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miércoles, 18 de marzo de 2015

Nancy Mitford: Trifulca a la vista

Idioma original: inglés
Título original: Wigs On The Green
Año de publicación: 1935
Traductora: Patricia Antón
Valoración: entre recomendable y está bien


He aquí una nueva muestra de la novela humorística británica del período de entreguerras. De hecho, el argumento no puede ser más arquetípico y frivolón: Noel Foster, un joven corredor de bolsa de Londres, hereda una cierta cantidad de dinero y decide invertirlo en el asedio y captura de alguna rica heredera. para ello, se traslada, junto a su amigo Jasper Action -crápula y gorrón, pero de familia noble- al pintoresco pueblo donde vive la nieta de Lord Chalford, Eugenia Malmains (el entorno rural es otro clásico en este tipo de novelas). El enredo se completa con la aparición de dos misteriosas señoritas fugitivas y el encuentro con la "belleza local", la pretenciosa señora Lace (que seguramente le debe bastante a la Reina Lucía de Benson). A partir de aquí, tenemos el esperable festival de líos, equívocos, adulterios y deliciosas -y cínicas- observaciones sobre todo lo que ocurre, al más puro estilo del humor inglés, hasta llegar a la traca final. Diversión asegurada, en suma...

Claro que en esta novela, por intrascendente que parezca, nos encontramos con algo más. Resulta que la joven Eugenia es una "camisa tricolor", entusiasta seguidora del Movimiento Socialunionista, liderado por un tal Capitán Jack. Y lo chica no deja de repetir su ardorosa devoción por éste, igual que por el fascismo, el nazismo, la raza aria y la regeneración de la patria, así como su desprecio por los pacifistas, judíos y no arios en general. Todo relatado, hay que decirlo, en un tono de bastante chufla por parte de la autora, que no deja de reírse del fanatismo profascista, lo que, por cierto, le trajo más de un disgusto a lo largo de su vida.

Porque, aunque lo hiciera con singular humorismo, Nancy Mitford conocía perfectamente -y sufría- los temas y ambientes sobre los que escribía. Hija del barón de Redesdale -personaje individualista y excéntrico- era la mayor de las en su tiempo célebres y hoy casi legendarias "hermanas Mitford", que componían un grupo de hermosas muchachas de clase alta, pero de variopintos intereses: Diana fue amante y luego esposa de Oswald Mosley, el líder de los fascistas británicos (e inspiración del tal "Capitán Jack", sin duda). Su filonazismo fue superado por Unity, que apuntó más alto: se trasladó a Alemania y fue amiga de nada menos que el mismísimo Führer, de modo que se llevó un golpe tan duro cuando sus respectivos países entraron en guerra que trató de suicidarse; en este caso, Unity fue el modelo nada disimulado en el que se inspira el personaje de Eugenia Malmains... Otra hermana, Jessica, se hizo, en cambio, comunista y se fugó con su primo segundo Esmond (sobrino a su vez de Churchill) a informar de la Guerra Civil española. Otras dos hermanas Pamela y Deborah, llevaron vidas más convencionales (para tratarse de unas aristócratas, claro), aunque la última de ellas, luego Duquesa de Devonshire, tampoco se quedaba atrás en excentricidad e inquietudes literarias... cuando menos, escribió libros de cocina.

Nancy, como era de suponer, dado su vena humorística, se reía de los extremos ideológicos, aunque, a partir de cierto momento, su oposición al nazismo fue clara (incluso en lo personal: mantuvo una relación sentimental con un militar francés del gabinete de De Gaulle, por quien se traasladó a Francia tras la guerra). A la hora de escribir esta novela, sin embargo, parece que limó bastante los dardos hacia los fascistoides "socialunionistas", que en realidad aparecen como una panda de obtusos pero simpáticos  perillanes, más que nada... La razón es que no quería ganarse de la enemistad de sus hermanas, aunque de poco le valieron sus excusas: Unity, por lo visto, no se lo debió de tomar demasiado mal, pero Diana sí, y de hecho, no volvió a hablarse con Nancy has finalizada la guerra Mundial. Esta es una de las razones por las que Nancy Mitford no permitió mientras vivió que se reeditara Trifulca a la vista, para no molestar aún más a su familia. la otra, que consideraba que, tras la guerra y lo que se sabía sobre el régimen hitleriano, los chistes sobre nazis ya le harían gracia a nadie, como en los años 30.

