Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable
Con tantos escritores y tantos libros que se parecen peligrosamente los unos a los otros, hasta el punto de hacerse indistinguibles, cuando se descubre una voz diferente, con personalidad, con un estilo propio, esto es una alegría y una sorpresa muy agradable. Eso me ha pasado con David Toscana, al que no conocía hace un mes, y del que he leído dos libros seguidos (que voy a reseñar también seguidos), y seguro que no serán los últimos que lea de él.
Cuando digo que David Toscana tiene una voz diferente no quiero decir que no se parezca a nada ni a nadie (como si eso fuera posible). De hecho, sus referentes fundamentales (Cervantes, Rulfo, Donoso, García Márquez...) aparecen en cada entrevista que da, y también son reconocibles en su obra. De Cervantes toma el tema de la locura, que permite dar rienda suelta a la fantasía sin salirse del realismo; de Rulfo, los paisajes del desierto mexicano, y los personajes que están derrotados antes incluso de empezar a luchar; de García Márquez, el cuidado por el estilo y el lenguaje.
El último lector, la primera de las novelas que he leído de Toscana (no confundir con una obra del mismo título pero de Ricardo Piglia) tiene un principio propio de novela policiaca: Remigio, habitante de Icamole, un mísero pueblo en merio del desierto donde casi nunca llueve, descubre en el fondo de su pozo el cadáver de una niña. No se sabe nada de ella: quién es, de dónde viene, quién la ha matado. Asustado por las posibles consecuencias, se lo cuenta a su padre, el bibliotecario Lucio, quien le aconseja que haga como el personaje de una novela, y entierre el cadáver entre las raíces.
A partir de ese momento, es Lucio, "el último lector", quien pasa a ocupar el centro de la escena, interpretando todo lo que sucede en el texto a través de sus lecturas, y la novela se transforma en un ejercicio metaliterario en que el bibliotecario actúa como crítico, como narrador y también como censor. Pero no censor en función de criterios morales (las escenas de sexo le gustan bastante, de hecho), sino de criterios estilísticos: no soporta que los autores mencionen las marcas de ropa, de perfumes, de sombreros; tacha los adjetivos innecesarios y tópicos; exige que los autores sepan de lo que hablan y no se sirvan de tópicos melodramáticos para salr del paso...
Así contada quizás la novela no parezca nada especial (un ejercicio quijotesco más, como muchos otros), pero a todo lo anterior hay que sumarle dos de las mayores virtudes de David Toscana: su sentido del humor, irónico pero amable, sobre todo con los personajes desfavorecidos, y su cuidado del estilo, que sin ser pedante ni rebuscado huye del estilo transparente y conversacional que domina mucha literatura actual. Y todo ello en un paisaje desértico que tiene resonancias históricas (en Icamole libró Porfirio Díaz una batalla que después se atribuyó a Pancho Villa, que queda más chic) y míticas (la travesía del desierto, etc.).
De los párrafos anteriores se puede deducir que David Toscana se encuentra más próximo de los escritores del boom (aunque sin realismo mágico) que de los grupos llamados McOndo o Crack, a pesar de que generacionalmente le corresponderían estos últimos. Su renuncia a los espacios urbanos, su renuncia a la (pos)modernidad y a sujetarse a las últimas modas (la narco-narrativa, por ejemplo) le sitúan un poco al margen de las tendencias dominantes en la narrativa mexicana. Y sin embargo, hace tiempo que no encontraba un escritor con tanta personalidad y al que me apetezca tanto seguir leyendo.
El siguiente: El ejército iluminado.
También de David Toscana en ULAD: El ejército iluminado
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miércoles, 4 de mayo de 2016
jueves, 5 de mayo de 2016
David Toscana (2x1): El ejército iluminado
Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable
Segundo libro seguido que reseño de David Toscana, y segundo "Muy recomendable" que le pongo; y este es un "Muy recomendable" un poco más alto que el anterior, muy cerquita del imprescindible. Hay varias cosas en común entre El último lector y El ejército iluminado. Para empezar, el situar la acción en el norte de México, cerca de la frontera con los Estados Unidos, en un Monterrey preindustrial y nacionalista. También el estilo, que es al mismo tiempo fluido y cuidado, y el sentido del humor, que en este caso es todavía más ácido y más irónico.
