbum familiar y en la que el desarraigo y voluntad de pertenencia protagonizan un texto con un aparentemente alto contenido autobiográfico, si bien esto haya que cogerlo con pinzas ya que según confiesa el narrador "no confío en el recuerdo y la verdad no la puedo soportar"

(Re)construir un pasado en forma de mosaico. That is the question! Y de ahí se derivan las infinitas idas y venidas espaciotemporales (desde la época de la Segunda Guerra Mundial hasta el siglo XXI, desde el pueblo bosnio de la infancia hasta la isla de Svalbard) Siempre en fuga, siempre huyendo a cualquier rincón del mundo que nos de una nueva oportunidad.

Pero también de ahí los diferentes estilos y tonos que encontramos en el texto. Porque Sejranović puede ser una especie de Delibes deslenguado cuando habla del Brcko de su infancia o un Unamuno del vacío y la soledad balcánica o un Knausgard o un Saeterbakken pasado de rosca en esa parte final del libro en la que destroza la idílica imagen de los países escandinavos. Porque, ¿qué opción es la menos mala: emborracharse o dejar que los recuerdos te devoren como termitas?

En cualquier caso, una buena y amarga crónica del desarraigo a través del tiempo y el espacio (Alija, Lars, Marko, el propio narrador), a la que acuden a dar oxígeno ciertas dosis de humor negro, una historia de perdedores, de búsquedas y huidas, muchas veces grotescas y absurdas, de intentos de felicidad que se van diluyendo con el transcurso de las páginas; un texto que crece a medida que avanzamos en él y se aleja de aparentes arquetipos y/o estereotipos, un texto jodido pero altamente recomendable.

viernes, 9 de mayo de 2025

Magdalena Blažević: El temps de la collita

Idioma original: croata
Título original: Sezona berbe
Traducción: Jordi Cumplido Mora en catalán para L'Agulla Daurada. Sin traducción al castellano hasta la fecha
Año de publicación: 2023
Valoración: está bien


La literatura de autores de orígenes balcánicos siempre me ha interesado, pues su obra a menudo lleva firmemente arraigada el impacto de la guerra y sus consecuencias en una mirada que acostumbra a hacerse a posteriori y con tonos trágicos y desoladores. Magdalena Blažević ya me sorprendió hace pocos años con su «A finales del verano», una novela que, a pesar de que mostraba una evidente irregularidad, hacia la segunda mitad del libro irrumpía un estilo contundente y sobrio que me despertó sumamente el interés para conocer más libros de la autora bosnia. Y aquí nos encontramos.

Como no suele ser de otra forma, Magdalena Blažević nos lleva de nuevo a esos pasajes de cicatrices bélicas y, en este caso, lo hace con una mirada diferida en el tiempo, pues la protagonista del relato, una joven fotógrafa, con el propósito de preparar una exposición, regresa a Desa y en ese retorno narra la desolación de un paisaje apenas reconocible afirmando que «las vistas del pueblo me han desalentado del todo. No sé ni si existe. El bosque se ha hecho agreste, se ha abalanzado desde las alturas a los patios y los ha ocupado como si recuperara los bienes perdidos desde hace mucho tiempo, ha entrado en los hogares derruidos, las copas de los árboles han perforado los techos y han salido por las ventanas en lugar de las personas». Así, de manera bastante hábil y acertada, con esa superposición de imágenes que se forman en su mente, la autora yuxtapone presente y pasado evidenciando un contraste entre dos épocas separadas, aunque vinculadas emocionalmente.

De esta manera, la autora utiliza el regreso de la protagonista y su intento de retratar un paisaje ya desolado para recordar en cada uno de esos lugares abandonados la vida que en ellos existía, los recuerdos que le transmiten y le llevan a una época donde la guerra aún no había cobrado vidas ni segado futuros y que hábilmente plasma al revisitarla que «toda esta región espera únicamente el forense». Es en esos pasajes ya desiertos donde el contrate se hace evidente y donde el espacio queda vacío de seres y de esperanzas. El estilo de la autora es poético y triste pero no plenamente descorazonador e invita a la lectura con mirada amable a pesar de que narrativamente la superposición de los momentos actuales con los pasados pueda crear cierta confusión al lector hasta que uno se acostumbra a ver dos historias coincidentes aunque a la vez que separadas por el tiempo. Como quien utiliza unas gafas de realidad aumentada, la protagonista ve en esos lugares las historias pasadas que en ellos ocurrieron y que le transmiten unas sensaciones opuestas a las actuales, como aplicando un filtro de nostalgia a una tierra ya deshabitada y abandonada por todos menos por quienes guardan aún los recuerdos de tiempos mejores.

Estructuralmente, el libro se compone de tres partes muy diferenciadas, donde en la primera de ellas, con la guerra como telón de fondo, el relato explica una historia de amor entre dos amantes y lo hace desde la distancia, una distancia temporal pero también sentimental por el regreso a un pueblo cambiado por el transcurso de la guerra y el abandono. En esos espacios vacíos donde la autora lo nutre de recuerdos y de pasado. Ya en la segunda parte la autora narra la historia de la madre de la protagonista, en una zona y un tiempo de guerra, de soldados y abusos, de miedo y terror, de supervivencia y de un amor infinito hacia su hija, a la que cuida y protege tanto como le es posible en un día a día en el que el miedo asedia en la cotidianidad de la zona en guerra. Lamentablemente, si bien esta segunda parte tiene un escenario más fecundo para la narración de historias desoladoras, la autora no consigue transmitir esa angustia por causa de una narración algo inconexa y mal hilvanada con el primer episodio. Así, no hay apenas conexión entre ambas partes del libro y lo único que sostiene la narración (que si bien no es poco) es la dolorosa historia de lucha de una madre y la protección hacia su hija. Pero eso ya lo hemos leído antes, no es algo nuevo si se tiene cierto bagaje lector. En una tercera (y brevísima) parte que ejerce únicamente de cierre, la autora termina el libro devolviéndonos de nuevo a las sensaciones encontradas que ya tuvimos en su libro anterior, quizá en este causando menos impacto por la fragmentación de la historia. 

En cualquier caso, la historia se sostiene por los fragmentos en los que la autora acierta en su exposición, y toca la fibra sensible del lector que espera precisamente esto de un libro de estas características, como cuando una de las protagonistas, mirando a su amado, confiesa con pesar que «me he preguntado si reconocerías en mi rostro algo de lo que un día amaste». Es esa contundencia la que uno espera encontrar en estos libros, la aridez en unas palabras que arrastran años de guerra, desolación y desesperanza.

También de Magdalena Blažević en ULAD: A finales del verano

jueves, 23 de enero de 2025

Semezdin Mehmedinovic: Diarios del olvido

Idioma original: Bosnio 
Título original: Me'med, crvena bandana i pahuljica
Traducción: Marc Casals Iglesias
Año de publicación: 2017
Valoración: Bastante recomendable

Como un tríptico de El Bosco que tuviese la memoria y el olvido en su centro y estuviese formado por decenas de polaroids, aparentemente desordenadas pero unidas por asociaciones a veces tenues o poco claras.

O como un libro-espejo que hay que escribir para no existir menos, para no olvidar(se), porque todo cambia de un día para otro (la guerra, la enfermedad, la muerte y la vida). Aunque muchas veces el problema no es que olvidemos, sino que recordamos.

