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miércoles, 17 de octubre de 2018

Semana del arte #3: Tom Wolfe: La palabra pintada

Idioma original: inglés
Título original: The painted word
Año de publicación: 1975
Traducción: Diego Medina
Valoración: Interesante


Tom Wolfe tenía mucha cultura, una aguda capacidad de observación y la habilidad para abordar cualquier tema con rigor. Así que cuando el Arte Moderno se cruzó en su punto de mira, él afiló el lápiz y alumbró La palabra pintada, un ensayo crítico/humorístico cuya argumentación será más o menos acertada (los expertos opinarán) pero es, desde luego, sólida, divertida y tan cáustica como toda la obra de este autor. No en vano el subtítulo es: El arte moderno alcanza su punto de fuga.

Resumen resumido: el Arte Moderno, nacido a finales del siglo XIX con el fin de romper con toda expresión artística anterior que necesitara de una «literatura» para poder ser contemplado, acaba siendo igual de literario y dependiente de una teoría que lo sostenga hasta el punto de que la expresión artística prácticamente desaparece y tan solo queda la teoría.
«Nada de “ver sea creer”, tonto de mí: “creer es ver”, porque el Arte Moderno se ha vuelto completamente literario: las pinturas y otras obras sólo existen para ilustrar el texto»
La palabra pintada es un ensayo corto (144 páginas) que se estructura mediante un prólogo y seis capítulos, cuyos títulos ya nos dan una idea del contenido y el tono: 1.La Danza de los Bohemios / 2. No se invita al público (Nunca se le ha invitado) / 3. El todo Nueva York montado en un caballo cubista / 4. Greenberg, Rosenberg & Lo Plano / 5. Hola, Steinberg (Adiós, Greenberg) (Tú también, Rosenberg) (La alegría vuelve a Culturburgo) / 6. He aquí el paso decisivo.

Los temas concretos que se abordan a lo largo de la argumentación propuesta por Wolfe, resultan bastante polémicos porque apuntan varias cuestiones que no pueden dejarnos impasibles:
  • Que el Arte Moderno, entendido como algo vivo, ya no está en manos de los artistas si no de los críticos (y pone un ejemplo muy interesante en relación a Jackson Pollock).
  • Que el Arte Moderno está secuestrado por el poder económico y depende absolutamente de él.
  • Que el Arte Moderno pereció auto fagocitado por sus propias teorías y por llevar demasiado lejos la máxima de «el arte por el arte».
  • Que así como en literatura, música y otras disciplinas del arte, el gran público forma parte del proceso y su opinión se valora, no sucede lo mismo con las artes plásticas modernas.
Wolfe cierra con un epílogo, clímax de todo lo expuesto, donde expresa de forma más directa su opinión al respecto. Y si Wolfe pensaba todo eso el año 1975, daría cualquier cosa por saber qué opina del Arte Moderno actual. A modo de muestra:
«(…) los científicos de mediados del siglo XX procedían a partir de los descubrimientos de sus predecesores para elevarse desde ellos hasta las alturas… mientras que los artistas, por su parte, ignoraban los hallazgos legados por sus maestros desde la época de Leonardo da Vinci y, aterrorizados, los reducían o desintegraban con el disolvente universal de la Palabra»
La palabra pintada ofrece una lectura amena, divertida y muy interesante en la que se disecciona la cuestión del Arte Moderno haciendo que parezca algo sencillo cuando en realidad no lo es. Se puede leer perfectamente sin tener grandes conocimientos sobre arte pero para que la lectura sea plenamente satisfactoria requiere —o al menos ha sido así en mi caso— de una relectura más atenta ya que aparecen muchas fechas, nombres propios y acontecimientos que pueden hacer que perdamos de vista el juguetón hilo argumental que Wolfe plantea. Porque es a lo largo de ese hilo argumental (perfectamente pautado) que Wolfe desmonta, desmiembra y deslegitima todo el artefacto teórico que llevó al Arte Moderno hasta lo que conocemos ahora. Un baño de ironía corrosiva.

Y lo mejor, como en cualquier lectura a mi parecer, es la reflexión posterior que suscita. Personalmente me ha hecho pensar en un texto de Ortega y Gasset que leí hace años, titulado La deshumanización del arte, en el que se lamenta de cómo el Arte Moderno ha perdido el contacto con la gente para convertirse en algo minoritario... tal vez sea la consecuencia natural de retorcer y encorsetar las pulsiones artísticas que antes eran mejor recibidas. O no. En todo caso, me ha parecido muy plausible que alguien se atreva a bajar al Arte Moderno de su pedestal, con argumentos y con rigor. Así que si es cierto eso de que cada civilización/sociedad necesita sus propios narradores, no hay duda de que Tom Wolfe lo fue de la suya y que los ecos de muchas de sus crónicas aún resuenan con autoridad.

Ya para acabar, decir que no contento con desposeer a la pintura moderna de su halo de magia y exclusividad, Wolfe hizo lo mismo con la arquitectura moderna en otro ensayo de similares características titulado ¿Quién teme al Bauhaus feroz? del que os hablaré en otra ocasión.

