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lunes, 13 de marzo de 2023

Albert Camus: Cartas a mi maestro

Idioma original: Francés
Título original: Cher monsieur Germain... Lettres et extraits
Traducción: Pablo Hermida Lazcano
Año de publicación: 2022
Valoración: Entrañable (aunque recomendable, lo que se dice recomendable, solamente para interesados)

Cartas a mi maestro compila la correspondencia que se conserva entre Albert Camus y el que fuera su profesor, Louis Germain. Evidentemente, un volumen así tiene un interés acotado y un valor más relacionado con lo documental que con lo puramente literario. Pese a todo, puede llegar a seducir a los profanos.

¿Cómo no emocionarse ante el vínculo de afecto y admiración que presentan estas páginas? ¿Cómo no enternecerse ante la intimidad que existió entre un maestro y su «colegial», entre un pedagogo y su alumno «ejemplar», entre un padre sustituto y su «hijo espiritual», entre un anciano y su «querido pequeño»?

En una misiva del 13 de febrero de 1950, Camus dijo lo siguiente: «Ni tengo ni tendré jamás cosas mejores que hacer que leer las cartas de aquel a quien le debo ser lo que soy, y a quien amo y respeto como al padre que no he conocido». El 19 de noviembre de 1957, después de que se le concediera el Premio Nobel de Literatura, escribió a Germain porque «Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin sus enseñanzas y su ejemplo, no habría sucedido nada de todo esto». El propio Germain se sentía así con respecto a Camus: «Mi emoción ha sido tanto mayor porque mis propios hijos jamás me han manifestado tanto cariño». Repito: ¿cómo no emocionarse ante el apego que se profesaban ambos?

También me han parecido entrañables los puntuales destellos de humor que asomaban en su trato. Por ejemplo, cuando Camus bromeó en estos términos: «Después desearía descansar y vivir un poco en libertad a la espera de la bomba de hidrógeno». O cuando Germain afirmó que «Actualmente sigo un régimen bastante estricto: mi corazón da preocupaciones... al doctor», o que «Me consta que esto no les agrada a aquellos que querrían hacer de los profesores unos viajantes de comercio de la religión y, para ser más precisos, de la religión católica».

Hallo un par de pegas a la correspondencia entre Camus y Germain: acusa cierta repetición y, si el voyeur que se asoma a ella no tiene particular interés biográfico o histórico, tampoco podrá sacarle mucho partido, ya que plasma más nimiedades cotidianas que temas a los que los interlocutores podrían haberse prestado, como filosofía, literatura o religión. Pero bueno, insisto en que lo anterior no empaña que un profano pueda conmoverse frente al vínculo que ilustra.

Cartas a mi maestro se cierra con un fragmento de El primer hombre, la novela autobiográfica inacabada de Camus. En dicho fragmento se homenajea a Germain, quien aparece transmutado en un personaje literario llamado «el señor Bernard».  

En fin: este libro es el testimonio de una relación preciosa. Una relación que, como sucede incluso en las interacciones humanas más satisfactorias, pudo tener alguna desaveniencia anecdótica, algún periodo de desidia o mutismo unidireccional, pero en general fue una «amistad inquebrantable».


También de Albert Camus en ULAD: Aquí

viernes, 2 de diciembre de 2016

Albert Camus: Calígula

Idioma original: francés
Título original: Caligula
Año de publicación: 1.944
Valoración: Recomendable


Calígula, ese hombre. El emperador cuyas extravagancias no conocían límite, famoso por hacer correr la sangre de enemigos, hermanos, senadores y amantes con igual delectación (o tal vez desinterés). O por haber nombrado cónsul a su célebre caballo Incitatus (aunque no sé si llegó a hacerlo o fue sólo un amago). Calígula es el personaje histórico elegido por Albert Camus para trasponer algunas de sus ideas sobre el absurdo, ese ángulo del existencialismo cuyo estudio expone ampliamente en ‘El mito de Sísifo’. Dramatizar o novelar el pensamiento filosófico parece una opción interesante para facilitar su comprensión o su divulgación, como ya comprobamos por ejemplo en Unamuno o Sartre.

Cuando llega al poder, Calígula es un chico bastante joven que, según dicen los historiadores, comienza su mandato con buena mano. Pero en poco tiempo parece verse dominado por una especie de demencia y todo se convierte en el carrusel de disparates al que todos asociamos su nombre. Camus sitúa el principio de su obra justo después de la muerte de Drusila, hermana y amante del emperador, y sugiere que es esta desaparición la causa de su locura –aunque más tarde el propio personaje lo desmiente. En realidad, lo que parece haber ocurrido es que, durante unos breves días en que nadie sabe dónde está Calígula, éste ha tenido una especie de revelación. Puede que por efecto del duelo, o simplemente porque sí, ha adquirido conciencia de algunos de los principios que Camus pretende presentar: el sinsentido de buscar un porqué de la existencia, el dolor como mecanismo de liberación, la superación de todo límite (en su caso, el ejercicio del poder absoluto en sentido literal) en busca de la libertad. El emperador ha visto una luz, y se dirige hacia ella en una carrera decidida, aunque aparente ser enloquecida y caótica.

Por su parte, los nobles de Roma vieron seguramente en los primeros tiempos a un muchacho fácil de manipular –esto no lo dice Camus, pero lo leemos entre líneas. Sin embargo, se encuentran de pronto con un tipo que parece enajenado, se ha vuelto tiránico y caprichoso hasta extremos inimaginables y además utiliza razonamientos delirantes, sí, aunque bien trenzados. Así que los patricios ponen pronto en marcha una conspiración para terminar con el chiflado asesino. Tampoco les critiquemos: Calígula les humilla, les arrebata a sus mujeres, no tiene reparo en acabar con unos u otros en el momento más inesperado, y está arruinando a toda Roma.

