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martes, 19 de abril de 2016

TochoWeek #2. James Joyce : Ulises

Idioma: inglés
Título original: Ulysses
Año de publicación: 1922
Páginas: 976
Traducción: José María Valverde
Valoración: imprescindible

Permítanme comenzar con una breve digresión sobre lo que es "políticamente correcto" (lo que decimos cuando pensamos que nuestras palabras van a quedar registradas o tendrán alguna repercusión) y lo "socialmente correcto" (lo que pensamos que hay que decir ante la máquina de café de la oficina o acodados en una barra de bar, compitiendo por ser el más "cuñao"). Un ejemplo, para entendernos: políticamente correcto puede ser disertar sobre las vanguardias artísticas, visitar museos de arte contemporáneo y tener una reproducción de un cuadro de Kandinsky en la pared del salón. Socialmente correcto es decir que "eso lo hace mi hijo pequeño" ante el cuadro de Kandinsky o contar la anécdota apócrifa de la limpiadora de ARCO que confundió una obra expuesta con un cenicero... Pues algo así ocurre con el Ulises, uno de los libros más suceptibles -quizá el que más- de ser objeto del postureo gafapástico, por un lado, pero también del desdén y hasta la ira de indignados lectores que no consienten "que se les tome el pelo".
Aunque no sólo indignados pero desconocidos lectores, claro: hay una nutrida lista de escritores, desde D. H. Lawrence al sin par Paulo Coelho... (sí, me duele poner a éste en el misma categoría que los demás, pero es responsable de una frase preclara sobre la novela: "El Ulises de Joyce hizo mucho mal a la literatura, porque nadie lo ha leído y todo el mundo dice que lo ha leído"). Mi opinión favorita, sin embargo, es la de Virginia Woolf: "Es el esfuerzo de un estudiante nauseabundo reventándose los granos". ¡Olé, doña Virgi!
Por supuesto, de igual forma ha habido colegas suyos no menos destacados y agudos  que han admirado y ensalzado la obra de Joyce: T.S. Eliot -que se lo recomendó a la Woolf-, BorgesFaulkner o Nabokov... De entre todas las opiniones, yo me quedo con una sentencia del inteligente y sutil Anthony Burgess sobre Joyce: "... una vez leído y absorbido un solo ápice de la esencia de este autor, ni la vida ni la literatura vuelven a ser las mismas de nuevo".
Tal cual, Mr. Burgess. Porque lo remarcable del Ulises no es la historia que nos cuenta, la de un día determinado (el 16 de junio de 1904, el día que James Joyce tuvo la primera cita con su mujer Nora) en la vida de unos dublineses, por lo demás no demasiado notables: Stephen Dedalus, Leopold Bloom y su esposa Molly. Tampoco es importante que estos personajes sean un reflejo de los protagonistas de la Odisea de Homero: Telémaco, Ulises y Penélope, respectivamente (bien es cierto que alguna interpretación que a mí me parece con bastante sentido considera que Stephen es también un trasunto del Joyce joven y Leopold del Joyce maduro... de la edad a la que acabó este libro). Nada más alejado de lo heroico, sin embargo, que el tono de la novela: el capítulo en el que se nos presenta a Leopold, por ejemplo, acaba con el relato de una de sus evacuaciones  intestinales...
No es lo más destacable que la estructura del libro se base también en la Odisea, con cada uno de sus capítulos avanzando de forma paralela a los cantos de aquella, y traduciendo el mito clásico a la mucho más prosaica Dublín de hace un siglo.
No es lo más importante, aunque quizás sí memorable, que Joyce despliegue una pericia técnica sin igual en la literatura escrita hasta ese momento -no dudo que habrá quien encuentre algún precedente de esto o aquello; ya sabemos cómo son los estudiosos-, todo un derroche de estilo -estilos- que consigue plasmar el continuo flujo de pensamiento de los personajes a través del monólogo interior -"stream of consciousness"-; sin olvidar los juegos de palabras y de imágenes, a todos los niveles, las referencias clásicas y cristianas; sagradas, profanas y mundanas (realmente, la novela merece otra lectura deteniéndose con más sosiego en las anotaciones del traductor, para entender a fondo cada párrafo). Joyce consigue combinar sin complejos lo más soez con lo profundo del pensamiento, lo banal con lo transcendente, lo sexual y lo fúnebre... (¿Eros y Tánatos? Uf... mejor lo dejo aquí).
Lo importante, lo fundamental, es que Joyce puso con este libro punto y final a toda la tradición narrativa occidental, que comienza con Homero. Si la Odisea es el Alfa, el Ulises es el Omega, las columnas de Hércules de la novela; es el Apocalipsis de San James, el diluvio tras de mí, el apaga y vámonos. Hasta aquí hemos llegado y el que venga detrás que arree... Y no es que después de Joyce no se pueda escribir más novela, pero eso ya será -ya ha sido- otra cosa: caminar por senderos explorados; es el ferrocarril, la plantación y el resort con campo de golf, no la selva virgen (e incluyo lo que han hecho muchos epígonos de Joyce, algunos muy aventajados: Gaddis, Pynchon... aunque en este asunto, también quien golpea primero da dos veces). Tenía razón Burgess, desde luego y, maldita sea, aún sin pretenderlo, también Paulo Coelho, en cierto modo...
Pero hay más: Joyce es el niño que grita que no ve el traje del emperador, y desnuda a sus personajes, a sí mismo y a nosotros... señalando lo que de nosotros hay en Stephen, Leopold, Molly... que es mucho, me temo. Joyce no es un escritor simpático -lo que no excluye un peculiar sentido del humor-, no es clemente ni misericordioso, pero dice la verdad.
Último apunte: esta novela, más allá de odios y fervores, postureos y cuñadismos, no se puede calificar de otra forma sino como imprescindible. Pero, siguiendo un criterio contrario al de Los reconocimientos, aún por los mismos motivos, no se la puedo recomendar a nadie. Quien la lea, que sea por su cuenta y riesgo.


Otros títulos de James Joyce reseñados en Un Libro Al Día: DublinesesExiliadosFinnegans WakeRetrato del artista adolescente

martes, 22 de marzo de 2016

James Joyce: Exiliados

Idioma original: inglés
Título original: Exiles
Traducción: Fernando Toda
Año de publicación: 1.915
Valoración: Está bien 


Entre el repertorio de muy conocidas obras de James Joyce (bueno, conocidas al menos en el título), pasa generalmente desapercibida su única incursión en el mundo del teatro que, como astutamente habrá adivinado el lector, es justo este Exiliados que voy a intentar comentar. Porque, oiga, para eso también está ULAD, para divulgar entre sus parroquianos libros extraños, desconocidos, improbables…, libros que hemos tenido ocasión de conocer y disfrutar (o sufrir, que de todo hay).