Otras reseñas sobre obras de Tom Wolfe publicadas en ULAD: aquí

domingo, 7 de julio de 2019

Semana de la arquitectura y el urbanismo #7: ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, de Tom Wolfe

Idioma original: inglés
Título original: From Bauhaus to our house
Año de publicación: 1981
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: Muy interesante

La fiebre post-olímpica convirtió la Facultad de Arquitectura de Barcelona en una bomba de relojería. Por una parte, el alumnado estaba masificado y sujeto a un nuevo y leonino plan de estudios plagado de fases selectivas; por otra parte, la plantilla docente —compuesta en gran parte por arquitectos consagrados— era presa de una gravísima epidemia de egos (y bolsillos) inflamados. Tal era el grado de endiosamiento que muchos profesores decidieron poner en práctica un método pedagógico revolucionario: la enseñanza por osmosis. Efectivamente, consideraban que bastaba con verlos o tenerlos cerca para que uno, automáticamente, empezara a pensar y a proyectar como un arquitecto experimentado. Pero al constatar que la osmosis no daba los frutos que se esperaban, solo cabía suponer que los alumnos eran todos unos completos ignorantes y por ello, dos o tres veces al trimestre, se nos invitaba a tirar la toalla e irnos a estudiar Farmacia, entre otras muchas salidas de tono.

Cuando miro hacia atrás y reparo en alguna de aquellas situaciones, me pregunto cómo es posible que ningún estudiante sucumbiera al suicidio u homicidio, y más teniendo en cuenta que nos pasábamos las horas en la sala de maquetas manipulando cúteres, punzones y sierras. Otra cuestión es si sucumbimos o no a la enajenación mental. En mi caso, y dando por hecho que mi cordura —la que fuere— se mantuvo intacta, solo se me ocurren tres posibles motivos: que soy terca, que soy práctica y que siempre buscaba algún refugio para no sentirme como un pulpo en un garaje. La lectura de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? fue uno de esos refugios. 

Resumen resumido: el nacimiento y evolución de la Arquitectura Moderna desde la Europa arrasada de finales de la Primera Guerra Mundial, hasta la fundación de la Bauhaus, su llegada —y colonización— de los Estados Unidos y todo lo que se derivó de ello y que todavía sigue en boga en pleno siglo XXI. 

Tom Wolfe escribió este ensayo después de La palabra pintada, otro de similares características pero centrado en el Arte Moderno. Existen ediciones en las que ambos ensayos se publican juntos ya que comparten tono y argumentario. No hay más que leer el primer párrafo de ¿Quién teme al Bauhaus feroz?:
«Oh, hermoso país, el de los horizontes espaciosos, el del ambarino oleaje del trigo, ¿existe otro lugar en el mundo donde tanta gente rica y poderosa haya costeado y soportado tal cantidad de arquitectura que detesta como el que abarcan nuestras benditas fronteras?» 
Así como en el ensayo sobre el Arte Moderno Wolfe explicaba cómo todo se había desarrollado alrededor de la premisa de huir de la letra (crear obras de arte sin una explicación al margen que las explicara) y cómo el arte había acabado siendo precisamente pura teoría. En este ensayo sobre la Arquitectura Moderna, Wolfe esgrime la tesis de que la premisa acuñada en Europa tras la Primera Guerra Mundial, que era huir de lo burgués, acaba convirtiéndose en puro estilismo costeado por las grandes fortunas estadounidenses. Y huir de lo burgués se traducía en la premisa empezar de cero, algo que todos los alumnos de la Bauhaus repetían sin cesar y que bebía de las mismas fuentes que el manifiesto Ornamento y delito de Adolf Loos. 
A partir de ese punto, Wolfe desarrolla su tesis sobre cómo la premisa se va viciando hasta llegar al punto actual en el que el formalismo y el discurso dejan a la Arquitectura al margen y tenemos varias generaciones de arquitectos que han proyectado sobre el terreno y enseñado en las aulas con ese único propósito. Porque la cuestión que subyace a lo largo de todo el texto es la siempre difícil situación en la que se halla la Arquitectura al ser considerada un arte pero con una clara vocación al servicio de las necesidades terrenales del ser humano. Al fin y al cabo, que cuatro pandillas de artistas plásticos se debatan sobre si el lienzo es material o inmaterial es una cuestión que no afecta a la calidad de vida de las personas. Que cuatro pandillas de arquitectos banalicen con la vivienda social (en la que solo van a poner los pies para hacerse la foto el día de la inauguración) para experimentar sus caprichos estéticos y confirmar sus teorías sobre cómo debe vivir la clase obrera, es otra cosa muy distinta. 