No creo que sea el momento de entrar en los perfiles del pensamiento que Camus va colocando a lo largo de los sucesivos parlamentos entre los distintos personajes. Centrándonos en el punto de vista teatral, los cuadros escénicos del emperador con los senadores son –como no podía ser de otra manera- ásperos, crudos, siempre bajo la sombra de la guadaña imprevisible del tirano. Los conspiradores están decididos a acabar con él, y Calígula lo sabe, aunque no lo impide como podría. Y, no obstante la intensidad de la situación, esas voces integran de forma sumamente civilizada, racional, intercambios de ideas sólidas sobre la libertad, la búsqueda de lo imposible, la existencia finita del hombre frente a la permanencia del mundo.

Es probable que Calígula no esperase ser comprendido, pero algunos de sus enemigos (Escipión, a cuyo padre mandó matar, o Queneas, su más decidido oponente) demuestran entender sus razonamientos. Entretanto, otros personajes se mueven exclusivamente por interés, por conservar sus privilegios o vengar las afrentas sufridas, con lo que el colectivo se divide claramente en dos tipos bien diferenciados, en función de su grado de consciencia del absurdo, que es a donde el autor quiere realmente llegar.

Finalmente, se hace evidente que el mal no debe triunfar, que es necesario acabar con la degollina y el despropósito, pero quedan también perfectamente definidos los planos político y filosófico. Cada uno de ellos llevará su propio rumbo -claramente divergentes en el caso de Calígula, pero también por ejemplo en el de Queneas-, sin que exista interferencia entre ambos. Así, se deja ver cómo el mismo emperador va diseñando (o mejor, dejando campo libre a) su propio fin, que se precipita poco a poco en las últimas escenas, con un descacharrante concurso de poesía y el asesinato de… bueno, esto lo dejo a la curiosidad del lector.

Seguramente el dislocado proceder de Calígula carecía del impulso filosófico con que lo reviste Camus. Pero esta utilización del personaje genera una trama sólida, en apariencia sencilla, que no obstante ofrece un extenso campo para bucear en el pensamiento que el autor pone sobre la mesa. Y, desde el aspecto puramente literario, el libro resulta sobrio e intenso, y muy eficaz si lo contemplamos como obra teatral.

También de Albert Camus en ULAD: El extranjero, La Peste, La caída, Crear peligrosamente

domingo, 11 de julio de 2010

Albert Camus: El extranjero y La peste

Título original: L'Etranger, La peste
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1942 y 1947
Valoración: muy recomendables

Siguiendo la estela de la literatura existencialista, hoy reseñamos dos de las obras más importantes del premio Nobel Albert Camus. Escritor francés de origen argelino, Camus destaca por libros profundos y con una fuerte carga filosófica. Al inscribirse dentro de la corriente existencialista, aunque él renegaba de esta etiqueta, el argumento está cargado de reflexiones sobre el sinsentido de la existencia, el absurdo y las consecuencias del mismo.

Oséase, que página tras página nos sumergimos en cuestiones sobre la humanidad, la moral y la existencia, a través de diferentes situaciones y personajes. En El extranjero, Camus nos presenta al señor Meursault, un joven al que se le ha muerto la madre hace poco y que no ha sentido nada al respecto. Ocurre después un suceso del que él es el protagonista y tampoco siente nada. Un contemporáneo suyo habría llorado y se habría apenado en el primer caso, seguramente, y en el segundo no habría llegado a producirse tal suceso. Pero Meursault es ajeno a lo que le rodea, es un extranjero en medio de una humanidad que no controla su destino,sino que se deja llevar por la creencia en gobiernos superiores, ya sean humanos o divinos. La humanidad, que ha llegado a depender absolutamente de una moral ambigua y artificial que ata al hombre y termina otorgándole una sensación de absurdo y desintegración.

En La peste conocemos la ciudad de Orán, en Argelia, que está siendo consumida por la peste. A medida que mueren sus habitantes, Camus nos presenta al médico Rieux y su compañero Tarrou, personajes que, al interactuar con otros habitantes de la ciudad, nos dan a conocer la visión sobre la existencia que tiene el autor. Llegamos al absurdo a través del desligamiento de las autoridades superiores, por lo que las cosas se suceden sin poder tener control sobre ellas. Pero este absurdo, que al principio resulta aturdidor ( y nos provoca naúseas, como en Sartre), es positivo. El ser humano debe ampararse en sí mismo y en su propia existencia, sintiéndose parte de una humanidad colectiva,pero manteniendo su individualidad. Entonces será libre de ser él mismo y, a la vez, concurrir solidariamente con el resto de sus semejantes.

Como vemos, el conocimiento del absurdo no es negativo sino liberador, y propicia la libertad del individuo. Eso sí, una libertad solidaria y y en comunión con el resto de la humanidad. Así como en El extranjero el devenir de la sociedad ha llevado al ser humano a alienarse y convertirse en un forastero para lo que le rodea, en La peste podemos encontrar un mensaje esperanzador: la peste nos acecha, y hasta puede postrarnos en el lecho, pero el ser conscientes de nuestra existencia y del formar parte de una comunidad puede devolvernos a nuestra tierra, desalienarnos y hacernos libres.

Personalmente, me gustó más La peste, y reconozco que no son lecturas muy veraniegas, pero me impactaron y provocaron tanto, que llevo varios párrafos copieteados en la libreta. Muy recomendables.

También de Albert Camus en ULAD: CalígulaLa caída, Crear peligrosamenteCartas a mi maestro

sábado, 10 de diciembre de 2022

Albert Camus: Crear peligrosamente

Idioma original: Francés
Título original: L’homme et son temps
Traducción: Miguel Salabert
Año de publicación: 1924 (recitado en una exposición): 1957
Valoración: Recomendable (sobre todo para interesados)

Albert Camus pronunció en 1957 una conferencia titulada El artista y su tiempo. La editorial Gustavo Gili la publica ahora por primera vez de forma independiente, acompañada además de unas bonitas ilustraciones. 

La verdad es que las ideas barajadas por Camus en dicha conferencia siguen resonando hoy día. A fin de cuentas, giran en torno a temas tan actuales (a la par que antiguos) como la utilidad del arte, la implicación social del artista, la autocensura... 

Además, Camus nos obsequia con reflexiones sumamente interesantes. A mí me han gustado especialmente aquéllas que abordan conceptos como el realismo o la universalidad. 

