jueves, 7 de abril de 2016
Sara Mesa: Mala letra
Año de publicación: 2016
Valoración: está bien > recomendable
Compré este libro, y empecé a leerlo, con sentimientos bastante contradictorios. Por una parte, me había gustado mucho Cicatriz, la última obra de Sara Mesa, aclamada por casi todo el mundo como una de las mejores novelas de 2015 en España. (¡Si hasta Tongoy ha reconocido que "tampoco me parece para tanto el desastre", lo que en su caso equivale a un "muy recomendable!). Por otra parte, temía que Mala letra fuera precisamente un intento de capitalizar (o "monetizar", que es un término más siglo XXI) el éxito de Cicatriz: una estrategia de la editorial para vendernos un 2x1: ¡Si te gustó Cicatriz, te gustará Mala letra! Así que al principio de la lectura esperaba lo mejor, pero me temía lo peor.
Y la verdad es que el primer cuento casi confirmó mis peores augurios: "El cárabo" no parece un cuento de Sara Mesa, o por lo menos no de la misma Sara Mesa que escribió Cicatriz. Incluso el estilo, aquí mucho más florido y adjetivado, parece diferente, y la historia sobre una madre y su hijo perdido en el bosque apunta cosas interesantes, pero no acaba de concretarlas. "Mármol", el siguiente cuento, también resulta algo extraño: es un ejercicio de autoficción en que Sara Mesa escribe que escribe sobre un episodio de su infancia. Muchos de los relatos de este libro, por cierto, tienen niños como protagonistas: también el siguiente, "Apenas unos milímetros", que casi podría pertenecer al mismo mundo de "Mármol".
A partir de aquí tengo la impresión de que el libro remonta, y de que es más propio de Sara Mesa, o mejor dicho, de la imagen de Sara Mesa que me hice después de leer Cicatriz. Los relatos son más oscuros, más duros, más secos, y la autora se atreve a hurgar más al fondo en situaciones desasosegantes, inquietantes, terribles. En "Creamy milk and crunchy chocolate" son las consecuencias de un accidente de tráfico; en "Palabras-piedra", la relación enfermiza entre una niña y su tía; en "Nada nuevo" es un hombre anciano y desagradable encerrado en su casa con su gato, esperando a la muerte...
"Nosotros los blancos" es, creo, el relato más largo, y también el más complejo. Una mujer que está a punto de dar a luz a un niño para cederlo a un matrimonio estéril, pide a su hermana que vaya a visitarla para ayudarla con el parto y con todo lo demás. Luego la mujer cambia de idea, el futuro padre adoptivo se enfurece y la historia se complica. Hay en este relato más densidad de tramas y de personajes, y un conseguido escenario ambiguo y confuso de VIPs, clubs nocturnos y pensiones baratas. "Picabueyes" y "Papá es de goma" son, en comparación, mucho más esquemáticos: relatos que se limitan a contar un episodio oscuro sin buscarle tres pies al gato.
Hay un recurso que Sara Mesa usa en varios de los relatos (en "Apenas unos milímetros", pero también en "Qué nos está pasando") que no me acaba de convencer, por lo que tiene de efectista y también, en algunos casos, de tramposo. Me refiero a la ténica de avanzar un desenlace o un secreto terrible que al final ni siquiera es para tanto. Desde luego, insinuar una catástrofe ayuda a que el lector mantenga el interés, pero no deja de ser un truco fácil y un tanto hollywoodiense para conseguirlo.
"Mustélidos" es el relato que cierra el volumen, y aunque está escrito en tercera persona podría haber sido casi un ejercicio de autoficción. En él una pareja de empleados de una empresa visita un museo de ciencias naturales, y termina hablando del libro que ella ha publicado recientemente. "¿Y esos personajes, tan oscuros, tan…turbios?, le pregunta él a ella, "Todo el tiempo parecen amargados, o tristes, o son directamente egoístas y se comportan con maldad. No hay compasión en ellos, ni arrepentimiento. ¿Por qué tienen que ser así? ¿Es ése el tipo de gente con la que te encuentras, con la que convives a diario? ¿Todo el mundo que te rodea es así?" No resulta difícil imaginar que la propia Sara Mesa haya tenido que responder a preguntas semejantes por parte de las personas que la conocen.
Termina la lectura del libro, y sigo sin conseguir responder a mi duda inicial. ¿Estaba Mala letra ya escrito y planeada su publicación, antes incluso del éxito crítico de Cicatriz, o estamos ante una maniobra de marketing de la editorial para vender libros de una escritora de moda? Los primeros relatos del volumen, que me parecen inferiores al resto, me hacen pensar que algo de presión por sacar nuevo libro cuanto antes sí ha habido. Quizás con más tiempo habría habido una criba mayor, algunos relatos habrían salido y otros nuevos habrían entrado en el libro. Dicho esto, Mala letra no es un mal libro de relatos, sobre todo en su segunda mitad; leído en conjunto con Cicatriz, da para ver que Sara Mesa tiene un estilo y una voz propias, y que podemos esperar buenas obras suyas en el futuro. Si le dejan tiempo para que las escriba, claro.
También de Sara Mesa en ULAD: Cicatriz, Cuatro por cuatro
jueves, 18 de junio de 2015
Sara Mesa: Cicatriz
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable
Últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por mujeres (sí, soy perfectamente consciente de que no escribiría la frase contraria, "últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por hombres), y me está pareciendo encontrar una línea estética común que une esta novela con La trabajadora de Elvira Navarro o con Por si se va la luz de Lara Moreno, y también, en otro estilo, con El límite inferior de Nere Basabe o (en un tono más juguetón) Modelos animales de Aixa de la Cruz. En la reseña de la novela de Nere Basabe hablé de crueldad; hoy, en relación con Cicatriz, creo que conviene más el término "crudeza".
