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domingo, 11 de noviembre de 2012

Reseña interruptus: Contraluz de Thomas Pynchon

Idioma original: inglés
Título original: Against the day
Año de publicación: 2006
Valoración: decepcionante

Esta, queridos amigos ULADianos, es la reseña de un fracaso, pero no sé muy bien si de un fracaso mío o de Thomas Pynchon. El caso es que no he conseguido terminarme Contraluz. Empecé a leerla con mucho ánimo; luego la fui abandonando poco a poco para dedicarme a otras lecturas; y ahora mismo ya tengo que reconocer que me da una terrible pereza retomarla, y que es mejor reconocerlo: no voy a seguir leyendo. Que conste que considero a Thomas Pynchon un gran escritor, uno de esos eternos candidatos al Nobel con toda justicia atendiendo a su originalidad: V es una novela alucinógena que en cuanto a exigencia está al nivel de los libros más exigentes, pero que, precisamente por su ambición y su imaginación desbordada, me atrapó; La subasta del lote 49, más breve, pero igualmente psicodélico, es una lectura recomendable para enfrentarse a este autor; no he leído El arco iris de gravedad, que algunos consideran su obra maestra.

Describir una novela de Thomas Pynchon nunca es fácil; usando una analogía (que será imprecisa como todas las analogías) se podría decir que Pynchon hace con la novela lo que Schöenberg con la música sinfónica: la despoja de algunos de sus elementos más reconocibles (la armonía, la melodía; la trama, los personajes como seres complejos psicológicamente) y resulta por eso mismo desconcertante e incluso desasosegante. Más que con una estructura narrativa, Pynchon juega con temas y resonancias que se repiten aquí y allá, y con distintos niveles de realidad que se entrecruzan en el texto. A todo esto se añade una ironía y un humor juguetón (los nombres de los personajes son a menudo notoriamente ridículos) y muchas veces paródico (en el original inglés, por lo que se lee, se incluye una alternancia de estilos literarios que me temo que se pierde, o se atenua, en la traducción española).

En Contraluz algunos de estos temas son la duplicidad (de identidades, de nombres, de situacione), simbolizada especialmente por el espato de Islandia, un misterioso mineral que permite refractar la luz y acceder a dimensiones paralelas; la relación entre luz y energía, con el inventor Nicola Tesla como invitado de honor; o el tema de la venganza, que domina la relación entre muchos de los individuos que pululan por la novela.

La construcción en forma episódica, saltando de una localización a otra (literatura cosmopolita, sin duda, la de Pynchon) hace difícil seguir a tantos personajes (más bien nombres, o "actantes", en el sentido de que hacen o les suceden cosas pero escasamente parecen portar una personalidad individual), de manera que la atención del lector debe centrarse en cada pasaje particular, renunciando casi por completo a intentar abarcar el conjunto. Así, uno puede seguir con interés las aventuras de "Los chicos del azar" o de los Traverse, para luego perderlos de vista durante muchas páginas, y volver a encontrarlos

El problema, diría yo, es que esta peculiar técnica de escritura solo funciona con una de dos condiciones: o que cada uno de los episodios sea verdaderamente seductor y mantenga la atención del lector (caso de V); o que la novela sea lo suficientemente corta como para terminarse antes de agotar al lector (caso de La subasta del lote 54). Contraluz no cumple ninguna de las dos condiciones (son más de 1000 páginas con páginas divertidas y otras que no llevan a ningún sitio especial), lo que conduce al fracaso. Lo que no sé es si al fracaso de Pynchon o al mío...

También de Thomas Pynchon en UnlibroaldíaVinelandLa subasta del lote 49

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Thomas Pynchon: Un lento aprendizaje


Idioma original: inglés
Título original: Slow learner
Año de publicación: 1984
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: recomendable

Hasta ahora mis valoraciones de los libros de Pynchon que he ido leyendo han sido más bien, ejem, variopintas. Hasta hace pocas semanas, supongo que mediatizado por las opiniones siempre extremas sobre sus grandes novelas, la intimidadora  Mason y Dixon o el célebre Arco iris de gravedad, ni tan siquiera era consciente de que existiera este Un lento aprendizaje, asequible tomo de no mucho más de 200 páginas que contiene cinco relatos fechados entre 1957 y 1964. Y mirad por dónde que el libro se erige en el primer Pynchon que puedo juzgar con cierta sensación no-alterada, tras encontrarme en mis dos experiencias anteriores con esa contradictoria situación de hallarse ante un escritor de primera categoría, pero incapaz, en un juicio personal que entiendo perfectamente sea rebatido, de sostener la coherencia argumental y el pulso firme a lo largo de toda una novela. 
Lo primero que choca aquí es el prefacio en que Pynchon se dirige al lector: una imagen que hasta ahora no había apreciado en su obra, con sus personajes siempre interpuestos. Curioso como se muestra implacable al valorar los textos que, tal como describe, escribió en varios casos cuando estaba en plena formación académica. Tan implacable y tan duro consigo mismo que el lector puede preguntarse, más con ese mito que lo ha retratado como una persona esquiva (y entonces creemos que huraña), cómo fue convencido para publicar textos a los que se refiere no en pocos párrafos de forma algo despectiva, achacándoles, sobre todo, falta de madurez narrativa y graves defectos estructurales.

Son cinco relatos en orden cronológico de escritura, y el Pynchon más relacionado con su obra en formato largo no asoma hasta el tercero. Ahí empiezan a surgir trazas de su estilo posterior: nombres extraños, situaciones surrealistas, relaciones turbias, aunque el formato corto justifica y casi requiere de esa disipación, los dos primeros pueden considerarse apuntes de escritor en ciernes, con un aroma situacionista que podría relacionarlos con Carver o hasta con Capote o Salinger, y los tres siguientes ya pueden considerarse partes del universo creativo de Pynchon, con sus pros y sus contras. Sus pros: un enorme respeto por la forma, un uso del lenguaje a pleno rendimiento, con fragmentos que no contienen ni una coma fuera de su sitio, que abarcan cuestiones y detalles de las que muchos son incapaces en capítulos y capítulos. Y sus contras: esa densidad es a veces inhumana, difícil ya no de comprender sino incluso de seguir. Así que se puede empezar por asistir a una especie de recepción, ser un grupo de niños que parezca una guisa del club de los cinco. Pynchon decide dónde lleva al lector y eso no siempre es un lugar agradable. Los dos primeros cuentos apenas apuntan esas maneras, aunque sean dos historias solventes, sobre todo el primero, quiero decir, recordad el autor del que estamos hablando, tienen recorrido como historias, tienen personajes que parecen el mismo al final del relato que al principio, tienen una intención narrativa directa.
A partir del tercero, muy adecuadamente titulado Entropía, veinte páginas de situaciones vecinales extrañas llenas de citas culturales de distinta índole, el estilo del escritor ya es plenamente reconocible hasta llegar a La integración secreta, brillante texto que a ratos parece de aventuras, a ratos surrealista, siempre fiel al peculiar modo de escribir del elusivo escritor. Impecable en las formas, críptico en el fondo, inclasificable en la combinación de los dos factores y, para mí, que sigo coleccionando sus libros a la par que las experiencias extrañas en sus lecturas, aún inescrutable e inexplicablemente, pidiendo a gritos una segunda lectura.


Otras reseñas de Pynchon en ULAD: aquí

lunes, 20 de mayo de 2013

Thomas Pynchon: La subasta del lote 49

Idioma original: inglés
Título original: The crying of lot 49
Año de publicación: 1965
Traducción: Antonio-Prometeo Moya
Valoración: intragable

Veamos. Si elijo una novela corta, de un autor de culto, es con buenas intenciones. Comprobar si su estilo me atrae hacia algunas de sus grandes obras. En el caso de Pynchon, a ese El arco iris de gravedad que parece ser, unánimemente, una de las obras magnas de la narrativa norteamericana del siglo XX. O sea, señor juez, mi intención era la mejor.
Qué culpa tengo, entonces, si La subasta del lote 49 quizás no sea una obra representativa del talento de Pynchon. Al que también, por cierto, acudo como consecuencia de la rendida admiración que por él sentía David Foster Wallace. 
No me hagáis justificarme más entonces, vamos.
Porque lo de Pynchon en esta novela no sé ni cómo abordarlo. Pero ya le puse un "no sé" a un libro hace unos días y ha habido alguna que otra etiqueta no homologada. Así que intragable. Lo cual define a esta novela.

Primero, por el engaño en la estructura: el libro empieza con, por lo menos, un pie en una cierta concreción y en una trama físicamente comprensible. Hasta el capítulo dos, aunque los desvaríos ahí ya empiezan a arreciar, quien lee es capaz de mantener un cierto seguimiento más o menos difícil. Claro que se vislumbra un crescendo, pero, digamos, el globo aún mantiene un vínculo con la superficie. Pero  es que son seis capítulos. Y en cada uno la maraña crece exponencialmente. 
Segundo, por las trampas cultas, o cultistas, intercaladas. Que aportan una desagradable sensación (unidas a mi pre-concepción particular de que cualquier Pynchon tenía que ser bueno) de que el libro no te gusta porque no eres capaz de entenderlo. Que te pierdes algo por carecer de referencias o de background cultural o lo que sea. La incrustación de una obra entera de teatro de corte clásico en, creo, el tercer capítulo, no hace más que agravar esa impresión, la de que ese es un nudo importante y que había que fijarse. Otras: las clásicas menciones a la Alemania nazi, a Freud, a ex-presidentes y otros iconos del imaginario USA.
Tercero, porque no me he enterado de nada. Así de sencillo. Lo del sexto capítulo, en el que, pobre de mí, albergaba la esperanza de encontrar alguna clave que desvelase ya no todo, sino alguna cosa. Madre mía, leído, para hacerlo despejado, a las ocho de la mañana de un día claro y fresco después de haber dormido profundamente. Imposible, sacar otra cosa que palabrería desmadejada y alucinada, acoplamientos inverosímiles de sustantivos y adjetivos, hastiado (que ya cuesta hastiarme) de ese marasmo de conceptos que no tienen explicación alguna ni apelando a lo onírico ni a lo lisérgico ni a ambas cosas a la vez.
Cuarto, porque si Pynchon quiere que su lector no se entere de nada, pues lo ha hecho muy bien, eso sería una atenuante, ¿no? Pues no: su prosa no es lo suficientemente brillante como para salir airosa del embrollo en que se (nos) mete. Aquí no hay forma a cambio de fondo.
Pocas veces (recuerdo La ciudad de Mario Levrero) me había sentido tan desesperantemente confuso leyendo una novela. Por añadidura es una confusión que no induce al caos, sino al bostezo.
A punto he estado de consultar en Wikipedia acerca de los primeros experimentos con LSD en relación a la fecha de su publicación. Quizás hubiera cuadrado algo. Me hubiera gustado.
Que a David Lynch no se le ocurra hacer una película sobre este libro. Por favor.

