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jueves, 25 de julio de 2013

William Gaddis: Gótico carpintero

Idioma original: inglés
Título original: Carpenter’s Gothic
Fecha de publicación: 1985
Valoración: Bufff...

Hacía tiempo que no me sucedía algo así: que un libro de un autor extranjero (estadounidense) y de hace ya algunos años (1985) idolatrado por buena parte de la crítica y un nutrido grupo de lectores (lectores de esos que leen y disfrutan con obras de autores como Camus, Faulkner, Henry Miller, Pynchon, etc, etc…, you know what I mean), no me haya gustado nada. Nada. Es más: que me haya dejado confuso y mareado, y me haya costado acabarlo, a pesar de no llegar a las 300 páginas (y bueno, confesaré que estuve a punto de llevarlo de vuelta a la biblioteca tras leer las 50 primeras).

Como ya sabrán si han leído el título de la reseña de hoy, me refiero a Gótico carpintero, una obra de William Gaddis, del que ya hablamos por estos lares no hace demasiado, cuando reseñé ¡Despidan a esos desgraciados!.

Si no tuvieron ocasión de leer la reseña de este curioso ensayo, diré que su autor, un misterioso hombre llamado Jack Green (en el que muchos vieron a Pynchon o al propio Gaddis camuflados) ponía a bajar de un burro a un buen puñado de críticos literarios que, según él, hicieron muy mal su trabajo con Los reconocimientos, un libro de Gaddis que por lo que dicen por ahí, bebe de las mismas fuentes que el Ulises de Joyce.

Pues bien, si Jack Green siguiera vivo y leyera esta reseña mía, estoy seguro de que me pondría en el mismo saco que a esos desgraciados que debían ser despedidos por no saber apreciar ni criticar buenamente a Gaddis. Pero ya les digo que quizás sea yo, que soy cortito, sobre todo en estos días de verano en Malta, en los que ni las deliciosas aguas de la Blue Lagoon me refrescan las ideas.

¿Y de qué va Gótico carpintero? Pues buena pregunta…

La verdad es que me vino de perlas leer algunas críticas y su contraportada antes de llevármelo a mi casa, porque si no, creo que no me habría enterado apenas de lo que les pasa (y de lo que hablan, porque mira que hablan sin parar…) a unos cuantos personajes que viven o se mueven por una casa de estilo gótico carpintero, un nombre insinuante que no significa nada más que lo que dice: una construcción que aúna toda la ostentosidad y belleza del estilo victoriano, pero en madera (en un momento dado de la trama, explican por qué a los estadounidenses les dio por hacer estas casas así, en madera).

Los enérgicos y airados protagonistas de esta novela parecen enfadados todo el tiempo, y la historia está tejida, como ya he dicho, a base de diálogos y más diálogos, largos, llenos de ideas y datos, recuerdos y acusaciones, muchas acusaciones, desde las primeras páginas.

Están el matrimonio Paul y Liz, los actuales ocupantes de la dichosa casita gótica carpintera, el primero, un cantamañanas con gran verborrea que promociona los productos de un reverendo iluminado llamado Ude (tan iluminado que ahogó a un crío en un bautizo), y la segunda, una belleza pelirroja (Gaddis deja bien claro, en bastantes ocasiones, que es explosiva y pelirroja), que pese a ser pintada como una mujer muy lista, me ha recordado a esas tías de estética Mad men, todo el santo día en su morada de madera discutiendo y llamando por teléfono (los resúmenes del libro dicen que se pasa el día intentando reunir pruebas médicas para defraudar a su aseguradora: eso dicen…).

Y está Edie, una amiga de Liz que nunca aparece y que llegas a odiar de lo (mucho) que hablan de ella. Y también anda por ahí el petardo y jetilla hermano de Liz (otro con un don de palabra brutal), y el dueño de la casa, McCandless, al que la contraportada del libro llama “misterioso”, pero que a mí me parece tan “misterioso” como el resto de los personajes,
porque lo cierto es que no me entero muy bien de quién carajo son y por qué están tan ansiosos y con ganas de enredarse en interminables diálogos que no se me hacen creíbles por su densidad y longitud. Por no hablar de que Gaddis se salta a la torera, cuando se le pone entre ceja y ceja, los signos de puntuación (ah, pero es que a algunos se les perdona justificando que es para dar “agilidad” o “intensidad” o no sé qué gaitas).

No sé, en fin, en resumen: gente muy americana hablando muy enfadada de cifras, negocios fallidos, curas corruptos, y situaciones espinosas en África (¿que por qué África? Bufff, leánlo, es largo de explicar) y, por extensión, en el mundo, y qué sé yo. Un totum revolutum born in the USA de cuya lectura no he disfrutado nada.

Pero eso, lo que suelo decir: que seré yo…

Y que la esforzada traducción corre a cargo de Mariano Peyrou.

También de William Gaddis en ULAD: Ágape se pagaLos reconocimientos

martes, 28 de febrero de 2017

William Gaddis: La carrera por el segundo lugar


Idioma original: inglés
Título original: The Rush for Second Place
Año de publicación: 2002
Traducción: Mariano Peyrou
Valoración: Muy recomendable

Sexto Piso: no recuerdo haber hablado de esta editorial cuando ya debería. Como Malpaso, editoriales mexicanas que desembarcan en España y empiezan (bueno, ya hace años) a publicar demostrando buen gusto y eclecticismo, apostando a varias bandas, pero, en el caso de Sexto Piso, con cierta admirable tendencia hacia la recuperación de oscuros contemporáneos no siempre bien comprendidos en su momento. Barth es uno. William Gaddis es otro.