La segunda frase de La trabajadora, en la que Susana dice que "Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena" es un ejemplo extremo de esta crudeza. Y aunque Cicatriz no llega a ser tan explícita ni tan sórdida como esto, sí que se nota (o creo notarlo yo, por lo menos) un mismo distanciamiento, un antisentimentalismo en la forma de construir los personajes y contar la historia. Existen de hecho otras similitudes entre La trabajadora y Cicatriz: Sonia, la protagonista de Cicatriz, es una joven becaria que malvive gracias a un trabajo inútil en un archivo (en La trabajadora era una editorial), y que vive en la periferia de una ciudad. Para Sonia, como para la Susana de Elvira Navarro, internet es casi su única ventana al mundo, su única forma de entrar en contacto con otras personas.
Es a partir de aquí cuando las dos novelas se separan, y cuando la de Sara Mesa se eleva, al entrar de lleno en su verdadero tema: en la relación codependiente que se establece entre Sonia y Knut Hamsum (es un seudónimo, por supuesto), un hombre misterioso al que conoce en un chat sobre literatura, y que se empeña en enviarle libros, primero, y después ropa, perfumes o lencería que antes roba en tiendas y grandes almacenes. Extendida a lo largo de los años, esta relación adquiere un cariz de fantasía sexual (sin sexo) controlada por Knut, en la que Sonia acepta entrar por vanidad, por soledad o por aburrimiento.
Hay varios aciertos en Cicatriz que hacen que me haya gustado más, personalmente, que La trabajadora. Existe en esta novela una compenetración casi perfecta entre el tema, el tono y el estilo empleado para contarlo. La narración es sucinta, el estilo es escueto y sencillo, desnudo, acorde con una relación en la que los sentimientos de los personajes, si existen, están amortiguados u ocultos. También la estructura de la novela, que juega a adelantar acontecimientos para luego volver atrás y completar los huecos (o no, dejando que el lector los rellene por su cuenta) contribuye a mantener la atención y la tensión del relato.
Bien pensado, la historia que cuenta Cicatriz es bastante triste: dos seres solitarios, que no terminan de encajar en el mundo, se enredan en una relación que cuestiona los límites de las convenciones (la primera de ellas, la de la propiedad privada), que se satisfacen mutuamente durante un tiempo, y luego se engañan, se distancian, se reencuentran, descubren su insuficiencia y terminan por aceptarla. Pero todo ello está contado sin estridencias y sin dramatismos, hasta llegar al desenlace, que incluso transmite una cierta esperanza teñida de nostalgia.
Una buena historia, desasosegante pero muy bien contada. Por lo tanto, una novela muy recomendable.
También de Sara Mesa en ULAD: Mala letra, Cuatro por cuatro
domingo, 26 de mayo de 2013
Luna Miguel: La tumba del marinero
En La tumba del marinero encontramos un conjunto de poemas más extenso que los anteriores que presenta una mayor densidad y reflexión en comparación a obras anteriores. Se trata de Un diario de aventuras donde anoto mis descubrimientos, mis obsesiones, mis recetas, mis opiniones, tal y como señala la autora en una entrevista concedida a la revista Koult.
Es cierto que muchos de los temas propios de su poesía se repiten (literatura, amor, sexo, referencias a la muerte, la presencia de la enfermedad, la juventud perdida o a punto de, las drogas), pero ahora se trabajan desde otra perspectiva, se ahonda más y aparecen temas nuevos o, al menos, un nuevo tratamiento de los antiguos. Está por un lado el extrañamiento ante el cuerpo de la persona amada, como en el caso de la voz poética que se interroga en el caso del poema "Historias de la vida en común": A mi lado un cuerpo dormido. Un cuerpo dormido que no responde al beso. Que no responde a la caricia. Que agita la mano disgustado si poso el labio en su mejilla. A mi lado el subconsciente. A mi lado la ficción soñándose a sí misma. En qué mundo estará. En qué mundo habita ahora el hombre que me ama. ¿Es el hombre que me ama esto que respira?
Están también la presencia de la muerte, de la enfermedad (el cáncer, la cicatriz, la diabetes), pero en este caso, estos conceptos ya no se perciben como un juego, reto, desafío o incluso provocación, sino que se aprecia una experiencia directa, un proceso de aceptación que lleva a Luna Miguel a mirar de frente, directamente, y a poetizar esta experiencia. La muerte no puede ser experimentada ni por los vivos ni por los muertos pero sí por los enfermos, dice, y acto seguido, se arranca la piel de cuajo y sus dedos sangran, tal y como lo hace su poesía. Decir enfermedad es decir locura, continúa, y sustituye los tatuajes que aparecían en Pensamientos estériles por cicatrices: Pacté con mi madre un tatuaje en el cuello./ Las dos compartiríamos marca,/ las dos/ el sello de tinta que nos une./ Sin embargo, ahora/ una cicatriz en el lugar íntimo/ separa nuestras nucas para siempre., explica en "Sailor's Grave", poema que da título a esta colección de textos.
