miércoles, 4 de mayo de 2016

David Toscana (2x1): El último lector

Idioma original: español
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable

Con tantos escritores y tantos libros que se parecen peligrosamente los unos a los otros, hasta el punto de hacerse indistinguibles, cuando se descubre una voz diferente, con personalidad, con un estilo propio, esto es una alegría y una sorpresa muy agradable. Eso me ha pasado con David Toscana, al que no conocía hace un mes, y del que he leído dos libros seguidos (que voy a reseñar también seguidos), y seguro que no serán los últimos que lea de él.

Cuando digo que David Toscana tiene una voz diferente no quiero decir que no se parezca a nada ni a nadie (como si eso fuera posible). De hecho, sus referentes fundamentales (Cervantes, Rulfo, Donoso, García Márquez...) aparecen en cada entrevista que da, y también son reconocibles en su obra. De Cervantes toma el tema de la locura, que permite dar rienda suelta a la fantasía sin salirse del realismo; de Rulfo, los paisajes del desierto mexicano, y los personajes que están derrotados antes incluso de empezar a luchar; de García Márquez, el cuidado por el estilo y el lenguaje.

El último lector, la primera de las novelas que he leído de Toscana (no confundir con una obra del mismo título pero de Ricardo Piglia) tiene un principio propio de novela policiaca: Remigio, habitante de Icamole, un mísero pueblo en merio del desierto donde casi nunca llueve, descubre en el fondo de su pozo el cadáver de una niña. No se sabe nada de ella: quién es, de dónde viene, quién la ha matado. Asustado por las posibles consecuencias, se lo cuenta a su padre, el bibliotecario Lucio, quien le aconseja que haga como el personaje de una novela, y entierre el cadáver entre las raíces.

A partir de ese momento, es Lucio, "el último lector", quien pasa a ocupar el centro de la escena, interpretando todo lo que sucede en el texto a través de sus lecturas, y la novela se transforma en un ejercicio metaliterario en que el bibliotecario actúa como crítico, como narrador y también como censor. Pero no censor en función de criterios morales (las escenas de sexo le gustan bastante, de hecho), sino de criterios estilísticos: no soporta que los autores mencionen las marcas de ropa, de perfumes, de sombreros; tacha los adjetivos innecesarios y tópicos; exige que los autores sepan de lo que hablan y no se sirvan de tópicos melodramáticos para salr del paso...

Así contada quizás la novela no parezca nada especial (un ejercicio quijotesco más, como muchos otros), pero a todo lo anterior hay que sumarle dos de las mayores virtudes de David Toscana: su sentido del humor, irónico pero amable, sobre todo con los personajes desfavorecidos, y su cuidado del estilo, que sin ser pedante ni rebuscado huye del estilo transparente y conversacional que domina mucha literatura actual. Y todo ello en un paisaje desértico que tiene resonancias históricas (en Icamole libró Porfirio Díaz una batalla que después se atribuyó a Pancho Villa, que queda más chic) y míticas (la travesía del desierto, etc.).

De los párrafos anteriores se puede deducir que David Toscana se encuentra más próximo de los escritores del boom (aunque sin realismo mágico) que de los grupos llamados McOndo o Crack, a pesar de que generacionalmente le corresponderían estos últimos. Su renuncia a los espacios urbanos, su renuncia a la (pos)modernidad y a sujetarse a las últimas modas (la narco-narrativa, por ejemplo) le sitúan un poco al margen de las tendencias dominantes en la narrativa mexicana. Y sin embargo, hace tiempo que no encontraba un escritor con tanta personalidad y al que me apetezca tanto seguir leyendo.

El siguiente: El ejército iluminado.