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sábado, 2 de marzo de 2024

Jorge Icaza: Huasipungo

Idioma original:
español
Año de publicación: 1934
Valoración: recomendable como lectura, imprescindible como documento
 
Hay libros que quizás no sean lecturas agradables o particularmente placenteras; que quizás no se transformen en tu libro favorito, ese al que vuelves una y otra vez, y que regalas a todas tus amistades a la primera oportunidad; pero que sin embargo constituyen documentos imprescindibles para comprender un lugar y una época, para denunciar opresiones o injusticias a través de la ficción. Ese es el caso de Huasipungo, una obra cuya lectura puede ser ardua (por su forma y por su contenido), pero que ofrece un conmovedor e impactante testimonio de la situación de explotación inhumana en la que se encontraban los indígenas en el Ecuador de comienzos del siglo XX.

Para ofrecer este testimonio, la novela explora y entrelaza los destinos de dos hombres bien diferentes: Alfonso Pereira, el dueño de una extensa y mal gobernada plantación en el interior de Ecuador; y Andrés Chiliquinga, un indio de la hacienda de Pereira acosado por la desgracia, la miseria y la injusticia. Al comienzo de la novela, Alfonso Pereira, hostigado por su tío y por un inversor estadounidense (pero también por el embarazo no deseado de su hija) decide trasladarse a sus propiedades de Cuchitambo, para supervisar la instalación de una explotación maderera y la construcción de una moderna carretera. Vemos, así, que la situación de miseria y práctica esclavitud en la que vivían los indígenas (con sus "huasipungos", pequenas parcelas de tierra cedidas por los terratenientes, como única posesión) se ve empeorada aún más, con la imposición de nuevos trabajos, nuevas violencias, nuevas injusticias. 

La crítica de Jorge Icaza es implacable: tanto el poder económico (representado por Pereira y por el señor Chapy, con su deseo de enriquecimiento a cualquier coste), el poder político (representado por el teniente político Jacinto Quintana) o el poder religioso (en la persona de un cura avaricioso, lujurioso y sin escrúpulos), todos demuestran el mismo egoísmo, la misma deshumanidad, el mismo desprecio por los indios, a los que tratan como posesiones reemplazables y molestas. Tampoco los propios indígenas aparecen en absoluto idealizados: son seres alcoholizados, violentos con sus mujeres, negligentes con sus hijos, supersticiosos, sumisos. Es obvio que la simpatía del narrador (y del autor) están de su parte, pero eso no significa que se los eleve a la categoría del "buen salvaje".

Como decía al principio, esta puede resultar una lectura algo ardua, en primer lugar porque no se escatiman detalles en la descripción de las numerosas violencias (psicológicas, físicas y sexuales) que se ejercen sobre los indios o, en menor medida, los "cholos", o de las condiciones miserables e infrahumanas en las que viven los indígenas. (La escena en la que los indios, incluidos Andrés y su familia, consumen carne podrida de buey es paradigmática en este sentido). Por otra parte, hay un esfuerzo consciente (y progresivo a medida que avanzaban las ediciones de la obra) por representar con fidelidad el habla de los indios, que mezcla un español deformado con palabras y estructuras propias del quecha; aunque la novela incluye un útil glosario al final, puede resultar difícil comprender algunos diálogos, sobre todo al principio de la lectura.

Que el principal valor de la novela sea su carga de denuncia de una opresión inhumana, no quiere decir que carezca de virtudes o valores estéticos: las causas más justas pueden dar lugar a obras artísticas infumables, pero no es este el caso. En primer lugar, cabe destacar la inteligencia y eficacia de la estructura narrativa, que combina la alternancia de focos (entre Pereira y Andrés) anteriormente mencionada, pero también una progresión o adensamientod e los conflictos que llevan a un desenlace inevitable. También sorprende la belleza (aunque sea una belleza terrible) de ciertas páginas o ciertas descripciones de paisajes, personajes o situaciones, o la potencia de muchas escenas, como aquella en la que un indio queda atrapado en el lodo en medio de la corriente durante la construcción de la carretera. 

Por todo ello (su capacidad de denuncia, unida a su magistral composición, Huasipungo está considerada como una de las principales representantes, si no el principal, de la novela indigenista, a la que también pertenecen Los ríos profundos de José María Arguedas o El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Se trata de un subgénero específico de Hispano-América, pero que puede relacionarse con el desarrollo del realismo social en otras latitudes o tradiciones. Así, el grito con el que acaba la novela ("¡Ñucanchic huasipungo!", "¡el huasipungo es nuestro!") trasciende su ámbito concreto, para convertirse en un grito solidario con muchos otros: el grito de los oprimidos que se rebelan contra sus opresores.

martes, 10 de enero de 2023

Concha Alós: Los enanos

Idioma: español

Año de publicación: 1962

Valoración: recomendable

Al comienzo de Los enanos se nos narra una escena que bien podría resumir toda la novela: en el fondo del patio de luces de un edificio de pisos de Barcelona, donde se encuentra la pensión Eloísa, en la que se desarrolla la historia, entre un montón de desechos se mueven unas ratas, cuyos requiebros y peleas entretienen a los vecinos del inmueble y, sobre todo, a a los inquilinos de la pensión. La metáfora resulta más que clara, puesto que esta novela lo que nos cuenta son los quehaceres, sinsabores y enfrentamientos entre una serie de personajes, a cada cual más mísero y desgraciado. Sin embargo, y aunque la autora no renuncie a esa imagen de las ratas, el título del libro, aunque vaya en el mismo sentido, hace referencia a una reflexión que una de las pensionistas escribe en un cuaderno:

"Huir, locamente, alegremente, de ese gigante que nos fuerza a ser lo que somos y nos obliga a andar por donde él quiere. Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se esconden para reírse."

Tales "enanos", como he comentado, por tanto, son los habitantes de una cutre pensión de Barcelona allá en la época en que España comenzaba a salir, aun muy poco a poco, de los rigores de la larga posguerra; una colección de perdedores, ya sea por las circunstancias de la vidao de nacimiento, que han recalado allí por diversos motivos: el boxeador Mohatá, que un promotor utiliza como saco humano para impulsar la carrera de otros púgiles, el señor Alfredo, judío de Tánger y su esposa doña Cleo, que  abandonaron la ciudad marroquí tras su independencia de España y sobreviven malvendiendo lo poco que salvaron de su anterior vida acomodada; la planchadora Sabina, huida de su pueblo y dispuesta a prosperar, aunque sea ofreciendo su cuerpo al mejor postor...  y así todo un reguero de personajes no demasiado afortunados, en el mejor de los casos, o abocados a la miseria material y anímica, en los demás. El contrapunto, siquiera en el tono, a la narración de tantas cuitas y sinsabores cotidianos de estas vidas desgraciadas lo ponen las confesiones y reflexiones, en primera persona, que escribe en un cuaderno la señorita María, una joven de Mallorca, hermana de un cura, que en su momento escapó a Barcelona con su amante, un hombre casado, y ahora sobrevive cuidando niños de familias burguesas. Pero ya digo que es un contrapunto relativo, pues puede que ella sea la más desdichada de todas.