Si interpretamos la cicatriz como símbolo de madurez, estaríamos también ante la muerte simbólica de la joven que entra en la edad adulta, teme, siente celos, se independiza, se muda, vive y dibuja su árbol genealógico de las cicatrices (abuelo, abuela, madre, padre, amante). Pero es consciente de que, para ella, estas cicatrices acaban de empezar: Mi vida no tiene cicatrices. Solo manchas,/ aceite, tiempo quemado:/ un rasguño.
En alguna ocasión, el poemario cae de nuevo en el verso efectista y la repetición de la que ya hablábamos al reseñar Pensamientos estériles, y, aunque en el caso de algunos poemas sus versos no lleven a más, sean demasiado evidentes (nos referimos por ejemplo a "Coma diabético": Tú me diste una boca./ Mi madre me dio este páncreas./ La Ciencia me dio insulina./ Dios no me dio nada/ salvo miedo/ en un puñado de azúcar) o se queden simplemente en el poema idea ("Convivencia": Tejo contigo/ el terror a la disputa), en la mayoría de sus textos supera la simplicidad del puro efecto y ofrece un poema que no nos deja indiferentes ("Quimioterapia": El miedo solo afecta a la piel de los párpados./ Si los corto: no siento./ De qué sirve mirar si nos separan.).
De todas formas, es en sus poemas en prosa donde la poeta profundiza y elabora los mejores poemas. Es ahí donde reside su fuerza y donde arrastra. Donde investiga, desarrolla, rompe y se atreve. Y, lo más importante, donde nos apetece seguir leyendo y aguardando su próximo poemario. Así como Luna lleva la imagen de un ancla tatuada en su piel, su prosa poética lleva tatuada en sus páginas el trazo de la buena poesía, aunque todavía queden algunos poemas por pulir. Afortunadamente, es evidente que la autora conoce el mapa de navegación y el viaje promete.
También de Luna Miguel en ULAD: Pensamientos estériles
miércoles, 1 de agosto de 2018
Sara Mesa: Un incendio invisible
Año de publicación: 2011
Valoración: está bien
Cuando Seix Barral decidió reeditar este año El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, casi se puede decir que estaba haciendo un servicio público: esta novela, muy probablemente la mejor de su autor, había sido originariamente publicada por los Libros del Silencio, editorial desaparecida tras la temprana muerte de su editor, Gonzalo Canedo, así que el libro se había quedado huérfano y necesitaba una nueva casa y una nueva edición que lo acercase a nuevos lectores.
La lógica detrás de la reedición de Un incendio invisible en Anagrama parece ser algo semejante, ya que esta novela estaba descatalogada y era prácticamente inencontrable hasta su reedición. Sin embargo, creo que todos (editores, críticos y hasta la propia autora) estamos de acuerdo en que la mejor novela de Sara Mesa hasta el momento es Cicatriz, aparecida también en Anagrama en 2015, con gran éxito de crítica y público (más aún de Cuatro por cuatro, la novela con la que Sara Mesa dio el salto a la fama y a Anagrama, con perdón por la rima). Así, la republicación de Un incendio invisible parece estar destinada, también, a llenar un hueco editorial a la espera de que aparezca una nueva novela, Cara de pan, anunciada para septiembre de este año, y completar la colección de las obras (casi) completas de la autora en su nueva casa.
Esto no quiere decir que Un incendio invisible no sea una novela interesante, que lo es en dos sentidos : porque no es una mala novela, aunque tiene sus limitaciones, como luego intentaré justificar; y porque puede servir para que los seguidores de Sara Mesa vean cómo se ha ido formando su estilo, su mundo y su personalidad literaria, a través de este experimento narrativo relativamente temprano.
Porque tal y como dice la propia Sara Mesa en la introducción, en Un incendio invisible se aprecian ya alguno rasgos que definen la narrativa de la autora: un estilo sobrio y sin virguerías innecesarias (aunque aquí no está todavía tan acabado como en obras posteriores), un universo urbano decadente, unos personajes deliberadamente antipáticos y una trama que gira en torno a la soledad y el abandono. Todo ello hace de Un incendio invisible una lectura alejada de los cánones comerciales, que parecen exigir un protagonista bueno y bonito que se enfrenta a las duras condiciones de la vida, y (generalmente) sale triunfante.
En esta novela tenemos, sí, un "extraño en tierra extraña": el doctor Tejada, que llega a la ciudad de Vado con el objetivo de encargarse del asilo New Life, en rápida decadencia como el resto de la ciudad. Allí, en el asilo y en la ciudad, encuentra un coro de personajes extraños y en general hostiles: el malvado jardinero Catalino, la vieja Clueca, la recepcionista del hotel Madison Lenox, la niña que se hace llamar Miguel y que alimenta al galgo Tifón, le enfermera Ariché, el investigador Benmoussa... Sobrevivientes de una ciudad que agoniza, por motivos desconocidos y nunca explicados (el "incendio invisible" del título), y avanza hacia la destrucción definitiva.
En una novela más convencional, como decía, el doctor Tejada intentaría resucitar el asilo, enfrentándose a los obstáculos y previsiblemente venciendo a los enemigos. Pero esto es una novela de Sara Mesa: al doctor Tejada se la sudan (con perdón) los viejos, ignora o insulta a sus empleados, establece con la recepcionista una relación corrosiva de amor-odio codependiente, y además viene perseguido por hechos oscuros de su pasado de los cuales llegamos a saber bien poco. A los personajes más o menos simpáticos, como Ariché o Benmoussa, Tejada los trata con condescendencia y/o desprecio. Solo con la niña mantiene algo parecido al afecto, aunque también esa relación se vuelve ambigua. No tenemos aquí un relato moral de superación, sino un retrato bastante oscuro del abandono, individual y colectivo.