Pero la trama de la novela es lo que la distingue; la trama es una genialidad. El protagonista es Ignacio Matus, un profesor de escuela obsesionado por devolver a México su gloria, y por vengar la afrenta de los yanquis. Su primera tentativa consiste en correr un maratón en solitario, al mismo tiempo que se está celebrando el maratón de los Juegos Olímpicos de París de 1924 (una tentativa en la que saldrá bien parado, porque consigue mejor tiempo que el atleta estadounidense favorito, pero claro, nadie llega a saberlo).
Pero es el segundo intento el que centra la novela: en 1968, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de México, Ignacio Matus tiene la quijotesca idea de crear un ejército con el que recuperar Texas de los yanquis. Y este ejército lo conforman cinco de sus alumnos: cuatro niños y una niña, con limitaciones intelectuales, de motricidad, de madurez, de todo. El primero de ellos, Comodoro, es un niño gordo, torpe y poco avispado; el Milagro no para de temblar; Cerillo es un chavalín siempre callado y vestido con una ridícula ropa blanca... Pero para los quijotes estas limitaciones físicas no son importantes: con este "ejército iluminado" Ignacio Matus se dispone a cruzar el Río Bravo, reconquistar El Álamo y empezar una revolución en la que el pueblo mexicano sin duda habrá de seguirle...
El ejército iluminado es en cierto modo una novela divertida y triste (como el Quijote, también): sus protagonistas están destinados a fracasar, pero en su fracaso hay más dignidad que en la victoria. Ignacio y sus cinco Sanchos creen en la empresa, y la persiguen aun sabiendo que les puede conducir a la muerte. Son ridículos, pero son honorables. Y mantienen su compromiso incluso cuando la realidad se les impone. La ternura que el narrador muestra hacia ellos los salva de ser personajes cómicos planos y desinteresantes: es imposible no querer a Comodoro, a Azucena, al Milagro, a Cerillo...
David Toscana ha dicho, en varias entrevistas, que cada novela suya es una reescritura del Quijote. En las dos novelas que he reseñado esto es muy evidente: en El último lector, el elemento cervantino adoptado es sobre todo el metaliterario; en El ejército iluminado, la figura del protagonista, enajenado por una fantasía y confrontado con una realidad mezquina pero tozuda. Si tuviera que elegir entre las dos novelas, elijo El ejército iluminado, quizás, precisamente, porque es menos literaria, más humana y también más política.
También de David Toscana en ULAD: El último lector
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable
Segundo libro seguido que reseño de David Toscana, y segundo "Muy recomendable" que le pongo; y este es un "Muy recomendable" un poco más alto que el anterior, muy cerquita del imprescindible. Hay varias cosas en común entre El último lector y El ejército iluminado. Para empezar, el situar la acción en el norte de México, cerca de la frontera con los Estados Unidos, en un Monterrey preindustrial y nacionalista. También el estilo, que es al mismo tiempo fluido y cuidado, y el sentido del humor, que en este caso es todavía más ácido y más irónico.
Pero la trama de la novela es lo que la distingue; la trama es una genialidad. El protagonista es Ignacio Matus, un profesor de escuela obsesionado por devolver a México su gloria, y por vengar la afrenta de los yanquis. Su primera tentativa consiste en correr un maratón en solitario, al mismo tiempo que se está celebrando el maratón de los Juegos Olímpicos de París de 1924 (una tentativa en la que saldrá bien parado, porque consigue mejor tiempo que el atleta estadounidense favorito, pero claro, nadie llega a saberlo).
Pero es el segundo intento el que centra la novela: en 1968, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de México, Ignacio Matus tiene la quijotesca idea de crear un ejército con el que recuperar Texas de los yanquis. Y este ejército lo conforman cinco de sus alumnos: cuatro niños y una niña, con limitaciones intelectuales, de motricidad, de madurez, de todo. El primero de ellos, Comodoro, es un niño gordo, torpe y poco avispado; el Milagro no para de temblar; Cerillo es un chavalín siempre callado y vestido con una ridícula ropa blanca... Pero para los quijotes estas limitaciones físicas no son importantes: con este "ejército iluminado" Ignacio Matus se dispone a cruzar el Río Bravo, reconquistar El Álamo y empezar una revolución en la que el pueblo mexicano sin duda habrá de seguirle...
