martes, 21 de mayo de 2013

Ramón del Valle Inclán: Tirano Banderas

Idioma original: español
Año de publicación: 1926
Valoración: Imprescindible


Ha pasado mucho tiempo desde que leí por primera vez Tirano Banderas y no me quedaba más que una impresión muy vaga de ambiente, lenguaje y asunto. Se haya leído o no la novela, todo el mundo sabe que narra la caída del dictador Santos Banderas, un personaje que no encarna una figura histórica concreta pero es compendio de la de muchos dictadores latinoamericanos que prosperaron gracias al apoyo de Estados Unidos. La novela retrata su despotismo, su manejo del terror, la multiplicación durante su mandato de delaciones y espionaje, así como la existencia de una represión generalizada y el mantenimiento de una corte incondicional que responde sin rechistar a sus caprichos y órdenes.
Después de un tercer viaje a Méjico, Valle empieza a escribir su novela americana, “la novela de un tirano con rasgos del doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López y de don Porfirio”. En un principio, a partir de 1925, aparece en forma de entrega para distintas publicaciones como era su costumbre, más tarde en forma de libro cuya primera edición publica por su cuenta.

La intención, claramente satírica, se logra a partir de su ya mítico recurso de fabricación propia, el esperpento (deformación de la realidad, destacando lo grotesco para afilar la crítica). A Banderas se le caricaturiza repetidamente como rata fisgona y el Licenciado Veguillas salta como una rana aduladora. Podemos encontrar decenas de ejemplos con solo leer una página. El tirano animaliza a sus vasallos y Valle Inclán, a su vez, le animaliza a él. Destaca además la prodigiosa utilización del lenguaje latinoamericano, del que realiza una inteligente mixtura superponiendo al castellano multitud de voces de uso común en la mayor parte del subcontinente, con alguna invención de cosecha propia y la repetición del diminutivo, dando como resultado un conjunto de lo más convincente. Un efecto así no podía haberlo conseguido más que un oriundo de esas tierras o el propio Valle que, sin embargo, incluye aquí todos los rasgos de su escritura, su inteligente manejo de las situaciones, ese modernismo que defendió con brillantez, esa amargura y sentido crítico de la política española de entonces.
Del tirano, hasta el nombre de pila, Santos, es irónico. Pero el autor tampoco tiene piedad con el resto del reparto. Destacaré, al Doctor Polaco, un mago que ejerce en la casa de lenocinio y que, junto a la señorita médium (también Lupita la Romántica, prostituta que parece leer el pensamiento) protagoniza una de las escenas más divertidas de la novela, o el honrado gachupín Quintín Pereda (nótese la ironía en el adjetivo), o Merlín, el perro faldero del ministro que subraya sarcásticamente sus rasgos más ridículos, o Cucarachita, la madame del prostíbulo, o doña Lupita, que se ocupa del servicio de cantina durante los esparcimientos del dictador y sus secuaces.

Pocos se salvan de la quema efectuada por Valle Inclán, solo unos pocos insurgentes en los que recae, a golpe de heroísmo, revertir el actual estado de cosas. Países, clases sociales, profesiones son vapuleados sin piedad. En particular los gachupines (españoles) de los que se destaca su ambición y prepotencia. Como el citado ministro de España y barón de Benicarlés o el próspero don Celes, avaro hasta el delirio, sin otro interés que la adulación y la riqueza, que sirve de correveidile entre este y Santos Banderas o el prestamista Quintín Pereda, que con su enorme ruindad contribuye indirectamente a poner en marcha la acción. También son atacados los criollos y sus privilegios. En cambio, vemos al doctor Sánchez Ocaña pronunciando un alambicado discurso que enardece a las masas acelerando el comienzo de la revolución latente.
Es patente el desprecio que siente Banderas por el indio, al que considera incapaz de trabajar e indigno de cualquier consideración. Y, sin embargo, él es uno de ellos, no un gachupín imperialista, no un privilegiado criollo: su sangre es indígena cien por cien. Con ello, se multiplica exponencialmente la impresión que produce su actitud.

La obra es corta pero densa. Valle hace gala de economía de recursos concentrándose en unos cuantos rasgos significativos, inteligentemente elegidos, muy elocuentes, presentados con vigor y repartidos en una serie de escenas. A partir de ellas, el lector puede hacerse cargo de la situación sin que se le abrume con un exceso de datos. Por eso es fácilmente adaptable a la escena, dónde se ha llevado a menudo. Existe también una película, dirigida por José Luis García Sánchez en 1993.
Obras herederas de esta son, entre otras, El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez, “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa y “Yo, El Supremo” de Augusto Roa Bastos.

4 comentarios:

Javier Munguía dijo...

Buena reseña de una novela que tengo en la mira y en la biblioteca desde hace tiempo por ser parte de esa tradición tan rica, tan latinoamericana, de la novela del dictador. Procuraré leerla pronto. Acaba de publicarse en México, por cierto, un homenaje a las obras más representativas de esa tradición: se trata de la novela Querido Escorpión, de Benito Taibo. Aún no la leo. A ver qué tal está.

Un comentario al margen del tema central: ¿por qué a tantos españoles les cuesta escribir "México", como en realidad se escribe el nombre no oficial del país? ¿Simple costumbre? La RAE recomienda escribirlo con x justo porque así lo escribimos y conocemos los mexicanos y aun los latinoamericanos, aunque todavía da por válidas las formas con j, que como mexicano me resultan poco simpáticas.

Saludos, Montuega.

Montuenga dijo...

Hola Javier. No hay un motivo especial, aunque sé que las dos formas son válidas lo escribo como lo pronuncio.

No conocía esa preferencia vuestra por la equis. Para la próxima vez, prometo tenerlo en cuenta.

Un saludo y gracias por tu buena opinión.

Anónimo dijo...

Yo creo que Valle no sabía escribir novelas, necesitaba más libertad para contar lo que quería, y le salió el 'Tirano' que, aunque el autor lo llamase 'novela', tiene mucho de teatro (escena de la casa de empeño, además de otras muchas) y bastantes momentos de poesía (prosa poética diríamos) que recuerdan a La pipa de Kif. El coctel que resulta es extraordinario.

Y, como dices en la reseña, el manejo del lenguaje es deslumbrante, a veces abrumador, hasta formar la obra maestra que es 'Tirano Banderas'.

Por cierto, que no tenía idea de que hubiese una película. No sé si atreverme a verla.

Saludos y gracias por la reseña. Carlos Andia.

Montuenga dijo...

Sí, Carlos, pero los límites del género son tan amplios que admite todo tipo de aportaciones, y esa ductilidad no es impostada, viene del mismísimo Cervantes. Valle escribió una novela, solo que adaptada a su (enorme) medida.
Saludos