Son dos posibles definiciones para estos Diarios de olvido, tres textos que en lo genérico podrían definirse como novela autobiográfica y que suponen tres acercamientos, desde tres puntos de vista diferentes, a la memoria, al olvido, al recuerdo y a la identidad. Este último asunto es clave en la novela ya que Mehmedinovic es bosnio y, por tanto, europeo para los asiáticos, musulmán para los europeos y medio ruso para los estadounidenses. Para más inri, continúa escribiendo en bosnio, pese a llevar desde el fin de la Guerra de los Balcanes en Estados Unidos, así que siempre extranjero, siempre desubicado. ¡Al lío!

2 de noviembre de 2010. Semedzin Mehmedinovic sufre un infarto cuando solo tiene 50 años. Este es el punto de partida de Me'med. Son horas que cambian el mundo del autor y al propio autor. El miedo y la inseguridad, las llamadas, las visitas, las primeras referencias a la identidad, a mundo remotos y ajenos (¿qué es lo ajeno?), al ser y al tiempo protagonizan un texto en el que el autor se disocia del cuerpo que está en el hospital.

5 años después. Un diario, una carta a su hijo Harun, con quien realiza un viaje por el Oeste de los Estados Unidos, es la base de La bandana roja. Resumen de un vagabundeo, ensayo sobre la construcción de la identidad, sobre la otredad, sobre la relación padre-hijo, historia personal, crónica de los cambios de los Estados Unidos en los últimos 20-25 años, ... Flashes que llevan de los 90 en Bosnia a Monument Valley, fotografías, fragmentos de vida... Huidas y búsquedas que en tono, lento y poético, en paralelismos argumentales y en paisajes me traen a la cabeza el París-Texas de Wim Wenders (sin Nastassja Kinski, eso sí). 

2 de abril de 2016. Sanja, pareja de Semedzin, sufre una embolia y pierde la memoria a corto plazo. El copo de nieve es el relato más "tierno" de los tres. ¿En qué se convierte una relación cuando desparecen los recuerdos comunes? ¿Cómo reconstruir a una persona que se ha convertido en una extraña para sí misma? ¿Cómo arrancar imágenes del olvido? ¿Cómo hacer frente a la paradoja de pasar del miedo a vivir en un mundo ajeno al miedo a morir en un mundo ajeno? Preguntas que plantea Mehmedinovic y que no trata de responder, al menos de forma contundente. Más bien son los intentos, profundamente humanos, de un soldado viejo y sentimental, de dos chiquillos cansados y muertos de miedo.

En resumen, Diarios del olvido son tres maneras de acercarse a la memoria (dejar testimonio, contrastar recuerdos, ayudar a recordar) y a las relaciones humanas en la que las imágenes poseen una importancia fundamental, una novela de ritmo pausado, introspectiva, fragmentaria y poética, no exenta de ciertos toques de humor. Un muy buen libro que llega, por cierto, de la mano de la novísima Editorial Deleste, que todo hay que decirlo.

sábado, 20 de enero de 2024

Magdalena Blažević: A finals d'estiu

Idioma original: croata
Título original: U kasno ljeto
Traducción: Jordi Cumplido en catalán para L'Agulla Daurada. Sin traducción al castellano de momento.
Año de publicación: 2022
Valoración: recomendable


Hay ciertos reclamos publicitarios a los que uno no puede hacerle oídos sordos, y es que si la editorial menciona en la contracubierta que el estilo de la autora se asemeja a Agota Kristof, entonces sí y sólo sí debo leer el libro. Y cabe decir que la similitud entre autoras es acertada, aunque solo parcialmente, pues si bien el estilo es duro y seco, se asemejaría más a Bastašić y sus «Dientes de leche» o a Faruk Šehić y sus «Cuentos con mecanismo de relojería» donde también hablan de la guerra de los Balcanes.

En esta primera novela de Magdalena Blažević, la autora sitúa el relato en la tragedia yugoslava de finales del siglo XX; una tragedia causada por las guerras balcánicas de los años 90 tras la muerte del general Tito y el posterior auge de los nacionalismos radicales que desencadenó una guerra civil de extrema violencia contra la población con ejecuciones masivas, torturas, violaciones (especialmente en los pueblos) y campos de concentración en un claro ejemplo de limpieza étnica. En este contexto la autora ubica la historia, en el pueblo de Kiseljak (Bosnia y Herzegovina); un pueblo víctima de la «Limpieza étnica del Valle de Lašva» que tuvo lugar entre 1992 y 1993 y que Blažević utiliza como referencia para relatar el drama de la guerra en toda la sociedad, pero especialmente en los pequeños pueblos porque «el peso de la historia no recae en quienes son las víctimas y quienes los verdugos, sino en la injusticia que representa la guerra y el sufrimiento compartido entre las víctimas». De esta manera, la autora centra el relato en la masacre perpetrada en Kiseljak el 16 de agosto de 1993, y lo hace narrando lo sucedido desde la mirada infantil de Ivana, una niña de catorce años asesinada durante una emboscada que relata lo sucedido días antes, pero también días después de su muerte en un acertado ejercicio de disociación que hace aún más cruda la descripción de lo sucedido. 

El libro empieza donde la protagonista se nos presenta narrando en primera persona y lo hace de una manera directa y contundente: «me llamo Ivana. Viví 14 veranos y esta es la historia del último» y nos también habla de sus principales intereses, propias de una niña: su muñeca Julija, su padre conductor de camión y su madre. También del lugar donde viven, que el lector augura pobre y frío. E igual de fría es la mirada de la niña, quién afirma, mirando al jardín, que «del banco de debajo el pomar sólo ha quedado un esqueleto carcomido. La Muerte apoya una pierna sobre él. ¡Miradla bien! Tiene una cara agradable, los ojos todavía no se le ven bajo la boina tuerta». Así ve Ivana a la Muerte, oculta bajo el rostro de un soldado, el rostro del infierno. De esta manera se puede observar como el estilo de Blažević está lleno de metáforas, como al afirmar que «los cuerpos de los hombres son un alud imparable de rocas (…) pronto irrumpirán nuestros patios a través de los senderos secos y los desfiladeros, dispersándose por el pueblo como gusanos» o también «la fuente antes era peligrosa, con una valla metálica de pinchos afilados y delgadas flechas que apuntaban al cielo. Parecían fusiles colgados a la espalda» o «las raíces de los castaños se han hundido como dedos encorvados de bruja bajo las amplias escaleras de hormigón».

Así, y como no puede ser de otra forma, el entorno en el que se desarrolla la historia es hostil, decadente, triste, lleno de una pobreza palpable en el ambiente, en la ausencia de comida y de salubridad en los hogares. Hay compañía, pero poco cariño. Hay principalmente rudeza y tosquedad. A nivel argumental, no hay una trama delimitada; el libro es un conjunto de recuerdos fragmentados que la autora nos traslada sin un hilo argumental definido; de manera similar a las ropas que los niños que protagonizan la historia, el hilo argumental está deshilachado y sin una evidente continuidad. Así, la potencia del relato recae en el detalle de esas escenas en los que la miseria excreta en el complicado y triste día a día que conforma la cotidianidad de los pequeños pueblos en los que todo se ha terminado excepto la guerra quien sigue latente pero siempre perceptible en cada batido de los corazones afligidos de la sociedad. Es ahí donde la guerra estalla con más crudeza, arraigando y deshaciendo las pequeñas posesiones (también afectivas) que aún poseen, menguadamente, los pueblos y sus supervivientes habitantes.

