Mostrando las entradas para la consulta albert camus ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta albert camus ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de julio de 2010

Albert Camus: El extranjero y La peste

Título original: L'Etranger, La peste
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1942 y 1947
Valoración: muy recomendables

Siguiendo la estela de la literatura existencialista, hoy reseñamos dos de las obras más importantes del premio Nobel Albert Camus. Escritor francés de origen argelino, Camus destaca por libros profundos y con una fuerte carga filosófica. Al inscribirse dentro de la corriente existencialista, aunque él renegaba de esta etiqueta, el argumento está cargado de reflexiones sobre el sinsentido de la existencia, el absurdo y las consecuencias del mismo.

Oséase, que página tras página nos sumergimos en cuestiones sobre la humanidad, la moral y la existencia, a través de diferentes situaciones y personajes. En El extranjero, Camus nos presenta al señor Meursault, un joven al que se le ha muerto la madre hace poco y que no ha sentido nada al respecto. Ocurre después un suceso del que él es el protagonista y tampoco siente nada. Un contemporáneo suyo habría llorado y se habría apenado en el primer caso, seguramente, y en el segundo no habría llegado a producirse tal suceso. Pero Meursault es ajeno a lo que le rodea, es un extranjero en medio de una humanidad que no controla su destino,sino que se deja llevar por la creencia en gobiernos superiores, ya sean humanos o divinos. La humanidad, que ha llegado a depender absolutamente de una moral ambigua y artificial que ata al hombre y termina otorgándole una sensación de absurdo y desintegración.

En La peste conocemos la ciudad de Orán, en Argelia, que está siendo consumida por la peste. A medida que mueren sus habitantes, Camus nos presenta al médico Rieux y su compañero Tarrou, personajes que, al interactuar con otros habitantes de la ciudad, nos dan a conocer la visión sobre la existencia que tiene el autor. Llegamos al absurdo a través del desligamiento de las autoridades superiores, por lo que las cosas se suceden sin poder tener control sobre ellas. Pero este absurdo, que al principio resulta aturdidor ( y nos provoca naúseas, como en Sartre), es positivo. El ser humano debe ampararse en sí mismo y en su propia existencia, sintiéndose parte de una humanidad colectiva,pero manteniendo su individualidad. Entonces será libre de ser él mismo y, a la vez, concurrir solidariamente con el resto de sus semejantes.

Como vemos, el conocimiento del absurdo no es negativo sino liberador, y propicia la libertad del individuo. Eso sí, una libertad solidaria y y en comunión con el resto de la humanidad. Así como en El extranjero el devenir de la sociedad ha llevado al ser humano a alienarse y convertirse en un forastero para lo que le rodea, en La peste podemos encontrar un mensaje esperanzador: la peste nos acecha, y hasta puede postrarnos en el lecho, pero el ser conscientes de nuestra existencia y del formar parte de una comunidad puede devolvernos a nuestra tierra, desalienarnos y hacernos libres.

Personalmente, me gustó más La peste, y reconozco que no son lecturas muy veraniegas, pero me impactaron y provocaron tanto, que llevo varios párrafos copieteados en la libreta. Muy recomendables.

También de Albert Camus en ULAD: Calígula

viernes, 2 de diciembre de 2016

Albert Camus: Calígula

Idioma original: francés
Título original: Caligula
Año de publicación: 1.944
Valoración: Recomendable


Calígula, ese hombre. El emperador cuyas extravagancias no conocían límite, famoso por hacer correr la sangre de enemigos, hermanos, senadores y amantes con igual delectación (o tal vez desinterés). O por haber nombrado cónsul a su célebre caballo Incitatus (aunque no sé si llegó a hacerlo o fue sólo un amago). Calígula es el personaje histórico elegido por Albert Camus para trasponer algunas de sus ideas sobre el absurdo, ese ángulo del existencialismo cuyo estudio expone ampliamente en ‘El mito de Sísifo’. Dramatizar o novelar el pensamiento filosófico parece una opción interesante para facilitar su comprensión o su divulgación, como ya comprobamos por ejemplo en Unamuno o Sartre.