Gaddis en ensayo o en lo que sean (borradores, reseñas, introducciones, outtakes) los textos que aquí se incluyen, tiene una cualidad muy poco habitual en los escritores. Parece deshacerse de contendientes a cada párrafo, parece lanzarse hacia la meta sin importarle los demás, parece sacudirse a unos cuantos con cada frase y quedarse solo, de forma tan contundente como sutil, arrastrándonos a creer que lo que escribe es lo final, lo definitivo, lo despojado de todo lo prescindible. Uno lee a Gaddis y sabe que eso que lee solo podía escribirlo él y tiene esa sensación (no llego a una decena de escritores sobre los que diría esto) de que, llegado el caso (y listas para islas desiertas al margen), uno podría apañárselas para subsistir solo con eso.

Las notas previas ayudan a ponerse en contexto en lo referente a los ensayos contenidos aquí. A familiarizarse con las citas y a comprender la totalidad de la obra como un intento de explicar la sociedad, sobre todo la capitalista y algo más concretamente la americana. Gaddis, en esta recopilación póstuma, trata de ello de forma directa e indirecta. Trata de forma amena y a veces, en el ensayo sobre las religiones que es, para mí, la pieza más endeble de esta excelente selección, de forma algo alambicada. Pero afloran sus obsesiones: las que enraízan en  el resto de su obra, ejemplificadas por su curiosa obsesión por la pianola, como ejemplo paradigmático de la descabellada intención de que la tecnología acabe imponiéndose a la humanidad en uno de los últimos reductos disponibles: la creación artística. En los escritos relacionados con esa temática omnipresente, los que hacen mención a obras como Jota Erre o Ágape se paga, asoma el escritor más visionario y alucinado. También hay comentarios literarios, textos de presentación, comentarios y devaneos. Pero es Gaddis y es reconocible, incluso más concreto y menos dispar, es él. El que juguetea con el lector y el que suele alinearse, desde que se ha iniciado su necesaria recuperación, con los grandes tótems de la literatura norteamericana más simbólica o difícil. Ahí están Pynchon o Barthelme y sus influencias en DeLillo o Foster Wallace. Ahí está una rara especie de escritor, el que se desboca desde el poder de la prosa hacia lugares extraños. La carrera por el segundo lugar es un excelente menú-degustación. Uno sale de sus páginas con algo que llamaría cauto entusiasmo. El de estar tan seguro de estar ante un escritor único y poderoso como temeroso de no entender a la primera todos sus resortes. Pero en mi caso las ganas de más prevalecen. Y de qué manera. No voy a empeñarme en contenerlas, aviso.

Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpinteroÁgape se paga, Los reconocimientos

domingo, 13 de septiembre de 2015

William Gaddis: Los reconocimientos


Idioma original: inglés
Título original: The Recognitions
Año de publicación: 1955
Traducción: Juan Antonio Santos Rodríguez
Valoración: Muy recomendable