La primera vez que leí ¿Quién teme al Bauhaus feroz? me sentí reconfortada y vigorizada. Porque lo que descubrí en aquellas páginas ya rondaba de algún modo por mi cabeza aunque yo jamás hubiera sido capaz de expresarlo con tanto rigor y desparpajo. Y el modo en el que Wolfe despoja a Le Corbusier de su aura divina me pareció impagable —las teorías de Le Corbusier deben haber propiciado gran parte de los sueños húmedos de tantos profesores de proyectos...—. Wolfe lo baja, efectivamente, de su pedestal:
«Su Vers une architecture fue la Biblia. Hacia 1924 era uno de los genios imperantes de la nueva arquitectura. En su mundo era… ¡Corbu!, del mismo modo que Greta Garbo era ¡la Garbo! en el suyo; y todo por la energía de sus manifiestos, su fervor y un puñado de casitas (...)» 
para ponerlo en el lugar que le corresponde: el de un teórico y comunicador de excepción y ya está. Y lo mismo hacía con el Estilo Internacional, con la Bauhaus, con Gropius… Mi pobre cabecita no estaba acostumbrada a semejante raudal de sensatez e ironía juntas: 
«En Yale, después de una de las apabullantes intervenciones de Fuller, los estudiantes de arquitectura cayeron en un extático trance de acción rebelde y colectiva. Construyeron una enorme cúpula geodésica de riostras de cartón y la colocaron en lo alto de Weir Hall, el edificio neogótico de piedra gris de la escuela de arquitectura, mientras desafiaban al decano a que se atreviese a hacer algo al respecto. No lo hizo y la cúpula se fue pudriendo poco a poco.» 
Sé que llego tarde pero: muchas gracias señor Wolfe.

Otras reseñas sobre obras de Tom Wolfe publicadas en ULAD: aquí

martes, 14 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #9: Tom Wolfe: La hoguera de las vanidades


Idioma original: inglés
Título original: The Bonfire of the Vanities
Año de publicación: 1987
Traducción: Enrique Murillo
Valoración: bastante recomendable

¿Pero la Gran Novela de NY no la habría de escribir Auster, o DeLillo, o Roth? ¿Me vais a decir que, tres décadas tras su publicación, este montón de páginas, primera novela de un periodista ya muy reputado cuando la publicó, no ha hallado sustituto a la altura, aunque haya sido llevada al cine (en una versión bastante castradita, si se me permite apuntarlo) y aunque parezca uno de esos libros que uno pondría de ejemplo al lado del término "best-seller"?
Sabéis. A veces, hasta que no he avanzado unas cien páginas en esta clase de libros no me atrevo a empezar a confeccionar la reseña. Con este no me ha hecho falta llegar a la 60. Sabía que acabaría el libro e intuía que se trataba de una apuesta bastante segura. 
Primero: menos de cinco páginas para darse cuenta de que Tom Wolfe es un escritor de primera categoría, solamente algo oscurecido por el curioso uso de las distintas voces para adaptarse al modo de hablar del personaje elegido, que no siempre resulta tan natural como a uno le gustaría, pero que en cualquier caso muestran un escritor comprometido con que sus personajes suenen sinceros y creíbles. Con éxito.
Segundo: la innegable capacidad para que estos personajes atrapen al lector, perdonad el topicazo, pero uno no necesita muchas páginas para imaginar a ese Sherman Mc Coy de nula ética y éxito profesional descollante. El reflejo de la época (que completarían Easton Ellis o Jay McInerney), el lodazal de mierda y vacuidad tras los fiestorros en la planta noventaypico de cualquier coloso, el horror de una sociedad construida sobre la nada absoluta del flujo monetario, de la especulación, del EBITDA y de la construcción de enormes castillos de naipes sobre el futuro de empresas que eran puro humo. 
Y aún no habían llegado las puntocom ni caído las Torres Gemelas.
Tercero: Wolfe no se conforma con eso. No se detiene ahí. Las grandes ciudades y sus barrios Upper y sus apellidos ilustres y el rancio abolengo. Claro que un escritor de éxito y que va siempre vestido de blanco no parece ser el mejor de los ejemplos para zurrarle a los excéntricos que se gastan decenas de miles de dólares en cajoneras que quedan en un rincón o se pasan la vida en restaurantes con colas de reserva para varios meses. Wolfe critica desde dentro pero su crítica no siempre hace sangre.
Cuarto: vayamos valorando el conjunto. Wolfe apuesta de forma decidida por una novela sustentada en una estructura que se ensambla y que se nota influyente en algunos hitos narrativos posteriores. En lo literario, es evidente que un escritor como Franzen toma nota de su ambición, pero permitidme que perciba ese retrato caleidoscópico de New York en el Baltimore de "The Wire", esa necesidad de explicar una urbe a través de segmentos clave en la determinación de su devenir.
Quinto: cuestión que mantiene al lector expectante pero que también hace que ciertas líneas argumentales no lleguen a una conclusión. Una decepción relativa sobre todo al enfrentarnos a ese capítulo final/epílogo algo desconcertante en el cual Wolfe parece (optando por la disposición del texto en modo prensa en las últimas páginas) demasiado propenso a ejemplificar esa dicotomía periodística entre noticia de portada/páginas interiores, aunque a pesar de todo sea un recurso que tendrá sus partidarios.

Tarde para la sinopsis: lo sé, pero vayamos con ello.