También de Thomas Pynchon en Unlibroaldía: Vineland, Contraluz

domingo, 20 de diciembre de 2020

VVAA: Thomas Pynchon


Idioma original:
español

Año de publicación: 2016

Valoración: muy recomendable

Perdonaréis los lectores que aproveche esta reseña para analizar un poco mis hábitos de lectura e incluso mi comportamiento ante ciertos retos. Unas breves frases confesionales y ya paso a lo que os interesa. Hasta la fecha, ninguno de los cuatro libros de Pynchon que he leído (una colección de relatos y tres novelas) me ha entusiasmado. Incluso con el primero, La subasta del lote 49, tuve un serio encontronazo con muchos lectores, cuyas consideradas, pero razonadas, réplicas a mi valoración (intragable) me obligaron a plantearme si no había leído la novela demasiado a la ligera.

A pesar de lo cual, no solamente lo he seguido leyendo y haciéndome con toda su obra, sino que pienso llegar hasta el final. Leeré todas sus novelas y mi opinión la basaré en esa experiencia sin dejar cabo suelto alguno.

Por supuesto, la tentación de un libro dedicado a su obra como es este Thomas Pynchon era demasiado poderosa. Incluyendo firmas como Jon Bilbao o Rubén Martín Giráldez, no hay duda alguna de que buenos escritores escribiendo con total libertad sobre ese mito viviente (mito por los motivos que sea, incluyendo, por supuesto, la enorme carga de morbo que acarrea el misterio en torno a su persona) como son los autores de los artículos que configuran este brillante texto, no solo son un gancho si el escritor (tentado estoy de llamarle "el personaje") te interesa. Casi es un recorrido no exento de ironía por los resortes que convierten a un escritor de vocación artísticamente minoritaria, nada más alejado del mainstream literario por mucho que nos parezca, en una figura de culto, en una especie de icono popular capaz de apelar menciones en series televisivas, en una estrella brillante en un firmamento a veces demasiado embarullado. Aquí los escritores han de ser a la vez críticos, columnistas, tertulianos, guionistas, redactores anónimos de lo que vaya saliendo, y vete a saber si camareros para ganarse la vida. Pynchon solo aparece a través de su obra y de fugaces apuntes y eso le ha permitido seguir adelante pero, claro, hablamos de Estados Unidos y una poderosa industria editorial que sustenta a toda clase de autores, y elevarse a ese status levantando admiración, la suficiente para dar para varios estudios y mantener un ejército de fans digamos que irredentos, aunque me da a mí, puede que sea mi caso, que para ser fan de Pynchon hay que pasar una especie de período de adaptación que podría certificarse con un examen para ver si se han comprendido sus novelas y se ha captado un porcentaje significativo de su multitud de referencias.

Y Thomas Pynchon, el libro, es hasta Pynchoniano en su afán. Textos que lo ensalzan, textos que hablan de las conexiones entre sus obras, textos que estudian en profundidad alguna de ellas, textos que se atreven a convertirse en complementos a sus novelas (aquí tenemos una nueva andanza de Doc Sportello), algunos más académicos, algunos (dejad que destaque a Jon Bilbao) más osados en lo creativo, algunos casi informativos - uno habla del tráfico generado en la Wikìpedia por sus seguidores y de las Wiki-páginas dedicadas a sus novelas - otros que son semblanzas de sus novelas más célebres, todo teñido de un espíritu gozosamente literario, no despojado de un sentido irónico que tiene su culmen en la intervención de ese rara avis que es Rubén Martín Giráldez: en su artículo aún no me ha quedado claro si Mason y Dixon le gustó o la considera un proyecto fallido (casi me pasó lo mismo, lo expliqué en la última Tochoweek). Con lo cual resulta, tildadme de sacrílego, que un estudio o un compendio de artículos sobre Pynchon, casi me ha parecido más digerible en su variedad y en su heterogeneidad de planteamientos, que sus propias novelas. Que seguiré, por supuesto, comprando y leyendo. Lo cual no deja de ser, también, bastante Pynchoniano.

viernes, 25 de agosto de 2017

Thomas Pynchon: Vicio propio

Idioma original: inglés
Título original: Inherent Vice
Año de publicación: 2009
Traducción: Vicente Campos González
Valoración: se deja leer

Con pies de plomo. Así es como he de andarme con Pynchon. Que lo sencillo hubiera sido una relectura de La subasta del lote 49, sugerida, condicionada, guiada por las amables críticas que la contrarrestaron. Una cosa muy correcta, del estilo, gracias mil, lectores, vuestra clarividencia me ha abierto los ojos, vuestros comentarios han conducido mis pasos hacia una nueva dimensión de la lectura, han sido como el interruptor que ha dado con la luz perfecta que lo ha aclarado todo. Me retracto en ciertas cosas, me corroboro en otras, pero gracias. Quizás a continuación hubiera hecho lo mismo con El Anticristo. Qué panorama más idílico: yo contento por haber saciado mis puntuales ganas de ensañamiento, el lector interactuando en defensa del objeto de mi saña. Oh. Todos acabaríamos virtualmente cogidos de la mano.
¡Pero! ¿Para qué? Ya seremos buenos otro día, o quizás otro lustro. Aquí se trata de descubrir nuevas lecturas cada día: con contadas excepciones, reseñamos dos veces el mismo libro porque nos equivocamos (buscad, buscad) y a veces hemos hecho eso de la contra-reseña, que obviamente no voy a hacerme yo contra mí mismo. Voy a darles yo carnaza a los que me acusan de bipolar.
Vicio propio es la penúltima novela de Pynchon, de hecho la penúltima publicada en español y se sitúa en unas cómodas 422 paginicas que no son ni las (aparentemente) fáciles de la subasta ni las milipico casi inalcanzables del arcoíris. No subestiméis, por eso, 422 páginas de Pynchon. Sobre todo, como los Gremlins, pasada la medianoche, cuando el silencio arrulla y el sueño acecha. Vicio propio, leo en Wikipedia, pasó a la gran pantalla (interpretada por Joaquin Phoenix, dirigida por Paul Thomas Anderson), lo cual, a algunos días de empezar a leerla, me hace especular con la posibilidad de una trama y un desarrollo hacia algún sitio. Algún sitio en este planeta, o al menos en esta galaxia.
Alto: he dicho especular. A ver si alguien va a pensar que Pynchon en modo asequible es Ken Follett. Al principio, de hecho, parece James Ellroy, o Lehane, o Elmore James. Sí, la contraportada habla de novela negra y en cuanto situamos en escena investigadores, magnates del tema inmobiliario, matones y todo esa parafernalia, es fácil pensar que la cosa va a pisar terreno firme. Aunque sea la California de la era hippy y muchos de los protagonistas parezcan actuar en medio de ciertos efluvios o bajo cierta influencia. Aunque esa influencia parece ser también la que marca el tono de la trama hasta un punto algo desconcertante. El arranque, con Doc Sportello como detective o investigador contratado por Shasta, ex amante ahora emparejada con Mickey Wolfmann, empresario de éxito, desaparecido, se sospecha, por algún motivo relacionado con su mujer y el amante de ésta, es un arranque prometedor ya que amaga con ser concreto. Pero pronto esta concreción se pone en duda. Surgen los personajes de distintos pelajes y surgen los hechos confusos. Parece que la bruma de humo de canuto se sitúa entre libro y lector y la cuestión empieza a volverse fractal. Sportello empieza a investigar, a visitar gente de los círculos de empresario y, cosa de esperar, el desfile de personajes empieza a producirse, asistiendo a una más que variopinta muestra de todos los estereotipos de la época hippy en California, que es como decir en pleno centro del fenómeno a escala global. Vietnam, el FBI, organizaciones de extrañas siglas, gente de extraños nombres, policías, Las Vegas, músicos de la era psicodélica, fulanillas, la generación del amor, encuentros sexuales muy de soslayo, drogadictos en distintos estados de intoxicación y desintoxicaxión, menciones varias al caso Manson como punto de inflexión de esa especie de nube-letárgica-en-la-que-total-no-hacemos-daño-a-nadie-más-que-a-nosotros-mismos.
En fin: el terrible lastre de Vicio propio es querer combinar una trama más propia, lo dicho, de Ellroy o de Chandler, con los erráticos hábitos narrativos de Pynchon. Seguro que no hay un solo párrafo que no pueda extraerse como ejemplo de la meticulosidad del hermético escritor, pero a la vez el lector confía en que todos esos rastros más o menos mundanos acaben llevando a un lugar seguro y concreto, como si por un momento nos olvidáramos de que quien firma esta novela no es precisamente alguien que vaya a ponerlo fácil. Y no. De hecho, como poniendo a prueba nuestra paciencia (en mi caso, con 60 últimas páginas casi interminables), a tres páginas del final aún surgen esporádicamente nuevos personajes.

