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jueves, 7 de abril de 2016

Sara Mesa: Mala letra

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: está bien > recomendable

Compré este libro, y empecé a leerlo, con sentimientos bastante contradictorios. Por una parte, me había gustado mucho Cicatriz, la última obra de Sara Mesa, aclamada por casi todo el mundo como una de las mejores novelas de 2015 en España. (¡Si hasta Tongoy ha reconocido que "tampoco me parece para tanto el desastre", lo que en su caso equivale a un "muy recomendable!). Por otra parte, temía que Mala letra fuera precisamente un intento de capitalizar (o "monetizar", que es un término más siglo XXI) el éxito de Cicatriz: una estrategia de la editorial para vendernos un 2x1: ¡Si te gustó Cicatriz, te gustará Mala letra! Así que al principio de la lectura esperaba lo mejor, pero me temía lo peor.

Y la verdad es que el primer cuento casi confirmó mis peores augurios: "El cárabo" no parece un cuento de Sara Mesa, o por lo menos no de la misma Sara Mesa que escribió Cicatriz. Incluso el estilo, aquí mucho más florido y adjetivado, parece diferente, y la historia sobre una madre y su hijo perdido en el bosque apunta cosas interesantes, pero no acaba de concretarlas. "Mármol", el siguiente cuento, también resulta algo extraño: es un ejercicio de autoficción en que Sara Mesa escribe que escribe sobre un episodio de su infancia. Muchos de los relatos de este libro, por cierto, tienen niños como protagonistas: también el siguiente, "Apenas unos milímetros", que casi podría pertenecer al mismo mundo de "Mármol".

A partir de aquí tengo la impresión de que el libro remonta, y de que es más propio de Sara Mesa, o mejor dicho, de la imagen de Sara Mesa que me hice después de leer Cicatriz. Los relatos son más oscuros, más duros, más secos, y la autora se atreve a hurgar más al fondo en situaciones desasosegantes, inquietantes, terribles. En "Creamy milk and crunchy chocolate" son las consecuencias de un accidente de tráfico; en "Palabras-piedra", la relación enfermiza entre una niña y su tía; en "Nada nuevo" es un hombre anciano y desagradable encerrado en su casa con su gato, esperando a la muerte...

"Nosotros los blancos" es, creo, el relato más largo, y también el más complejo. Una mujer que está a punto de dar a luz a un niño para cederlo a un matrimonio estéril, pide a su hermana que vaya a visitarla para ayudarla con el parto y con todo lo demás. Luego la mujer cambia de idea, el futuro padre adoptivo se enfurece y la historia se complica. Hay en este relato más densidad de tramas y de personajes, y un conseguido escenario ambiguo y confuso de VIPs, clubs nocturnos y pensiones baratas. "Picabueyes" y "Papá es de goma" son, en comparación, mucho más esquemáticos: relatos que se limitan a contar un episodio oscuro sin buscarle tres pies al gato.

Hay un recurso que Sara Mesa usa en varios de los relatos (en "Apenas unos milímetros", pero también en "Qué nos está pasando") que no me acaba de convencer, por lo que tiene de efectista y también, en algunos casos, de tramposo. Me refiero a la ténica de avanzar un desenlace o un secreto terrible que al final ni siquiera es para tanto. Desde luego, insinuar una catástrofe ayuda a que el lector mantenga el interés, pero no deja de ser un truco fácil y un tanto hollywoodiense para conseguirlo.


"Mustélidos" es el relato que cierra el volumen, y aunque está escrito en tercera persona podría haber sido casi un ejercicio de autoficción. En él una pareja de empleados de una empresa visita un museo de ciencias naturales, y termina hablando del libro que ella ha publicado recientemente. "¿Y esos personajes, tan oscuros, tan…turbios?, le pregunta él a ella, "Todo el tiempo parecen amargados, o tristes, o son directamente egoístas y se comportan con maldad. No hay compasión en ellos, ni arrepentimiento. ¿Por qué tienen que ser así? ¿Es ése el tipo de gente con la que te encuentras, con la que convives a diario? ¿Todo el mundo que te rodea es así?" No resulta difícil imaginar que la propia Sara Mesa haya tenido que responder a preguntas semejantes por parte de las personas que la conocen.

Termina la lectura del libro, y sigo sin conseguir responder a mi duda inicial. ¿Estaba Mala letra ya escrito y planeada su publicación, antes incluso del éxito crítico de Cicatriz, o estamos ante una maniobra de marketing de la editorial para vender libros de una escritora de moda? Los primeros relatos del volumen, que me parecen inferiores al resto, me hacen pensar que algo de presión por sacar nuevo libro cuanto antes sí ha habido. Quizás con más tiempo habría habido una criba mayor, algunos relatos habrían salido y otros nuevos habrían entrado en el libro. Dicho esto, Mala letra no es un mal libro de relatos, sobre todo en su segunda mitad; leído en conjunto con Cicatriz, da para ver que Sara Mesa tiene un estilo y una voz propias, y que podemos esperar buenas obras suyas en el futuro. Si le dejan tiempo para que las escriba, claro.


También de Sara Mesa en ULAD: CicatrizCuatro por cuatro

jueves, 18 de junio de 2015

Sara Mesa: Cicatriz

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

Últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por mujeres (sí, soy perfectamente consciente de que no escribiría la frase contraria, "últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por hombres), y me está pareciendo encontrar una línea estética común que une esta novela con La trabajadora de Elvira Navarro o con Por si se va la luz de Lara Moreno, y también, en otro estilo, con El límite inferior de Nere Basabe o (en un tono más juguetón) Modelos animales de Aixa de la Cruz. En la reseña de la novela de Nere Basabe hablé de crueldad; hoy, en relación con Cicatriz, creo que conviene más el término "crudeza".

La segunda frase de La trabajadora, en la que Susana dice que "Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena" es un ejemplo extremo de esta crudeza. Y aunque Cicatriz no llega a ser tan explícita ni tan sórdida como esto, sí que se nota (o creo notarlo yo, por lo menos) un mismo distanciamiento, un antisentimentalismo en la forma de construir los personajes y contar la historia. Existen de hecho otras similitudes entre La trabajadora y Cicatriz: Sonia, la protagonista de Cicatriz, es una joven becaria que malvive gracias a un trabajo inútil en un archivo (en La trabajadora era una editorial), y que vive en la periferia de una ciudad. Para Sonia, como para la Susana de Elvira Navarro, internet es casi su única ventana al mundo, su única forma de entrar en contacto con otras personas.

Es a partir de aquí cuando las dos novelas se separan, y cuando la de Sara Mesa se eleva, al entrar de lleno en su verdadero tema: en la relación codependiente que se establece entre Sonia y Knut Hamsum (es un seudónimo, por supuesto), un hombre misterioso al que conoce en un chat sobre literatura, y que se empeña en enviarle libros, primero, y después ropa, perfumes o lencería que antes roba en tiendas y grandes almacenes. Extendida a lo largo de los años, esta relación adquiere un cariz de fantasía sexual (sin sexo) controlada por Knut, en la que Sonia acepta entrar por vanidad, por soledad o por aburrimiento.

Hay varios aciertos en Cicatriz que hacen que me haya gustado más, personalmente, que La trabajadora. Existe en esta novela una compenetración casi perfecta entre el tema, el tono y el estilo empleado para contarlo. La narración es sucinta, el estilo es escueto y sencillo, desnudo, acorde con una relación en la que los sentimientos de los personajes, si existen, están amortiguados u ocultos. También la estructura de la novela, que juega a adelantar acontecimientos para luego volver atrás y completar los huecos (o no, dejando que el lector los rellene por su cuenta) contribuye a mantener la atención y la tensión del relato.