No sólo la política es objeto, en esta novela, de la afilada mirada de Mitford. También ironiza sobre los desvaríos de la aristocracia británica (su sanatorio para lores chiflados es impagable), la institución del matrimonio (de hecho, parece que el inmoral pero encantador Jasper estaba inspirado en su propio marido, Peter Rodd), las ínfulas de la clase media, los supuestos artistas pseudobohemios y el chovinismo inglés, en general... En suma, na novela francamente divertida que no dudo hará las delicias de cualquier lector de literatura de humor y de los más anglófilos en particular.

sábado, 7 de febrero de 2015

E. F. Benson: Reina Lucía

Idioma original: inglés
Título original: Queen Lucia
Año de publicación: 1920
Traductor: José C. Vales
Valoración: entre recomendable y está bien

En los últimos tiempos, ha adquirido cierto auge y fortuna, al menos en España, la recuperación (en nuestro caso, casi sería más exacto decir descubrimiento) de un tipo de literatura británica de la época de entreguerras, de carácter humorístico-costumbrista, más allá de los clásicos Wodehouse y Evelyn Waugh. Me refiero a autoras como Nancy Mitford, Stella Gibbons, D.E. Stevenson o el que nos ocupa en esta reseña, Edward Frederick Benson. Escritor peculiar, este Benson: nacido y criado durante la época victoriana en una familia culta de clase alta -su padre llegó a ser Arzobispo de Canterbury-, se dedicó sobre todo a la creación de relatos de terror, sección fantasmas, pero alcanzó la celebridad -y el reconocimiento de la posteridad- gracias a una serie de novelas de lo que se puede llamar "comedia social inglesa", conocida como Mapp & Lucia, por su personajes principales. La primera de esas novelas, de 1920, es esta Reina Lucía.

Esta "reina" resulta ser la -aparentemente- culta y refinada señora Emmeline Lucas (que en su italofilia se hace llamar "Lucía" y a su marido, "Pepino") y su reino es el encantador pueblo inglés de Riseholme, donde los miembros de la burguesía local se cultivan, divierten y chismorrean de acuerdo con los designios de esta autoproclamada monarca... Ella es la que dirige la vida social y cultural de la localidad, hacia un estilo pedantemente clásico y con unas rígidas -aun con apariencia de desenfado- normas. Pero sin olvidar ciertas modas en boga en ese momento entre las las clases medias británicas: el yoga, el Cristianismo científico, el espiritismo... modas que Lucía, en principio, desdeña. El despotismo ilustrado del que hace gala la reina hacia sus súbditos, no obstante, no acaba de reprimir ciertas tendencias subterráneas revolucionarias o incluso "bolcheviques" (recordemos que la novela es de 1920) que aspiran a derrocarla... El equilibrado statu quo de su reinado comenzará a trastocarse con la llegada al pueblo de nuevos personajes como cierto gurú indio o, sobre todo, la afamada cantante de ópera Olga Bracely, que la reina percibirá como una amenaza...

Aparte de los principales personajes -Lucía, su cavaliere servente Georgie Pillson, la cantante Olga Bracely-, nos encontramos toda una serie de pintorescos secundarios que contribuyen a darle color y humor a la historia (a mí me encantan las hermanas de Georgie: Hermy y Ursy). En realidad, se podría decir que esta novela es una sátira de cierto tipo de clase social, la burguesía rentista con ciertas ínfulas y la gentry (cualquier lector de Agatha Christie reconocerá de inmediato los tipos humanos aquí retratados), pero creo que la ironía de Benson, si bien recorre toda la novela desde la primera a la última página, se queda un paso por detrás de la sátira y no digamos ya del sarcasmo, resultando casi siempre amable y hasta comprensiva con los personajes. Incluso, en algún momento, la elegante sutileza de esta ironía devalúa un poco la intención cómica de la historia: se echa de menos alguna situación desbocada, que mueva a la franca carcajada y no sólo a la sonrisa, que, eso sí, no se borra nunca de la boca del lector. Por buscarle algún pero, se podría decir que la historia trasluce a veces  un cierto aire de suficiencia, como el de un hipster de ciudad que se burla del modernete de pueblo, o un pseudointelectual de la capital que desdeñe al "cultureta" de provincias... pero no obstante, como ya he mencionado, la bonhomía y la comprensión dominan el tono general de la novela. Benson no trataba de hacer sangre.