El genial irlandés escribió Exiliados al poco de concluir Retrato del artista adolescente y cuando empezaba a construir los cimientos del Ulises. Por lo visto, James era admirador de Ibsen, hasta el punto de que (dicen) aprendió noruego sólo para leer sus obras sin traductor de por medio (o sea, como se cuenta de Unamuno con Kierkegaard). Así que me imagino al Sr. Joyce entre dos fuerzas divergentes igualmente poderosas: por un lado, el hechizo de Ibsen, que quizá le empujaba hacia un modelo dramático más o menos convencional; y por otro, el tsunami creativo que estaba tomando forma en su cabeza, para estallar poco después en sus obras más vanguardistas. 

O puede ser que simplemente utilizó este breve contacto en el teatro para ajustar ciertas cuentas con su vida doméstica, o intentar poner orden en sus ideas. Porque Exiliados tiene un importante componente autobiográfico, como pasamos a contar ahora.

La obra se basa en un triángulo amoroso, lo cual no puede decirse que sea muy original, al menos en principio: el escritor Richard Rowan, que acaba de volver a Irlanda tras varios años en el continente europeo, su pareja Bertha (pareja, que no esposa, lo cual hoy parece irrelevante, pero no lo era en la católica Irlanda de hace un siglo), y Robert Hand, antiguo amigo íntimo del primero, y compañero de correrías juveniles. Vamos, una situación calcada de la del propio Joyce, sobre cuya relación con su compañera Nora se extendieron –quizá interesadamente- rumores de infidelidad con un supuesto amigo común.

Pero este punto de partida –como digo, nada novedoso- se utiliza para explorar en terrenos menos habituales. Para no desvelar más de lo debido, diré que los papeles de engañador y engañado van trasladándose de un personaje a otro, no en forma de simple enredo, sino en un nivel intelectual, que constituye el auténtico eje de la obra: la tesis consiste en que no son la fidelidad o la confianza los pilares sobre los que se sostiene la pareja, sino justamente la duda, el mantenimiento (o incluso la creación artificial) de cierto grado de incertidumbre. Se estimula así el poder de un vínculo espiritual, que no obstante tampoco queda claro si domina al carnal, lo presupone o simplemente es ajeno a él. 

Ese es el estrés en que se sumergen los personajes, unos de forma voluntaria, otros convertidos en mero instrumento de ese mecanismo, tal vez algo perverso. Y el resultado es que reclaman del lector ser escrutados en cada frase y cada gesto, y se muestran llenos de matices, mientras vamos recorriendo sentimientos y conceptos que flotan alrededor de la relación de pareja y la condicionan/definen/delimitan: la amistad, la posesión, la culpa, la admiración, la libertad. Y también la inacción, porque en Richard se dibuja un peculiar tipo de héroe cuyo valor reside precisamente en no hacer nada, para desconcierto de los demás.

Se diría en definitiva que Joyce parte de sus asuntillos particulares, les da forma (no sé si realista o voluntarista) y, ya puestos, se dedica a sondear en diferentes perspectivas de la relación amorosa, puede que buscando respuestas para sí mismo. El libro no es desde luego lo que uno espera encontrarse cuando tiene entre manos algo de Joyce, sobre todo en el aspecto formal. Es tal vez una obra menor, un material atípico y quizá prescindible, pero elaborado con inteligencia y que no deja de tener su interés.

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viernes, 5 de febrero de 2010

James Joyce: Dublineses

Idioma original: inglés
Título original: Dubliners
Fecha de publicación: 1914
Valoración: imprescindible

Para 1905 Joyce ya tenía planeado escribir una serie de historias cortas independientes que se unirían en Dublineses para formar una obra redonda y compacta. Esta peculiar y memorable novela no se publicó hasta 1914, tras algunas pequeñas concesiones editoriales. Sin embargo, James Joyce siempre se negó en redondo a omitir historias o a cambiar el orden de las mismas.

Y es que nada en Dublineses es aleatorio. Cada una de las quince historias que la conforman aporta su particular pincelada al retrato colectivo implícito en el título: las tres primeras nos hablan de la infancia; las cuatro siguientes, de la adolescencia; las siguientes, de la madurez; las últimas, de la vida pública. Así, asistimos al desarrollo -¿o tal vez degeneración?- de este protagonista múltiple que se nutre de cada protagonista particular y que crece no sólo en cuanto a temática sino en cuanto a forma. Ejemplo: las historias protagonizadas por niños están narradas en primera persona, pero en cuanto pasamos a la adolescencia encontramos diferentes juegos de focalización narrativa en tercera persona.

A pesar de no ser una novela al uso, Dublineses tiene definitivamente la consistencia y complejidad suficientes para no ser considerada como una mera recopilación de relatos: es lo que algunos críticos han convenido en llamar "composite novel" (algo así como "novela compuesta" en español).

Las historias, aunque son totalmente autónomas, adquieren un sentido más profundo al ser leídas en su conjunto, y están perfectamente interrelacionadas mediante la combinación de ciertos factores recurrentes: la ciudad de Dublín y el efecto opresor que ésta tiene en sus habitantes, el peso de la religión, el nacionalismo irlandés, el omnipresente alcohol...

Y también algunos menos obvios, como la anteriormente mencionada especial organización de las historias (no sólo nos movemos desde la infancia hasta la adultez, sino desde el verano hasta el invierno), el uso recurrente de la violencia y, más sutilmente, la atmósfera gris, irrespirable y "paralizante" de todas las historias. La ciudad retratada es un símbolo de la gloria ansiada e inalcanzada, e imposible de alcanzar si sus habitantes no cambian. El problema es que todos los protagonistas se encuentran, precisamente, "paralizados".

Dublineses es una obra rica, original, completa y, sobre todo, compleja. En definitiva, imprescindible. Por eso, quien se anime a abordarla deberá armarse de una buena edición anotada: cada frase adquiere significados inusitados dependiendo del ángulo desde el que se lea.


Otros libros de James Joyce  reseñados en Un Libro Al Día: ExiliadosUlisesFinnegans WakeRetrato del artista adolescente

domingo, 9 de agosto de 2020

James Joyce: Finnegans Wake


Título original: Finnegans Wake

Idioma original: inglés (¿)
Traducción: Marcelo Zabaloy
Año de publicación: 1939 (en castellano, 2016)
Valoración: Necesario, agotador, cruel, inolvidable

Las expectativas

Lleva rondando mi cabecita la idea de leer Finnegans Wake desde que me enteré que existía un tal James Joyce, allá por mis diecisiete años o así (no ha pasado tanto tiempo, aunque sí más que en el caso de Oriol, y suficiente para que esta lectura postergada se fuese convirtiendo en algo parecido a una obsesión; pero sigamos). Este caballero, Joyce, había escrito cosas increíbles que fui leyendo una tras otra, pero por ahí andaba el monstruo, su obra cumbre, ese tocho esquivo al que dedicó más de quince años de trabajo. Un libro inclasificable que nadie había sido capaz de traducir completo al castellano, lo que era un síntoma preocupante pero que no hacía más que aumentar mi expectación. Nadie lo había traducido hasta que llegó Marcelo Zabaloy.