Bien pensado, la historia que cuenta Cicatriz es bastante triste: dos seres solitarios, que no terminan de encajar en el mundo, se enredan en una relación que cuestiona los límites de las convenciones (la primera de ellas, la de la propiedad privada), que se satisfacen mutuamente durante un tiempo, y luego se engañan, se distancian, se reencuentran, descubren su insuficiencia y terminan por aceptarla. Pero todo ello está contado sin estridencias y sin dramatismos, hasta llegar al desenlace, que incluso transmite una cierta esperanza teñida de nostalgia.

Una buena historia, desasosegante pero muy bien contada. Por lo tanto, una novela muy recomendable.

También de Sara Mesa en ULAD: Mala letraCuatro por cuatro

domingo, 26 de mayo de 2013

Luna Miguel: La tumba del marinero

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien

Hace unos meses presentábamos el poemario Pensamientos estériles de Luna Miguel y ahora le ha tocado el turno al último poemario que acaba de publicar de la mano de La Bella Varsovia, editorial que vuelve a apostar por ella, después de ofrecer una oportunidad a su primer poemario Estar enfermo (La Bella Varsovia, 2010) o a Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), antología poética coordinada por la poeta.

En La tumba del marinero encontramos un conjunto de poemas más extenso que los anteriores que presenta una mayor densidad y reflexión en comparación a obras anteriores. Se trata de Un dia­rio de aven­tu­ras donde anoto mis des­cu­bri­mien­tos, mis obse­sio­nes, mis rece­tas, mis opiniones, tal y como señala la autora en una entrevista concedida a la revista Koult.

Es cierto que muchos de los temas propios de su poesía se repiten (literatura, amor, sexo, referencias a la muerte, la presencia de la enfermedad, la juventud perdida o a punto de, las drogas), pero ahora se trabajan desde otra perspectiva, se ahonda más y aparecen temas nuevos o, al menos, un nuevo tratamiento de los antiguos. Está por un lado el extrañamiento ante el cuerpo de la persona amada, como en el caso de la voz poética que se interroga en el caso del poema "Historias de la vida en común": A mi lado un cuerpo dormido. Un cuerpo dormido que no responde al beso. Que no responde a la caricia. Que agita la mano disgustado si poso el labio en su mejilla. A mi lado el subconsciente. A mi lado la ficción soñándose a sí misma. En qué mundo estará. En qué mundo habita ahora el hombre que me ama. ¿Es el hombre que me ama esto que respira?


Están también la presencia de la muerte, de la enfermedad (el cáncer, la cicatriz, la diabetes), pero en este caso, estos conceptos ya no se perciben como un juego, reto, desafío o incluso provocación, sino que se aprecia una experiencia directa, un proceso de aceptación que lleva a Luna Miguel a mirar de frente, directamente, y a poetizar esta experiencia. La muerte no puede ser experimentada ni por los vivos ni por los muertos pero sí por los enfermos, dice, y acto seguido, se arranca la piel de cuajo y sus dedos sangran, tal y como lo hace su poesía. Decir enfermedad es decir locura, continúa, y sustituye los tatuajes que aparecían en Pensamientos estériles por cicatrices: Pacté con mi madre un tatuaje en el cuello./ Las dos compartiríamos marca,/ las dos/ el sello de tinta que nos une./ Sin embargo, ahora/ una cicatriz en el lugar íntimo/ separa nuestras nucas para siempre., explica en "Sailor's Grave", poema que da título a esta colección de textos.

Si interpretamos la cicatriz como símbolo de madurez, estaríamos también ante la muerte simbólica de la joven que entra en la edad adulta, teme, siente celos, se independiza, se muda, vive y dibuja su árbol genealógico de las cicatrices (abuelo, abuela, madre, padre, amante). Pero es consciente de que, para ella, estas cicatrices acaban de empezar: Mi vida no tiene cicatrices. Solo manchas,/ aceite, tiempo quemado:/ un rasguño.

En alguna ocasión, el poemario cae de nuevo en el verso efectista y la repetición de la que ya hablábamos al reseñar Pensamientos estériles, y, aunque en el caso de algunos poemas sus versos no lleven a más, sean demasiado evidentes (nos referimos por ejemplo a "Coma diabético": Tú me diste una boca./ Mi madre me dio este páncreas./ La Ciencia me dio insulina./ Dios no me dio nada/ salvo miedo/ en un puñado de azúcar) o se queden simplemente en el poema idea ("Convivencia": Tejo contigo/ el terror a la disputa), en la mayoría de sus textos supera la simplicidad del puro efecto y ofrece un poema que no nos deja indiferentes ("Quimioterapia": El miedo solo afecta a la piel de los párpados./ Si los corto: no siento./ De qué sirve mirar si nos separan.).

De todas formas, es en sus poemas en prosa donde la poeta profundiza y elabora los mejores poemas. Es ahí donde reside su fuerza y donde arrastra. Donde investiga, desarrolla, rompe y se atreve. Y, lo más importante, donde nos apetece seguir leyendo y aguardando su próximo poemario. Así como Luna lleva la imagen de un ancla tatuada en su piel, su prosa poética lleva tatuada en sus páginas el trazo de la buena poesía, aunque todavía queden algunos poemas por pulir. Afortunadamente, es evidente que la autora conoce el mapa de navegación y el viaje promete.

También de Luna Miguel en ULAD: Pensamientos estériles 

miércoles, 1 de agosto de 2018

Sara Mesa: Un incendio invisible

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: está bien

Cuando Seix Barral decidió reeditar este año El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, casi se puede decir que estaba haciendo un servicio público: esta novela, muy probablemente la mejor de su autor, había sido originariamente publicada por los Libros del Silencio, editorial desaparecida tras la temprana muerte de su editor, Gonzalo Canedo, así que el libro se había quedado huérfano y necesitaba una nueva casa y una nueva edición que lo acercase a nuevos lectores.

La lógica detrás de la reedición de Un incendio invisible en Anagrama parece ser algo semejante, ya que esta novela estaba descatalogada y era prácticamente inencontrable hasta su reedición. Sin embargo, creo que todos (editores, críticos y hasta la propia autora) estamos de acuerdo en que la mejor novela de Sara Mesa hasta el momento es Cicatriz, aparecida también en Anagrama en 2015, con gran éxito de crítica y público (más aún de Cuatro por cuatro, la novela con la que Sara Mesa dio el salto a la fama y a Anagrama, con perdón por la rima). Así, la republicación de Un incendio invisible parece estar destinada, también, a llenar un hueco editorial a la espera de que aparezca una nueva novela, Cara de pan, anunciada para septiembre de este año, y completar la colección de las obras (casi) completas de la autora en su nueva casa.

Esto no quiere decir que Un incendio invisible no sea una novela interesante, que lo es en dos sentidos : porque no es una mala novela, aunque tiene sus limitaciones, como luego intentaré justificar; y porque puede servir para que los seguidores de Sara Mesa vean cómo se ha ido formando su estilo, su mundo y su personalidad literaria, a través de este experimento narrativo relativamente temprano.

Porque tal y como dice la propia Sara Mesa en la introducción, en Un incendio invisible se aprecian ya alguno rasgos que definen la narrativa de la autora: un estilo sobrio y sin virguerías innecesarias (aunque aquí no está todavía tan acabado como en obras posteriores), un universo urbano decadente, unos personajes deliberadamente antipáticos y una trama que gira en torno a la soledad y el abandono. Todo ello hace de Un incendio invisible una lectura alejada de los cánones comerciales, que parecen exigir un protagonista bueno y bonito que se enfrenta a las duras condiciones de la vida, y (generalmente) sale triunfante.

En esta novela tenemos, sí, un "extraño en tierra extraña": el doctor Tejada, que llega a la ciudad de Vado con el objetivo de encargarse del asilo New Life, en rápida decadencia como el resto de la ciudad. Allí, en el asilo y en la ciudad, encuentra un coro de personajes extraños y en general hostiles: el malvado jardinero Catalino, la vieja Clueca, la recepcionista del hotel Madison Lenox, la niña que se hace llamar Miguel y que alimenta al galgo Tifón, le enfermera Ariché, el investigador Benmoussa... Sobrevivientes de una ciudad que agoniza, por motivos desconocidos y nunca explicados (el "incendio invisible" del título), y avanza hacia la destrucción definitiva.

