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jueves, 7 de abril de 2016

Sara Mesa: Mala letra

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: está bien > recomendable

Compré este libro, y empecé a leerlo, con sentimientos bastante contradictorios. Por una parte, me había gustado mucho Cicatriz, la última obra de Sara Mesa, aclamada por casi todo el mundo como una de las mejores novelas de 2015 en España. (¡Si hasta Tongoy ha reconocido que "tampoco me parece para tanto el desastre", lo que en su caso equivale a un "muy recomendable!). Por otra parte, temía que Mala letra fuera precisamente un intento de capitalizar (o "monetizar", que es un término más siglo XXI) el éxito de Cicatriz: una estrategia de la editorial para vendernos un 2x1: ¡Si te gustó Cicatriz, te gustará Mala letra! Así que al principio de la lectura esperaba lo mejor, pero me temía lo peor.

Y la verdad es que el primer cuento casi confirmó mis peores augurios: "El cárabo" no parece un cuento de Sara Mesa, o por lo menos no de la misma Sara Mesa que escribió Cicatriz. Incluso el estilo, aquí mucho más florido y adjetivado, parece diferente, y la historia sobre una madre y su hijo perdido en el bosque apunta cosas interesantes, pero no acaba de concretarlas. "Mármol", el siguiente cuento, también resulta algo extraño: es un ejercicio de autoficción en que Sara Mesa escribe que escribe sobre un episodio de su infancia. Muchos de los relatos de este libro, por cierto, tienen niños como protagonistas: también el siguiente, "Apenas unos milímetros", que casi podría pertenecer al mismo mundo de "Mármol".

A partir de aquí tengo la impresión de que el libro remonta, y de que es más propio de Sara Mesa, o mejor dicho, de la imagen de Sara Mesa que me hice después de leer Cicatriz. Los relatos son más oscuros, más duros, más secos, y la autora se atreve a hurgar más al fondo en situaciones desasosegantes, inquietantes, terribles. En "Creamy milk and crunchy chocolate" son las consecuencias de un accidente de tráfico; en "Palabras-piedra", la relación enfermiza entre una niña y su tía; en "Nada nuevo" es un hombre anciano y desagradable encerrado en su casa con su gato, esperando a la muerte...

"Nosotros los blancos" es, creo, el relato más largo, y también el más complejo. Una mujer que está a punto de dar a luz a un niño para cederlo a un matrimonio estéril, pide a su hermana que vaya a visitarla para ayudarla con el parto y con todo lo demás. Luego la mujer cambia de idea, el futuro padre adoptivo se enfurece y la historia se complica. Hay en este relato más densidad de tramas y de personajes, y un conseguido escenario ambiguo y confuso de VIPs, clubs nocturnos y pensiones baratas. "Picabueyes" y "Papá es de goma" son, en comparación, mucho más esquemáticos: relatos que se limitan a contar un episodio oscuro sin buscarle tres pies al gato.

Hay un recurso que Sara Mesa usa en varios de los relatos (en "Apenas unos milímetros", pero también en "Qué nos está pasando") que no me acaba de convencer, por lo que tiene de efectista y también, en algunos casos, de tramposo. Me refiero a la ténica de avanzar un desenlace o un secreto terrible que al final ni siquiera es para tanto. Desde luego, insinuar una catástrofe ayuda a que el lector mantenga el interés, pero no deja de ser un truco fácil y un tanto hollywoodiense para conseguirlo.


"Mustélidos" es el relato que cierra el volumen, y aunque está escrito en tercera persona podría haber sido casi un ejercicio de autoficción. En él una pareja de empleados de una empresa visita un museo de ciencias naturales, y termina hablando del libro que ella ha publicado recientemente. "¿Y esos personajes, tan oscuros, tan…turbios?, le pregunta él a ella, "Todo el tiempo parecen amargados, o tristes, o son directamente egoístas y se comportan con maldad. No hay compasión en ellos, ni arrepentimiento. ¿Por qué tienen que ser así? ¿Es ése el tipo de gente con la que te encuentras, con la que convives a diario? ¿Todo el mundo que te rodea es así?" No resulta difícil imaginar que la propia Sara Mesa haya tenido que responder a preguntas semejantes por parte de las personas que la conocen.

Termina la lectura del libro, y sigo sin conseguir responder a mi duda inicial. ¿Estaba Mala letra ya escrito y planeada su publicación, antes incluso del éxito crítico de Cicatriz, o estamos ante una maniobra de marketing de la editorial para vender libros de una escritora de moda? Los primeros relatos del volumen, que me parecen inferiores al resto, me hacen pensar que algo de presión por sacar nuevo libro cuanto antes sí ha habido. Quizás con más tiempo habría habido una criba mayor, algunos relatos habrían salido y otros nuevos habrían entrado en el libro. Dicho esto, Mala letra no es un mal libro de relatos, sobre todo en su segunda mitad; leído en conjunto con Cicatriz, da para ver que Sara Mesa tiene un estilo y una voz propias, y que podemos esperar buenas obras suyas en el futuro. Si le dejan tiempo para que las escriba, claro.


También de Sara Mesa en ULAD: Cicatriz, Cuatro por cuatro

jueves, 18 de junio de 2015

Sara Mesa: Cicatriz

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

Últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por mujeres (sí, soy perfectamente consciente de que no escribiría la frase contraria, "últimamente estoy leyendo muchos libros escritos por hombres), y me está pareciendo encontrar una línea estética común que une esta novela con La trabajadora de Elvira Navarro o con Por si se va la luz de Lara Moreno, y también, en otro estilo, con El límite inferior de Nere Basabe o (en un tono más juguetón) Modelos animales de Aixa de la Cruz. En la reseña de la novela de Nere Basabe hablé de crueldad; hoy, en relación con Cicatriz, creo que conviene más el término "crudeza".

La segunda frase de La trabajadora, en la que Susana dice que "Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena" es un ejemplo extremo de esta crudeza. Y aunque Cicatriz no llega a ser tan explícita ni tan sórdida como esto, sí que se nota (o creo notarlo yo, por lo menos) un mismo distanciamiento, un antisentimentalismo en la forma de construir los personajes y contar la historia. Existen de hecho otras similitudes entre La trabajadora y Cicatriz: Sonia, la protagonista de Cicatriz, es una joven becaria que malvive gracias a un trabajo inútil en un archivo (en La trabajadora era una editorial), y que vive en la periferia de una ciudad. Para Sonia, como para la Susana de Elvira Navarro, internet es casi su única ventana al mundo, su única forma de entrar en contacto con otras personas.

Es a partir de aquí cuando las dos novelas se separan, y cuando la de Sara Mesa se eleva, al entrar de lleno en su verdadero tema: en la relación codependiente que se establece entre Sonia y Knut Hamsum (es un seudónimo, por supuesto), un hombre misterioso al que conoce en un chat sobre literatura, y que se empeña en enviarle libros, primero, y después ropa, perfumes o lencería que antes roba en tiendas y grandes almacenes. Extendida a lo largo de los años, esta relación adquiere un cariz de fantasía sexual (sin sexo) controlada por Knut, en la que Sonia acepta entrar por vanidad, por soledad o por aburrimiento.