El auge de lo falso, favorecido por la relatividad de valores y precios, caracteriza en cierto modo al mundo moderno y posmoderno, pero es preciso poseer la erudición y la perspectiva de Gaddis para sintetizar primero y particularizar después los rasgos que identifican un momento histórico.
El plagio parece haber descendido a todos los ámbitos de la cultura favorecido por un pacto de silencio. Todos son cómplices, hermanados por el temor a ser descubiertos. La relatividad de valor y precio se refleja aquí en todos los aspectos posibles. Poetas que roban sin proponérselo, dramaturgos y cuentistas que escarban en las obras de más prosapia y las fusilan alegremente, reliquias prefabricadas de santos, pretendidas momias egipcias elaboradas con restos del cementerio local y hasta la mismísima Cleopatra reconstruida con los restos de un soldado árabe, pintores de éxito que venden lo pintado por otros, pintores novatos que usan como base lo que el marido de su amante desecha, obras de la escuela flamenca descubiertas al poco de ser pintadas en un taller clandestino, libros con portada artesana y todas las páginas en blanco publicados por nadie, falsificación de fichas de poker o de series enteras de billetes. Hasta las personalidades pueden ser ficticias aquí, como ese falso Hemingway que aparece de vez en cuando. Y el mundo de la crítica, que se presenta como un copia y pega en forma de juicios todoterreno y alusiones con pátina de autoridad. Hay un tono de guasa, muy discreta, más bien irónica, necesitada de lectores cómplices, que atraviesa todo el texto. El título Los reconocimientos alude al examen que reciben las obras antiguas tardíamente descubiertas y pone en tela de juicio un axioma generalmente aceptado: la combinación de expertos con técnicas modernas producen opiniones infalibles. La pregunta implícita es si existe el falsificador perfecto, aquel que no se conforma con reproducir lo obvio, que estudia a fondo materiales, procedimientos y hasta el espíritu de cada artista.
Quede claro que lo que Gaddis desaprueba del mundillo artístico no se reduce a las falsificaciones. Ataca la banalidad, la falta de rigor, menciona, incluso, la posibilidad de una producción novelística en cadena  –una idea bastante premonitoria–  y resume su opinión con estas palabras: “El arte (art) actual se escribe con f (de fart). Usted lo sabe. Todo el mundo lo sabe”. 
El autor lo considera un indicio más, pero muy claro, de un siglo decadente que camina hacia la autodestrucción. La esencia de la actual alarma por el futuro del planeta se condensa en un significativo párrafo a través de expresiones como “el humo circulaba por lóbulos de acero protegido por cavidades pleurales de granito”, “esparcirse en el vómito de mugre” o “pavesas, cenizas y arena, alquitrán, hollín y ácido sulfúrico… se posaban cada día sobre aquel barrio”.
No obstante, y como demuestra en su propia obra, el proceso creador en sí mismo inspira al novelista el mayor de los respetos. Lo metaliterario aflora constantemente, a veces incluso en forma de panfleto o manifiesto de las inquietudes literarias del autor filtradas por la mente de sus personajes. Encontramos también descripciones muy detalladas de la forma de trabajar de un genio de la pintura, o una carta de la poeta y talentosa náufraga que es Esme, y que constituye un delirante pero agudo tratado sobre la creación pictórica, o aproximaciones a su propia inspiración. Y lo que vemos cada vez es un rapto creador apasionado, evasión de la realidad, una mente confusa, incluso alucinada, pero concentrada y firme en sus decisiones.
Esta novela claramente coral –pese al vigor del personaje que conduce la acción a lo largo de unos cuantos capítulos–, con personalidades antológicas, como Gwyon, Recktall Brown, Otto, Esme, Valentine, Wyatt, el señor Pivner, entre otros, y un muestrario bastante exhaustivo de tics y tópicos sociales de entonces y de ahora, no olvida que toda época se fundamenta en las anteriores. De ahí que la cultura occidental, con sus raíces grecolatinas y cristianas filtradas por el Medievo, impregne sus páginas, dejando un regusto rancio a cosa arcaica y pasada de fecha. 
También ayuda a crear tal sensación la reiterada presencia del elemento religioso, que encontramos a lo largo de toda la novela; casi podríamos decir que a modo de catálogo: encontramos aquí desde las formas idólatras, mitraísmo incluido, a las que tiende el panteísmo del reverendo Gwyon, al rigor de la predestinación protestante -otro "reconocimiento", divino en este caso- o los rituales del catolicismo más enfermizo... incluso el aparente rechazo de la religión, aderezado por todo tipo de blasfemias, entre las que se revuelca el personaje de Anselm. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto el religioso es un tema fundamental para Gaddis o supone su propia falsificación irónica, un atrezzo que utiliza para que sirva de fondo y espejo al tema que realmente le interesa, el de la creación artística.
Al final de los años cuarenta –aunque tardaría en publicarse más de un lustro– un Gaddis de solo 27 años, alumbró esta obra prodigiosa que, lejos de perder vigencia y a pesar de su dificultad evidente, encaja a la perfección con el canon posmoderno. Porque está elaborada a base de retazos (de caracteres, escenas, vidas, conversaciones…), enfoca gran cantidad de aspectos y presenta un conjunto de fragmentos que componen un todo inconcluso. También porque, situándose entre el absurdo y la banalidad más absoluta y combinando procedimientos de manera muy personal, recrea una atmósfera altamente inquietante. A ello contribuye, sin duda, el exigente y desasosegante estilo de Gaddis, que obliga al lector a prestar toda su atención: abarrocado, conceptista incluso, en los párrafos descriptivos o que expresan el pensamiento de los personajes; en contraste, la extrema agilidad de sus diálogos (fabulosamente escritas las varias fiestas que suceden en la novela, por ejemplo), pero que exigen no menos atención para ser seguidos. Por suerte, acude a menudo en nuestra ayuda un sentido del humor que, aunque trágico o grotesco en ocasiones (el descacharrante episodio de la armadura o el robo de la pierna en el hospital, sin ir más lejos), hace más llevadera la lectura de la novela.
No podemos dejar de mencionar la presencia  de España en esta novela, el lugar donde se desarrollan varios de sus momentos más memorables. Según Gaddis, España era "un país para atravesar huyendo"... aunque claro, hay que situar esta frase en el contexto de la narración. Pero aún así, la semblanza que hace de este país no es demasiado halagüeño: pobreza, primitivismo y superstición, hasta componer un retrato casi digno del esperpento valleinclanesco. Cierto que estamos hablando de la España de los años cuarenta, en plena posguerra, pero cabe preguntarse cuánto de aquel país descrito por Gaddis ha desaparecido y cuanto pervive aún hoy en día, en pleno siglo XXI. Mejor no contestar.

Nota final: Hemos valorado esta novela como "Muy recomendable" (aunque en las etiquetas está también la de "Imprescindible") no por su falta de calidad o importancia literaria, sino tan sólo porque consideramos que quizá no es una novela idónea para todo tipo de público. Pero sin duda a más de uno de sus lectores sí que les parecerá un libro imprescindible... ninguna objección, a ese respecto.


                                                                    Firmado: Montuenga y Juan G. B.