En una novela más convencional, como decía, el doctor Tejada intentaría resucitar el asilo, enfrentándose a los obstáculos y previsiblemente venciendo a los enemigos. Pero esto es una novela de Sara Mesa: al doctor Tejada se la sudan (con perdón) los viejos, ignora o insulta a sus empleados, establece con la recepcionista una relación corrosiva de amor-odio codependiente, y además viene perseguido por hechos oscuros de su pasado de los cuales llegamos a saber bien poco. A los personajes más o menos simpáticos, como Ariché o Benmoussa, Tejada los trata con condescendencia y/o desprecio. Solo con la niña mantiene algo parecido al afecto, aunque también esa relación se vuelve ambigua. No tenemos aquí un relato moral de superación, sino un retrato bastante oscuro del abandono, individual y colectivo.

El mayor problema que le veo a la novela es que, como novela tempra que es, se le ven demasiado los mimbres, por decirlo de alguna forma, sobre todo en la primera parte: cuesta que fluya la narración, y algunos de sus hilos parecen poco conectados con el resto; los personajes, casi todos desagradables, parecen cortados por un patrón demasiado parecido. Tampoco el estilo, como decía antes, está trabajado por la autora hasta llegar al punto de concisión fría de sus siguientes obras (aunque de acuerdo con sus declaraciones ha revisado el texto en esta nueva edición). Y aunque la imagen de la ciudad que se pudre encima de sus propios huesos es poderosa, y algunas de las ideas apuntadas son verdaderamente interesantes, parece que no llega a explorarse con todas sus consecuencias.

Sí, es una novela interesante, está bien, y sobre todo ayuda a reconstruir el recorrido narrativo de la autora; pero no es su mejor obra. Lo que espero, lo que esperamos los lectores, es que la siguiente novela de Sara Mesa no solo repita las virtudes de Cicatriz sino que las supere, y marque una trayectoria ascendente en la que Cicatriz no sea un one time hit sino una etapa intermedia.

jueves, 16 de febrero de 2017

Markus Orths: La camarera

Idioma original: alemán
Título original: Das Zimmermädchen
Año de publicación: 2008
Traducción: Mª José Díez Pérez
Valoración: está bien (creo)

Si hacemos caso a este magnífico blog en el que ahora escribo (y debemos hacerle caso SIEMPRE), Markus Orths puede ser un escritor descacharrante, perteneciente a ese ¿sorprendente? combo de escritores alemanes de humor que rondan la cincuentena -por citar tan sólo algunos reseñados aquí: David SafierTimun Vermes o el algo más joven Soboczynski- y que en los últimos tiempos se han ido publicando también en castellano. Bien, como hasta ahora yo no había leído nada de este caballero, no dudo de que sea la monda si se lo propone. Pero también tengo claro que en esta novela corta, La camarera, no pretendía serlo, de ninguna manera; muy al contrario, el efecto que produce en el lector este libro es de bastante tristeza e incluso no poco desasosiego.

La protagonista es una mujer joven, Lynn Zapatek, que sale de una clínica psiquiátrica donde ha estado recluida seis meses -no se nos dice por qué, pero enseguida nos queda claro que sin duda se debió a una causa más que justificada- y ante su falta de fondos y su forma obsesiva de dedicarse a la limpieza doméstica, decide dedicarse a una actividad laboral acorde con sus "cualidades": limpiar habitaciones en un hotel (algún indicio nos puede hacer suponer que también es a lo que se dedicaba o al menos en algún momento, antes de su ingreso en la clínica, aunque eso no tiene la menor importancia para el desarrollo de la historia). En ese trabajo, Lynn disfruta como una loca... eeh... perdón, quiero decir que su dedicación obsesiva al mismo (y hay que emplear la palabra OBSESIÓN con mayúsculas), combinada con la contemplación -por no decir inspección o registro- de los enseres de los clientes del hotel, lo que le permite elucubrar sobre sus personas y vidas, le proporcionan un "relleno" de su tiempo tranquilizador para su psique, preocupantemente escorada hacia el autoextrañamiento y el vacío existencial. Ahora bien, como cabe adivinar, inmiscuirse de estrangis en las vidas ajenas tiene su complicaciones, cuando se pasas ciertos límites... que no voy a desvelar aquí, tranquilos.

La novela, pese a su brevedad -en realidad es poco más que un relato o cuento largo-, o quizá por eso mismo, resulta de lo más intensa, impresión a la que contribuye, sin duda, un estilo pulcro, conciso pero certero, además, claro está, las características de la propia historia que nos cuenta. Cierto es que el autor también se podía haber decidido a tirar por alguno de los caminos que la historia abre o apunta; algunos recuerdan el trabajo de la fotógrafa y escritora Sophie Calle, por ejemplo. También, en algún aspecto, la novela de Sara Mesa Cicatriz (aunque en todo caso sería al revés, pues ésta es posterior a la que comentamos hoy): en La camarera asistimos de igual manera a cómo un personaje femenino se deja arrastrar por un comportamiento que se convierte en claramente peligroso o al menos pernicioso para ella misma. Aunque si el de la protagonista de esta novela tiene como causa un trastorno mental, la de Cicatriz se deja llevar por el delirio ajeno tan sólo porque le falta un hervor, o eso parece... En fin, por último, la Lynn de Orths también puede considerarse, aunque no se exprese de forma explícita, como un espejo en el que se refleja la alienación de las vidas contemporáneas en el mundo desarrollado, aunque el escritor tampoco insista mucho en este punto; puede que con dejar alguna que otra pincelada indirecta resulte suficiente...

La mayor pega que se le puede poner a La camarera, creo yo, es precisamente que en el momento en el que uno está más inmerso y hasta casi subyugado por la historia, es cuando se acerca su fin, de forma que cuando llega, aun sin que sea de manera brusca o inesperada, deja cierto regusto a interrupción, a que nos han dejado sin postre... (al menos, esa fue mi sensación que, por supuesto, es ante todo subjetiva). De ahí también lo complicado de entrar a valorarla: si ya me supone, en ocasiones, una tarea ardua, con libros como éste la cosa se pone peliaguda: un "está bien" quizás sea excesivo para una novela que me ha dejado con la miel en los labios, pero un "se deja leer" y no digamos un "decepcionante" serían de toda manera injustos. Bueno, pese a lo afirmado en la primera frase de la reseña, está claro que no se puede acertar siempre... que quien quiera lea el libro y se haga su propia idea; al fin y al cabo, ésta es siempre la más fiable de todas.