Hay que mencionar que la edición, como suele ocurrir con las de Impedimenta, es exquisita y la traducción a cargo de José C. Vales (último premio Nadal), estupenda y de lo más competente, con una serie de notas aclaratorias que ayudan sin abrumar. Buen trabajo.



sábado, 10 de octubre de 2015

Irène Némirovsky: El malentendido

Idioma: francés
Título original: Le malentendu
Año de publicación:  1926 (en la revista Les Oeuvres Libres)-1930 (como libro)
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Valoración: recomendable

La novela corta El malentendido resulta ser la primera escrita (aunque como libro fuera publicada antes David Golder por Irène Némirovsky, escritora recuperada en los últimos años, al menos en España, no sé si al albur de la moda -feliz en mi opinión- por la novela de "sociedad" de la época de entreguerras. No obstante, al menos por lo que deja ver este título (y por lo que yo sé, también los demás de ella), la narrativa de esta escritora franco-ucraniana noparece tener mucho que ver con la de Benson o Nancy Mitford; en El malentendido encontramos, cierto es, una historia "galante", protagonizada por unos dorados -aunque sea de pacotilla- vástagos de la burguesía -francesa, en este caso-, pero, sin embargo no hay demasiada frivolidad y mucho menos humorismo: El malentendido parece más bien una historia moralizante, aunque no trate de transmitir una moralina anticuada o plúmbea, sino, en todo caso,  una reivindicación de la autoafirmación femenina (no me atrevo a decir tanto como que sea una historia feminista, pero es a lo que apunta).

Porque la novela nos cuenta la historia de un adulterio, desde sus comienzos deliciosos, casi ingenuos, en unas vacaciones, entre la playa de Hendaya y las excursiones por los montes vascos, hasta el progresivo y previsible desencanto en la grisura del París invernal... Ahora bien, Némirovsky no sermonea sobre la indecencia o inmoralidad del adulterio en sí, que se acepta aquí casi como una tradición francesa, al menos de cierta clase social (tradición literaria también), sino que advierte del peligro para las jóvenes esposas de cambiar la tiranía o el aburrimiento de un marido por el que pueden padecer por culpa de un amante. Es más, si ambos protagonistas, Yves y Denise podrían calificarse incluso de un poco cándidos -e incluso "lilas"-, el que peor parado sale en su semblanza es el hombre, por pusilánime, caprichoso e irresoluto (y, en todo caso, quién parece más listo es el marido engañado, que no molesta a nadie, seguramente por estar ocupado con sus propias aventuras). Especial interés tiene la perspicacia con que la autora refleja las diferencias sociales -o sea, económicas- dentro de la clase en la que se desarrolla la historia, la burguesía más o menos boyante, sembrada de sutilezas y laberintos que seguramente ella conocía bien, dada su accidentada biografía: hija de un banquero ruso judío, exiliados tras la revolución del 17, casada luego con un ingeniero metido en finanzas y víctimas, por último, ambos de la barbarie nazi y la cobardía del régimen de Vichy...

Mención aparte merece, sin duda, la excelencia y precisión de la prosa de Némirovsky, más notable aún si se tienen en cuenta sus pocos años (recordemos que la novela se publicó primero en una revista, en el año 1926, por lo que la debió de escribir con menos de 23 años) y que lo hacía en una lengua que no era la suya, aunque es cierto que, al parecer, había sido educada desde pequeña en el conocimiento del francés. En cualquier caso, está claro que, ya desde su primera obra, se trataba de una escritora de fuste y evidente talento, desgraciadamente -e indignantemente- desaparecida demasiado pronto, pero que dejó un buen puñado de novelas que podemos disfrutar ahora, después de tantos años. Yo, desde luego, pienso seguir haciéndolo.