El ejército iluminado es en cierto modo una novela divertida y triste (como el Quijote, también): sus protagonistas están destinados a fracasar, pero en su fracaso hay más dignidad que en la victoria. Ignacio y sus cinco Sanchos creen en la empresa, y la persiguen aun sabiendo que les puede conducir a la muerte. Son ridículos, pero son honorables. Y mantienen su compromiso incluso cuando la realidad se les impone. La ternura que el narrador muestra hacia ellos los salva de ser personajes cómicos planos y desinteresantes: es imposible no querer a Comodoro, a Azucena, al Milagro, a Cerillo...
David Toscana ha dicho, en varias entrevistas, que cada novela suya es una reescritura del Quijote. En las dos novelas que he reseñado esto es muy evidente: en El último lector, el elemento cervantino adoptado es sobre todo el metaliterario; en El ejército iluminado, la figura del protagonista, enajenado por una fantasía y confrontado con una realidad mezquina pero tozuda. Si tuviera que elegir entre las dos novelas, elijo El ejército iluminado, quizás, precisamente, porque es menos literaria, más humana y también más política.
También de David Toscana en ULAD: El último lector
lunes, 19 de diciembre de 2016
ULAD: Lo mejor del 2016
Francesc Bon:
- Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
- Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
- Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren
- Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
- No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
- Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.
Juan G. B.:
Carlos Andia:
Koldo CF:
Montuenga:
- Tochoclásico del año: Ulises de Joyce.
- Novelón histórico-o-lo-que-sea del año: Música acuática de T. C. Boyle.
- Novelón negro del año para-disfrutar-como-un-cochino: Perfidia de James Ellroy.
- Libro de relatos del año: Vidas imaginarias de Marcel Schwob.
- Novela gráfica del año: El arte de volar de Antonio Altarriba y Kim.
- Frikilibro del año: La exhibición de atrocidades de J. G. Ballard.
- Novela que ni fu ni fa: Cicatriz de Sara Mesa.
- Novela que algo fu y algo fa: Patria de Fernando Aramburu.
- Libro que se me cayó de la manos: Sumisión de Houellebecq
- Libro que ojalá se me hubiese caído de las manos: Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout.
- Libro que no me atreví a reseñar: El secreto de la modelo extraviada de Eduardo Mendoza.
- Espero leer en 2017: La tetralogía de "las dos amigas" de Elena Ferrante.
Carlos Andia:
- Volumen imponente del año: El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
- La relectura del año: Coronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
- Libro de Historia del año: Continente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
- Una joya a la que tenía muchas ganas: Locus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
- Clásico rescatado: Reivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
- Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Koldo CF:
- Clasicazo: En busca del tiempo perdido de Marcel Proust
- Novela en español: Seno de Ramiro Pinilla
- Novela extranjera: Los restos del día de Kazuo Ishiguro
- Libro de relatos: Evocación de Matthias Stimmberg de Alain-Paul Mallard
- Libro "musical": El café celestial de Stuart Murdoch
- Poemario: Ancia de Blas de Otero
- Novela histórica: Bomarzo de Manuel Mujica Lainez
- Truñazo del año: Andrés Iniesta: La jugada de mi vida. Memorias
- Decepción del año: Bravura de Emmanuel Carrère
- Propósito para 2017: Releer y reseñar la tetralogía El mar de la fertilidad, de Yukio Mishima
Montuenga:
- Publicadas este año (o el pasado):
- Mejor novela: Brújula de Mathias Enard
- Mejor ensayo: En defensa del error de Kathryn Schulz
- Mejor crónica de viajes: Mi vida en la carretera de Gloria Steinem
- Peor novela: Las chicas de Emma Cline
- En general:
- Mejor novela: Meridiano de sangre de Cormac McCarthy
- Mejor ensayo: Tratado de ateología de Michel Onfray
- Peor ensayo: ¿Es usted un psicópata? de Jon Ronson
Santi:
- Mejor novela leída este año: La hierba roja de Boris Vian
- Mejor libro de relatos: Estrómboli de Jon Bilbao
- Plomazos del año: La montaña mágica de Thomas Mann y El tambor de hojalata de Günter Grass (la literatura alemana no es lo mío, se ve...)
- Libros españoles del año de los que esperaba más: Mala letra de Sara Mesa; El sistema de Ricardo Menéndez Salmón; Madre e hija de Jenn Díaz; Patria de Fernando Aramburu...