Sherman McCoy es un Amo del Universo. Desde su despacho en Wall Street y su apartamento de dos plantas en Park Avenue que vale una millonada, no se siente otra cosa. Aunque no sepa explicarle a  Campbell, su hija de seis años, qué hace para ganar ese millón de dólares anual que permite a su familia el tren de vida de lujo y oropel. Recoge migajas, debería decir, a base de cobrar comisiones de operaciones de bonos, alta ingeniería financiera y alta especulación de la cual su empresa se lucra y de la cual McCoy disfruta a todo tren. Pasta por todos lados, en ropa, calzado, restaurantes, muebles, tejidos que decoran viviendas, chorradas de todo pelaje que McCoy ha asimilado como necesarias para su existencia. Olvidé un detalle. McCoy tiene una joven amante, veinteañera esposa de un empresario anciano. Y sus furtivos encuentros deben producirse en lugares y circunstancias poco usuales. Y una de ellas es que McCoy recoja a Maria Ruskin, que así se llama su amante (luego la prensa la llamará la Morena Cachonda y otras fruslerías) en el aeropuerto. Y volviendo desde allí a Manhattan se pierden con el Mercedes de McCoy, y aparecen en el Bronx , el Bronx de los 80, ese Bronx de películas de pandilleros que ellos tienen grabado en su cerebro. Fuera de su hábitat, dos animalillos asustados que no deberían estar allí, y que resuelven la situación de la manera más desastrosa: creyendo que van a ser atacados, en su huida atropellan a un joven y prometedor estudiante de color del barrio que, pasados unos días, entra en coma. Deciden no informar a la policía. Las influencias de la  madre del muchacho hacen que el caso tome relevancia y la inseguridad de un mando municipal acosado aprieta hacia una solución del caso. Curiosidad periodística de por medio, el cerco se estrecha y McCoy se ve envuelto en una tormenta perfecta. Lo han pillado y su caso se presenta como el paradigma de la equidad. La justicia debe ser ciega justo en ese momento. Te tocó, chaval.

Wolfe decide poner muchas cartas sobre la mesa. Conflicto racial y lucha de clases. Cuitas políticas y del mundo judicial. High society neoyorquina y su insoportable levedad. La cabecita de McCoy con sus miedos justificados y su chulería de clase que entra en demolición, las traiciones cuando las cosas se ponen feas, el funcionamiento de la sociedad y de los peones (policías, abogados, investigadores) que se empeñan en vano en que todo sea justo. Wolfe fue ambicioso como solo puede serlo un periodista de referencia que se asoma a la obra de ficción por primera vez pasada la cincuentena y siendo ya casi un mito viviente. De todo ello era difícil que saliera una mala novela, pero la excelencia queda un poco apartada aún, y seguramente sea así porque, de otra manera, era imposible.

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viernes, 23 de marzo de 2018

Tom Wolfe: Lo que hay que tener

Idioma original: inglés
Año de publicación: 1980
Título original: The Right Stuff
Traducción: Angela Pérez, José Manuel Álvarez
Valoración: muy recomendable alto

Pues Wolfe no era un novelista en estado larvario hasta su eclosión en La hoguera de las vanidades. Diría que al revés: desde su paso a la narrativa de ficción parece que nunca haya dejado de ser un periodista en excedencia. Un nuevo periodista, más concretamente. Lo que muestra en Lo que hay que tener lo pone de manifiesto, y no creo equivocarme, aunque haya quien diga que no todas sus crónicas son de esta brillantez, con lo que he leído aquí mi juicio no va a cambiar mucho. 
El aire acondicionado les golpeó como un muro, Todos quedaron helados hasta el tuétano. Tenías la sensación de haber perdido los dientes. Resultaba que era allí donde iba a celebrarse el pequeño cóctel: en el Coliseo de Houston. Salieron por fin al campo del Coliseo, que era como una gran bolera cubierta. Había miles de personas dando vueltas por allí y una especie de olor increíble y una algarabía de voces y risillas dementes de cuando en cuando. Había unas cinco mil personas sumamente escandalosas, ávidas de lanzarse sobre el asado con ambas manos y devorarlo bien, regado con whisky. El aire estaba impregnado del hedor a carne de vaca abrasándose. Habían instalado allí unos diez hoyos de barbacoa, y estaban asando treinta animales. Y había cinco mil hombres de negocios y políticos con sus consortes, recién salidos de la torridez del centro en julio, deseosos de hundir sus fauces en ellas. Era una barbacoa tejana, estilo Houston.
No narra en este párrafo, es obvio, complicados accionamientos dentro del reducido espacio de una cápsula por parte de un héroe que sabe que en cualquier error se juega el pellejo. Esto es el exagerado agasajo de la ciudad de Houston a siete hombres.