Es ésta una novela dura, no tanto por la truculencia de lo que nos cuenta o por un lenguaje áspero y chabacano, sino porque no da tregua al lector; en todo momento deja claro que a los personajes no les va a ir mejor e incluso, seguramente, su situación empeorará, con lo que, aunque algunos no sean demasiado simpáticos, es inevitable sentir lástima por ellos. Sin duda, se trata de una novela propia de su época, cuando estaba en auge el realismo social y deudora, sin demasiado disimulo, de La colmena, de Cela, aunque más limitada a un espacio concreto y a menos personajes (también se percibe un cierto regusto a Nada, por lo menos a su primera parte). Además, en Cela se aprecia un menor apego por sus criaturas, una mirada más fría, de entomólogo, mientras que Alós muestra una mayor empatía, una comprensión más acentuada, especialmente en lo que le ocurre a las mujeres de su novela, quienes, por otra parte, llevan el mayor peso de la historia.

Concha Alós, escritora valenciana (aunque criada en Castellón) que tuvo su mejor momento en los años 60 y 70, ha sido felizmente recuperada en los últimos tiempos por La Navaja Suiza, y fue, no cabe duda, una gran escritora, con un estilo limpio y directo, pero sin renunciar a la complejidad narrativa. Esperemos que no vuelva a caer en el olvido.

Como curiosidad, decir que Los enanos ganó el premio Planeta en 1962 (está claro que eran otros tiempos), pero su autora hubo de renunciar a él porque ya había comprometido la publicación de la novela con otra editorial.  Quizá en compensación por este contratiempo, le volvieron a conceder premio dos años después, con Las hogueras esta vez sin problema alguno.

También de Concha Alós y reseñada en Un Libro Al Día: Las hogueras

lunes, 11 de enero de 2021

Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa

Idioma original: español

Año de publicación: 1966

Valoración: casi imprescindible 

Juan Marsé tuvo que recurrir a la artimaña de publicar esta novela a través de una editorial mexicana, y desde luego uno comprende (aunque el propio autor corrigiera ediciones posteriores, supongo que inhibiendo una posible autocensura) que publicarla en España, en 1966, bajo la dictadura de Franco, hubiera sido solo concebible con recortes que prácticamente dejarían el texto en una inconexa secuencia de escenas románticas y andanzas de pillo de barrio, lo cual hubiera resultado un absoluto despropósito. A uno se le ocurre que prácticamente cualquier capítulo del libro es susceptible de ofender a la férrea y pacata censura franquista, y no solo por las abiertas referencias a los actos físicos, sino también por la contundente crítica social que carga de forma opresiva la novela. Una carga que puede asfixiar, pero que fascina.

Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases, repite cierta máxima, y Marsé parece tomársela al pie de la letra. La primera lectura de Últimas tardes con Teresa es la de una abierta crítica social sobre la sociedad barcelonesa de la post-guerra. Una crítica extrapolable a otros escenarios urbanos, pero desde luego simplemente irresistible si se es un poco cercano a esos paisajes, si se ha vivido en épocas cercanas, si se ha convivido, aunque sea de oídas, con situaciones parecidas. Marsé crea un personaje sencillamente avasallador. Manolo Reyes, el Pijoaparte, es un murciano o un xarnego, apelativos ya en desuso absoluto (ahora que, afortunadamente, Barcelona y muy buena parte de Catalunya han asumido su condición de tierra de acogida en la que la mezcla cultural nos mejora y enriquece), pero que en esos años 50 en que ambienta la novela representa un perverso estigma. El no-nacido en Catalunya (el Pijoaparte es andaluz) es un ser de segunda, una especie de advenedizo al que se separa y se segrega en una burbuja desde la cual solo se le permite contemplar, como si de un escaparate se tratara, a la clase media o alta catalana, tan bien definida por la comprensible pero intraducible (quizás "acomodada") palabra catalana benestant. En muchos casos, personajes de rancio abolengo, a veces aristócratas venidos a menos o reciclados en industriales que viven en barrios como Sarrià o Sant Gervasi y que disfrutan de segundas residencias en la Costa Brava, que tienen servicio doméstico, que conducen vehículos de alta gama, que pagan estudios universitarios a hijos e hijas, aunque sea para que éstos les salgan "rana". En los 50, la cosa consistía en que esos jovenzuelos de buena familia y apellidos de las 500 familias se convirtieran en militantes de algún movimiento contestatario, leyeran a los existencialistas y se alinearan, con no poco porcentaje de pura pose, con algo que les era tan ajeno como el proletariado.

Y el Pijoaparte se autoinvita a una de esas fiestas, seduce a Maruja, que le engaña pues resulta ser la criada (la raspa) de la familia Serrat, pero se prenda de Teresa, la pubilla, la hija de la familia, joven universitaria que conduce un Floride, a la que el  Pijoaparte ve como un ascensor directo a una vida mejor, una vida donde no haya de hablar catalán con acento, donde no tenga que recurrir a aquello que hace para ganarse la vida en ese momento: robar motocicletas para vendérselas al Cardenal, oscuro personaje a medias entre el perista y el prestamista, en realidad casi un anciano caprichoso que obliga al Pijoaparte a la autohumillación cada vez que ha de pedirle un favor. Marsé, prosa indescriptible de constante tensión sexual, descripciones meticulosas y floridas que esbozan el muro invisible que separa esos dos mundos: el Monte Carmelo, escarpado barrio de gente modesta y, apenas una par de kilómetros hacia el sur, Sant Gervasi, escarpado barrio de gente bien. El Pijoaparte quiere cruzar esa barrera y se deja cubrir con la guisa que piensa que le funcionará: Teresa se deja fascinar por su pedigrí obrero, por su atractivo físico, y muestra al Pijoaparte como una especie de trofeo de caza, a partir del trágico accidente en que Maruja, con la que aún siendo criada y señora ha trabado amistad, se da un fuerte golpe en la cabeza al tropezar andando con unas sandalias prestadas. Teresa proyecta en su pasión por el Pijoaparte aquello que echa de menos en las amistades de la clase a la que pertenece. El Pijoaparte acepta ese rol obsesionado con ella y con todo lo que puede representar en su vida, pero el engaño, una especie de autoengaño coral, no puede salir adelante.

Un único pero a tan estratosférica novela, en todo caso, es la muy disculpable, dada la época, postergación del papel social de la mujer. Incluso así, Marsé es capaz de mostrar el avance en este punto que supone el salto generacional. Teresa parece una mujer que ya empieza a tomar sus propias decisiones, aunque siempre nos quedemos, otra baza de la novela, con la duda de si su personaje ha usado al Pijoaparte como una especie de juguete, capricho de niña rica que llega justo hasta donde ella se propone que debe llegar, como si esa relación desigual, de desenlace permanentemente en suspenso, no sea más que un prolongado paseo por la cuerda floja. 