- Autor descubrimiento del año: David Toscana
- Una rareza maravillosa: Juego de cartas de Max Aub
- Autora a la que seguiré leyendo en 2017: Elena Ferrante
- Autor al que NO seguiré leyendo en 2016: Karl Ove Náusea
- Y una coda vasca:
- Un ensayo: El eco de los disparos de Edurne Portela
- Una novela / autoficción: El comensal de Gabriela Ybarra
- Una antología: Nuestras guerras. Relatos sobre los conflictos vascos
Marc Peig:
- Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
- Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
- Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
- Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
- Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
- Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
- Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
- Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
- No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
- Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
- Caerán más libros de: Stefan Zweig
- Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y Karl Ove Knausgaard
sábado, 10 de febrero de 2018
Reseña + Entrevista: Los últimos. Voces de la Laponia española de Paco Cerdà
Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable
Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.
Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.
A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.
En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".
Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable
Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.
Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.
A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.
En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".
Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
"Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se trasmuta en metástasis de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida"De hecho, quizás la principal pega que se le pueda poner al libro sea que este estilo se alambica demasiado en ocasiones, perjudicando a la lectura del texto, o la insistencia en ofrecer datos numéricos de densidad poblacional, datos imprescindibles en un texto sobre este tema, pero que llegan a aturdir en algunos fragmentos. Las mejores páginas, en cambio, me parece, son aquellas en las que el autor dialoga con algunos de los habitantes de los pueblos, que transmiten una sabiduría dura y escéptica, y una voluntad férrea y afilada.
Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.
Entrevista con Paco Cerdà
¿Qué te llevó a querer escribir este libro? ¿Cómo/cuándo/por qué se te ocurrió la idea?
El
libro nació a partir de la sensación de abandono, desolación y
desigualdad que sentí al visitar una pequeña
aldea valenciana con menos de diez habitantes. Viajé allí para hablar
con sus vecinos y elaborar un reportaje dominical sobre la despoblación
para mi periódico,
Levante-EMV. Sin embargo, lo que iba a ser un
reportaje dominical sembró en mí
la idea de que sería bonito echarme a la carretera para recorrer todo
este extenso territorio, con calma y sin prisas, para buscar las voces
de sus resistentes, de esos últimos pobladores: últimos porque en muchos
casos no tienen relevo generacional y su pueblo
morirá con ellos, y últimos también porque representan la última
preocupación de instituciones, empresas y ciudadanos de esta España
desmemoriada con su pasado rural.
¿Cómo fue el proceso de investigación para el libro? Debiste de pasar unas cuantas horas conduciendo por carreteras
terroríficas... ¿Cuánto tiempo te llevó reunir el material?
Fueron
2.500 kilómetros recorridos, la inmensa mayoría de ellos por carreteras
muy modestas. El viaje fue en
invierno, porque es cuando más auténtico es este territorio y no hay
residentes puntuales de verano, y visité muchos pueblos pequeños, la
gran mayoría de ellos con menos de cien habitantes. Recorrí las zonas
montañosas y más apartadas de las provincias englobadas
dentro de esta Serranía Celtibérica o Laponia del Sur: Guadalajara,
Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia
y Castelló. Fueron muchas horas de conducción, es cierto. Con Manolo
García sonando en el coche y la mirada alucinada al ver tantos paisajes
bellos, de una belleza que a veces parecía de postal inanimada. Y eso es
lo que dolía.
Este
libro realiza un diagnóstico, pero no prescribe ningún tratamiento: hay
iniciativas (casi) individuales,
muy voluntariosas, pero no soluciones estructurales para el problema de
la Laponia española. ¿Hay solución, o la despoblación es un proceso
irreversible e inevitable?
Tal
vez sea la pregunta que más me han hecho. ¿Cuál es la solución? Y yo
siempre respondo dos cosas. Primero:
no sé cuál es la solución. Solo soy un cronista, muy alejado de esos
tertulianos que todo lo saben. Conviene tener humildad: mi objetivo era
relatar, contar, aquello que me tenían que decir esas voces que pocos se
molestan en oír: el pastor que vive solo como
único habitante de su pedanía; el maestro que cerrará el colegio del
pueblo porque el curso siguiente no habrá alumnos suficientes; el pueblo
donde solo vive un niño; el prior de un monasterio que reflexiona sobre
el silencio, a veces con regusto a muerte,
que abunda en estas tierras; el repoblador que ha vuelto a habitar una
aldea abandonada, sin luz eléctrica, a base de agallas, conciencia y
utopía; la mujer que regresa a su aldea natal, deshabitada desde hace un
cuarto de siglo y toda llena de zarzas y maleza,
y se le encoge el alma por ver cómo se desmorona el paisaje de su
infancia; el equipo de fútbol del pueblo más pequeño de su provincia,
que lucha contra viento y marea por resistir. Es una recopilación de
historias humanas para retratar la gran historia humana
que está olvidando este país: el abandono del medio rural más
despoblado. Porque nada tiene que ver un pueblo de 2.000 habitantes con
uno de 57 vecinos. Y segundo: no sé si hay solución: lo que sé seguro es
que dejar morir este patrimonio cultural que representa
nuestro entramado rural es una barbaridad que no podemos permitirnos
como sociedad.