Otros títulos de Markus Orths reseñados en Un Libro Al Día: La sala de profesores



viernes, 6 de septiembre de 2019

Tom McCarthy: C

Idioma original: inglés
Título original: C
Año de publicación: 2010
Traducción: José Luis Amores
Valoración: bastante recomendable

Acostumbrado a que las novelas de Tom McCarthy abordaran siempre temáticas muy contemporáneas, incluso con un cierto aire futurista (los desarrollos hi-tech de la espléndida Satin Island), he de reconocer sentirme algo extraño en las primeras páginas de C, novela traducida recientemente para Pálido Fuego. Entre carruajes, partos en casa y métodos educativos decimonónicos, por un momento me veía situado en alguna de las partes de la Trilogía de Deptford, incluso en esas asequibles novelas de Jean Echenoz que parecen semblanzas de grandes personajes con cierto aire anacrónico, o los tanteos de Lemaitre con el periodo entreguerras. Pero no: McCarthy demuestra aquí porque, seguramente, sea de todos los escritores de la actualidad (justo cumple los 50) el que muestra una trayectoria más sólida y coherente, uno de esos cuyas obras generan eso tan tópico de expectativas crecientes. 
C es, se entiende, la inicial de Serge Carrefax, y esta es la historia de su vida, desde que, con dos años y medio, nos es presentado en una sorprendente escena que alterna a su madre, largo parto de un hermano, y a su padre, que mientras tanto experimenta en otra estancia de su propiedad, obsesionado con los materiales necesarios para sus descabellados hallazgos. Ya esta cuestión McCarthy la plantea, detalles que se van manifestando, no como una situación clásica de genio chalado o de científico excéntrico. Notamos algo ahí: una corriente subterránea de algo atípico, no sabemos si incómodo o perverso, que representa un presagio de que estamos en otra onda que la de un folletín convencional. Poco convencional es, desde luego, como McCarthy estructura la historia. Cuatro grandes capítulos con enormes boquetes narrativos completamente premeditados, elipsis que persisten con ligeras recurrencias y que puede que a ciertos lectores de perfil clásico ofusquen algo: esta no es una narración con planteamiento-nudo y desenlace. Y aunque pueda encuadrarse dentro de lo que viene a llamarse novela de formación, aunque los episodios definan perfectamente al personaje, es el lector quien tiene que completar esas lagunas, y la novela queda muy abierta a especulaciones, aspecto a tener en cuenta. Del Serge apenas un crío descrito en una primera parte brillante, de aire casi costumbrista, saltamos al tardoadolescente que será convocado, gracias a su pericia con la tecnología, a integrar la fuerza aérea británica en la Primera Gran Guerra. Una parte quizás demasiado detallada en las cuestiones puramente bélicas, pero que continua mostrándonos a un protagonista ajado, impasible, calculador. Un salto de una década y media que deja un primer misterio: la muerte de su hermana Sophie con diecisiete años. El siguiente salto, quizás más breve en el tiempo pero más profundo (la guerra como profunda cicatriz en una generación y una sociedad) nos lleva a Carrefax ya joven y ejerciendo como tal. Sexo y drogas coexisten en ella, en un Londres de los años 20 donde es fácil hacerse con cocaína o heroína y donde su uso representa casi un plus lúdico.
La cuarta parte del libro, la de la teórica resolución (si así puede considerarse) nos sitúa a Carrefax en el Egipto de la independencia y la descolonización, como empleado de una compañía que está interviniendo en los yacimientos de las tumbas en la ribera del Nilo.
C es una novela tanto más interesante cuando se considera que, a partir de ella, una narración con elementos clásicos, McCarthy ha ido sintetizando sus personajes, siempre hombres jóvenes que parecen desplegar una burbuja en torno a sí que condiciona su visión del mundo. Carrefax es, hasta el final, un absoluto misterio desde sus curiosos hábitos sexuales hasta su actitud poco implicada a ceder ante las emociones en su existencia. Sin ser una narración de difícil lectura, si que requiere ese plus por parte del lector, como una especie de tolerancia ante el hecho de no encontrarse con una historia al uso, más bien como un pretexto para encapsular cierta voluntad de experimentar sobre mimbres más o menos reconocibles.

sábado, 10 de agosto de 2019

Barbara Comyns: El enebro

Idioma original: Inglés
Título original: The Juniper Tree
Traducción: Miguel Ros González 
Fecha de publicación: 1985
Valoración: Recomendable



Bella, una madre soltera acomplejada por la cicatriz que le surca el rostro, se muda junto a su hija a Richmond. Allí encuentra un trabajo que la apasiona y traba amistad con los Forbes. Por primera vez en mucho tiempo se permite creer que la vida le sonríe. Pero no es oro todo lo que reluce, como Barbara Comyns demuestra en estas páginas.

Vaya si lo demuestra. Por cada alegría que experimenta Bella, una desgracia la está acechando. El tono agridulce que impregna la novela es, para mí, su mayor acierto. Hace que lo que se nos está contando sea verosímil, y lo aleja de la esencia abstracta y simplista de la fábula en la que se basa.

Así es: El enebro está inspirado en un macabro cuento alemán recopilado por los hermanos Grimm y titulado del mismo modo. Como ya he insinuado, la obra de Comyns elude gozosamente los anacronismos de su material de base, al que logra actualizar. De modo que arquetipos, simbología y situaciones pertenecientes a los cuentos de hadas tienen su modesta aparición en este texto (la jorobada de turno, unas pérfidas urracas, alguien que pierde un zapato, la madrastra indispensable...), pero todos estos elementos han sido dosificados con inteligencia e integrado adecuadamente en el registro realista de la obra.

Otro de los aciertos de esta historia es la tensión que provoca. A medida que avanza el argumento, el lector percibe que algo extraño está sucediendo entre líneas, pero es incapaz de discernir qué es exactamente hasta que le estalla en la cara. La sutileza y el "foreshadowing" con que trabaja Comyns ayudan en este sentido a crear una historia planificada pero, asimismo, imprevisible. Algo que tiene mucho mérito, teniendo en cuenta que si uno conoce de antemano la fábula de los Grimm a la que se está homenajeando aquí, o lee la cita con que se inaugura el libro, ya puede intuir por dónde irán los tiros. Que la autora consiga sorprendernos pese a esto es, repito, increíble como poco. 

Llegados a este punto, enumeremos otras de las virtudes de este conseguido relato.

  • La minuciosidad de la prosa de Comyns. Sus detalladas descripciones y el nivel de detalle de que hace gala son tremendamente inmersivos y nunca llegan a volverse cargantes. 
  • Todos sus personajes están caracterizados. Incluso aquellos que apenas asoman la cabeza unos capítulos para luego desaparecer definitivamente. 
  • Las interacciones entre personajes. Especialmente aquellas que son tóxicas a más no poder.
  • El retrato del Londres de los años 80, plácido y casi bucólico. Contrasta muy bien con la atmósfera malrollera de ciertos pasajes. 

Por otro lado, no quiero dejar pasar esta ocasión para remarcar algunos de los aspectos más flojos de la novela.

  • Sus capítulos iniciales no acaban de fluir orgánicamente. Recuerdo uno, por ejemplo, que se abre con un "flashback" y regresa luego al tiempo presente de forma abrupta y confusa. 
  • Comyns repite en varias ocasiones información que ya había dado previamente, y la presenta como un dato nuevo. 
  • Hay algún que otro altibajo en la traducción. A veces sintáctico, otras una palabra mal escogida. Por lo general, pero, hay que admitir que Miguel Ros González ha hecho un buen trabajo. 

En resumen, pues, El enebro es una novela que cautivará a todos aquellos a los que les atraigan las reinterpretaciones de antiguos cuentos de hadas, al estilo de La juguetería mágica de Angela Carter o La novia ladrona de Margaret Atwood. Sin duda alguna, la colección Rara Avis no deja de desenterrar joyitas la mar de interesantes. 


miércoles, 17 de abril de 2019

Aixa de la Cruz: Cambiar de idea

Idioma original: español
Año de publicación: 2019  
Valoración: Muy recomendable

Contexto. Librazo. Hace ya algunos años que la editorial Caballo de Troya adoptó un original sistema rotatorio: cada año, un editor o editora invitados escogen los libros que se publicarán ese año. Y cada año, al menos uno de los libros ha resultado un bombazo, en crítica, ventas o ambas cosas: El comensal de Gabriela Ybarra; El estado natural de las cosas de Alejandro Morellón; La hija del comunista de Aroa Moreno... Este año, sin desmerecer a Game Boy de Víctor Parkas, una interesante colección de ensayos y relatos en torno a la(s) masculinidad(es), el bombazo parece haber llegado con la segunda de las obras escogidas: Cambiar de idea, de Aixa de la Cruz, un texto híbrido, potente y oportuno (no me gusta el adjetivo "necesario", porque realmente necesarias hay pocas cosas) que ya ha sido calificado de "generacional", aunque creo que es algo más y mayor que eso.