En cuanto al ritmo narrativo, cabe decir que durante algo más de la primera mitad, el relato se sostiene por pequeñas pinceladas de cotidianidad que, si bien permiten comprender el escenario en el que transcurre la historia, rompen el ritmo y no consiguen mantener la tensión. Afortunadamente, es a partir de poco más de la mitad del libro con la aparición de los soldados en el pueblo, que todo cambia de manera radical de manera que una lectura que en las casi cien páginas anteriores se había vuelto bastante monótona, reiterativa y lenta, se convierte de golpe en un gran abismo de desolación preciosamente narrado y con una intensidad, emotividad y sentido poético más que destacable. El pasaje que rompe el relato es demoledor, describiendo la irrupción de los soldados afirmando que «son rápidos como los gusanos de las latas de conserva. El interior de las casas tambalea de gritos y palabrotas. Golpean las paredes. Los cuerpos se encogen bajo las camas, tras las puertas, los armarios y las despensas. Todo en vano. Los sacan como conejos de dentro de las madrigueras». E Ivana ve como la muerte se acerca con rostro de soldado, unos militares con «la respiración profunda y fría como un sótano. Tienen las entrañas podridas como patatas viejas» y lo ve con sus ojos de niña, y su familia la intenta proteger, porque «madre mantiene el brazo en mi espalda. Pero no podéis salvar un niño con un abrazo». De esta manera, la narración de las escenas y de la muerte y sus momentos posteriores tiene una fuerza inusual y una calidad literaria indiscutible. Porque la narración de los instantes posteriores a la muerte por parte de la propia difunta es desgarradora como se puede constatar cuando habla de su hermano y afirma que, «chillaría, pero tiene la boca llena de tierra. Los ojos llenos. Puede sentir la pala cavando el montículo de tierra granulosa y como se esparce en el polvo. Estoy tumbada al lado de mi hermano y le estrecho la mano». 

Por todo ello, se trata de un libro recomendable, aunque muy duro porque si la tragedia de una guerra se ve a través de la mirada de un niño, el efecto es aún más devastador, por aquello que rompe, por aquello que impide, por los sueños rotos y desencajados de una vida que queda destrozada e  impedida a manos de crueles manos y sádicas ambiciones.

También de Magdalena Blažević en ULAD: El temps de la collita

jueves, 3 de diciembre de 2020

Saša Stanišić: Los orígenes

Idioma original: alemán
Título original: Herkunft
Traducción: Belén Santana López (ed. en castellano) y Eva Garcia Pinos (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

La impronta de la guerra en un territorio, la marca que deja en aquellos que se ven obligados a dejar su país es imborrable y, con la huida, el inexorable distanciamiento y disgregación de unos orígenes no enraizados completamente si esta se produce a edades tempranas. Porque es indudable que cualquier guerra deja una traza ineludible para aquellos que la sufrieron, ya sea de manera directa o porque les obligó a fugarse de su país justo antes de que estallara. Esto es lo que le ocurrió a Saša Stanišić, huyendo con su madre de su natal Višegrad (Bosnia) a la edad de catorce años, en verano de 1992, cuando empezaron a quemar casas de origen musulmán. Pero este libro no trata sobre la guerra, o al menos no de manera directa, sino que trata sobre los orígenes, sobre el sentimiento de pertenencia y la voluntad del autor de explicar su vida, décadas después, para reconectar con esos años de infancia y adolescencia marcados por la adaptación a un país extraño, a una lengua desconocida y a una vida abismalmente diferente a la que estaba acostumbrado. Y la necesidad, siempre imperiosa, de reencontrar, años después, sus orígenes.

El relato empieza con el autor contándonos su nacimiento en 1978, en Višegrad, en un lluvioso día de marzo. Nos habla del entorno donde se crio, con una madre que estudiaba y un padre que trabajaba. Y con una abuela, Kristina, que le puso el nombre y le cuidaba durante gran parte de la semana junto con su abuelo Pero, «comunista de corazón y de carné». Una abuela de quien afirma que «vivió las guerras en casa. La Segunda Guerra Mundial en Staniševac, el pueblo de su infancia, la guerra de Bosnia, en Višegrad». Así, a partir de fragmentos, el autor nos habla de su juventud, a pinceladas, a través de anécdotas, afirmando con nostalgia que «el país donde nací ya no existe» en una Yugoslavia desaparecida.

El estilo del autor es muy poético, cálido, sensible, pausado y próximo. Stanišić nos habla de su infancia en una tierra de pequeñas costumbres, de lugares atrapados en pueblos donde el tiempo no pasa ni pasa por ellos, de su abuela y su tía abuela con sueños de astronauta, alguien que «no quería seguir esperando otras épocas»; nos habla de los pueblos pequeños y sus vidas tan grandes que llenan el pueblo. Ese estilo tan rural que en ocasiones recuerda a Tokarczuk y sus pequeñas aldeas de Antaño, por su lenguaje terrenal y agreste, por unas costumbres arraigadas a vidas llenas de sacrifico y vacías de superfluidad; en otras ocasiones, también recuerda a la Lana Bastašić de «Atrapa la liebre», por el retrato tangencial de una guerra yugoslava que los marcó a todos y que les impulsa a hablar de ella años después. Al fin y al cabo, son los orígenes, es la antigua vida que uno busca cuando la cree ya olvidada. 

Así, el autor, partiendo el relato de su vuelta a Oskaruša, el pueblo de sus antepasados, en un viaje en 2009, nos pone rápidamente en situación para hablarnos de su pasado con la compañía de su abuela y de su amigo Gavrilo, visitando a la tumba de sus bisabuelos; una visita que abre un camino directo a su infancia. Ya el propio autor afirma que «la historia empezó con los recuerdos que se borran y con un pueblo a punto de desaparecer. Empezó en presencia de los muertos: en la tumba de mis bisabuelos»; unos abuelos que son parte esencial del relato, pues son las conversaciones con su abuela, afectada de demencia, las que impulsan al autor a querer llenar esos vacíos recordando su propia historia, buscando encontrar su origen y nutrirlo, completarlo, pues «esta historia empieza con el encendido del mundo sumándole historias». Porque su abuela es un personaje clave, es el enlace entre pasado y presente, el puente entre Yugoslavia y Alemania, entre origen y destino, entre un pasado marcado por la guerra y un presente marcado por la añoranza. Y, en esos recuerdos, la imperecedera permanencia de los sentimientos, testigos incuestionables que anclan los recuerdos a una época, a una familia, porque «yo digo que la tierra natal es aquello sobre lo que estoy escribiendo. La abuela», «el origen es la abuela. Mi madre, su abuela», «y lo es también la niña de la calle que solo la abuela ve. Mi origen es Gavrilo, que me dice adiós con la mano».  Porque, en el fondo, los orígenes no son el lugar donde nacimos; nuestro origen es el entorno, donde nos criamos, pero también las familias y sus gentes, sus costumbres, sus vidas, también los recuerdos de la infancia y la de todos aquellos enraizados a una tierra sometida a guerras que dividieron familias y pueblos.

Estilísticamente, la sensibilidad del autor es innegable, y se hace evidente en cada una de las páginas de este precioso libro, como cuando afirma que «por más vueltas que le demos, el origen continúa siendo un constructo. Una especie de vestido que tendrás que llevar para siempre una vez te lo hayan puesto». El estilo de Stanišić es arrebatadoramente bello, poético, nostálgico; es el estilo de quien siente dentro de sí mismo el transcurso de una historia que empezó en sus antepasados, en esos pueblos pequeños de vidas humildes donde parece que el tiempo no avance, pero sí las guerras que los cruzaron; nos habla de una tierra lejana en el tiempo, pero próxima dentro de uno mismo, que forma parte de su historia, de manera interna, como si siguiera creciendo dentro de él, como si la llevara incorporada, impregnada en su propio ser.  Y con ese estilo, el autor mezcla anécdotas personales, a menudo basadas en el mundo del deporte, para ubicarnos temporalmente y anclar esos recuerdos que a nivel personal le impactaron con lo que sucedía en el país; de esta manera el retrato personal del autor cobra un sentido, pues los sucesos se mezclan en la memoria y se afianzan a un estado de ánimo personal y social de manera inseparable.

