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martes, 19 de noviembre de 2019

David Jiménez: El director


Año de publicación: 2019
Idioma original: español
Valoración: muy interesante

Planteaba hace días matices sobre la oportunidad de ciertos libros y, casualidades o planificación del tsundoku de cada uno, voy a darme de bruces con este El director de cuyos precedentes ya he ido dando cuenta, si bien algunas referencias las he ido consultando a medida que avanzaba en su lectura. Los hechos descritos son tan recientes y tan familiares en sus protagonistas, sean estos nombrados directamente o hayan sido encubiertos por el curioso sistema de apodos, que la sensación es poderosa. Cualquier habitante del estado español que haya tenido una mínima curiosidad por lo que pasa a su alrededor va a encontrarse en estas páginas con muchos hechos que permanecen en la memoria.
Y si googleo sobre este libro lo primero que me encuentro es una velada crítica: acusan a su autor de descubrir la sopa de ajo y el medio que así lo califica es el periódico digital El Español que, casualmente, dirige Pedro J. Ramírez, también antiguo director de El Mundo, cuya imagen no sale muy bien parada aquí. Más búsquedas me manifiestan que ciertos ex-compañeros de Jiménez lo tildan de libro de cotilleos y yo, que queréis que os diga, me siento atraído de forma irresistible por libros que hagan incomodar a quien este libro parece estar incomodando.
Eso ha hecho, claro, que se venda mucho, y me pregunto cómo el brillante Fariña, también en Libros del KO, fue retirado de la circulación por un político pusilánime al que se aludía, y este no. Este circula libremente entre ventas notables y una sorprendente escasa repercusión en los ámbitos en que un libro así debería hacer daño. Me lo explico de una manera bastante triste y resignada. Hace apenas una semana el electorado español ha renovado la confianza de forma mayoritaria en los partidos de siempre con algún conato de renovación pero sin condenar los borrones de sus respectivos pasados. Y ha regalado 52 escaños a los neofranquistas más indisimulados. 
Entonces en un país que vota así nada escandaliza e incluso todo se da por bueno o por lógico. Y lo que Jiménez relata aquí es un solo elemento de ese paisaje desolador. Después de décadas como periodista y corresponsal a pie de cañón en diversas partes del planeta, es sorprendido con su nombramiento como director de El Mundo, periódico español de perfil conservador, famoso tanto por los escándalos que ha ido destapando como por la escasa ética que ha ido mostrando en su recorrido previo: de ser un estandarte de una prensa intrépida e independiente a convertirse en un títere accionado por dos cuerdas tirantes: las necesidades empresariales de beneficios y las presiones políticas ávidas de palmeros que echan una mano en los momentos comprometidos. Jiménez describe aquí, usando motes para cada uno de sus compañeros y superiores más preeminentes (motes que es sumamente sencillo cuadrar con sus equivalentes reales con simples búsquedas en Internet) y otorgando a personajes de la vida pública (monarcas, políticos, empresarios) sus nombres reales y situaciones que, vistas en serie y a lo largo de un período tan corto, no pueden menos que espeluznar tanto por su concentración como por su crescendo ante poderes impertérritos que, en vez de actuar, se conjuran para minimizar sus consecuencias. Jiménez se manifiesta como un periodista vocacional que es embaucado para aceptar un cargo que le obliga a un desagradable equilibrismo en medio de presiones de políticos, empresarios, tertulianos y anunciantes, de los resultados de la compañía propietaria del periódico y de sus accionistas en Italia, de los compañeros y superiores en la empresa que actúan a sus espaldas, de la necesidad de recuperar la pureza de la profesión y adaptarse a los cambios en los medios de información que representa Internet, de eso que se llama transformación digital. Demasiados aspavientos cuando se anda por la cuerda floja. 
Y el libro tiene el enorme valor de ese testimonio que, opiniones y matices al margen, considero completamente validado: le habrían llovido querellas si no fuera así. Aquí hay partidos corruptos, gobiernos, ministros, familia real, policías chantajistas, hablando claro, mucha mierda que salpica a mucha gente y El director, más que inventar lo de la sopa de ajo como escriben con muy mal perder los de otros medios, es una cruel constatación, una escalofriante confirmación de que, en este mundo sobresaturado y multiinformado, la verdad absoluta y desnuda va a dolernos mucho, y que, seguramente por eso, nos la dosifican, o hasta nos la niegan, quienes deberían mostrarla.

domingo, 7 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #7: ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, de Tom Wolfe

Idioma original: inglés
Título original: From Bauhaus to our house
Año de publicación: 1981
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: Muy interesante

La fiebre post-olímpica convirtió la Facultad de Arquitectura de Barcelona en una bomba de relojería. Por una parte, el alumnado estaba masificado y sujeto a un nuevo y leonino plan de estudios plagado de fases selectivas; por otra parte, la plantilla docente —compuesta en gran parte por arquitectos consagrados— era presa de una gravísima epidemia de egos (y bolsillos) inflamados. Tal era el grado de endiosamiento que muchos profesores decidieron poner en práctica un método pedagógico revolucionario: la enseñanza por osmosis. Efectivamente, consideraban que bastaba con verlos o tenerlos cerca para que uno, automáticamente, empezara a pensar y a proyectar como un arquitecto experimentado. Pero al constatar que la osmosis no daba los frutos que se esperaban, solo cabía suponer que los alumnos eran todos unos completos ignorantes y por ello, dos o tres veces al trimestre, se nos invitaba a tirar la toalla e irnos a estudiar Farmacia, entre otras muchas salidas de tono.