Y no es lo peor. Lo peor es que, obsesionado como estoy por hallar la clave secreta, el código máquina de su obra (la de DeLilllo me costó cuatro intentos, hasta encontrar "Ruido de fondo") mi próximo intento con Pynchon, carne más que segura de una futura TochoWeek, van a ser las 954 arredradoras páginas de la edición de bolsillo de "Mason y Dixon".

lunes, 20 de julio de 2020

Tochoweek IV #1 -Thomas Pynchon: Mason y Dixon


Idioma original: inglés
Título original: Mason and Dixon
Año de publicación: 1997
Traducción: Jordi Fibla
Valoración: árboles que no dejan ver el bosque

Aquí me tenéis, de nuevo, rindiendo tributo al ex-compañero y fundador del blog al que (mucho antes de la pujante "bastante recomendable") no le gustaban las etiquetas que se salían de un casi numérico criterio de valoración.
Y aquí me tenéis, de nuevo, poniendo a prueba mi resistencia con un cuarto intento (el más prolongado en extensión, y cuidado que aún no descarto subir la apuesta con el célebre arco iris) de descifrar los códigos que, me reafirma lo leído en el esplendoroso libro de Eduardo Lago, contiene la obra de Pynchon, códigos que convierten a Pynchon, si el organismo le aguanta y los raritos de la Academia se marcan el detalle, en uno de esos constantes candidatos al Nobel.
Y aquí me tenéis de nuevo (fin de la anáfora) incapaz, a pesar de mi capacidad de brega y mi creciente experiencia con los autores difíciles, incapaz, dije que se acababan las anáforas, ¿verdad?, de descodificar del todo esas novelas, porque Mason y Dixon ha sido agotadora por lo extensa, 958 páginas en el ejemplar que he leído, aunque llevadera en su dinámica de lectura: uno comprende tan pronto - echad la culpa al post-modernismo- que el libro se va a alejar de los parámetros narrativos convencionales que interrumpir su lectura (dado que - ya os hablé del coordinador - este blog no puede esperar tres meses a que yo acabe un libro para aportar una reseña) y acudir a otros libros, acaba sin representar inconveniente alguno. Así es Pynchon, perdiendo tanto al lector, que es comprensivo con que el lector decida perderse solo. Porque los cientos de personajes y situaciones que pueblan el libro, de la forma más anárquica y con los dos únicos hilos de una supuesta narración de las andanzas, en el entorno de la tradición oral, y la propia historia contada, la de un agrimensor y un astrónomo que, por encargo de la Royal Society, van a trazar la línea fronteriza entre los estados de Pennsylvania y Delaware, allá por la segunda mitad del siglo XVIII, esos cientos de personajes con procedencias y nombres extraños no son para memorizarlos ni para retener mentalmente en qué estado quedan conforme avanza la lectura. Esto que acabáis de leer va a ser lo más parecido a una sinopsis que vais a leer en esta reseña, que voy a intentar que ni se extienda ni se reitere.
Porque está claro que intentar abarcarlo todo sería estúpido: Mason y Dixon es la creación de un escritor meticuloso que no comete un error en ninguna frase, cuyos párrafos más floridos (los hay a cientos) servirían de ejemplos rutilantes para cualquier virtud literaria objetiva; así son de imaginativos, de ricos en expresiones, en rigor histórico, en ambición. Cada capítulo, más de 70, parece una escena concluyente en un opus planificado, parece, para mostrar un momento clave en el nacimiento de esa gran nación tan cohesionada y poderosa que se atreve a asignarse a sí misma la representación de todo un continente. Algunos personajes son extraídos de la realidad y les es asignada su participación en hechos para que cuadren con esa gran historia subyacente, la de un par de tipos llevando a cabo el encargo y encontrándose gente a su paso, ya desde su salida en barco desde Inglaterra. Parece ser que el complemento perfecto para disfrutar del libro es empaparse bien de la historia de la época y reconocer a alguno de los personajes (supongo que eludiendo a la pata mecánica que vuela a toda velocidad y al reloj que habla, antes del iWatch) en los cometidos reales que les ha deparado la historia. Pero es curioso, tantas páginas, y mi lectura del libro no me ha deparado empatía con sus protagonistas. No puedo decir que los he comprendido cuando a duras penas he llegado a distinguirlos. Supongo que es premeditado, que Pynchon (mencionemos otra vez el post-modernismo, venga) no quiere estructuras narrativas clásicas. Que sus referencias a personajes como si le conociéramos de toda la vida (cuando irrumpen en cualquier momento) no son más que finas alegorías a la imprevisibilidad y a la propia complejidad de las sociedades. Vale, aceptemos eso y renunciemos a parámetros clásicos. Mason y Dixon, planteada esa circunstancia, es legible, es disfrutable, deleitable y placentera, incluso el final, las últimas páginas, que parecen desarrollar una conclusión de tono solemne. Disfrutable en sus partes, en frases y párrafos, pero casi refractario en su conjunto, cuando nos preguntamos si ese esplendor en la forma combinado con esos conceptos subyacentes en el fondo no son muros ante el lector, más que puentes hacia el lector, cuestión que me temo que no soy capaz de dilucidar,
Eso sí: aún no me he enterado qué pintaba el perro hablando.

martes, 20 de noviembre de 2012

Thomas Pynchon: Vineland

Idioma original: inglés
Título original: Vineland
Año de publicación: 1990
Valoración: Muy recomendable


A estas alturas, ¿qué esperamos de una novela? Probablemente, no mucho. Las grandes aventuras literarias pasaron a la historia. Se han convertido en clásicos y ya no sorprenden a nadie. La comodidad se ha adueñado de las plumas, de los sofás y los despachos, nadie quiere ya molestarse mucho en emprender algo costoso de hacer y consumir asumiendo los riesgos que supone poner en circulación una obra con inciertas garantías de éxito. Al enorme bazar en que ha llegado a convertirse lo literario le conviene más acostumbrar a los lectores a una serie de esquemas trillados tanto en contenido como en forma. De ahí que la escasa (o ninguna) rebeldía y la ausencia de experimentación constituyan la mayor parte de la cosecha ficcional de las últimas décadas.

No voy a hablar de Pynchon porque, ni conozco suficientemente su obra ni tengo intención de repetir aquí el puñado de frases con que suelen referirse a él y a sus escritos. Quien tenga interés que las busque. Me ceñiré, pues, a Vineland. Una novela poco recomendable para quien no quiera complicarse demasiado la vida, porque Pynchon terminará, quiera usted o no quiera – a no ser que interrumpa la lectura – arrastrándole a un apasionante e incierto viaje a través de tierras imaginarias, tiempos futuros o espacios terrenales habitados por no-vivientes, de la mano de inolvidables personajes, tiernos o crueles, desorientados de una forma u otra, marginados a veces, siempre marginales.

La postura política del autor es diáfana, su intención crítica también, sus destinatarios, aquellos que no se sientan demasiado incómodos por sus ataques y se tomen la molestia de seguirle. El lector se trasladará, entonces, a los inquietos 60, con sus experimentos, rebeldías, hallazgos y la consiguiente represión por parte del poder; con constantes avances y retrocesos entre esta época y la de dos décadas más tarde, merodeará por unos Estados Unidos más misteriosos (o mágicos o inexplorados) de lo que son realmente, por un país tan irreal como verdadero en lo más profundo, pues la metáfora desvela todo lo que oculta la superficie. Los personajes no están demasiado definidos, tampoco los lugares ni los hechos. En eso reside parte de su encanto ya que, con unas cuantas pinceladas impresionistas, perfila un paisaje más exacto y reconocible que si lo hubiese retratado detalladamente. Mediante una combinación de fantasía y realidad, que logra a base de superponer elementos esotéricos y pseudocientíficos, nos sitúa en unos años 80 que parecen emerger de siglos futuros pero recrean un pasado que es a la vez presente y que, por desgracia, puede proyectarse en el tiempo.

La trama gira sobre varios ejes: la lucha entre un sector de la juventud y el poder establecido de la época de Nixon – que se prolongará hasta la de Reagan –, los esfuerzos de este poder por introducirse en los grupos rebeldes y corromper a sus miembros más vulnerables, la consiguiente traición a ideales, pareja y amistad; la música y el cine como medios de transformación social, la separación familiar que provocan los hechos – con la nota emotiva a cargo de la joven Prairie, que busca interminablemente a una madre fantasma, engullida por el sistema –; la violencia que generan tanto la represión como la resistencia a esta, así como las derivaciones y consecuencias de todo ello.

Un relato apasionante, en el que encontrarán mucha ideología, mucha acción – pero poco usual, nada que ver con el trepidante ritmo de los thrillers – aunque, como apuntaba al principio, a través de una lectura nada cómoda.



También de Pynchon: Contraluz

miércoles, 10 de octubre de 2012

Premio Nobel 2012: Hagan sus apuestas

Un año más ya estamos en vísperas de que se conozca el Premio Nobel de Literatura, y como siempre cada cual tiene sus favoritos. En ULAD no vamos a ser menos, así que aquí va nuestra particular quiniela (mañana sabremos si hemos acertado).

Vamos a proceder por eliminación: a la Academia Sueca le gusta repartir sus gracias con variedad (un año aquí, otro en la otra punta del globo...), así que nuestra primera apuesta, considerando que el año pasado ganó Tranströmer, es que este año el premio no será para ningún europeo, o por lo menos para ningún europeo-occidental (dejamos fuera de las apuestas, por tanto, a candidatos sólidos como McEwan, Magris, Lobo Antunes o Cees Nooteboom). Por el mismo motivo, también apostaría a que este año no va a ganar un poeta (lo siento, Adonis, otro año más que te quedas sin premio).