Stanišić nos habla de los recuerdos y la memoria, en apariencia indisociables, aunque la memoria se va perdiendo mientras que los recuerdos se reconstruyen cada vez que acudimos a ellos o ellos aparecen de golpe. Y en esa memoria cabe una vida, la suya o la de un pueblo, y nos habla de guerras y un pasado marcado profundamente por la muerte de Tito, punto de inflexión en la historia de un país que partía de una unidad y se disolvía en partes más pequeñas y enemistadas; la grieta que se abrió después de su muerte y de cómo «el resentimiento étnico se utilizó para dar soporte a los esfuerzos por dividir, el resentimiento étnico era la respuesta. La política no hacía disminuir el miedo, sino que alimentaba las hostilidades». Dice el autor, hablando por primera vez con una chica que le gustaba, que «tendría que haber explicado algo sobre mí, pero sólo podía recordar la maldita guerra. Y de eso no quería hablarle». Y con esa frase, uno se da cuenta de cómo una vida puede quedar llena por un suceso, como los recuerdos son ocupados en su totalidad por la tragedia, aún y siendo vista desde la distancia, porque los orígenes no se dejan, los llevamos dentro, y lo que ocurre en ellos vive en nosotros porque «los orígenes es sobresaltarse cuando alguien te llama por el nombre en tu ciudad natal».

Con este estilo impregnado de emotivas palabras, la prosa del autor vuela y fluye, próxima y cercana al lector, en pequeñas pinceladas que marcan la silueta clara y nítida del cuadro sentimental que la obra destaca; el trazo es firme y decidido, pero, a la vez, delicado, apelando a los sentimientos. La belleza de la prosa del autor aparece en cada página para recordarnos que nuestro pasado está repleto de momentos que cobran importancia al paso del tiempo, al recordarlos, al revivirlos, al requerirlos. Ellos constituyen nuestra memoria y, por tanto, les debemos aquello que ahora somos. El propio autor declara, refiriéndose a su madre en que «lo que echa de menos hoy en día no lo llena de invenciones, como yo hago.» 

El estilo de Stanišić es pausado, pero no lento, tiene la cadencia propia de quien narra con la vista dirigida a un pasado que sigue muy presente, la mirada vuelta hacia unos orígenes que lleva dentro de sí y que marcaron su vida y su huida, descubriéndose a sí mismo en otra ciudad y otra lengua, otros rostros y otro entorno, pero no otra vida, sino una capa más que cubre y protege la que dejó atrás, aunque sólo físicamente. Stanišić recuerda que en su llegada a Alemania vivió en condiciones muy humildes, en casa pobladas de gente y muebles viejos y aprovechados. Con dos padres que abandonaron su profesión y trabajaron en lo que pudieron, la construcción él y la lavandería ella. Una vida precaria, donde «no valía la pena comprar nada porque podían ser deportados en cualquier momento», en una vida en la que uno se avergüenza de traer amigos a casa y que vean las condiciones en las que viven y la infancia en la nueva tierra de acogida, con nuevas amistades de distintas procedencias, pero con un mismo origen: el del migrante. Y, ante la duda de cómo reaccionar hacia ese nuevo entorno, con las amenazas y riesgos de caer en la marginalidad, la confianza en hacerlo de la manera más sabia posible: «mi rebeldía consistió en adaptarme». Una vida en Heidelberg, una ciudad sobre la que Stanišić afirma que tiene «sus fachadas de arenisca siempre delicadamente rojizas, avergonzadas de su propia belleza». 

Dice Stanišić que «no culpo la guerra ni la separación del distanciamiento de mi familia. Como ejercicio de acercamiento, fabrico historias que nos unen». Es evidente que su historia nos une a todos, al apelar a nuestra memoria y nuestros recuerdos, diferentes en cada uno, pero reclamados por motivos parecidos y, en ese proceso, tal y como dice el autor en un fragmento del libro, «las palabras me rondan, me desconciertan, me hacen feliz, tengo que seleccionar las adecuadas para esta historia». Y es evidente que el escritor ha cumplido con su propósito, pues ha encontrado, en cada una de ellas, la manera idónea de acceder a nuestros propios orígenes.

jueves, 23 de julio de 2020

Tochoweek IV: #4 - Ivo Andrić: Un puente sobre el Drina

Idioma original: Serbio
Título original: Nu Drini Cuprija
Año de publicación: 1945
Traducción: Luis del Castillo
Valoración: Muy recomendable alto

“Un puente sobre el Drina” es considerada por los expertos en la materia como la obra cumbre de Ivo Andric, primer y último (por ahora, porque vayan ustedes a saber cuál será el mapa de los Balcanes dentro de 100 años) yugoslavo galardonado con el premio Nobel de literatura.

No soy un experto en nada y desconozco la práctica totalidad de la obra de Andric, pero desde luego “Un puente sobre el Drina” es una magnífica novela. En ella se narran más de cuatro siglos de la historia de Visegrad, ciudad bosnia (antes yugoslava, autrohúngara y otomana) situada a escasos kilómetros de la frontera serbia, en la que durante años convivieron, cooperaron, odiaron, tuvieron miedo, hicieron negocios, se enamoraron, murieon, mataron, desconfiaron… cristianos, musulmanes y judíos, serbios, turcos, bosnios, judíos de Galitzia, alemanes, etc.

Es precisamente el puente y su condición de nexo entre dos mundos (Oriente y Occidente, el Islam y el mundo cristiano) lo que da sentido global a la novela y sirve como marco a un texto en el que los individuos y sus destinos semejan pequeñas marionetas movidas por los hilos de la Historia (con mayúscula). Ese es uno de los principales puntos fuertes de la novela, el de introducir a seres corrientes y sus pequeñas historias en el curso de la Historia y lograr trascender de lo individual a lo colectivo formando así un relato en el que se entrelazan pasado, presente y futuro de una región marcada tanto por períodos de relativa paz, prosperidad, calma, cooperación y convivencia multiétnica como por revueltas, insurrecciones, guerras y violencias.
Porque en ciertos hombres existen odios infundados que son más grandes y más fuertes que todo lo que los demás hombres pueden crear o inventar
Dentro del texto podemos distinguir, fundamentalmente, dos partes: la que abarca desde la construcción del puente (allá por 1570) hasta la llegada del Imperio Austrohúngaro (1878) y la que abarca desde 1878 hasta la Primera Guerra Mundial.

La primera de ellas (1570-1878) vendría a ser más una novela histórica “pura” en la que el peso de los hechos históricos novelados es superior a la de las historias individuales que en aquellos se insertan. La propia construcción del puente, por orden del visir Mehmed-Pasha Sokolovici, niño de origen serbio raptado por las tropas del sultán con el fin de servir a este como jenízaro, prefigura el destino de la región y da una idea del carácter legendario (en lo referente, sobre todo, a la formación del imaginario colectivo de los diferentes grupos de Visegrad) y oriental que se puede apreciar en esta primera parte, más poblada por historias brutales de venganzas de sangre, matrimonios concertados, muchachas de belleza sin igual, etc.