La traducción

Muchos (bueno, algunos que se atrevieron) había fracasado en la empresa. Por ejemplo, Salvador Elizondo se pasó no sé cuánto tiempo elaborando una traducción anotada y abandonó el trabajo cuando concluyó… la primera página. Por lo visto Zabaloy no le vio tanta dificultad al desafío, y lo terminó en unos cinco años. Hay toda una historia en torno a esos intentos de traducción, parte de la cual puede encontrarse por ejemplo aquí. El caso es que hay que hablar más de versiones que de traducciones, porque el libro está cuajado, línea por línea, de incrustaciones de otras lenguas y jergas, infinitos juegos de palabras, dobles sentidos y locos neologismos que multiplican hasta el infinito las posibles interpretaciones. El sitio web FWEET reúne más de 80.000 anotaciones sobre el Finnegans, y hay montones de libros escritos en torno a este fenómeno. De forma que, como seguramente hizo Zabaloy al traducirlo, al leerlo también habrá que utilizar un código diferente al habitual.

El libro

Como digo, las 628 páginas de Finnegans Wake son un torrente continuo de todos estos elementos que acabo de citar, mezclados, superpuestos, exhibidos sin tregua, hasta hacer el texto irreconocible, pantanoso, laberíntico. Como se puede suponer, tampoco es posible hacer una sinopsis normal. Por hacernos una idea mínima, se puede decir que se parte de la muerte del albañil Finnegan y su posterior velatorio, aunque eso es casi lo de menos, porque pronto revive y se transforma en el tabernero Earwicker. O tal vez es Earwicker el que sueña su propia muerte como Finnegan, porque el personaje es a fin de cuentas el protagonista de una vieja balada irlandesa. Podríamos decir que Earwicker es condenado por algún motivo que no conocemos y con todo ello se relaciona una misteriosa nota que desentierra una gallina. Pero también sabremos de su mujer, Anna Livia Plurabelle, y de sus dos hijos... y un millón de cosas más, con la presencia permanente de tres elementos esenciales: Irlanda, la religión y el sexo. Un millón de cosas que apenas intuimos, sumergidas en un colosal marasmo léxico al que luego me referiré. Se intuye que Joyce habla al mismo tiempo desde lo real y lo onírico, y el lenguaje y la lógica de los sueños (inestables, intuitivos) impregnan todo el libro. Los personajes se trasmutan unos en otros, aparecen y desaparecen o cambian de nombre, se encarnan en héroes y se materializan en paisajes, hay escenas que se repiten, sonidos que las interrumpen y evocan momentos pasados o futuros, guiños metaliterarios. Todo parece un gran chiste, una genialidad, una puta locura.

La experiencia

Esas etiquetas que tan poco usamos en el blog, Experimento o Artefacto literario, tienen aquí todo el sentido. El Finnegans es, en opinión de casi todos los que lo han leído, y yo lo corroboro en la medida de mis limitados conocimientos, el libro más extraño, complejo y hermético que nunca se ha escrito. Y sin embargo las sensaciones no son exactamente lo que puede esperarse. Se puede pensar que uno encara la lectura un poco por curiosidad y, visto lo que tiene delante, lo más probable es que enseguida deseche el libro, exasperado por no entender nada, o casi. Pero no necesariamente es así. Como decía antes, conviene deshacerse de prejuicios, abrir la mente y utilizar otras herramientas. Samuel Beckett recomendaba leerlo en voz alta, pero sin llegar a tanto, puede ser recomendable dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad del texto y, una vez integrados en ese fluir, ver cómo la información permea en la consciencia. El peso de la entonación y los sonidos tiene gran importancia por ejemplo en ciertos textos literarios árabes y, a veces de forma inconsciente, es también relevante cuando leemos poesía. Resultando imposible detenernos en cada escollo (porque no terminaríamos nunca, ni llegaríamos a superar más que un puñado de ellos) esta forma de lectura me parece la más útil (y menos dañina para la salud).

Claro está que en este caso el éxito dependerá en buena parte de que el traductor haya sido capaz de transmitir los valores del original. Eso ya no me siento capaz de valorarlo en absoluto, aunque sí me suscita algunas dudas. En parte porque a veces el texto suena un poco a traductor de Google, dicho sea con todo el respeto. Y también porque he comparado algunos párrafos con otras traducciones y algunas cosas parecen no encajar del todo. Pero en fin,  la empresa es tan descomunal que no cabe más que admirar a este Zabaloy que ha conseguido llegar al final y, además, es lo que tenemos si queremos leerlo en castellano.

Con todo, la sensación es un poco la de un paseo por el monte en un día de niebla. No disfrutamos del paisaje, pero vagar entre la bruma tampoco resulta del todo desagradable. Solo hay que verlo con otros ojos: sentir el fresco, el aire de misterio, el reto de encontrar el camino, y de vez en cuando notamos que se abre una pequeña ventana de luz y nos sorprendemos al ver el peñasco, los árboles, quizá un trozo de panorámica en alguna dirección. Así, somos medio conscientes de la desgracia del pobre albañil, asistimos a una singular borrachera de su sosias, conocemos algún tipo de rivalidad entre sus dos hijos, o entrevemos algunas experiencias sexuales (varias, reales, soñadas o deseadas, no sabemos). Cosas así, esporádicas, que asoman brevemente entre el enorme desparrame lingüístico, y son un alivio, un pequeño premio, porque también dejan ver la genialidad del autor y disfrutar de momentos brillantes cuando se aligera de trucos retóricos. Y es que, digámoslo ya, esto no es una lectura sino más bien una inmersión, una experiencia.

Se podrá plantear si todo esto tiene realmente sentido, y de hecho algunos de los mayores valedores de Joyce pensaron que había perdido el juicio o que simplemente se le había ido la mano. Yo creo que desde luego el Finnegans tiene un valor inmenso, porque qué sería del arte si no hubiese gente decidida a explorar sus límites y a transgredirlos, y con talento para hacerlo. Tampoco una pintura abstracta representa cosas y no por ello parece razonable despreciarla sin más. Aquí se juega con otras reglas y no se puede mirar bajo los criterios habituales. El problema, claro está, es que hablamos de medios muy diferentes: una pintura la observamos durante unos segundos, hasta algunos minutos, pero leerse las seiscientas páginas del Finnegans lleva muchas horas. Así que, en su inmenso esfuerzo de años y su estratosférica creatividad, a lo mejor Joyce se olvidó de algo que puede tener cierta importancia hablando de un libro: el lector.