Don DeLillo
Seguramente, por lo tanto, volverá a ganar un narrador (novelista o cuentista), no europeo. Los estadounidenses pueden tener muchas opciones, por dos motivos: hace ya casi veinte años que ningún yankee gana el Premio Nobel (la última fue Toni Morrison en el 93), y además hay varios candidatos fuertes, con lo cual podrían premiar a uno para, simbólicamente, premiarlos a todos. Los principales favoritos estadounidenses hoy en día son Philip Roth (de quien sin embargo dicen que tiene mala prensa en la Academia Sueca), Don DeLillo, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy, entre otros. DeLillo o Pynchon son, creo, los que más posibilidades pueden tener, porque son casi unánimemente aclamados por la crítica. Lo del Premio Nobel para Bob Dylan yo no me lo acabo de creer.

Alice Munro
Si miramos fuera de EE.UU., los académicos también tiene donde elegir: todavía en América, pero más al norte, nos encontramos a Alice Munro, cuentista canadiense que puede beneficiarse si los suecos deciden darle el premio a una mujer este año (lo que no quiere decir, ojo, que no se merezca el premio). En África el candidato más fuerte es Chinua Achebe, grandísimo narrador nigeriano, aunque también suena el nombre de Ngũgĩ wa Thiong'o; en Asia, por mucho que me duela, el nombre más repetido es el de Murakami, junto con el del chino Mo Yan. Y en Europa, pero en Europa del Este, tenemos también grandes candidatos como Ismail Kadaré, Milan Kundera o Peter Nadas, del que confieso que no he leído nada (perdón por el chiste).

Enrique Vila-Matas
¿Y los españoles, preguntará alguno? Pues se habla de los de casi siempre: Javier Marías, Enrique Vila-Matas y, algo que a mí me sorprende, Eduardo Mendoza. Pero este no va a ser el año: no solo porque como he dicho antes no creo que este año gane ningún europeo, sino porque está muy reciente el premio a Vargas Llosa, y que ganasen dos escritores hispanohablantes tan seguidos sería muy sorprendente. (Dejando aparte el hecho de que la literatura española actual no está EMHO a la altura de las más grandes de la literatura mundial, pero ese es otro asunto).

En fin, que si nos pedís uno o dos nombres, nos quedamos con DeLillo y Pynchon. Pero también es posible que la Academia Sueca nos sorprenda a todos premiando a un casi-desconocido. Mañana lo sabremos...

lunes, 13 de junio de 2011

Don DeLillo: Punto omega

Idioma original: inglés
Título original: Point Omega
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Si me preguntasen quiénes son los grandes nombres de la novela norteamericana actual, me vendrían a la cabeza Philip Roth, Paul Auster, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Roth es el más "clásico" de todos en cuanto a las técnicas y a los asuntos de sus obras; quizás sea también el más denso, el más académico de todos. Paul Auster es un torrente de imaginación, aunque ya se nota cierto agotamiento y cierta repetición de temas y trucos. Thomas Pynchon es un mundo aparte, una revolución literaria en sí mismo, desconectado de este universo en el que vivimos el resto de los mortales. ¿Y DeLillo? Pues es una mezcla de todos los demás, aunque está más cerca de Thomas Pynchon que de Philip Roth; con la diferencia de que él no rehuye los problemas contemporáneos (guerra, terrorismo, pensamiento único, maquinización, aislamiento).

Punto omega es una novela de lo que los críticos (que lo han leído mucho más que yo) han llamado late DeLillo: tramas más sencillas, un estilo entrecortado y minimalista, personajes esquemáticos... También han dicho los críticos (que son mucho más perspicaces que yo) que la novela tiene forma de haiku: empieza y termina con una escena en la que los personakes observan en el MoMA la instalación 24 Hour Psycho, del británico Douglas Gordon, en la que la película original de Hitchcock se ralentiza hasta durar, en su proyección total, 24 horas. Esta lentitud permite percibir detalles que en la versión original pasan desaperibidos. Y esta misma ralentización es la que (dicen los críticos) ha llevado a cabo DeLillo con su narrativa, sin apenas acción.

La recepción de la novela ha sido generalmente positiva, con algunos reproches. Yo me sumo a quienes han alabado la técnica y la personalidad del autor. Los personajes son, verdaderamente, mínimos y casi abstractos, irreales: Richard Elster un oscuro asesor filosófico-militar del Pentágono, retirado después de la Guerra de Iraq; el cineasta Jim Finley, cuyo único producto hasta la fecha es una película hecha con recortes de Jerry Lewis y que ahora quiere filmar una novela de Richard Elster en un único plano-secuencia; y Jessie, la hija del primero, misteriosa y traumatizada, detonante de los únicos atisbos de verdadera intriga de la novela. Los tres conviven en una perdida cabaña en el desierto, viendo, sintiendo y pensando el paso del tiempo a través de sí mismos y de la realidad.

Pero más importante que la historia o los personajes es la prosa de DeLillo, clara pero casi inconexa, "beckettiana" (han dicho los críticos). O la sensación de incomunicación y de inseguridad que transmite la novela. Es corta y no especialmente rebuscada; pero no resulta una lectura fácil: es desconcertante, desasosegante, y no se sabría decir si es meditadamente superficial o infantilmente profunda. Al final, la sensación (más que el mensaje) que transmite la novela es que todos, los personajes y los lectores (y Don DeLillo) estamos solos delante de nosotros mismos, en la vorágine del tiempo que nos ha tocado vivir.

También de Don DeLillo en ULAD: Aquí

lunes, 4 de enero de 2016

Mario Levrero: La Banda del Ciempiés

Idioma original: español
Año de publicación: 1988
Valoración: recomendable

Debo llevar ya un tiempecito por aquí. Porque ni recordaba que, a cuenta de cierta reseña de Pynchon, mencioné a Levrero y me pareció haber establecido un vínculo algo forzado. Pero no. La lectura de La banda del ciempiés me hace incidir en esa relación, y cada detalle lo confirma. Levrero ubica su narración (no lo sabemos hasta casi el último momento, pero los nombres de los personajes hacen que pronto lo intuyamos) en la anónima ubicuidad de una ciudad estadounidense. Levrero combina nombres para sus personajes que son a la vez cercanos y ajenos. Levrero juega con el tiempo. Proyecta futuro, planea, describe destinos reales e imaginarios. Va hacia atrás y hacia adelante con la única limitación de lo que le exige su intuición.
La Banda del Ciempiés es un grupo de personas que periódicamente, toma cuerpo en algún lugar público y perpetra crueles fechorías al amparo del azar. Pero nadie investigará quiénes son si no hay un encargo explícito para ello. El encargo se produce. Molly, joven vendedora de violetas, se muestra dispuesta a ello, lo que pone en marcha a la agencia Trailler de detectives.
Hasta aquí la premisa de esta novela que podemos considerar una "trama" en el sentido convencional. Porque es solo un punto de partida para que Levrero someta al lector a una desquiciada carrera de obstáculos donde va a encontrarse de todo. Y todo es todo. Secuestros, torturas, desapariciones, crueldad, intriga política, persecuciones, sexo correcto y sexo muy incorrecto, conflictos diplomáticos resueltos a base de mutilaciones, operaciones para alterar los rasgos, nuevas identidades, corrupción, manipulación de los media, inacción policial. Las 190 páginas dan para eso y bastante más, pero, recordad que mencioné a Pynchon, no exijamos que ese tour de force (relativo: la prosa de Levrero es fluida, asequible, poco amiga de andarse por las ramas) sea marcado por la coherencia. Los saltos en el tiempo y el cierre abrupto de alguna historia pueden acabar trastocando a más de uno. En un brillante juego metaliterario, Levrero dedica un último capítulo a autorecriminarse de alguna forma los asuntos que no han quedado cerrados. Pero la sensación de redondez persiste dentro de su disparidad. La Banda del Ciempiés reúne en su dispersión la condición de un trip alucinado que puede leerse en diferentes niveles. Podría situarse la obra en su espacio físico. Un escritor uruguayo escribiendo en Argentina en 1988, ambos países convalecientes de recientes períodos dictatoriales que debieron contar con pasajes evocadores de algunas de las escenas del libro. Tipos que desaparecen tras ser metidos en coches. Caos callejero, revuelta. Podría, cuestión ligeramente tratada en La ciudad, y confirmando la influencia de Kafka en la obra de Levrero, interpretarse en clave de una figura que se repite en muchas situaciones: el individuo solo, agobiado, en peligro, aplastado por una maquinaria o por un colectivo e incapaz de llegar a buen término sin ayudas externas. Son varios los personajes que parecen querer optar por la reinvención.
Levrero ha conseguido suscitar mi interés por su obra. Una obra que ha de ser extraña y difícil, a tenor de lo que leo y en función de los curiosos títulos de algunas de sus novelas. Espero sugerencias de quienes le conozcan.


También de Mario Levrero en ULAD: Trilogía involuntaria, Dejen todo en mis manos

lunes, 24 de septiembre de 2012

Georges Simenon: El ahorcado de la iglesia

Idioma original: francés
Título original: Le pendu de Saint-Pholien
Año de publicación: 1931
Valoración: está bien

Hace (demasiados) años, cuando en el colegio intentaban enseñarnos a "relacionarnos de una forma saludable con el alcohol" (sic) nos hablaban de usar "espaciadores": bebidas sin alcohol intercaladas en medio de las bebidas alcohólicas, para no terminar en coma etílico. No les hacíamos ni caso, claro, pero esa no es la cuestión: a lo que iba es a que yo ahora hago algo parecido, pero con novelas. Entre una novela exigente y otra, o en medio de una novela verdaderamente exigente, me meto con algo más ligero: una novela policiaca, o de terror, o de Terry Pratchett. La novela verdaderamente exigente, en este caso, es Contraluz, de Thomas Pynchon (habrá reseña); y el "espaciador", obviamente, Simenon y su comisario Maigret.

Simenon es casi contemporáneo de Agatha Christie, y sin embargo sus novelas tienen un aire muy distinto. No hay en las novelas del comisario Maigret (por las que Simenon es justamente famoso) no encontramos esos ambientes cerrados, llenos de secretos y sospechas que caracterizan las novelas de Hércules Poirot, por ejemplo. Maigret es un detective de la gran ciudad, París (aunque también viaje en muchas de sus novelas) y Simenon es un autor mucho más costumbrista que Christie, e interesado por ambientes mucho más diversos.