Cuando miro hacia atrás y reparo en alguna de aquellas situaciones, me pregunto cómo es posible que ningún estudiante sucumbiera al suicidio u homicidio, y más teniendo en cuenta que nos pasábamos las horas en la sala de maquetas manipulando cúteres, punzones y sierras. Otra cuestión es si sucumbimos o no a la enajenación mental. En mi caso, y dando por hecho que mi cordura —la que fuere— se mantuvo intacta, solo se me ocurren tres posibles motivos: que soy terca, que soy práctica y que siempre buscaba algún refugio para no sentirme como un pulpo en un garaje. La lectura de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? fue uno de esos refugios. 

Resumen resumido: el nacimiento y evolución de la Arquitectura Moderna desde la Europa arrasada de finales de la Primera Guerra Mundial, hasta la fundación de la Bauhaus, su llegada —y colonización— de los Estados Unidos y todo lo que se derivó de ello y que todavía sigue en boga en pleno siglo XXI. 

Tom Wolfe escribió este ensayo después de La palabra pintada, otro de similares características pero centrado en el Arte Moderno. Existen ediciones en las que ambos ensayos se publican juntos ya que comparten tono y argumentario. No hay más que leer el primer párrafo de ¿Quién teme al Bauhaus feroz?:
«Oh, hermoso país, el de los horizontes espaciosos, el del ambarino oleaje del trigo, ¿existe otro lugar en el mundo donde tanta gente rica y poderosa haya costeado y soportado tal cantidad de arquitectura que detesta como el que abarcan nuestras benditas fronteras?» 
Así como en el ensayo sobre el Arte Moderno Wolfe explicaba cómo todo se había desarrollado alrededor de la premisa de huir de la letra (crear obras de arte sin una explicación al margen que las explicara) y cómo el arte había acabado siendo precisamente pura teoría. En este ensayo sobre la Arquitectura Moderna, Wolfe esgrime la tesis de que la premisa acuñada en Europa tras la Primera Guerra Mundial, que era huir de lo burgués, acaba convirtiéndose en puro estilismo costeado por las grandes fortunas estadounidenses. Y huir de lo burgués se traducía en la premisa empezar de cero, algo que todos los alumnos de la Bauhaus repetían sin cesar y que bebía de las mismas fuentes que el manifiesto Ornamento y delito de Adolf Loos. 
A partir de ese punto, Wolfe desarrolla su tesis sobre cómo la premisa se va viciando hasta llegar al punto actual en el que el formalismo y el discurso dejan a la Arquitectura al margen y tenemos varias generaciones de arquitectos que han proyectado sobre el terreno y enseñado en las aulas con ese único propósito. Porque la cuestión que subyace a lo largo de todo el texto es la siempre difícil situación en la que se halla la Arquitectura al ser considerada un arte pero con una clara vocación al servicio de las necesidades terrenales del ser humano. Al fin y al cabo, que cuatro pandillas de artistas plásticos se debatan sobre si el lienzo es material o inmaterial es una cuestión que no afecta a la calidad de vida de las personas. Que cuatro pandillas de arquitectos banalicen con la vivienda social (en la que solo van a poner los pies para hacerse la foto el día de la inauguración) para experimentar sus caprichos estéticos y confirmar sus teorías sobre cómo debe vivir la clase obrera, es otra cosa muy distinta. 

La primera vez que leí ¿Quién teme al Bauhaus feroz? me sentí reconfortada y vigorizada. Porque lo que descubrí en aquellas páginas ya rondaba de algún modo por mi cabeza aunque yo jamás hubiera sido capaz de expresarlo con tanto rigor y desparpajo. Y el modo en el que Wolfe despoja a Le Corbusier de su aura divina me pareció impagable —las teorías de Le Corbusier deben haber propiciado gran parte de los sueños húmedos de tantos profesores de proyectos...—. Wolfe lo baja, efectivamente, de su pedestal:
«Su Vers une architecture fue la Biblia. Hacia 1924 era uno de los genios imperantes de la nueva arquitectura. En su mundo era… ¡Corbu!, del mismo modo que Greta Garbo era ¡la Garbo! en el suyo; y todo por la energía de sus manifiestos, su fervor y un puñado de casitas (...)» 
para ponerlo en el lugar que le corresponde: el de un teórico y comunicador de excepción y ya está. Y lo mismo hacía con el Estilo Internacional, con la Bauhaus, con Gropius… Mi pobre cabecita no estaba acostumbrada a semejante raudal de sensatez e ironía juntas: 
«En Yale, después de una de las apabullantes intervenciones de Fuller, los estudiantes de arquitectura cayeron en un extático trance de acción rebelde y colectiva. Construyeron una enorme cúpula geodésica de riostras de cartón y la colocaron en lo alto de Weir Hall, el edificio neogótico de piedra gris de la escuela de arquitectura, mientras desafiaban al decano a que se atreviese a hacer algo al respecto. No lo hizo y la cúpula se fue pudriendo poco a poco.» 
Sé que llego tarde pero: muchas gracias señor Wolfe.