jueves, 16 de mayo de 2013

Ondjaki: Los de mi calle

Idioma original: portugués
Título original: Os da minha rua
Año de publicación: 2007
Valoración: Muy recomendable

Leyendo Os da minha rua de Ondjaki, me resultaba inevitable pensar en otros dos libros ya reseñados aquí: Miguel Street de V. S. Naipaul y Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos: los tres comparten una misma mirada infantil, asombrada y soñadora (recreada, claro está, desde una edad adulta que recuerda con cierta nostalgia) hacia una realidad a veces dura, otras veces entrañable y siempre sorprendente. En comparación con estos dos grandes libros, Los de mi calle queda un punto, solo un punto, por debajo.

Ondjaki (seudónimo del escritor angoleño Ndalu de Almeida) recrea en esta obra, a través de pequeños relatos de dos o tres páginas, episodios de su infancia en Luanda, una Luanda post-independencia en la que hay profesores cubanos y camiones soviéticos, proclamas nacionalistas y viajes a Portugal para comprar gafas nuevas. La mayoría de los relatos se refieren a la familia del escritor o a sus compañeros de juegos: recuerdos de la escuela, de la primera televisión en colores, de la experiencia de ver cine en el cine o del primer beso.

El comienzo del libro es deslumbrante: con un lenguaje sencillo, como corresponde a la perspectiva infantil, y con la inclusión de algunas expresiones características del portugués de Angola (para el que lo lea en el original, claro), el narrador nos consigue trasladar inmediatamente a su mundo, visto con una inocencia y con una luminosidad cautivadoras. Aunque los años 80 fuesen años convulsos en Angola, un país con un papel significativo en la Guerra Fría, el niño que entonces era Ndalu no percibía estas cuestiones sino de una forma muy lejana y nada problemática, de manera que parece habitar un mundo sin más conflictos que los pequeños conflictos domésticos o escolares.

Pero lo que hace que este libro quede un poco por debajo de Miguel Street o de Mi planta de naranja lima, como decía, es su falta de evolución, su estatismo. A diferencia de Miguel Street, los personajes y los conflictos no se desarrollan: los relatos de Os da minha rua están en el orden en que están, pero podrían haber estado en casi cualquier otro, y poco habría importado. El tono, algo saudosista y, se sospecha, algo idelizante, se mantiene constante a lo largo de todo el libro, y llega a empalagar ligeramente. Parece que el lector espera, después de leída una decena de relatos, que el tono o el contenido cambie, que se abandone el costumbrismo de lo exótico y se desarrolle una historia que nos atrape, como pasaba en Mi planta de naranja lima.

Pero eso no pasa, el libro continúa y uno se queda con la sensación de haber disfrutado de un bonito volumen de memorias infantiles, que quizás podría haber llegado a ser algo más.