Otras obras de James Joyce en ULAD: Ulises, Dublineses, ExiliadosRetrato del artista adolescente

lunes, 19 de junio de 2017

Kevin Birmingham: El libro más peligroso


Idioma original: inglés
Título original: The Most Dangerous Book
Año de publicación: 2016
Traducción: Óscar Palmer
Valoración: obscenamente muy recomendable

Este es uno de esos libros que hace que quienes comentamos sobre literatura nos vengamos algo arriba. Una conjunción de factores demasiado tentadora. Un estudio literario sobre una obra cumbre de la literatura (un clásico contemporáneo) que combina elementos diferentes, todos ellos atractivos a priori. Buena escritura, temática con aromas épicos, sentido del suspense, ritmo adecuado en lo narrativo combinado con la oportuna puesta en contexto de todo el entorno que rodeó la publicación de la obra en cuestión. Que es Ulises de James Joyce. La clase de libro cuya reseña, gracias, Juan, uno espera que un blog como el nuestro (conocido en ciertos círculos como blogcillo barato) incluya orgulloso integrando algo parecido a un fondo de armario en lo que a contenidos concierne. La clase de libro a la que tanta y tanta gente ha intentado meterle mano, saliendo escaldada en muchos casos de su difícil lectura y comprensión.
Y en función de lo leído en esta inclasificable obra, más de uno puede preguntarse si el mito que rodea a Ulises, que no es la única obra difícil y extensa de la literatura universal ni mucho menos, hubiera sido tan enorme de no mediar todo lo que El libro más peligroso describe. O, que viene a ser lo mismo, si esta obra no fue una de esas demostraciones fehacientes de que "lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal".
Lo que se describe aquí queda en una atractiva confluencia que por momentos me ha recordado aquel magnífico ensayo/biografía sobre Salinger que reseñé aquí, guardando las debidas distancias, pues puede ser que Birmingham se centre algo más en el proceso de un libro en particular, sin ahondar tanto en detalles biográficos. Aunque todo lo que se escribe aquí sobre la vida de James Joyce viene a cuento. Su curiosa historia de amor con su esposa Nora Barnacle. Sus problemas de salud, concretamente los derivados de las enfermedades venéreas (frecuentaba prostíbulos) y los que afectaban a su visión, condicionando la escritura de la obra, un proyecto personal que todas las circunstancias convierten en obsesión.
Y, por supuesto, el centro del libro, la colosal lucha que supuso para él conseguir que Ulises fuera publicado tal como lo concibió, lucha que se hizo titánica a raíz de los sucesivos avances de sus capítulos en revistas cuyas publicaciones iban acompañadas de escándalos, de acusaciones por obscenidad de los respectivos capitostes atrincherados en las rancias y puritanas instituciones de la época, más pendientes de una descripción demasiado minuciosa del deseo sexual que de algo que hoy nos parece tan obvio como permitir que las mujeres votaran. Las maniobras, tanto para evitar su publicación como para conseguirla, convierten esta lectura en un cierto juego de suspense del cual, aunque conocemos el final; no deja de sorprendernos el encono de uno y otro bando. Joyce contó con la ayuda de importantes factores, aunque hubo de recurrir a ciertos entresijos que hoy nos dejan pasmados, apelar a editores, libreros, incluso tuvo que sufrir el veto de ciertos talleres de imprenta que no querían verse relacionados con lo que se consideraba una obra obscena y escandalosa. Cuesta creer que así estuvieran las cosas apenas hace un siglo y que hoy aún haya zonas de nuestro planeta en las que la moral inculcada por la religión y la pura religión coarten de tal manera la libertad de expresión, tanto a nivel personal como en lo que se refiere al proceso de creación artístico. Cuesta creer también que en ese momento algo como la literatura movilizara a la sociedad de la época, cuando a la de la nuestra parece que solo la movilicen pocas cosas, y prefiero no pararme a pensar cuáles.

martes, 9 de noviembre de 2021

James Joyce: Retrato del artista adolescente


Idioma original: inglés

Título original: A Portrait of the Artist as a Young Man

Año de publicación: 1916

Traducción: Martin Schifino

Valoración: incómodo


Escribir una reseña sobre un libro incontestablemente clásico como este representa toda una papeleta. Entended que empiece con lo que suena casi como una excusa, pero dentro de la biografía lectora que uno intenta componer para sí mismo hay autores y novelas ineludibles y esta primera novela de Joyce (también por su modesta extensión, menos de 250 páginas) se me antojó iba a ser una de ellas. Otra cosa es que ose plasmar mi impresión y corra a refugiarme del previsible aluvión de críticas que me tildarán desde lector frívolo o apresurado hasta individuo sacrílego incapaz de descifrar las claves ocultas.

Porque he de confesar que se trata de una novela aburrida, casi mortecina, a pesar de que la inmediata impresión tras leer sus últimas páginas no sea la de haber perdido el tiempo, más bien haber superado una especie de tránsito muchas veces de muy difícil comprensión en su conjunto, aunque no pueda oponerse nada a ni uno solo de sus párrafos. Sin abusar del lirismo, sin perder en ningún momento una impecable fórmula literaria, esta narración - se dice - autobiográfica sobre los años de formación de Stephen Dedalus resulta ser una lectura difícil y pesada, llena de escollos, muchos de ellos, quiero suponer, situados con plena conciencia. Dedalus en la escuela regentada por religiosos que tendrá que abandonar, parece entenderse, cuando su familia deja de disponer de recursos para pagarla, conviviendo con sus compañeros y sufriendo los actos disciplinarios propios de tal época y tales instituciones. Sus escarceos con las mujeres y su arrepentimiento motivado por una fe católica que le oprime y ahoga. A pesar de lo cual, convenientemente empujado en la escuela, llegará a contemplar la posibilidad de ordenarse sacerdote. Y a pesar de la ebullición del artista, del creador que intercala sus textos y acicala párrafos repletos de reflexiones, algunas profundas, algunas un tanto alucinadas, esa posibilidad está a punto de tomar cuerpo, pero el artista adolescente se rebela contra ese destino fatal, no sin antes entregar un tercer capítulo que para mí ha representado la auténtica pesa en la balanza que impide que el libro me haya gustado. Decenas de páginas que parecen pasajes bíblicos y que contienen pasajes de muy difícil digestión (dedicados a procaces descripciones de los sufrimientos que el infierno tiene preparado para los pecadores) y que, pero esto es una pura conjetura, acaban representando a la perfección ese rechazo frontal. Dedalus se separa de sus educadores, se distancia, en un plano psicológico, de su familia, esquiva la fe, se aisla del mundo y se confina con su talento.

Bien: hace más de un siglo, sí, lo suficiente para que esa distancia temporal y ese mundo descrito parezcan un escalón insalvable. No digo que no haya que leer una obra así, solo que al lector contemporáneo puede costarle mucho conectar con ella.

