lunes, 24 de octubre de 2016

Semana del Libro de Culto: Locus Solus, de Raymond Roussel

Idioma original: francés
Título original: Locus Solus
Traducción: Marcelo Cohen
Año de publicación: 1.914
Valoración: Imprescindible (aunque no para todos los gustos)


Olvídense, señores, de las convenciones que tengan interiorizadas a la hora de leer un texto que pueda ser calificado como novela: personajes, desarrollo, lenguaje, argumento. Aquí encontrarán una prosa clásica, meramente descriptiva y casi científica, y ninguno de los demás elementos habituales, al menos, de forma comparable a lo que se acostumbra. Pero vayamos al principio.

Raymond Roussel es un tipo rico que en los primeros años del siglo XX se dedica por entero, entre otras actividades dispersas, a la creación artística. Rabiosamente individualista, trabaja en varias áreas buscando siempre un cauce original para dirigir su creatividad. Como era de esperar, su obra tiene poca o ninguna repercusión fuera de ciertos círculos literarios, como no fuese algún que otro tumulto con ocasión del estreno de algunas de sus obras teatralizadas. Tan sólo los surrealistas saludaron con entusiasmo los desvaríos de Roussel (Bréton comparó su influencia con la de Lautréamont, otro ilustre a quien algo me hace sospechar que pronto tendremos en ULAD), y algunos artistas plásticos reclamaron su herencia creativa. 

Y poco más, durante bastantes años. Hasta que en las últimas décadas del siglo pasado empezaron a aparecer algunos estudios sobre este buen hombre, que tímidamente hicieron reverdecer el interés sobre lo singular de su obra. Pero con todo, siendo sincero, no creo que ese interés vaya a exceder un ámbito muy reducido, ni siquiera en base a la curiosidad o el esnobismo, que de todo hay.

O sea, que seguirá siendo un ‘autor de culto’, lo que quiera que eso sea. 

‘Locus Solus’ es una de las pocas obras de Roussel en prosa. Pero, como decía al principio, poco tiene que ver con una novela, porque aquí no se cuenta ninguna historia. Se trata en realidad de una sucesión de imágenes que tal vez encajarían mejor en la pintura o la escultura, y otras artes visuales, no sé, la fotografía o algún tipo de performance. La cosa es en principio tan simple como esto: Martial Canterel –figura desde luego muy cercana al propio Roussel- es una especie de inventor que, sin limitación alguna de tiempo o dinero, se dedica a algo parecido a la creación pura. Mediante complicadas técnicas y con el apoyo de todo un equipo de colaboradores ha conseguido generar efectos físicos inauditos en objetos y personas, y finalmente ha reunido en los inmensos jardines de su finca una muestra de esas asombrosas experiencias, que muestra a un grupo de espectadores (amigos o científicos, da igual).

En una calculada exposición, empezamos por admirar una escultura de barro de un niño, procedente de Mauritania, que será algo equívocamente sencillo. Porque a continuación vemos por ejemplo una máquina flotante que elabora un mosaico con dientes humanos; una suerte de gigantesco diamante lleno de un fluido donde una ondina genera música gracias al movimiento de su cabellera, junto a una cabeza parlante de Danton; una urna gigante refrigerada en cuyo interior varios personajes representan escenas enigmáticas; o unos insectos modificados quirúrgicamente que emiten luz desde el interior de unos naipes. Entre otras varias cosas, y para no desvelarlo todo.

Cada conjunto –artefacto o instalación, que diríamos hoy día- es descrito con detalle milimétrico por alguno de los atónitos espectadores (a veces pueden ser diez o doce páginas explicando cada mecanismo, cada pequeño objeto o movimiento, así que no nos impacientemos), y a continuación Canterel ofrece una explicación completa de los fenómenos observados, su origen y el desarrollo de sus investigaciones. Todo ello se ve coronado por –o mezclado con- antiguas historias que contribuyeron a definir cada composición, y ahí encontramos leyendas que a veces parecen emparentadas con ‘Las mil y una noches’, episodios históricos con elementos reales o ficticios, o narraciones de tintes policiacos. Son siempre relatos sinuosos, y con frecuencia imbricados unos dentro de otros, que dotan a las fantásticas instalaciones de Canterel de un componente intelectual que las aleja de la mera ocurrencia de un inventor genial.

Pero quede claro que en todo el grandioso repertorio que los visitantes exploran en Locus Solus no hay un solo átomo de magia, misterio o fenómenos inexplicables. Eso es quizá lo más chocante de todo ese mundo extraordinario: todo, por delirante que parezca, tiene una explicación científica y es producto de una escrupulosa racionalidad y de las interminables investigaciones de un genio. Vamos, que le cuadraría a la perfección el concepto de ‘ciencia-ficción’, si éste no fuese atribuido, casi inconscientemente, a los ámbitos que todos damos por supuesto. Y al mismo tiempo explica bien por qué Roussel siempre rechazó verse incluido en el bando de sus admiradores surrealistas.

Roussel escribió también un librito póstumo llamado ‘Cómo he escrito algunos de mis libros’. En él se expone el complejo sistema con el que iba construyendo sus libros, un método basado en juegos de palabras a partir de homofonías, que guarda algún parentesco con la escritura automática y cosas parecidas. Los expertos discuten sobre si ‘Locus Solus’ fue concebido o no a partir de ese ‘procedé’, pero la verdad es que tampoco nos interesa mucho el debate. Lo realmente importante es disfrutar de la colección de ¿disparates? ¿genialidades? que tenemos a la vista, de las variadas historias que acompañan a cada elemento, de ese complicado juego entre lo racional y lo inverosímil.

Es más, incluso diría que debemos disfrutar también de la gran distancia que separa lo que tenemos entre manos de un relato convencional, y para eso sólo es necesario olvidar nuestros prejuicios como lectores y aceptar el código que propone Roussel. No pretendamos entender demasiado ni buscar la lógica. Pocas veces encontraremos algo más sorprendente.