Otros libros de William Gaddis reseñados en Un Libro Al Día: Gótico carpinteroÁgape se paga

domingo, 16 de marzo de 2014

William Gaddis: Ágape se paga

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2008
Título original: Agapé agape
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Valoración: consuma con responsabilidad

Malditismo implica ser esquivo con el público que ensalza tu obra, publicar de manera desordenada y errática, caer en adicciones, tener pasados misteriosos o abiertamente reprobables. Implica obras indescifrables alternadas con productos simples hasta rozar lo naïf, combinar cumbres, valles y simas, roces (por no decir enganchadas) con la crítica (a la que se desprecia o se ignora), confinamiento voluntario o forzado, recibir a fans con escopetas de cañones recortados (un plus sería llegar a dispararlas) y un largo etcétera.
Ágape se paga. Un título que se recicla, en un intento de traducción, en un palíndromo, cosa que es ya un primer guiño, antes de empezar a leer. Lo inesperado, lo que surge como reacción a lo casual; esa sería otra característica. Una especie de desvarío en que se mezcla todo lo que viene a la cabeza. Pues William Gaddis, a cuyo Gótico carpintero ya se le propinó aquí una severa y escéptica valoración de Bufff..., resulta ser la tercera pieza de ese cuarteto americano completado por Salinger, Pynchon y escriba su selección aquí............................ Vaya, un cuarteto de tres. Si es que estas cosas pasan.
El amigo Álex Azkona saldría corriendo al ver cómo se nos presenta Ágape se paga. Un único párrafo rígido, un bloque indisoluble de cerca de setenta páginas sin un solo punto y aparte, una extenuante frase encadenada y puntuada de modo esquizoide, que incluye un ensayo de fondo sobre la tecnología como sustitutivo o sucedáneo de la creación artística, con el pretexto de una especie de delirio alucinado acerca de la invención de la pianola (tema que regresa como un estribillo), y que se ramifica de modo desquiciado e inmisericorde en diversas líneas. Como buen texto referencial, la cuidada edición de Sexto Piso incluye un prefacio de Rodrigo Fresán y un postfacio de Joseph Tabbi. Al menos en una primera lectura, suelo huír de estas cosas, de estos aderezos que marcan ciertas lecturas como "tan importantes, pero que deben ser explicadas para ser disfrutadas", cosas que me vienen a recordar a esos maîtres que te explican la experiencia gastronómica, pero entiendo que se prepare al lector. 
El texto (a medio camino entre varios géneros, elegid: ensayo, monólogo, novela) contiene el atropellado pensamiento interior, sin el mínimo atisbo de respiro o edición, de Jack Gibbs (personaje de otra de las novelas de Gaddis) a base de idas y venidas sobre varios conceptos sumamente alucinados, como la pianola como paradigma del intento de automatización del arte, los yos extraíbles, evitar el stress, el deterioro físico propio de la edad avanzada (plasmado en sus obsesiones: pierde el lápiz, los papeles, se queja de todos sus achaques) y unos cuantos conceptos más sobre los cuales Gaddis edifica un texto a degustar respirando de tanto en tanto. Que no engañe el escaso número de páginas. Son todas cuesta arriba. 
Ésta es una lectura difícil, poco amigable, arisca, una experiencia que puede igual fascinar por sus innegables hallazgos (las menciones y referencias constituyen un poderoso estímulo) como irritar por su obvio aire surrealista y su desorden formal. Pero ante la que uno no debe arredrarse. Comprendo perfectamente que el bueno de Ian Grecco, tras 300 páginas con este hombre, volviera al refugio de su hogar en Malta y a su colección de pañuelos en cachemir para el bolsillo de la chaqueta.
Gaddis es uno de esos escritores que se ama o se odia y yo aún no he podido decidirme. Quizás alguno de sus novelones de 700 páginas me haga resolver la duda. Lo curioso es cómo permanece en la memoria su particullar estilo digresivo. Se queda en la memoria y uno se reconoce evocando su lectura, cosa algo perturbadora. Cosa sobre la que meditar. Mientras tanto, creo que, con la advertencia de que no se trata de un autor asequible, voy a inclinarme por recomendarlo. Y creo que bastante.

También de William Gaddis en ULAD: Gótico carpinteroLos reconocimientos

viernes, 5 de julio de 2013

Jack Green: ¡Despidan a esos desgraciados!

Idioma original: inglés
Título original: Fire the Bastards!
Fecha de publicación: 1962 (en español, por Alpha Decay en 2012, con traducción de Rubén Martín Giráldez)
Valoración: Interesante

Qué poco me apetece reseñar este libro en el que su autor analiza y pone a caldo las reseñas que un buen puñado de críticos literarios con cierta fama le hacen a una novela que él considera la bomba.

No sé si la culpa la tendrá el inclemente calor maltés, el atontamiento del que soy presa cuando me sumerjo en las anestesiantes vacaciones estivales, o mi reciente afición a leer blogs dedicados a criticar libros que la mayoría de las veces resultan a sus reseñistas bastante malos, pero lo cierto es que tengo una desagradable sensación de "empacho" de análisis literario, análisis literario ácido, je veux dire.

Y ojo, que ello no me impide hacer un ejercicio de autocrítica... Vamos, que soy consciente de que el tono indignado, jocoso y malévolo con el que algunos criticamos con mayor o menos frecuencia libros que nos intentan vender como obras loables y que nosotros consideramos de baja calidad o, incluso, auténticas tomaduras de pelo, puede llegar a cansar o saturar. Más aún si uno se empecina, además, en criticar la vida personal de los escritores, las acciones mafiosas de las editoriales, la falsedad de algunos premios literarios, etc, etc...

Pero a lo que iba...

Resulta que en esta etapa de lectura de reseñas avinagradas (más allá de ULAD, matizo) que estoy pasando, no se me ha ocurrido otra cosa que deglutir en apenas un par de tardes un libro en el que se critica a críticos literarios, y este rizo demencial ha hecho que mi cabeza conectara rápidamente con la engolada preguntita "¿Quién vigila a los vigilantes?" del comic/filme Watchmen.