Hay varios aciertos en Cicatriz que hacen que me haya gustado más, personalmente, que La trabajadora. Existe en esta novela una compenetración casi perfecta entre el tema, el tono y el estilo empleado para contarlo. La narración es sucinta, el estilo es escueto y sencillo, desnudo, acorde con una relación en la que los sentimientos de los personajes, si existen, están amortiguados u ocultos. También la estructura de la novela, que juega a adelantar acontecimientos para luego volver atrás y completar los huecos (o no, dejando que el lector los rellene por su cuenta) contribuye a mantener la atención y la tensión del relato.

Bien pensado, la historia que cuenta Cicatriz es bastante triste: dos seres solitarios, que no terminan de encajar en el mundo, se enredan en una relación que cuestiona los límites de las convenciones (la primera de ellas, la de la propiedad privada), que se satisfacen mutuamente durante un tiempo, y luego se engañan, se distancian, se reencuentran, descubren su insuficiencia y terminan por aceptarla. Pero todo ello está contado sin estridencias y sin dramatismos, hasta llegar al desenlace, que incluso transmite una cierta esperanza teñida de nostalgia.

Una buena historia, desasosegante pero muy bien contada. Por lo tanto, una novela muy recomendable.

También de Sara Mesa en ULAD: Mala letra, Cuatro por cuatro

domingo, 26 de mayo de 2013

Luna Miguel: La tumba del marinero

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien

Hace unos meses presentábamos el poemario Pensamientos estériles de Luna Miguel y ahora le ha tocado el turno al último poemario que acaba de publicar de la mano de La Bella Varsovia, editorial que vuelve a apostar por ella, después de ofrecer una oportunidad a su primer poemario Estar enfermo (La Bella Varsovia, 2010) o a Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), antología poética coordinada por la poeta.

En La tumba del marinero encontramos un conjunto de poemas más extenso que los anteriores que presenta una mayor densidad y reflexión en comparación a obras anteriores. Se trata de Un dia­rio de aven­tu­ras donde anoto mis des­cu­bri­mien­tos, mis obse­sio­nes, mis rece­tas, mis opiniones, tal y como señala la autora en una entrevista concedida a la revista Koult.

Es cierto que muchos de los temas propios de su poesía se repiten (literatura, amor, sexo, referencias a la muerte, la presencia de la enfermedad, la juventud perdida o a punto de, las drogas), pero ahora se trabajan desde otra perspectiva, se ahonda más y aparecen temas nuevos o, al menos, un nuevo tratamiento de los antiguos. Está por un lado el extrañamiento ante el cuerpo de la persona amada, como en el caso de la voz poética que se interroga en el caso del poema "Historias de la vida en común": A mi lado un cuerpo dormido. Un cuerpo dormido que no responde al beso. Que no responde a la caricia. Que agita la mano disgustado si poso el labio en su mejilla. A mi lado el subconsciente. A mi lado la ficción soñándose a sí misma. En qué mundo estará. En qué mundo habita ahora el hombre que me ama. ¿Es el hombre que me ama esto que respira?


Están también la presencia de la muerte, de la enfermedad (el cáncer, la cicatriz, la diabetes), pero en este caso, estos conceptos ya no se perciben como un juego, reto, desafío o incluso provocación, sino que se aprecia una experiencia directa, un proceso de aceptación que lleva a Luna Miguel a mirar de frente, directamente, y a poetizar esta experiencia. La muerte no puede ser experimentada ni por los vivos ni por los muertos pero sí por los enfermos, dice, y acto seguido, se arranca la piel de cuajo y sus dedos sangran, tal y como lo hace su poesía. Decir enfermedad es decir locura, continúa, y sustituye los tatuajes que aparecían en Pensamientos estériles por cicatrices: Pacté con mi madre un tatuaje en el cuello./ Las dos compartiríamos marca,/ las dos/ el sello de tinta que nos une./ Sin embargo, ahora/ una cicatriz en el lugar íntimo/ separa nuestras nucas para siempre., explica en "Sailor's Grave", poema que da título a esta colección de textos.

Si interpretamos la cicatriz como símbolo de madurez, estaríamos también ante la muerte simbólica de la joven que entra en la edad adulta, teme, siente celos, se independiza, se muda, vive y dibuja su árbol genealógico de las cicatrices (abuelo, abuela, madre, padre, amante). Pero es consciente de que, para ella, estas cicatrices acaban de empezar: Mi vida no tiene cicatrices. Solo manchas,/ aceite, tiempo quemado:/ un rasguño.

En alguna ocasión, el poemario cae de nuevo en el verso efectista y la repetición de la que ya hablábamos al reseñar Pensamientos estériles, y, aunque en el caso de algunos poemas sus versos no lleven a más, sean demasiado evidentes (nos referimos por ejemplo a "Coma diabético": Tú me diste una boca./ Mi madre me dio este páncreas./ La Ciencia me dio insulina./ Dios no me dio nada/ salvo miedo/ en un puñado de azúcar) o se queden simplemente en el poema idea ("Convivencia": Tejo contigo/ el terror a la disputa), en la mayoría de sus textos supera la simplicidad del puro efecto y ofrece un poema que no nos deja indiferentes ("Quimioterapia": El miedo solo afecta a la piel de los párpados./ Si los corto: no siento./ De qué sirve mirar si nos separan.).

De todas formas, es en sus poemas en prosa donde la poeta profundiza y elabora los mejores poemas. Es ahí donde reside su fuerza y donde arrastra. Donde investiga, desarrolla, rompe y se atreve. Y, lo más importante, donde nos apetece seguir leyendo y aguardando su próximo poemario. Así como Luna lleva la imagen de un ancla tatuada en su piel, su prosa poética lleva tatuada en sus páginas el trazo de la buena poesía, aunque todavía queden algunos poemas por pulir. Afortunadamente, es evidente que la autora conoce el mapa de navegación y el viaje promete.

También de Luna Miguel en ULAD: Pensamientos estériles 

miércoles, 1 de agosto de 2018

Sara Mesa: Un incendio invisible

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: está bien

Cuando Seix Barral decidió reeditar este año El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, casi se puede decir que estaba haciendo un servicio público: esta novela, muy probablemente la mejor de su autor, había sido originariamente publicada por los Libros del Silencio, editorial desaparecida tras la temprana muerte de su editor, Gonzalo Canedo, así que el libro se había quedado huérfano y necesitaba una nueva casa y una nueva edición que lo acercase a nuevos lectores.

La lógica detrás de la reedición de Un incendio invisible en Anagrama parece ser algo semejante, ya que esta novela estaba descatalogada y era prácticamente inencontrable hasta su reedición. Sin embargo, creo que todos (editores, críticos y hasta la propia autora) estamos de acuerdo en que la mejor novela de Sara Mesa hasta el momento es Cicatriz, aparecida también en Anagrama en 2015, con gran éxito de crítica y público (más aún de Cuatro por cuatro, la novela con la que Sara Mesa dio el salto a la fama y a Anagrama, con perdón por la rima). Así, la republicación de Un incendio invisible parece estar destinada, también, a llenar un hueco editorial a la espera de que aparezca una nueva novela, Cara de pan, anunciada para septiembre de este año, y completar la colección de las obras (casi) completas de la autora en su nueva casa.

