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sábado, 10 de octubre de 2015

Irène Némirovsky: El malentendido

Idioma: francés
Título original: Le malentendu
Año de publicación:  1926 (en la revista Les Oeuvres Libres)-1930 (como libro)
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Valoración: recomendable

La novela corta El malentendido resulta ser la primera escrita (aunque como libro fuera publicada antes David Golder por Irène Némirovsky, escritora recuperada en los últimos años, al menos en España, no sé si al albur de la moda -feliz en mi opinión- por la novela de "sociedad" de la época de entreguerras. No obstante, al menos por lo que deja ver este título (y por lo que yo sé, también los demás de ella), la narrativa de esta escritora franco-ucraniana noparece tener mucho que ver con la de Benson o Nancy Mitford; en El malentendido encontramos, cierto es, una historia "galante", protagonizada por unos dorados -aunque sea de pacotilla- vástagos de la burguesía -francesa, en este caso-, pero, sin embargo no hay demasiada frivolidad y mucho menos humorismo: El malentendido parece más bien una historia moralizante, aunque no trate de transmitir una moralina anticuada o plúmbea, sino, en todo caso,  una reivindicación de la autoafirmación femenina (no me atrevo a decir tanto como que sea una historia feminista, pero es a lo que apunta).

Porque la novela nos cuenta la historia de un adulterio, desde sus comienzos deliciosos, casi ingenuos, en unas vacaciones, entre la playa de Hendaya y las excursiones por los montes vascos, hasta el progresivo y previsible desencanto en la grisura del París invernal... Ahora bien, Némirovsky no sermonea sobre la indecencia o inmoralidad del adulterio en sí, que se acepta aquí casi como una tradición francesa, al menos de cierta clase social (tradición literaria también), sino que advierte del peligro para las jóvenes esposas de cambiar la tiranía o el aburrimiento de un marido por el que pueden padecer por culpa de un amante. Es más, si ambos protagonistas, Yves y Denise podrían calificarse incluso de un poco cándidos -e incluso "lilas"-, el que peor parado sale en su semblanza es el hombre, por pusilánime, caprichoso e irresoluto (y, en todo caso, quién parece más listo es el marido engañado, que no molesta a nadie, seguramente por estar ocupado con sus propias aventuras). Especial interés tiene la perspicacia con que la autora refleja las diferencias sociales -o sea, económicas- dentro de la clase en la que se desarrolla la historia, la burguesía más o menos boyante, sembrada de sutilezas y laberintos que seguramente ella conocía bien, dada su accidentada biografía: hija de un banquero ruso judío, exiliados tras la revolución del 17, casada luego con un ingeniero metido en finanzas y víctimas, por último, ambos de la barbarie nazi y la cobardía del régimen de Vichy...

Mención aparte merece, sin duda, la excelencia y precisión de la prosa de Némirovsky, más notable aún si se tienen en cuenta sus pocos años (recordemos que la novela se publicó primero en una revista, en el año 1926, por lo que la debió de escribir con menos de 23 años) y que lo hacía en una lengua que no era la suya, aunque es cierto que, al parecer, había sido educada desde pequeña en el conocimiento del francés. En cualquier caso, está claro que, ya desde su primera obra, se trataba de una escritora de fuste y evidente talento, desgraciadamente -e indignantemente- desaparecida demasiado pronto, pero que dejó un buen puñado de novelas que podemos disfrutar ahora, después de tantos años. Yo, desde luego, pienso seguir haciéndolo.

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martes, 3 de abril de 2012

Irène Némirovsky: Los perros y los lobos

Título original: Les Chiens et les Loups
Idioma original: francés
Año de publicación: 1940
Valoración: recomendable

El título de esta novela, la última que Irène Némirovsky publicó en vida antes de ser deportada y asesinada en Auschwitz, hace referencia a la antiquísima expresión francesa que describe las sombras de las últimas horas del día o las primeras de la mañana, "quand l’homme ne peut distinguer le chien du loup"(literalmente, "cuando el hombre no puede distinguir el perro del lobo").

