viernes, 10 de abril de 2009

Thomas Mann: La muerte en Venecia


Título original: Der Tod in Venedig
Idioma original: alemán
Fecha de publicación: 1912
Valoración: Muy recomendable

El argumento de esta novela breve de Thomas Mann se puede resumir en pocas palabras: trata de la estancia del escritor Gustav von Aschenbach en Venecia, durante la cual se enamora de un muchacho polaco llamado Tadzio (incomprensiblemente, Tadrio en la traducción que tengo) y contrae una enfermedad que le lleva a la muerte. Sí, he destripado el final de la novela, pero ¿qué os esperábais con ese título?

Lo fundamental, de todas maneras, no es la acción. Quien esté buscando acción más vale que deje esta novela para otro momento. Thomas Mann busca transmitir esa inactividad morbosa, ese exceso lánguido que caracterizaba el modo de vida de la gran burguesía a comienzos del XX, y lo hace de modo magistral. Aunque más que una ausencia de actividad, ese ambiente enfermizo parece denunciar una profunda parálisis de la vida, un espíritu infectado de tedio. La novela se encuadra así en esa dolorosa conciencia de la "decadencia de Occidente", que embargó antes de la Primera Guerra Mundial, sobre todo, a los intelectuales conservadores. Se huele en muchos pasajes la influencia de Nietzsche, pero de un Nietzsche descorazonador, que sólo hace más insufribles las convenciones burguesas con su prédica del sí a la vida.

La muerte en Venecia está plagada de referencias simbólicas a la mitología y la Filosofía clásicas. Tadzio es comparado con Eros, claro: el dios del amor que, según Platón, alienta en los hombres el anhelo de belleza e inmortalidad. Pero también con Narciso, el enamorado de sí mismo. La suya se nos presenta como una belleza inocente pero lejana, tentadora pero imposible. Mediador entre una tierra corrompida (simbolizada por una Venecia enferma de cólera) y un ideal de perfección, Tadzio es un ángel, pero a la manera de Rilke cuando dice "todo ángel es terrible". Como todo ángel, es portador de un mensaje de salvación, en este caso para Aschenbach.

Mientras la enfermedad se propaga a su alrededor y se ceba con su propio cuerpo, Aschenbach debe aprender a salvarse, aceptando su propia verdad y pactando con sus propios miedos. La asunción de su sombra y del mal (no sólo físico) que le carcome hace posible una reconciliación final. En ella puede verse toda una teoría del arte como sublimación y, en general, una doctrina de la búsqueda del sentido en el sinsentido que es la vida. Ésta es la austera esperanza que nos ofrece Mann.

3 comentarios:

Santi dijo...

Tengo que confesar que la primera vez que leí La muerte en Venecia me pareció un soberano rollazo, probablemente porque, como tú dices, yo iba buscando acción, y me encontré con unos pocos coqueteos homoeróticos y unas cuantas reflexiones sobre la belleza, el amor y la muerte.

Al cabo de unos años me obligué a volver a leerla, esta vez ya, claro, sabiendo lo que me iba a encontrar, y me gustó mucho más, me pareció una gran novela, en definitiva, aunque un poco pesadita a ratos...

Claro que no tanto como La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, que me pareció el rollo más soporífero que nunca me he llevado a los ojos. (¿Existe la expresión "llevarse a los ojos" como "llevarse a la boca" para la comida?)

Jaime dijo...

Hmm, sí, puede ser que para disfrutar La muerte en Venecia haya que saber con qué se va a encontrar uno... No he dicho nada de la película que hizo Visconti, pero aprovecho ahora: es una de las mejores adaptaciones de novelas que conozco. También hay que ir preparado para la falta de acción. Eso sí, la película ofrece momentos de una fotografía increíble, con banda sonora de Mahler. El ambiente de tedio putrefacto y de dolorosa libido lo capta a la perfección.

Guillermo Gómez dijo...

Yo tengo que reconocer que a mí se me atragantó bastante. También es verdad que no tenía ni idea de qué me iba a encontrar. Eso sí, creo que tiene pasajes increibles, con imágenes perfectamente creadas para que el lector vaya intuyendo la tragedia.