Esta obra en concreto, El ahorcado de la iglesia, es una de las primeras de la serie de Maigret. Quizás de ahí nazca su sencillez narrativa, y su estructura casi lineal. Comienza la novela con un misterio, como debe ser (un joven se suicida con un disparo en la boca después de que Maigret le "robe" una maleta sospechosa), y a partir de ese momento Maigret comenzará su resolución, acumulando pistas en diversas ciudades europeas y haciéndose cada vez más enemigos.

Sin llegar a ser en absoluto un héroe de novela hardboiled, como Philip Marlowe, Maigret es sin duda mucho menos cerebral y mucho más héroe de acción que los más famosos detectives que le preceden, y está más cerca de novelas actuales de tipo procedural (que muestran los procedimientos policiales con una técnica más realista) que de la inteligencia sobrehumana de Sherlock Holmes.

Esta novela, a lo mejor como decía por ser una de las primeras de la serie Maigret, no es nada del otro mundo: es una novela entretenida, poco más. En definitiva, el "espaciador" perfecto para poder seguir luego hincándole el diente a bueno de Pynchon.

Y a ello vamos...

Puede interesarte también: La literatura policiaca

También de Georges Simenon en ULAD: La viuda Couderc, La muerte de Belle

martes, 1 de marzo de 2016

¡¡¡7 AÑOS 7!!!

¡Pues sí, damas y caballeros, señoras y señores, niñas y niños: este blog cumple hoy siete años, siete, ni más menos! ¡Siete años y tropecientas entradas, chorrocientos libros reseñados, mogollón y mil amenazas de muerte! Siete años de opiniones dudosas, valoraciones aleatorias, comentarios indignados... ¡Ay, parece que fue ayer cuando nuestro bebé blog comenzó a dar sus primeros pasos! Pero no nos solacemos con la nostalgia: para celebrar tan venturoso aniversario, hemos preguntado qué opinan de Un Libro Al Día las personas que más nos importan: los escritores, los profesionales del sector literario, la simpática competencia bloguera... Y claro, nuestros seguidores; sí, vosotros también... (qué remedio):


-Giner Marianas (candidato a premio Nobel de literatura): "En estos siete años no he conseguido que hagan una reseña positiva de ninguno de mis libros. Ni siquiera de alguna de mis exquisitas traducciones de la lengua del bardo de Stratford-upon-Avon... Si luego gana el Nobel el japonés ese de las narices antes que yo,  ya sabéis quién habrá tenido la culpa".

-Norberto Rombos (candidato a candidato a premio Nobel de literatura): "Yo siempre digo que un crítico es un escritor frustrado. Y que un reseñista es un crítico frustrado. Por tanto, un reseñista es un escritor doblemente frustrado... ¿O será un escritor realizado? A ver: x+(-x)=... ¿A qué es igual? Es que como soy de letras..."

-López-Bocarte (ex-marino, ex-hombre de acción y sillón Ñ mayúscula de la Real Academia de la Lengua): "¡Menudos cobardicas están hechos! He desafiado a varios de ellos a duelo, ya sea con sable de abordaje o con metralleta UZI y todavía no se ha presentado ninguno... ¡Ja, ja, seguro que aún están escondidos en el retrete, voto a bríos!"

-Andrés Camillero (venerable y longevo escritor piamontés): "Esperen antes de cerrar este blog: tengo preparados unos borradores de listas de la compra que estoy seguro que estarán muy interesados en reseñar".

-Kenneth Forrest (autor de best-sellers internacionales): " What the f*** is Un Libro Al Día?"

-Daniel Epitecandepeich-Gromenauer (testimonio vía médium de reconocido escritor de referencia fallecido, que vende apenas unas centenas de libros): "Gran confianza en este blog. Mi obra póstuma e inédita (pues no llegué a empezarla), titulada 'No se me ocurría ningún título largo e intelectual para mi próximo libro, así que decidí no escribirlo y a tomar viento' ya me han garantizado que será libro del año 2017".

-Helena Ramistein (editora de la editorial Tresalcuarto): "Son insobornables. Ya hemos intentado comprar buenas reseñas ofreciéndoles dinero, sexo, viajes al Caribe y no han aceptado, excepto tres o cuatro de ellos. Bueno, en realidad lo han hecho casi todos, los muy..."

-Onofre McListo (redactor jefe de la revista literaria ¿Pa qué leer?): "Blogs como éste son muy convenientes para la promoción de la lectura en nuestro país. Cuando el público acaba harto de leer sus incoherencias y vaguedades sobre los libros que reseñan, ya no les importa tanto gastarse la pasta en una revista como la nuestra, que les guíe..."

-La plastilina de Rajoy (blog literario de referencia): "Estoy harto de ellos... no hacen más que copiar mis lecturas, de la forma más descarada: si yo reseño a Gaddis, ellos también a Gaddis. Que si a Pynchon, ellos a Pynchon. A Foster Wallace, al que sea... al final me he visto obligado a leer libros de tipos desconocidos y que no me gustan un pimiento, a ver si así... y ni por ésas".

-Destripalibros (blog literario de referencia): "Un poco pesaditos, ¿no?, con eso de reseñar un libro al día.... lo que sea con tal de dejarnos mal a las demás. Además, seguro que se limitan a tirar del corta y pega, como hacemos tod... eh, estooo:  muy buena gente, sí señor... ¡Zorionak, chavales!"

-Basmo (veo faltas y me da un pasmo) (corrección de textos  y tendencia al romanticismo crepuscular): "Todos los reseñadores van a los exámenes de septiembre."

-Karkoma (hater): "Les odio. Les aborrezco. les detesto. Les abomino. Les execro. Les desprecio. Les desdeño. Les maldigo. Les escupo. Les..."

-Anónimo (seguidor): "No me atrevo a dar mi nombre porque me han dicho que son como una mafia, que no perdona las críticas... Un conocido de un conocido mío que se atrevió a firmar un comentario con su verdadero nombre, se despertó una mañana con un Quijote decapitado entre las sábanas... Ha tenido que dejar el país, por si acaso".

Y tranquilos todos, amables lectores y seguidores: mañana vuelven las estupefacientes y chiripitifláuticas reseñas de Un Libro Al Día... ¡hasta el Infinito y más allá!

miércoles, 5 de octubre de 2011

Premio Nobel 2011: hagan apuestas

Este jueves, o sea, mañana, se falla el Premio Nobel de Literatura de este año, y ya están haciéndose las típicas apuestas que aciertan tantas veces como fallan. Hay una cosa que está bastante clara: este año el ganador no será un escritor en lengua española: es muy poco habitual que el Nobel premie dos veces seguidas a escritores en la misma lengua, sobre todo si esa lengua no es el inglés.

Estos son algunos de los (eternos) candidatos al Nobel de Literatura:

Adonis: poeta de origen sirio, candidato al Nobel desde hace una eternidad, este puede ser su año entre otras cosas por los aires de cambio en el mundo árabe: a los académicos suecos les encanta hacer ese tipo de gestos y demostrar que están "implicados" con los acontecimientos. En todo caso, que esta circunstancia externa le pueda favorecer no le resta ni un gramo de valor a su obra poética, sugerente y amplísima.

Philip Roth: aunque su obra sea algo irregular en los últimos tiempos, tiene "fondo de armario" (El lamento de Portnoy, Me casé con un comunista, La mancha humana, Pastoral americana, Elegía...) como para justificar de sobra el premio. Además, hace bastante tiempo (desde 1993) que un escritor estadounidense no se lleva el Nobel. Claro que entre los candidatos hay otros compatriotas suyos igualmente bien posicionados...

Cormac McCarthy: Un autor que se ha hecho conocido para el gran público gracias, diría yo, a las adaptaciones cinematográficas de La carretera o No es país para viejos, pero al que la crítica reconoce sus méritos desde hace tiempo. Con un estilo simple y cortante, ha reflejado la realidad de los Estados Unidos (entre otras cosas) con crudeza y sin tapujos.

Thomas Pynchon: junto con Don DeLillo (otro posible candidato) es el gran experimentador de la literatura estadounidense contemporánea. Obras como La subasta del lote 49, V o El arco iris de gravedad representan una revolución narrativa única en su país y en su época. Si le dan el premio, será interesante ver si Pynchon (alérgico como pocos a cualquier acto público) acude a recogerlo...

Tomas Tranströmer: reconozco que no he leído nada de este autor sueco, que sin embargo aparece año tras año en las quinielas para el Premio Nobel. Es poeta, como Adonis, lo que puede beneficiarle si el Nobel decide romper con una racha de cinco novelistas seguidos...

Ko Un: Otra confesión: acabo de oír hablar de este escritor por primera vez ahora, hace diez minutos. Por lo que leo en la Wikipedia (en inglés: la Wikipedia en español ni siquiera tiene un artículo para él), es un poeta surcoreano, activista en favor de la democracia en su país (un punto positivo para él, según los criterios habituales del Nobel), antiguo monje budista, suicida frustrado por partida doble... En fin, puede ser el "tapado" de las quinielas, y a los suecos también les gusta dárselas de originales de vez en cuando...