La segunda de ellas (1878-1914), que ocupa algo más de la mitad del libro, vendría a ser una novela más “política”. La Historia, que se acelera y provoca cambios vertiginosos en las costumbres de los individuos y la ciudad, que destruyen y modifican a los estos, que les hacen olvidarse de la realidad para poder soportarla, pierde peso a favor de las pequeñas historias de seres como Lotte, los estudiantes Stikovic o Glasichanin, el comerciante Ali Hodja, etc. Fundamental en esta segunda parte de la novela son los debates políticos que se suscitan entre algunos de los protagonistas, debates en los que temas como nacionalismo, justicia social, derecho a las nacionalidades, tolerancia religiosa, etc prefiguran buena parte de lo ocurrido en años posteriores (no olvidemos que el libro se publicó en 1945).

Todo esto, además, escrito de forma ágil y entretenida, mezclando historias ligeras con historias profundas, textos de marcado carácter oriental y “fantástico” con sesudos debates ideológicos, y haciendo que no sea necesario ser un profundo conocedor de la historia de los Balcanes para sumergirse en las aguas del Drina y en las 500 páginas de un pasado lejano que pueden ayudarnos a comprender horrores mucho más recientes.

También de Ivo Andric en ULAD: Goya y El patio maldito

domingo, 24 de mayo de 2020

Faruk Šehić: Cuentos con mecanismo de relojería

Idioma original: serbocroata
Título original: Priče sa satnim mehanizmom
Traducción: Miguel Rodríguez Andreu
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Es indudable que el paso de una guerra por un territorio deja secuelas por mucho tiempo, pues más allá de la muerte física de los fallecidos existe también una muerte emocional, una muerte en las aspiraciones de sus gentes; una muerte que nace en el pasado, pero que mata el futuro. Faruk Šehić es un claro ejemplo del impacto que dejan las guerras en un territorio, pues este conjunto de relatos es indisociable de su vida: nacido en 1970 en la República Socialista Federal de Yugoslavia fue reclutado a sus veintidós años por el ejército de Bosnia-Herzegovina y, ya terminada la guerra, estudió literatura y empezó a escribir poemas, novelas y relatos como el que nos ocupa.

Con esta trayectoria vital, parece inevitable que la temática abordada en los quince brevísimos cuentos que contiene este libro traten todos, de una manera u otra, sobre la guerra; en unas ocasiones hablando de ella a través de protagonistas como soldados, en otras a través de las voces de meros espectadores o víctimas colaterales como escritores, familias o seres solitarios, evidenciando que el impacto de la guerra se extiende más allá de los que luchan en ella, pues de una manera u otra todos deben luchar para sobrevivir y evitar la muerte (física o anímica).

De esta manera, el libro es una reflexión sobre lo que ocurre en los territorios donde transcurre un conflicto bélico y Šehić nos habla de ello con una prosa poética, visual, emotiva, tal y como queda evidente ya en el primero de los cuentos, «Los soñadores», donde el autor narra la relación entre dos amantes en un mundo efímero, que solo observa el presente y teme un futuro que quizá no llegue nunca, pero en el que el amor a los libros sobrevive a todo ello, incluso a ellos mismos, a su mundo, y así lo expresa uno de sus protagonistas al afirmar que «en algún libro continúa nuestra vida incansable. Allí nuestras palabras hacen el amor. Aquí ni el polvo siquiera tiene algo que hacer. Envejecemos, pero somos externamente jóvenes». También este supramensaje que emana del texto, de amor y trascendencia, se transmite en «La fábula de hierro» donde el protagonista afirma que «buscábamos amor por todas partes, cada noche levantábamos en vano piedra a piedra. Aquello que se nos arrebató en vida, durante cuatro años de guerra, quisimos reemplazarlo de cualquier manera, sin saber que eso nunca se puede suplir». Estos dos fragmentos son claro ejemplo del estilo del autor, profundo, bello y, a pesar de ello, contundente.

En otros relatos menos poéticos, la voz protagonista se sitúa en los combatientes, personas en las que el autor manifiesta el vacío y desesperanza, a veces utilizando altas dosis de escatología y sexo como mecanismo de evasión a la absurdidad y vacuidad en la que se encuentran (como en el relato «El rey de las mierdas») o desde el punto de un excombatiente en «El tiempo vuela» donde un antiguo soldado nos cuenta, tiempo más tarde, lo que recuerda de esa época y la fragilidad y sinsentido de sus vidas, que destrozaban día a día el futuro prometedor que auguraban de pequeños. Un futuro roto por una guerra difícil de olvidar, que pasaron bebiendo para ello, afirmando que «continuamos con la bebida. La noche prometía que nos olvidaríamos de la guerra, pero nos recordó que el tiempo tiene su propio ritmo, en el que la vida humana no interviene para nada».

Cambiando a menudo de registro, el estilo ecléctico de Šehić nos adentra, en ocasiones, a escenarios con aires futuristas, emulando escenas propias de Matrix o Blade Runner, en unos relatos en los que el autor transmite la fuerza del ocaso de una época, de ciudades perdidas, de rostros sin cara y almas sin esperanza, donde «todos los horrores diarios serán derramados sobre los sueños en el tiempo sordo de la noche» como afirma en «Matrix en Belgrado» o también escenarios donde un escritor se refugia en un sueño de un mundo futuro, con ciudades reconstruidas donde vive aún la esperanza. De igual manera, el autor también habla de la infancia, en ese precioso cuento que es «El retorno a la naturaleza», donde relata la ilusión de un enamoramiento fugaz, en esas aulas con olor a lápiz de madera y grafito, y a goma de borrar, y el recuerdo de una niña de aspecto trágico, alguien de quien afirma que «en su cara alguna vez vio cómo la muerte saluda desde el futuro».

De manera más breve e infrecuente, Šehić también nos habla de los escritores, del autor y la novela que crece dentro de él como apunta en «Un reloj de sangre y carne» y también en «Mi Atlántida privada» donde nos habla del poder de la literatura cuando todo se viene abajo, así como de los recuerdos que tiene de su padre y de cuando era pequeño, leyendo y disfrutando con otros mundos. Este tema aparece también en el posfacio que cierra el libro, donde el autor nos cuenta el origen de los diferentes cuentos y de su literatura e incluso afirma que la elección sobre qué incluir y qué descartar, sobre qué escribir y cómo hacerlo, pertenecen únicamente al escritor: «el escritor siempre decide las reglas del libro. Si escribes libros para que se desarrollen como le gustaría a otra persona, es mejor que dejes la literatura».

Por todo ello, la sensación que el libro deja en conjunto es de desesperanza y tristeza, pues el desánimo existente en la población que sufre una guerra es palpable, como en «La fábula de hierro» donde Šehić hace un afinado retrato de la desolación existente en la juventud de una sociedad castigada por la guerra, sin un futuro en el horizonte que les permite vivir más allá de cada día y cada noche. También en el relato «El hombre mutilado» aborda este tema, con un protagonista que espera que pase el tiempo, los días, intentando soñar en que un día salga el sol y pueda volver a vivir y ser feliz o en «La reunión», donde los protagonistas van a ver las estrellas y el cuento aprovecha este trayecto para recordar una ciudad que intenta sobreponerse a la guerra, iluminando sus casas a pesar de que estén vacías. De igual manera toca este tema en «La ofrenda», uno de sus mejores relatos, donde una familia que vive en el bosque espera pacientemente y de manera resignada la llegada de los soldados que pondrá fin a sus vidas; en él nos habla de la guerra, del monstruo de la guerra, un monstruo sediento de nuevas muertes a los que sólo se le puede combatir no entrando en su juego, combatiendo a través de la no violencia.