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miércoles, 16 de octubre de 2024

Roberto Bolaño/A.G. Porta: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Diario de bar

Idioma original: español.
Año de publicación: 1984.
Valoración: bastante recomendable

Habrá quien diga que sabía quién era Roberto Bolaño en 1984. No voy a negar que un libro como este Confesiones… se publique, ya en su momento, y obtenga cierta repercusión posterior, debido al enorme mito generado por sus obras cumbre y, claro, por su trágica desaparición. Dentro de la obra del chileno (que creo, con esta reseña, está prácticamente completa en este blog) podría decirse ya no solo que es una novela de tanteo, sino que registra el inédito hecho de estar escrita a cuatro manos con el escritor barcelonés Antoni García Porta. Una cuestión a la vez curiosa y algo estimulante para el lector bregado: puede uno especular con el reparto de tareas en la configuración de la novela, en partes redactadas por uno y completadas por el otro, en algún curioso vocablo que delate si ésta u otra parte son del chileno o del catalán. Con todo, la novela acaba resultando potente y cohesionada y no he sido capaz de detectar diferencias ni brechas que resulten delatoras. Como en la vigente fiebre de las colaboraciones musicales, y aunque García Porta no haya disfrutado de tal repercusión (pues encima al hombre le ha dado por seguir vivo), el mérito es conjunto e indisociable.

Dije mérito. Desde su curioso título de cierta afectación pop/postmoderna, Confesiones de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce es una novela muy notable, aunque parezca un divertimento punk combinado con algunas gotas de hiperviolencia pre-Tarantino. Son apenas unos días en la vida de Ángel y Ana, dos jóvenes, uno de ellos poeta obsesionado por James Joyce, primer apunte de contextualidad futura con la obra de Bolaño, la otra una chica que es su pareja, o algo así. Uno barcelonés, la otra de fuera. Han cometido un atraco en la turbulenta Barcelona de los primeros ochenta, la del postfranquismo dando coletazos, la de la droga corriendo sin control por toda la ciudad. El atraco ha coincidido con otros sucesos violentos y Ángel y Ana se creen a salvo de la persecución policial recluidos en sendos pisos mientras siguen con su carrera criminal y planifican algún último golpe y una huida a París donde empezarán una nueva vida. Es una narración vertiginosa, atropellada, casi disruptiva, donde Ángel, el poeta, se ha ocultado en un piso destartalado en el barrio de Sants y se cree a salvo de la policía. Piensa en Ana, piensa en Joyce y en Dédalus y se ve proyectado en una chambre de bonne dedicado a la escritura. La posibilidad del último golpe se concreta y se ejecuta.

Por supuesto es una narración vigorosa, casi vertiginosa y poco dada al exceso lírico. Puede que en algún momento se tienda al exceso propio de cierto género criminal, pero todo ello se combina en una especie de atropellada narración donde los estilos se combinan de forma estimulante. De hecho,  la novela nos regala una parte final en forma epistolar. Ángel se dirige a la madre de Ana que, sin haber llegado a venir a España, se ha ido desplazando por el extranjero. Un capítulo final nos muestra a Ángel residiendo en Francia ya como un ciudadano más sin abandonar cierta paranoia de fugitivo cauto y timorato.
La novela se completa con Diario de bar, un opúsculo lleno de fechas y lugares que refiere a la estructura futura de Los detectives salvajes. Obviamente, Consejos… puede parecer una obra menor, un experimento a cuenta de futuros ejercicios más contundentes de estilo. Pero muy lejos de ser algo leve o puramente lúdico: aquí hay chicha de la buena.

De Bolaño en ULAD: aquí

sábado, 26 de julio de 2014

Rachel Joyce: Perfecto

Título original: Perfect
Idioma original: inglés
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

En 1972, Byron tiene once años y es uno de los pocos niños de su escuela que puede presumir de tener una madre perfecta: es guapa, amable, lista, buena cocinera, tiene la casa siempre limpia y ordenada, su jardín es la envidia de los vecinos y siempre cuida de que sus hijos y su marido acudan tan perfectos como ella al colegio y al trabajo, respectivamente. Pero toda esa perfección empieza a desmoronarse cuando, de camino al colegio, su madre atropella accidentalmente a una niña. Será entonces Byron, con ayuda de su amigo James, quien idee un plan para salvarla de la crisis a la que irremediablemente parece estar abocada.

En la actualidad, Jim acaba de ser contratado en una cafetería para limpiar mesas. Es uno de los pocos trabajos que puede desempeñar, a pesar de que es un hombre adulto, porque ha pasado la mayor parte de su vida recibiendo tratamiento en varias instituciones mentales. Aunque parece que su vida empieza a ponerse en orden gracias a la rutina laboral, aún tiene que vencer los rituales que siempre han gobernado su vida y que aún hoy llenan sus noches.

Así comienza Perfect, la segunda novela de la escritora inglesa Rachel Joyce, quien ya se ganó el favor de la crítica y el público con El insólito peregrinaje de Harold Fry. En esta ocasión y de la mano de Byron y Jim, la autora nos ofrece una historia más oscura y ambiciosa que la del buen Harold de su debut, en la que sus personajes tienen que intentar salir adelante en un mundo que, debido a un pequeño error, parece haber cambiado de forma irremediable y ya no los acepta.

Como ya ocurría en su primera novela, Joyce regala al lector momentos humorísticos que aligeran la tensión que parece no desaparecer nunca y que en esta ocasión resultan más que agradecidos, debido al ambiente trágico imperante. Perfect es, también, una historia más verosímil que su antecesora (y que conste que esto no lo digo como una crítica) y por ello menos amable y más implacable con sus personajes, algo que Joyce aprovecha para, además, hacer una sutil pero efectiva crítica social.Una recomendable lectura, en resumen, que no decepciona y que mantiene vivo nuestro interés de la primera a la última página.



También de Rachel Joyce: El insólito peregrinaje de Harold Fry.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      domingo, 24 de enero de 2021

      Italo Svevo: La conciencia de Zeno

      Idioma original: italiano

      Título original: La coscienza di Zeno

      Año de publicación: 1923

      Valoración: Obra maestra



      Puede que hayan escuchado alguna vez la anécdota y no sepan a quién se refiere. Allá por los años 90 del siglo XIX, Ettore Smichtz, un comerciante italiano amante de la cultura, de familia acomodada, ascendencia austríaca y cuya lengua materna era el dialecto triestino, autopublicó dos novelas con seudónimo que no llamaron la atención de nadie. Se diría que había desistido de su intento, pero casi tres décadas después, escribe una tercera y se la enseña a su antaño profesor de inglés y amigo, un irlandés que anduvo algún tiempo exiliado en Trieste llamado James Joyce. A partir de ahí cambió todo. Desde luego, lo suyo era vocación. El sobrenombre que adoptó y por el que se le conoce en el mundo literario es Italo Svevo.