Así pues, recomiendo Crear peligrosamente por la fuerza de su prosa, la capacidad persuasiva de sus argumentos, la exactitud de sus símiles, la naturalidad con que despliega su erudición y el compromiso que subyace en sus ideas. El discurso de Camus, rabiosamente subjetivo, brillantemente articulado, parcialmente vigente, me parece muy reivindicable. Creedme cuando os digo que este no sólo intelectualmente estimulante, sino que también deja un reguero de frases para enmarcar. 



También de Albert Camus en ULAD: El extranjero, La Peste, La caída, Calígula

lunes, 30 de noviembre de 2009

Los existencialistas

Con el término "existencialista" ha pasado, en literatura y en arte en general, como con "interactivo", "sostenible" o "cuántico" en otros campos: de repente, todo escritor o filósofo que muestra una preocupación por el problema de la existencia humana, es existencialista. En sentido estricto, sin embargo, sólo podrían llamarse existencialistas aquellos escritores que se adhieren a una corriente de pensamiento (de límites algo imprecisos, es verdad) inaugurada por Kierkegaard y -de manera más discutible- Nietzche en el siglo XIX, y culminada por Jean-Paul Sartre después de la Segunda Guerra Mundial.

Los fundamentos filosóficos del existencialismo, se ha dicho a veces, no son muy sólidos. Se basan en el problema del sentido de la vida humana: en palabras de Sartre, "la existencia precede a la esencia", es decir, que mientras que un oso o una liebre son osos y liebres completos desde que nacen, un ser humano solo tiene existencia al nacer, y deberá encontrar y definir su esencia a través de sus propias decisiones vitales, a lo largo de su vida. De ahí que muchas de las obras literarias existencialistas (como La caída y La Peste de Camus, o La puta respetuosa y Las manos sucias de Sartre) planteen situaciones en las que los personajes deben tomar decisiones esenciales que los definen y los determinan para siempre.

Otro elemento característico del existencialismo, y que se deriva del anterior, es la sensación de angustia (el angst o la "náusea" de Sartre) que nace de esa indeterminación del sentido de la vida. La ausencia de principios que guíen nuestra existencia puede llevar a la liberación, pero también al absurdo o a la locura (como el brillante Calígula de Camus). Finalmente, esta sensación de desesperación existencial suele romperse a través del compromiso y el encuentro con los otros (así en La peste de Camus, o en la propia vida de Sartre, intelectual altamente comprometido con los movimientos franceses de izquierdas), aunque al mismo tiempo el Otro puede ser, desde otro punto de vista, quien nos juzga, nos vigila y nos limita en nuestra búsqueda de la esencia (de ahí la frase "el infierno son los demás" que aparece en A puerta cerrada, de Sartre).

Desde el punto de vista literario (y dejando aparte las calificaciones vagas que mencionaba al principio, tales como "Kafka es existencialista" o "Dostoievski es existencialista, que en mi opinión son más que discutibles), los dos escritores fundamentales de este movimiento son Jean Paul Sartre y Albert Camus, quienes hicieron que el existencialismo se convirtiera en la "corriente de moda" en la Francia de posguerra, y disfrutaron de una influencia enorme en la vida cultural francesa y europea.

Más que un escritor de literatura en estado puro, a Sartre hay que considerarlo como un "intelectual profesional": sus obras ensayísticas, como Qué es la literatura, El ser y la nada o El existencialismo es un humanismo, intentaron sentar unas bases sólidas para el pensamiento existencialista del siglo XX, y durante toda su vida desarrolló una intensa actividad política y cultural -vinculado al Partido Comunista de Francia, Sartre fue una de las voces (algo pasadas de moda, eso sí) del Mayo del 68-. Sus obras literarias más destacadas son La náusea (una novela en la que el protagonista es la quintaesencia del angst) y las obras de teatro Las moscas, Las manos sucias, La puta respetuosa o A puerta cerrada, que son lo mejor de su producción.

Albert Camus (quien por cierto siempre renegó del membrete de "existencialista"), a diferencia de Sartre, es básica y fundamentalmente un escritor literario, y de hecho sus creaciones están por lo general -por lo menos para mi gusto- un peldaño por encima de las de Sartre. Son absolutamente geniales El extranjero (en la que el protagonista personifica el absurdo y la abulia de la existencia humana) y La peste (novela en la que un ficticio brote de peste en Orán fuerza a los personajes a definir su postura ante la vida, ante los demás, ante el sufrimiento y la necesidad de comprometerse). En otros géneros destacan la obra teatral Calígula -con un comienzo brutal, impresionante, aunque luego decae algo-, y el ensayo El mito de Sísifo, que quizás desde el punto de vista filosófico no sea una obra maestra, pero que literariamente resulta provocador e interesantísimo.

También debe incluirse en la nómina de existencialistas a Simone de Beauvoir, la pareja de Sartre, quien dedicó una parte importante de su pensamiento y de su obra a estudiar y reivindicar el papel de la mujer en el mundo, por lo que está considerada una de las voces fundamentales del feminismo del siglo XX. Su obra más conocida es El segundo sexo, un ensayo en el que se plantea precisamente la existencia de la mujer, tradicional e históricamente condicionada por el "primer sexo".

domingo, 6 de marzo de 2022

Ilustres Olvidados #7: Albert Camus: La caída

Idioma original: francés
Título original: La chute
Traducción: Anna Casassas (ed. en catalán) / Manuel de Lope (ed. en castellano)
Año de publicación: 1956
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En esta semana temática dedicada a los «Ilustres olvidados» no podía falta Albert Camus, de quién tenemos reseñados muy pocos libros y hace demasiados años ya de la última reseña. Por ello, la ocasión era perfecta para traer de nuevo al blog uno de los grandes pensadores de la primera mitad del siglo pasado y ganador del Premio Nobel de Literatura.