Los protagonistas de la historia, judíos que han huido a París desde Ucrania, se mueven entre el mundo de las luces y el de las sombras. Ada y Ben Sinner son los parientes pobres de Harry, judío acaudalado de Kiev que se casa con una joven francesa de buena familia. Las vidas de los tres se entrecruzarán en un triángulo amoroso en el que la sangre, los orígenes, funcionan como imanes que atraen pero también repelen.

La cuestión de la raza, del yunque que es el pasado, es un elemento clave de la novela. Ben y Harry se parecen "como se parecen el perro y el lobo": el uno está protegido y domesticado, mientras que el otro es un superviviente agresivo y lleno de recursos.

Némirovsky transmite con gran agudeza las angustias y los sinsabores de unos personajes que se elevan a la categoría de símbolos y que, quizá precisamente por eso, resultan en ocasiones un poco inverosímiles: me creo lo que representan, me conmuevo con lo que significan, pero no me trago algunos de sus diálogos o de sus comportamientos, tal vez en exceso arquetípicos.

El final, epifánico, alivia muy necesariamente el lóbrego peso de la novela, que de otro modo habría resultado insoportablemente fatalista. No es un desenlace de cuento de hadas, sino un canto a una vida nueva llena de luz y de esperanza: un liberarse de las cadenas de la raza, que parecía anclar a los personajes a una infelicidad perpetua.


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miércoles, 4 de marzo de 2009

Irène Némirovsky: Suite francesa


Idioma original: francés
Título original: Suite FrançaiseAño de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

La historia de la creación y publicación de esta obra es doblemente trágica. En primer lugar, porque se compuso contemporáneamente a los hechos terribles que narra: la rápida ocupación de Francia por parte del ejército nazi, y la reacción, no siempre combativa ni solidaria, de los propios franceses ante el desastre. Y es trágica también porque, por esa misma invasión, su autora, una descendiente de judíos rusos que debió huir a causa de las persecuciones bolcheviques, fue enviada a un campo de concentración y no pudo ni concluir la novela tal y como la había planeado (en forma de suite en cuatro o cinco partes) ni ver publicadas las dos partes que sí llegó a escribir en condiciones casi inverosímiles.

La primera parte ellas, “Tempestad en junio”, nos presenta en escenas fugaces a muy distintos personajes sumergidos en el desalojo de París ante la inminente llegada de las tropas, y a los que relaciona el azar. La segunda se centra en los sufrimientos de un grupo mucho más reducido de personajes, habitantes de un pequeño pueblo de provincias sometido a los alemanes. En ambas partes, a Nemirovsky no le interesan los grandes acontecimientos, las batallas, ni siquiera le interesan los invasores; sólo quiere mostrar al lector (al mundo) la descomposición de una sociedad: la francesa de entreguerras.

Se ha dicho que esta obra vale más como testimonio histórico que como obra literaria; que sus textos, sobre todo los de la primera parte, están cerca del reportaje periodístico. En mi opinión, esto no es cierto. No hay más que leer los documentos que en forma de apéndice acompañan a la novela para darse cuenta de que nos encontramos ante una obra de ficción cuidadosamente detallada y planeada; que su autora, al crear (no copiar) los personajes y las situaciones buscaba un efecto estético preciso.

Y desde luego consigue ese efecto. Ayudan a ello la precisión del estilo, y una visión distanciada de la realidad (¡ella, que la estaba viviendo!) aprendida de sus principales modelos, Tolstoi y Flaubert. Ayuda, por supuesto, la disposición de los episodios, cuidadosamente estudiada. Pero sobre todo, la terrible realidad de lo narrado, que nace, no de la copia directa de la realidad, sino de la recreación poética y de una comprensión ácida e implacable de los comportamientos humanos.

La recuperación de la obra de Irène Némirovsky (de la misma autora, merece igualmente la pena El ardor de la sangre, de tono bastante distinto) supone desde luego un capítulo fundamental a la literatura francesa de los años 30 y 40.