El mayor problema que le veo a la novela es que, como novela tempra que es, se le ven demasiado los mimbres, por decirlo de alguna forma, sobre todo en la primera parte: cuesta que fluya la narración, y algunos de sus hilos parecen poco conectados con el resto; los personajes, casi todos desagradables, parecen cortados por un patrón demasiado parecido. Tampoco el estilo, como decía antes, está trabajado por la autora hasta llegar al punto de concisión fría de sus siguientes obras (aunque de acuerdo con sus declaraciones ha revisado el texto en esta nueva edición). Y aunque la imagen de la ciudad que se pudre encima de sus propios huesos es poderosa, y algunas de las ideas apuntadas son verdaderamente interesantes, parece que no llega a explorarse con todas sus consecuencias.
Sí, es una novela interesante, está bien, y sobre todo ayuda a reconstruir el recorrido narrativo de la autora; pero no es su mejor obra. Lo que espero, lo que esperamos los lectores, es que la siguiente novela de Sara Mesa no solo repita las virtudes de Cicatriz sino que las supere, y marque una trayectoria ascendente en la que Cicatriz no sea un one time hit sino una etapa intermedia.
jueves, 16 de febrero de 2017
Markus Orths: La camarera
Idioma original: alemánTítulo original: Das Zimmermädchen
Año de publicación: 2008
Traducción: Mª José Díez Pérez
Valoración: está bien (creo)
La mayor pega que se le puede poner a La camarera, creo yo, es precisamente que en el momento en el que uno está más inmerso y hasta casi subyugado por la historia, es cuando se acerca su fin, de forma que cuando llega, aun sin que sea de manera brusca o inesperada, deja cierto regusto a interrupción, a que nos han dejado sin postre... (al menos, esa fue mi sensación que, por supuesto, es ante todo subjetiva). De ahí también lo complicado de entrar a valorarla: si ya me supone, en ocasiones, una tarea ardua, con libros como éste la cosa se pone peliaguda: un "está bien" quizás sea excesivo para una novela que me ha dejado con la miel en los labios, pero un "se deja leer" y no digamos un "decepcionante" serían de toda manera injustos. Bueno, pese a lo afirmado en la primera frase de la reseña, está claro que no se puede acertar siempre... que quien quiera lea el libro y se haga su propia idea; al fin y al cabo, ésta es siempre la más fiable de todas.
Otros títulos de Markus Orths reseñados en Un Libro Al Día: La sala de profesores
domingo, 9 de agosto de 2026
Sara Mesa: Oposición
Fecha de publicación: 2025
Valoración: Recomendable
Sara Mesa es una escritora que no deja indiferente. Es un tema recurrente que en muchos medios, incluido este blog, cada nueva publicación de la escritora madrileña se convierta en el centro de enconados debates entre los que la consideran una de las más originales voces de la literatura española contemporánea y quienes la consideran un bluff, una escritora con un éxito sobredimensionado con respecto a la calidad de su obra.
¿Qué territorio piso yo? Pues me quedo un poco en tierra de nadie. Me gusta su forma de escribir y los dilemas morales que suelen encerrar la mayoría de sus novelas, pero considero que, en algunas ocasiones, no consigue cerrar bien el desarrollo de sus libros. Voy a mojarme y les diré que Cicatriz, me parece una excelente novela: original, atrevida y sugerentemente perversa.
Después de esta, espero que consideren breve introducción, vamos con la novela que ocupa esta reseña. Debo advertirles previamente que si no tienen el menor interés en saber como se desarrolla la jornada laboral de un funcionario de administración general, este libro no es para ustedes. Porque eso es lo que nos presenta Sara Mesa en su última novela, el rutinario desarrollo de la jornada laboral de una funcionaria interina durante meses en un puesto de trabajo cuyas funciones y atribuciones no están nada claras. Alrededor de esta funcionaria, Sara, se despliega una entrañable galería de funcionarios (Beni, el Monago, Teresa, Echevarría, el enigmático jefe de negociado dos...) que intentarán transmitir a Sara su fe en la necesidad de la existencia de la administración: "Los trámites son como los ladrillos de una casa se colocan uno sobre otro con lentitud y con cuidado: visto desde fuera, puede resultar un trabajo mecánico y tedioso, pero es la única garantía de solidez".
En este sentido, Oposición puede recordarles lejanamente a El castillo de Kafka. Si en aquella novela el agrimensor K se presentaba a un puesto de trabajo para el que nadie parecía haberle convocado y se veía envuelto en una interminable serie de encuentros con funcionarios que ignoraban el objeto de su estancia en el lugar, en esta novela, Sara, nuestra protagonista, se pasa semanas enteras acudiendo a un puesto de trabajo sin que nadie sepa aclararle las funciones que debe realizar. No obstante lo anterior, aquí se acaban los parecidos, mientras la novela de Kafka destila un profundo e inquietante aroma de pesadilla, repleto de monólogos, diálogos y situaciones surrealistas de un alto nivel intelectual que la convierten en una obra maestra, Oposición no pretende llegar a tan intrincado nivel de análisis psicológico, simplemente nos presenta la rutina diaria de un variopinto grupo de funcionarios que forman un complejo entramado laboral perfectamente reconocible que funciona según sus propias reglas.
