domingo, 8 de mayo de 2016

Raymond Queneau: Zazie en el metro

Título original: Zazie dans le métro
Traducción: Fernando Sánchez Dragó
Idioma original: Francés
Año de publicación: 1959
Valoración: Muy recomendable


Si a la mayoría de nosotros nos preguntaran por intelectuales franceses de los años 50 y 60 del siglo XX, seguramente saldrían a relucir nombres como los de Alain Resnais,  Albert Camus, Jean Paul Sartre, Louis Althusser, Michel Foucault o Jean-Luc Godard. Todos ellos intelectuales muy sesudos, muy serios, muy de “gafapastas”.

Pero no toda la intelectualidad francesa de su tiempo fue así. Hubo una parte de ella que se fue más por la rama lúdica y que describió y analizó el mundo y la época que le tocó vivir desde el humor, el absurdo y el surrealismo. Uno de los ejemplo más claros fue el Ilustre Colegio de Patafísica, del que fueron miembros, entre otros, Boris Vian, Eugene Ionesco o Raymond Queneau.

Y hoy vamos a tirar para ese lado aprovechando que la pasada Tochoweek nos ha dejado el cerebro como un campo arrasado por una plaga de langostas hambrientas y, por tanto, no tenemos el coco para disquisiciones filosóficas de primer nivel. Nos ponemos con "Zazie en el metro", una de las más famosas novelas del autor de los “Ejercicios de estilo” y creador del OuLiPo. Fama debida, en parte, a la adaptación cinematográfica que hizo en 1960 el también francés Louis Malle.

El libro tiene un argumento muy simple. Zazie (una niña de unos 12-13 años aproximadamente) es dejada por su madre en París al cuidado de su tío Gabriel durante 2 días y medio. ¿Por qué? Bueno, en fin. Eso son cosas de mayores.

Pero Zazie no es una niña cualquiera. Es lista como ella sola, malencarada, lenguaraz, rebelde, independiente. Y para colmo de males se le ha metido en la cabeza recorrer la ciudad en metro, pero desgraciadamente para ella ¡¡¡hay huelga de trabajadores de metro!!!. A Zazie no le importa y comienza a deambular, en taxi o a pie, por la ciudad. Y en la ciudad vivirá situaciones inverosímiles y se topará con personajes de lo más variopinto.

Se encontrará con sátiros disfrazados de policías disfrazados de sátiros, buscavidas, viudas ninfómanas, turistas engañados, cabarets de “hormosexuales”, etc. También se perderá por la ciudad, subirá a la Torre Eiffel, se verá metida en alocadas persecuciones, secuestros discusiones tabernarias, etc.

Todo ello contado a un ritmo endiablado, con diálogos chispeantes, gran frescura y con un humor disparatado y absurdo. Y esto pese a que el humor de Queneau se basa mucho en juegos de palabras y alteraciones  sintácticas, lo que hace muy difícil que el ritmo y la gracia del libro se mantenga en la traducción. Aquí me gustaría mencionar que la traducción corre a cargo de Fernando Sánchez Dragó (me he prometido no emitir juicios de valor sobre el susodicho), el cual creo que consigue salir airoso del trance. Obviamente, habrá juegos de palabras intraducibles, otros que pierdan todo su sentido en castellano y otros que otro traductor hubiera expresado de forma diferente, pero me da la sensación de que ha sido un duro trabajo y de que la labor de Sánchez Dragó es bastante buena.

La novela también es, en parte, novela de iniciación o de aprendizaje en el sentido más amplio del término. Zazie se ve empujada al mundo de los adultos, lo contempla, choca con él e intenta comprenderlo. De hecho, al final de libro, cuando su madre le pregunta: “Entonces, ¿qué has hecho?”, ella responde, ni corta ni perezosa, “He envejecido”.

Nosotros no diremos que hemos envejecido con las aventuras de “Zazie en el metro”. Pero sí podemos afirmar que nos hemos reído (y mucho) con su lectura.