Cuando llega al poder, Calígula es un chico bastante joven que, según dicen los historiadores, comienza su mandato con buena mano. Pero en poco tiempo parece verse dominado por una especie de demencia y todo se convierte en el carrusel de disparates al que todos asociamos su nombre. Camus sitúa el principio de su obra justo después de la muerte de Drusila, hermana y amante del emperador, y sugiere que es esta desaparición la causa de su locura –aunque más tarde el propio personaje lo desmiente. En realidad, lo que parece haber ocurrido es que, durante unos breves días en que nadie sabe dónde está Calígula, éste ha tenido una especie de revelación. Puede que por efecto del duelo, o simplemente porque sí, ha adquirido conciencia de algunos de los principios que Camus pretende presentar: el sinsentido de buscar un porqué de la existencia, el dolor como mecanismo de liberación, la superación de todo límite (en su caso, el ejercicio del poder absoluto en sentido literal) en busca de la libertad. El emperador ha visto una luz, y se dirige hacia ella en una carrera decidida, aunque aparente ser enloquecida y caótica.

Por su parte, los nobles de Roma vieron seguramente en los primeros tiempos a un muchacho fácil de manipular –esto no lo dice Camus, pero lo leemos entre líneas. Sin embargo, se encuentran de pronto con un tipo que parece enajenado, se ha vuelto tiránico y caprichoso hasta extremos inimaginables y además utiliza razonamientos delirantes, sí, aunque bien trenzados. Así que los patricios ponen pronto en marcha una conspiración para terminar con el chiflado asesino. Tampoco les critiquemos: Calígula les humilla, les arrebata a sus mujeres, no tiene reparo en acabar con unos u otros en el momento más inesperado, y está arruinando a toda Roma.

No creo que sea el momento de entrar en los perfiles del pensamiento que Camus va colocando a lo largo de los sucesivos parlamentos entre los distintos personajes. Centrándonos en el punto de vista teatral, los cuadros escénicos del emperador con los senadores son –como no podía ser de otra manera- ásperos, crudos, siempre bajo la sombra de la guadaña imprevisible del tirano. Los conspiradores están decididos a acabar con él, y Calígula lo sabe, aunque no lo impide como podría. Y, no obstante la intensidad de la situación, esas voces integran de forma sumamente civilizada, racional, intercambios de ideas sólidas sobre la libertad, la búsqueda de lo imposible, la existencia finita del hombre frente a la permanencia del mundo.

Es probable que Calígula no esperase ser comprendido, pero algunos de sus enemigos (Escipión, a cuyo padre mandó matar, o Queneas, su más decidido oponente) demuestran entender sus razonamientos. Entretanto, otros personajes se mueven exclusivamente por interés, por conservar sus privilegios o vengar las afrentas sufridas, con lo que el colectivo se divide claramente en dos tipos bien diferenciados, en función de su grado de consciencia del absurdo, que es a donde el autor quiere realmente llegar.

Finalmente, se hace evidente que el mal no debe triunfar, que es necesario acabar con la degollina y el despropósito, pero quedan también perfectamente definidos los planos político y filosófico. Cada uno de ellos llevará su propio rumbo -claramente divergentes en el caso de Calígula, pero también por ejemplo en el de Queneas-, sin que exista interferencia entre ambos. Así, se deja ver cómo el mismo emperador va diseñando (o mejor, dejando campo libre a) su propio fin, que se precipita poco a poco en las últimas escenas, con un descacharrante concurso de poesía y el asesinato de… bueno, esto lo dejo a la curiosidad del lector.