La escritora madrileña aprovecha su propia experiencia personal como funcionaria para describirnos un universo caótico y jerarquizado, donde si el trabajo no existe se inventa. Eso es lo que le ocurre a nuestra protagonista. Después de meses vagando por los pasillos se le encomienda que se haga cargo de tramitar las reclamaciones de los ciudadanos a través de una nueva aplicación que se llama Réplica. Sara acoge esta tarea con entusiasmo porque entiende que por fin va a realizar una tarea útil. El problema es que la herramienta es un fracaso, apenas se reciben reclamaciones, y Sara se hunde en el más profundo desconsuelo: "Cuando empecé a abandonar mis funciones y a redactar los informes de cualquier modo, solo para acabar cuanto antes, sin prestar atención a la exactitud de los datos, ni a la precisión del lenguaje, ni a los formatos tipográficos, ni a las incongruencias, ni a nada, hice un descubrimiento terrible: nadie apreciaba las diferencias".
Sara decide salir de esa situación de estancamiento y realizará un último intento subversivo de rebeldía, poniendo en circulación una serie de documentos a través de la aplicación que gestiona, que pondrán a prueba la solidez del edificio burocrático que la rodea y su propia carrera laboral, puesto que Beni ha convencido a Sara para que se integre en la administración y prepare unas oposiciones.
Nuestra protagonista ha provocado un cataclismo funcionarial de enormes dimensiones, del que no sabe si se derivarán consecuencias disciplinarias, pero no le importa: "Tengo miedo a pasarme la vida atrapada en un edificio como ese. A que la monotonía se convierta en costumbre y después en necesidad". Precisamente, la incoación del expediente disciplinario y la comparecencia de nuestra protagonista ante el órgano instructor es uno de los momentos más divertidos de la novela.
Y la novela acaba como comienza, con nuestra protagonista sumida en un mar de dudas y enfrentada al dilema de presentarse a una oposición para integrarse en un mundo al que no tiene claro si quiere pertenecer.
Es esta una novela para leer con calma. Sara Mesa intenta transmitirnos las inquietudes de nuestra protagonista narrando la historia con un ritmo lento y sosegado, haciendo que nos fijemos en los pequeños detalles de su vida laboral. Parece que no ocurre nada y es que , efectivamente, durante muchas jornadas no ocurre nada. Al menos nada relevante. Crea una novela con un ambiente hasta cierto punto opresivo, claustrofóbico, que se desarrolla casi exclusivamente en la oficina, y nos presenta a nuestra protagonista como una luchadora contra la apatía de una organización que la sobrepasa. Quizás la descripción del día a día funcionarial se acaba convirtiendo en una pequeña rémora para el desarrollo de la historia. La escritora madrileña apenas introduce giros en su desarrollo y, en algunos momentos, la historia nos puede resultar aburrida y hasta tediosa, pero quizás ese es el ambiente que nos quiere transmitir Sara Mesa, puesto que lo conoce de primera mano. Si es así, evidentemente, lo ha conseguido.
Otras novelas de Sara Mesa en Ulad: Mala letra, Un incendio invisible, Cara de pan, Cuatro por cuatro, Cicatriz, Un amor
jueves, 26 de noviembre de 2020
Sara Mesa: Un amor
Valoración: se deja leer
A la tercera va la vencida. Aunque también se dice que no hay dos sin tres... ¿A qué viene este despliegue refranero de buena mañana? (ya se sabe que niño refranero, niño puñet... vale, ya lo dejo). Pues a que esta es la tercera de Sara Mesa que leo y las dos anteriores me habían parecido... bueno, vamos a dejarlo en un "regulinchi". Ni frío ni calor. Ni chicha ni limoná... Por si a alguien le interesa (y si no, da igual, porque lo voy a contar también), las dos novelas suyas que había leído son las muy alabadas Cicatriz y Cara de pan -alabadas en este blog, sin ir más lejos-; con el ánimo de superar la impresión, ya digo que no muy favorable que me habían dejado, acometí pues este último libro de esta también en general muy apreciada autora... adelanto que no ha sido la mejor idea que he tenido.
Resumen muy resumido: Natalia, Nat, es una aún joven traductora que, para llevar a cabo su primer encargo literario, alquila una casita en un pueblucho allá donde Cristo tiró el palustre, en una zona que parece poco agraciada de la España-bastante-vaciada, que diría alguno... En ese paraje más bien desangelado, sometida a las incomodidades del entorno campestre, Nat, además de con el resto de sus escasos vecinos, entra en relación, sobre todo, con tres hombres que, de alguna manera, ponen en cuestión sus posición como mujer sola, independiente y, supongo que en gran medida por lo anterior, deseable: su casero, un tipo burdamente machista y zafio; Píter, un vecino más o menos bohemio y simpático, pero también un tanto guayotas y "manexplaineador", y otro lugareño conocido como el Alemán, que resulta, en principio, más anodino e indiferente, casi "aspergeniano", por así decirlo, aunque pronto veremos que no tanto... El cuarto personaje masculino que, de alguna forma, ejerce influencia sobre ella es el perro que le proporciona el casero, un astroso chucho que Nat bautiza, significativamente, como Sieso.