Urgencia. En varias entrevistas (y en el propio libro, también) ha contado Aixa de la Cruz cómo se escribió el texto de Cambiar de idea: como una especie de catarsis inmediatamente después de acabar la tesis doctoral. Una impulso violento - o quizás la necesidad de llenar el vacío que deja una tesis - la llevó a escribir páginas y páginas con una urgencia y una honestidad desacostumbradas. Aunque desde esa primera versión hasta la finalmente publicada ha habido, obviamente, un trabajo de pulido y revisión, esa urgencia todavía se nota en el texto, que se lee con el ritmo acelerado del punk o de las primeras películas de Guy Ritchie. A ello contribuye, también, el que con menos de treinta años la autora haya vivido ya material que cabría en tres o cuatro vidas de otras biografías más "convencionales". En todo caso, que sea una obra urgente y honesta no quiere decir, claro, que sea completamente verídico lo que cuenta; ni lo sabemos, ni debería ser lo más importante de nuestra lectura. De hecho, el fantasma de la (auto)ficción planea sobre el texto de forma explícita, quizás porque, siendo rigurosos, no hay ejercicio de memoria que no sea también un ejercicio de ficción.


Identidad. Máscaras. En un determinado momento Aixa de la Cruz reniega de su anterior novela, La línea del frente, con la cual dice no sentirse ya identificada. Esto tiene su lógica, si partimos de que Cambiar de idea nace de un deseo de autoconocimiento, en que las máscaras interpuestas incomodan. Pero al mismo tiempo no deja de ser paradójico, en mi opinión, porque el tema, e incluso la estructura, de ambas obras, tiene bastante en común: la búsqueda, a través de la reconstrucción de la memoria del pasado, de una identidad más auténtica y coherente. Si en La línea del frente esta búsqueda se hacía a través del reencuentro con un ex-novio, en Cambiar de idea no hay nadie más que Aixa de la Cruz: ella, la del presente, que se enfrente a Aixa de la Cruz, la del pasado, a sus propias contradicciones y errores, intentando huir de la autocompasión en el proceso (y cuando cae en ella, ahí está "Iván" para sacudírsela). Desvelándose, en el sentido de quitar velos que impidan ver, y quizás también en el de perder el sueño.


Memoria. Culpa. Cuerpo. Cambiar de idea es un libro difícil de clasificar: memoria, ensayo, autoensayo, autoficción, ficción. Con todos estos calificativos se han referido a él. Etiquetas aparte, es un ejercicio de memoria (auto)psicoanalítico, porque en el centro de la búsqueda se sitúa la culpa. Una culpa primigenia, que puede tener que ver con la compleja relación de la autora con la madre (¡la culpa es siempre de las madres!), con la ausencia de su padre o con otros episodios traumáticos más o menos reprimidos de su infancia, adolescencia, primera juventud. La confrontación de estas culpas tiene su catarsis, quizás porque la Aixa de la Cruz novelista también tiene algo que decir sobre la ordenación de la biografía de la Aixa de la Cruz memorialista; y esta catarsis está muy relacionada con el descubrimiento de que la memoria no es solo narración: también es cuerpo. Y no solo el cuerpo propio: también la empatía con el dolor del cuerpo ajeno. Quizás este uno de los retos y logros del libro: la inscripción, siempre difícil, del cuerpo en el texto literario, a través del dolor, de la cicatriz, de la herida, del sexo. Del sexo femenino, claro.


Feminismo. Cambiar de idea no es una obra sobre feminismo, del mismo modo que La línea del frente no es una novela sobre ETA. Dicho esto, el feminismo ocupa un lugar muy relevante en las búsquedas y los descubrimientos de Aixa de la Cruz; porque el proceso de autoconocimiento y de reconstrucción le lleva, en primer lugar, a reconocerse como mujer, y luego como mujer feminista, como mujer en un cuerpo de mujer, como mujer bisexual. Le lleva "del yo al nosotros", como nos hacían repetir cuando estudiábamos la poesía de Blas de Otero, o en este caso "del yo al nosotras". Es ese encuentro con la teoría feminista, que ocupa el último tramo del libro - el más cercano al ensayo - el que obra la catarsis necesaria y definitiva, no para que Aixa de la Cruz resuelva todas sus contradicciones, sino para que las acepte como una riqueza, una fortaleza, una realidad inevitable y fructífera.


Año de escritoras. Por mucho que los babelios al final de año nos digan que los mejores libros son los de MaríasCercasVilaMatasMuñozMolinaMendoza, quien lea la producción literaria española de este año con menos anteojeras comprobará que es un año (o un curso, si empezamos a contar desde septiembre) dominado por las autoras: Sara Mesa, Cristina Morales, Aixa de la Cruz, Edurne Portela, María Sánchez, Elvira Navarro... Voces que no pertenecen necesariamente a una misma generación ni forman un grupo homogéneo, pero que se imponen y sacuden un panorama literario que lo venía necesitando. No se trata de modas, se trata de abrir las ventanas y ventilar. Y eso es lo que hace también (con su memoria, con su narrativa, con su trayectoria) Aixa de la Cruz en Cambiar de idea: abrirlo todo, dejarlo todo al aire. Y que respire. 

jueves, 17 de mayo de 2018

Han Kang: Actos humanos

Idioma original: coreano
Título original: 소년이 온다
Traducción: Sunme Yoon (castellano), Alba Cunill (catalán)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Parecía difícil que Han Kang pudiera sorprender de nuevo, tras su irrupción a la esfera literaria en castellano con «La vegetariana», gran obra con la que se dio a conocer en estos lares. Pero creo poder afirmar, sin que el ímpetu y la emoción experimentados tras la lectura del libro alteren mi juicio, que «Actos humanos» incluso lo supera en calidad y emoción. Y es que cuando una historia tiene como origen una serie de hechos sucedidos en la realidad y, aunque de manera indirecta, estos afectaron la vida de la escritora, es cuando las emociones narradas fluyen de manera natural, sin filtros ni adulteraciones, desde las entrañas hasta el texto final.

Así, basándose en los hechos que sucedieron en mayo de 1980 en la Universidad Chonnam de Gwangju (ciudad natal de la autora), el libro escrito por Han Kang es un libro en recuerdo de aquellas personas que, de manera directa o indirecta, fueron afectadas por la masacre causada por el ejército, ante las protestas estudiantiles contra la dictadura de Chun Doo-hwan. Pero no se trata de un tratado histórico ni de un ensayo político, o al menos no en primer plano. Han Kang se trasladó a Seúl poco tiempo antes de aquellos hechos, por lo que este libro está escrito desde la tristeza, desde la pena de quién ve desde la distancia lo que ocurrió con sus antiguos amigos, conocidos y conciudadanos. Con este propósito, el libro que nos ocupa trata sobre las personas más que sobre los hechos, trata sobre la humanidad, los sentimientos, la pena y el dolor, la tristeza y la añoranza, la fuerza y el optimismo, los anhelos y el espíritu vital, la libertad y la opresión, el pesar y la incomprensión, la incredulidad y la desesperanza. Y la violencia, física o emocional.