Mucho mejor en el terreno real que en el fantástico, en los relatos donde habla directamente de la guerra, sus consecuencias y la desgracia que acarrea la misma que en aquellos relatos de tintes post apocalípticos (donde habla de relojes, electrodomésticos, zombis o insectos), la prosa de Šehić destaca cuando nos habla de la tragedia y la desolación, de la tristeza y la falta absoluta de la esperanza, de los sueños que marchitan, esperando un futuro que no llegará.

Lleno de metáforas, el libro expone y muestra una sociedad abandonada y sin esperanza, repleta de personas con el alma perdida y sin ninguna aspiración, tras una guerra que se ha llevado vidas y sueños. Šehić ha escrito un libro amplio, variado e impactante, donde incluye quince relatos de diferente temática en apariencia, pero donde en todos ellos tiene cabida un estado de ánimo abatido y desesperanzado, sin ningún futuro para las personas enfrentadas a una guerra de resultado incierto y de futuro nada halagüeño que debe renacer de ciudades devastadas, vidas destruidas y futuros arrebatados.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Ivo Andrić: Goya


Idioma original: Serbio
Título original: Гоја y Разговор са Гојом
Traducción: Miguel Rodríguez
Año de publicación: 1928-1935
Valoración: Curioso

Con esta reseña matamos dos pájaros de un tiro: por un lado, nos unimos a las celebraciones por el bicentenario del Museo del Prado; por otro, traemos por primera vez a ULAD a Ivo Andrić, premio Nobel de Literatura en 1961 y uno de los máximos exponentes de las letras balcánicas del siglo XX (algún día reseñaré "Un puente sobre el Drina", lo prometo).


El libro que hoy reseñamos se compone de dos breves textos acerca del pintor aragonés, uno de los mayores atractivos de la pinacoteca madrileña (por cierto, además de la exposición permanente, podéis visitar hasta el 16 
de febrero de 2020 una exposición de dibujos del artista).

El primero de ellos es una biografía del pintor, escrita con motivo del centenario de la muerte de Goya y de la exposición organizada en el Museo del Prado para tal aniversario. A buen seguro, Andrić tuvo la suerte de visitar la exposición ya que por aquel entonces residía en Madrid en su condición de vicecónsul de la legación yugoslava. Aquí, la prueba (foto tomada por el reseñista. Espero se tenga en cuenta en la próxima revisión de salarios de ULAD).

Es, por tanto, un acercamiento a una vida de leyenda, con tantas luces y sombras como sus pinturas. Breves pinceladas acerca de sus diferentes momentos clave, como su estancia de juventud en Zaragoza, en la que se acerca a las clases populares y marginales, sus estancias en Madrid e Italia (oscuro episodio incluido), su retorno a Madrid y su trabajo febril en la Real Fábrica de Tapices, su nombramiento como pintor real, los primeros signos de su deriva crepuscular, su papel durante la invasión napoleónica y la influencia brutal de los desastres de la guerra en su obra y su postrero destierro y muerte, aportan una serie de datos que quizá dejen insatisfecho a quien ya conozca con cierta profundidad la biografía del aragonés pero que servirán de forma más que suficiente a quien se acerque a él por vez primera.

Más interesante me parece el segundo texto. En él, Andrić se sirve de un encuentro ficticio con un Goya ya anciano y desterrado en Burdeos para desarrollar, a través de un monólogo del pintor, un pequeño tratado acerca del propio Goya, del arte y del destino de la humanidad. Particularmente destacables me parecen las reflexiones planteadas sobre el abismo entre el arte y la sociedad y entre el tormento y el encanto dentro del propio arte, las ideas sobre la situación del artista como "fuera de la ley", como medium entre dos mundos y como creador de nuevas realidades, la teoría del retrato esbozada en sus líneas y la reinterpretación de la obra goyesca en general y de su etapa oscura en particular.

Se completa en libro (librito, más bien) con reproducciones de treinta de las obras más representativas del pintor presentadas por órden cronológico. El recorrido parte de "La novillada" (1780) y llega hasta "Saturno" (1820-1823), pasando por el retrato de Carlos IV, las aguafuertes, las majas, los fusilamientos, etc.

En fin, un libro que en lo literario cumple su función, siempre y cuando no sea uno un experto en la materia, y que en lo pictórico es una buena muestra para quienes estén lejos de Madrid. Para los que no, ¡todos al Museo!

También de Ivo Andric en ULAD: Un puente sobre el Drina y El patio maldito

domingo, 7 de agosto de 2016

Aleksandar Hemon: Cómo se hizo La guerra de los zombis


Idioma original: inglés
Título original:  The making of Zombies war
Año de publicación: 2015
Traducción: Eduardo Jordá
Valoración: recomendable

No sé si recordaréis cierta película primigenia de Martin Scorsese, After hours, cuyo título tradujeron (o interpretaron) por un nefasto "¡Jo, qué noche!". La cosa iba de un tipo (interpretado por un actor del que poco más se supo llamado Griffin Dune) al que una salida nocturna se le complicaba. Hasta un punto extraordinario. Sí: Scorsese tiene películas mejores.

A Joshua Levin, protagonista absoluto de Cómo se hizo La guerra de los zombis le pasa algo parecido. Él es un guionista que vive en Chicago. Escribe guiones que quedan ahí, en las profundidades de un disco duro, en las sinapsis cerebrales, en el limbo, porque lo que es una película (una película posible) sobre alguno de ellos, no parece que vaya a hacerse. Mientras, como tantos a la espera de que la humanidad entienda su genialidad, malvive de dar clases de inglés a extranjeros. Entre ellos Ana, atractiva mujer bosnia que desperdicia los estudios de su país de origen atendiendo una tiendas de chocolate donde es acosada por la propietaria. También está Kimiko, novia japonesa ultra cool de la que Joshua duda: ha hurgado en los cajones de su casa, justo unos días antes de recibir la propuesta de irse a vivir juntos, y ha encontrado unos juguetitos sexuales que no le cuadran demasiado. Joshua desconfía y da un paso en falso. Se acuesta con Ana, tentación irresistible que viene con sorpresas: Alma, una hija adolescente, y Esko, un patibulario segundo marido, que a la sazón demostrará no andarse con mucha broma. Un desliz lo tiene cualquiera, pero el de Joshua resultará monumental. Por suerte cuenta con la ayuda de Stagger, casero que se impone como amigo, propietario de una katana, veterano de la Tormenta del Desierto y metepatas aficionado con serias aspiraciones a la profesionalidad. Y lo que parecía ser una reflexión acerca de la inspiración y sus mecanismos toma un rumbo algo discordante.
Es justo en ese momento cuando creo que a Hemon su  novela se le escapa un poco de las manos, por cierto.
Hasta ahí la narración andaba por el ameno camino de la novela casual con regusto moderno donde el mundo convencional coquetea con el lado salvaje. Y hasta ahí la cosa era más o menos creíble. Pero a partir de ahí todo vínculo con lo posible vuela por los aires y Hemon (que ya ha puesto un poco a prueba nuestra paciencia con esa narración en paralelo, La guerra de los zombis a que hace mención el titulo no es más que lo que debería ser un guion "definitivo") toma un camino de acción y confusión que remata con un extraño movimiento final: la narración real pasa al plano imaginario y viceversa. Lo cual no malogra los logros iniciales de la novela, pero sí empaña su brillantez en conjunto.