Leer atentamente párrafos como estos es lo que me hace estar seguro de que Wolfe está detrás de algunos de las crónicas que aportan algunas de las mejores páginas de David Foster Wallace. Esa forma de narrar, perdonad que no me documente lo suficiente, no sé si era realmente nueva allá por l980, pero aún hoy suena fresca y descarada, lejos de la crónica y la entrevista felatriz que aún domina en muchas partes (ostentosamente en la televisión, ya que hablamos) y muy cerca de la perfección narrativa. Por eso este libro es un plato de cocción a fuego lento, porque todo lo que ello representa, esa información subliminal que Wolfe nos suministra es digno de disección en sus capas y en su desarrollo. Porque es completamente legítimo quedarse con la primera capa: la historia de los intrépidos hombres que, con muchas bajas de por medio (Wolfe no ahorra truculencias para describir la infinidad de accidentes), se encaminan hacia la gloria de las primeras misiones espaciales y experimentan el enorme subidón de convertirse en héroes de la  nación y depositarios de las esperanzas de Occidente frente al implacable y anónimo avance del bloque soviético, con su perra Laika y Yuri Gagarin y su Sputnik, siempre un paso adelante en la carrera espacial. Solo por la mera información suministrada sobre ese episodio de la historia de la humanidad (me he ahorrado alguna mayúscula, lo sé) el libro ya tendría un enorme valor.
Pero Wolfe deposita huevos de Pascua por doquier, y lo que podría ser narrativa épica y hasta propagandística viene a poner de relevancia todo lo que no es tan brillante. El machismo intrínseco a todo el despliegue (también los rusos fueron pioneros en enviar una astronauta), la sonrojante relegación de las mujeres ("esposas de"), la psicología de los aspirantes a los vuelos, el choque entre la conciencia civil y conciencia militar, la manipulación de la masa, el uso de la propaganda, el despliegue de medios y el despilfarro de recursos. 
Curioso: Wolfe mantiene intacto su toque irónico y su trasfondo crítico y solo levanta el pie cuando habla de Número 61 y Número 85, respectivamente Han y Enos, chimpancés con los que se experimentaron algunos de los viajes de prueba, primates sometidos a expediciones tripuladas en las que eran meros pulsadores de teclas a cambio de estímulos de castigo o de retribución. Curiosamente, en ese tramo del libro Wolfe renuncia a situarse en el cerebro de los aspirantes y a usar su habilidad para la disección psicológica. Una curiosa renuncia que tiene su significado, también. Nada aquí está por casualidad.

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viernes, 7 de febrero de 2025

Tom Wolfe: Los años del desmadre


Idioma original: inglés
Título original: Mauve Gloves & Madmen, Clutter & Vine
Traducción: José Luis Guarner
Año de publicación: 1976
Valoración: recomendable

Quizás valga la pena plantear una cuestión relevante algún día. Sería si la literatura ha de seguir, como otras vertientes artísticas, o culturales, las tendencias del momento, con los riesgos de que ciertas obras queden invalidadas  a la que se suscriben en exceso a las exigencias del momento o, por contra, debe situarse por encima de esa cuestión y brillar por mérito propio sea cuál sea su ámbito temporal. Quizás en esa necesidad de reducir el mérito literario a su manifestación más pura acabaríamos incluso renunciando al aspecto intelectual o subjetivo y quedándonos en la pura expresión sonora. Personalmente, me parecería una subversión. 

A pesar de lo cual, leer a Tom Wolfe en Los años del desmadre me ha dejado una sensación, como mínimo, agridulce. No es que Wolfe no sea punzante, ácido, incluso vitriólico, como en sus otras obras. No es que su estilo se resienta de esa dispersión temática. Es que, en este contexto, y no niego que también por la expectativa que me generaba esa mención a los años 70, algunos de sus escritos me han sonado rancios y almidonados. Como los cuellos de esas camisas que parecen ser su obsesión (no está de más recordar el curioso aspecto del escritor, vestido de un blanco riguroso cuando ya era una celebridad), muchos de estos escritos acusan una resonancia – muy neoyorquina por cierto – entre la pedantería y la necesidad burguesa de epatar. Y como si se tratara de un escritor diferente, en el formato corto, al escritor aclimatado de obras como La hoguera de las vanidades o la infravalorada Todo un hombre, demasiadas veces he tenido la sensación de leer a un escritor excesivamente pendiente de demostrar su vasta cultura urbana, su condición de estrella literaria de primer nivel en el punto neurálgico de la cultura global. Como si se sintiera demasiado cómodo en esa atalaya y como si tuviera una percepción algo elitista de su condición, una desbordante seguridad en que sus opiniones iban a ser celebradas y asumidas.

Aquí sus relatos y los diferentes temas abordados tampoco ayudan a situar estos textos en ese escenario utópico de atemporalidad, pues hay que recordar que, sobre todo, se trata de artículos publicados en medios USA y muy adscritos al entorno: Vietnam, figuras de la escena cultural estadounidense, o cualquier tema por prosaico o frívolo que sea permite a Wolfe desatar su prosa corrosiva, desinhibida, ácida y desbordante. Un relativo doble hándicap para un disfrute absoluto: cierta tendencia autoreferencial a ese mundo restringido y endogámica que es la intelectualidad neoyorquina, y una obvia adscripción al tiempo y momento en que estos escritos se generaron. Esos años 70 a que el título hace referencia que (salvo que Trump decida, cualquier día, lo contrario) ahora nos parecen entrañablemente lejanos.

