sábado, 8 de abril de 2017

Colaboración. Laurent Binet: La séptima función del lenguaje

Idioma original: Francés
Título original: La Septième Fonction du langage
Año de publicación: 2016
Valoración: Decepcionante

Reconozco haber alabado el puro gesto de esta novela apenas me enteré de su publicación, y no me arrepiento, quién no se maravillaría ante tamaña mescolanza de asuntos en apariencia incongruentes: la muerte “accidental” del semiólogo más famoso del siglo pasado, Roland Barthes, como leitmotiv de una trama detectivesca; un policía, el inspector Bayard, y un profesor de lingüística, Simon Herzog, (arquetípica dupla literaria: el aventurero y el cerebrito) que buscan sino la verdadera importancia de una supuesta séptima función del lenguaje esbozada secretamente por Roman Jakobson, el lingüista ruso, en algún manuscrito perdido o episodio olvidado de la historia. Bueno, hasta aquí bien, excelente, mucho dato, las referencias supuran, rebrotan causando atracciones casi involuntarias.
Y es cuando leo el primer capítulo, que a pesar de una prosa que tiende a parecerse, muy a su pesar, a la prosa de Dan Brown, logra cautivarme por sus cambios de tonalidad: apreciaciones ensayísticas que pasan luego a relatar vertiginosamente algunas escenas de acción sin notársele las costuras. Todo bien. Paso al segundo capítulo, y noto que los recursos siguen incólumes, pero, atención, ya no sé si se trata puramente de un policial, o de un desfile de personalidades históricas, o de postales intelectualoides matizadas, muy a la fuerza, con retratos a lo Easton Ellis de fiestas endemoniadamente gringas pero contextualizadas en la Francia de principios de los 80. A esta altura la verdad es que ya no tengo mucha idea de qué trata. Y no es esto lo que precisamente desvía mi atención, algo que suele ser una característica que le perdono a gran parte de los pocos experimentos narrativos que he leído, sino lo que verdaderamente me preocupa es que a esta altura, a las ya tanta y pico páginas, no sepa aún diferenciar quién es Herzog y quién es Bayard. Expresando los mismos pensamientos y gestualidades, es como si se tratara de los dos nombres de un mismo personaje.
Me doy cuenta, pues, con lamentable entusiasmo, de que el libro es una pirotecnia hábilmente conducida más que un libro propiamente tal; el autor falla en los requisitos mínimos de la coherencia de los personajes, los cuales se muestran planos —como se dice en la jerga—, iguales todos, y no sin falta, mal presentados. No creo tampoco que el poco trabajo con los personajes sea una falta intrínseca. Por ejemplo —guardando las proporciones por supuesto—  los personajes del uruguayo Juan Carlos Onetti hablan todos como Onetti, pero Onetti es Onetti, y en eso no es pecador, es su estilo. Pero Binet, ya, digámoslo, publicó una primera novela muy buena (HHhH, Seix Barral, 2011) en la que ya jugaba con aquel manido recurso del autor-personaje, y que no tuvo estos problemas de delineamiento, pues de cierta forma ya estaban todos creados: un personaje histórico como Heydrich y sus verdugos, y el otro, él mismo, Laurent Binet. Pero ahora se le fue la mano. Con qué poca pericia nos retrata a un Foucault luego de una clase repitiendo como un mono los presupuestos de la biopolítica, o a un Sollers a la mesa con Althusser y Lacan, sobreexcitado y lanzando disparates, escenas que nos recuerdan más a capítulos de Padre de familia o de Friends que a una novela con estas pretensiones; una parodia, una escenificación demasiado plástica, sin el rumor de verdad que pugna en la buena ficción, es decir, lo creíble a pesar de la mentira. Binet, pues, a mi parecer, en ésta, como narrador, fracasa con bombos y platillos.
Hay algo que si bien debería seguir aplaudiendo en esta novela (lo que a grandes rasgos, o en una fórmula sumamente sucinta, resumiría como pop + docto), pero la descomunal falla narrativa acaba por opacarlo todo. Ciertos procedimientos se pasan de tal manera por alto que todas estas reuniones intelectuales en casa de la familia Kristeva-Sollers, o estas extravagantes fiestas a las que asiste un Foucault recién rapado y con chaqueta de cuero, quedan como meras anécdotas ficticias y blandas que hacen usufructo de personajes reales. Y, lo repito, es lamentable que a medida que uno siga avanzando en la lectura no haga más que hastiarse de trucos repetidos, de estos retratos supuestamente cómicos de un Sartre en las últimas, de un eventual presidente Mitterrand, de un joven aún Umberto Eco, donde más que provocar risa (pues los personajes son reconocibles, y en eso el lector atento exige un poquito más de altura en el tratamiento, pues los concibe en toda su complejidad) te dejan descolocado. Por eso al mostrarlos meramente como la superficie, como el puro símbolo vacío: Foucault pervertido y calvo, Barthes pollerudo y gay, Althusser autista y neurótico, Lacan sucinto y grave, es que no logra conmover, y todo parece una farsa, un disfraz demasiado gesticulado. Y con ello, acarreando largamente el aburrimiento del lector, el verdadero atractivo queda menospreciado: el policial y su velocidad. Dos ruinas por pretensioso. El policial se ufana en su intermitencia, en su cruce forzoso de perfiles intelectuales; y los propios intelectuales, interactuando entre ellos como humoristas de stand up comedy, ya no nos arrancan ni una sola risa.


