lunes, 20 de abril de 2009

Ramón María del Valle-Inclán: Luces de Bohemia

Idioma original: español
Año de publicación: 1920
Valoración:
Imprescindible

Con Luces de Bohemia me pasa como a Santi con Pedro Páramo: me da cierto reparo recomendar un libro que es ya parte indiscutible del canon literario, pero también me siento obligado a hacerlo. Supongo que, como yo mismo, muchos de vosotros habréis leído esta obra en el instituto. Es curioso, a mí la obligación de aquellas lecturas no consiguió nunca hacérmelas insufribles. Todo lo contrario. Supongo que se debe a que tuve muy buenos profesores de literatura.

Luces de Bohemia
es, claro, el prototipo del esperpento, casi su mito fundacional. Son célebres las definiciones que da Valle en la obra misma sobre esta forma del teatro, que es invención suya y, al mismo tiempo, nuestra estética inevitable: "El sentido trágico de la vida española sólo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada". Ésta siempre me ha parecido una de las mayores verdades de Luces de Bohemia. El espíritu español, si es que hay algo así, ha oscilado entre la mística y la farsa, y ha alcanzado, quizá, su más extravagante grandeza cuando ambas se han unido en un mismo caso. La mística imbuida de farsa dio, por ejemplo, a la monja de Ágreda: visionaria consejera de Felipe IV que aseguraba tener el don de la bilocación y evangelizar a medio México sin salir de su convento soriano. Luces de Bohemia completa a la perfección el movimiento contrario: es una farsa de pillos y putas, pero también una Pasión.

Valle no deja títere con cabeza: en su viaje por la noche madrileña, Max Estrella atraviesa todas las clases sociales y todos los ambientes culturales para descubrir en todos lados vileza, mediocridad y corrupción. Casi todos los personajes están retratados, como decía el mismo Valle, desde arriba, como fantoches o marionetas. Un par de trazos geniales bastan para caracterizar su funesta ruindad. Pero si la farsa es también una Pasión es gracias a que no todo sucumbe a esta geometría de espejo cóncavo. Algunos personajes (la mujer y la hija de Max, por ejemplo) se nos presentan como seres humanos, iguales a nosotros y dignos de compasión; otros (el mismo Max, el preso con que comparte celda) adoptan en su dolor inmerecido una estatura trágica que nos hace admirarlos.

Con Luces de Bohemia Valle supo eludir uno de los mayores peligros de cualquier artista, el de sucumbir a la tiranía de sus propios principios: porque define el esperpento y a la vez lo incumple es una obra grande, capaz de transmitir verdad y despertar emoción.

3 comentarios:

Paula dijo...

¡Me ha gustado mucho la crítica! Ésta fue una de las lecturas que empecé al terminar los exámenes de primer semestre; yo también lo leí en el colegio o en el instituto, no me acuerdo, y me quedé con buen recuerdo (aunque no me acordaba de mucho más :P). Desgraciadamente el segundo semestre me hizo tener que devolverlo a la biblioteca con las orejas gachas. Es muy larga para ser una obra de teatro.
Otra vez será otra vez. Ay.

Jaime dijo...

Gracias, Paula! Pues sí, la verdad es que Luces de Bohemia es muy.. muchas cosas para ser una obra de teatro. Tiene demasiados cambios de escenario, demasiados personajes, incluso tiene acotaciones irrepresentables de tan literarias (es famosa, por ejemplo, "de repente, el grillo del teléfono se orina en el gran regazo burocrático"). De hecho, tardó muchísimo en estrenarse. Pues nada, seguro que en Madrid tendrás opción pronto de ver alguna representación, que siempre es mejor que leerla. Cuando te enteres de algo, me avisas;).

theuc dijo...

Pues qué suerte respecto a lo de tener buenos profesores de literatura.

Yo hay gente a la que ahora aborrezco.

Una pena.