Esto no quiere decir que Un incendio invisible no sea una novela interesante, que lo es en dos sentidos : porque no es una mala novela, aunque tiene sus limitaciones, como luego intentaré justificar; y porque puede servir para que los seguidores de Sara Mesa vean cómo se ha ido formando su estilo, su mundo y su personalidad literaria, a través de este experimento narrativo relativamente temprano.

Porque tal y como dice la propia Sara Mesa en la introducción, en Un incendio invisible se aprecian ya alguno rasgos que definen la narrativa de la autora: un estilo sobrio y sin virguerías innecesarias (aunque aquí no está todavía tan acabado como en obras posteriores), un universo urbano decadente, unos personajes deliberadamente antipáticos y una trama que gira en torno a la soledad y el abandono. Todo ello hace de Un incendio invisible una lectura alejada de los cánones comerciales, que parecen exigir un protagonista bueno y bonito que se enfrenta a las duras condiciones de la vida, y (generalmente) sale triunfante.

En esta novela tenemos, sí, un "extraño en tierra extraña": el doctor Tejada, que llega a la ciudad de Vado con el objetivo de encargarse del asilo New Life, en rápida decadencia como el resto de la ciudad. Allí, en el asilo y en la ciudad, encuentra un coro de personajes extraños y en general hostiles: el malvado jardinero Catalino, la vieja Clueca, la recepcionista del hotel Madison Lenox, la niña que se hace llamar Miguel y que alimenta al galgo Tifón, le enfermera Ariché, el investigador Benmoussa... Sobrevivientes de una ciudad que agoniza, por motivos desconocidos y nunca explicados (el "incendio invisible" del título), y avanza hacia la destrucción definitiva.

En una novela más convencional, como decía, el doctor Tejada intentaría resucitar el asilo, enfrentándose a los obstáculos y previsiblemente venciendo a los enemigos. Pero esto es una novela de Sara Mesa: al doctor Tejada se la sudan (con perdón) los viejos, ignora o insulta a sus empleados, establece con la recepcionista una relación corrosiva de amor-odio codependiente, y además viene perseguido por hechos oscuros de su pasado de los cuales llegamos a saber bien poco. A los personajes más o menos simpáticos, como Ariché o Benmoussa, Tejada los trata con condescendencia y/o desprecio. Solo con la niña mantiene algo parecido al afecto, aunque también esa relación se vuelve ambigua. No tenemos aquí un relato moral de superación, sino un retrato bastante oscuro del abandono, individual y colectivo.

El mayor problema que le veo a la novela es que, como novela tempra que es, se le ven demasiado los mimbres, por decirlo de alguna forma, sobre todo en la primera parte: cuesta que fluya la narración, y algunos de sus hilos parecen poco conectados con el resto; los personajes, casi todos desagradables, parecen cortados por un patrón demasiado parecido. Tampoco el estilo, como decía antes, está trabajado por la autora hasta llegar al punto de concisión fría de sus siguientes obras (aunque de acuerdo con sus declaraciones ha revisado el texto en esta nueva edición). Y aunque la imagen de la ciudad que se pudre encima de sus propios huesos es poderosa, y algunas de las ideas apuntadas son verdaderamente interesantes, parece que no llega a explorarse con todas sus consecuencias.

Sí, es una novela interesante, está bien, y sobre todo ayuda a reconstruir el recorrido narrativo de la autora; pero no es su mejor obra. Lo que espero, lo que esperamos los lectores, es que la siguiente novela de Sara Mesa no solo repita las virtudes de Cicatriz sino que las supere, y marque una trayectoria ascendente en la que Cicatriz no sea un one time hit sino una etapa intermedia.

jueves, 16 de febrero de 2017

Markus Orths: La camarera

Idioma original: alemán
Título original: Das Zimmermädchen
Año de publicación: 2008
Traducción: Mª José Díez Pérez
Valoración: está bien (creo)

Si hacemos caso a este magnífico blog en el que ahora escribo (y debemos hacerle caso SIEMPRE), Markus Orths puede ser un escritor descacharrante, perteneciente a ese ¿sorprendente? combo de escritores alemanes de humor que rondan la cincuentena -por citar tan sólo algunos reseñados aquí: David Safier, Timun Vermes o el algo más joven Soboczynski- y que en los últimos tiempos se han ido publicando también en castellano. Bien, como hasta ahora yo no había leído nada de este caballero, no dudo de que sea la monda si se lo propone. Pero también tengo claro que en esta novela corta, La camarera, no pretendía serlo, de ninguna manera; muy al contrario, el efecto que produce en el lector este libro es de bastante tristeza e incluso no poco desasosiego.

La protagonista es una mujer joven, Lynn Zapatek, que sale de una clínica psiquiátrica donde ha estado recluida seis meses -no se nos dice por qué, pero enseguida nos queda claro que sin duda se debió a una causa más que justificada- y ante su falta de fondos y su forma obsesiva de dedicarse a la limpieza doméstica, decide dedicarse a una actividad laboral acorde con sus "cualidades": limpiar habitaciones en un hotel (algún indicio nos puede hacer suponer que también es a lo que se dedicaba o al menos en algún momento, antes de su ingreso en la clínica, aunque eso no tiene la menor importancia para el desarrollo de la historia). En ese trabajo, Lynn disfruta como una loca... eeh... perdón, quiero decir que su dedicación obsesiva al mismo (y hay que emplear la palabra OBSESIÓN con mayúsculas), combinada con la contemplación -por no decir inspección o registro- de los enseres de los clientes del hotel, lo que le permite elucubrar sobre sus personas y vidas, le proporcionan un "relleno" de su tiempo tranquilizador para su psique, preocupantemente escorada hacia el autoextrañamiento y el vacío existencial. Ahora bien, como cabe adivinar, inmiscuirse de estrangis en las vidas ajenas tiene su complicaciones, cuando se pasas ciertos límites... que no voy a desvelar aquí, tranquilos.

La novela, pese a su brevedad -en realidad es poco más que un relato o cuento largo-, o quizá por eso mismo, resulta de lo más intensa, impresión a la que contribuye, sin duda, un estilo pulcro, conciso pero certero, además, claro está, las características de la propia historia que nos cuenta. Cierto es que el autor también se podía haber decidido a tirar por alguno de los caminos que la historia abre o apunta; algunos recuerdan el trabajo de la fotógrafa y escritora Sophie Calle, por ejemplo. También, en algún aspecto, la novela de Sara Mesa Cicatriz (aunque en todo caso sería al revés, pues ésta es posterior a la que comentamos hoy): en La camarera asistimos de igual manera a cómo un personaje femenino se deja arrastrar por un comportamiento que se convierte en claramente peligroso o al menos pernicioso para ella misma. Aunque si el de la protagonista de esta novela tiene como causa un trastorno mental, la de Cicatriz se deja llevar por el delirio ajeno tan sólo porque le falta un hervor, o eso parece... En fin, por último, la Lynn de Orths también puede considerarse, aunque no se exprese de forma explícita, como un espejo en el que se refleja la alienación de las vidas contemporáneas en el mundo desarrollado, aunque el escritor tampoco insista mucho en este punto; puede que con dejar alguna que otra pincelada indirecta resulte suficiente...