Estructurada en siete capítulos en apariencia independientes, la autora narra la historia desde diferentes perspectivas, diferentes ángulos con un punto central como núcleo de la historia. Situando como centro la masacre ocurrida, la autora despliega un abanico emocional abriendo un espectro de sentimientos hacia diferentes caminos, focalizando las distintas sensaciones en cada uno de los personajes. La variedad, riqueza y pluralidad de sentimientos que alberga y transmite la autora hace que necesite canalizarlos a través de diferentes personajes, para así copar y alcanzar todo el espectro emocional que la historia ofrece. Han Kang nos habla de esperanza tras la añoranza, de remordimientos tras la solitud, del alma que, en su disociación y cual proyección astral, lucha por seguir pegada a un cuerpo como única vía posible para permanecer aferrada a una vida que se ha ido, que lucha por mantenerse viva a través de los recuerdos, cada vez más difusos y vagos. Cada una de estas emociones es encarnada por los distintos personajes, de manera que entre todos ellos se conforma el paisaje emocional que reside como poso tras la violencia de una masacre, y poniendo como foco principal el de las víctimas en sus dos vertientes: las víctimas que murieron, pero también aquellas personas que sobrevivieron con todo el pesar de su inacción ante la violencia y el abuso; y también, de manera latente, el recuerdo que reside en ellas, que actúa como una losa a la que van atados quienes pretenden seguir adelante:

"La gente de la calle tenía la cara desencajada, como si llevara una cicatriz invisible"

De esta manera, uno de los logros de la autora es la facilidad que tiene en hilvanar una historia narrada, pensada y sentida a través de distintas voces; y no hablo únicamente de un cambio en el protagonista narrador, sino incluso del estilo, del tono, de la voz utilizada; la amplitud de registros de la autora la ubica ante un complejo reto narrativo del que sale profusamente victoriosa. Han Kang necesita entrar en el dolor tan profundamente para hablar de él que no le basta una sola voz y una sola experiencia para alcanzar la magnitud de la desolación y es por ello que teje una historia de distintos personajes entrelazados, ofreciendo un análisis caleidoscópico y plural que sirve para explorar de manera holística todas las aristas que hieren los sentimientos de las personas hasta crear una serie de cicatrices con las que sobrellevar la vida hasta que llega la muerte.

De igual modo, y fiel al estilo que demostró en «La vegetariana», Han Kang demuestra su habilidad al hablar del cuerpo y desde el cuerpo, transmitiendo las emociones a partir de él. La visceralidad con la que sus palabras forman un texto de marcada corporalidad, hace que sea el propio cuerpo quien hable pues sabe cómo proyectar a través de él las emociones que del mismo emanan. Su narrativa parece escrita y dirigida por sus sensaciones corporales, desde lo más profundo de su ser; no proviene de su cerebro sino de sus mismas entrañas y, partiendo del cuerpo como centro de todo, es a partir de él donde se construye todo el relato.

Este es un libro escrito por alguien que sobrevivió a una masacre desde la distancia, sin poder evitar sentir cierta carga de consciencia por no haber estado allí junto a sus compañeros. La narración es trágica por la culpa autoinflingida, por la búsqueda de un perdón que solo pueden darlo quienes ya no están, y un intento permanente de autoconvencerse de que las cosas no hubieran podido suceder de otra manera, pues eran inevitables; una vida marcada por la necesidad personal del perdón, de insistir en convencerse que otro futuro no era posible, como si a fuerza de repetirlo pudiéramos establecer la paz con los que ya lo están, y con nosotros mismos.

También de Han Kang en ULAD: La vegetariana

miércoles, 5 de julio de 2017

Vera Giaconi: Carne viva

Año de publicación: 2011
Valoración: Bastante recomendable

Pues sí, el cuento latinoamericano escrito por mujeres goza de muy buena salud y Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Liliana Colanzi, Guadalupe Nettel o Vera Giaconi, entre otras que me dejo en el tintero, dan fe de ello. 

Hoy reseñamos el primer libro de la uruguaya afincada en Buenos Aires Vera Giaconi. Su título, “Carne Viva”, ya nos da una idea de por dónde irán los tiros. No es de recibo, además, que en la portada de la edición argentina de este libro aparezca un blíster de medicinas ni que estos aparezcan mencionados en tres o cuatro de los siete relatos. Y es que los personajes, todos ellos mujeres, que pasan por las páginas de “Carne Viva” arrastran heridas sin cicatrizar. Son personajes que se sitúan en el borde de la sociedad, personajes que no quieren o no pueden (o quizá ninguna de las dos cosas) formar parte de la rueda de la vida. 

Los relatos, de marcado carácter realista, se centran en el abandono, en el hastío, en la incapacidad de sus protagonistas para adaptarse a la realidad que los rodea. Eso sí, desconocemos las causas que lo provocan, desconocemos el pasado de los personajes y solo podemos asistir a su lento deterioro, como el de esa pareja que protagoniza los últimos relatos y que llega a preguntarse: 
"Nunca podía recordar cuántos años llevaban juntos: ¿diez, veinte?"
El libro se divide en dos partes. La primera está compuesta de cuatro relatos independientes, protagonizados por mujeres que se encuentran en las situaciones ya descritas, como una madre y una hija separadas por abismos cotidianos, tres hermanas alejadísimas entre sí o una chica incapaz de superar la muerte de su madre. Esta primera parte es, en mi opinión, algo más irregular que la segunda debido, fundamentalmente, al final de alguno de los relatos, que me ha dejado con un regusto amargo. 

La segunda parte se compone de tres relatos, que se pueden leer como tres relatos breves e independientes o como un único relato largo, centrados en la pareja formada por Teo y Ema. En ellos, asistimos a la lenta descomposición del matrimonio, que va acompañado de un progresivo abandono y deterioro físico de Ema. 

En fin, un primer libro de relatos muy interesante, con siete relatos duros, turbadores por momentos, de esos que dejan nudos en la garganta y alguna que otra cicatriz. Ya digo que su principal “pero” sería una cierta irregularidad en su primera parte. Por contra, destacaría la capacidad de Giaconi aproximarse a sus personajes y a su cotidianeidad sin entrar a valorarlos y la tensión que es capaz de crear a partir de situaciones aparentemente triviales. 

Por cierto, por si a alguien le interesa, el segundo libro de Giaconi, “Seres queridos”, ha sido recientemente editado en España por Anagrama. Y, sí, habrá reseña.

También de Vera Giaconi en ULAD: Seres queridos

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


lunes, 14 de marzo de 2016

Izaskun Gracia Quintana: Crónicas del encierro

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: Recomendable

Hace algunos años, y durante algunos años, tuvimos el placer y el privilegio de que Izaskun Gracia Quintana (aka "Izas") fuese la Gran Dama de ULAD: quien bucee en los archivos de los años 2010, 2011, 2012, verá que una de cada cuatro reseñas aproximadamente lleva su firma. Así que reseñar ahora su primer libro de relatos (no "su primer libro", porque ya ha publicado varios poemarios) es un acto de justicia que nos llena de orgullo y satisfacción.

Pocos libros he leído últimamente en los que el título describa mejor el contenido que en estas Crónicas del encierro. Porque, de hecho, los relatos que componen este libro son en su mayor parte un conjunto de variaciones sobre el tema del aislamiento, el enclaustramiento, el secuestro, la reclusión, voluntaria o involuntaria, y sus consecuencias físicas y mentales (un tema, por cierto, que comparte con Iván Repila y su Niño). En "Tap" (el relato que abre el volumen), es un hombre tumbado en una cama; en "El vestido azul", una mujer que hace recuento de las posesiones de su madre, a la que ha cuidado incansablemente durante años; en "El pozo", son dos niños que juegan en un túnel subterráneo; en "Diario nocturno", un hombre que sufre una extraña enfermedad que no le permite salir de casa durante el día...

Hay algunos relatos que escapan a esta temática del encerramiento, entendida en sentido literal (aunque quizás no tanto si lo interpretamos en sentido metafórico): en "Barcos hundidos", un hombre con una casi completa falta de empatía relata entrecortadamente su relación con sus padres, con su hermana, con su novia... Y en "Vacaciones", una niña aparentemente inocente se prepara para irse de viaje con sus padres, y descubre que le faltan unos lapiceros...