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miércoles, 27 de abril de 2011

Irène Némirovsky: El baile



Título original: Le Bal

Año de publicación: 1930
Idioma original: francés
Calificación: Está bien


Antoinette Kampf tiene catorce años y sus padres son unos nuevos ricos más preocupados por tener un nombre dentro de la sociedad francesa que por su propia hija. No es que la dejen desamparada (tiene una niñera inglesa que se ocupa de ella veinticuatro horas al día, una reputada profesora de piano, la llevan al mejor colegio, viste los mejores vestidos y siempre tiene todo tipo de comida en abundancia sobre la mesa), pero desde luego no le dan todo el cariño ni le prestan la atención que merece.

Antoinette sueña con crecer, convertirse en una mujer, enamorarse y, sobre todo, reza a Dios todas las noches para que se mueran todos (padres incluídos) los que la dejan de lado. Ignorantes de los sueños y la tristeza de la pequeña, los señores Kampf deciden organizar un baile que reuna a la flor y nata de la sociedad parisina: más de doscientas personas reunidas en la lujosa mansión del matrimonio, bailando al sol de la orquesta y disfrutando de las más lujosas viandas y del más exquisito champán francés. A pesar de todas las expectativas puestas en tal acontecimiento, una decisión repentina de la pequeña hace que la historia tome un giro inesperado y que sus progenitores se enfrenten con aquello que más temen: ellos mismos.

Escrita con la maestría que caracteriza a Némirovsky, El baile es una simpática novela corta que se centra en el universo de una preadolescente. Es interesante y está bien contada, pero, en mi opinión (quizá demasiado influida por lo mucho que disfruté Suite francesa), no deja de ser la crónica de una pataleta prépuber, más un cuento largo que una novela corta. Es decir, que sí, que Némirovsky escribía como una reina, pero la historia tampoco es para echar cohetes.


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sábado, 29 de mayo de 2021

Pierre Lemaitre: El espejo de nuestras penas

Idioma original: francés

Título original: Miroir de nos peines

Año de publicación: 2020

Valoración: Recomendable (con reparos)



Son tantas las sensaciones contradictorias que tengo respecto a Lemaitre y hacia esta novela en particular que no me resultará fácil explicarme pero, con un poco de esfuerzo por mi parte y de atención por la de ustedes, espero quede claro lo que quiero decir. Considero a este escritor, al menos por lo que he leído de él, un virtuoso de la trama, y no estoy haciendo una tautología, pues existen grandísimos prosistas cuyo fuerte no es, precisamente, la ficción aunque lleven décadas triunfando en ella (y el ejemplo que tengo a ras de pluma me lo callo porque no viene a cuento).

Lemaitre, decía. Bien. Cuando alguien tiene esa capacidad para urdir historias, enlazarlas, mantener la tensión desde el principio y dejarnos boquiabiertos, tanto por lo que cuenta como por la impresión inevitable de que de tanta audacia no puede resultar nada bueno, que acabará conduciéndole a un fiasco tremendo, ya que es casi imposible estar siempre a la altura una vez alcanzados esos niveles de retorcimiento argumental. Pero nos equivocamos: Lemaitre colma nuestras expectativas, incluso las supera con creces. Así que, si eso es todo lo que le exigen a una lectura –y no es poco, añado– lo van a pasar estupendamente. Incluso si exigen algo más que eso como es mi caso, porque no voy a negar que no se ha despegado de mis manos desde que la empecé y que sus cuatro centenares y medio de páginas se han disuelto en un suspiro. Aceleras, aceleras, porque cada vez se enreda más la cosa y tienes que saber, ese es uno de los requisitos de los best sellers y este lo es. No del todo, supongo, pero quizá demasiado para el gusto de quien escribe estas líneas.