La mayor pega que se le puede poner a La camarera, creo yo, es precisamente que en el momento en el que uno está más inmerso y hasta casi subyugado por la historia, es cuando se acerca su fin, de forma que cuando llega, aun sin que sea de manera brusca o inesperada, deja cierto regusto a interrupción, a que nos han dejado sin postre... (al menos, esa fue mi sensación que, por supuesto, es ante todo subjetiva). De ahí también lo complicado de entrar a valorarla: si ya me supone, en ocasiones, una tarea ardua, con libros como éste la cosa se pone peliaguda: un "está bien" quizás sea excesivo para una novela que me ha dejado con la miel en los labios, pero un "se deja leer" y no digamos un "decepcionante" serían de toda manera injustos. Bueno, pese a lo afirmado en la primera frase de la reseña, está claro que no se puede acertar siempre... que quien quiera lea el libro y se haga su propia idea; al fin y al cabo, ésta es siempre la más fiable de todas.


Otros títulos de Markus Orths reseñados en Un Libro Al Día: La sala de profesores



domingo, 9 de agosto de 2026

Sara Mesa: Oposición

 Idioma original: español

Fecha de publicación: 2025

Valoración: Recomendable


Sara Mesa es una escritora que no deja indiferente. Es un tema recurrente que en muchos medios, incluido este blog, cada nueva publicación de la escritora madrileña se convierta en el centro de enconados debates entre los que la consideran una de las más originales voces de la literatura española contemporánea y quienes la consideran un bluff, una escritora con un éxito sobredimensionado con respecto a la calidad de su obra.

¿Qué territorio piso yo? Pues me quedo un poco en tierra de nadie. Me gusta su forma de escribir y los dilemas morales que suelen encerrar la mayoría de sus novelas, pero considero que, en algunas ocasiones, no consigue cerrar bien el desarrollo de sus libros. Voy a mojarme y les diré que Cicatriz, me parece una excelente novela: original, atrevida y sugerentemente perversa.

Después de esta, espero que consideren breve introducción, vamos con la novela que ocupa esta reseña. Debo advertirles previamente que si no tienen el menor interés en saber como se desarrolla la jornada laboral de un funcionario de administración general, este libro no es para ustedes. Porque eso es lo que nos presenta Sara Mesa en su última novela, el rutinario desarrollo de la jornada laboral de una funcionaria interina durante meses en un puesto de trabajo cuyas funciones y atribuciones no están nada claras. Alrededor de esta funcionaria, Sara, se despliega una entrañable galería de funcionarios (Beni, el Monago, Teresa, Echevarría, el enigmático jefe de negociado dos...) que intentarán transmitir a Sara su fe en la necesidad de la existencia de la administración: "Los trámites son como los ladrillos de una casa se colocan uno sobre otro con lentitud y con cuidado: visto desde fuera, puede resultar un trabajo mecánico y tedioso, pero es la única garantía de solidez".

En este sentido, Oposición puede recordarles lejanamente a El castillo de Kafka. Si en aquella novela el agrimensor K se presentaba a un puesto de trabajo para el que nadie parecía haberle convocado y se veía envuelto en una  interminable serie de encuentros con funcionarios que ignoraban el objeto de su estancia en el lugar, en esta novela, Sara, nuestra protagonista, se pasa semanas enteras acudiendo a un puesto de trabajo sin que nadie sepa aclararle las funciones que debe realizar. No obstante lo anterior, aquí se acaban los parecidos, mientras la novela de Kafka destila un profundo e inquietante aroma de pesadilla, repleto de monólogos, diálogos y situaciones surrealistas de un alto nivel intelectual que la convierten en una obra maestra, Oposición no pretende llegar a tan intrincado nivel de análisis psicológico,  simplemente nos presenta la rutina diaria de un variopinto grupo de funcionarios que forman un complejo entramado laboral perfectamente reconocible que funciona según sus propias reglas.

La escritora madrileña aprovecha su propia experiencia personal como funcionaria para describirnos un universo caótico y jerarquizado, donde si el trabajo no existe se inventa. Eso es lo que le ocurre a nuestra protagonista. Después de meses vagando por los pasillos se le encomienda que se haga cargo de tramitar las reclamaciones de los ciudadanos a través de una nueva aplicación que se llama Réplica. Sara acoge esta tarea con entusiasmo porque entiende que por fin va a realizar una tarea útil. El problema es que la herramienta es un fracaso, apenas se reciben reclamaciones,  y Sara se hunde en el más profundo desconsuelo: "Cuando empecé a abandonar mis funciones y a redactar los informes de cualquier modo, solo para acabar cuanto antes, sin prestar atención a la exactitud de los datos, ni a la precisión del lenguaje, ni a los formatos tipográficos, ni a las incongruencias, ni a nada, hice un descubrimiento terrible: nadie apreciaba las diferencias".

Sara decide salir de esa situación de estancamiento y realizará un último intento subversivo de rebeldía, poniendo en circulación una serie de documentos a través de la  aplicación que gestiona, que pondrán a prueba la solidez del edificio burocrático que la rodea y su propia carrera laboral, puesto que Beni ha convencido a Sara para que se integre en la administración y prepare unas oposiciones.  

Nuestra protagonista ha provocado un cataclismo funcionarial de enormes dimensiones, del que no sabe si se derivarán consecuencias disciplinarias, pero no le importa: "Tengo miedo a pasarme la vida atrapada en un edificio como ese. A que la monotonía se convierta en costumbre y después en necesidad". Precisamente, la incoación del expediente disciplinario y la comparecencia de nuestra protagonista ante el órgano instructor es uno de los momentos más divertidos de la novela.

Y la novela acaba como comienza, con nuestra protagonista sumida en un mar de dudas y enfrentada al dilema de presentarse a una oposición para integrarse en un mundo al que no tiene claro si quiere pertenecer.

Es esta una novela para leer con calma.  Sara Mesa intenta transmitirnos las inquietudes de nuestra protagonista narrando la historia con un ritmo lento y sosegado, haciendo que nos fijemos en los pequeños detalles de su vida laboral. Parece que no ocurre nada y es que , efectivamente, durante muchas jornadas no ocurre nada. Al menos nada relevante. Crea  una novela con un ambiente hasta cierto punto opresivo, claustrofóbico, que se desarrolla casi exclusivamente en la oficina, y nos presenta a nuestra protagonista como una luchadora contra la apatía de una organización que la sobrepasa. Quizás la descripción  del día a día funcionarial se acaba convirtiendo en una pequeña rémora para el desarrollo de la historia. La escritora madrileña apenas introduce giros en su desarrollo y, en algunos momentos, la historia nos puede resultar aburrida y hasta tediosa, pero quizás ese es el ambiente que nos quiere transmitir Sara Mesa, puesto que lo conoce de primera mano. Si es así, evidentemente, lo ha conseguido.