Pero en los cuentos de Izaskun Gracia casi nada es inocente. Es un libro claustrofóbico (¡claro!), explícito, directo y cruel. Ya, ya sé que me repito, porque también dije que era cruel el libro Modelos animales de Aixa de la Cruz, y El límite interior de Nere Basabe, y Cicatriz de Sara Mesa... Pero es sin duda con Aixa de la Cruz con quien tiene más similitudes, por su forma gráfica, desinhibida y hasta juguetona de presentar la violencia, la degradación física o mental. "El triángulo de cerámica" es el más explícito de los relatos, acercándose al final (aunque sin decidirse a entrar del todo) al territorio del gore tipo Hostel de Eli Roth.

No tengo la seguridad de si los cuentos están dispuestos en orden cronológico de escritura, pero da la impresión de que a medida que avanza el libro, van ganando peso, densidad y complejidad, dando vueltas en espiral alrededor del tema común. Así, "Tap" es casi un esbozo, muy desnudo, de la idea del abandono y la rendición física y mental; el mismo tema vuelve a aparecer en "El vestido azul", ya con más matices psicológicos, y luego en "Barcos hundidos", con una forma más poética y experimental, y por fin en "Diario nocturno", el relato más largo del libro, con algunas implicaciones psicológicas, distópicas y hasta post-apocalípticas más insinuadas que exploradas.


En algunos aspectos se puede notar, quizás, que Crónicas del encierto es un primer libro de relatos: creo que en el futuro veremos a Izaskun Gracia Quintana escribiendo relatos (o novelas) en los que haya un mayor desarrollo de los temas y de los personajes, una mayor experimentación con la técnica, el punto de vista, la voz o el estilo, y también relatos en los que las tensiones y las violencias sean más sutiles y subterráneas, pero no por ello menos terribles. Está claro en todo caso que, como poeta o como narradora, Izaskun está aquí para quedarse. Y nosotros encantados de que se quede, claro.

También de Izaskun Gracia en ULAD: Artikoa / Ártica

martes, 22 de diciembre de 2015

ULAD: Nuestros libros del 2015

Montuenga

Mejor novela del s. XX: Los reconocimientos, de William Gaddis
Mejor novela del s. XXI: Abril rojo, de Santiago Rocangliolo
Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre
Mejor novela iniciática: Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil
Mi gran descubrimiento: La escritura peligrosa de Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna 
Mejor ensayo: La insensatez de los necios, de Robert Trivers
Mejor volumen de relatos: Extinción, de David Foster Wallace
Peor novela: 1914. El asesinato de Sarajevo, de Eladi Romero García
No he pasado de la cuarta página en: El día en que Nietzsche lloróde Irvin D. Yalom

Juan G. B. 

Novelón del año (en todos los sentidos): Los reconocimientos, de William Gaddis.
Sorpresa (se entiende que agradable): Londres después de medianoche, de Augusto Cruz.
Novela negra para-disfrutar-más-que-un-cochino-en-un-lodazal: Lennox, de Craig Russell.
Libros que me removieron las entretelas (y algo más): Poeta muerta, de Patricia Heras y La captura de Macalé, de Andrea Camilleri.
Mejor carta de navegación por los procelosos piélagos de nuestra época: La piel de la frontera, de Francesc Serés
Escollos evitados a tiempo: Lección de anatomía, de Marta Sanz y Un mal año para Miki, de José Ovejero.
Libros más preciosamente ilustrados: La vida de las paredes de Sara Morante e Ilustre Ruritania ilustrada de Ainize Santos y Santi Pérez Isasi (lástima de texto, en este caso).
Novela gráfica del año: Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko.
Publicación y recopilación del año (y obra maestra): Torpedo 1936 (integral), de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.

Santi
Novela española del año: Cicatriz de Sara Mesa
Novelón del año: El museo de la inocencia de Ohran Pamuk
Clásico del año: Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell
Descubrimiento del año: Anna Starobinets, en particular sus relatos.
Autor al que ya no daré más oportunidades: Patrick Modiano
Fenómeno literario del año: Elena Ferrante y su serie de novelas sobre Dos Amigas
Fenómeno literario que no entiendo: la seride de novelas Mi lucha Karl Öve Náusea 
Curiosidades literarias: En Nadar-dos-pájaros de Flann O'Brien y Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Mestre 
Literatura y/o periodismo, a quién le importa: La agonía de Francia de Chaves Nogales y El fin del 'homo sovieticus' de Svetlana Aleksievich

Carlos Andia
Libro de viajes del año: En mares salvajes, de Javier Reverte
Novela apetecible 2015: Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga
Decepciones de mayor o menor rango: En la orillade Rafael Chirbes, y Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero
Para sumergirse en la Historia: Los Austriasde John Lynch
Clásico recuperado (y con mucho gusto): Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán
Tocho superlativo del año: Las mil y una noches (la reseña, antes de fin de año)

Francesc Bon 

Un año en que publican dos de mis autores favoritos no debería ser malo. Aunque lo hagan con obras que quizás, no sean sus mejores. Pero si bien a Houellebecq todos los acontecimientos ajenos han contribuido a que Sumisión gane en relevancia, crezca en trascendencia y rabie de actualidad y, por lo tanto, sea indiscutiblemente la novela más importante del año y su lectura obligatoria. A su lado, y no por deméritos, Pureza palidece, aunque crece en el recuerdo, lo cual no está nada mal. No suelo ponerme al lado de los vilipendiados por el mero hecho de serlo, pero ¿Franzen? El mejor de los que lo despedazan, que escriba un párrafo como el peor de los incluidos en Las correcciones y entonces hablamos.
Un autor con el que repetiré: aparte de decenas de clásicos, creo que volveré a probar a DeLillo para ver si el brutal desequilibrio entre Ruido de fondo y Cosmópolis tiene algún matiz. Y caerá algún Faulkner más, supongo. 
De este año no pasa: que encuentre unas semanas para apartarme del mundo y lea El día del Watusi de Francisco Casavella.
El libro que marcó mi añoSumisión, y aún podría exponer una docena de nuevos motivos por los que seguiré defendiendo esta novela.
El accésitaunque plantee dudas sobre si son puntos de partida de una carrera o no, libros como Nuevo destino son auténticos ganchos en la quijada.
Una apuesta personalSantiago Lorenzo cambiando de registro o Jenn Díaz poniendo su brillante prosa al servicio de asuntos más carnales. Peligro de que estilo, por brillante y solvente que este sea, devenga encasillamiento, amigos.
Frustrado: por no poder aportar mucho nuevo aquí ya que prácticamente todo lo que he leído ha caído en ULAD. Sí que he reconocer que este año ha sido para mí más un año de editoriales que de autores. Cualquier cosa de Sajalín, muchísimas cosas de Malpaso y bastantes de Blackie Books y Asteroide,
Incomprensible: Anagrama convirtiendo en emblemas de su producción dos naderías como Blitz y También esto pasará.

Y, como siempre, emplazar a nuestros lectores a que aprovechen los comentarios para dejarnos sus listas, sus sugerencias, preferencias, filias y fobias. Que ya tardabais.

domingo, 1 de junio de 2014

Ricardo Menéndez Salmón: Niños en el tiempo

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: Se deja leer

Me pasa con Menéndez Salmón una cosa curiosa: me gusta su obra en general, pero no me gusta tanto ninguno de sus libros en concreto. Quiero decir que me gustan sus temas, su actitud ante la literatura o su posicionamiento ante la realidad (a todo ello contribuye el que le conociera en persona hace un par de años, y me cayera genial). En cambio, si pienso en sus obras, en La ofensa (que es la que más me ha gustado por ahora) me decepcionó el final; El corrector me pareció un panfleto necesario políticamente, pero literariamente poco trabajado; y esta, Niños en el tiempo, bueno, me ha parecido fallida, en la mayoría de sus planteamientos.