Haruki Murakami: Que conste que lo incluyo solo porque aparece mencionado en algunas listas. Pero yo estoy en contra. Entre "muy en contra" y "absolutamente en contra". Sí, Murakami escribe bien, tiene un gran éxito de público, es relativamente original... Pero para mí, su obra no está ni de lejos a la altura de los grandes: es repetitiva, facilona y superficial (toma ya). Como le den el Nobel a Murakami, me pego un tiro. En el pie.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Tom McCarthy: Satin Island

Idioma original: inglés 
Título original: Satin Island
Año de publicación: 2015
Traducción: José Luis Amores
Valoración: muy recomendable 

Hay algo en las novelas de Tom McCarthy que les aporta una peculiaridad. Quizás sea prematuro utilizar alguno de esos topicazos (voz propia, universo particular, etc) pero empiezo a atisbar una poderosa corriente de coherencia, y he de dar la razón a alguna de las referencias usadas para describir sus novelas (Kafka, Pynchon) porque, sobre todo, la actitud de sus protagonistas (la del indemnizado de Residuos y la de este antropólogo de Satin Island) constituye una especie de impronta de la casa. Personajes reflexivos, complejos, jóvenes profesionales formados por encima no de sus posibilidades sino por encima de las necesidades del exiguo y acaparado mundo laboral existente. Que observan, circunspectos, la realidad, y que intentan, a su manera, alguna interacción.

El protagonista de Satin Island se llama U. No sé si este es el primer guiño de McCarthy hacia el lector. Como si cualquiera pudiera ser ese joven que, convocado por el altísimo ejecutivo de la compañía para la que trabaja, recibe el encargo de redactar un informe de crucial importancia para el colosal contrato que la empresa acaba de adjudicarse. Ojo. Esto no es literatura de management. Jamás llegaremos a enterarnos de qué hace su empresa ni sobre qué ha sido contratada ni para vender qué o mostrar qué va a servir ese informe. Si sabremos que, mientras acude a reuniones, imparte conferencias, planifica su trabajo, la vida de U sigue los cauces de una vida normal. Visita a un amigo que ha enfermado. Que le habla de terapias alternativas en que confía para que le ayuden en su enfermedad. Se queda fascinado, en aeropuertos, en hoteles, en Internet, observando el mundo real que sucede a su alrededor. El recorrido de un balón  en un lanzamiento de falta. El flujo del petróleo en un vertido. Las costumbres de ciertas comunidades. Las sospechas tras lo que parece muerte accidental de un paracaidista. Esa materialidad abruma a U, que a ratos parece ver el camino claro. Esa realidad debe penetrar en el Informe que está preparando. Pero no sabe cómo hacerlo. Siente que, en esa artificial cima desde la que ve el mundo, desde ese Londres de la City o desde ese Nueva York, su Informe ha de explicarlo todo. Como si no hubiera otra oportunidad.

Si McCarthy pretendía encerrarnos en un mundo propio, enfermizo, absurdo e irreal, o aleccionarnos sobre la alienación del mundo moderno ya es una cuestión de cómo cada uno afronte su obra. Lethem lo ha intentado, y, para mí, fracasó alguna vez. Pynchon espacia sus lecciones y, a veces, parece ser más un adivinador. Kafka ya lo dejó claro, y hasta Melville, o De Lillo. Que todas estas referencias tengan, cada una, su propia justificación y su propio argumento para ser muy firmes es revelador. McCarthy, con sus obras extrañas, sus pasajes agrestes, sus aparentemente incomprensibles disquisiciones, su formalidad hiperinstruída, empieza a apuntar todos los detalles por los que se ensalza, cada cierto tiempo, a algún escritor como de culto, como preferido de ciertos círculos por encima de lógica y motivos. Empieza a horadar, con algo que parece ser sorna, una grieta inexistente. Pero, por lo que se refiere a mí, nada de hype. Sólido, descarado, firme y tenaz en su propósito. Satin Island es otra magnífica muestra.

También de Tom McCarthy en ULAD: Residuos

martes, 9 de julio de 2019

Enrique Vila-Matas: Esta bruma insensata

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Entre Recomendable y Está bien

No descubro nada si digo que Vila-Matas escribe muy bien. Como tampoco es ningún secreto que disfruta como un cochino jugando (Vila-Matas, no el cochino) con lo metaliterario, la intertextualidad y las citas, sean originales o apócrifas. O que tiene don Enrique un bagaje cultural muy respetable que gusta de exhibir y manejar, y que lo hace con soltura y a veces con gracia. Todos estos son elementos reconocibles en el autor, o al menos es lo que se desprende de las reseñas que aquí se han publicado de todas o casi todas sus obras, porque personalmente solo había leído su anterior novela (Mac y su contratiempo)... y, sí, también en aquella ocasión encontrábamos cosas como las citadas. El maestro Santi, en la Contrarreseña a Kassel no invita a la lógica definía con gracia este cóctel, al que llamaba el método Vila-Matas, y cuestionaba si todo esto es suficiente para armar una novela. La reflexión es igualmente pertinente si hablamos de Esta bruma insensata, pero antes hagamos un boceto sobre lo que en este libro se cuenta. 

Simon es un tipo solitario que vive cerca de Cadaqués y ejerce de traductor y recopilador de citas literarias, actividad esta última a la que Vila-Matas llama hokusai (y que no sé si tiene algo que ver con el pintor japonés, ni si es un invento o realmente existe algo llamado así). Vamos, que entramos de cabeza en el rollo metaliterario. Este buen hombre lleva veinte años suministrando citas (literarias, claro) a un escritor de gran éxito (un tal Rainer Bros) que se oculta del público en algún lugar de Nueva York, una especie de Pynchon germano-catalán, que a su vez mantiene una peculiarísima relación con el Pynchon auténtico –o eso es lo que parece. Pese a la distancia física entre el hokusai y el escritor estrella, su muy diferente estatus y su gélida relación profesional hay algo que une estrechamente a Simon y a su cliente, y al mismo tiempo los separa. 

El texto íntegro es una narración en primera persona que, como puede suponerse, se centra casi en su totalidad en el hecho mismo de la creación literaria. En torno a ella, Simon y Rainer son los dos polos de una dialéctica múltiple que, como las dos vocecitas de la conciencia, encarnan y enfrentan sus respectivas tesis: fe y entusiasmo en el hecho de escribir, frente a desprecio y abandono del ejercicio literario; ficción contra no ficción; creación pura, o intertextualidad; celebridad y anonimato. En última instancia, éxito vs. fracaso. Aunque la reflexión sobre estas ideas (a su vez siempre sembrada de citas) ocupa casi todo el libro, es en su parte final cuando se concretan y en parte podríamos decir que se materializan. Vila-Matas lo hace con inteligencia, claro, no enfatiza a favor de ninguna de las dos opciones, pero de ese magma aparentemente confuso termina el lector por obtener algunas respuestas, aunque siempre abiertas a interpretaciones o sometidas a contradicciones.  

Porque esto, aparentemente novela, tiene bastante de ensayo y también cierto aire lúdico, porque esa colisión entre dos formas de entender la literatura (todo lo nebulosas que se quiera) efectivamente crea tensión entre los personajes, pero esta no se transmite al lector. Poniéndonos unamunianos diríamos que no hay ‘agonía’ ni ‘sentimiento trágico’, solo miradas diferentes, posibilidades abiertas. Se le va a gusto al autor en ese terreno, donde exhibe su agilidad para divagar por distintos caminos sobre el hecho literario y hasta se permite deslizarse en alguna ocasión hacia lo onírico. Y en ese contexto de lo metaliterario, me permito destacar una poderosa imagen, de mucho contenido aunque parece dejada ahí como por casualidad:

(…) Se apiñaban una gran cantidad de familias felices y de familias infelices, tribus rusas y chinas, suegras y cuñados de todas las razas y clases sociales, jóvenes solitarias y señoras de edad, abanderados y no abanderados, camareros y turistas, todos absolutamente indiferentes a la literatura, a la fama mundial del empedernido bebedor Rainer Bros y a mi archivo.

Sin embargo, Vila-Matas parece menos cómodo en terrenos digamos más convencionales. Es cierto que una de las escenas mejor resueltas es el viaje de Simon a Barcelona en el coche de un pintor (donde aparece uno de los pocos momentos de humor), pero en cambio funciona peor el entorno histórico-político que sirve de telón de fondo a la segunda mitad del relato: quizá forzado por la relevancia del momento, Vila-Matas sitúa la acción en la Barcelona de los últimos días de octubre del 17, es decir, en plena efervescencia de la Declaración unilateral de independencia y las situaciones inmediatamente posteriores. Ni qué decir tiene que el decorado resulta algo impostado, o mejor aún, ajeno, dando la impresión de que no aporta nada más allá de un paisaje llamativo. A lo sumo útil –y es que uno siempre tiende a justificar al escritor- para subrayar la imagen que transmite el párrafo que copiaba arriba: la soledad del escritor (escritores en este caso) ante una sociedad que le ignora, sumida en sus propias preocupaciones o en su mera cotidianeidad. O, volviéndolo del revés, el ensimismamiento del autor en su propio mundo, mientras todo se agita a su alrededor.

En fin, que como puede deducirse, el libro, construido con pulcritud e inteligencia, gustará seguro a los fans de Vila-Matas y a quienes disfrutan con los entresijos y las diferentes perspectivas de la creación literaria en sus múltiples facetas. En tanto que novela –lo que quiera que eso sea- con un desarrollo y algo parecido a un argumento, esta última entrega de don Enrique resulta algo más cuestionable. Quizá nos gustaría ver cómo asoma un poco más fuera de esa burbuja, que a lo mejor no es tan autosuficiente como él cree.

Todas las reseñas sobre Enrique Vila-Matas en ULADaquí

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo más de 2012

Ya se termina 2012, un año que nos deja unas cuantas noticias literarias. Mo Yan ha sido un Premio Nobel polémico; Caballero Bonald, un Premio Cervantes comprensible; Philip Roth (que este año ha anunciado que deja de escribir, como Imre Kertesz) un Premio Príncipe de Asturias de las Letras más que merecido; Javier Marías, un Premio Nacional de Narrativa respondón. Este ha sido el año de Dickens, mucho más en los países anglófonos que en España, donde ha pasado algo desapercibido. Y 2012 ha dejado también miles de libros publicados, traducciones, reediciones de clásicos, adaptaciones cinematográficas...