Firma: Ziben de Sastia

También de Laurent  Binet en ULAD: HHhH

9 comentarios:

A. Casares dijo...

Leí esta novela hace poquito, básicamente porque la leyó mi novia y pensó que me gustaría enfrentarme a la versión ficticia de viejos conocidos de la facultad (Foucault, Lacan, Barthes, Jakobson, Derrida y demás). Debo decir que tengo serios problemas con los policiales: no me gustan y los evito tanto como puedo, pero en este caso hice una de las pocas excepciones que me he permitido hacer, y lo leí.

Qué puedo decir. Dista de ser una gran novela. A ratos el cambio de estilo en la narración (del relato propiamente dicho a las divagaciones pseudo intelectuales del autor y luego a la conciencia de los personajes) me molestó un poco, pero tampoco era para tanto. Seguí y seguí hasta terminar y debo confesar que me divirtió. Traté de sacarme de la cabeza la idea del policial y me concentré un poco más en disfrutar con las estupideces de estos personajes inteligentísimos, estupideces que los caricaturizaban más de lo que me hubiera gustado.

Las ideas que tengo sobre algunos de estos personajes chocaron de frente con la forma en la que estaban construidos en la novela, pero bueno, yo no los conocí y probablemente el señor Binet tampoco, así que digamos que fue un empate, ficción contra ficción.

Lo que realmente me gustó es encontrar una disparatada explicación para el célebre asesinato de la esposa de Althusser a cargo del propio filósofo francés.

En fin, no creo que vuelva a pensar mucho en este libro por el resto de mi vida...

Sebastian Diecz dijo...

Claro, es lo que pienso: o es lo uno o lo otro, o los dos a la vez, pero de buena manera. Sin duda que como novela de referencias académicas funcionaría, pero hay que tener en cuenta que el autor está presentando un thriller y la cosa por ahí no funciona para nada. Gracias por tu comentario. Saludos desde Chile!

anton corderí dijo...

Como la novela de Binet esté redactada como tu reseña... Sin comentarios.

Sebastián Diez Cáceres dijo...

Como el breve comentario que haces sin un mínimo de sintaxis, nada.

Anónimo dijo...

Yo no sería tan duro con este libro. Si a HHhH le pondría un sobresaliente, esta novela se queda entre el bien y el notable bajo. Por momentos resulta bastante divertida, aunque es cierto que el conjunto no es redondo. Salvando las distancias, esta parodia feroz de la intelligentsia francesa me trajo a la memoria con frecuencia las "Fabulosas narraciones por historias" de Antonio Orejudo, que sí me parece una novela genial.

Juan G. B. dijo...

Hola:
Me permito intervenir en estos comentarios para añadir que ;
a/ "Fabulosas narraciones por historias" es, en efecto, genial, además de desternillante.
b/ Yo a "HHhH" le pondría quizás un notable, quizás incluso alto, pero me sobra todo el rollo metaficcional, por más que en este, caso, Binet me caiga simpático. Por otra parte, suerte tiene de ser francés, ya que, al haber sido el pobre Heydrich víctima de un atentado, en España la Audiencia Nacional le habría metido un buen paquete ; )

Sebastián Diez Cáceres dijo...

Voy a por Orejudo!

Natàlia dijo...

Me llamaba la atención pero finalmente lo deje pasar, y parece que no me equivoqué.
Un beso ;)

Un libro al día dijo...

Buenas noches: por cuestiones variopintas la reseña que se publicó inicialmente no fue la versión final que su autor nos envió, que es la que ha quedado publicada desde hoy 11 de abril a las 23:32 hora en Barcelona. Pido disculpas a su autor por los comentarios que hayan podido producirse debido a este error que ahora subsanamos. Y ya de paso, incluimos en su firma el link a su blog personal, que voy a permitirme recomendaros pues contiene opiniones interesantes sobre literatura no demasiado divulgada.
Perdón por el pequeño embrollo y gracias por los comentarios y la paciencia.