Otras novelas de Sara Mesa en Ulad: Mala letra, Un incendio invisible, Cara de pan, Cuatro por cuatro, Cicatriz, Un amor

jueves, 26 de noviembre de 2020

Sara Mesa: Un amor

Idioma: español

Año de publicación: 2020

Valoración: se deja leer

A la tercera va la vencida. Aunque también se dice que no hay dos sin tres... ¿A qué viene este despliegue refranero de buena mañana? (ya se sabe que niño refranero, niño puñet... vale, ya lo dejo). Pues a que esta es la tercera de Sara Mesa que leo y las dos anteriores me habían parecido... bueno, vamos a dejarlo en un "regulinchi". Ni frío ni calor. Ni chicha ni limoná... Por si a alguien le interesa (y si no, da igual, porque lo voy a contar también), las dos novelas suyas que había leído son las muy alabadas Cicatriz y Cara de pan -alabadas en este blog, sin ir más lejos-; con el ánimo de superar la impresión, ya digo que no muy favorable que me habían dejado, acometí pues este último libro de esta también en general muy apreciada autora... adelanto que no ha sido la mejor idea que he tenido.

Resumen muy resumido: Natalia, Nat, es una aún joven traductora que, para llevar a cabo su primer encargo literario, alquila una casita en un pueblucho allá donde Cristo tiró el palustre, en una zona que parece poco agraciada de la España-bastante-vaciada, que diría alguno... En ese paraje más bien desangelado, sometida a las incomodidades del entorno campestre, Nat, además de con el resto de sus escasos vecinos, entra en relación, sobre todo, con tres hombres que, de alguna manera, ponen en cuestión sus posición como mujer sola, independiente y, supongo que en gran medida por lo anterior, deseable: su casero, un tipo burdamente machista y zafio; Píter, un vecino más o menos bohemio y simpático, pero también un tanto guayotas y "manexplaineador", y otro lugareño conocido como el Alemán, que resulta, en principio, más anodino e indiferente, casi "aspergeniano", por así decirlo, aunque pronto veremos que no tanto... El cuarto personaje masculino que, de alguna forma, ejerce influencia sobre ella es el perro que le proporciona el casero, un astroso chucho que Nat bautiza, significativamente, como Sieso.

Quisiera equivocarme y pensar que Sara Mesa es una escritora demasiado sutil como para haber pergeñado aquí nada más que una parábola sobre la dificultad de la mujer contemporánea occidental para desenvolverse con total libertad en un mundo que, pese a los disimulos, sigue dominado por los hombres; quisiera que el trasfondo de esta historia fuese menos obvio, pero la verdad es que tal es la impresión que da.  Cierto que también se incide en el alienamiento y la desubicación que siente la protagonista en un entorno que le es ajeno y que le obliga a establecer una relación forzada pero ambigua con sus vecinos -un ambiente de áspera extrañeza que, en el mejor de los casos y salvando muchísimas distancias, recuerda un poco el de algunas novelas de Bolaño-; esta problemática relación entre el individuo que trata de vivir con mayor libertad y el grupo o entorno social en el que está inmerso es otro de los temas que subyacen en el libro y, al menos por lo que he leído en alguna entrevista suya, en lo que pone más énfasis su autora, aunque yo considero que en la novela este aspecto está menos desarrollado que el comentado antes. También es cierto que ésta,  como las otras novelas de Mesa que he leído, está protagonizada por una mujer -en el caso de Cara de Pan, una niña o como mucho púber- que tiene comportamientos o toma decisiones poco convencionales, inconvenientes o que incluso la pueden poner en peligro. Ahora bien, la impresión que deja la lectura de Un amor -ya desde el comienzo- es que la protagonista, Nat, viene ya un poco o un mucho "tocada" de casa y lo que le ocurre en ese poblacho ficticio es más una consecuencia que una causa de su desazón. Otra conclusión que se va sacando según avanza la novela es que a ver si la tal Nat se deja de una vez de sinsorgadas y no sigue torturándose y torturando al lector (al menos a éste) con ellas; por mucha empatía que pueda suscitar el personaje, la exasperación que produce, ella y la novela en general, la supera. La atonía, incluso en los momentos de mayor enajenación de la protagonista, es la sensación general; ni siquiera el par de giros argumentales (iba a poner plot twists, pero no sé si aún queda moderno) que deberían darle vidilla a la historia están bien aprovechados, en mi opinión...

El caso es que, aunque pueda parecer lo contrario (y sin conocerla personalmente, claro), Sara Mesa es una escritora que me cae bastante bien; en sus entrevistas que he visto o leído me ha parecido que tenía una actitud hacia la literatura incisiva y nada afectada, muy alejada de la pose de escritora-que-tiene-algo-muy-interesante-incluso-trascendental-que-decirnos (ojo, que he puesto escritora, pero también me refiero a los escritores varones). Además, es indudable que talento para la prosa no le falta: cualquiera de sus párrafos, sueltos, muestran bastante calidad literaria; pero, sobre todo, su novelas, me hayan gustado más o menos, denotan un interés por hacer ficción, por contar historias ajenas a sí misma, nada de eso-tan-interesante-incluso-fascinante-que-tengo-que-contaros-es-mi-propia-vida-chavales... Aunque claro, tanta insistencia en un tipo de protagonista desubicada, empeñada en cometer errores o en hacer un ejercicio de libertad aunque bastante desnortado, a partir de los errores que comete no puede ser casualidad; quizá si algún día a Sara Mesa le da por la autoficción (recemos porque no sea así) conozcamos la causa... o no. En todo caso, mi conclusión, aun lamentándola, es que no hay dos sin tres. De lo que estoy bastante seguro es de que, al menos por lo que a mí respecta, no habrá cuatro.

Otros libros de esta autora reseñados en Un Libro Al Día:  Cuatro por cuatro, Cicatriz, Cara de Pan, Un incendio invisible, Mala letra

jueves, 17 de mayo de 2018

Han Kang: Actos humanos

Idioma original: coreano
Título original: 소년이 온다
Traducción: Sunme Yoon (castellano), Alba Cunill (catalán)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Parecía difícil que Han Kang pudiera sorprender de nuevo, tras su irrupción a la esfera literaria en castellano con «La vegetariana», gran obra con la que se dio a conocer en estos lares. Pero creo poder afirmar, sin que el ímpetu y la emoción experimentados tras la lectura del libro alteren mi juicio, que «Actos humanos» incluso lo supera en calidad y emoción. Y es que cuando una historia tiene como origen una serie de hechos sucedidos en la realidad y, aunque de manera indirecta, estos afectaron la vida de la escritora, es cuando las emociones narradas fluyen de manera natural, sin filtros ni adulteraciones, desde las entrañas hasta el texto final.