Más libros de Tom Wolfe reseñados en ULAD: Aquí

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


lunes, 29 de junio de 2026

Tochoweek VI #1 Andrew O'Hagan: Caledonian Road

 

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2025
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Valoración: bastante recomendable

Dios: soy tan poco anglófilo que ni siquiera me gustan los Beatles (ni los Stones). Así que cuando una novela de más de seiscientas páginas* es proclamada como la Gran Novela Londinense, apenas siento una cierta curiosidad. Gran Novela Londinense: o sea, ¿vamos a tener una Gran Novela para cada gentilicio? Pasaremos de la Americana a la Barcelonesa, ¿llegaremos a conocer la Gran Novela de Motilla del Palancar?**

Supongo, para empezar, que ese grandilocuente apelativo requiere que, de alguna manera, una novela sea ambiciosa, sea de amplio espectro, incorpore algún elemento que la permita convertirse en definitoria, al menos, del momento en que transcurre. 

Bien, esto Caledonian Road lo cumple. Aunque haya que aportar el matiz de que vivimos en tiempos en que todo sucede muy deprisa, pero al menos nos alcanza la memoria de los grandes trazos que sitúan en contexto la obra, y de algunos, aunque nos suenen lejanos, aún no nos hemos olvidado: Covid, Brexit, Bitcoin, guerra de Ucrania, Epstein files. Sí, desde luego una buena amalgama para empezar. O'Hagan crea una novela coral cuyas piezas empiezan a encajar pronto. Obviamente hay influencias palpables, ese retrato social que muestra las desigualdades dentro de una gran ciudad de Occidente ya lo hizo Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades, quizás algo más extremo y sin tantas interacciones como las que O'Hagan nos procura aquí.

Campbell Flynn, un escritor que ha tenido un enorme éxito con un libro sobre Vermeer, ha empezado a acumular deudas, las propias de su excesivo estilo de vida. Conectado con la clase alta británica (que sale muy mal parada, algunos diálogos protagonizados por aristócratas son delirantes, por estúpidos, por hipócritas, o directamente por surgir de un universo paralelo de despilfarro y pedantería),  pero Flynn disfruta de influyentes conexiones en el who's who de la ciudad, lo que le permite trazar un extraño plan: publicará, con un torpe joven actor como cara visible que prestará su nombre, un polémico libro de autoayuda. Necesita dinero, necesita no poner su prestigio en tela de juicio, y Elizabeth, su paciente y aristocrática esposa, sin enterarse de nada de lo que ocurre a su alrededor, comprenderá su situación, aunque sea de forma transitoria. Hay muchos personajes aquí: Milo, un alumno suyo muy hábil en la darknet, le sirve de cicerone en las nuevas tecnologías. Moira Flynn, su hermana, es una diputada laborista que intenta mantener una postura ética enmedio de las tormentas que se generan por doquier. No así William Dyre, amigo de la infancia, de alguna escuela y universidad elitista, este ya pringado hasta el tuétano: relacionado con prebostes de la oligocracia rusa residente en Londres, sus tentáculos llegan hasta bien abajo y con muchas sucias raíces: tráfico de inmigrantes, cultivos de marihuana, empresas textiles que explotan sin escrúpulos, Dyre lleva una existencia que combina presencia en selectos actos y amantes jóvenes enganchadas a las drogas. También tiene un hijo, Zak, una especie de eco-yuppie que ha decidido plantar cara a la figura paterna sin renunciar a su privilegiado estilo de vida.

Seiscientas sesenta páginas de constantes cambios de escenario y de, alguna vez, difícil seguimiento de las tramas. Vamos de salones de enormes pisos repletos de caras obras de arte a estrechos apartamentos de inmigrantes polacos obligados a buscarse la vida. Quizás, en ese afán de completar el cuadro, Caledonian Road se acerque algo al registro de un best-seller, pero los retratos de los personajes son claramente literarios, sus trazos son definidos con matices y sus dudas y contradicciones no se esbozan a brochazos. Flynn parece el anti-héroe torturado e inseguro que piensa que su situación se arreglará algún día, de alguna manera. Dyre, el potentado arrogante e inmoral, pagado de sí mismo que sabe que siempre va a contar con una vía de escape. Los jóvenes que aparecen en la novela cubren todas las posibilidades, desde los desgraciados que han estado en el momento inadecuado en el escenario de un crimen o en el interior de un contenedor, hasta aquellos que parecen mantener una postura ética inquebrantable. 

Caledonian Road, que toma el nombre de una de esas largas calles que atraviesan la ciudad y en la cual hay enormes desniveles sociales, es una buena novela, quizás la necesidad de O'Hagan de atender tanto personaje y dejar trazos nítidos de cada uno sea lo que justifique su extensión. A lo mejor O'Hagan necesita eso para completar su socavada denuncia de la sociedad british, en la que, aunque haya que recurrir a la traición, cuanto más alto se está en el escalafón social, más segura es la impunidad, sea por los medios que sea que esta se alcance. Es una novela intensa, a veces algo difícil en su seguimiento, pero, sin dudas, brillante e interesante.