En esta breve novela escrita a modo de monólogo, el libro empieza con una suerte de conversación entre Jean-Baptiste Clamence, protagonista absoluto del relato, exabogado y ahora «juez-penitente» (como se autodenomina) y otro cliente con quien se encuentra de manera fortuita en un bar y que le sirve al protagonista para dar rienda suelta a sus reflexiones. Así, el lector solo es testigo de lo que dice y percibe el protagonista e intuimos lo que responde su interlocutor, mera comparsa en la escenificación de un relato que gira en torno a Clamence de quién poco sabemos al principio, únicamente que se encuentra en Ámsterdam tras haber vivido hace tiempo en París de cuyos conciudadanos opina que «tienen dos obsesiones: las ideas y la fornicación» mientras que, por contra, los holandeses «son personajes muy burgueses»; tal es así, que se dirige a su interlocutor esgrimiéndole si «se ha fijado que los canales concéntricos de Ámsterdam recuerdan a los círculos del infierno. El infierno burgués, naturalmente poblado de pesadillas».

De esta manera, con esta serie de monólogos encadenados que bien podrían tratarse de monólogos internos, vamos conociendo al protagonista a través de lo que nos cuenta de su pasado, alguien quien profesa sin tapujos ni disimulo que se tiene en alta estima, alguien quien afirma de sí mismo que «era un abogado bastante conocido», alguien que cuando defendía un caso «parecía que la justicia durmiera conmigo cada día» (…), alguien de quien afirma sobre sí mismo que «la naturaleza me ha tratado bien por lo que se refiere al físico, la actitud noble me sale sin esfuerzo». Por todo ello, «gozaba de mi manera de ser» afirmando que se pasaba el día ayudando a los demás, «orientando a la gente por la calle, dándoles fuego, ofreciendo una ayuda con los carritos demasiado cargados, empujando automóviles averiados…» Y por lo que, con ese ánimo altruista, también defendía como abogado a la gente necesitada porque «toda la vida solo me he encontrado a gusto en las situaciones elevadas» hasta tal punto que «me situaba por encima del juez, a quien yo juzgaba»; «los jueces castigaban, los acusados expiaban su culpa y yo, libre de cualquier deber, exento de del juicio y la sanción, reinaba, libremente, en una luz edénica».

Una vez nos situamos en la piel del narrador, nos imbuimos de manera inexorablemente en la historia, pues el estilo de Camus es irremediablemente atrayente, cautivador, te atrapa en un relato en el que la narración en primera persona permite alcanzar de manera rápida e ineludible el retrato que hace del protagonista. De igual manera, el ritmo narrativo es alto y constante a pesar del monólogo continuo, encontrando en la narración una gran precisión al construir y perfilar la personalidad del protagonista, alguien completamente ensimismado de sí mismo y orgulloso, que se tiene en muy alta estima y solo ve en él cualidades, tanto físicas como intelectuales, pues él «tenía un acuerdo total con la vida», «para ser sincero, a copia de ser hombre, con tanta plenitud y tanta simplicidad, me encontraba un poco superhombre» hasta el punto de que «me sentía elegido». Tal es así, que el protagonista se confiesa a su interlocutor afirmando que «tengo que reconocerlo, humilmente, apreciado compatriota, siempre he estado lleno de vanidad». Pero esta percepción sobre sí mismo, esta elevación en la que se ha autosituado queda alterada de golpe una noche, cuando caminando por el puente de las Artes oye una risa detrás de él y, al girarse, no ve a nadie a pesar de que inmediatamente después oye de nuevo la risa, está vez como si bajara de río. Este hecho le altera enormemente hasta el punto de que días después, de vez en cuando, le parece que la oye de nuevo y evita desde ese día pasar de nuevo por los muelles de París. 

A partir de la confesión de este suceso y de cómo le afectó, el relato empieza a cambiar en su tono y enfoque, pues Camus utilizando el cinismo y la contradicción (algo muy propio de la filosofía del absurdo que le caracteriza) se centra en analizar la sociedad de mediados de siglo XX, tratando aspectos como el amor, la dignidad, la decencia, la educación o el honor pero también la vanidad, el egoísmo y la diferencia de clases. Por ello, el autor reconoce que «sé de sobras que no podemos prescindir de dominar o de ser servidos. Los hombres necesitan esclavos como el aire puro (…) lo que cuenta es poder enfadarse sin que el otro tenga derecho a replicar» porque «alguien debe tener la última palabra. Si no, a todas las razones se les puede oponer otra: no terminaríamos nunca. El poder, en cambio, pone fin a la conversación» y constata, finalmente, que «nuestra vieja Europa finalmente filosofa como es necesario (…) hemos sustituido el diálogo por el comunicado (…) ‘esto es la verdad’, afirmamos». 

Así, el sentido de la vida propio del existencialismo toma forma en este libro al tratar los aspectos relativos a la condición humana y su relación con el resto del mundo pero sin apartarse de la visión que se tiene desde la propia experiencia y la conciencia de la propia existencia. Un existencialismo que el autor demuestra al afirmar, en boca de su protagonista, que «como yo mismo confesaba, no podía vivir sino a condición que, en toda la tierra, todos los seres, o la mayor cantidad posible, estuvieran orientados hacia mí, eternamente vacantes, desprovistos de vida independiente, dispuestos a responder en cualquier momento en el que yo los llamara (…) en pocas palabras, para que yo viviera contento, era necesario que los seres que yo elegía no vivieran. Únicamente tenían que recibir la vida, de vez en cuando, de mi antojo». Y eso lo hace extensivo a toda su vida, incluso al amor, pues afirma que «no tengo el corazón seco, de ningún modo, al contrario, lo tengo lleno de ternura, y encima tengo la lágrima fácil. Pero mis impulsos van siempre dirigidos hacia mí mismo (…) de hecho, es falso que no haya amado nunca. En mi vida he tenido al menos un gran amor, el objeto del cuál siempre he sido yo».

A medida que avanzamos en la lectura, esta superioridad manifiesta del protagonista va encontrando grietas, pues él mismo es consciente de la duda que genera («sé lo que piensa: como cuesta distinguir lo que es cierto de lo que es falso en lo que cuento») y vamos viendo como el cinismo cierne el relato y lo que se oculta bajo la superficie perfectamente pulida de una imagen que parece perfecta, pues el protagonista confiesa que a raíz del incidente, «me perseguía un temor ridículo: morir sin haber confesado todas las mentiras (…) se trataba de confesarlo a los hombres, a un amigo, a una mujer amada, por ejemplo». Y esta es la razón principal del monólogo que, habiendo partido desde un punto en el que el protagonista se siente superior, hablado sobre sí mismo desde un sitio alzado, va tornando hacia la reflexión sobre quien es él en realidad, dejando así de lado su vanidad y egolatría para desnudarse ante su interlocutor y ante los lectores y mostrarse errático, dubitativo, imperfecto y, en el fondo, humano.