Más libros de Irène Némirovsky en Un Libro al Día: El baileLos perros y los lobosSuite francesaEl ardor de la sangre

miércoles, 24 de mayo de 2017

Julia Strachey: Precioso día para la boda

Idioma original: inglés
Título original: Cheerful Weather for the Wedding
Año de publicación: 1931
Traducción: Laura Salas Rodríguez
Valoración: está bien

Encuadrada dentro de ese peculiar género  que podríamos denominar "literatura humorístico-romántica británica del periodo de entreguerras" (seguro que existe un nombre más sintético, pero yo lo ignoro) y que en los últimos años ha estado de moda entre algunas editoriales españolas, (no sé si sigue estándolo), facilitándonos asi el acceso a divertidos autores como E. F. BensonNancy MitfordD. E. Stevenson o Stella Gibbons, encontramos también a esta Julia Strachey (ya acabo la frase, tranquilos), escritora que, sin embargo, tiene un par de peculiaridades con respecto a otros del mismo registro: en su vida sólo publicó un par de novelas  y además  perteneció a un grupo de lo más selecto dentro de la cultura británica, el conocido como Círculo de Bloomsbury (entre otras cosas, porque era sobrina del irónico y elegante Lytton Strachey). De hecho, esta Precioso día para la boda fue publicada en su momento por Hogarth Press, la editorial fundada por Leonard y Virginia Woolf.

Y eso que, en un principio, la novela no parece adscribirse a un argumento demasiado "intelectual" (pongamos todas las comillas del mundo, por favor): estamos en la casa de la acomodada familia Thatcham, en plena campiña inglesa, junto al mar, un ventoso día de marzo. La casa está repleta de parientes y otros invitados porque es el día en que la hija mayor, Dolly, va a casarse con Owen Bigham, un joven y prometedor diplomático. Ahora bien, mientras su madre y hermana -con no pocos nervios- tratan de organizar el evento, dando órdenes al servicio, atendiendo a los invitados, etc... la novia, mientras se prepara, no puede dejar de sentir las consabidas dudas prenupciales, centradas en su caso en la figura de un amigo, también presente en la casa, el aún estudiante Joseph.

Esta premisa, unida a un panorama de personajes secundarios preñado de excentricidad e ironía, parecen conducir de manera inevitable hacia una de esas novelas que he mencionado antes, "humorístico-romántico-costumbrista". La sorpresa -y quien siga a partir de aquí lo hace por su cuenta y riesgo, si es que pensaba leer la novela- es que no: la historia evoluciona, o quizás es más exacto decir "se diluye", hacia un principio de drama cuasi existencial, al menos en lo que concierne a la (no) pareja protagonista. Drama que tampoco cuaja del todo, hay que señalar, por lo que, al quedar en agua de borrajas tanto en la vertiente humorística como en la dramática -también es cierto que su brevedad impide que se desarrolle convenientemente en cualquiera de las dos- el libro deviene en un inesperado híbrido, ni carne ni pescado, habitante de una tierra de nadie literaria...

Lo que no quiere decir, y aquí viene la siguiente sorpresa, que sea una mala novela: el estilo, sobre todo, es preciso y elegante, demostrando un especial talento y esmero de su autora en la descripción tanto ambiental como de personajes, cuyos diálogos son, además, ingeniosos y punzantes sin perder por ello la verosimilitud. Es una lástima, pues, que Strachey no tuviera una visión más general al escribir la novela o cambiase de opinión sobre su objetivo a media escritura; de haber guardado una mayor coherencia, en un sentido u otro, nos encontraríamos ante una obra notable y, sobre todo, más memorable de lo que al final resultó ser.



lunes, 27 de abril de 2015

Kazuo Ishiguro: Los restos del día

Idioma original: inglés
Título original: The Remains of the Day
Año de publicación: 1989
Traductor: Ángel Luis Fernández Francés
Valoración: Muy recomendable


Una reciente reseña de otro libro de este mismo autor (en Un Libro Al Día... ¿dónde si no?), Nocturnos, me decidió a emprender la lectura que tenía pendiente desde hace algún tiempo de esta Los restos del día, la novela más conocida hasta ahora -creo- de Kazuo Ishiguro (sobre todo por haber sido llevada al cine hace años con los afamados Anthony Hopkins y Emmma Thompson como protagonistas). Y lo cierto es que me arrepiento de no haberlo hecho mucho antes.