*Umbral no escrito que la certifica como tocho

**Sin ofender: broma interna del blog que llevaría varias reseñas adicionales explicar

jueves, 9 de septiembre de 2021

Juanjo Sáez: El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2006
Valoración: Recomendable

Cuando estaba en tercero de arquitectura nos hicieron leer un fragmento de La deshumanización del arte de Ortega y Gasset. Un ensayo de 1925 en el que analizaba la desafección del público por el arte contemporáneo. No solo no me gustó lo poco que leí si no que me produjo rechazo. Cierto que solo era un fragmento y que no he vuelto a acercarme a esa obra desde entonces, pero la imagen que se me quedó fue la de un filósofo cultivado instando al pueblo en esforzarse en la contemplación del arte contemporáneo. 

Y había que esforzarse porque quedaba claro que el arte contemporáneo no iba a poner nada de su parte. Afortunadamente para mí, meses más tarde di con La palabra pintada de Tom Wolfe en la librería de la facultad y no muchos años después, supe de la publicación de esta obra de Juanjo Sáez que me ganó ya solo con su título y su subtítulo.

Resumen resumido: un joven dibujante profesional mantiene con su madre una serie de conversaciones a caballo entre el mundo real y el mundo imaginario. Su objetivo, mostrar de un modo sencillo y sin grandilocuencia a su madre (una ama de casa sin apenas formación) y de paso al lector, qué es para él el arte moderno y cómo ha evolucionado hasta nuestro días, con todas sus virtudes y todos sus vicios.

Ni que decir tengo que en su momento el efecto de esta lectura en mí fue absolutamente liberador; la re lectura para la reseña, por su parte, ha sido reconfortante. El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre es un ejercicio de desmitificación desde la generosidad y la humildad, con un discurso nada erudito ni elitista, algo a lo que no estamos acostumbrados cuando nos aproximamos a esa espinosa cuestión que es el ARTE MODERNO. Pero ¿qué es lo más característico de este libro?
  • El estilo gráfico, sin duda, que ya es un sello propio del autor que huye deliberadamente del realismo, del detalle y de la perfección: los personajes están dibujados prácticamente de un solo trazo y no tienen cara, el texto es caligrafía a mano no exenta de tachones y de renglones irregulares, y el trazo a menudo desafía a las leyes de la perspectiva. Pero Juanjo Sáez no dibuja así porque no lo sepa hacer «mejor», si no que adopta este estilo como manifestación de lo que él cree firmemente que debe ser el arte, tal como explico en el siguiente punto.
  • El discurso sobre el arte como algo sensorial, personal y al alcance de todos, con independencia de formación, ideología o estatus. Un arte democratizado, a fin de cuentas. Y a pesar de la visión personal y terrenal del asunto, el discurso se sustenta sobre una gran cantidad de ejemplos y datos de artistas, obras y movimientos que facilitan al lector el acercamiento a conceptos complejos que de otro modo resultarían inaprensibles y correosos.
  • El punto de vista y el tono con el que se desarrolla el discurso está muy bien elegido ya que si el arte está ahí para cualquiera que quiera disfrutarlo, qué mejor que explicarlo del modo más sencillo y cercano posible, como si charlaras con tu propia madre. De ese modo ya no es solo un discurso teórico si no una narración repleta de humanidad, emotividad y pequeños conflictos cotidianos con los que resulta muy fácil empatizar. El personaje de la madre es todo un arquetipo.
Así que por lo menos, Recomendable, para interesados en el Arte Moderno y para no interesados también. Porque al final no deja de ser una narración honesta, certera y muy simpática, cargada además de sensibilidad y empatía. No como Ortega y Gasset.

sábado, 15 de marzo de 2014

Gay Talese: Honrarás a tu padre

Idioma original: inglés
Título original: Honor Thy Father
Traducción: Patricia Torres Londoño
Año de publicación: 1971
Valoración: recomendable, si te interesa el tema

            Gay Talese es uno de los principales representantes, junto a Tom Wolfe, Norman Mailer y, sobre todo (o antes que todos) el gran Truman Capote, del llamado “Nuevo periodismo americano”, una corriente que, por sintetizar, en los años 60 y 70 comenzó a explicar la realidad de su tiempo, pero utilizando también para ello los recursos narrativos de la ficción, y cuya influencia decisiva se deja sentir incluso hoy en día tanto en el periodismo como en la literatura.

            Precisamente este libro es uno de los mejores ejemplos de este concepto. En él se cuenta la caída en desgracia de Joseph Bonanno, el capo de una de las familias mafiosas neoyorquinas y, paralelamente, el proceso de extrañamiento de su hijo Bill  hacia esa vida mafiosa que él había heredado. De hecho, la génesis de este libro tuvo que ver con la relación y posterior amistad que trabó Talese con Bill Bonanno, y es la figura de Bill y los vínculos tanto con su padre como su modo de vida, el eje a partir del cual se estructura (ya desde el título), todo el libro. Este personaje real nos remite de forma inevitable a otro inventado: el Michael Corleone de El Padrino. Es más, la novela de Puzo apareció en 1968, durante la época que se narra en el libro de Talese y en Honrarás a tu padre incluso se hace una referencia a ella (elogiosa), por parte de Bill Bonanno, posible inspirador de ese alter ego literario. La diferencia está en que el personaje de Michael Corleone, también por honrar a su padre, recorre el camino desde una vida “normal”, fuera de la Cosa Nostra, hacia la vida mafiosa, mientras que al Bill Bonanno real lo que le ocurre es lo contrario: lo que se cuenta es su tránsito desde su compromiso con la Mafia (es decir, ante todo con su padre), hasta su desvinculación con ésta.