Afirma Camus que «no hace falta ningún Dios para crear culpabilidad y castigar. Con nuestros semejantes, ayudados por nosotros mismos, es suficiente» porque, cómo constata el protagonista «cuanto más me acuso, más derecho tengo a juzgarlo. O mejor dicho, le provoco a juzgarse a sí mismo». Y es que este es el verdadero atractivo de esta novela, construir un relato sumamente atractivo en el que se pone de manifiesto la gran habilidad del autor para, a través de reflexiones, contradicciones y cinismo, ayudarnos a encontrar quienes somos y de qué mal adolecemos como individuales y como colectivo.

También de Albert Camus en ULAD: El extranjero, La peste, Calígula, Crear peligrosamente

lunes, 19 de diciembre de 2022

Lo mejor de 2022

Un año más nos obstinamos en ir contracorriente, en llegar de los últimos para desmentir a muchos de los medios cautivos de jamones, lotes de Navidad y transferencias a cuentas cifradas en paraísos fiscales. También aclaramos que estas son nuestras lecturas durante el año, y que si se nos cuela algún libro inencontrable de hace cuatro décadas, seamos o no conscientes de ello, no nos culpéis. Es el amor a la literatura, que nos ciega con sus fogonazos.

Dicho ello:

La lista de Juan

Año de muchas y buenas lecturas, aunque quizás pocas que hayan destacado del resto. Por eso, me vais a permitir que desgrane mis mejores lecturas a base de tríos...


La lista de Koldo

Curiosamente o no, pocas novedades de 2022 en mi lista de mejores lecturas del año:


La lista de Santi

Año de muy pocas lecturas, pero algunas que me han hecho disfrutar soberanamente:


La lista de Oriol


La lista de Marc

Un año irregular en cuanto a lecturas, que no contaría entre mis mejores. Mejor en ensayo que en ficción, en líneas generales. Aún así, hay libros y autores a destacar en todos los géneros:
Propósitos para el 2022: más poesía, (aún) más ensayo y más literatura infantil


La lista de Montuenga

Lo mejor

Lo peor


La lista de Carlos

Entre medio, algunas cosas que han quedado cerca de esta lista de destacados, y otras inevitablemente prescindibles, regulares o más o menos decepcionantes. Como siempre, vaya. Veremos lo que está por venir.


La lista de Nieves J.

Destaco dos novelas: Josefine y yo (intimista) de Hans Magnus Enzensberger y El tren de la última noche (género histórico) de Dacia Maraini

La lista de Francesc Bon

Confirmando que las situaciones personales afectan a las lecturas, no recuerdo año en que haya leído tan poco y peor. Así que mis referencias del año serán pocas y al ralentí:

Tostonazo, de Santiago Lorenzo, me confirmó en los términos que esperaba, más o menos, que sigue siendo, con su estilo naïf y pasota, de los pocos escritores locales capaces de definir una carrera. No me hagáis mencionar todos los que no, por favor.

Si digo que acusé la falta de munición de alto calibre en Aniquilación, igual soy un poco injusto, pero es que venimos de cotas muy altas (ejem, casi siempre) con Houellebecq. Sigue siendo un placer y un autor único, pero, a lo mejor, se nos está ablandando. Será como el del dicho. - ¿Cree Vd. en Dios? - Cuando estoy enfermo.

Demasiado terreno conocido: reseñar a Kapuscinski, Foster Wallace, Vila-Matas o Philip Roth (otra vez) es demasiado indicativo de que la cosa no ha ido como debía.

Como, a veces, la ficción se espesa en un cerebro algo angustiado, los ensayos o crónicas de corte investigador me han resultado (aunque acusé su extensión) muy útiles: El Imperio del Dolor o Solo la verdad obraban a distintos niveles su efecto: hay que controlar los poderes, manifiestos u ocultos, que nos rodean.
Y me han dicho que no tiene sentido comentar tanto abandono. Por este año, obedezco.



jueves, 4 de julio de 2013

José Luis Galar: Tras Albert Cossery

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable



Albert Cossery (1913-2008) fue un hombre curioso: escritor francófono nacido en Egipto, hijo de una mujer analfabeta y de un hombre que no trabajó en toda su vida, que vivía de las rentas (más que acomodadamente, todo hay que decirlo) y al que le costaba un trabajo sobrehumano incluso firmar el boletín de notas de sus hijos, se instaló en 1945 en la habitación de un hotel de París y vivió allí más de cincuenta años, hasta el día de su muerte.

Dedicaba, como su padre, dos horas diarias a arreglarse y se jactaba de escribir tan sólo dos frases por semana, buscando siempre la expresión perfecta. Así llegó a publicar un libro cada diez años (y fue acusado de escribir siempre el mismo, a lo que él argumentaba que, por supuesto, escribía sobre la vida y ésta siempre es la misma) y se le denominó "el príncipe de la pereza". Vivió gracias al dinero de sus amigos escritores (como Henry Miller, Jean Paul Sartre o Albert Camus) y a los cuadros que le regalaban sus amigos pintores y que vendía para poder sobrevivir y, claro, irse de juerga.

El propio Cossery afirmó: Yo no tengo biografía. Yo no he hecho nada en la vida. Yo no he hecho otra cosa que divertirme. Y así fue. Se dedicó a escribir (poco, la verdad), a disfrutar y a cultivar lo que él llamaba la "pereza reflexiva", sin haber acumulado ni un solo bien material y usando la burla como arma revolucionaria y crítica al gobierno.