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Por cierto, obtuve mi copia de este estupendo libro en una de las tiendas de Llibre Solidari, un proyecto sin ánimo de lucro consistente en dar una segunda vida a aquellos libros que uno tiene en casa y sabe que no volverá a leer, o simplemente por el motivo que sea no va a conservar. Un proyecto donde los libros permiten, con lo que se obtiene de la venta de las donaciones de particulares, aportar dinero a causas para los necesitados. Esto no es ni propaganda ni promoción, es simplemente una sugerencia para aquellos que, residiendo en algunas poblaciones donde hay librerías de esta red, quieran tanto conseguir buenos libros a precios irrisorios como donar aquellos que deseen. Y, por lo que me consta, con buenos libreros al frente.

También de Juan Marsé en ULAD: Rabos de lagartijaSi te dicen que caíLa oscura historia de la prima Montse

sábado, 26 de octubre de 2019

Iñaki Abad: Las amargas mandarinas


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

No todos lloramos por las mismas cosas aunque todos los seres humanos lloren y se rompan por dentro de un modo diferente, ni la palabra libertad tiene el mismo significado para unos que para otros. En una noche lluviosa, Carla llega a Palma desde Windhoek, la capital de Namibia, donde reside con su marido, diplomático, y sus dos hijos. Viene para enterrar a su padre. Así arranca esta novela de Iñaki Abad y lo que hay a lo largo de sus cuatrocientas páginas no es desde luego una despedida sino más bien un reencuentro, el descubrimiento de una persona discreta, sensata, pulcra y reservada, como esos actores secundarios siempre dispuestos a dar diligentemente pie para que se luzcan los protagonistas.

El padre de Carla es José María Fleta Loroño, un bilbaíno del 51, hijo único de una familia trabajadora criado en el muelle de Urazurrutia, al que una decisión bastante intrascendente y tomada a la ligera en una noche de septiembre de 1974 le va a condicionar de una manera definitiva durante el resto de su vida. Chema Fleta iniciará así un periplo que le alejara definitivamente de los suyos, de Bilbao y del País Vasco, aunque se mantendrá irremediablemente sometido al disparatado desquicie de ese monstruo desatado de furia, narcisismo y arrogancia que fue el denominado, incluso por don JoséMarí Aznar, Movimiento Vasco de Liberación Nacional.

Chema Fleta iniciará entonces su vida adulta en Burdeos, en los años setenta, y pese a ser de ese tipo de personas que no precisa de ir convenciendo a los demás de lo necesario, justo y bondadoso de sus propias ideas, no conseguirá situarse al margen de las embestidas de aquellos años, de aquella década tan desatada, quimérica y explosiva. Uno de los hilos que recorre toda esta trama hasta nuestros días es el sentido de las palabras, de qué significado se nutren, para qué sirven y para qué las usamos, qué señales emiten y cómo las disponemos para crear laberintos donde ocultarnos. Y su mayor atractivo, quizás, sea la discreta fuerza en la que se sustenta este personaje de Chema Fleta, que no es otro que el amor, las palabras reencontradas, la conciencia de sus labios, los ojos con los que aprendió a ver el mundo, su olfato, el paladar, fue la piel, el sexo, el temblor, el hambre y el deseo que lo saciaba, el día y todas las noches, el mar donde perderse, las tormentas y el refugio. Y me corto para no dar más detalles que chafarían el goce de descubrirlo por si mismo a quien quiera animarse a la lectura de Las amargas mandarinas.

Porque, desde luego, hacerlo tiene una excelente recompensa. De Iñaki Abad (Bilbao, 1963) no había leído ninguna de sus dos novelas anteriores, Los males adioses (2007) y El hábito de la guerra (2002) así que no puede decirse que se trate de un autor que no le dedique el tiempo preciso a sus historias. Las amargas mandarinas  es un novelón, una auténtica gozada, de esos libros que atrapan y fascinan, que te obligan a dedicarles atención y tiempo, que necesitas arañarle desesperadamente más minutos al sueño, entender, volver atrás, perderte en la profundidad de sus párrafos complejos, densos, enjundiosos. El lenguaje y el tono de la novela están tan logrados como ajustados y la narración va fluyendo con vigor, realismo y emoción, de manera asombrosa y veraz. Yo he llegado al último párrafo de la última página con un nudo en la garganta, con un puño en el estómago. Y no exagero ni un gramo. La he leído embelesado y con fruición, con las lágrimas apelotonadas y pugnando por brotar y con la imaginación sometida y entregada al fluir de la narración. Y cuando eso ocurre, tan de tanto en cuanto, hay que disfrutarlo. Por eso me parece tan y tan recomendable,

jueves, 5 de septiembre de 2019

Jenny Erpenbeck: Yo voy, tú vas, él va

Idioma original: alemán
Título original: Gehen, ging, gegangen
Traducción: Francesc Rovira (ed. en castellano) / Marta Pera Cucurell (ed. en catalán)
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien

Vivimos tiempos difíciles en lo tocante a la gestión de la crisis humanitaria, inmersos en una época donde es difícil pensar en la Unión Europea sin sonrojarse, pues vemos cada día los impedimentos burocráticos y/o políticos (si es que pueden desvincularse unos de otros) que ponen trabas a tantas personas que huyen de sus países, al otro lado del Mediterráneo, buscando refugio en Europa. Y, si finalmente consiguen llegar, la vida que les espera no es nada fácil, en gran parte por culpa de las políticas (o falta de ellas) implantadas en los países de acogida.

En este marco político social, Jenny Erpenbeck ha escrito una novela que trata la cuestión de los impedimentos y problemáticas con los que se encuentran las personas migrantes para salir adelante una vez establecidos (presumiblemente) en la que se supone que será su nueva tierra, su nuevo hogar. Estamos, por tanto, delante de un libro que no analiza los problemas para migrar ni las mafias que se dedican a esto, temas que ya vimos en «¡Daha!», de Hakan Gunday, ni tampoco las dificultades emocionales para huir de un país en conflicto y hallar una salida a la situación, como vimos en «Salida a Occidente», de Moshin Hamid. Aquí el análisis se decanta principalmente hacia el aspecto político, y lo plantea desde el punto de vista de quién no pasa por esa situación, sino de quien la ve y la vive desde fuera. Pero entremos al detalle de lo que la obra ofrece.