Seguramente el dislocado proceder de Calígula carecía del impulso filosófico con que lo reviste Camus. Pero esta utilización del personaje genera una trama sólida, en apariencia sencilla, que no obstante ofrece un extenso campo para bucear en el pensamiento que el autor pone sobre la mesa. Y, desde el aspecto puramente literario, el libro resulta sobrio e intenso, y muy eficaz si lo contemplamos como obra teatral.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Los existencialistas

Con el término "existencialista" ha pasado, en literatura y en arte en general, como con "interactivo", "sostenible" o "cuántico" en otros campos: de repente, todo escritor o filósofo que muestra una preocupación por el problema de la existencia humana, es existencialista. En sentido estricto, sin embargo, sólo podrían llamarse existencialistas aquellos escritores que se adhieren a una corriente de pensamiento (de límites algo imprecisos, es verdad) inaugurada por Kierkegaard y -de manera más discutible- Nietzche en el siglo XIX, y culminada por Jean-Paul Sartre después de la Segunda Guerra Mundial.

Los fundamentos filosóficos del existencialismo, se ha dicho a veces, no son muy sólidos. Se basan en el problema del sentido de la vida humana: en palabras de Sartre, "la existencia precede a la esencia", es decir, que mientras que un oso o una liebre son osos y liebres completos desde que nacen, un ser humano solo tiene existencia al nacer, y deberá encontrar y definir su esencia a través de sus propias decisiones vitales, a lo largo de su vida. De ahí que muchas de las obras literarias existencialistas (como La caída y La Peste de Camus, o La puta respetuosa y Las manos sucias de Sartre) planteen situaciones en las que los personajes deben tomar decisiones esenciales que los definen y los determinan para siempre.

Otro elemento característico del existencialismo, y que se deriva del anterior, es la sensación de angustia (el angst o la "náusea" de Sartre) que nace de esa indeterminación del sentido de la vida. La ausencia de principios que guíen nuestra existencia puede llevar a la liberación, pero también al absurdo o a la locura (como el brillante Calígula de Camus). Finalmente, esta sensación de desesperación existencial suele romperse a través del compromiso y el encuentro con los otros (así en La peste de Camus, o en la propia vida de Sartre, intelectual altamente comprometido con los movimientos franceses de izquierdas), aunque al mismo tiempo el Otro puede ser, desde otro punto de vista, quien nos juzga, nos vigila y nos limita en nuestra búsqueda de la esencia (de ahí la frase "el infierno son los demás" que aparece en A puerta cerrada, de Sartre).

Desde el punto de vista literario (y dejando aparte las calificaciones vagas que mencionaba al principio, tales como "Kafka es existencialista" o "Dostoievski es existencialista, que en mi opinión son más que discutibles), los dos escritores fundamentales de este movimiento son Jean Paul Sartre y Albert Camus, quienes hicieron que el existencialismo se convirtiera en la "corriente de moda" en la Francia de posguerra, y disfrutaron de una influencia enorme en la vida cultural francesa y europea.

Más que un escritor de literatura en estado puro, a Sartre hay que considerarlo como un "intelectual profesional": sus obras ensayísticas, como Qué es la literatura, El ser y la nada o El existencialismo es un humanismo, intentaron sentar unas bases sólidas para el pensamiento existencialista del siglo XX, y durante toda su vida desarrolló una intensa actividad política y cultural -vinculado al Partido Comunista de Francia, Sartre fue una de las voces (algo pasadas de moda, eso sí) del Mayo del 68-. Sus obras literarias más destacadas son La náusea (una novela en la que el protagonista es la quintaesencia del angst) y las obras de teatro Las moscas, Las manos sucias, La puta respetuosa o A puerta cerrada, que son lo mejor de su producción.

Albert Camus (quien por cierto siempre renegó del membrete de "existencialista"), a diferencia de Sartre, es básica y fundamentalmente un escritor literario, y de hecho sus creaciones están por lo general -por lo menos para mi gusto- un peldaño por encima de las de Sartre. Son absolutamente geniales El extranjero (en la que el protagonista personifica el absurdo y la abulia de la existencia humana) y La peste (novela en la que un ficticio brote de peste en Orán fuerza a los personajes a definir su postura ante la vida, ante los demás, ante el sufrimiento y la necesidad de comprometerse). En otros géneros destacan la obra teatral Calígula -con un comienzo brutal, impresionante, aunque luego decae algo-, y el ensayo El mito de Sísifo, que quizás desde el punto de vista filosófico no sea una obra maestra, pero que literariamente resulta provocador e interesantísimo.