Porque el caso es que ésta es una novela no ya notable, sino por momentos excelente y preciosa, que muestra un gran oficio literario y una sensibilidad encomiable hacia los personajes que la protagonizan. Y eso que no me parece que fuera sencillo cumplir tal propósito... cuando menos, el argumento no resulta, en principio, el más adecuado para un fácil lucimiento: la novela se estructura a partir de unas pocas jornadas del viaje que, en verano de 1956, realiza el mayordomo de la mansión Darlington Hall, en Oxfordshire, hasta Cornualles para visitar a una antigua ama de llaves. Cada día el señor Stevens, este mayordomo, nos va contándolas incidencias del trayecto y también sus opiniones sobre diversos asuntos -ante todo y sobre todo, acerca del oficio al que ha dedicado su vida-, ilustrándolas con los  recuerdos de lo que ha sido su actividad en esa mansión. Cuyo amo en otro tiempo, además, Lord Darlington, no era cualquier noble ociosos, sino un caballero bien relacionado con las altas esferas de la política y que había intentado, ya a partir del Tratado de Versalles, que juzgaba ignominioso, un acercamiento e incluso, más adelante una posible alianza, con Alemania... llegando a entrevistarse en varias ocasiones con el embajador nazi, Ribbentrop o con el líder fascista británico, Oswald Mosley (exacto, el que luego fuera cuñado de Nancy Mitford, como sabrá quien conozca a esta autora).

Stevens no evita éstos u otros temas "delicados" -como cierto arrebato antisemita de su señor-, pero nos los cuenta y explica su propia participación en tales asuntos amparándose el su profesionalidad y lealtad como sirviente -lo que él llama su "dignidad"-, que utiliza para establecer una barrera con toda realidad ajena a su labor de mayordomo, una coraza que porta como el samurai que sirve a un señor feudal para así poder seguir el "camino del guerrero" (sé que habrá a quien le parezca oportunista tal comparación, dado el origen nipón del autor de la novela, pero, justo por eso, no creo que sea casual la elección de este protagonista, un personaje de una "britanidad" tan típica, al tiempo que tan cuidadoso con los detalles y tan proclive a la contención de sus sentimientos como se le supone a la cultura japonesa).

Es  la misma barrera que interpone ante otros aspectos más íntimos de su vida, como son sus relaciones familiares y sentimentales; las que tiene con su padre, mayordomo como él, y con Miss Kenton, el ama de llaves a quien se dirige a visitar a Cornualles. Digamos -y perdón si esto supone un spoiler-, que las reacciones de Stevens en ambos casos no son precisamente de una espontaneidad latina... Aún así, hay que señalar que, a pesar de que su aproximación a los posibles errores cometidos en su vida sea de manera indirecta y se escude en esa supuesta dignidad profesional de la que ya he hablado para excusarlos, al menos este mayordomo hace una introspección crítica sobre su propio pasado que no sé si es demasiado frecuente, fuera de la literatura.

Al final, una novela no ya totalmente recomendable, sino -y quizá esta valoración resulte demasiado polémica para dejarla para la última frase de la reseña- a la que tan sólo su propia perfección me hace me hace dejarla un paso por detrás de la categoría de imprescindible.



Del mismo autor en Un Libro al Día: Nunca me abandonesUn artista del mundo flotanteNocturnosEl gigante enterrado

miércoles, 24 de febrero de 2016

D. E. Stevenson: El libro de la señorita Buncle

Idioma original: inglés
Título original: Miss Buncle's Book
Año de publicación: 1934
Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Valoración: entre recomendable y está bien

¿Quién no ha jugado alguna vez al Candy Crush? (excluyo de la pregunta a doña Celia Villalobos, porque ya sé la respuesta y además, no creo que frecuente este blog) ¿A qué mola cuando vas eliminando chuches y pasando pantallas y una voz inefable dice "DELICIOUS"? Pues exactamente esa palabra, dicha con esa misma voz, es la que se oye en la cabeza del lector (bueno, en la mía... junto con otras muchas que me ordenan cometer actos apocalípticos, pero... ejem, esa es otra historia) al leer esta novela; es deliciosa. Ahora bien, deliciosa como puede serlo las chuches o golosinas, precisamente: agradables, apetecibles, divertidas, pero quizás en exceso azucaradas y que, en caso de abuso, pueden llegar a empachar.