La publicidad pone el acento en una escena, algo estrafalaria, que igual puede enganchar que disuadir. Ocurre muy al principio y, si bien resulta esencial para el desarrollo de los acontecimientos, podría haberse enfocado de otro modo. Se trata, pues, de un cebo que en este caso puede volverse en contra. Una pista: la vertiginosa carrera por las calles de París de alguien de aspecto insólito ante la atónita mirada de los viandantes. La facilidad de enfrentar al lector con lo que menos se espera, con lo que quizá no haya leído ni visto nunca es otra de las virtudes de Lemaitre. Tampoco se le da nada mal crear personalidades consistentes y atractivas, así tenemos a la buena de Louise, a su madre Jeanne Belmont, al doctor Thirion y su benemérita familia, al señor Jules (¡cómo olvidarlo!), a Gabriel, Desiré, al matrimonio compuesto por Fernand y Alice, a Raoul Landrade, algunos militares y presos etc. Figuras inolvidables a causa de los sentimientos de todo signo que suscitan en nosotros.

¿Y qué decir de la estructura? Pues que es como la masa del pastel (también hay una guinda, ese epílogo para curiosos que se salta la ortodoxia narrativa pero que leemos con placer, estemos de acuerdo o no con utilizar ese recurso). La novela está compuesta de una serie de hilos narrativos independientes que se irán uniendo conforme los acontecimientos vayan conectando a los personajes en el lugar y momento que decida el novelista siempre que resulte verosímil. Porque el argumento puede rozar lo increíble, recordarnos al folletín, parecernos artificialmente forzado en ocasiones, pero –hay que reconocerlo– se mantiene en los límites de lo plausible sin llegar a patinar nunca.

En cuanto a ese escenario de ambientación histórica –la Segunda Guerra– admitamos que no nos cansaremos nunca, al menos una gran parte de nosotros, de leer una y otra vez sobre el asunto. Con esos ingredientes ¿quién no va a resultar trinfador? Pues cualquiera que no tenga la pericia narrativa de Lemaitre, no es tan fácil, al contrario, es extremadamente complicado realizar una proeza como esta.

Y ahora desvelaré la razón de mis constantes alusiones a algo negativo que no acabo de concretar. Me refería a que el camino está sembrado de trampas (literarias, naturalmente), que nos importan muy poco, porque somos como el niño del cuento al que colocan caramelos en el trayecto a la casa de la bruja. Lo hizo en Vestido de novia, pero eso era un thriller y, de alguna manera, forma parte de las convenciones del género, se apartó de ello –o lo disimuló muy eficazmente– en la maravillosa Los colores del incendio. Es verdad que muchos textos de ambientación histórica, o propiamente históricos, abusan de recursos novelescos, pero también hay obras que nos cuentan lo mismo, lo hacen magníficamente sin utilizar potenciadores del sabor, es decir, sin salir de los límites que marca lo que entendemos por calidad literaria. Lemaitre, en un apartado final, especifica las fuentes que ha utilizado, que son muchísimas y muy variadas. Hay que reconocerle –otro mérito más en su haber sobre el que, por cierto, se nos informa a conciencia– haberse documentado exhaustivamente. He leído con mucha atención todos esos títulos porque buscaba uno en concreto, pero no parece que se haya inspirado en él, o al menos no lo incluye. Me refiero a Suite francesa, la impresionante obra póstuma de Irène Némirovsky, ambientada en la misma época, y centrada también en el gran éxodo que la invasión alemana provocó en la ciudadanía francesa, donde la escritora no pudo atar todos los cabos porque quedó inconclusa y a la que, sin embargo, se le puede atribuir una calidad excepcional junto a gran amenidad lectora, y eso sin haber hecho ninguna concesión al gran público. 