      La obra de Svevo es introspectiva, profunda, filosófica a veces y, a partir de cierto momento, bastante influida por el psicoanálisis. Sin embargo, y a pesar de su excepcional calidad, habría pasado desapercibida por no pertenecer él al mundillo literario, y más en un momento de enormes turbulencias políticas. También porque, a pesar de que lo que cuenta es sencillo, requiere una lectura atenta. Svevo encontró la horma de su zapato en Joyce, un escritor que escribía para escritores y, si no el más, uno de los más enrevesados de todos los tiempos. ¿Qué lector más atento que él?

      La conciencia de Zeno narra la vida de Zeno Cosini, un triestino con tan pocos problemas vitales que tiene que buscarlos dentro de sí mismo y, por si fuera poco, se empeña en complicarse la vida. Inconvenientes de tener la vida resuelta gracias al próspero negocio paterno, cuyo administrador se las arregla mucho mejor sin su ayuda. Nos adentramos pues en las desventuras internas de Zeno y en unas aventuras que no tienen nada de extraordinario, lo destacable es su forma de vivirlas y de interpretar las reacciones de los otros.

      Un tipo hipocondríaco, maniático hasta decir basta y con alguna patología más que no se nombra. A través de unas memorias, encargadas por su psicoanalista como terapia, redactadas con bastante ironía y un humor más bien ácido, se nos muestran sus complicados entresijos mentales junto a la mentalidad y forma de vida de la buena sociedad de principios del siglo XX. Reconozco que al principio no me entusiasmó tanto, pero algo más de quinientas páginas dan para mucho, y según avanzaba me iba dando cuenta de la densidad de la narración y tomando cariño a un personaje con el que, por otra parte, no me gustaría cruzarme nunca.

      Svevo incluyó en la novela algunos de sus rasgos personales. Fue un gran fumador, por ejemplo, también le interesó mucho el psicoanálisis y él mismo hizo terapia, De ahí que la aparente excentricidad del protagonista, sus rarezas, sean las del ser humano de entonces y de siempre, aunque llevadas al límite. Nuestra evolución a lo largo de la vida, la soberbia, un egoísmo que puede transformarse en empatía solo cuando alguien más desvalido que el resto consigue tocarnos la fibra, esa necesidad de tener obligaciones sin las cuales nos sentimos vacíos e inútiles, el desconocimiento de quiénes somos realmente y la tendencia a idealizarnos, a ser demasiado benevolentes con nosotros etc., es lo que todos tenemos en común. Lo queramos o no, estamos hechos de esa forma. No creo exagerar si digo que Svevo intenta psicoanalizar a la humanidad y, de paso, a la época que le toco en suerte.

      Esto en cuanto al contenido. De los aspectos formales destaco una prosa que, aunque sea a través de la traducción, recuerda a los grandes narradores europeos  de la época. Presenta, además, una estructura interesante: sin abandonar el estricto orden cronológico, está dividida en asuntos. Esto es así porque a cada época de su vida corresponde una obsesión: en primer lugar nos sitúa en el marco que ha condicionado su conducta, obsesiones y enfermedades (tan sentidas como inexistentes), que no es otro que la adicción al tabaco, sus efectos y la constante lucha por deshacerse de ella, y su propósito de resolver el conflicto con ayuda del psicoanálisis. Para cerrar el círculo, el último capítulo aborda otra vez el análisis para renegar de él y del profesional que le ha estado tratando. De esta forma, consigue un efecto circular pues, a la vez que se deshace del tratamiento lo hace de todos sus problemas, gracias tanto a su proceso personal de conocimiento y cambio de hábitos como a la dureza repentina de sus condiciones de vida. Demasiado holgada era la que había vivido hasta entonces para una personalidad tan neurótica, parece afirmar el autor.

      Entre estos dos capítulos se desarrolla toda una vida, dividida como he dicho en fases: la relación con el padre, su repentina necesidad de estar casado, las dificultades de tener una amante y, por último, su entrada en el mundo de los negocios (ajenos, naturalmente).

      No es una novela que vaya a gustar a cualquier lector, al contrario, pero me atrevería a predecir que quien se sienta cómodo al inicio de este universo caduco y estrecho se va a divertir de verdad. Y el final… el final es in-con-men-su-ra-ble.

      sábado, 18 de octubre de 2025

      Flann O´Brien: Crónica de Dalkey

      Idioma original: inglés

      Título original: The Dalkey Archive

      Traducción: Mª José Chuliá García

      Año de publicación: 1964

      Valoración: Recomendable alto


      Flann O´Brien es uno de los autores más originales que he podido leer, con una asombrosa capacidad para la digresión (inevitable buscar referencias en Laurence Stern), manejo del humor, a veces sutilísimo y a veces absurdamente grotesco, y sin límites aparentes para internarse en el disparate, rozando lo alucinatorio (El tercer policía, que me sigue pareciendo que trasciende con mucho la simple floritura imaginativa) o lo metaliterario (En Nadar-Dos-pájaros). O sea, creatividad por los cuatros costados, aunque siempre teniendo delante las peculiaridades de esa Irlanda que parece marcar de forma decisiva la literatura de la isla. 

      En Crónica de Dalkey nos encontramos a aquella especie de científico-filósofo llamado De Selby, cuya desternillante bibliografía salpicaba de tanto en tanto El tercer policía. Ahora lo encontramos en persona, un tipo con economía en apariencia bien saneada (recuerda al Canterel de Roussel) que vive aislado en un caserón junto al mar y atesora importantes secretos. El tipo es capaz de gobernar de alguna manera el tiempo para, en una cueva submarina, comunicarse con personajes del pasado (cómo le hubiera gustado esto a Papini), encuentros en la práctica limitados a ciertos padres de la Iglesia católica con quienes discute bastante acaloradamente. Y dispone además De Selby de cierta sustancia con la que se plantea seriamente acabar con la Humanidad al completo. 

      También filosofan o exponen ideas extravagantes otros personajes, como cierto policía que insiste en cierta transmutación entre hombres y bicicletas, e incluso los dos jóvenes que rulan entre tan peculiares personajes, todos ellos bien abastecidos de whiskey, cervezas o lo que se tercie, porque el alcohol fluye sin tregua a lo largo de todo el libro. Diálogos absurdos, o mejor dicho incrustados de todo tipo de desatinos, formulados con total seriedad, y cuajados de giros repentinos a otras digresiones (la práctica de la natación, el carácter supuestamente mendicante de los jesuitas, opiniones sobre Jonás el de la ballena), el universo infinitamente enredado y loquísimo que acostumbra a mostrarnos el gran O´Brien.