Quisiera equivocarme y pensar que Sara Mesa es una escritora demasiado sutil como para haber pergeñado aquí nada más que una parábola sobre la dificultad de la mujer contemporánea occidental para desenvolverse con total libertad en un mundo que, pese a los disimulos, sigue dominado por los hombres; quisiera que el trasfondo de esta historia fuese menos obvio, pero la verdad es que tal es la impresión que da. Cierto que también se incide en el alienamiento y la desubicación que siente la protagonista en un entorno que le es ajeno y que le obliga a establecer una relación forzada pero ambigua con sus vecinos -un ambiente de áspera extrañeza que, en el mejor de los casos y salvando muchísimas distancias, recuerda un poco el de algunas novelas de Bolaño-; esta problemática relación entre el individuo que trata de vivir con mayor libertad y el grupo o entorno social en el que está inmerso es otro de los temas que subyacen en el libro y, al menos por lo que he leído en alguna entrevista suya, en lo que pone más énfasis su autora, aunque yo considero que en la novela este aspecto está menos desarrollado que el comentado antes. También es cierto que ésta, como las otras novelas de Mesa que he leído, está protagonizada por una mujer -en el caso de Cara de Pan, una niña o como mucho púber- que tiene comportamientos o toma decisiones poco convencionales, inconvenientes o que incluso la pueden poner en peligro. Ahora bien, la impresión que deja la lectura de Un amor -ya desde el comienzo- es que la protagonista, Nat, viene ya un poco o un mucho "tocada" de casa y lo que le ocurre en ese poblacho ficticio es más una consecuencia que una causa de su desazón. Otra conclusión que se va sacando según avanza la novela es que a ver si la tal Nat se deja de una vez de sinsorgadas y no sigue torturándose y torturando al lector (al menos a éste) con ellas; por mucha empatía que pueda suscitar el personaje, la exasperación que produce, ella y la novela en general, la supera. La atonía, incluso en los momentos de mayor enajenación de la protagonista, es la sensación general; ni siquiera el par de giros argumentales (iba a poner plot twists, pero no sé si aún queda moderno) que deberían darle vidilla a la historia están bien aprovechados, en mi opinión...
El caso es que, aunque pueda parecer lo contrario (y sin conocerla personalmente, claro), Sara Mesa es una escritora que me cae bastante bien; en sus entrevistas que he visto o leído me ha parecido que tenía una actitud hacia la literatura incisiva y nada afectada, muy alejada de la pose de escritora-que-tiene-algo-muy-interesante-incluso-trascendental-que-decirnos (ojo, que he puesto escritora, pero también me refiero a los escritores varones). Además, es indudable que talento para la prosa no le falta: cualquiera de sus párrafos, sueltos, muestran bastante calidad literaria; pero, sobre todo, su novelas, me hayan gustado más o menos, denotan un interés por hacer ficción, por contar historias ajenas a sí misma, nada de eso-tan-interesante-incluso-fascinante-que-tengo-que-contaros-es-mi-propia-vida-chavales... Aunque claro, tanta insistencia en un tipo de protagonista desubicada, empeñada en cometer errores o en hacer un ejercicio de libertad aunque bastante desnortado, a partir de los errores que comete no puede ser casualidad; quizá si algún día a Sara Mesa le da por la autoficción (recemos porque no sea así) conozcamos la causa... o no. En todo caso, mi conclusión, aun lamentándola, es que no hay dos sin tres. De lo que estoy bastante seguro es de que, al menos por lo que a mí respecta, no habrá cuatro.
Otros libros de esta autora reseñados en Un Libro Al Día: Cuatro por cuatro, Cicatriz, Cara de Pan, Un incendio invisible, Mala letra
jueves, 17 de mayo de 2018
Han Kang: Actos humanos
Idioma original: coreanoTítulo original: 소년이 온다
Traducción: Sunme Yoon (castellano), Alba Cunill (catalán)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable
Así, basándose en los hechos que sucedieron en mayo de 1980 en la Universidad Chonnam de Gwangju (ciudad natal de la autora), el libro escrito por Han Kang es un libro en recuerdo de aquellas personas que, de manera directa o indirecta, fueron afectadas por la masacre causada por el ejército, ante las protestas estudiantiles contra la dictadura de Chun Doo-hwan. Pero no se trata de un tratado histórico ni de un ensayo político, o al menos no en primer plano. Han Kang se trasladó a Seúl poco tiempo antes de aquellos hechos, por lo que este libro está escrito desde la tristeza, desde la pena de quién ve desde la distancia lo que ocurrió con sus antiguos amigos, conocidos y conciudadanos. Con este propósito, el libro que nos ocupa trata sobre las personas más que sobre los hechos, trata sobre la humanidad, los sentimientos, la pena y el dolor, la tristeza y la añoranza, la fuerza y el optimismo, los anhelos y el espíritu vital, la libertad y la opresión, el pesar y la incomprensión, la incredulidad y la desesperanza. Y la violencia, física o emocional.