También debe incluirse en la nómina de existencialistas a Simone de Beauvoir, la pareja de Sartre, quien dedicó una parte importante de su pensamiento y de su obra a estudiar y reivindicar el papel de la mujer en el mundo, por lo que está considerada una de las voces fundamentales del feminismo del siglo XX. Su obra más conocida es El segundo sexo, un ensayo en el que se plantea precisamente la existencia de la mujer, tradicional e históricamente condicionada por el "primer sexo".

jueves, 4 de julio de 2013

José Luis Galar: Tras Albert Cossery

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable



Albert Cossery (1913-2008) fue un hombre curioso: escritor francófono nacido en Egipto, hijo de una mujer analfabeta y de un hombre que no trabajó en toda su vida, que vivía de las rentas (más que acomodadamente, todo hay que decirlo) y al que le costaba un trabajo sobrehumano incluso firmar el boletín de notas de sus hijos, se instaló en 1945 en la habitación de un hotel de París y vivió allí más de cincuenta años, hasta el día de su muerte.

Dedicaba, como su padre, dos horas diarias a arreglarse y se jactaba de escribir tan sólo dos frases por semana, buscando siempre la expresión perfecta. Así llegó a publicar un libro cada diez años (y fue acusado de escribir siempre el mismo, a lo que él argumentaba que, por supuesto, escribía sobre la vida y ésta siempre es la misma) y se le denominó "el príncipe de la pereza". Vivió gracias al dinero de sus amigos escritores (como Henry Miller, Jean Paul Sartre o Albert Camus) y a los cuadros que le regalaban sus amigos pintores y que vendía para poder sobrevivir y, claro, irse de juerga.

El propio Cossery afirmó: Yo no tengo biografía. Yo no he hecho nada en la vida. Yo no he hecho otra cosa que divertirme. Y así fue. Se dedicó a escribir (poco, la verdad), a disfrutar y a cultivar lo que él llamaba la "pereza reflexiva", sin haber acumulado ni un solo bien material y usando la burla como arma revolucionaria y crítica al gobierno.

José Luis Galar supo de la existencia de Cossery gracias a su necrológica (que ni siquiera recuerda dónde leyó), en la cual se hacía saber que había vivido gran parte de su vida en un hotel. Intrigado por este hecho, el autor decidió investigar al escritor egipcio, leer sus libros, visitar esa habitación de la que hablaba la necrológica e intentar conversar con alguno de sus conocidos, para descubrir quién era ese hombre que nunca se levantó de la cama antes del mediodía y que afirmaba: No tengo ninguna ambición y sería incapaz de dar un paso para tener una posición brillante.

Tras Albert Cossery, más que un ensayo, es un testimonio de la fascinación que la historia del autor egipcio ejerció sobre el español y de cómo éste se embarcó en un solitario –e incomprendido– viaje para conocer a Albert Cossery y para publicar este librito que, si bien no responde todas las preguntas que nos surjen sobre este personaje, sí despierta nuestra curiosidad y nos hace preguntarnos cómo tiene que ser vivir en un hotel durante casi sesenta años sin hacer nada más que acicalarse, escribir de vez en cuando y divertirse. Y reflexionar, claro.

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


domingo, 8 de mayo de 2016

Raymond Queneau: Zazie en el metro

Título original: Zazie dans le métro
Traducción: Fernando Sánchez Dragó
Idioma original: Francés
Año de publicación: 1959
Valoración: Muy recomendable

Si a la mayoría de nosotros nos preguntaran por intelectuales franceses de los años 50 y 60 del siglo XX, seguramente saldrían a relucir nombres como los de Alain Resnais,  Albert Camus, Jean Paul Sartre, Louis Althusser, Michel Foucault o Jean-Luc Godard. Todos ellos intelectuales muy sesudos, muy serios, muy de “gafapastas”.