En ULAD queremos hacer nuestro propio resumen del año, y por eso hemos pedido a nuestros colaboradores (o sea, nos hemos pedido a nosotros mismos) que escojan lo mejor y lo peor de su particular año lector. Estas son sus respuestas:

Francesc Bon
Mejor libro de 2012: Plegarias nocturnas de Santiago Gamboa
Mejor clásico: A sangre fría de Truman Capote
Tesoro escondido: Rompepistas de Kiko Amat
Mayor decepción: El niño perdido de Thomas Wolfe
Leeré seguro en 2013: Ciudad abierta de Teju Cole

Montuenga
Mejor lectura de 2012: Vineland de Thomas Pynchon
Mejor clásico: La condición humana de André Malraux
Tesoro escondido: La cuadratura del círculo de Gheorghe Sasarman
Mayor decepción: El cielo de Madrid de Julio Llamazares
El que más me ha costado acabar: La tejedora de sombras de Jorge Volpi

Santi
Mejor libro leído este año: Todo se derrumba de Chinua Achebe
Mejor clásico: El buen soldado de Ford Madox Ford
Tesoro escondido: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos
Mayor decepción: Diario de invierno de Paul Auster
El libro que se me atragantó: Contraluz de Thomas Pynchon

Iván
Libro Descubrimiento: Hace cuarenta años de Maria Van Rysselberghe
Libro más recomendado: Compañía K de William March
Autor con quien no he podido: Mo Yan
Autor al que he dedicado más tiempo: J.M. Coetzee
Libro Hostia: La jungla de Upton Sinclair
Primera lectura para 2013: Chavs. La demonizacion de la clase obrera de Owen Jones (y lo que siga escribiendo)

Por supuesto hay otras listas, pero estas son las nuestras. Estaremos encantados de leer las vuestras en los comentarios... 

jueves, 25 de julio de 2013

William Gaddis: Gótico carpintero

Idioma original: inglés
Título original: Carpenter’s Gothic
Fecha de publicación: 1985
Valoración: Bufff...

Hacía tiempo que no me sucedía algo así: que un libro de un autor extranjero (estadounidense) y de hace ya algunos años (1985) idolatrado por buena parte de la crítica y un nutrido grupo de lectores (lectores de esos que leen y disfrutan con obras de autores como Camus, Faulkner, Henry Miller, Pynchon, etc, etc…, you know what I mean), no me haya gustado nada. Nada. Es más: que me haya dejado confuso y mareado, y me haya costado acabarlo, a pesar de no llegar a las 300 páginas (y bueno, confesaré que estuve a punto de llevarlo de vuelta a la biblioteca tras leer las 50 primeras).

Como ya sabrán si han leído el título de la reseña de hoy, me refiero a Gótico carpintero, una obra de William Gaddis, del que ya hablamos por estos lares no hace demasiado, cuando reseñé ¡Despidan a esos desgraciados!.

Si no tuvieron ocasión de leer la reseña de este curioso ensayo, diré que su autor, un misterioso hombre llamado Jack Green (en el que muchos vieron a Pynchon o al propio Gaddis camuflados) ponía a bajar de un burro a un buen puñado de críticos literarios que, según él, hicieron muy mal su trabajo con Los reconocimientos, un libro de Gaddis que por lo que dicen por ahí, bebe de las mismas fuentes que el Ulises de Joyce.

Pues bien, si Jack Green siguiera vivo y leyera esta reseña mía, estoy seguro de que me pondría en el mismo saco que a esos desgraciados que debían ser despedidos por no saber apreciar ni criticar buenamente a Gaddis. Pero ya les digo que quizás sea yo, que soy cortito, sobre todo en estos días de verano en Malta, en los que ni las deliciosas aguas de la Blue Lagoon me refrescan las ideas.

¿Y de qué va Gótico carpintero? Pues buena pregunta…

La verdad es que me vino de perlas leer algunas críticas y su contraportada antes de llevármelo a mi casa, porque si no, creo que no me habría enterado apenas de lo que les pasa (y de lo que hablan, porque mira que hablan sin parar…) a unos cuantos personajes que viven o se mueven por una casa de estilo gótico carpintero, un nombre insinuante que no significa nada más que lo que dice: una construcción que aúna toda la ostentosidad y belleza del estilo victoriano, pero en madera (en un momento dado de la trama, explican por qué a los estadounidenses les dio por hacer estas casas así, en madera).

Los enérgicos y airados protagonistas de esta novela parecen enfadados todo el tiempo, y la historia está tejida, como ya he dicho, a base de diálogos y más diálogos, largos, llenos de ideas y datos, recuerdos y acusaciones, muchas acusaciones, desde las primeras páginas.

Están el matrimonio Paul y Liz, los actuales ocupantes de la dichosa casita gótica carpintera, el primero, un cantamañanas con gran verborrea que promociona los productos de un reverendo iluminado llamado Ude (tan iluminado que ahogó a un crío en un bautizo), y la segunda, una belleza pelirroja (Gaddis deja bien claro, en bastantes ocasiones, que es explosiva y pelirroja), que pese a ser pintada como una mujer muy lista, me ha recordado a esas tías de estética Mad men, todo el santo día en su morada de madera discutiendo y llamando por teléfono (los resúmenes del libro dicen que se pasa el día intentando reunir pruebas médicas para defraudar a su aseguradora: eso dicen…).

Y está Edie, una amiga de Liz que nunca aparece y que llegas a odiar de lo (mucho) que hablan de ella. Y también anda por ahí el petardo y jetilla hermano de Liz (otro con un don de palabra brutal), y el dueño de la casa, McCandless, al que la contraportada del libro llama “misterioso”, pero que a mí me parece tan “misterioso” como el resto de los personajes,
porque lo cierto es que no me entero muy bien de quién carajo son y por qué están tan ansiosos y con ganas de enredarse en interminables diálogos que no se me hacen creíbles por su densidad y longitud. Por no hablar de que Gaddis se salta a la torera, cuando se le pone entre ceja y ceja, los signos de puntuación (ah, pero es que a algunos se les perdona justificando que es para dar “agilidad” o “intensidad” o no sé qué gaitas).

No sé, en fin, en resumen: gente muy americana hablando muy enfadada de cifras, negocios fallidos, curas corruptos, y situaciones espinosas en África (¿que por qué África? Bufff, leánlo, es largo de explicar) y, por extensión, en el mundo, y qué sé yo. Un totum revolutum born in the USA de cuya lectura no he disfrutado nada.

Pero eso, lo que suelo decir: que seré yo…

Y que la esforzada traducción corre a cargo de Mariano Peyrou.

También de William Gaddis en ULAD: Ágape se pagaLos reconocimientos

martes, 7 de marzo de 2017

Reseña a muchas manos + Entrevista. Iván Repila: Prólogo para una guerra

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: fuera de concurso

Lo siento mucho: la valoración es necesaria aquí y va a ser esa y ninguna otra. Iván fue "uno de los nuestros", y el lector de esta reseña habrá de hacer un esfuerzo (el primero de unos cuantos) para hacerse una idea.

La historia. Emil Zarco es un arquitecto de éxito que recibe un encargo profesional de los que transforman la vida de una persona. Oona, su mujer, comprometida socialmente, es seguida por un misterioso personaje llamado El Mudo, al cual acompaña un perro y Hache, otra misteriosa (esta humana) criatura de la calle. El encargo toma cuerpo en una especie de descabellado barrio invivible, un infierno en la tierra donde la gente podrá hacer cualquier cosa menos vivir.

Las lecturas posibles.

1. Dos hombres que parecen ser iguales y antagonistas a la vez, obsesionados por una misma mujer que, curiosamente, parece mantener una relación gélida con cada uno de ellos. Que podrían representar al mundo pobre y al rico, o a la vieja Europa y el nuevo paradigma, al mundo relleno de tecnología que demuestra que los humanos somos caros de mantener e ineficientes versus el mundo al que hemos condenado a hacer lo que no nos gusta o no nos apetece hacer o nos ensuciamos mucho las manos con ello. Por eso le he preguntado por esa guerra, cuál es la que ve acercarse, si la de ISIS o la de Trump o la del inexorablemente cercano momento en que todas las razas y todas las civilizaciones y (glups, todos los credos) compartan un único y apretujado escenario global.
2. ¿Qué vías nos quedan para alcanzar o recuperar nuestro derecho a la ciudad? ¿A través de un nihilismo individualista o a través de una acción colectiva? ¿Es posible o viable alguna de las dos opciones?
3. ¿Nuestros posibles caminos de redención son, como aquel poemario de Vicente Aleixandre, la destrucción o el amor?

Los personajes. Emil parece un trasunto de muchos personajes a la vez. Gobernantes, creadores, influencers, conspiradores mediáticos. Un hombre en la cumbre destinado a trascender y al que ese destino parece a ratos fascinar y a ratos abrumar. El Mudo, del que podríamos decir que, en un pasado casi remoto, vendría a ser una especie de "doppelganger" de Emil. Pero sus caminos o sus opciones vitales, en cierto momento, se separan de forma drástica.

El estilo. En algunos sitios, se acusa a los escritores españoles de una edad, pongamos entre 35 y 50 años más o menos, de escribir de forma "muy parecida". Iván no lo hace. Opta por una vía arriesgada, casi tanto como escalar la Norte del Eigger en invierno, y tremendamente personal, lo que provoca que "Prólogo para una guerra" no sea un libro fácil. Quien busque una historia "al uso", lineal, con su planteamiento, nudo y desenlace, que se olvide de "Prólogo para una guerra". Repila decide y lo hace desde la primera frase. Esto no tiene porqué ser fácil. Las metáforas y las imágenes son constantes, a veces son casi mezclas imposibles de conceptos dispares, y a veces, y él no se me va a ofender, complican la lectura, conducen a una cierta pérdida de hilo. Así que ello descarta un poco de entrada al lector curioso o no iniciado, con lo que no esperéis ver mucha gente en la playa leyendo este libro. Aunque quién sabe, falta bastante para el verano. Por eso, la parte que más me gusta es la parte central, donde la acción se desarrolla de una forma más exógena, no tanto en la cabeza de los personajes sino en los escenarios. Esos escenarios donde los personajes reflexionaban y veían cosas extrañas entonces se llenan de personas que hablan.