Porque, ¿quién critica a los críticos? Pues miren, aparte de internautas en desacuerdo, trolls caverneros and company, tipos como Jack Green, el autor de ¡Despidan a esos desgraciados! (título muy utilizable en pancartas de la Spanish Revolution, por cierto).

 Jack Green es un tipo misterioso del que apenas circulan un par de fotos y que sacó su propio fanzine para publicar sus cosas y despotriques en los 60. Algunos dicen que Jack Green no existe (la foto que sacan los de Alpha Decay en su edición me hace pensar en un una suerte de Algarrobo, sí, sí, el de Curro Jiménez, intelectual); otros, que es el mismísimo y también presunto-inexistente Pynchon; otros, que en realidad se llama Christopher Carlisle Reid; otros, que es, fíjate tú, William Gaddis, y algunas teorías más.

La cosa es que, fuera quien fuera, sea quien sea, Jack Green, al individuo le sentó muy mal que casi todos los críticos de la época pusieran a bajar de un burro la novela  Los reconocimientos, la primera obra de un hombre de 32 primaveras llamado William Gaddis que por lo que cuentan (no, no la he leído), irrumpió en el mundo literario con la misma fuerza y capacidad desconcertante que el amado/odiado Ulises de James Joyce.

Al parecer, a Green este libro le pareció magistral y se indignó cuando leyó y leyó críticas y más críticas negativas al mismo, críticas que, según él, no estaban bien fundamentadas, eran injustas o, sencillamente, habían sido escritas por personas que ni siquiera se habían leído la obra. Y en ¡Despidan a esos desgraciados!, Green se desahogó analizando minuciosamente estas críticas y denunciando mediante elaboradas explicaciones y análisis por qué sus autores, según él, merecían acabar de patitas en la calle.

En fin. Este ensayo de Green es un libro interesante, sobre todo para los que, de una forma u otra, están familiarizados con el mundillo de la crítica literaria. Y es que pone en duda la profesionalidad de los que en teoría son los más autorizados en la materia. E incluso se atreve a darles también un coscorrón figurado a los que alabaron las virtudes de Los reconocimientos de forma poco creíble o con endebles argumentos.

Pero una cosa es cierta: yo, por mi parte, ya he tenido bastante. De blogs de crítica biliosa y libros criticones. Será el calor maltés, pero creo que en los próximos días me voy a poner con alguna cosita más light. Paso de que comience a salir humo de mis paneles auditivos.


martes, 1 de marzo de 2016

¡¡¡7 AÑOS 7!!!

¡Pues sí, damas y caballeros, señoras y señores, niñas y niños: este blog cumple hoy siete años, siete, ni más menos! ¡Siete años y tropecientas entradas, chorrocientos libros reseñados, mogollón y mil amenazas de muerte! Siete años de opiniones dudosas, valoraciones aleatorias, comentarios indignados... ¡Ay, parece que fue ayer cuando nuestro bebé blog comenzó a dar sus primeros pasos! Pero no nos solacemos con la nostalgia: para celebrar tan venturoso aniversario, hemos preguntado qué opinan de Un Libro Al Día las personas que más nos importan: los escritores, los profesionales del sector literario, la simpática competencia bloguera... Y claro, nuestros seguidores; sí, vosotros también... (qué remedio):


-Giner Marianas (candidato a premio Nobel de literatura): "En estos siete años no he conseguido que hagan una reseña positiva de ninguno de mis libros. Ni siquiera de alguna de mis exquisitas traducciones de la lengua del bardo de Stratford-upon-Avon... Si luego gana el Nobel el japonés ese de las narices antes que yo,  ya sabéis quién habrá tenido la culpa".

-Norberto Rombos (candidato a candidato a premio Nobel de literatura): "Yo siempre digo que un crítico es un escritor frustrado. Y que un reseñista es un crítico frustrado. Por tanto, un reseñista es un escritor doblemente frustrado... ¿O será un escritor realizado? A ver: x+(-x)=... ¿A qué es igual? Es que como soy de letras..."

-López-Bocarte (ex-marino, ex-hombre de acción y sillón Ñ mayúscula de la Real Academia de la Lengua): "¡Menudos cobardicas están hechos! He desafiado a varios de ellos a duelo, ya sea con sable de abordaje o con metralleta UZI y todavía no se ha presentado ninguno... ¡Ja, ja, seguro que aún están escondidos en el retrete, voto a bríos!"

-Andrés Camillero (venerable y longevo escritor piamontés): "Esperen antes de cerrar este blog: tengo preparados unos borradores de listas de la compra que estoy seguro que estarán muy interesados en reseñar".

-Kenneth Forrest (autor de best-sellers internacionales): " What the f*** is Un Libro Al Día?"

-Daniel Epitecandepeich-Gromenauer (testimonio vía médium de reconocido escritor de referencia fallecido, que vende apenas unas centenas de libros): "Gran confianza en este blog. Mi obra póstuma e inédita (pues no llegué a empezarla), titulada 'No se me ocurría ningún título largo e intelectual para mi próximo libro, así que decidí no escribirlo y a tomar viento' ya me han garantizado que será libro del año 2017".

-Helena Ramistein (editora de la editorial Tresalcuarto): "Son insobornables. Ya hemos intentado comprar buenas reseñas ofreciéndoles dinero, sexo, viajes al Caribe y no han aceptado, excepto tres o cuatro de ellos. Bueno, en realidad lo han hecho casi todos, los muy..."