sábado, 8 de agosto de 2015

Ivica Djikić: Soñé con elefantes

Idioma original: serbocroata
Título original: Sanjao sam slonove
Año de publicación: 2011
Traducción: Maja Drnda y Christian Martí
Valoración: muy recomendable

Primera acotación: cuando acabo de leer Soñé con elefantes y empiezo a confeccionar la reseña que estáis leyendo he de acudir a internet para averiguar cuál es el idioma en que ha sido originalmente escrita. Así estamos, en lo concerniente a estos nuevos países. Dubitativos, anclados inconscientemente en ciertas preconcepciones, en llamar a todo eso antigua Yugoslavia, en empaquetar todos esos países como si nos fuera imposible efectuar distinción alguna entre ellos.
Segunda acotación: simultáneamente a su lectura, vuelvo a oír, de labios de un torpe político que no merece ni ser mentado, el término balcanización aplicado a ciertas tensiones territoriales de la actualidad. Curioso: término que parece ser siempre blandido de forma amenazadora. Quien advierte sobre la balcanización suele coincidir con el más dispuesto a asestar el primer golpe.
Soñé con elefantes se sitúa en Zagreb, Croacia, en distintos momentos del proceso por el cual Croacia dejó de formar parte de Yugoslavia. Un proceso tan cercano en el tiempo, apenas un par de décadas atrás, como, parece, alejado de las preocupaciones en aquella época de la Europa más apoltronada. La que miró hacia otro lado cuando lo de Srebrenica, la que hacía poco aún recibía con brazos abiertos a los Karadzic y Milosevic. Ivica Djikić, su autor, es periodista desde los 19 años y vivió todo el cúmulo de conflictos en primera persona. Y en base a su experiencia orquesta esta trama donde crimen y estado se confunden con tanta facilidad. Bosko, investigador del Servicio de Seguridad Nacional, se decide a indagar sobre el asesinato de su padre, Andrea Sucic, antiguo militar y miembro de la escolta del presidente de Croacia. Muy poca gente conoce su relación con él, simplemente que los vinculen entre sí ya es muy arriesgado. Pero Bosko intuye que debe cumplir con su deber y saldar cuentas con su pasado. Escarbar no le resultará fácil: es una narración a dos voces, la de Bosko, viva, curiosa, algo expectante, y la de Sucic, ajado, aguerrido, de vuelta de todo y en proceso de clara y osada enajenación. Y todo el mundo parece tener algo que ocultar o algo que más le vale ocultar. Dos historias que parecen confluir, que lo harían si esto se limitara a ser una novela de intriga, cuando Soñé con elefantes va mucho más allá. Con sutileza, con esos resortes que apelan a cierto tipo de lectores que no se conforman con acabar el libro, cerrarlo, e ir a por otro. La historia de los elefantes obra ese pequeño milagro, añade ese extraño e incómodo plus que induce a eso tan manido de la reflexión sobre la condición humana.
En la propiedad del presidente al que custodia Sucic hay dos elefantes. La típica excentricidad de cierta clase de personajes. De noche, los militares que cuidan del presidente acuden a la alejada estancia donde los animales pernoctan, y allí les propinan palizas. Un acto injustificable que el autor deja abierto: rabia, violencia, desahogo con el débil. Quién sabe. Cuando Sucic abandona el servicio, solicita hacerse cargo de Lanka, la hembra. La lleva a su casa y la instala allí. Se desvela por alimentarla y mantenerla con vida, apelando a las ayudas del poder y las instituciones, locales y extranjeros. Convierte a la elefanta en una especie de llamada de atención sobre su existencia, a medida que decide, a través de una periodista, explicar las atrocidades que ha visto y él mismo ha perpetrado. Se vuelve alguien incómodo para un poder que necesita consolidarse sin sombras acechadoras.
Esa historia, casi surrealista, cuajada de simbolismo e interpretaciones, es el contrapunto que aleja a esta novela de las necesarias pero a veces repetitivas historias de conflictos bélicos. Aquellas que hacen hincapié en crueldad y estadísticas. En actos violentos, represalias y venganzas sin límite. Aquí es donde Djikić aporta el valor adicional al de la mera crónica dramatizada, y donde se manifiesta como un soberbio narrador de historias.

jueves, 15 de agosto de 2013

Velibor Colic: Los bosnios

Idioma original: francés
Título original: Les Bosniaques
Año de publicación: 2000
Valoración: recomendable



Se dice que la historia de los Balcanes es una historia de sangre. Que los odios que nacieron hace generaciones aún perduran, y que las guerras que en esa zona tienen lugar son sólo una excusa para vengarse del vecino (seguramente, sin que ni siquiera los implicados sepan el motivo) de la peor forma posible, esperar que llegue la calma y aguardar mientras dure la paz que estalle otra guerra, y que sea el vecino el que esta vez tenga que vengarse.

Velibor Čolić formó parte del ejército bosnio durante la última guerra que tuvo lugar en los Balcanes, pero desertó en 1992. A pesar de que fue hecho prisionero, consiguió escapar y huir a Francia, donde vive desde entonces. Allí publicó Los bosnios, un excelente primer libro que, más que un ensayo o un estudio sobre la guerra, es un collage de lo que el autor tuvo la mala suerte de presenciar mientras formó parte del ejército.

Horrendos asesinatos, torturas, violaciones... todo vale en una guerra. Todo está permitido, si con eso se debilita al enemigo o se le quiebra el ánimo. Por eso, el hombre muestra lo peor de sí mismo durante un conflicto bélico. Así, como muestra Čolić en esta obra, luchar por tu país se convierte en asesinar a una niña de nueve años en una mezcladora de cemento, atar las muñecas de los prisioneros con alambre de espino, violar sistemáticamente a las mujeres del bando contrario y mantenerlas prisioneras hasta que su embarazo esté tan avanzado que no puedan abortar u obligar a tus vecinos a cavar tumbas con antelación, como preparativos para lo que está por llegar.

En ocasiones, en las guerras también hay ciertos momentos en los que el hombre muestra que, en contra de lo que pueda parecer, no ha perdido su humanidad y es capaz de sentir piedad y compasión en mitad de la barbarie. Esos momentos aparecen también en este libro y, reunidos –claro– con cuentagotas, constituyen el único momento de descanso que tendrá el lector y que le permitirán seguir leyendo esta crónica del sufrimiento.