Pero no toda la intelectualidad francesa de su tiempo fue así. Hubo una parte de ella que se fue más por la rama lúdica y que describió y analizó el mundo y la época que le tocó vivir desde el humor, el absurdo y el surrealismo. Uno de los ejemplo más claros fue el Ilustre Colegio de Patafísica, del que fueron miembros, entre otros, Boris Vian, Eugene Ionesco o Raymond Queneau.

Y hoy vamos a tirar para ese lado aprovechando que la pasada Tochoweek nos ha dejado el cerebro como un campo arrasado por una plaga de langostas hambrientas y que, por tanto, no tenemos el coco para disquisiciones filosóficas de primer nivel. Nos ponemos con "Zazie en el metro", una de las más famosas novelas del autor de los “Ejercicios de estilo” y creador del OuLiPo, fama debida, en parte, a la adaptación cinematográfica que hizo en 1960 el también francés Louis Malle.

El libro tiene un argumento muy simple. Zazie (una niña de unos 12-13 años aproximadamente) es dejada por su madre en París al cuidado de su tío Gabriel durante 2 días y medio. ¿Por qué? Bueno, en fin. Eso son cosas de mayores.

Pero Zazie no es una niña cualquiera. Es lista como ella sola, malencarada, lenguaraz, rebelde, independiente. Y para colmo de males se le ha metido en la cabeza recorrer la ciudad en metro, pero desgraciadamente para ella ¡¡¡hay huelga de trabajadores de metro!!!. A Zazie no le importa y comienza a deambular, en taxi o a pie, por la ciudad. Y en la ciudad vivirá situaciones inverosímiles y se topará con personajes de lo más variopinto.

Se encontrará con sátiros disfrazados de policías disfrazados de sátiros, buscavidas, viudas ninfómanas, turistas engañados, cabarets de “hormosexuales”, etc. También se perderá por la ciudad, subirá a la Torre Eiffel, se verá metida en alocadas persecuciones, secuestros discusiones tabernarias, etc.

Todo ello contado a un ritmo endiablado, con diálogos chispeantes, gran frescura y con un humor disparatado y absurdo. Y esto pese a que el humor de Queneau se basa mucho en juegos de palabras y alteraciones sintácticas, lo que hace muy difícil que el ritmo y la gracia del libro se mantenga en la traducción. Aquí me gustaría mencionar que la traducción corre a cargo de Fernando Sánchez Dragó (me he prometido no emitir juicios de valor sobre el susodicho), el cual creo que consigue salir airoso del trance. Obviamente, habrá juegos de palabras intraducibles, otros que pierdan todo su sentido en castellano y otros que otro traductor hubiera expresado de forma diferente, pero me da la sensación de que ha sido un duro trabajo y de que la labor de Sánchez Dragó es bastante buena.

La novela también es, en parte, novela de iniciación o de aprendizaje en el sentido más amplio del término. Zazie se ve empujada al mundo de los adultos, lo contempla, choca con él e intenta comprenderlo. De hecho, al final de libro, cuando su madre le pregunta: “Entonces, ¿qué has hecho?”, ella responde, ni corta ni perezosa, “He envejecido”.

Nosotros no diremos que hemos envejecido con las aventuras de “Zazie en el metro”. Pero sí podemos afirmar que nos hemos reído (y mucho) con su lectura.

Otros libros de Raymond Queneau en ULADEjercicios de estilo

miércoles, 18 de enero de 2012

John Banville: El libro de las pruebas


Idioma original: inglés
Título original: The Book of Evidence
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable


Si el que más y el que menos se ha preguntado alguna vez qué es lo que les pasará por la cabeza a esos tipos (hasta ese instante concreto presuntos ciudadanos ejemplares) que saltan a la prensa de pronto por haber cometido un crimen, los escritores – antes de Capote y después – no van a ser menos. Todo lo contrario: en particular, a John Banville – quien, como ya comenté en otro momento , se convierte en Benjamin Black cuando escribe novela policíaca – en cualquiera de sus dos identidades, le apasionan los mecanismos metales que provocan esas conductas.