            Todo esto escrito con la elegancia que caracteriza a Gay Talese (y no sólo como escritor). Quizás, eso sí, con una prolijidad que da un tono demasiado moroso, incluso apacible, teniendo en cuenta que habla de una banda de criminales. No sería de extrañar que esta morosidad algo anestesiante hubiera sido buscada ex profeso por el autor, que pasa de puntillas, con exquisita discreción, sobre los detalles más escabrosos de las actividades de estos entrañables mafiosos. Tampoco es que engañe a nadie, don Gay. Él mismo ha reconocido en muchas entrevistas que llegó a hacerse amigo, o al menos a merecer la confianza, de aquellos “hombres hechos” y que no hubiera sido correcto acusarles después en su libro de los delitos que sin duda cometían. Noblesse obligue.

            Lo que ya resulta más cuestionable es que Talese, hombre a todas luces inteligente y capaz de análisis profundos, se apunte a la tesis “buenista” sobre que la Mafia siciliana tiene su origen en una respuesta popular a los abusos por parte del poder político o a la ausencia de éste (más bien hay que ver a la Cosa Nostra de Sicilia como un instrumento de dominación, a través del ejercicio de la violencia, al servicio del poder establecido; eso sí, llegando a sustituirlo allí donde no llega o en los momentos en que ha estado inoperante). De igual manera, es evidente, sobre todo si se conoce alguna cosa sobre los hechos de los que se habla en el libro (aunque si no, también), es decir, la debacle de los Bonanno al frente de su propia “familia”, que lo que se cuenta es la versión que los protagonistas han querido trasmitir. Por tanto, es un relato ejemplarmente “mafioso” (tampoco pretendo insinuar que Talese estuviera conchabado o a sueldo de los Bonanno, claro), en el sentido de que sus personajes dan una versión no falsa, pero sí de una conveniente parcialidad y desde el punto de vista más adecuado a sus intereses; de hecho, Bill insiste más de una vez que la organización que su padre dirigía no resultaba muy diferente de una corporación industrial o financiera,por lo que tanto él como su padre, el llamado "Joe Bananas",  no serían más que altos ejecutivos o gerentes del equivalente a la Coca-Cola o la General Motors. Puede que tuviera razón, pero también es evidente que estaba siguiendo una estrategia más sofisticada, aunque también puede que más efectiva, que la de la famosa omertá. Y a la que la familia Bonanno resultó ser bastante aficionada: Bill, posiblemente motivado esta vez  por su falta de fondos, escribiría él mismo más tarde sobre su vida. Incluso co-escribiría más tarde una novela The good guys, junto a nada menos que el agente del FBI  Joseph Pistone, el famoso “Donnie Brasco” que se infiltró en la familia Bonanno en los 70.  También su esposa Rosalie (sobrina además de otro capo, Joe Profaci), publicaría sus memorias, tituladas de forma elocuente: Marriage Mafia.

Y hasta su propio padre, el capofamiglia Joseph Bonanno escribiría en 1983 una autobiografía vindicativa de su "honor" y su “tradición”. Y la estrategia no funcionó mal, ciertamente, pues acabó falleciendo a los 97 años, en su propia casa, de muerte natural. Pocos mafiosos pudieron decir lo mismo.


lunes, 14 de mayo de 2012

Terry Southern: A la rica marihuana y otras especias...

Idioma original: inglés
Título original: Red-dirt marijuana and other tastes
Fecha de publicación: 1967
Valoración: recomendable

Terry Southern (1924-1995) fue uno de los escritores más influyentes del pasado siglo. Escribió relatos, novelas, ensayos y guiones (tanto para el cine –Easy Rider, entre otros– como para la televisión) y Tom Wolfe dijo de él que fue el creador del Nuevo periodismo, esto es (a grandes rasgos), de combinar lo mejor del periodismo con lo mejor de la literatura y alejarse de lo que hasta entonces se consideraba el periodismo tradicional.

Tanto si fue el creador de ese movimiento estilístico como si no, lo cierto es que los textos de Southern se salen de lo común. En este libro (que reúne escritos publicados en la revista Squire, entrevistas y un par de piezas dramáticas) el autor se vale de las drogas, tanto legales como ilegales, para darle un repaso a la política exterior estadounidense, a la CIA, a la moral imperante, a la música y a lo "moderno" (Eres demasiado hip, tío), entre otros temas.

Aunque no seamos fans del Nuevo periodismo, sin duda estos textos no nos dejarán indiferentes. Southern utiliza un estilo cuidado y sarcástico, caracterizado por un ácido humor negro (como en el hilarante relato La carretera que sale de Axotle) y una absoluta falta de pelos en la lengua para llevar al lector adonde él quiere y mostrarle cómo son ciertas partes de este mundo que sin duda desconoce.

Otros libros de Terry Southern reseñados en Un Libro Al DíaEl cristiano mágico