Estructurada en siete capítulos en apariencia independientes, la autora narra la historia desde diferentes perspectivas, diferentes ángulos con un punto central como núcleo de la historia. Situando como centro la masacre ocurrida, la autora despliega un abanico emocional abriendo un espectro de sentimientos hacia diferentes caminos, focalizando las distintas sensaciones en cada uno de los personajes. La variedad, riqueza y pluralidad de sentimientos que alberga y transmite la autora hace que necesite canalizarlos a través de diferentes personajes, para así copar y alcanzar todo el espectro emocional que la historia ofrece. Han Kang nos habla de esperanza tras la añoranza, de remordimientos tras la solitud, del alma que, en su disociación y cual proyección astral, lucha por seguir pegada a un cuerpo como única vía posible para permanecer aferrada a una vida que se ha ido, que lucha por mantenerse viva a través de los recuerdos, cada vez más difusos y vagos. Cada una de estas emociones es encarnada por los distintos personajes, de manera que entre todos ellos se conforma el paisaje emocional que reside como poso tras la violencia de una masacre, y poniendo como foco principal el de las víctimas en sus dos vertientes: las víctimas que murieron, pero también aquellas personas que sobrevivieron con todo el pesar de su inacción ante la violencia y el abuso; y también, de manera latente, el recuerdo que reside en ellas, que actúa como una losa a la que van atados quienes pretenden seguir adelante:
De esta manera, uno de los logros de la autora es la facilidad que tiene en hilvanar una historia narrada, pensada y sentida a través de distintas voces; y no hablo únicamente de un cambio en el protagonista narrador, sino incluso del estilo, del tono, de la voz utilizada; la amplitud de registros de la autora la ubica ante un complejo reto narrativo del que sale profusamente victoriosa. Han Kang necesita entrar en el dolor tan profundamente para hablar de él que no le basta una sola voz y una sola experiencia para alcanzar la magnitud de la desolación y es por ello que teje una historia de distintos personajes entrelazados, ofreciendo un análisis caleidoscópico y plural que sirve para explorar de manera holística todas las aristas que hieren los sentimientos de las personas hasta crear una serie de cicatrices con las que sobrellevar la vida hasta que llega la muerte.
De igual modo, y fiel al estilo que demostró en «La vegetariana», Han Kang demuestra su habilidad al hablar del cuerpo y desde el cuerpo, transmitiendo las emociones a partir de él. La visceralidad con la que sus palabras forman un texto de marcada corporalidad, hace que sea el propio cuerpo quien hable pues sabe cómo proyectar a través de él las emociones que del mismo emanan. Su narrativa parece escrita y dirigida por sus sensaciones corporales, desde lo más profundo de su ser; no proviene de su cerebro sino de sus mismas entrañas y, partiendo del cuerpo como centro de todo, es a partir de él donde se construye todo el relato.
Este es un libro escrito por alguien que sobrevivió a una masacre desde la distancia, sin poder evitar sentir cierta carga de consciencia por no haber estado allí junto a sus compañeros. La narración es trágica por la culpa autoinflingida, por la búsqueda de un perdón que solo pueden darlo quienes ya no están, y un intento permanente de autoconvencerse de que las cosas no hubieran podido suceder de otra manera, pues eran inevitables; una vida marcada por la necesidad personal del perdón, de insistir en convencerse que otro futuro no era posible, como si a fuerza de repetirlo pudiéramos establecer la paz con los que ya no están, y con nosotros mismos.
También de Han Kang en ULAD: La vegetariana, Blanco, La clase de griego, Imposible decir adiós, La vegetariana (contrarreseña)
sábado, 29 de junio de 2013
Erri de Luca: Montedidio
Título original: Montedidio
Año de publicación: 2002
Valoración: recomendable
Erri de Luca venía muy recomendado, en especial por Ainize Salaberri (la directora de Granite&Rainbow), así que cogí Montedidio con muy altas expectativas, que se han visto cumplidas en parte, y en parte defraudadas.
Montedidio (que toma su nombre de un barrio de Nápoles) es una historia de aprendizaje y maduración, contada desde el punto de vista de un niño, con esa mezcla de inocencia y sabiduría que los niños suelen tener en las novelas. El protagonista y narrador vive inmersa en un ambiente duro, en que el dinero no sobra y hay que trabajar duro para ganarse la vida; pero en este ambiente de dureza hay espacio para el primer amor, para la solidaridad, para la poesía y para el aprendizaje. Erri de Luca basa una buena parte del poder del texto precisamente en la mirada poética del niño, que en un lenguaje simple consigue ver la belleza que se esconde debajo de la suciedad.
A medida que estaba leyendo la novela, cada vez tenía más claro que mi valoración definitiva iba a depender del desenlace: la novela está construida a partir de una serie de tensiones crecientes (el niño que ensaya el lanzamiento del boomerang, sin llegar a lanzarlo); el zapatero al que le están creciendo unas alas dentro de la joroba; el propietario del apartamento que acosa a la joven María, la amada del protagonista...)... Y de cómo consiguiera De Luca resolver estas tensiones iba a depender, en mi opinión, el "éxito" o "fracaso" del texto.
Bueno, pues para mi gusto el final no está a la altura del resto de la novela. En los dos últimos fragmentos (la novela se compone de textos escritos por el narrador protagonista, de una o dos páginas de extensión), se resuelven de forma apresurada líneas temáticas que han estado preparadas durante las doscientas páginas anteriores, de una manera demasiado simple para mi gusto. No hay duda de que Erri de Luca tiene un estilo atractivo, sugerente, bonito. Pero me temo que caiga a veces, por lo menos en esta novela, en una cierta idealización o estetización de la realidad, en un cierto esteticismo o "buenismo" que huye de la complejidad de algunos de los problemas que describe.
Mientras leía la novela, por cierto, no he podido dejar de pensar en las similitudes con Léolo, una película memorable por muchos motivos, que también narra la maduración forzada de un niño en un contexto difícil, con un estilo igualmente poético (aunque con espacio para la fealdad, algo que falta en Montedidio). Creo que la visión comparada de las dos obras puede realzarlas a las dos.
Termino con un comentario lingüístico, que hace que lamente no ser capaz de leer el italiano original (la he leído en portugués, por cierto, para liar todavía mas el tema de las lenguas y las traducciones): el protagonista y narrador escribe en italiano, que ha aprendido en la escuela, mientras que sus padres y la mayoría de los habitantes de Montedidio hablan en dialecto, y su voz se cuela muchas veces en el texto. De Luca tiene siempre cuidado de explicar en italiano las expresiones napolitanas que aparecen, pero quizás habría sido más apropiado dejarlas sin explicar (porque el narrador no necesita ninguna explicación para entenderlas) y que el elemento dialectal, a veces incomprensible, quedase en el texto como una cicatriz que revela ese mundo subterráneo e invisible en la "alta cultura" que representa el italiano.