Así, basándose en los hechos que sucedieron en mayo de 1980 en la Universidad Chonnam de Gwangju (ciudad natal de la autora), el libro escrito por Han Kang es un libro en recuerdo de aquellas personas que, de manera directa o indirecta, fueron afectadas por la masacre causada por el ejército, ante las protestas estudiantiles contra la dictadura de Chun Doo-hwan. Pero no se trata de un tratado histórico ni de un ensayo político, o al menos no en primer plano. Han Kang se trasladó a Seúl poco tiempo antes de aquellos hechos, por lo que este libro está escrito desde la tristeza, desde la pena de quién ve desde la distancia lo que ocurrió con sus antiguos amigos, conocidos y conciudadanos. Con este propósito, el libro que nos ocupa trata sobre las personas más que sobre los hechos, trata sobre la humanidad, los sentimientos, la pena y el dolor, la tristeza y la añoranza, la fuerza y el optimismo, los anhelos y el espíritu vital, la libertad y la opresión, el pesar y la incomprensión, la incredulidad y la desesperanza. Y la violencia, física o emocional.

Estructurada en siete capítulos en apariencia independientes, la autora narra la historia desde diferentes perspectivas, diferentes ángulos con un punto central como núcleo de la historia. Situando como centro la masacre ocurrida, la autora despliega un abanico emocional abriendo un espectro de sentimientos hacia diferentes caminos, focalizando las distintas sensaciones en cada uno de los personajes. La variedad, riqueza y pluralidad de sentimientos que alberga y transmite la autora hace que necesite canalizarlos a través de diferentes personajes, para así copar y alcanzar todo el espectro emocional que la historia ofrece. Han Kang nos habla de esperanza tras la añoranza, de remordimientos tras la solitud, del alma que, en su disociación y cual proyección astral, lucha por seguir pegada a un cuerpo como única vía posible para permanecer aferrada a una vida que se ha ido, que lucha por mantenerse viva a través de los recuerdos, cada vez más difusos y vagos. Cada una de estas emociones es encarnada por los distintos personajes, de manera que entre todos ellos se conforma el paisaje emocional que reside como poso tras la violencia de una masacre, y poniendo como foco principal el de las víctimas en sus dos vertientes: las víctimas que murieron, pero también aquellas personas que sobrevivieron con todo el pesar de su inacción ante la violencia y el abuso; y también, de manera latente, el recuerdo que reside en ellas, que actúa como una losa a la que van atados quienes pretenden seguir adelante:

"La gente de la calle tenía la cara desencajada, como si llevara una cicatriz invisible"

De esta manera, uno de los logros de la autora es la facilidad que tiene en hilvanar una historia narrada, pensada y sentida a través de distintas voces; y no hablo únicamente de un cambio en el protagonista narrador, sino incluso del estilo, del tono, de la voz utilizada; la amplitud de registros de la autora la ubica ante un complejo reto narrativo del que sale profusamente victoriosa. Han Kang necesita entrar en el dolor tan profundamente para hablar de él que no le basta una sola voz y una sola experiencia para alcanzar la magnitud de la desolación y es por ello que teje una historia de distintos personajes entrelazados, ofreciendo un análisis caleidoscópico y plural que sirve para explorar de manera holística todas las aristas que hieren los sentimientos de las personas hasta crear una serie de cicatrices con las que sobrellevar la vida hasta que llega la muerte.

De igual modo, y fiel al estilo que demostró en «La vegetariana», Han Kang demuestra su habilidad al hablar del cuerpo y desde el cuerpo, transmitiendo las emociones a partir de él. La visceralidad con la que sus palabras forman un texto de marcada corporalidad, hace que sea el propio cuerpo quien hable pues sabe cómo proyectar a través de él las emociones que del mismo emanan. Su narrativa parece escrita y dirigida por sus sensaciones corporales, desde lo más profundo de su ser; no proviene de su cerebro sino de sus mismas entrañas y, partiendo del cuerpo como centro de todo, es a partir de él donde se construye todo el relato.

Este es un libro escrito por alguien que sobrevivió a una masacre desde la distancia, sin poder evitar sentir cierta carga de consciencia por no haber estado allí junto a sus compañeros. La narración es trágica por la culpa autoinflingida, por la búsqueda de un perdón que solo pueden darlo quienes ya no están, y un intento permanente de autoconvencerse de que las cosas no hubieran podido suceder de otra manera, pues eran inevitables; una vida marcada por la necesidad personal del perdón, de insistir en convencerse que otro futuro no era posible, como si a fuerza de repetirlo pudiéramos establecer la paz con los que ya no están, y con nosotros mismos.

También de Han Kang en ULAD: La vegetariana, Blanco, La clase de griego, Imposible decir adiós, La vegetariana (contrarreseña)

sábado, 29 de junio de 2013

Erri de Luca: Montedidio

Idioma original: italiano
Título original: Montedidio
Año de publicación: 2002
Valoración: recomendable

Erri de Luca venía muy recomendado, en especial por Ainize Salaberri (la directora de Granite&Rainbow), así que cogí Montedidio con muy altas expectativas, que se han visto cumplidas en parte, y en parte defraudadas.

Montedidio (que toma su nombre de un barrio de Nápoles) es una historia de aprendizaje y maduración, contada desde el punto de vista de un niño, con esa mezcla de inocencia y sabiduría que los niños suelen tener en las novelas. El protagonista y narrador vive inmersa en un ambiente duro, en que el dinero no sobra y hay que trabajar duro para ganarse la vida; pero en este ambiente de dureza hay espacio para el primer amor, para la solidaridad, para la poesía y para el aprendizaje. Erri de Luca basa una buena parte del poder del texto precisamente en la mirada poética del niño, que en un lenguaje simple consigue ver la belleza que se esconde debajo de la suciedad.

A medida que estaba leyendo la novela, cada vez tenía más claro que mi valoración definitiva iba a depender del desenlace: la novela está construida a partir de una serie de tensiones crecientes (el niño que ensaya el lanzamiento del boomerang, sin llegar a lanzarlo); el zapatero al que le están creciendo unas alas dentro de la joroba; el propietario del apartamento que acosa a la joven María, la amada del protagonista...)... Y de cómo consiguiera De Luca resolver estas tensiones iba a depender, en mi opinión, el "éxito" o "fracaso" del texto.

Bueno, pues para mi gusto el final no está a la altura del resto de la novela. En los dos últimos fragmentos (la novela se compone de textos escritos por el narrador protagonista, de una o dos páginas de extensión), se resuelven de forma apresurada líneas temáticas que han estado preparadas durante las doscientas páginas anteriores, de una manera demasiado simple para mi gusto. No hay duda de que Erri de Luca tiene un estilo atractivo, sugerente, bonito. Pero me temo que caiga a veces, por lo menos en esta novela, en una cierta idealización o estetización de la realidad, en un cierto esteticismo o "buenismo" que huye de la complejidad de algunos de los problemas que describe.

Mientras leía la novela, por cierto, no he podido dejar de pensar en las similitudes con Léolo, una película memorable por muchos motivos, que también narra la maduración forzada de un niño en un contexto difícil, con un estilo igualmente poético (aunque con espacio para la fealdad, algo que falta en Montedidio). Creo que la visión comparada de las dos obras puede realzarlas a las dos.