Pocas palabras bastan a la autora para ubicarnos en la historia, pues ya en el arranque del libro la autora nos cuenta como fue el último día de trabajo del profesor Richard y cómo vive su rutina una vez ya jubilado. El estilo de Erpenbeck es directo, en apariencia sencillo, pero la rutina narrada que supone la “nueva” vida de Richard nos permite descubrir su manera de ser: estricta, rutinaria, y algo obsesiva respecto a ciertos aspectos de la actualidad. Y en esa cotidianidad sin ningún horizonte vital definido, empieza a interesarse, casi sin saber el porqué y de una manera totalmente fortuita, por la vida de tres personas migrantes que han decido manifestarse y hacer una huelga de hambre bajo un cartel que indica “nos hacemos visibles”.

Con este punto de partida, mezclando la narración del presente y los paseos de Richard por Berlín, la autora nos va desgranando a través de sus recuerdos cómo era la vida en su ciudad a finales de siglo, antes y después de la caída del muro, y lo hace sin alardear de conocimientos de hechos históricos, sino, simplemente, partiendo de la vida rutinaria de un profesor universitario, explicándonos cómo era aquel mundo, dividido entre dos partes diametralmente opuestas. De esta manera, la autora combina lo que sucede en la actualidad con los recuerdos del pasado del protagonista, tejiendo una historia entre dos aguas, uniendo pasado y presente, división e integración; cambios sociales que afectan a una sociedad que intenta adaptarse a la incertidumbre de su futuro.

Y en esa rutina a la que nos va acostumbrando la narración, vemos cómo el interés de Richard en los refugiados va en aumento y empieza a preocuparse por su estado. Con el propósito de conocer la situación en la que se hallan, establece una serie de conversaciones con varios de ellos y, a partir de esas breves charlas, empieza a entender su pasado, aquello de lo que huyen, cómo han vivido y cómo era en su país de origen. Estas conversaciones permiten abrir la historia y entender las dificultades por las que ha pasado tantísima gente, y la autora lo hace de una manera tan fácil, tan natural, que poco a poco uno va entrando en la mente de Richard, descubriendo con él aquellas vidas apartadas de su mundo, de su familia y su pasado. Las recurrentes y habituales visitas de Richard a la residencia donde se encuentran los refugiados le sirve para conocer las vidas que tenían en sus países de origen, vidas como la de tantos otros. Y nos narra su día a día esperando que llegue finalmente la aceptación para la solicitud de asilo que están esperando.

La habilidad de la autora está en que la identificación del lector con el protagonista es instantánea, pues empezamos a conocer la situación de los refugiados desde la ignorancia propia de quien lo ve desde fuera, de igual modo a cómo le ocurre a Richard. De esta manera, la lectura es un acompañamiento, una introducción y conocimiento de un mundo del que comprendemos poco, pero que debería interesarnos bastante más.  Y lo hace desde una perspectiva a la que no estamos acostumbrados, pues narra sus vidas una vez están en el país destino, luchando por la residencia, tratando las vicisitudes de sus experiencias de manera neutra, sin atisbos de condescendencia. Ahí radica la fuerza del relato, no hay una alteridad en la narración, sus vidas son tratadas como la de Richard. Y eso hace que la narración nos acerque irremediablemente a los refugiados, los sentimos como si fuéramos nosotros, como si nos hubiera podido pasar a nosotros, porque de hecho no hay diferencias entre las vidas, únicamente las relativas a las propias experiencias por el origen al que pertenecemos.

Sin embargo, a pesar del buen propósito de la autora, un prometedor inicio y de la buena construcción del personaje principal, la historia es bastante insulsa, sin un ritmo ni impacto que llegue a conmover suficientemente. La narración está centrada en las entrevistas de Richard con los refugiados, alternada con una serie de recuerdos de su época tras la caída del muro que podrían haber dado bastante más de sí, y un sinfín de escenas cotidianas que, si bien permiten entender mejor el personaje, lastran un ritmo narrativo ya de por sí bastante lento. Además, de vez en cuando la autora introduce pinceladas de historia y mitología, hablando de Apolo, Atenea, Heracles, Medusa... que se hace bastante densa, ajena a la propia historia narrada y dando la sensación de que introduce esas pinceladas de manera algo forzada y que se antoja incómoda e innecesaria.

El principal logro de la autora y su mejor mérito es acercar la vida de los refugiados a nuestro mundo, y hacerlo bajo la mirada de un ciudadano que podría ser cualquiera de nosotros y ver con sus ojos cómo de desinformados estamos y la superficialidad de nuestras vidas que, en gran medida, han cerrado los ojos ante tal e injusta realidad. Por ello, la lectura nos deja una serie de reflexiones que nos hacen ver, de manera clara, la nimiedad de nuestras preocupaciones diarias, el uso que damos al dinero y su malgasto, en comparación con lo que se podría hacer en otros países con similares cantidades. En este aspecto, el libro es útil para situarnos de manera directa en la realidad, una realidad que, a pesar de que a menudo nos parece ofrecer motivos de queja, en comparación con las necesidades que tienen en otros países, es absolutamente irrisoria y que debería darnos vergüenza de tan siquiera lamentarnos de nuestras pequeñas miserias. Pero, aún y así, más allá de hacernos tomar consciencia de que somos unos privilegiados, de que deberíamos ser más conscientes de la situación de los refugiados o de las vidas en países menos desarrollados, el ritmo del libro es muy lento, terriblemente lento, y la buena intención de la novela se diluye enormemente en páginas de conversaciones sin sustancia, sin intensidad, sin impacto. Una lástima que tan buen propósito haya acabado teniendo un resultado tan insulso. Eso sí, apoyado por multitud de premios. Debe ser por la buena intención de la novela, en eso sí estaríamos de acuerdo.

viernes, 12 de octubre de 2018

Nuruddin Farah: Nudos


Idioma original: Inglés
Título original: Knots
Año de publicación: 2007
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Valoración: Está muy bien

Cuentan que en su momento Mogadiscio resultaba una ciudad de verdad atractiva; con la suficiente cantidad de placidez, exotismo y posibilidades como para hacer de ella un destino deseado, soñado. Por que ahora, y desde hace casi treinta años, asociamos la capital de Somalia a caos, destrucción y vorágine. Esa es al menos la única percepción que nos llega a través de los informativos, cuya actividad comercial consiste como sabemos en vendernos el relato de la supuesta realidad a base de la recopilación diaria de desastres y hechos llamativos, excepcionales o desgarradores. De lugares como Mogadiscio y de Somalia, entonces, apenas nos enteramos cuando el estallido de un coche bomba deja un buen reguero de cadáveres. Pero el oriente de África es también las melodías delicadas y extrañas de Mulatu Astatke o el ritmo risueño y fascinante de Abdel Aziz El Mubarak. O las novelas de Nuruddin Farah.