Esta novela, escrita por la escocesa Dorothy Emily Stevenson (por si alguien se lo pregunta: sí, era pariente del gran Robert Louis), se desarrolla, sin embargo en un ambiente típico -y tópico- inglés: un pequeño pueblecito de la campiña, como hemos conocido en tantas novelas de la misma época de entreguerras que ésta, de tono también humorístico-costumbrista, y escritas por E. F. BensonNancy Mitford, y por supuesto, Wodehouse o Evelyn Waugh. Ambiente inmortalizado también en muchas novelas de Agatha Christie, que tuvo la genial idea de utilizarlo como escenario de intrigantes crímenes y la aún más genial de poner a resolverlos a una apacible ancianita... En esta novela de Stevenson aparecen también los personajes habituales en estas novelas: el vicario, el médico rural, las solteronas, las criadas... y también un misterio se abate sobre el pueblo -llamado Silverstream, en este caso-; pero no es un asesinato, sino el libro que un tal John Smith ha escrito y que se titula, acertadamente, El pertubardor de la paz. Esta novela  ha sido escrita, en realidad , por uno de los habitantes de Silverstream, la muy discreta señorita Barbara Buncle (supongo que nadie considerará esta revelación como un spoiler, teniendo en cuenta el título...), y puesto que, como ella siempre asegura "carece de imaginación", se ha basado en sus propios vecinos para dar forma a los personajes del libro, revelando debilidades y secretillos que sus dueños hubieran preferido que no saliesen a la luz.

La aparición de El perturbador de la paz hace precisamente eso, pues: perturbar la paz del pueblo y saca a relucir lo mejor y lo peor de cada afectado. También, hay que decirlo, sirve de inspiración a alguno que otro... Esto, en realidad, es lo más interesante de la novela de Stevenson: se establece una especie de juego de espejos metaliterario  -o incluso de muñecas rusas- entre la realidad -es decir, la ficción que estamos leyendo nosotros- y la ficción -esto es, la que leen los personajes de la ficción que leemos nosotros-; vamos, que si esto se le llega a ocurrir a un escritor con más renombre literario y/o intelectual (una cosa no conlleva la otra, me temo), se hubiese considerado la caraba y aún se harían tesis doctorales sobre la obra (no me digáis que a Cervantes ya se le había ocurrido algo así, que ésa es otra liga...). La novela -las dos, en realidad, o incluso las tres... y no digo más- también puede promover una interesante reflexión sobre la naturaleza de la ficción literaria, las características de la hoy llamada "autoficción" y sus peligros, que en el libro son reales y nada metafísicos. La novela como es de suponer está escrito en un tono distendido y aun humorístico; de hecho, más de una vez da la impresión de que su autora -me refiero a D.E. Stevenson, no a Miss Buncle- podría haber afilado bastante más su ironía, pero parece que se contuvo  y no quiso hacer sangre con sus personajes. Para el disfrute del lector puede resultar una lástima, claro, pero, por otra parte, también es de agradecer a veces la empatía de los autores hacia sus criaturas. Otro detalle de estilo, al menos de algunos diálogos, es un tono más bien machista que hoy día nos puede chocar - no sé si a todo el mundo, me temo-, pero que supongo era el habitual en 1934... sin descartar que también se debiera a la sutil ironía de la autora.

En todo caso, una novela esta que sin duda hará disfrutar a quien se decida a leerla... a pesar del azúcar. Y si alguien es especialmente goloso, aviso de que existe dos novelas más protagonizados por la encantadora señorita Buncle. Siempre será mejor leerlas que jugar al Candy Crush, desde luego...