A El libro de las pruebas se le suele comparar con El extranjero. No sólo no estoy de acuerdo, además, lo considero injusto. La novela de Albert Camus se encuentra en el Olimpo hace tiempo y, por tanto, a salvo de cualquier descrédito ocasional, pero si el propósito de la comparación es añadir méritos a Banville, lo que consigue es precisamente lo contrario. Como sabemos, gran parte del valor artístico de una obra reside en su individualidad, sin olvidar que con un mecanismo tan absolutamente perfecto en su sobriedad como es El extranjero resulta imposible competir. La copia saldrá perdiendo si es más complicada, más artificiosa, menos sincera que el modelo – que lo es – pero también si la diferencia estriba en todo lo contrario. En consecuencia, es en lo que las separa dónde tenemos que buscar sus valores. Por otra parte, ni siquiera se parecen: que ambas tengan en común una madre muerta y enterrada, además de un reo que trata de hacer memoria, me parece muy poca cosa. Las personalidades de los protagonistas no tienen nada que ver, el tono, los recursos, el argumento, las cosmovisiones respectivas, lo que narra son completamente distintos.

Pero las comparaciones son odiosas y estamos hablando de El libro de las pruebas, al que no le faltan méritos propios.

Banville tiene a favor la relativa complejidad de la trama, su fino análisis psicológico, su bien perfilado cinismo, el esbozo que realiza de los bajos fondos y de los siniestros tipos que los habitan, la recreación de una personalidad que recuerda a algunos ejemplos que encontramos en las páginas de sucesos de vez en cuando. Perfiles tan indeseables para la convivencia como atractivos sobre el papel, dado que el análisis de sus entresijos mentales probablemente conduzcan a un mejor conocimiento de nosotros mismos. Quizá, en los héroes y los criminales se encuentre el embrión de lo que somos, ya que ¿de dónde salen perversión y heroicidad? ¿Llevamos todos dentro ambas conductas o sólo en circunstancias extremas aparece la tendencia que predomina en cada uno?

La evolución mental del protagonista, sus paradojas e incongruencias, están maravillosamente reflejadas. Se parecen bastante a las de cualquiera pero, en este caso, llevadas al límite. Probablemente no esté loco, lo que es seguro es que se trata de una mente confusa, fragmentada de tal modo que una introspección como la que lleva a cabo sólo consigue agravar. La técnica es irreprochable, el estilo brilla en muchos momentos con esas descripciones en que entorno y estado de ánimo se alían hábilmente logrando que nos identifiquemos con el personaje, incluso que, en algún punto, nos confundamos con él. Pero también hay que fijarse en una autenticidad que flojea en muchos párrafos y en que esas contradicciones de la mente humana tan bien planteadas son difíciles de separar de cierta inconsistencia narrativa.

Lo que me ha chocado, ya desde el principio, es el tono, que no coincide con el que correspondería a una confesión dirigida a un juez. Demasiado artificioso, lírico, sincero, detallado, autocomplaciente y hasta cínico para un contexto como ése. Ni siquiera como convención literaria resulta convincente. Lo que he echado en falta es un relato más detallado del origen de los hechos, de la amenaza que tiene lugar en una isla mediterránea (presumiblemente española) y que, indirectamente, sirven de desencadenante de la errática conducta del personaje. Lo escueto y ambiguo de esta primera parte contrasta con la morosidad y el detalle con que narra lo sucedido en Irlanda. Pequeños defectos ampliamente superados por una prosa y una análisis psicológico que sitúan a esta novela en un lugar más que digno.

Por cierto, entre Benjamin y John, prefiero a éste sin duda, se toma su oficio con mucho más interés que el otro.



Del mismo autor: Aquí

martes, 30 de noviembre de 2010

Libros de editores

- ¿Estudias o trabajas?
- Trabajo. Soy editor.
- Ah, qué bien... ¿y qué hace un editor?