Los libros de Nuruddin Farah (Baidoa, Somalia, 1945) disponibles en castellano son los que componen la trilogía Past Imperfect (Pasado Imperfecto). A saber: Links (Eslabones, 2004), Knots (Nudos, 2007) y Crossbones (Huesos cruzados, 2011), que pueden ser leídos de manera desordenada pues lo que albergan es una situación parecida –el regreso del emigrante/exiliado a Mogadiscio- protagonizado por personajes de distinta circunstancia, género y perspectiva. En cualquier caso, son viajes de regreso que el propio autor experimentó por si mismo. Nuruddin Farah realizó sus estudios universitarios en India y en Reino Unido para partir definitivamente al exilio en la década de los 70 cuando Somalia estaba sometida a la dictadura de Siad Barre y tardó más de veinte años en poder visitar de nuevo su país. Desde entonces ha residido en diversas ciudades de Europa, Norteamérica y África.

En Nudos quien regresa a Mogadiscio tras veinte años de ausencia es Cambara, quien en Canadá se ha labrado una posición personal y profesional autónoma y exitosa. O quizás no tanto, pues su único hijo ha fallecido en un accidente doméstico en casa de la amante de su marido. Así que Cambara decide regresar a Mogadiscio con el objetivo de recuperar la casa familiar que ahora está ocupada por uno de los señores de la guerra que dominan la ciudad en una estrategia que pretende por un lado, canalizar el dolor por la pérdida personal a través de una acción que le permita recuperar parte del legado que conforma su estirpe familiar y, por otra, enfrentarse a la descomposición que asola a Mogadiscio y a Somalia tejiendo una red de amistades, fidelidades e intereses con la que plantar cara a la dinámica tribal, machista y depredadora que domina la situación. Y lo que Cambara se encuentra es desde luego dolor, miseria, escasez, ruina y desesperación y ese abatimiento, paralizante y, a la vez, colérico, que domina a los mascadores de qat, la potente planta psicoestimulante cuyo uso parece haberse masificado en los últimos años entre la mitad masculina de la población.

Pero Cambara también encuentra personas con las que compartir sus objetivos, cómplices con los que intentar revertir la situación, afines con los que planear un futuro más luminoso, más amable, más esperanzador, personas con las que construir una convivencia basada en los valores y los afectos y no en las identidades primarias, religiosas o tribales. Y aquí quizás surge a mi entender uno de los reparos que se le puede hacer a la narración; ¿cómo es posible este inmenso ejercicio de convivencia colectiva sin que asome ni por un momento el sentido del humor? Por eso, en algunas páginas la sensación de excesiva formalidad en el tono de la narración me ha parecido que le resta cercanía, veracidad, a esta novela que, en definitiva, deja buen sabor de boca, pues resulta un relato interesante, profundo y revelador.

jueves, 16 de marzo de 2017

Sam Selvon: Solos en Londres

Idioma original: inglés (más o menos)
Título original: The Lonely Londoners
Año de publicación: 1956
Traducción: Enrique Maldonado Roldán
Valoración: recomendable

Escrita hace más de sesenta años por el triniteño de origen indio Sam Selvon, esta novelita no sólo mantiene toda su frescura, que es mucha, sino también, en cierto modo, toda su actualidad. La razón es que cuenta las vicisitudes de un grupo de inmigrantes caribeños de raza negra -de Trinidad, pero también de Jamaica o Barbados- en el Londres de los años 50, cuando, tras la guerra, hubo una primera oleada hacia el Reino Unido de mano de obra procedente de sus colonias del Caribe. Sus vivencias, pues, son muy específicas de ese momento y lugar, pero también universales: se podrían extrapolar a las de mexicanos o centroamericanos en EEUU, chinos en Japón o magrebíes en Holanda... (puesto que las dinámicas migratorias y su "problemática" son siempre parecidas, ya se trate de italianos en la Francia de hace 100 años, españoles o griegos en la Alemania de hace 50 o ecuatorianos en la España de hace 10).

La novela, no obstante, está escrita con bastante buen humor y, de hecho, en gran medida la componen los retratos de una serie de "chicos" -así se llamaban entre ellos- elaborados a base de anécdotas que llegan a ser tiernas y divertidas; así, conocemos a Moisés, el veterano del grupo y protagonista, en cierta manera, del libro; a sus compatriotas triniteños Galahad, Bart y Gran Ciudad; asimismo a  jamaicanos como el elegante Harris  y Tolroy, con su extensa familia; incluso aparece un nigeriano, el inefable y caradura Capitán... todos forman una pequeño grupo dentro de la comunidad afroantillana que por entonces se había establecido en lo que hoy son cotizados barrios londinenses: Bayswater, Notting Hill, Harrow Road...

Ahora bien, que el humor y la simpatía estén muy presentes, no significa que la novela no trate sobre los aspectos más espinosos a los que debían enfrentarse aquellos inmigrantes en la gran ciudad: el frío e incluso el hambre que padecían; la necesidad de pelear por cada libra en los trabajos más duros y peor pagados y eso, cuando encontraban trabajo y se les dejaba acceder al mismo. Porque aunque no sea el tema central -o mejor dicho, explícito- de la novela, el racismo también está siempre presente, dado el color de la piel de estos personajes (todos negros a pesar de que, como ya he comentado, Selvon pertenecía a la comunidad india): a la hora de buscar trabajo, pero también de encontrar alojamiento o de relacionarse con los nativos ingleses... por otro lado, son abundantes las menciones a relaciones sexuales con mujeres blancas -que, al parecer, encontraban irresistibles a los caribeños-: hay incluso todo un brillante exordio de Moisés al respecto. Y, por supuesto, también está aquí lo que luego se ha dado en llamar el "síndrome de Ulises", la nostalgia del emigrante por su tierra de origen, al tiempo que siente un cariño ambivalente por el país que le acoge como inmigrante, por lo que la sensación de desarraigo se acentúa. Subyacen además en toda la novela, claro, la soledad, la melancolía y el miedo.

Mención aparte merece la traducción hecha por Enrique Maldonado: como él mismo explica en el prólogo (por una vez, recomiendo leerlo antes de la novela) su trabajo ha ido en paralelo al estilo empleado por Selvon en la versión original, que no está escrita en el inglés estándar ni tampoco en algún dialecto caribeño, sino en una tercera modalidad, creada por el autor, que fuese comprensible para el público británico, al tiempo que conservaba las reminiscencias y el "color" del habla de las Antillas. Ése ha sido también el camino seguido por Maldonado en la traducción (de forma brillante, a mi entender) que ha compuesto un castellano dislocado e imperfecto, pero de lo más adecuado, entendible y ágil (quien no pueda reprimir una sonrisa ante la manera de hablar de los "chicos", que piense en cómo sonará a oídos anglófonos la segunda lengua más extendida en España: el "inglés nivel medio"): buen trabajo.

viernes, 6 de mayo de 2016

Fabio Bartolomei: Somos una familia

Idioma original: italiano
Título original: We Are Family
Año de publicación: 2013
Traducción: Juan Manuel Salmerón Arjona
Valoración: entre recomendable y está bien