José Luis Galar supo de la existencia de Cossery gracias a su necrológica (que ni siquiera recuerda dónde leyó), en la cual se hacía saber que había vivido gran parte de su vida en un hotel. Intrigado por este hecho, el autor decidió investigar al escritor egipcio, leer sus libros, visitar esa habitación de la que hablaba la necrológica e intentar conversar con alguno de sus conocidos, para descubrir quién era ese hombre que nunca se levantó de la cama antes del mediodía y que afirmaba: No tengo ninguna ambición y sería incapaz de dar un paso para tener una posición brillante.

Tras Albert Cossery, más que un ensayo, es un testimonio de la fascinación que la historia del autor egipcio ejerció sobre el español y de cómo éste se embarcó en un solitario –e incomprendido– viaje para conocer a Albert Cossery y para publicar este librito que, si bien no responde todas las preguntas que nos surjen sobre este personaje, sí despierta nuestra curiosidad y nos hace preguntarnos cómo tiene que ser vivir en un hotel durante casi sesenta años sin hacer nada más que acicalarse, escribir de vez en cuando y divertirse. Y reflexionar, claro.

sábado, 7 de noviembre de 2009

250 entradas - 250 años (y II)

Y aquí, la segunda parte de la lista de "los mejores libros escritos en los últimos 250 años", con los 14 libros que aparecen en más de una lista, y que por lo tanto son, a juicio de los que hacemos este blog, "lo mejor de lo mejor":

Con 2 votos:

  • Crimen y Castigo, de Dostoievski
  • Esperando a Godot, de Samuel Beckett
  • Fundación, de Isaac Asimov
  • La peste, Albert Camus
  • Las flores del mal, Baudelaire
  • Maus, de Art Spiegelman
  • Pedro Páramo, de Juan Rulfo
  • Ulises, de James Joyce

Con 3 votos:
  • Cuentos de Edgar Allan Poe
  • Ficciones, de Jorge Luis Borges
  • La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
  • La metamorfosis, de Franz Kafka
  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Y con 4 votos, y por lo tanto elegido como "el mejor libro publicado en los últimos 250 años", Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Enhorabuena a los premiados, y como siempre, se abren los comentarios para aplaudir, completar o criticar nuestro particular "canon".

martes, 4 de noviembre de 2025

Reseña + entrevista: Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano de José Carlos Rodrigo Breto

Idioma original: Español 
Año de publicación: 2025
Valoración: Bastante recomendable

Hace unos días hablábamos de Céline y de la separación entre obra y autor. Y hoy toca hablar de Michel Houellebecq, quien podría, hasta cierto punto, ser considerado una especie de "heredero" de Céline, tanto en lo literario como en la polémica que rodea su enjuta figura y su obra. Como sucede con Céline (y con muchos otros), creo que en el caso de Houellebecq hay que poner el foco en la obra y dejar de lado declaraciones más o menos "altisonantes". ¡Ya sabemos cómo se las gastan nuestros vecinos del norte con eso de escandalizar, epatar a la burguesía, los enfant terribles y esas cosillas! 

El caso es que con su Michel Houellebecq. La corrosión de lo humano, Breto se centra en lo literario y desgrana las nueve novelas (y algo de El mundo como supermercado) publicadas hasta la fecha por el francés a través de las influencias, los temas y las obsesiones que las recorren. 

Y aunque el propio autor nos avise de que este este es un libro triste que habla de libros tristes con personajes tristes, creo que el análisis (quizá un pelín reiterativo en algunos momentos) que hace Breto de la obra de Houellebecq es asequible tanto para fans irredentos como para no iniciados. Porque... ¿a quién lo le puede interesar el análisis de la obra que mejor refleja en final del siglo XX y el comienzo del XXI, que mejor habla de la soledad de la existencia, de la decadencia, del despojamiento, de la reformulación del ser humano? ¡Sí, Juan, sí, es lo que hay!

Digo que se trata de un análisis asequible porque las referencias o influencias que encontramos en Houellebecq son perfectamente reconocibles (Albert Camus y su Meursault, Kafka y mucha de su obra, Perter Handke y su Bloch) y porque cualquier hombre blanco, europeo, de entre 30-60 años y medianamente heterosexual podrá identificar algunas, muchas o todas de las obsesiones y temas que recorren las novelas: vacío existencial, amargura, alienación y desesperación, melancolía, esperanzas frustradas, etc. Por eso quizá hay gente a la que resulta tan "desagradable" su lectura, porque no hace otra cosa que ponernos frente a un espejo para que veamos en el nuestros "lujos y miserias". 

Lo anterior nos lleva a plantearnos si no será Michel Houellebecq el escritor existencialista de nuestra época (si Michel lee esto, igual nos mata) o el último humanista en un mundo deshumanizado. Es posible, aunque yo le veo más como esos escritores centroeuropeos del período de entreguerras o como los rusos de mediados y finales del XIX, escritores que retrataron como pocos al ser humano y el final de una época, esa que les tocó vivir y sufrir. De ahí su vigencia y su universalidad, la que esperemos tenga Houellebecq en el futuro.

No me enrollo más. No hablaré aquí de las 3 etapas que Breto distingue en la obra novelesca de Houellebecq, su carácter más o menos visionario, etc. De eso hablamos en la charla que mantuvimos con él y que enlazamos a continuación. Así que bajad a pillar algo de comida envasada a Carrefour y a ver el vídeo!!!

P.S.: Me parece "indignante" que este libro no lleve en cubierta una foto de Michel Houellebecq. ¡Espero que la segunda edición del libro la incluya!

También de Rodrigo Breto en ULAD: Nuevo kafkarama

viernes, 8 de enero de 2021

Simone de Beauvoir: Los mandarines

Idioma original: Francés
Título original: Les mandarins
Traducción: Silvina Bullrich
Fecha de publicación: 1954
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Los mandarines, de Simone de Beauvoir, es una novela de ochocientas y pico páginas. Fue galardonada con el Premio Goncourt en 1954, año de su publicación. Trata sobre un grupo de intelectuales franceses que, al término de la Segunda Guerra Mundial, se plantean cómo seguirán con su vida, de qué modo gestionarán sus relaciones con el resto de miembros de su grupo y cuál será su papel en un mundo cambiante.

