martes, 21 de enero de 2020

Irene Vallejo: El infinito en un junco

Idioma: español
Año de publicación: 2019
Valoración: bastante recomendable

Hete aquí el ensayo del momento o al menos eso dicen y al menos en España. Que además, ¡oh albricias!, no trata de política ni de pseudohistoria, sino, por una vez, de algo mucho más interesante y que nos gusta especialmente a los que elaboramos y leemos este blog: los libros. O la Historia de los libros, para ser más exacto, centrada en este caso en su aparición en la antiguedad grecorromana. Libros, bibliotecas, escritores... de todo esto va el ensayo y no podemos sino felicitarnos por ello.

Porque el libro, ante todo, es una delicia. La autora, que no deja de trasmitir en todo momento su entusiasmo por los temas que trata, hace un repaso a la aparición no sólo de los libros, sino de la escritura y de la literatura escrita -también se ocupa de la oralidad, sobre todo en el caso de los aedos griegos-; de la búsqueda de los soportes más adecuados para ello y su conseravación, de la aparición de las bibliotecas y sobre todo, de los lectores, una estirpe que ella reinvidica con orgullo y a la que pertenece, y nosotros también. Una nueva clase de gente que posibilitó, por ejemplo, la trasmisión y el contagio de las ideas filosóficas y de la cultura griega a lo largo del vasto mundo helenístico, romano y hasta nuestros días.

Aunque no sólo se ocupa de lectores y lectoras, claro: también de los escritores, comenzando por el gran y quizás inexistente Homero -aunque también recuerda que la primera persona de quien se tiene constancia de su autoría de un texto fue una mujer: Enheduanna, sacerdotisa y princesa acadia-, y la poetisa Safo de Lesbos (se detiene también en las figuras de otras mujeres notables de la Antiguedad, aunque no fueran escritoras, sensu stricto, como Aspasia e Hipatia). De los guardianes de todas sus palabras: los y las -en este caso, con especial cariño a ellas- bibliotecarias, con una respetuosa atención a Calímaco de Cirene, el bibliotecario de Alejandría que en el siglo III a. C. estableció un sistema clasificatorio que se ha mantenido,en lo esencial, hasta nuestra época. Vallejo nos habla también de libreros,tanto en Grecia -itinerantes- como en Roma, de coleccionistas de alta y no tan alta alcurnia, de los lectores, ya fueran gentes humildes que acudían a las bibliotecas públicas de Atenas o Roma, ya esclavos bien educados que leían papiros en voz alta para sus patricios amos. Y de los primeros críticos literarios, como Quintiliano, antecesor incluso, de los reseñistas blogueros, es de suponer...

Este ensayo, pues, es un panegírico de esta actividad tan placentera y novedosa -los primeros sistemas de escritura apenas tienen 3000 años- que ha cambiado el mundo, convirtiendose en la herramienta más eficaz de transmisión cultural que ha imaginado la Humanidad... Nos explica cómo han ido cambiando los soportes, de las tablillas de barro mesopotámicas a los pairos egipcios, los pergaminos griegos, o los primeros libros tal y como los conocemos ahora, inventados por los romanos -los códices-... hasta los soportes digitales actuales. Nos cuenta asimismo las cuitas de los escritores para poder dedicarse a su vocacion, no siempre demasiado bien vista -aunque también los hubo de gran éxito y fama, como Tito Livio, Horacio o Virgilio-, desde Aristófanes a Marcial u Ovidio, exiliado por su escandalosa obra -para el emperador Augusto-; también, de paso, la autora ejemplifica los puntos que trata con historias de otros escritores de distintas épocas, así como otros libros más modernos: desde, cómo no, El nombre de la rosa a Fahrenheit 451, pasando por el siempre recomendable Goethe en Dachau. De igual manera, utiliza películas y otras referencias culturales e históricas, así como su propia experiencia para hacer más comprensible el tema principal del ensayo, que es el de la invención de los libros en el mundo antiguo, como reza el subtítulo del mismo. Es decir, adopta una técnica habitual en este tipo de ensayos divulgativos, aunque hay que decir que lo hace con más soltura y naturalidad que otros, en los que esta técnica resulta algo forzada. Tampoco es que este sea un libro a lo Tom Holland (no me refiero a Spiderman), por si alguien piensa en compararles... (parece que la autora ha tenido más como referencia El reino, de Carrère, por lo que ha comentado en entrevistas).

