miércoles, 4 de marzo de 2009

Irène Némirovsky: Suite francesa


Idioma original: francés
Título original: Suite Française
Año de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

La historia de la creación y publicación de esta obra es doblemente trágica. En primer lugar, porque se compuso contemporáneamente a los hechos terribles que narra: la rápida ocupación de Francia por parte del ejército nazi, y la reacción, no siempre combativa ni solidaria, de los propios franceses ante el desastre. Y es trágica también porque, por esa misma invasión, su autora, una descendiente de judíos rusos que debió huir a causa de las persecuciones bolcheviques, fue enviada a un campo de concentración y no pudo ni concluir la novela tal y como la había planeado (en forma de suite en cuatro o cinco partes) ni ver publicadas las dos partes que sí llegó a escribir en condiciones casi inverosímiles.

La primera parte ellas, “Tempestad en junio”, nos presenta en escenas fugaces a muy distintos personajes sumergidos en el desalojo de París ante la inminente llegada de las tropas, y a los que relaciona el azar. La segunda se centra en los sufrimientos de un grupo mucho más reducido de personajes, habitantes de un pequeño pueblo de provincias sometido a los alemanes. En ambas partes, a Nemirovsky no le interesan los grandes acontecimientos, las batallas, ni siquiera le interesan los invasores; sólo quiere mostrar al lector (al mundo) la descomposición de una sociedad: la francesa de entreguerras.

Se ha dicho que esta obra vale más como testimonio histórico que como obra literaria; que sus textos, sobre todo los de la primera parte, están cerca del reportaje periodístico. En mi opinión, esto no es cierto. No hay más que leer los documentos que en forma de apéndice acompañan a la novela para darse cuenta de que nos encontramos ante una obra de ficción cuidadosamente detallada y planeada; que su autora, al crear (no copiar) los personajes y las situaciones buscaba un efecto estético preciso.

Y desde luego consigue ese efecto. Ayudan a ello la precisión del estilo, y una visión distanciada de la realidad (¡ella, que la estaba viviendo!) aprendida de sus principales modelos, Tolstoi y Flaubert. Ayuda, por supuesto, la disposición de los episodios, cuidadosamente estudiada. Pero sobre todo, la terrible realidad de lo narrado, que nace, no de la copia directa de la realidad, sino de la recreación poética y de una comprensión ácida e implacable de los comportamientos humanos.

La recuperación de la obra de Irène Némirovsky (de la misma autora, merece igualmente la pena El ardor de la sangre, de tono bastante distinto) supone desde luego un capítulo fundamental a la literatura francesa de los años 30 y 40