Termino con un comentario lingüístico, que hace que lamente no ser capaz de leer el italiano original (la he leído en portugués, por cierto, para liar todavía mas el tema de las lenguas y las traducciones): el protagonista y narrador escribe en italiano, que ha aprendido en la escuela, mientras que sus padres y la mayoría de los habitantes de Montedidio hablan en dialecto, y su voz se cuela muchas veces en el texto. De Luca tiene siempre cuidado de explicar en italiano las expresiones napolitanas que aparecen, pero quizás habría sido más apropiado dejarlas sin explicar (porque el narrador no necesita ninguna explicación para entenderlas) y que el elemento dialectal, a veces incomprensible, quedase en el texto como una cicatriz que revela ese mundo subterráneo e invisible en la "alta cultura" que representa el italiano.

También de Erri de Luca en ULAD: Tú, mío, El contrario de uno, Adelfa, Arco iris, La natura expuesta, Imposible, Napátrida, Las reglas del Mikado

sábado, 7 de septiembre de 2024

Contrarreseña: Un amor de Sara Mesa

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable

Los grandes cismas de la historia de la humanidad (Catolicismo vs. Protestantismo, Comunismo vs. Capitalismo, Barcelona vs. Real Madrid) no son nada comparados con algunas de las discrepancias que atraviesan al equipo de este modesto blog de crítica literaria: Murakami, Knausgard, Marías o Houllebecq son algunos de los autores que pueden llevar a duelos a florete al amanecer entre la comunidad uladiana. Otra autora que tiene esa "capacidad divisoria" es Sara Mesa, a quien hemos adjudicado valoraciones que van desde el imprescindible de Cuatro por cuatro o el Muy recomendable de Cicatriz o Cara de pan, hasta otras más medianas (o mediocres) como el "está bien" de Un incendio invisible o Mala letra. Esta reseña, de hecho, es una respuesta a la obra peor valorada de la autora, Un amor, que recibió un parco "Se deja leer" por parte de Juan G. B., quizás el máximo y más vocal antimesista (o sillista) del blog.

Efectivamente, como se puede ver por la valoración, a mí Un amor me ha gustado bastante más que a Juan, y no porque estemos en desacuerdo en muchas de nuestras lecturas de la novela sino porque lo que a él le parecen defectos, curiosamente a mí me han parecido virtudes.

Dice Juan, por ejemplo, que la novela se centra en una protagonista irritante: la traductora Natalia, que decide huir de la ciudad (y de sus carísimos alquileres) para establecerse en una casa ruinosa en un pueblo perdido (e inventado), integrándose así en una línea de la narrativa española en la que destacan títulos como Alabanza de Alberto Olmos, Por si se va la luz o Piel de lobo de Lara Moreno o El límite interior de Nere Basabe. Estoy de acuerdo, por otro lado, en que Natalia, o Nat, es una persona antisocial, egocéntrica e irresponsable, pero... nadie dijo que los personajes nos tengan que caernos bien para ser interesantes. De hecho, es una marca definidora de la narrativa de Sara Mesa el construir personajes atípicos, antipáticos, excéntricos y que toman decisiones sorprendentes o inexplicables, que pueden incluso resultar inverosímiles, llevados por el instinto, la necesidad, el deseo o el trauma. 
 
En Un amor, de hecho, Natalia tomará varias decisiones claramente autodestructivas (la fundamental, la que da título a la obra, será iniciar una relación amorosa con... con uno de los personajes masculinos, no diré cuál para no estropear la novela a futuros lectores) que pueden estar fundamentadas en un trauma anterior, una explicación poco desarrollada que personalmente me parece algo simplista psicológicamente hablando. La forma como se comporta puede parecer inverosímil o injustificada, pero no deja de ser un comportamiento humanamente posible, y Sara Mesa consigue profundizar en cada momento de ese proceso de forma que minuciosa y creíble.
 
Otra cosa que dice en su reseña Juan es que los conflictos y la sensación de opresión que Natalia vive en el pueblo no es "real", sino que responde a su propia psicología y a su predisposición previa. Una vez más, estoy de acuerdo, pero una vez más, esto no me parece en absoluto un defecto sino, simplemente, una técnica narrativa. Aunque la novela esté escrita en tercera persona, el punto de vista es obviamente el de Natalia, y es un punto de vista necesariamente parcial, y en este caso deformado por esa suspicacia que la caracteriza. Así, no solo el personaje del casero aparece marcado de forma claramente negativa, sino que también se establece una distancia hacia los personajes de Píter (un hippie bienintencionado aunque por momentos resulte bastante pesado), de la chica de la tienda del pueblo, del "alemán" (un misterioso y silencioso hombre que, por supuesto, no es alemán) o de los vecinos, una familia urbanita y típicamente burguesa. Esta frialdad y ese distanciamiento en relación con el mundo solo se rompe cuando en el mundo de Nat entra el "amor" del título, aunque, obviamente, tratándose de Sara Mesa no es un amor de unicornios que vomitan arco iris, sino algo bien diferente.

Coincidimos, por último, Juan y yo, en el que creo que es casi el único elogio que le dedica en su reseña: a lo largo de su trayectoria, Sara Mesa ha perfeccionado un estilo clínico, funcional, que viene a corresponder perfectamente con el distanciamiento emocional que demuestran sus personajes. Podríamos desear que la escritora hubiese optado por un estilo más emotivo, más exuberante o más rompedor (como los de Mónica Ojeda o Andrea Abreu, por poner dos ejemplos), pero entonces Sara Mesa no sería Sara Mesa. Y a Sara Mesa hay que quererla (u odiarla) como es. 

Sé que no habré convencido a Juan (ni al resto de los antimesistas del blog) con esta contrarreseña; tampoco era esa mi intención. Creo que la propuesta estética de Sara Mesa tiene una personalidad propia, establecida y original, y es bueno que esto provoque adhesiones y rechazos. Personalmente, seguiré leyendo lo que escriba con interés (y tengo, de hecho, pendiente La familia), y, si mantiene el nivel de sus últimos libros, seguiré reseñándola positivamente.


También de Sara Mesa en ULAD: Aquí

miércoles, 6 de febrero de 2013

Colaboración: Cuatro por cuatro de Sara Mesa


Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 2012
Valoración: imprescindible

Sara Mesa. No olviden este nombre. Cuatro por cuatro. Finalista del XXX Premio Herralde de Novela. Léanla. Compartan el libro. Hablen de él. Abran la novela y comiencen. No podrán abandonar la lectura. Leerán a escondidas de su jefe en el trabajo, volverán al libro en el descanso, subyugados por un escenario como el que describe la novela. Olvidarán apearse del autobús en la parada que les corresponde, apenas se ocuparán de su hijo mientras sostienen con la otra mano el retorcido y velado universo con el que esta joven narradora cautiva al lector desde la primera línea. 