Por otro lado, no es menos cierto que es el estilo, precisamente, por extremo y hasta forzado que pueda parecer, con sus metáforas e imágenes bordeando el filo de lo acostumbrado en la narrativo, lo que sostiene e impulsa, lo que da empaque y vuelos a toda la novela, la ola que mantiene en lo alto la tabla de la narración, el alud que permite al practicante de snowboard lanzarse montaña abajo sin despeñarse, aunque en más de un momento parezca que va a perecer. Así es el estilo de Prólogo para una guerra; excesivo, quizá, laberíntico y abarrocado, como las prisiones de Piranesi de las que se habla en la novela, pero sumamente eficaz, porque sin tregua alguna, conduce al lector hacia donde quiere, que es siempre un paso más allá, sin morosidades innecesarias, hasta llegar a la culminación de esta historia, casi sin habernos dejado un respiro.

Por seguir con la metáfora arquitectónica: como afirma la cita más conocida de Walter Gropius, "la función hace la forma". Pero a veces, como en este caso, la forma también hace la función.

El futuro. Repila se ha escorado un poco hacia ese inhóspito lugar de escritor favorito de la crítica, aunque sea a base de demostrar coherencia y riesgo. Como es amigo, he de advertirle de algo que seguramente sabe, que es que de ese lugar no se suele regresar. Me parece genial esa decisión, pero creo que aún puede hacerlo mejor. Quizás ese pasado asociado a la poesía que aflora en el último tramo o anexo del libro y que parece sea la clave que lo desentraña sea una catarsis. O un epitafio. O una premonición.

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Aquí ya no hace falta que nos andemos con demasiados pretextos ni preámbulos. Repila fue, insisto, una vez, miembro de este proyecto y, ya sabemos, la confianza da asco.


Fuera preliminares. Iván, ¿qué pretendes que piense el lector sobre tu novela?
Prefiero que le afecte, que le quite el sueño. Me gustaría que el lector se viera obligado a plantearse temas: cómo reacciona en su vida privada frente al dolor, qué lugar ocupa en el mundo, hasta qué punto es necesario intervenir o dejar de hacerlo para construir un espacio común, un mundo decente. En qué medida hemos dejado que nos llenen la vida de muros y concertinas, y cómo podríamos salvarlas. 

¿Qué guerra? ¿Mundial, civil. de guerrillas, en trincheras, en frentes, en ciudades abandonadas? Y qué conclusión hay que sacar.
Las conclusiones son subjetivas; no dependen de mí, sino del lector. La guerra que planteo, en todo caso, es entre dos cosmovisiones: una más egoísta, heredera del siglo XX, que tiende a la destrucción personal y la construcción de espacios inhabitables, y otra que intuyo propia del siglo XXI, aún por concretarse y definirse, que entiende la solidaridad como un empeño colectivo, integrador, capaz de plantear escenarios de tolerancia y convivencia. 

El proceso de creación. Discos que oías, libros que leías. Cuándo y dónde escribías. A no ser que seas de esos que se aíslan para crear, claro.
Puedo escribir con los vecinos usando el taladro o un martillo neumático (esto pasó), con la radio encendida, con un gato sobre los hombros... Me concentro con facilidad. Al principio escuché mucho el disco James Room Weird Antiqua, que tiene la oscuridad que necesitaba para determinados capítulos, pero no fue el único: desde Damian Rice hasta Calle 13, imagina todas las posibilidades. En cuanto al espacio de trabajo, me basta con un ordenador, así que pocas preferencias. Y lecturas... durante el proceso de documentación (unos seis meses) básicamente leí manuales, biografías, artículos y ensayos sobre arquitectura y arquitectos. Después, ya con los conceptos interiorizados y muchos apuntes, regresé a mis lecturas habituales: narrativa contemporánea, principalmente, y los libros que incluyo en los talleres de lectura que imparto (obras importantes del siglo XX, sobre todo). 

Las novelas apocalípticas, y eso. ¿Hacen falta tantas, o la crisis las agudiza? La novela, si empezó a concebirse hace tiempo, me recuerda los disturbios de la banlieu a mediados de los 2000, aunque parece ser que la proyección es hacia el futuro.¿Es así?
No veo "Prólogo..." como una novela apocalíptica, sino como una intuición de esta década o de las siguientes. Lo que planteo, en un sentido simbólico, es lo que hay: basta mirar a nuestro alrededor. La idea original, sencilla, de un arquitecto estéril que construye un espacio para la muerte, tiene casi dos décadas. A lo largo de los años, mientras la historia crecía en mi cabeza, los movimientos sociales, las injusticias, y las decisiones absurdas que han tomado distintas instancias de poder han calado en mí, obviamente. No soy impermeable a la crueldad que nos rodea. Quisé que la novela no tuviera unas coordenadas espaciotemporales concretas, pero sí reconocibles: una ciudad occidental contemporánea. Y sí, tienes razón: aunque es algo más sugerido que nombrado, la proyección situaría el texto en la segunda mitad de este siglo. 

Los personajes que usan su proyección profesional como vía a la trascendencia. Pienso en el protagonista de Satin Island, de Tom McCarthy, (que me parece una novela de la que se va a hablar mucho), en los extraños protagonistas de Pynchon o Lethem. Puede que te hayas dado cuenta o no, pero, ¿te parecen unas compañías agradables o recomendables?
Es fácil sentirse más o menos trascendente cuando tienes una profesión artística, como Emil. Piensa en Larrea, por ejemplo, a quien admiro mucho, que consideraba al poeta poco menos que un visionario. Pero creo que es una idea antigua, impropia de estos tiempos. Como escritor yo no siento que vaya a redimirme de nada, ni alcanzar un estado de sabiduría nuevo. Como mucho voy a proponer reflexiones, trazar una línea de pensamiento, enfrentar ideas. Los personajes, en este sentido, son herramientas orgánicas, útiles, que me ayudan a ordenar aquellas ideas. Los tres ejemplos que pones se mueven en paradigmas parecidos, y por lo tanto sí, me interesan (aunque a Pynchon lo entiendo la mitad de las veces, debo reconocerlo). 

Teoría irrefutable sobre escritores de hoy en día: están los que llegan a las grandes cuestiones desde la sencillez, están los que las alcanzan desde la ambición. Tú has estado en los dos extremos, en cuál de los dos te sientes más cómodo.
Te olvidas de la extensa gama de grises que existe entre esos dos polos. Cada libro solicita una tensión, un registro, una estructura diferente. En lo que a mí respecta, me siento cómodo escribiendo, no me planteo el proceso en términos absolutos. Escribir es algo vivo, y todo es posible. 

Teoría irrefutable sobre escritores de hoy en día: están los que interpretan el pasado para comprender el mundo, están los que lo explican a través del futuro que proyectan.
Y están, también, los que miran directamente el presente. Creo que es lo más difícil, y tal vez explique por qué están proliferando ficciones híbridas, a medio camino entre el ensayo y el artefacto, autoficciones audaces, libros inclasificables. 

Teoría irrefutable sobre escritores vascos de hoy en día: están los que han leído Patria y los que no. 
Estamos en ello. 

Los nombres de los personajes: Zarco era el nombre del quinqui de Cercas en "Las leyes de la frontera", Oona el nombre de la novia de Salinger que Chaplin le levantó, y había un mudo en "El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers. ¿Casualidades?
Totalmente. Ha habido otros mudos famosos (Harpo, sin duda, el más). Y en cuanto a Emil Zarco, tardé tiempo en encontrar su nombre, que surgió de la combinación de varios nombres de arquitectos. Me sorprendió algo que me dijo Winston Manrique en una entrevista: que "Emil" significa, etimológicamente, "ansioso". Encaja mucho con el personaje, y era algo que yo desconocía. 

¿Eres consciente de que esta novela no va a contribuir a que la brecha entre literatura "artística" y literatura "comercial" se empequeñezca?
Cada libro tiene su público. De mi primera novela se dijo que no era literatura, sino un chiste de casi 400 páginas. Creo que hay una literatura que necesita de un lector activo, porque lo que está en el texto no es todo lo que hay, y una literatura donde lo que está en el texto es todo lo que hay, y le basta, por tanto, con un lector pasivo. Yo leo mucho, desde ficción muy literaria (por usar la denominación actual) hasta best-seller de consumo rápido: la primera me obliga a una lectura más pausada, más atenta, y el segundo no. Creo que esa brecha es la misma que existe entre Silvio Rodríguez y Skrillex. Y me gustan los dos. 

La cuestión de la gente que te ha "ayudado" en la elaboración del texto. ¿Te está permitido ser más específico?
Soy bastante específico en los agradecimientos. Hubo personas del mundo de la arquitectura que me ayudaron durante el proceso de escritura del primer borrador. Luego, en una segunda fase, amigos cercanos que lo revisaron y me hicieron críticas y sugerencias, gracias a las cuales terminé el manuscrito definitivo. Por último, en un proceso largo, trabajé ese texto con los editores de Seix Barral, puliendo y afinando capítulos o escenas, lo que suele llamarse el "editing". Es un ejercicio maravilloso, debo decir. Lo viví, en el pasado, con Libros del Silencio, y también lo disfruté. Creo que con varios ojos encima, con varias mentes trabajando en ellos, los libros mejoran y mucho. Hay que tener ganas y dejar el ego a un lado, desde luego. Por mi experiencia, los editores son gente que sabe lo que hace, y lo razona con argumentos. 

¿Qué se va a cargar antes la literatura: las descargas, el amiguismo, o la auto-edición?
No te refieres a la literatura, entonces, sino al negocio que hay detrás. Por suerte, y quizá pecando de un optimismo ingenuo, creo que siempre habrá lectores.


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