En suma, un libro más que recomendable, de agradable y en muchas ocasiones absorbente lectura, escrito con agilidad y elegancia -amén de una gran erudición-, que nos hace sentir, como lectores, formar parte de una tradición o una genealogía que aúna a los mercaderes fenicios y escribas egipcios, a los maestros filósofos griegos y los poetas romanos; a los mercaderes y copistas, a los lectores de toda clase y condición, empezando por aquellos que preservaron, a veces en su memoria, los textos que otros desde el poder pretendían destruir. Una tradición, sin embargo más reciente de lo que podríamos pensar y que aún tienen mucho futuro por delante (y por nosotros, que no quede). Ojalá Irene Vallejo nos siga deleitando con más episodios de esta nuestra historia como amantes de los libros (al menos, que nos narre la resiliente época medieval y la apasionante aparición del libro impreso). 

7 comentarios:

Sandra Suárez dijo...

OFUSCACIÓN

Acuñan moneda desde al menos el siglo V a. de C., para lo cual usan una plancha con dibujos y letras que estampan sobre metal fundido. O sea, que “imprimen” sobre el metal.

Marcan al ganado para diferenciarlo, y a tal fin emplean un hierro candente con una figura o sello que graban en las vacas. Así pues, “imprimen” sobre el cuero.

En algunos lugares conciben elaborar moldes de inscripciones o signos para marcarlos sobre arcilla. Pero cada vez hay que confeccionar un molde entero: una tablilla nueva y distinta para cada estampación.

Nunca se les ocurre hacer moldes encajables de cada letra y unirlos para componer el texto a imprimir.

Es sencillo, pero a nadie se le pasa por la cabeza.

Por ello, durante muchos siglos todos los textos son manuscritos, copiados por amanuenses (de “a mano”) o copistas.

La Ilíada y la Odisea se copian a mano.

Las fábulas de Esopo se copian a mano.

Las tragedias de Sófocles se copian a mano.

Los tratados de Arquímedes y Ptolomeo se copian a mano.

Las obras de Heródoto, de Platón, de Aristóteles se copian a mano.

Los libros de Horacio, de Ovidio, de Virgilio, de Séneca se copian a mano.

Los Evangelios se copian a mano.

Las Mil y Una Noches se copian a mano.

La Chanson de Roland se copia a mano.

El Cantar de Mío Cid se copia a mano.

El Libro de Buen Amor se copia a mano.

…Todos estos textos se manuscriben lentamente, copia a copia, ejemplar por ejemplar. Por eso son poco accesibles, escasos y caros.

Hay que esperar al siglo XV para que a alguien se le ocurra hacer varios moldes de cada letra, ordenarlos sobre una plancha, mojarlos en tinta y estamparlos. Parece que es Gutenberg quien tiene la idea, aunque la ocurrencia es tan buena que enseguida otros lo imitan y se atribuyen su invención. Ha nacido la imprenta.

Rápidamente empiezan a imprimirse libros. Todo el saber humano que hasta entonces se reproducía a mano, con pluma y tintero, letra a letra, copia a copia… pasa a imprimirse mecánicamente. Con la misma máquina puede componerse cualquier texto. De las obras escritas se hacen grandes tiradas y dejan de estar al alcance de unos pocos.

El avance, pese a su simplicidad, cambia el mundo.

Pero antes de esto pasan siglos y siglos (¡dos milenios!) en que la imprenta no existe. Miles de años sin que una técnica así de sencilla se invente.

Es la crónica de la no-invención de la imprenta. De una idea fácil pero esquiva: siglos y siglos, generaciones y generaciones sin que a nadie se le ocurra.

( extraído de http://saizdemarco.blogspot.com )

Antonieta dijo...

Gracias Sandra. Yo creo que falta locura en el mundo, locxs. La normalidad, lo estándar, lo tradicional, lo ordinario, es aburrido, siempre es lo mismo.

Juan G. B. dijo...

Hola a las dos:
Pues no sé por qué a los griegos o romanos no se les ocurrió el invento de la imprenta, que conceptualmente es una idea sencilla y en curstiones técnicas ellos estaban más que avezados (recordemos la increíble ingeniería romana o que el griego Herón ya inventó una máquina de vapor en el siglo I a.C.). Tal vez se deba a que los materiales que empleaban para sus libros, papiro y pergamino, no eran adecuados para algo así, aunque yo creo que secillamente no les hacía falta, pues ya tenían como copustas a multitud de mano de obra esclava, que resultaba más rentable y sencilla de utilizar que ningún posible invento.
Y durante la Edad Media casi no había dedanda de esos libros fuera de los monasterios, y los propios monjes se encargaban de ello (además de salir también baratitos).
En fin, que no lo sé, pero en todo caso, gracias por los comentarios.

Anónimo dijo...

Mejor panegírico o contenido laudatorio, la elegía es para los muertos pero gracias por el trabajazo.

Juan G. B. dijo...

Hola anónimo:
Tienes toda la razón, gracias. Corregido ; )

Anónimo dijo...

Huvo?

Juan G. B. dijo...

Joder, quería poner "huevo"... Gracias por avisarme.