No os voy a mentir: esta obra es difícil de leer. Es extensísima; tiene muchos personajes, cuyos nombres, bagaje y carácter cuesta recordar; su argumento se cuece a fuego lento; su subtexto filosófico, exitencialista y político es, por momentos, algo abstruso. Asimismo, producirá rechazo a más de uno por cuestiones ideológicas. ¿Qué me importan a mí las movidas de la izquierda?, dirán unos cuantos. ¿Por qué debería interesarme algo que no pasa el test de Bechdel?, se preguntarán otros. 

Pues bien, pese a vuestras reticencias iniciales, hacedme caso y dadle un tiento a este libro. Intercaladlo con algo liviano, si es necesario, pero dadle una oportunidad. Es empachoso, mas perseverar recompensa con creces este hecho. Las tensiones que explora resonarán en todos nosotros, independientemente de nuestras afinidades políticas. Puede que sus personajes femeninos tengan poca autonomía y sirvan como satélites de sus contrapartes masculinas, pero eso no impide que las mujeres esbozadas por Beauvoir gocen de una psicología extremadamente densa. 

Es curioso, por cierto, el componente autobiográfico de Los mandarines. Y es que reconocemos fácilmente a Beauvoir en el personaje de Anne. También se intuye a la pareja de la autora, Jean-Paul Sartre, en Robert, o al amigo de ambos, Albert Camus, en Henri. 

En resumidas cuentas, considero que estamos frente a una narración muy lograda, que baraja temas complejos desde una perspectiva interesante y que es ambiciosa en la forma. La recomiendo sobremanera a quienes sepan armarse de paciencia y deleitarse con sus múltiples virtudes.


También de Simone de Beauvoir en ULAD: La mujer rota

sábado, 4 de marzo de 2023

Cristina Rivera Garza: El invencible verano de Liliana

Idioma original:
español
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

¿Por qué tuvieron que pasar treinta años para que la escritora Cristina Rivera Garza se decidiese a abrir las cajas y cuadernos de su hermana, asesinada por su exnovio en 1990? ¿Por qué tuvieron que pasar treinta años hasta que se decidiera a intentar recuperar los informes policiales y a contactar con las personas cercanas a su hermana en la época de su muerte? ¿Por qué esperó casi treinta años para escribir este libro? 
 
Podemos pensar en razones psicológicas, que también el libro explica: el tiempo necesario para superar el luto, el trauma, la culpa, la rabia; pero también hay razones sociales y políticas: en los últimos treinta años se ha desarrollado un vocabulario (feminicidio, violencia de género, gaslighting) y una conciencia ("el violador eres tú") que no existía en la época en que murió Liliana. Sin ese vocabulario, sin esa conciencia, este libro no era posible; y con ese vocabulario y esa conciencia, quizás, quién sabe, treinta años antes Liliana podría haberse salvado. 
 
(En este sentido, Cristina Rivera Garza cita, en particular, el ensayo No Visible Bruises: What We Don’t Know About Domestic Violence Can Kill Us, de Rachel Louise Snyder, para mostrar cómo un conocimiento de las señales y pasos que suele seguir el matrato pueden ayudar a reconocerlo, y sobre todo a prevenir un desenlace fatal).

El invencible verano de Liliana (grandísimo título, por cierto, que tiene su origen en una frase de Albert Camus) empieza casi como una novela policial: Cristina Rivera Garza, en el presente, acompañada por una amiga, intenta recuperar el dossier del caso del asesinato de Liliana. Perdida en una maraña burocrática, salta de un departamento a otro, en busca de un informe que quizás se haya perdido, quizás haya sido destruido, o quizás esté esperando detrás del formulario adecuado, en el despacho o archivo adecuado.

Sin embargo, esta línea de investigación se abandona relativamente pronto (todas las obras de Cristina Rivera Garza parecen compartir una estructura en fuga, siempre cambiante), dando paso a una reconstrucción de la vida de Liliana, de su personalidad, sus sueños y proyectos a través de objetos y documentos. Se incluyen, en esta reconstrucción, numerosas cartas de Liliana, transcritas fielmente y con una tipografía especial que imita su cuidadosa caligrafía: mensajes a su familia, a sus amigos, a sus parejas o para sí misma, que incluyen dibujos o delicados dobleces del papel.

(En esta parte, y también en la siguiente, algo que ma ha provocado alguna incomodidad es el hecho de que Liliana sea presentada como un ser ideal, prácticamente perfecto: guapa, elegante, inteligente, atractiva, divertida, cariñosa... No digo que no fuera así, naturalmente, y por otra parte se comprende que se escoja destacar las virtudes de una persona asesinada brutalmente hace treinta años. Pero por otra parte parece transmitir, de forma inconsciente y no deliberada, la idea de que las mujeres deben ser perfectas para ser consideradas auténticas víctimas; algo que el patriarcado fomenta, como se puede ver en los numerosos casos en que se cuestiona a las víctimas de violencia machista por no ser absolutamente intachables en su comportamiento).

Tras esta reconstrucción biográfica basada en los cuadernos, notas y cartas de Liliana, la técnica narrativa muta nuevamente, pasando a basarse en los testimonios (adecuadamente seleccionados, editados y dispuestos) de las personas que eran próximas de Liliana en los meses y años anteriores a su muerte: sus mejores amigos, sus compañeros de la universidad, sus novios (sin incluir, claro, a Ángel González Ramos, el exnovio que la asesinó). A través de estos testimonios se observa a una joven inquieta, inteligente, sociable, pero perseguida ya por ese fantasma, ese exnovio de una vida anterior que se negaba a abandonarla y que consumía su energía y su capacidad para amar a otras personas. Las señales de las que habla Snyder en su libro (grandes declaraciones de amor alternadas con explosiones de violencia, intromisiones en su intimidad, amenazas, progresivo aislamiento de la víctima) estaban ahí, pero nadie reparó en ellas, o nadie supo cómo reaccionar ante ellas, porque, como decía antes, no existía en aquel momento ni siquiera el concepto de violencia machista, o el feminicidio como crimen específico.