Esta conversación es real, y ha tenido lugar algunas veces en mi vida. Lo juro. Lo que significa que, si bien todo el mundo sabe lo que es un libro, hay también muchas personas que no saben exactamente cómo llega a las librerías.

Hoy me salgo un poco de la habitual reseña de UN libro para hacer un breve comentario sobre CUATRO. Y solo cuatro porque no quiero aburrir, ya que hay muchos más del mismo género y algunos hasta los he leído: libros escritos por editores. Tranquilos: subrayo lo de breve. Las gentes del libro que conozcan el tema ya pueden pasar página y esperar la reseña de mañana. En esta entrada mi única intención es poner sobre la mesa y comentar, especialmente para quienes están al margen de la "industria" editorial, esta curiosa profesión de la que en general nadie sabe nada. Volvamos al principio:

- Ah... ¿y qué hace un editor?

Pues depende, porque todo es relativo y lo que pueda decir será verdad y mentira al mismo tiempo: cada caso es diferente.

Para hacerlo sencillo, podríamos hablar de dos tipos de editores: el "editor" (en español y en inglés) y el "publisher" o "director editorial"/"editor jefe"/"lo que la empresa quiera poner en la tarjeta" (en inglés y en español). Los primeros serían aquellas personas que "editan" propiamente un libro, esto es, lo revisan, corrigen, comentan cambios con el autor, con la imprenta, etc.; y los segundos, los que se encargan de plantear la "línea editorial" y llevarla a cabo; es decir: defender una postura temática o estética o ambas y buscar autores, estudiar lo que puede pagarse por sus derechos, gestionar las publicaciones de cara al futuro... En muchos casos ambos "tipos" son la misma persona, principalmente en editoriales pequeñas. En otros, las funciones se solapan entre varias. Como digo: cada caso es un mundo.

Evidentemente, es imposible explicar esto en un bar cuando te están preguntando a qué te dedicas, así que lo mejor es responder "marinero".

Por supuesto, tiene mucha más "miga", puestos a escribir una biografía, la profesión de "publisher", que es la de los autores de los cuatro libros que quiero mencionar: anécdotas estravagantes de famosos escritores, peleas por derechos, traiciones dignas de Shakespeare, grandes fracasos, milagros inesperados, decisiones trágicas, cambios forzados de título que un autor no quiere... Esas cosas. De verdad: esta profesión es una aventura. Y una aventura, además, en la que se gana poco dinero, se lee mucho y se duerme poco. Ergo: es absolutamente vocacional.

Dice Kurt Wolff:
«Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no?»

Editores ha habido muchos, y muy buenos. Yo destacaría, entre los que más me interesan, a Gallimard, en Francia, a Einaudi, en Italia, y a Gottlieb, en Estados Unidos. (Creo que Gallimard murió en un accidente de coche, junto a su editado Albert Camus. Menuda historia). Personas que vivieron por y para los libros, capaces de dedicar diez años a una edición, o defender a un autor en el nadie quería creer, o posicionarse políticamente con sus publicaciones en tiempos en los que posicionarse políticamente con ciertas publicaciones era peligroso. O de perder dinero, mucho dinero, por creer necesario sacar a la luz un manuscrito. O perder el trabajo. Me gustan sus biografías porque me gustan mucho los libros. En ellas, además de profundas reflexiones sobre el oficio, sobre leer y escribir, con todo lo poético y lo crudo que eso conlleva en ocasiones, descubro curiosidades encantadoras, secretos de autores que admiro o detesto, procesos de creación sorprendentes de libros que leí y no pude olvidar... Un complemento de gran interés, me parece, para entender el mundo de la literatura, con sus luces y sus sombras.