También de Erri de Luca en ULAD: Tú, mío, El contrario de uno, Adelfa, Arco iris, La natura expuesta, Imposible, Napátrida, Las reglas del Mikado
sábado, 7 de septiembre de 2024
Contrarreseña: Un amor de Sara Mesa
miércoles, 6 de febrero de 2013
Colaboración: Cuatro por cuatro de Sara Mesa
martes, 22 de diciembre de 2015
ULAD: Nuestros libros del 2015
Mejor novela del s. XX: Los reconocimientos, de William Gaddis
Mejor novela del s. XXI: Abril rojo, de Santiago Rocangliolo
Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre
Mejor novela iniciática: Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil
Mi gran descubrimiento: La escritura peligrosa de Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna
Mejor ensayo: La insensatez de los necios, de Robert Trivers
Mejor volumen de relatos: Extinción, de David Foster Wallace
Peor novela: 1914. El asesinato de Sarajevo, de Eladi Romero García
No he pasado de la cuarta página en: El día en que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom
Juan G. B.
Novelón del año (en todos los sentidos): Los reconocimientos, de William Gaddis.
Sorpresa (se entiende que agradable): Londres después de medianoche, de Augusto Cruz.
Novela negra para-disfrutar-más-que-un-cochino-en-un-lodazal: Lennox, de Craig Russell.
Libros que me removieron las entretelas (y algo más): Poeta muerta, de Patricia Heras y La captura de Macalé, de Andrea Camilleri.
Mejor carta de navegación por los procelosos piélagos de nuestra época: La piel de la frontera, de Francesc Serés
Escollos evitados a tiempo: Lección de anatomía, de Marta Sanz y Un mal año para Miki, de José Ovejero.
Libros más preciosamente ilustrados: La vida de las paredes de Sara Morante e Ilustre Ruritania ilustrada de Ainize Santos y Santi Pérez Isasi (lástima de texto, en este caso).
Novela gráfica del año: Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko.
Publicación y recopilación del año (y obra maestra): Torpedo 1936 (integral), de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.
Santi
Novela española del año: Cicatriz de Sara Mesa
Novelón del año: El museo de la inocencia de Ohran Pamuk
Clásico del año: Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell
Descubrimiento del año: Anna Starobinets, en particular sus relatos.
Autor al que ya no daré más oportunidades: Patrick Modiano
Fenómeno literario del año: Elena Ferrante y su serie de novelas sobre Dos Amigas
Fenómeno literario que no entiendo: la seride de novelas Mi lucha Karl Öve Náusea
Curiosidades literarias: En Nadar-dos-pájaros de Flann O'Brien y Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Mestre
Literatura y/o periodismo, a quién le importa: La agonía de Francia de Chaves Nogales y El fin del 'homo sovieticus' de Svetlana Aleksievich
Carlos Andia
Libro de viajes del año: En mares salvajes, de Javier Reverte
Novela apetecible 2015: Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga
Decepciones de mayor o menor rango: En la orilla, de Rafael Chirbes, y Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero
Francesc Bon
Un año en que publican dos de mis autores favoritos no debería ser malo. Aunque lo hagan con obras que quizás, no sean sus mejores. Pero si bien a Houellebecq todos los acontecimientos ajenos han contribuido a que Sumisión gane en relevancia, crezca en trascendencia y rabie de actualidad y, por lo tanto, sea indiscutiblemente la novela más importante del año y su lectura obligatoria. A su lado, y no por deméritos, Pureza palidece, aunque crece en el recuerdo, lo cual no está nada mal. No suelo ponerme al lado de los vilipendiados por el mero hecho de serlo, pero ¿Franzen? El mejor de los que lo despedazan, que escriba un párrafo como el peor de los incluidos en Las correcciones y entonces hablamos.
Un autor con el que repetiré: aparte de decenas de clásicos, creo que volveré a probar a DeLillo para ver si el brutal desequilibrio entre Ruido de fondo y Cosmópolis tiene algún matiz. Y caerá algún Faulkner más, supongo.
El libro que marcó mi año: Sumisión, y aún podría exponer una docena de nuevos motivos por los que seguiré defendiendo esta novela.
El accésit: aunque plantee dudas sobre si son puntos de partida de una carrera o no, libros como Nuevo destino son auténticos ganchos en la quijada.
Una apuesta personal: Santiago Lorenzo cambiando de registro o Jenn Díaz poniendo su brillante prosa al servicio de asuntos más carnales. Peligro de que estilo, por brillante y solvente que este sea, devenga encasillamiento, amigos.
Frustrado: por no poder aportar mucho nuevo aquí ya que prácticamente todo lo que he leído ha caído en ULAD. Sí que he reconocer que este año ha sido para mí más un año de editoriales que de autores. Cualquier cosa de Sajalín, muchísimas cosas de Malpaso y bastantes de Blackie Books y Asteroide,
Incomprensible: Anagrama convirtiendo en emblemas de su producción dos naderías como Blitz y También esto pasará.
Y, como siempre, emplazar a nuestros lectores a que aprovechen los comentarios para dejarnos sus listas, sus sugerencias, preferencias, filias y fobias. Que ya tardabais.