La sección en la que se narra el propio asesinato recupera nuevamente la narración en tercera persona, mezclada con extractos de las noticias periodísticas; es, junto con la siguiente, que brevemente recoge los testimonios de los padres de Liliana y de la escritora, la parte más sobrecogedora del libro, en mi opinión. El hallazgo del cadáver, las hipótesis sobre el asesinato, las llamadas telefónicas para comunicar la muerte de Liliana a la familia, la identificación del cadáver. Y después, los años de culpa, de recuerdos dolorosos, de silencio. La novela (si es que esto es una novela, ya que es un texto radicalmente híbrido) termina recuperando la conexión entre la escritora Liliana, a través del agua, de la natación, actividad que compartían, y explicando en cierto modo el origen del impulso para escribir el libro. Hay respuestas que no encontraremos en él (por ejemplo, el destino final del dossier sobre Liliana o la situación actual de su asesino), pero no hay duda de que, emocionalmente, es una conclusión perfecta para la obra...

Hay libros que llegan en el momento preciso: cuando el autor está preparado para escribirlos, y el mundo para recibirlos. Después de la marea de pañuelos verdes que ha recorrido América Latina para reclamar el derecho al aborto, pero más en general, el final de la(s) violencia(s) contra las mujeres, era el momento para este Invencible verano de Liliana, particularmente en un país como México, atravesado por el fantasma de los feminicidios. Pero no es solo un documento o un testimonio necesario y doloroso: es también una magnífica obra literaria, escrita con la destreza, la sensibilidad y la originalidad de todas las obras de Cristina Rivera Garza (al menos, de las que yo he leído). El resultado es una obra híbrida y compleja, dura y brillante, y también un llamamiento con un doble sentido: que se le haga justicia a Liliana, y que no vengan a existir más Lilianas a las que sea necesario hacer justicia.

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


miércoles, 18 de enero de 2012

John Banville: El libro de las pruebas


Idioma original: inglés
Título original: The Book of Evidence
Año de publicación: 1989
Valoración: Recomendable


Si el que más y el que menos se ha preguntado alguna vez qué es lo que les pasará por la cabeza a esos tipos (hasta ese instante concreto presuntos ciudadanos ejemplares) que saltan a la prensa de pronto por haber cometido un crimen, los escritores – antes de Capote y después – no van a ser menos. Todo lo contrario: en particular, a John Banville – quien, como ya comenté en otro momento , se convierte en Benjamin Black cuando escribe novela policíaca – en cualquiera de sus dos identidades, le apasionan los mecanismos metales que provocan esas conductas.

A El libro de las pruebas se le suele comparar con El extranjero. No sólo no estoy de acuerdo, además, lo considero injusto. La novela de Albert Camus se encuentra en el Olimpo hace tiempo y, por tanto, a salvo de cualquier descrédito ocasional, pero si el propósito de la comparación es añadir méritos a Banville, lo que consigue es precisamente lo contrario. Como sabemos, gran parte del valor artístico de una obra reside en su individualidad, sin olvidar que con un mecanismo tan absolutamente perfecto en su sobriedad como es El extranjero resulta imposible competir. La copia saldrá perdiendo si es más complicada, más artificiosa, menos sincera que el modelo – que lo es – pero también si la diferencia estriba en todo lo contrario. En consecuencia, es en lo que las separa dónde tenemos que buscar sus valores. Por otra parte, ni siquiera se parecen: que ambas tengan en común una madre muerta y enterrada, además de un reo que trata de hacer memoria, me parece muy poca cosa. Las personalidades de los protagonistas no tienen nada que ver, el tono, los recursos, el argumento, las cosmovisiones respectivas, lo que narra son completamente distintos.

Pero las comparaciones son odiosas y estamos hablando de El libro de las pruebas, al que no le faltan méritos propios.

Banville tiene a favor la relativa complejidad de la trama, su fino análisis psicológico, su bien perfilado cinismo, el esbozo que realiza de los bajos fondos y de los siniestros tipos que los habitan, la recreación de una personalidad que recuerda a algunos ejemplos que encontramos en las páginas de sucesos de vez en cuando. Perfiles tan indeseables para la convivencia como atractivos sobre el papel, dado que el análisis de sus entresijos mentales probablemente conduzcan a un mejor conocimiento de nosotros mismos. Quizá, en los héroes y los criminales se encuentre el embrión de lo que somos, ya que ¿de dónde salen perversión y heroicidad? ¿Llevamos todos dentro ambas conductas o sólo en circunstancias extremas aparece la tendencia que predomina en cada uno?

La evolución mental del protagonista, sus paradojas e incongruencias, están maravillosamente reflejadas. Se parecen bastante a las de cualquiera pero, en este caso, llevadas al límite. Probablemente no esté loco, lo que es seguro es que se trata de una mente confusa, fragmentada de tal modo que una introspección como la que lleva a cabo sólo consigue agravar. La técnica es irreprochable, el estilo brilla en muchos momentos con esas descripciones en que entorno y estado de ánimo se alían hábilmente logrando que nos identifiquemos con el personaje, incluso que, en algún punto, nos confundamos con él. Pero también hay que fijarse en una autenticidad que flojea en muchos párrafos y en que esas contradicciones de la mente humana tan bien planteadas son difíciles de separar de cierta inconsistencia narrativa.

Lo que me ha chocado, ya desde el principio, es el tono, que no coincide con el que correspondería a una confesión dirigida a un juez. Demasiado artificioso, lírico, sincero, detallado, autocomplaciente y hasta cínico para un contexto como ése. Ni siquiera como convención literaria resulta convincente. Lo que he echado en falta es un relato más detallado del origen de los hechos, de la amenaza que tiene lugar en una isla mediterránea (presumiblemente española) y que, indirectamente, sirven de desencadenante de la errática conducta del personaje. Lo escueto y ambiguo de esta primera parte contrasta con la morosidad y el detalle con que narra lo sucedido en Irlanda. Pequeños defectos ampliamente superados por una prosa y una análisis psicológico que sitúan a esta novela en un lugar más que digno.

Por cierto, entre Benjamin y John, prefiero a éste sin duda, se toma su oficio con mucho más interés que el otro.



Del mismo autor: Aquí