Punto de partida: el Wybrany College, un internado destinado a hijos de familias acomodadas y a chicos becados, los “especiales”, cuyos padres trabajan para el colegio. Entre ambas clases, un límite imaginario, aunque perceptible. La línea divisoria se extiende a lo largo de la novela y engloba otros planos: un modelo educativo basado en la división por sexos, el enfrentamiento entre aquellos que aprueban las directrices del internado y algunos personajes que se oponen, la segmentación de la información y el juego entre lo velado y las apariencias, etcétera.

La separación, el aislamiento o el orden (aparente) se construyen también partir de una jerarquía muy marcada en la que el director del College, el Guía (una especie de orientador vil y abyecto), los profesores y los alumnos se convierten en piezas de un juego repleto de secretos y estrategias en la lucha por el poder. En el edificio, incomunicado de un mundo exterior que se derrumba irremisiblemente, confluyen la historia de Celia, una alumna insatisfecha con la vida en el College, la de Ignacio, un alumno cojo e indefenso del que todos los alumnos se ríen, y la de Isidro Bedragare, un profesor sustituto que irrumpe en la vida del internado y recoge sus impresiones en un diario. En todas ellas se aprecia una violencia soterrada que mantiene al lector en vilo hasta el epílogo, momento en el que “los papeles de García Medrano”, el profesor desaparecido al que sustituye Isidro desvelan el secreto del edificio.

No suelo confiar en los premios literarios, pero debo decir que esta vez han dado en el clavo. Además de la historia, lo que arrastra de Cuatro por cuatro es el manejo del lenguaje. Un estilo peculiar, poético y sugerente, crítico, que ayuda a la creación de ese ambiente tan enrarecido.

De hecho, citaría cada una de las líneas de esta novela, porque es uno de esos libros singulares que una vez leídos nos llevan a pensar: ésta es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Lo bueno es que Sara Mesa existe y que va a seguir escribiendo. Para nosotros. La posibilidad de entrar en el universo de esta autora es un lujo. Créanme, una no encuentra un texto como éste todos los años. No dejen de leerla, háganme caso.

Firma invitada: Uxue

También de Sara Mesa en ULAD: Cicatriz, Mala letra

martes, 22 de diciembre de 2015

ULAD: Nuestros libros del 2015

Montuenga

Mejor novela del s. XX: Los reconocimientos, de William Gaddis
Mejor novela del s. XXI: Abril rojo, de Santiago Rocangliolo
Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre
Mejor novela iniciática: Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil
Mi gran descubrimiento: La escritura peligrosa de Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna 
Mejor ensayo: La insensatez de los necios, de Robert Trivers
Mejor volumen de relatos: Extinción, de David Foster Wallace
Peor novela: 1914. El asesinato de Sarajevo, de Eladi Romero García
No he pasado de la cuarta página en: El día en que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom

Juan G. B. 

Novelón del año (en todos los sentidos): Los reconocimientos, de William Gaddis.
Sorpresa (se entiende que agradable): Londres después de medianoche, de Augusto Cruz.
Novela negra para-disfrutar-más-que-un-cochino-en-un-lodazal: Lennox, de Craig Russell.
Libros que me removieron las entretelas (y algo más): Poeta muerta, de Patricia Heras y La captura de Macalé, de Andrea Camilleri.
Mejor carta de navegación por los procelosos piélagos de nuestra época: La piel de la frontera, de Francesc Serés
Escollos evitados a tiempo: Lección de anatomía, de Marta Sanz y Un mal año para Miki, de José Ovejero.
Libros más preciosamente ilustrados: La vida de las paredes de Sara Morante e Ilustre Ruritania ilustrada de Ainize Santos y Santi Pérez Isasi (lástima de texto, en este caso).
Novela gráfica del año: Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko.
Publicación y recopilación del año (y obra maestra): Torpedo 1936 (integral), de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.

Santi
Novela española del año: Cicatriz de Sara Mesa
Novelón del año: El museo de la inocencia de Ohran Pamuk
Clásico del año: Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell
Descubrimiento del año: Anna Starobinets, en particular sus relatos.
Autor al que ya no daré más oportunidades: Patrick Modiano
Fenómeno literario del año: Elena Ferrante y su serie de novelas sobre Dos Amigas
Fenómeno literario que no entiendo: la seride de novelas Mi lucha Karl Öve Náusea 
Curiosidades literarias: En Nadar-dos-pájaros de Flann O'Brien y Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Mestre 
Literatura y/o periodismo, a quién le importa: La agonía de Francia de Chaves Nogales y El fin del 'homo sovieticus' de Svetlana Aleksievich

Carlos Andia
Libro de viajes del año: En mares salvajes, de Javier Reverte
Novela apetecible 2015: Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga
Decepciones de mayor o menor rango: En la orilla, de Rafael Chirbes, y Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero
Para sumergirse en la Historia: Los Austrias, de John Lynch
Clásico recuperado (y con mucho gusto): Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán
Tocho superlativo del año: Las mil y una noches (la reseña, antes de fin de año)

Francesc Bon 

Un año en que publican dos de mis autores favoritos no debería ser malo. Aunque lo hagan con obras que quizás, no sean sus mejores. Pero si bien a Houellebecq todos los acontecimientos ajenos han contribuido a que Sumisión gane en relevancia, crezca en trascendencia y rabie de actualidad y, por lo tanto, sea indiscutiblemente la novela más importante del año y su lectura obligatoria. A su lado, y no por deméritos, Pureza palidece, aunque crece en el recuerdo, lo cual no está nada mal. No suelo ponerme al lado de los vilipendiados por el mero hecho de serlo, pero ¿Franzen? El mejor de los que lo despedazan, que escriba un párrafo como el peor de los incluidos en Las correcciones y entonces hablamos.
Un autor con el que repetiré: aparte de decenas de clásicos, creo que volveré a probar a DeLillo para ver si el brutal desequilibrio entre Ruido de fondo y Cosmópolis tiene algún matiz. Y caerá algún Faulkner más, supongo. 
De este año no pasa: que encuentre unas semanas para apartarme del mundo y lea El día del Watusi de Francisco Casavella.
El libro que marcó mi año: Sumisión, y aún podría exponer una docena de nuevos motivos por los que seguiré defendiendo esta novela.
El accésit: aunque plantee dudas sobre si son puntos de partida de una carrera o no, libros como Nuevo destino son auténticos ganchos en la quijada.
Una apuesta personal: Santiago Lorenzo cambiando de registro o Jenn Díaz poniendo su brillante prosa al servicio de asuntos más carnales. Peligro de que estilo, por brillante y solvente que este sea, devenga encasillamiento, amigos.
Frustrado: por no poder aportar mucho nuevo aquí ya que prácticamente todo lo que he leído ha caído en ULAD. Sí que he reconocer que este año ha sido para mí más un año de editoriales que de autores. Cualquier cosa de Sajalín, muchísimas cosas de Malpaso y bastantes de Blackie Books y Asteroide,
Incomprensible: Anagrama convirtiendo en emblemas de su producción dos naderías como Blitz y También esto pasará.

Y, como siempre, emplazar a nuestros lectores a que aprovechen los comentarios para dejarnos sus listas, sus sugerencias, preferencias, filias y fobias. Que ya tardabais.