Niños en el tiempo habla de niños. Concretamente, de tres niños (o cuatro, o cinco, si se quiere, pero los fundamentales son tres). En la primera parte de la novela, "La herida", el niño es el hijo muerto de la pareja protagonista; en la segunda parte, "La cicatriz", el niño es Jesucristo, cuya infancia se ve obligado a recuperar el escritor protagonista de la primera parte, quizás como medio para exorcizar la muerte de su propio hijo; en la tercera parte el niño es el hijo no nacido de Helena, una mujer que huye a Creta para decidir qué hacer con su vida, y allí conoce a un hombre maduro y misterioso con el que establa amistad (y que resultará ser, perdón por el spoiler, una versión envejecida del escritor que protagoniza la primera parte y escribe la segunda).

Ahora bien, el mayor problema de este libro es la afectación. Es un libro en el que el gesto estético (el querer escribir bonito) se sobrepone a cualquier otra consideración y llega a fagocitar cualquier otro posible interés del libro. Todo él está escrito en un estilo que pretende ser poético, lírico, profundo, y que no solo cansa bastante (y retarda interminablemente la acción), sino que contrasta, además, poderosamente, con el doloroso tema central del libro: la muerte de un hijo. Es obvio y radical el contraste con La hora violeta de Sergio del Molino, una novela sobre el mismo tema, pero con una opción estética prácticamente opuesta, y mucho más exitosa.

En fin, todo el libro da la impresión de un experimento fallido. Me duele decirlo, no solo porque como decía al principio me gusta Menéndez Salmón, o por lo menos la idea platónica de Menéndez Salmón; sino también porque creo que en la literatura española hacen falta, precisamente, más experimentos y menos conformismo. Pero claro, cuando uno se arriesga más allá de lo conocido, a veces se falla. Y eso es lo que le ha pasado esta vez a Menéndez Salmón.

También de Ricardo Menéndez Salmón en ULAD: La ofensaEl correctorEl Sistema

sábado, 29 de junio de 2013

Erri de Luca: Montedidio

Idioma original: italiano
Título original: Montedidio
Año de publicación: 2002
Valoración: recomendable

Erri de Luca venía muy recomendado, en especial por Ainize Salaberri (la directora de Granite&Rainbow), así que cogí Montedidio con muy altas expectativas, que se han visto cumplidas en parte, y en parte defraudadas.

Montedidio (que toma su nombre de un barrio de Nápoles) es una historia de aprendizaje y maduración, contada desde el punto de vista de un niño, con esa mezcla de inocencia y sabiduría que los niños suelen tener en las novelas. El protagonista y narrador vive inmersa en un ambiente duro, en que el dinero no sobra y hay que trabajar duro para ganarse la vida; pero en este ambiente de dureza hay espacio para el primer amor, para la solidaridad, para la poesía y para el aprendizaje. Erri de Luca basa una buena parte del poder del texto precisamente en la mirada poética del niño, que en un lenguaje simple consigue ver la belleza que se esconde debajo de la suciedad.

A medida que estaba leyendo la novela, cada vez tenía más claro que mi valoración definitiva iba a depender del desenlace: la novela está construida a partir de una serie de tensiones crecientes (el niño que ensaya el lanzamiento del boomerang, sin llegar a lanzarlo); el zapatero al que le están creciendo unas alas dentro de la joroba; el propietario del apartamento que acosa a la joven María, la amada del protagonista...)... Y de cómo consiguiera De Luca resolver estas tensiones iba a depender, en mi opinión, el "éxito" o "fracaso" del texto.

Bueno, pues para mi gusto el final no está a la altura del resto de la novela. En los dos últimos fragmentos (la novela se compone de textos escritos por el narrador protagonista, de una o dos páginas de extensión), se resuelven de forma apresurada líneas temáticas que han estado preparadas durante las doscientas páginas anteriores, de una manera demasiado simple para mi gusto. No hay duda de que Erri de Luca tiene un estilo atractivo, sugerente, bonito. Pero me temo que caiga a veces, por lo menos en esta novela, en una cierta idealización o estetización de la realidad, en un cierto esteticismo o "buenismo" que huye de la complejidad de algunos de los problemas que describe.

Mientras leía la novela, por cierto, no he podido dejar de pensar en las similitudes con Léolo, una película memorable por muchos motivos, que también narra la maduración forzada de un niño en un contexto difícil, con un estilo igualmente poético (aunque con espacio para la fealdad, algo que falta en Montedidio). Creo que la visión comparada de las dos obras puede realzarlas a las dos.

Termino con un comentario lingüístico, que hace que lamente no ser capaz de leer el italiano original (la he leído en portugués, por cierto, para liar todavía mas el tema de las lenguas y las traducciones): el protagonista y narrador escribe en italiano, que ha aprendido en la escuela, mientras que sus padres y la mayoría de los habitantes de Montedidio hablan en dialecto, y su voz se cuela muchas veces en el texto. De Luca tiene siempre cuidado de explicar en italiano las expresiones napolitanas que aparecen, pero quizás habría sido más apropiado dejarlas sin explicar (porque el narrador no necesita ninguna explicación para entenderlas) y que el elemento dialectal, a veces incomprensible, quedase en el texto como una cicatriz que revela ese mundo subterráneo e invisible en la "alta cultura" que representa el italiano.

También de Erri de Luca en ULADTú, mío, El contrario de uno

miércoles, 6 de febrero de 2013

Colaboración: Cuatro por cuatro de Sara Mesa


Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2012
Valoración: imprescindible

Sara Mesa. No olviden este nombre. Cuatro por cuatro. Finalista del XXX Premio Herralde de Novela. Léanla. Compartan el libro. Hablen de él. Abran la novela y comiencen. No podrán abandonar la lectura. Leerán a escondidas de su jefe en el trabajo, volverán al libro en el descanso, subyugados por un escenario como el que describe la novela. Olvidarán apearse del autobús en la parada que les corresponde, apenas se ocuparán de su hijo mientras sostienen con la otra mano el retorcido y velado universo con el que esta joven narradora cautiva al lector desde la primera línea. 

Punto de partida: el Wybrany College, un internado destinado a hijos de familias acomodadas y a chicos becados, los “especiales”, cuyos padres trabajan para el colegio. Entre ambas clases, un límite imaginario, aunque perceptible. La línea divisoria se extiende a lo largo de la novela y engloba otros planos: un modelo educativo basado en la división por sexos, el enfrentamiento entre aquellos que aprueban las directrices del internado y algunos personajes que se oponen, la segmentación de la información y el juego entre lo velado y las apariencias, etcétera.

La separación, el aislamiento o el orden (aparente) se construyen también partir de una jerarquía muy marcada en la que el director del College, el Guía (una especie de orientador vil y abyecto), los profesores y los alumnos se convierten en piezas de un juego repleto de secretos y estrategias en la lucha por el poder. En el edificio, incomunicado de un mundo exterior que se derrumba irremisiblemente, confluyen la historia de Celia, una alumna insatisfecha con la vida en el College, la de Ignacio, un alumno cojo e indefenso del que todos los alumnos se ríen, y la de Isidro Bedragare, un profesor sustituto que irrumpe en la vida del internado y recoge sus impresiones en un diario. En todas ellas se aprecia una violencia soterrada que mantiene al lector en vilo hasta el epílogo, momento en el que “los papeles de García Medrano”, el profesor desaparecido al que sustituye Isidro desvelan el secreto del edificio.

No suelo confiar en los premios literarios, pero debo decir que esta vez han dado en el clavo. Además de la historia, lo que arrastra de Cuatro por cuatro es el manejo del lenguaje. Un estilo peculiar, poético y sugerente, crítico, que ayuda a la creación de ese ambiente tan enrarecido.

De hecho, citaría cada una de las líneas de esta novela, porque es uno de esos libros singulares que una vez leídos nos llevan a pensar: ésta es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Lo bueno es que Sara Mesa existe y que va a seguir escribiendo. Para nosotros. La posibilidad de entrar en el universo de esta autora es un lujo. Créanme, una no encuentra un texto como éste todos los años. No dejen de leerla, háganme caso.

Firma invitada: Uxue

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