-Onofre McListo (redactor jefe de la revista literaria ¿Pa qué leer?): "Blogs como éste son muy convenientes para la promoción de la lectura en nuestro país. Cuando el público acaba harto de leer sus incoherencias y vaguedades sobre los libros que reseñan, ya no les importa tanto gastarse la pasta en una revista como la nuestra, que les guíe..."

-La plastilina de Rajoy (blog literario de referencia): "Estoy harto de ellos... no hacen más que copiar mis lecturas, de la forma más descarada: si yo reseño a Gaddis, ellos también a Gaddis. Que si a Pynchon, ellos a Pynchon. A Foster Wallace, al que sea... al final me he visto obligado a leer libros de tipos desconocidos y que no me gustan un pimiento, a ver si así... y ni por ésas".

-Destripalibros (blog literario de referencia): "Un poco pesaditos, ¿no?, con eso de reseñar un libro al día.... lo que sea con tal de dejarnos mal a las demás. Además, seguro que se limitan a tirar del corta y pega, como hacemos tod... eh, estooo:  muy buena gente, sí señor... ¡Zorionak, chavales!"

-Basmo (veo faltas y me da un pasmo) (corrección de textos  y tendencia al romanticismo crepuscular): "Todos los reseñadores van a los exámenes de septiembre."

-Karkoma (hater): "Les odio. Les aborrezco. les detesto. Les abomino. Les execro. Les desprecio. Les desdeño. Les maldigo. Les escupo. Les..."

-Anónimo (seguidor): "No me atrevo a dar mi nombre porque me han dicho que son como una mafia, que no perdona las críticas... Un conocido de un conocido mío que se atrevió a firmar un comentario con su verdadero nombre, se despertó una mañana con un Quijote decapitado entre las sábanas... Ha tenido que dejar el país, por si acaso".

Y tranquilos todos, amables lectores y seguidores: mañana vuelven las estupefacientes y chiripitifláuticas reseñas de Un Libro Al Día... ¡hasta el Infinito y más allá!

martes, 22 de diciembre de 2015

ULAD: Nuestros libros del 2015

Montuenga

Mejor novela del s. XX: Los reconocimientos, de William Gaddis
Mejor novela del s. XXI: Abril rojo, de Santiago Rocangliolo
Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre
Mejor novela iniciática: Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil
Mi gran descubrimiento: La escritura peligrosa de Tom Spanbauer en El hombre que se enamoró de la luna 
Mejor ensayo: La insensatez de los necios, de Robert Trivers
Mejor volumen de relatos: Extinción, de David Foster Wallace
Peor novela: 1914. El asesinato de Sarajevo, de Eladi Romero García
No he pasado de la cuarta página en: El día en que Nietzsche lloróde Irvin D. Yalom

Juan G. B. 

Novelón del año (en todos los sentidos): Los reconocimientos, de William Gaddis.
Sorpresa (se entiende que agradable): Londres después de medianoche, de Augusto Cruz.
Novela negra para-disfrutar-más-que-un-cochino-en-un-lodazal: Lennox, de Craig Russell.
Libros que me removieron las entretelas (y algo más): Poeta muerta, de Patricia Heras y La captura de Macalé, de Andrea Camilleri.
Mejor carta de navegación por los procelosos piélagos de nuestra época: La piel de la frontera, de Francesc Serés
Escollos evitados a tiempo: Lección de anatomía, de Marta Sanz y Un mal año para Miki, de José Ovejero.
Libros más preciosamente ilustrados: La vida de las paredes de Sara Morante e Ilustre Ruritania ilustrada de Ainize Santos y Santi Pérez Isasi (lástima de texto, en este caso).
Novela gráfica del año: Yo, asesino de Antonio Altarriba y Keko.
Publicación y recopilación del año (y obra maestra): Torpedo 1936 (integral), de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet.

Santi
Novela española del año: Cicatriz de Sara Mesa
Novelón del año: El museo de la inocencia de Ohran Pamuk
Clásico del año: Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell
Descubrimiento del año: Anna Starobinets, en particular sus relatos.
Autor al que ya no daré más oportunidades: Patrick Modiano
Fenómeno literario del año: Elena Ferrante y su serie de novelas sobre Dos Amigas
Fenómeno literario que no entiendo: la seride de novelas Mi lucha Karl Öve Náusea 
Curiosidades literarias: En Nadar-dos-pájaros de Flann O'Brien y Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Mestre 
Literatura y/o periodismo, a quién le importa: La agonía de Francia de Chaves Nogales y El fin del 'homo sovieticus' de Svetlana Aleksievich

Carlos Andia
Libro de viajes del año: En mares salvajes, de Javier Reverte
Novela apetecible 2015: Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga
Decepciones de mayor o menor rango: En la orillade Rafael Chirbes, y Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero
Para sumergirse en la Historia: Los Austriasde John Lynch
Clásico recuperado (y con mucho gusto): Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán
Tocho superlativo del año: Las mil y una noches (la reseña, antes de fin de año)