También de Pierre Lemaitre: Tres días y una vida, Irène, Vestido de novia, Nos vemos allá arriba, Los colores del incendio

lunes, 4 de agosto de 2014

Colaboración: El ardor de la sangre de Irene Nemirovsky

Idioma original: francés
Título original: Chaleur du sang
Año de publicación: 2007
Valoración: recomendable

El ardor de la sangre, novela póstuma de Irene Nemirovsky, narra la vida de provincias en la Francia del periodo entreguerras. La autora se sirve de Silvio, un soltero que en su edad anciana conserva el recuerdo de una experiencia adquirida en las colonias, en otro mundo, para ofrecernos una perspectiva que penetra en la identidad y las costumbres locales al mismo tiempo que ejerce de ojo crítico respecto a las particularidades de sus vecinos. Esta disección de lo psicológico en lo que atañe al grupo es, probablemente, el elemento más sólido de la novela.

Es más, podría decirse que la trama que se construye alrededor de un crimen pasional y un engaño amoroso es la excusa para mostrarnos un escenario en dos dimensiones. Para empezar, en perspectiva, describiendo cómo la tierra moldea a las personas que en ella habitan mediante la relación del trabajo o de la posesión, porque la incursión de Nemirovsky en el apartado de las herencias es digna de admiración. La segunda dimensión que se muestra de ese escenario es el de la profundidad temporal, especialmente en lo que atañe al pasado de los habitantes de la comarca. Es ese pasado, el pasado de la juventud, tan en relación con la expresión sirve como titulo de la obra (el ardor de la sangre), lo que provoca que los pecados que cometieron los ahora adultos se reflejen en los jovenes.

Curiosamente, pese a darse esa repetición cíclica de la historia, el ardor es el punto de en el que difieren las dos generaciones, siendo los adultos incapaces de entender a los jóvenes. Aunque será esa pasión la que constituirá un tema recurrente en las reflexiones del narrador. Pese a que la obra no ocupe más de cien páginas y la trama peque de cierta simplicidad - posiblemente achacable a condicionantes externos -, la escritura de Nemirovsky ofrece al lector algo todavía más interesante, penetrar en lo más profundo de la identidad, de la historia y del pensamiento de la particular sociedad que retrata.

Firmado: Paulo Kortazar

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lunes, 26 de octubre de 2009

Markus Zusak: La ladrona de libros

Idioma original: inglés
Título original: The Book Thief
Año de publicación: 2007
Valoración: Recomendable

Como dice la contraportada de este libro, esta novela cuenta la historia de una niña, un acordeonista, algunos alemanes fanáticos, un boxeador judío y muchos robos. Pero nos quedaríamos cortos, si dejáramos la sinopsis ahí, porque este libro es algo más que eso.

Para empezar, es la muerte quien narra esta historia, y nos habla de cómo su protagonista, la pequeña Liesel Meminger, es dada en adopción a los nueve años a un matrimonio que vive en la calle Himmel (cielo). Nos habla de su padre adoptivo, un pintor de profesión y acordeonista de corazón que le enseña a leer; de su madre adoptiva, una mujer agria y malhablada pero de buen corazón; de Max, un joven judío al que esconderán en el sótano para que no caiga en manos del ejército nazi; de Rudy, el mejor amigo de Liesel, que la acompañará en sus aventuras y robos de libros y comida, mientras la guerra se convierte en un personaje más de la novela y los bombardeos, las sirenas y el hambre se vuelven omnipresentes.

Si bien hay muchísimas novelas ambientadas en la Alemania (o Francia, por ejemplo, cuya mejor obra, en mi opinión, nos la ha dejado Irène Némirovsky) de la Segunda Guerra Mundial, ésta es, sin duda, una de mis favoritas. Precisamente porque la guerra y las penalidades que trae consigo, aunque visibles, en ningún momento restan protagonismo a Liesel, la gente con la que la pequeña se relaciona o las palabras. Porque La ladrona de libros, ante todo y en contra de lo que pueda parecer en un principio, es una historia de palabras. Las que Liesel aprende a leer con su padre adoptivo, las que aparecen en los libros que roba o le regalan, y las que finalmente traza a escondidas, cuando se decide a contar su historia.

Una novela más que recomendable, realista y bien narrada, que nos recuerda que, a veces, las pequeñas historias acaban siendo las más grandes.