La verdad es que con semejante título, uno no sabe muy bien que esperarse: si una novela sobre la subcultura gay norteameriana de los 90, una crónica de los carrera criminal de la famiglia Gambino o la adaptación literaria de aquella película española en la que Pepe Isbert buscaba a su nieto Chencho entre los puestos navideños de la Plaza Mayor de Madrid. Luego ese uno -o sea, yo-  lee la contracubierta y se da cuenta de que la historia va más encaminada hacia este último caso aunque eso sí, reduciendo drásticamente el número de vástagos: los Santamaria, que son la familia de la que trata la novela, tan sólo tienen dos retoños: Vittoria, la mayor y Al -de Almerico-, el protagonista  y narrador, que cuando comienza el relato, en 1971, cuanta tan sólo con cuatro añitos de edad. Lo que no es obstáculo para que la narración sea de los más completa y coherente, porque Al es un niño que podríamos llamar "prodigio", de una inteligencia excepcional aunque eso no le impida -más bien le incita- a cometer barrabasadas de todo  tipo, en especial las que tienen algo que ver con el fuego.

El resto de la familia también tiene sus peculiaridades, aunque la palma se la lleva el padre, Mario Elvis, autobusero y seguidor incondicional del Rey, que se viste y peina como él, además de cantar sus canciones. la madre Agnese completa la familia nuclear, a la que habría que añadir la abuela (en palabras de Al: "...era de pueblo, lo que significa que era terca y estaba obsesionada con la caca" y el desastroso tío Armando. los Santamaria, cuya economía resultaba más bien precaria, se pasan toda la infancia de Al  cambiando de un lugar de residencia a otro, de un alquiler barato a otro más barato aún, por los barrios populares y la periferia de Roma. Al mismo tiempo, no dejan de buscar la "casa prometida", el hogar ideal en el que arraigarse, y que parece escurrirse de sus dedos una y otra vez. Y entre mudanzas y estrecheces van tratando de vivir siendo lo más felices que pueden, que por algo son, según Al, "la mejor familia del mundo". Atención, además, los adictos a Cuéntame como pasó: aquí hay costumbrismo de clase trabajadora y ambiente político de los 70 para dar y regalar. Italianos, eso sí, pero cambiamos los FIAT por SEAT y viene a ser lo mismo...

Bueno, he de decir que tengo un pequeño problema con las historias "con niño": si el niño lo pasa mal, aun sabiendo que se trata de una ficción, yo no consigo disfrutar y, sobre todo después de leer cierta reseña de mi compañera Montuenga (aquí), me pregunto hasta que punto es lícito hacerlo (vale, soy un hipócrita: con La captura de Macalé lo pasé como un cochino en un lodazal... pero con Intemperie no, en cambio). Y si el chaval es ocurrente, dicharachero, entrañable y enternecedor... entonces me dan ganas de soltarle un soplamocos. O al menos seguir leyendo hasta que le ocurra alguna desgracia y se me pase la vena sádica. La cosa es que el pequeño Al se libra, sin embargo, a pesar de poseer, de sobra, todas esas ¿cualidades? que he detallado. Y se libra, principalmente, porque Bartolomei ha conseguido que su personaje sea, no ya gracioso, sino por momentos tronchante. El humor, como bien es sabido, surge a partir del contraste  entre los elementos que lo componen y en este caso el contraste surge de la corta edad del niño y su aguda inteligencia, así como del mundo de fantasía infantil en el que mora su imaginación y la mucho más prosaica -y aburrida- realidad. Vamos, lo cierto es que gracia tiene, el jod... el muy perillán.

El problema, por decirlo así, es que este humor y la dinámica familiar que le da su encanto a la narración, se desarrolla principalmente cuando el chaval es pequeño, pero cambia -aunque es cierto que Bartolomei hace lo posible para que no sea así- según va creciendo... Sobre todo a mitad de la novela, más o menos, el clima de la misma cambia y comienza a ser una historia más desconcertante -aun con motivo, no obstante-, incluso delirante en ocasiones. Pero que, en todo caso, ya es otra cosa: el lector ya no lee recreándose en el puro placer de hacerlo, sino tratando de averiguar qué demonios ocurre... No digo que eso desvirtúe toda la historia, pero sí que nos deja un sabor de boca distinto del que habíamos saboreado al principio. Y pasar de lo dulce a lo salado, del ácido al amargor, no siempre resulta del agrado de todos. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Anthony Burgess: La naranja mecánica

Idioma original: inglés... y nadsat
Título original: A Clockwork Orange
Año de publicación: 1962
Traducción: Aníbal Leal y Ana Quijada (el prólogo y el capítulo 21)
Valoración: Muy recomendable


Todos hemos visto la película (supongo); sus imágenes forman parte de la iconografía de la Historia del cine y también de la cultura pop del siglo XX. Los niños se disfrazan de drugos en Carnaval. Millones de aficionados al fútbol identifican con su título a cierta selección nacional (supongo también). Pero, ¿cuántos hemos leído la novela original de Burgess? No pretendo ir de estupendo: yo no lo había hecho hasta ahora, lo reconozco... Cierto es que el hecho de conocer ya su argumento, al haber visto la película y la aparente dificultad de su lectura provoca que mucha gente no se moleste en leerlo, creo... En el caso de la "dificultad" de su lectura, se debe a que la novela está escrita, casi en todo momento, utilizando la supuesta jerga nadsat, inventada por Burgess a partir del slang del Este de Londres y el ruso. He aquí una muestra (prometo que tomada al azar): "Pero cuando se hubo ucadido y yo estaba preparándome esa taza muy fuerte de chai, me reí para mis adentros pensando en la vesche que tanto preocupaba a P.R. Deltoid y a sus drugos. Pues bien, si me porto mal, con las crastadas, los tolchocos y los juegos con la britba y el viejo unodós unodós, y si me lovetan, tanto peor, oh hermanos míos, y a decir verdad no puede gobernarse un país si todos los chelovecos se comportan como lo hago yo de noche..." No está mal, ¿eh?; pero no hay que asustarse: cuando se llevan leídos dos o tres capítulos, ya no hay que consultar el glosario que está al final del libro... más de media docena de veces por párrafo. De todos modos, el curioso lenguaje con que está escrita la novela, plagado también de onomatopeyas -e influenciado, por lo visto, por la narrativa de Joyce- no impide para nada que su lectura sea extremadamente ágil, acorde con la narración anfetamínica que estamos leyendo.