A pesar de que este libro se titula Los bonios, Čolić no se pone de parte de nadie, sino que utiliza un lenguaje cargado de lirismo para denunciar a todos los bandos, para criticar todas las guerras y lamentar que, una vez más, los que sufren siempre son los mismos.

jueves, 27 de junio de 2013

Ismet Prcić: Esquirlas

Idioma original: inglés
Título original: Shards
Año de publicación: 2011
Traducción: Carlos Milla e Isabel Ferrer
Valoración: Muy recomendable

Tomar perspectiva es importante. Tirar de los recuerdos personales, a efectos literarios, un recurso eficaz. Denunciar situaciones injustas, aunque sean pasadas algunas décadas, completamente legítimo. Situaciones de hipocresía: la mundial, sí, que dejó fluir un conflicto como el balcánico, complejo, absurdo, cruel, a tenor de lo leído en el libro, previsible por la mera intuición. La duda que asalta al lector cuando lee un libro intenso y vivido como Esquirlas es qué le queda por decir a su autor después de escribirlo. Una carrera basada en segundas partes o terceras del libro es difícil, pues uno tiene la sensación de vaciado. Una apuesta por cambios tajantes de trayectoria siempre será desigualmente recibida: tras cerrar el libro, uno desearía cien páginas más, de lo mismo. 
Ismet Prcić es otro de esos autores que ha acabado arraigándose en Estados Unidos y allí ha desarrollado su talento. Puede que esta obra marque su carrera, claro, pero desde las primeras páginas la sensación de que lo más alejado de la voluntad de Prcić es dejar ni un solo detalle en el tintero es total. Lo cual es una excelente noticia para quien se haga con esta magnífica obra, intensa como pocas como reflejo, parece, de experiencia personal. Parece, entonces, porque, como el Javier Cercas de La velocidad de la luz, (otra gran   novela de ex-combatientes) Prcić juega con el lector, que se lanza a especular si esa es realmente la narración de su experiencia, si la adereza con las de otros seres conocidos o imaginados, aunque quede muy claro que los detalles truculentos, aislados en la trama pero presentes en todo el fondo de la lectura, no tienen nada de imaginarios.
Entonces ese desdoblamiento entre Ismet, inquieto y sensible, y Mustafá, aparente alter-ego militante y combatiente vertebra el libro y toma protagonismo: Esquirlas no es una novela de guerra con heroicos actos  que quedan sin reconocimiento. Es una novela de malvivir en medio de una ciudad en la que llueven los obuses, de intentos mal llevados de normalidad, de precipitación espontánea de la realidad, antes que de pretendida y cansina fábula moralizante. Es una novela que muestra las brechas de la Europa idílica de finales del siglo XX, la de la caida del telón de acero que nos iba a convertir en una enorme mercado global. Por esas brechas fluye sangre, sudor y bilis.
Jóvenes a los que la guerra se les presenta en el horizonte de futuro incierto, que deja de serlo, para ser tristemente cierto. El conflicto significará el brutal corte con su realidad y los convertirá en testigos de hechos que les perseguirán: acabará con su vida, hará desaparecer a sus amigos, cortará de cuajo sus historias de amor adolescente, y les convertirá, con suerte, en eternos supervivientes, en nómadas y en seres llenos de sombras.

Triunfo absoluto de Blackie Books, por cierto. Si no está en las listas de lo mejor del año, va a ser muy injusto.

jueves, 28 de febrero de 2013

Aleksandar Hemon: El proyecto Lázaro

Título original: The Lazarus Project

Idioma original: inglés

Año de publicación: 2008

Valoración: Recomendable con reparos



En 1903, los judíos de Kishinev (Chisinau), capital de la actual Moldavia, sufrieron un progromo terrible. Lázaro Averbuch tenía 14 años entonces. Huyendo de la traumática experiencia, emigra a Estados Unidos y, cinco años más tarde es asesinado por el jefe de policía de Chicago cuando se presenta en su vivienda para entregarle una enigmática carta. Poco después, el subjefe encuentra, junto al cadáver acribillado a tiros, el sobre que su superior nunca llegó a abrir. Saca el papel, lo lee, se lo guarda en el bolsillo. El lector no olvida este dato, durante páginas y páginas espera ansiosamente que se le informe del contenido. Una expectativa abierta.

Lázaro soñaba con escribir artículos de prensa. De momento se dedicaba a empaquetar huevos y a perfeccionar su inglés. Como no era muy habilidoso, siempre se le rompía alguno, lo que para el dueño no suponía ninguna pérdida ya que le obligaba a comprarlos y se los vendía más caros que a nadie. Un siglo más tarde, Vladimir Brik, joven bosnio residente en Chicago desde el 92, con doble nacionalidad por contrato matrimonial, desempleado, soñador a tiempo completo y aspirante a escritor sin nada que lo avale, topa casualmente con la crónica de esos hechos y decide ampliar el material con vistas a un futuro libro volviendo a su lugar de origen. También al de Averbuch. A través de sus ojos revivimos la vida de Lázaro, pero ¿cómo conoce Brik las circunstancias que recrea si apenas se molesta en documentarse? Él no valora la exactitud ni el rigor, en realidad le importa todo muy poco. Hemon, en la entrevista que se incluye al final del libro, le califica de depresivo. Puede que esa fuese su intención al crearlo, pero lo que ha conseguido es un personaje algo desorientado por los bruscos cambios de ambiente, bastante escéptico, con poca confianza en sí mismo y ningún espíritu de lucha, un superviviente que va renqueando a costa de lo que sea, vive el presente y ni siquiera sabe si desea regresar a su país de adopción. Allí tenía una vida que no le satisfacía por demasiado ordenada. Probablemente, no lo haga nunca.

Artefacto metaliterario cuyo mayor sentido reside en la fabulación por sí misma. De todos los personajes, y aunque se dé a entender que lo suyo solo son las imágenes, el verdadero contador de historias es Rora, el fotógrafo, testigo de la guerra en Sarajevo y acompañante de Brik en su periplo por el corazón de la tragedia. Este, en cambio, es un diletante nato, mientras Rora no cesa de tirar fotos a diestro y siniestro, él se lamenta de su suerte. La figura del periodista, con la excusa de informar a sus lectores, añade todavía más ficción. Uno de los grandes aciertos de esta obra consiste en la dualidad que se establece entre los hechos desnudos y su interpretación sobre el papel. El personaje, gran farsante, está soberbiamente retratado, también la forma en que manipula la opinión del público.

El paralelismo entre las dos vidas produce algunas coincidencias. Los reporteros de ambas épocas llevan el nombre de Miller. Las resonancias bíblicas del de Lázaro, así como determinadas insinuaciones dispersas por la trama, dan a entender que acabará resucitando, y en cierto modo lo hace. También se repite la figura de la hermana, la pérdida y duelo que ambas experimentan. Los trazos más vigorosos se reservan para la histórica. Víctima indiscutible de los acontecimientos, Olga trabaja todo el día en un taller de costura por un salario mísero. Tras el fallecimiento del chico, el dueño del taller, un tal Goldblatt, la despide, según dice temporalmente, para protegerse de habladurías. Ella es además la única heroína. Acosada por la policía, ignorada por la comunidad judía, ridiculizada en la prensa, sin trabajo, sin su hermano y compañero de fatigas, obsesionada por la obligación moral de informar a la madre pero sin valor para hacerlo, con su autoestima por los suelos al verse forzada a representar una farsa, zarandeada por los intereses de unos y otros y con la losa de un futuro cadáver pesando sobre sus hombros –el del amigo de su hermano, fugitivo por puro azar de una persecución que no le corresponde– ha de tomar una determinación urgente. Y lo hace, consigue llegar al acuerdo que considera más justo: representar el papel exigido por los agentes de la ley a cambio de una vida joven e inocente.

Prosa más bien uniforme –sobre todo en los fragmentos contemporáneos– sin altibajos emotivos ni sorpresas, con algún hallazgo metafórico de vez en cuando y unas cuantas sentencias oportunas. La abulia congénita del protagonista, seguramente, habrá conducido al autor a adoptar ese tono, pero contrasta abruptamente con el panorama que presenta.

La tensión se va diluyendo según volvemos páginas para convertirse finalmente en poco menos que un envoltorio vacío. Si lo que deseaba Hemon era dormir tranquilo, tenía que haber buscado otro tema menos peliagudo, algo que desembocase en una novelita amable. Como lectora siento cierta decepción, se me ha colocado en pleno centro del drama, que me estalló en toda la cara apenas abrí el libro, y lo que quiero es emocionarme, que para eso he llegado al final.