      Pero no para ahí la cosa, porque un poco casualmente encontramos a un James Joyce al que se suponía muerto, que sin embargo ejerce de camarero en un pub y solo recuerda haber escrito Dublineses y un borrador del Ulises que aborrece y que, según asegura, utilizó sin consentimiento su editora Sylvia Beach (ésta es auténtica). Con lo cual ya tenemos medio completo el panteón irlandés, porque Joyce por una parte y la Iglesia católica por otra, y también ambos entremezclados y sazonados en alcohol, sostienen la estructura del libro en la que, como en otras ocasiones, el autor no se corta en absoluto a la hora de dejar cabos sueltos o subtramas abandonadas, o poco menos.

      Todo es un desparrame de creatividad empapada de humor que podría extenderse sin medida si O´Brien lo quisiera así, porque se diría que el libro termina cuando el autor simplemente se cansa de sus monstruitos y le coloca un final que apenas tiene que ver (¿o sí?) con todo lo que hemos leído hasta entonces.  Y sin embargo, se le nota una tonalidad algo diferente a algunas de sus otras obras, como capas teñidas de un poco más de seriedad, quizá algo más intimista o reflexivo, como si estuviese planteando al lector, vale, te he sorprendido, te has reído y hemos puesto a prueba el ingenio, pero también te he dejado pistas sobre las que, despejando un poco el humo del sarcasmo y el malabarismo, puedes detenerte un momento. Esto no era una simple diversión, descubre tú mismo lo que está debajo: Irlanda con sus pubs, sus pequeños pueblos y su vida provinciana, impregnada por un catolicismo al que se puede poner a prueba o someter a un tercer grado, con su más ilustre personaje volteado y proletarizado. Así de complejo, sorprendente e inclasificable.

      miércoles, 16 de diciembre de 2020

      ULAD: Lo mejor que nos dejaron leer en 2020

      Hagamos como en el popular juego de mesa: a ver si conseguimos omitir ciertas palabras que van a definir el 2020. Pero primero, una escueta explicación del título de nuestra entrada. "Nos dejaron" se refiere a las circunstancias: a las generales y a las de cada uno. Porque nos afectó de formas distintas. Algunos leyeron como nunca y a otros lo que sucedía (perdón: lo que aún está sucediendo, en un presente continuo que se transforma en futuro condicional) les impedía concentrarse, les acaparaba la atención hasta situarse en un primer plano incómodo y fascinante. Pero "nos dejaron" también puede interpretarse de otra manera: cuando se han necesitado vías de escape, se ha podido ir a cortarse el pelo, pero no a ver una obra de teatro, se ha podido adquirir tabaco, pero no trastear estantes de libros en librerías o bibliotecas. Y, sin negar lo demagógico de estas afirmaciones, sí que esos hechos son representativos de la sociedad en que vivimos y de sus prioridades. La cultura, en la cola de espera. Aquí no podemos, no debemos estar de acuerdo.

       

      Beatriz Garza

      Libro/ autora del año: El quinto hijo de Doris Lessing

      Lectura revelación: Lectura fácil de Cristina Morales

      Relectura provechosa del año: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

      Lecturas "gallina de piel" del año: El color púrpura de Alice Walker y Las malas de Camila Sosa

      Lectura sanadora del año: La ciudad de los arquitectos de Llàtzer Moix

      Formato revelación: "miniensayo" o "minicrónica" como Un miércoles de enero de Bob Pop, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer y Contarlo para no olvidar de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

      Buenos propósitos para el 2021: llegar cuerda al 2022

       

      Carlos Andia

      Mejor novela (2x1): Siglo XXEl gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; Siglo XXICorazón giratorio, de Donal Ryan

      Microrrelato: Obras completas (y otros cuentos), de Augusto Monterroso 

      Clásico: Tiempos difíciles, de Charles Dickens 

      Teatro (ex-aequo): Aquí no paga nadie, de Dario Fo, y Anillos para una dama, de Antonio Gala 

      Ensayo histórico-político: La estirpe del camaleón, de Julio Gil Pecharromán  

      Un tocho interesante, de toda la vidaLa democracia en América, de Alexis de Tocqueville

      Un monstruo ingobernable (pero una lectura que nunca se olvidará): Finnegans Wake, de James Joyce

      Libro de viajesEn las antípodas, de Bill Bryson

      Relectura del añoEl templo del alba, de Yukio Mishima

      Diario de guerra: El abrazo de los muertos, de José de Arteche (en enlace no sale bien)

      Y dejamos para el final lo más flojito:

      Libro de relatos: Ninguno convincente, o sea, premio desierto

      Y ni con un palo: nada de David Foenkinos (pongo el enlace de Hacia la belleza por si alguien quiere saber por qué)

       

      Francesc Bon

      Otro año más bien desastroso: escarbando en el baúl de los grandes clásicos del siglo, tras comprobar demasiado a menudo que las grandes novedades me siguen dando disgustos y pereza a partes iguales. Es mi culpa, seguro. Bueno, casi seguro.

      Propósitos de año nuevo: encontrar algún nuevo autor de ficción que me deje patidifuso (habiéndolo buscado previamente), aunque me veo probando otra vez con la obra de Philip Roth o William Faulkner, que me han dado grandes satisfacciones, de nuevo, y a lo mejor de eso se trata

      Libro del año: Falso espejo, de Jia Tolentino (sin negar lo fresco y reciente de la sensación, una autora que no desperdicia palabrería en conceptos vacíos)

      Tiempo desperdiciado: segundas oportunidades a quienes no lo merecen, como el plasta de Vilas o algunos que no merecen ser mencionados (Vilas sí, por prolongar su impostura)

      Me lo imaginaba más grande: Exhalación, de Ted Chiang, al que encontré sobrevalorado.

      Un poco hartito: de la literatura queer et al hacinándose en un rincón, refractaria a ser evaluada objetivamente.


      Juan G. B.

      Ensayo del año: El infinito en un junco, de Irene Vallejo.

      Mejor novela histórica de Ciencia-Ficción: Proletkult, de Wu Ming.

      Novela negra de fantasmas: La apariencia de las cosas, de Elizabeth Brundage.

      Latinas Power: Ladrilleros, de Selva Almada; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; Las voladoras, de Mónica Ojeda.

      Agradables sorpresas: La voz y la espada, de Vic Echegoyen y Matèria de Bretanya de Carmelina Sánchez-Cutillas.

      Cierta decepción: El olor del bosque, de Hélène Gestern.

      Aún no lo tengo claro: Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez, Desierto sonoro, de Valeria Luiselli; Noche y océano, de Raquel Taranilla.

      Libro que no me atreví a reseñar: Apocalipsis, de Stephen King.

      Leeré en 2021: Algo de José Luís Peixoto, si encuentro una buena traducción, que es difícil...


      Koldo CF

      RelecturasLos pasos perdidosLa marcha Radetzky o Nieve de primavera (3 libros imprescindibles).