No contaré mucho de la historia en sí, pues supongo que ya es de sobra conocida: el protagonista, Álex, es un adolescente líder de una pandilla de drugos que se dedican con denuedo a drogarse, robar y practicar la ultraviolencia en una ciudad de una Gran Bretaña distópica, aunque bastante verosímil. Lo único positivo que se puede encontrar en el personaje (aunque no del todo, porque también contribuye a exacerbar su ansia destructiva) es su amor por la música clásica. No contaré más para no chafar la lectura a quien no conozca la novela ni la película, pero en, fin, sólo avisarle de que va a encontrar altas dosis de violencia y cinismo; y sobre todo, una crítica despiadada a todo lo que se mueve: la prepotente juventud y la rencorosa vejez, la mezquindad de las clases populares y la suficiencia de los intelectuales, la manipulación por parte del Gobierno y también de los políticos de la oposición... Lógicamente, es una novela sobre la violencia, sobre su naturaleza y sus consecuencias (que nadie piense, además, que Burgess escribía sobre el particular desde la barrera: su esposa sufrió durante la guerra mundial una agresión similar a las que se narran en la novela, a manos de unos desertores del ejército estadounidense). Pero es un libro que no da respuestas, me temo, aunque sí que nos hace plantearnos las preguntas.

Lo mismo ocurre sobre el tema que, en mi opinión, es el principal de este libro: el viejo asunto del libre albedrío, tan caro para los escritores británicos católicos, como era Burgess -y esta vez no lo digo yo: lo comenta él mismo en el prólogo-... la característica de esta novela es que lo del libre albedrío puede verse desde una perspectiva política, es decir, la libertad de actuación , aunque sea para cometer tropelías, del ciudadano frente a la tutela del Estado; pero también, lo podemos contemplar desde el punto de vista religioso: ¿hasta qué punto una supuesta divinidad, además omnipotente, nos deja libertad para errar a sus criaturas, creación suya, por otra parte...? Así se pregunta el personaje que, junto con el escritos que sufre la agresión en su casa, claro está, parece más un reflejo del autor de la novela, el capellán de la cárcel -o como diría el viejo Álex, el chaplino de la staja-: "...La  bondad viene de adentro, 6655321. La bondad es algo que uno elige. Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre..."

Por fin, está el asunto del capítulo 21 y último. Un capítulo que no fue incluido en la edición norteamericana -ni en la primera española, al parecer- y tampoco en la versión cinematográfica, basada en ésta. Un capítulo que, en cierto modo, cambia el significado final de la novela...o quizá no. Porque puede que nos ea sino una vuelta de tuerca más, más satírica de lo que parece. O una venganza del autor sobre su personaje, quién sabe... en todo caso, es cada lector quien debe decidir, como reconoce el propio Burgess si este capítulo mejora el libro o no. En fin, hermanos míos, que todo veco y toda debóchca que no haya leído el libraco lo haga scorro, a videar qué le parece la vesche. Estoy seguro de que el rascaso le resultará joroschó. Pero que muy joroschó...





sábado, 10 de octubre de 2015

Irène Némirovsky: El malentendido

Idioma: francés
Título original: Le malentendu
Año de publicación:  1926 (en la revista Les Oeuvres Libres)-1930 (como libro)
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Valoración: recomendable

La novela corta El malentendido resulta ser la primera escrita (aunque como libro fuera publicada antes David Golder por Irène Némirovsky, escritora recuperada en los últimos años, al menos en España, no sé si al albur de la moda -feliz en mi opinión- por la novela de "sociedad" de la época de entreguerras. No obstante, al menos por lo que deja ver este título (y por lo que yo sé, también los demás de ella), la narrativa de esta escritora franco-ucraniana noparece tener mucho que ver con la de Benson o Nancy Mitford; en El malentendido encontramos, cierto es, una historia "galante", protagonizada por unos dorados -aunque sea de pacotilla- vástagos de la burguesía -francesa, en este caso-, pero, sin embargo no hay demasiada frivolidad y mucho menos humorismo: El malentendido parece más bien una historia moralizante, aunque no trate de transmitir una moralina anticuada o plúmbea, sino, en todo caso,  una reivindicación de la autoafirmación femenina (no me atrevo a decir tanto como que sea una historia feminista, pero es a lo que apunta).

Porque la novela nos cuenta la historia de un adulterio, desde sus comienzos deliciosos, casi ingenuos, en unas vacaciones, entre la playa de Hendaya y las excursiones por los montes vascos, hasta el progresivo y previsible desencanto en la grisura del París invernal... Ahora bien, Némirovsky no sermonea sobre la indecencia o inmoralidad del adulterio en sí, que se acepta aquí casi como una tradición francesa, al menos de cierta clase social (tradición literaria también), sino que advierte del peligro para las jóvenes esposas de cambiar la tiranía o el aburrimiento de un marido por el que pueden padecer por culpa de un amante. Es más, si ambos protagonistas, Yves y Denise podrían calificarse incluso de un poco cándidos -e incluso "lilas"-, el que peor parado sale en su semblanza es el hombre, por pusilánime, caprichoso e irresoluto (y, en todo caso, quién parece más listo es el marido engañado, que no molesta a nadie, seguramente por estar ocupado con sus propias aventuras). Especial interés tiene la perspicacia con que la autora refleja las diferencias sociales -o sea, económicas- dentro de la clase en la que se desarrolla la historia, la burguesía más o menos boyante, sembrada de sutilezas y laberintos que seguramente ella conocía bien, dada su accidentada biografía: hija de un banquero ruso judío, exiliados tras la revolución del 17, casada luego con un ingeniero metido en finanzas y víctimas, por último, ambos de la barbarie nazi y la cobardía del régimen de Vichy...

Mención aparte merece, sin duda, la excelencia y precisión de la prosa de Némirovsky, más notable aún si se tienen en cuenta sus pocos años (recordemos que la novela se publicó primero en una revista, en el año 1926, por lo que la debió de escribir con menos de 23 años) y que lo hacía en una lengua que no era la suya, aunque es cierto que, al parecer, había sido educada desde pequeña en el conocimiento del francés. En cualquier caso, está claro que, ya desde su primera obra, se trataba de una escritora de fuste y evidente talento, desgraciadamente -e indignantemente- desaparecida demasiado pronto, pero que dejó un buen puñado de novelas que podemos disfrutar ahora, después de tantos años. Yo, desde luego, pienso seguir haciéndolo.

Más libros de Irène Némirovsky en Un Libro al Día: El baileLos perros y los lobosSuite francesaEl ardor de la sangre

viernes, 19 de junio de 2015

Eduardo Mendoza: Los soldados de Cataluña

Idioma: español
Título original: La verdad sobre el caso Savolta
Año de publicación: 1975
Valoración: Imprescindible, sin duda alguna (¿o no?)

