domingo, 25 de agosto de 2019

Julian Barnes: La única historia

Idioma original: inglés
Título original: The Only Story
Traducción: Jaime Zulaika (ed. en castellano) / Alexandre Gombau i Arnau (ed. en catalán)
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Debo confesar, ya de entrada, que pocos libros me han supuesto tanta dificultad a la hora de reseñarlos. Porque tengo sensaciones muy encontradas respecto a la obra que nos ocupa, pues su irregularidad es realmente evidente y eso complica su recomendación. Pero vayamos por partes y veamos el porqué.

Es innegable que Barnes es un narrador con talento y mucho oficio a sus espaldas. Y eso se nota en determinados momentos, pues, consciente de la importancia de empezar una narración con un inicio potente, el autor abre esta historia con uno de esos comienzos que definen claramente, no sólo el propósito del libro, sino también la calidad narrativa del autor y, en este caso, se dirige directamente al lector planteándole uno de los grandes y eternos dilemas:

«¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión.
Puedes puntualizar —certeramente— que no lo es. Porque no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamarlo, pero no es amor.
La mayoría de nosotros solo tiene una historia que contar. No quiero decir que solo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero solo hay una que importa, solo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía».

De esta manera, Barnes deja claro que nos viene a contar una historia sucedida hace años y que presagiamos que no fue siempre satisfactoria; para evidenciarlo, y conocedor a la perfección de su oficio, el autor nos pone rápidamente en antecedentes y define el escenario en el que la historia transcurrió: tiempo (diecinueve años él, cuarenta y ocho ella), lugar (club de tenis) y entorno (alta sociedad).

Partiendo de este inicio, e interpelando directamente al lector y dirigiéndose a él de manera frecuente, nos va explicando la historia y evolución de la relación que Paul tuvo, durante años, con Susan, y estructura la narración en tres grandes (y desiguales) capítulos. Así, el relato arranca con un joven que se enamora de una mujer con la que se lleva prácticamente treinta años y, en la narración, el autor utiliza un lenguaje y trasfondo acorde a la edad del joven, pues elige un estilo muy (demasiado) alegre/fresco/jovial/dicharachero/atrevido con el que nos va narrando sus sentimientos hacia ella y situaciones (o lo que recuerda de ellas) en las que se encontró, así como las reflexiones y cuestiones que sobrevolaban la relación, siempre bajo su punto de vista postadolescente e inocente y sometidos a la parcialidad y subjetividad de la siempre volátil memoria que juega alterando percepciones según el momento en el que es recordada.

Y debo decir, y de ahí la dificultad de la valoración de la novela, que este primer capítulo me parece bastante flojo, pues hay demasiada charla superficial, diálogos insustanciales y carentes de interés, cierta reiteración en las ideas y muy (demasiado) desconocimiento sobre los personajes por parte del lector, pues el autor no profundiza en ellos y parece más interesado en las escenas y circunstancias que en el retrato de los mismos. En esa primera parte, encontramos mucho diálogo (interior o exterior), pero sin que aporte mucho a la narración más allá de la idea de hacernos ver que sí, que el protagonista está enamorado, pero poco sabemos de ella porque su aportación al relato son comentarios ambiguos o enigmáticos. Así, el personaje de Susan está totalmente desdibujado, y da la sensación que al autor no le importa en absoluto, pues la mirada de la historia está exclusivamente centrada en Paul y, a mi entender, es una manera de mostrar su amor incondicional hacia la mujer destinataria de sus atenciones; esta elección narrativa podría funcionar en caso de tratarse de un amor fugaz, pero, en una relación de años, se supone que el protagonista debería conocer algo mejor a su amante y, ya que se dirige de manera habitual al lector, sabérselo explicar para facilitar su involucración emocional en la novela.

Por suerte, entramos en el segundo capítulo y empezamos a ver hacia dónde va la historia, pues se evidencia que el desarrollo de la misma es descomunalmente mejor, ya que el autor abandona el exceso de sentimiento naif y superfluo y, aunque mantiene en gran medida cierta inverosimilitud en la historia, entra en terrenos mucho más pantanosos, en aguas más turbias, con un protagonista que va adquiriendo, a raíz de la dificultad de la relación (por diferentes motivos que no contaré aquí), cierta madurez otorgando una mayor profundidad a la historia y aumentando a su vez la complejidad en los sentimientos que alberga. Aun así, el estilo sigue sin encajar, demasiado inverosímil y alocado, simple y atrevido, con exceso de familiaridad para con el lector que causa de manera automática, no sé si un rechazo, pero sí cierto recelo a la hora de creer lo que nos cuenta. Y la credibilidad es básica en la relación personaje-lector. Pero…

Pero claro, Barnes es uno de esos autores de gran renombre y, a pesar de que durante la primera mitad del libro me era difícil encontrar el porqué, todo cambia superado el ecuador. Y lo hace a un ritmo vertiginosamente in crescendo. Porque aquí ya desaparece la inocencia, la inverosimilitud, la desconexión entre lector y personaje. Ya no hay escenas vacuas ni inocentes, ya no hay diálogos superfluos ni insustanciales. Aquí hay dolor, hay sufrimiento, hay pesar. Y frustración. Y dependencia. Y responsabilidad. Y daño. Y una desoladora pérdida de la inocencia. Porque lo que narra Barnes está repleto de sentimiento y de verdades. Sabe cómo llegar a nuestro interior, tocar aquellas cuerdas sensoriales para que nos podemos ver reflejados en los personajes, por experiencias previas o por empatía, pero los entendemos. Comprendemos totalmente lo que ocurre, lo que pasa por sus cabezas y su corazón, y eso es mérito sin duda del autor, que ha sabido guiarnos a ese lugar oscuro casi sin ser conscientes de ello, porque el descenso al infierno duele más cuando es progresivo, cuando uno se encuentra ahí y se da cuenta que lleva mucho (demasiado) tiempo encerrado y dando vueltas en una espiral de desolación.

Por todo ello, el libro es recomendable, pues superada una primera mitad algo superflua e inverosímil, el torrente emocional por el que Barnes nos arrastra superada la mitad del libro es altamente devastador y genera una empatía inexorable con el protagonista, llevándonos con él a vivir la complejidad sentimental sufrida durante una relación que, con sus altibajos, problemas, inseguridades y dolor, nos deja una sensación en el cuerpo que hace que no podamos olvidar lo narrado durante un buen tiempo. Y eso es algo que seguramente muchos de nosotros buscamos en la literatura.

Otras obras de Julian Barnes en ULAD:  Aquí

2 comentarios:

Gabriel Diz dijo...

Hola Marc, cómo estás?
Lo vi en librerías y me gustó el resumen de la contratapa. No lo compre por la cantidad de libros pendientes de lectura que tengo. Tu reseña me ha convencido: voy a leerlo. Barnes es un escritor con un estilo clásico, muy prolijo en mi opinión. Felicitaciones por la reseña: está bien argumentada.

Saludos

Marc Peig dijo...

Hola, Gabriel. Todo bien, gracias, ¡espero que tu también!
Me alegro de que te haya gustado la reseña y que confíes en mi opinión para decidirte definitivamente a leer el libro.
Espero que coincidamos en la valoración y te animes a comentarlo cuando lo hayas leído.
Gracias por comentar la entrada.
Un abrazo
Marc