Francesc Bon 

Un año en que publican dos de mis autores favoritos no debería ser malo. Aunque lo hagan con obras que quizás, no sean sus mejores. Pero si bien a Houellebecq todos los acontecimientos ajenos han contribuido a que Sumisión gane en relevancia, crezca en trascendencia y rabie de actualidad y, por lo tanto, sea indiscutiblemente la novela más importante del año y su lectura obligatoria. A su lado, y no por deméritos, Pureza palidece, aunque crece en el recuerdo, lo cual no está nada mal. No suelo ponerme al lado de los vilipendiados por el mero hecho de serlo, pero ¿Franzen? El mejor de los que lo despedazan, que escriba un párrafo como el peor de los incluidos en Las correcciones y entonces hablamos.
Un autor con el que repetiré: aparte de decenas de clásicos, creo que volveré a probar a DeLillo para ver si el brutal desequilibrio entre Ruido de fondo y Cosmópolis tiene algún matiz. Y caerá algún Faulkner más, supongo. 
De este año no pasa: que encuentre unas semanas para apartarme del mundo y lea El día del Watusi de Francisco Casavella.
El libro que marcó mi añoSumisión, y aún podría exponer una docena de nuevos motivos por los que seguiré defendiendo esta novela.
El accésitaunque plantee dudas sobre si son puntos de partida de una carrera o no, libros como Nuevo destino son auténticos ganchos en la quijada.
Una apuesta personalSantiago Lorenzo cambiando de registro o Jenn Díaz poniendo su brillante prosa al servicio de asuntos más carnales. Peligro de que estilo, por brillante y solvente que este sea, devenga encasillamiento, amigos.
Frustrado: por no poder aportar mucho nuevo aquí ya que prácticamente todo lo que he leído ha caído en ULAD. Sí que he reconocer que este año ha sido para mí más un año de editoriales que de autores. Cualquier cosa de Sajalín, muchísimas cosas de Malpaso y bastantes de Blackie Books y Asteroide,
Incomprensible: Anagrama convirtiendo en emblemas de su producción dos naderías como Blitz y También esto pasará.

Y, como siempre, emplazar a nuestros lectores a que aprovechen los comentarios para dejarnos sus listas, sus sugerencias, preferencias, filias y fobias. Que ya tardabais.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Ben Marcus (& Rubén Martín Giráldez): Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos (con unos pinitos en pedantería)

:Titulo original: Why experimental fiction threatens to destroy publishing, Jonathan Franzen, and life as we know it
Idioma original: Inglés / Español
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 2002/2005/2018
Valoración: Recomendable

Aclaración necesaria para entender el batiburrillo del título, idioma, año de publicación, etc: este libro se compone de tres textos, dos de ellos escritos por el escritor y profesor de literatura en la Univerdidad de Columbia Ben Marcus y uno escrito por el escritor Rubén Martín Giraldez. El primero de ellos, y que da título al libro, es un artículo publicado en el año 2005 en Harper´s Magazine en respuesta a un artículo de Jonathan Franzen acerca de William Gaddis y de la por el bautizada como "literatura difícil". El segundo, escrito por Martín Giráldez, es una breve "historiografía pedante" sobre el tema de la "literatura difícil". El tercero, "He escrito un libro malo", es una breve palinodia publicada en 2002 por Marcus a raíz de la aparición de su novela "Notable American Women".

Dicho todo esto, es el primero de los textos de Marcus el que me parece más interesante y polémico. Que conste, antes de nada, que este artículo no constituye una defensa a ultranza de las vanguardias literarias, pero sí es la encendida defensa de una literatura que va más allá del mero entretenimiento. Su origen se sitúa en un artículo del célebre Jonathan Franzen, autor de "Pureza", "Libertad" o "Las correcciones", en el que acusa a los llamados autores experimentales (Gaddis, Gass, Joyce o autores noveles de cuyo nombre no me acuerdo) de castigar con una dificultad innecesaria a los lectores (lo cual también tiene su gracia viniendo de un autor que en tiempos de 140 caracteres te suelta tochos de 700 páginas) y su principal valor, más allá de los argumentos utilizados por Marcus para rebatir las afirmaciones de Franzen - Johnny: eres un puto gilipollas! (y esto lo digo yo) -, que podríamos resumir en que "algunos nos sentimos aliviados cuando leemos esta clase de escritos porque queda así demostrado que siempre hay más que pensar y que sentir (...) siempre hay intensidades que ni sabíamos que existían", reside en volver a poner sobre la mesa cuestiones como ¿leemos con el cerebro o con el corazón?, ¿qué queremos leer cuando leemos?, ¿qué leemos cuando leemos?, ¿podemos ser mejores lectores?, ¿la literatura ha de ser un mero entretenimiento o una expresión artística?, ¿cual es el fin de la literatura?, ¿existen la "alta" y la "baja" literatura?, etc. 

Además de mostrar su conformidad con lo expuesto por Marcus en su artículo, lo que en su texto nos viene a recordar Martín Giráldez es que este debate es tan antiguo como la propia literatura. Ya desde los tiempos de Horacio y el ars versus ingenium asistimos a esta clase de pendencias: el fondo contra la forma, el estilo, lo nuevo contra lo viejo, la muerte de la novela...En España también hemos tenido lo nuestro: Góngora contra Quevedo (nuestro Alien contra Predator literario), Benet contra Isaac Montero (¿Freddy contra Jason?), Cela y sus diatribas, Sánchez Ferlosio, el amigo JaviMari, etc. Lo que ocurre es que en España estas querellas son mucho más "sangrientas", barriobajeras, con descalificaciones personales incluidas (vaya, que lo de "Sálvame Deluxe" igual no es tan nuevo) y, por qué no decirlo, divertidas. El principal problema del texto de Martín Giráldez es, para mí, que le falta cierta fluidez, tanto por estar demasiado recargado de citas como por ser más un ejercicio de estilo que otra cosa. Vaya, que creo que la broma se le acaba yendo un poco de las manos.