Una de las virtudes del libro es respetar lo rural y sus habitantes, sin caer en la exaltación neorrural desinformada.
¿Cuál es tu relación personal con lo rural? ¿Lo añoras, o te horroriza? ¿Te irías a vivir a un pueblo de 40 habitantes?
Gracias
por ese elogio: es el mayor halago que puedo recibir. No es ya solo el
respeto. Para mí, como periodista
y como persona, es fundamental mostrar empatía con la persona o la
realidad que tienes delante. Yo nací en un pueblo y pasé en él toda mi
infancia y adolescencia. Vuelvo allí cada fin de semana. Mi lugar
favorito del mundo se llama Morella, y ojalá algún día
cumpla el sueño de vivir allí. Siento una enorme admiración por lo
rural, sí: miro las manos de mi padre, que es agricultor, y siento un
íntimo orgullo. Soy un devoto de las tradiciones y de la cultura
popular, durante tantos siglos marginada. Y admiro la
capacidad de resistencia que demuestran los habitantes de la España más
despoblada que no se han plegado a los intereses generales y siguen en
sus pueblos con valores en extinción dignos de encomio: ausencia de
consumismo estéril y de tecnoadicción uniformizante,
comunión con la naturaleza y ritmos más humanos. Son los únicos, tal
vez, que hoy no siguen al rebaño del capitalismo. Pero ese amor y esa
admiración que yo siento por esta realidad, que sin duda están en el
germen de
Los últimos, no debe confundirse con pintar una Arcadia
feliz, una estampa bucólica de los pueblos donde todo son bondades.
Porque entonces estamos cayendo en la trampa: invisibilizamos el
conflicto político que hay
en dejar morir a los pueblos más pequeños. Una de las voces que aparece
en el libro, el escritor Alfons Cervera, lo sintetiza a la perfección:
Ni esto es la Toscana ni es Belfast: ni es el paraíso ni todo es
conflicto. Y bajo ese patrón me he guiado.
¿A qué crees que se debe este interés por lo rural en el panorama editorial español? Tu ensayo, el de Sergio
del Molino, novelas como Intemperie, Por si se va la luz...
Sinceramente,
no lo sé. Puedo responder por mí: necesitaba contribuir con un grito
periodístico, con un libro
de combate, a denunciar un abandono silencioso. Y de lo que más
orgulloso estoy, más allá de las cuatro ediciones que lleva el libro o
de haber recibido una enorme atención mediática (¡hasta Le Monde se ha
hecho eco del libro y del problema), es que mi crónica
sirvió de catalizador para que el presidente valenciano Ximo Puig haya
impulsado un ambicioso plan de medidas contra la despoblación del
interior valenciano. Me llamó un día y me dijo: “Has conseguido lo que
querías: vamos a impulsar una Agenda Valenciana
Antidespoblament”. Solo con eso, el trabajo ya está amortizado.
Algo que destaca en tu libro es el estilo con el que está escrito, que es mucho más cuidado y "literario"
que la mayoría de libros de ensayo, me atrevería a decir. ¿Tienes alma de literato? ¿Sigues o te sientes influido por algún escritor en particular?
Muchas gracias por el elogio, es un honor viniendo de vosotros.
Los últimos es una crónica, un gran reportaje, y siempre
he creído que el buen periodismo ha de estar bien escrito. Al menos es
lo que yo intento. Hay excelentes reporteros a los que admiro: desde
David Remnick a Martín
Caparrós o el Gay Talese de antes de la polémica con su último libro.
Años luz nos separan, claro. Y si me pides un escritor vivo y no me vale
acogerme a Kafka, Pessoa y Rulfo, me quedó con Gonzalo Hidalgo Bayal:
no hay nadie al que admire más, por su prosa,
por su exquisito lenguaje, por sus historias profundas y, no menos
importante, por su humildad. Ahí está la base de este oficio de ver,
oír, sentir y contar.
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