4 libros escritos por editores, cada uno de un país:

Lo peor no son los autores, de Mario Muchnik, es el más cercano para el lector español, porque se centra en autores y anécdotas de la literatura hispánica, principalmente. Siendo sincero: ser editor no significa escribir bien, y en este libro el señor Muchnik no está inspirado. Aunque editado -en mi opinión- con pésimo gusto y múltiples erratas, tiene algunos capítulos divertidos y otros entrañables, en los que podemos acompañar a Cortázar, o a Canetti, o a Gabo... Pero son pocos. Lo peor, sin duda, es el revanchismo desde el que parece estar escrito, con una serie de anotaciones finales del tipo "¿hice bien esto?", "¿por qué me echaron de tal empresa?", "¿quién fue culpable de...?". Creo que las vendettas personales, contra las que no tengo nada, deberían haber estado fuera del texto.

Editor, de Tom Maschler, nacido en Alemania pero defintivamente el editor inglés por antonomasia del siglo pasado. Un libro, como el anterior, repleto de historias personales, chismes, reflexiones y vivencias de toda índole, desde sus comienzos como editor hasta los últimos años, pasando por su infancia y hasta por sus enfermedades. Mucho mejor escrito que el libro de Mario Muchnik, con anécdotas de autores como Amis y McEwan, pero también de hispanohablantes como García Márquez o Vargas Llosa, ya que fue él quien se atrevió a sacarlos en inglés por primera vez. Todo un tío. El libro, al final, cansa un poquito, desde mi punto de vista, por la acumulación y la repetición de algunos temas, pero tiene bastante interés.

Editar la vida, de Michael Korda: el editor norteamericano. Un libro que me encantó, de verdad, porque está muy bien escrito, porque en la vida de este hombre pasó de todo y porque combina cierto egocentrismo con altas dosis de mala leche, es decir, no pinta una memorias color pastel. Además, para mí, es el más completo de los cuatro: buen equilibrio entre anécdotas, pensamientos, leer, escribir, pelear, sufrir, ganar y dejarse ganar. Bastante literario, también, en algunos pasajes, lo que se agradece.

Autores, libros, aventuras, de Kurt Wolff. El editor alemán. Posiblemente, de los cuatro, el que mejor escribe y el más poético. La edición que tenemos en España incluye su correspondencia con Kafka, nada menos. (A mí esa parte epistolar me daba un poco igual, la verdad). Buen libro, con hondas reflexiones sobre editar, sobre la literatura, sobre la importancia de los libros en la vida de las personas y en el proceso de mejora del mundo. Muy bueno.

Y hay más, como las memorias de Esther Tusquets o las de Einaudi, que también merecen la pena. Son libros entretenidos y especialmente dirigidos a personas que amen la literatura, que conozcan bien nombres y apellidos y que tengan una curiosidad innata. En mi caso, que me leí seis o siete seguidos, fue toda una experiencia intertextual, pues muchos personajes se repiten y muchas grandes historias (o trágicos Saraos) son contadas desde distintos puntos de vista.

Pues eso: luces y sombras. Perdón por la chapa.

sábado, 7 de noviembre de 2009

250 entradas - 250 años (y II)

Y aquí, la segunda parte de la lista de "los mejores libros escritos en los últimos 250 años", con los 14 libros que aparecen en más de una lista, y que por lo tanto son, a juicio de los que hacemos este blog, "lo mejor de lo mejor":

Con 2 votos:

  • Crimen y Castigo, de Dostoievski
  • Esperando a Godot, de Samuel Beckett
  • Fundación, de Isaac Asimov
  • La peste, Albert Camus
  • Las flores del mal, Baudelaire
  • Maus, de Art Spiegelman
  • Pedro Páramo, de Juan Rulfo
  • Ulises, de James Joyce

Con 3 votos:
  • Cuentos de Edgar Allan Poe
  • Ficciones, de Jorge Luis Borges
  • La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
  • La metamorfosis, de Franz Kafka
  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Y con 4 votos, y por lo tanto elegido como "el mejor libro publicado en los últimos 250 años", Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Enhorabuena a los premiados, y como siempre, se abren los comentarios para aplaudir, completar o criticar nuestro particular "canon".