Tranquilícense todos los incondicionales de Eduardo Mendoza -y también sus detractores-: ésta no es una nueva novela del escritor barcelonés. Es más: se trata de la primera que escribió, La verdad sobre el caso Savolta, que recupera ahora su título original, con el que fue concebida, para conmemorar el 40º aniversario de su publicación. Por lo visto, Mendoza escribió la novela allá por 1971, pero tardó varios años en ver la luz, probablemente a causa de la peculiar situación política de la época. y si se publicó en 1975, fue con el título cambiado por consejo del editor, Pere Gimferrer, pues aunque el dictador y su alegre régimen ya estaban dando sus últimos coletazos, aún guardaban fuerzas para firmar sentencias de muerte, por ejemplo. Los soldados de Cataluña, pues, no parecía el título más adecuado para evitarse problemas. La ironía es que 40 años después, tampoco parece serlo, aunque por suerte, ya no exista la censura en España (a no ser que pretendas presentar tu libro en alguno de los Institutos Cervantes repartidos por el mundo o pretendas ser concejal de Madrid, claro...).

En fin, llámese como se llame, esta novela es reconocida de forma amplia, ya que no unánime (pues aunque no estoy muy versado en el tema, imagino que no faltarán estudiosos y aficionados dispuestos a contradecir la opinión mayoritaria, aportando cuantos ejemplos hagan falta para probarlo) como la novela que renovó en su momento la literatura española y recuperó el gusto por la narrativa en sí misma, aportando una reconstrucción minuciosa pero desenfadada del pasado; es decir, frente a las tendencias dominantes hasta entonces: la novela social y el experimentalismo. Además de que el éxito de Eduardo Mendoza sirvió de punta de lanza para la aparición de otros escritores españoles contemporáneos o inmediatamente posteriores a él: Muñoz MolinaJavier MaríasVila-Matas... y un bastante nutrido etcétera.

Este gusto por la "narración pura" no significa un retorno a los cánones decimonónicos; muy al contrario, Mendoza utilizó sin empacho elementos aportados por diferentes vanguardias del siglo XX, estructurando su novela a modo de collage o puzzle en el que se alternaban la narración directa en primera persona con documentos oficiales, artículos aparecidos en la prensa o fragmentos del interrogatorio efectuado en un juzgado neoyorquino. Todo para contar una historia que se desarrolla en la Barcelona de 1917, cuando a la crisis económica en España se suma el conflicto social más que latente, la sombra de la Revolución rusa en marcha, la pujanza del movimiento anarquista en esa ciudad y la respuesta de la patronal en forma de pistolerismo o "terrorismo blanco".

No voy a desvelar demasiado del argumento de la novela, para no privar a quien no la haya leído del placer de ir descubriéndolo por sí mismo. Diré sólo que la acción se desarrolla a partir de los tejemanejes que tienen lugar en torno a la fábrica de armas del industrial  Savolta (recordemos que muchas empresas españolas se forraron fabricando armas para los contendientes de la I G. M.). Sin embargo, lo importante de esta novela, creo, son los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos, más -aún- que los pormenores de la intriga. Encontramos, como "protagonista", a Javier Miranda, joven abogado vallisoletano, hasta cierto punto espectador pasivo de lo que ocurre y, por ello mismo, testigo relator de los hechos (de ahí que, al parecer  El superviviente fuera otro de los títulos que se barajaron antes de la publicación del libro). A su lado, el fascinante Lepprince, uno de los villanos mejor conseguidos, creo, de la literatura española, y la no menos fascinante maría Coral. personajes como el propio Savolta y sus socios Cortabanyes, Claudedeu y Parells, representantes de la burguesía catalana, objeto siempre de la ironía de Mendoza  o los barojianos -una de las referencias continuas de este escritor- Pajarito de Soto y Nemesio Cabra, entroncados también con la tradición picaresca...(los apellidos de los personajes no están adjudicados al azar, desde luego).

En vez de seguir hablando de este libro prefiero aconsejar, a quien no lo haya hecho, que  se ponga ya mismo con su lectura; que comience a disfrutar y a maravillarse con el desovillado de esta historia, con sus múltiples guiños y matices, la aparición y desaparición de sus personajes; con el placer de contemplar cómo una narración se va abriendo ante nuestros ojos, absorbiendo toda nuestra atención y disolviendo el tiempo a nuestro alrededor por medio de la sencilla pero inasible magia de combinar las palabras, en esa insólita entelequia que llamamos literatura. Envidia ya me dan, no crean...


Otros libros de Eduardo Mendoza en Un Libro Al DíaLa ciudad de los prodigiosTres vidas de santosEl enredo de la bolsa y la vidaEl misterio de la cripta embrujadaSin noticias de Gurb, El laberinto de las aceitunasEl año del diluvioUna comedia ligera

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Joseph Roth: La rebelión


Título original : Das Rebellion
Idioma original : Alemán
Fecha de publicación : 1924
Valoración : recomendable

Ciertos conocidos insisten que este, y no Philip, es el mejor Roth. Vaya, no me gusta encontrarme ante tales tesituras y, aunque reconozco que al contemporáneo su fecundidad a veces le traiciona, y no comulgo con su decisión manifestada de dejar de leer ficción, opto por hurgar en la obra del Roth que ya murió, hace bastantes años, víctima, dicen del alcoholismo. Y me encuentro con que La rebelión es una muy buena novela repleta de excelente literatura, con un aire entre lo social y lo muy levemente fantasioso.

Cuenta esta novela la historia de Andreas Pum, austríaco mutilado en la Primera Guerra Mundial, por tanto, condecorado con una medalla y autorizado por un documento a pasear su organillo y tocar su música. De lo cual se siente orgulloso: defiende ese orden que le ha compensado de esa manera por servir a su país. Ese sentido justo que, para él, equilibra el mundo. Su existencia es gris y humilde pero no exenta de algo parecido a la felicidad. Acepta su lugar en la sociedad y parece no anhelar más que aquello que va encontrándose a su paso. La gente que le da dinero por interpretar su música, la joven viuda con la que se casa, todo lo encuentra como cree que merece y debe ser. Pero un episodio desgraciado da al traste con ese modesto pero idílico panorama.

Hace unos meses leí El extranjero de Camus. Que me dejó un pelo frío. La sensación con La rebelión ha sido más satisfactoria. Más esperanzada, menos desasosegante. También es esta una historia que podemos interpretar libremente, desde su ubicación espacio-temporal (Viena, período entreguerras), hasta su título, pasando por los sucesivos estados anímicos (respecto a la autoridad, respecto a la sociedad, respecto a las mujeres, respecto a la religión) del protagonista y sus relaciones con los seres que le rodean, con el aparato burocrático estatal y autoritario que le concede y le niega favores de forma volátil y caprichosa. También Andreas parece, como el personaje de Camus, mantener una postura determinada frente al mundo. También Andreas parece, como el coronel de García Márquez al que nadie escribía, aguardar un giro en su fortuna. Aunque los hechos que le acontecen hacen que esta esperanza se reduzca radicalmente. Sé que habrá quien encuentre exagerada la comparación, donde Sartre abanderó un movimiento, obtuvo un Nobel, influyó a una generación y Roth, Joseph, parece ser uno de esos escritores condenados al malditismo. Pero algo tiene esta novela y estos personajes que los hace originales e interesantes.

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