lunes, 24 de abril de 2017

Octavio Paz: Apariencia desnuda

Idioma original: español
Año de publicación: 1.973
Valoración: Recomendable (aunque con un poquillo de paciencia)

Decididamente, en este blog tenemos un problema con la poesía. Octavio Paz, Nobel de Literatura en 1.990, es universalmente conocido como poeta, por encima de otros géneros que también ha cultivado. Pues bueno, las dos reseñas anteriores sobre el autor mexicano fueron ‘El laberinto de la soledad’ y ‘Traducción: literatura y literalidad’ (ver enlaces abajo) , es decir, dos ensayos. Y como a la tercera va la vencida, esta nueva reseña será también sobre un ensayo, este ‘Apariencia desnuda’ que, como indica su subtítulo, se dedica a estudiar la obra de Marcel Duchamp, artista plástico en sentido amplio.

Duchamp fue uno de los artistas más sobresalientes de las primeras décadas del siglo XX, un tipo inquieto, agitador y decidido a explorar los límites del arte. En el volcánico mundo cultural de la época, Duchamp era el perejil de todas las salsas: va picoteando por Dadá, el fauvismo, el cubismo y el surrealismo, sin terminar de pertenecer del todo a estos movimientos, de los que absorbe cosas y a los que aporta otras; se mueve en el ámbito de los marchantes y las galerías, explora la óptica mediante inventos propios, y transita entre las artes plásticas y la literatura, entre lo visual y lo verbal. Bueno, y se dedica durante años al ajedrez (donde no parece que llegara a brillar demasiado).

Octavio Paz –por lo demás, ensayista prolífico y apasionado del arte- no se anda por las ramas presentándonos la figura del creador francés: despacha cuatro generalidades en unas pocas líneas y se mete de lleno a la tarea de desentrañar unas pocas de sus obras más representativas. Como aperitivo, hace un análisis somero del ‘Desnudo bajando una escalera’, pintura de ecos cubistas en la que se intenta fijar el movimiento desde una perspectiva algo inusual, y los famosos ready-mades, objetos corrientes que se presentan sin transformación como obras artísticas, en actitud desmitificadora y en clara rebeldía contra las ideas establecidas.

Pero a donde de verdad quiere ir a parar don Octavio es a dos de las obras más singulares de Duchamp: la llamada Gran Vidrio (‘Novia desnudada por sus solteros, incluso…’, ésta de aquí al lado) y la instalación conocida como el Ensamblaje (‘Dados 1º La Cascada 2º El Gas del Alumbrado’). El análisis de Paz es pormenorizado hasta el último detalle, exhaustivo, absoluto. Ni siquiera voy a intentar reproducir o sintetizar las ideas que plantea a lo largo de unas 180 páginas (como el 90% del libro) en torno a dos únicas obras. Se puede suponer la inmensa gama de hipótesis y razonamientos que despliega el autor, siempre apoyados en fuentes históricas, mitológicas o filosóficas, no sé, desde el mito de Diana y Acteón hasta la poesía provenzal de la Edad Media, o los distintos significados de la diosa Kali.

Como me resultan más atrayentes las claves generales del arte de Duchamp que la comprensión de aspectos concretos de su obra, me parece especialmente interesante el análisis sobre la interacción entre lo plástico y lo verbal. Duchamp no representa imágenes, sino relaciones, ideas y signos; o más bien las propone. La obra se convierte así en una especie de lenguaje cifrado, siempre empapado de ironía y en el que ninguna interpretación es necesariamente correcta o errónea. Octavio Paz señala la influencia de Raymond Roussel, tanto en Marcel como en algunos otros de su círculo (Picabia, Man Ray), no sólo en su peculiar método creativo, sino también en la utilización ¿casual? ¿cínica? ¿cachonda? del lenguaje. Y, modestamente, yo añadiría que algo de las disparatadas instalaciones de ‘Impresiones de África’ o 'Locus Solus' también ronda entre las obras de Duchamp.

Partiendo de las dos cajas de apuntes y documentos que el artista francés reunió en torno a las obras indicadas, Octavio Paz despliega los amplísimos planteamientos, de alcance a veces mareante, que he señalado antes. Parece ser que el propio Duchamp llegó a leer al menos parte del trabajo de Paz, y vino a decir que de todo lo que se decía en él, no sabía absolutamente nada. Pero tampoco nos fiemos. Parece ser que esta actitud de aparente indiferencia era típica de Marcel y, aunque puede que el autor mexicano se quedase un poquillo cortado ante la afirmación, seguro que Duchamp escondía menos de lo que decía. Pero, claro, el enigma de la obra inacabada y aún no desentrañada no podía echarse a perder por un ensayo brillante.

No voy a ocultar que el libro es sumamente denso y no da respiro, ninguna concesión al lector no interesado (muy interesado) en la materia. Pero si alguna vez quieren ustedes saber cuántas cosas inteligentes se pueden decir sobre algunas de las obras plásticas más crípticas de los últimos cien años, no tienen más que echarle algo de paciencia y leerlo con calma.


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