      Autoras rescatadas, ya sea para el público en general, como Sara Gallardo y sus magníficas Eisejuaz o Enero, o para mi en particular, como Svetlana Alexievich (no la había leído hasta este 2020) y el terrible Voces de Chernóbil

      Novedades del año: Un debut, el de Ce Santiago con El mar indemostrable, y una novela "autobiográfica", el Porque ya no queda tiempo de Rafa Cervera

      Año balcánico: Destacan Ismail Kadaré como "autor más leído este año" y la lectura de Un puente sobre el Drina de Ivo Andric.

      Decepciones:  Tan malos que no merecieron ni reseña destroyer han sido "Sueños de trenes" de Denis Johnson y "Los cuadernos de Don Rigoberto" del amigo Vargas Llosa.


      Marc Peig

      Libro del año: «No digas nada», de Patrick Radden Keefe.

      Ensayo políticosocial del año: «Como ser antirracista», de Ibram X. Kendi.

      Librodenuncia del año:  «Sin más amigos que las montañas», de Behrouz Boochani.

      Grandes debuts en narrativa: Xavier Mas Craviotto por «La mort lenta» y Carlota Gurt por «Cabalgar toda la noche».

      Descubrimientos del año (autores): Saša Stanišić por «Los orígenes», Eduardo Lalo por «Simone»,  Claudia Rankine por «Ciudadana» e Ignacy Karpowicz por «Sońka».

      Consagraciones del año: Eva Baltasar con «Boulder» y Han Kang con «Blanco».

      Experimento exitoso del año: «El càstig», de Guillem Sala.

      Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Stefan Zweig, Rebecca Solnit y Per Petterson.

      Propósitos para el 2021: intentar evadirme de tanta novedad y volver a los clásicos (segundo intento). También hacer reseñas más breves ;-)


      Montuenga

      LO +

      Ficción:

      ·       Una joya olvidada: La vagabunda de Sidonie-Gabrielle Colette.

      ·       Un clásico indiscutible: El color púrpura de Alice Walker.

      ·       Una maravilla más en la extensa obra de una autora excepcional (y cuyo premio Nobel la humanidad se va a perder por culpa de esos suecos imprevisibles): Qué fue de los Mulvaney de Joyce Carol Oates.

      ·    Un clásico revisitado (y convertido en thriller por obra de un maestro del género negro): Macbeth de Jo Nesbo.

      ·        La mejor novela histórica leída (y publicada) este año: Ni siquiera los muertos de Juan Gómez Bárcena.

      ·     La mejor primera novela que he leído en muchísimo tiempo: La vida verdadera de Adeline Dieudonné. (Aunque se trate de un texto intimista se lee como si fuera un thriller).

                                                                                                                                                      No Ficción:

      ·       El mejor ensayo filosófico leído este año, riguroso, documentado y repleto de humanidad: La mujer molesta de Rosa María Rodríguez Magda. (Y con entrevista añadida).

      ·     Un ensayo científico muy adecuado para reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb. (Hay sucesos que la ciencia puede prever y al ciudadano medio ni se nos pasa por la cabeza).

      ·     Un texto didáctico, elemental para según quién pero muy instructivo y necesario en los tiempos que corren: Querida Ijeawele de Chimamanda Ngozi Adichie. (Aunque dedicado a las jóvenes, lo deberían leer muchos/as adultos/as).

      LO –

      Ficción:

      ·       Sin comentarios: La hija de la española de Karina Sainz Borgo

      ·     El testamento, poco afortunado, de un clásico indiscutible del género negro (pero a él se le perdona todo): Km 123 de Andrea Camilleri

      ·       Una novela que aburre a las ovejas (en mi opinión, naturalmente): El verano sin hombres de Siri Hustvedt.


      Oriol Vigil

      -Mejor novela: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

      -Otras novelas destacables (por citar sólo unas cuantas): Personajes desesperados, de Paula Fox, Tennessee, de Luis Gusmán, El quimérico inquilino, de Roland Topor, El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin, Bubu de Montparnasse, de Charles-Louis Phillipe, Ethan Frome, de Edith Wharton

      -Mejores antologías: La condena, de Franz Kafka, El séptimo caballo, de Leonora Carrington, Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor

      -Lo mejor en no ficción: La canción de las máquinas, de Sherwood Anderson, El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro 

      -Tochazos: Sexual Personae, de Camille Paglia, Los mandarines, de Simone de Beauvoir 

      -Libros decepcionantes: El lado de la sombra, de Adolfo Bioy Casares, Barbazul, de Kurt Vonnegut, The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson, Reinas del abismo, de varias autoras

      -Autores descubiertos: Isaac Asimov, Roland Topor, Mijaíl Bulgákov, Ursula K. Le Guin

      -Empacho de: Literatura decimonónica, narrativa juvenil y fatalismo

       

      Santi 

      Dentro de lo poco que he conseguido leer este año, por falta de tiempo y de ánimo, afortunadamente ha habido algunas grandes lecturas que me han salvado el año:

      • Panza de burro de Andrea Abreu: creo que es para mí la lectura del año, por sorprendente y rompedor, este relato canario (muy canario) del proceso de crecimiento de dos niñas;
      • Basilisco de Jon Bilbao: esta no es una sorpresa, porque Jon Bilbao es un escritor consolidado, pero esta es probablemente su mejor obra. Y ni siquiera sé en qué género se clasifica;
      • Casas vacías de Brenda Navarro: una dura aproximación a la (no) maternidad, algo tremendista pero muy poderosa también.
      • La cresta de Ilión: un acierto más de la editorial Tránsito, esta reedición o revisión de un texto de la mexicana Cristina Rivera Garza sobre la identidad, los desaparecidos, el lenguaje....
      • El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Ţîbuleac, una historia cruda y poética, otra aproximación diferente a la relación entre un hijo y su madre;
      • Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: la madre francesa de la autoficción (el padre francés sería Carrére) ofrece un relato autobiográfico centrado en la relación de la autora con su madre

      Otras lecturas interesantes (ya digo que este año no han sido muchas) incluyen géneros como la crónica (El peón de Paco Cerdá), la ciencia ficción nacional e internacional (36 de Nieves Delgado, Bionautas de Cristina Jurado o El apagón de Connie Willis, aunque esta última la dejé a medias), el cómic (Los puentes de Moscú de Zapico), y cómo no, algo de literatura portuguesa, como El retorno de Dulce Maria Cardoso o De la naturaleza de los dioses, del "inevitable" Lobo Antunes. También di mi opinión sobre el "fenómeno Sally Rooney", y me hizo especial ilusión reseñar la primera novela de una buena amiga, Penínsulas rotas de Magdalena López.

      Hubo otras lecturas incompletas o que me gustaron menos, pero bastantes cosas malas ha tenido ya 2020 como para terminarlo recordando lecturas decepcionantes...