De todas formas, se trata de un libro curioso y atrevido en estos tiempos de cierta uniformidad editorial y lectora que destaca, sobre todo, por poner de nuevo en primer plano debates que solemos obviar en nuestro día a día lector. Ah, y con una edición de lo más currada por parte de los amigos de Jekyll & Jill, como viene siendo habitual.

También de Martín Giráldez en ULAD: Magistral

Algunos libros del puto Jonathan Franzen AQUÍ

domingo, 1 de marzo de 2020

ULAD CUMPLE ONCE AÑOS. Reseña + Entrevista: Jorge Herralde: Un día en la vida de un editor


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: imprescindible para interesados

Jorge Herralde es una leyenda. Con su experiencia vital, bromea, podrían llenarse veinticinco tomos, y prefiero no especular con los secretos que este editor, cuyo sello cumplió 50 años en 2019, guarda para sí, por su elegancia ejemplar. Para los trasnochados, una elegancia que nada tiene que ver con abrocharse la chaqueta cuando se camina. Es la elegancia innata del hombre culto que es, del icono absoluto que ha cambiado décadas de edición en español (y en catalán), que es responsable de los primeros amores literarios de tantos lectores, entre los que me incluyo sin ningún recato. Aunque el que esto escribe haya sido, digamos, poco benévolo con ciertos de los últimos lanzamientos del sello (pido disculpas por anteponer al hooligan literario a veces), todo se reduce a la expectativa que surge de haber vivido, bajo esas cubiertas amarillas o grises o bajo las multicolor de sus Compactos, auténticos episodios de apasionamiento sobre los cuales no voy a insistir.

El caso es que, en un movimiento que desprende cierto aroma a despedida  (no nos asustemos, pero Herralde ya tiene una edad en que ni siquiera las grandes pasiones deben impedir que uno disponga de un razonable porcentaje de tiempo libre), Herralde recopila aquí 400 páginas largas de entrevistas, artículos, semblanzas, reflexiones, crónicas, discursos, de diversas procedencias y fuentes, y con la inclusión de algún texto inédito.
En las entrevistas nos encontramos, claro, con conceptos que pueden repetirse, sobre todo porque muchos entrevistadores repiten preguntas lógicas, interpelaciones que destilan admiración y,a través de su lectura, comprendemos no solamente el devenir de la editorial, sus puntos álgidos y algunos periodos de incerteza, su portentoso camino de evolución de editorial comprometida políticamente con la lucha antifranquista (con la censura intentando ahogarla económicamente) para, sin abandonar cierta militancia, evolucionar hacia el poderoso e influyente conglomerado de hallazgo y promoción de primeras figuras literarias, que es absurdo enumerar otra vez...sino que también confirmamos el extremado amor y respeto por la literatura que Herralde desarrolló (desarrolla aún a otro ritmo menos extenuante) en su carrera, algo que se detecta en cada uno de sus pasos y en cada párrafo, respeto hacia autores, competidores, colaboradores, diríase que ese concepto de elegancia impera en el libro a toda costa, ése y la enorme lucidez que surge a cada línea: la visión del mundo editorial, su actitud hacia los voraces cambios de las últimas décadas, su paciencia con los autores, su coherencia combinada con su tesón y su determinación, él comprenderá que use el término "tozudez" como calificativo de quien no tolera el adormecimiento del ciudadadano ante lo que se le presenta sin exigir esfuerzo. Anagrama es una editorial fundamental para comprender la evolución de la lectura en español de un cierto perfil, nivel y exigencia. Sin Anagrama, las cosas simplemente no serían cómo son, y Herralde fue su máximo responsable a lo largo de décadas, y aquí nos lo explica: em trec el barret.*

 *Catalán por "me quito el sombrero".

Y, como acompañando su primer medio siglo con nuestra primera década, nos contesta unas cuantas modestas preguntas. No toco ni una coma, este texto es sagrado.

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ENTREVISTA UN LIBRO AL DÍA 18/02/2020

1 Me gusta mucho un concepto del que habla en una de las entrevistas del libro: la captación del tiempo libre que efectúan, por ejemplo, las plataformas de TV en streaming. Y hace poco Jorge Carrión polemizaba en Twitter sobre la opción del gasto de 20 euros en un libro frente a una cena o un par de copas. Con este panorama, ¿pondría en marcha hoy en día un proyecto como el de Anagrama?
En otoño de 1967, cuando empecé a preparar Anagrama, el panorama tampoco era precisamente halagüeño, por otras razones. Repasando nuestro Catálogo general de 2018, en la programación en la primera década de los 70 abundan propuestas singulares, bien distintas en sus registros de lo habitual en las librerías españolas. Quizá demasiado aventurado económicamente: Anagrama estuvo a punto de cerrar en el 1980 y fallecieron no pocas editoriales de las más peleonas.
2 Alude también a los inicios de la editorial como emblema de lucha antifranquista y, por tanto, asediada y castigada por la censura. Se me ocurren casos como el de Libros del KO o Capitán Swing, pero, en este mundo convulso, ¿ve posible una recuperación de cierta literatura militante?
Tanto Libros del KO como Capitán Swing me parecen editoriales audaces y estupendas, sin duda mis preferidas en el ámbito de la literatura militante, tantos años después. Y también la Anagrama actual tiene una vena militante, a veces en “Argumentos” o en “Crónicas” y, sobre todo, en sus “Nuevos Cuadernos Anagrama” (digamos una versión aggiornata de una de nuestras colecciones más significativas de los años 70). Por otra parte, en muchos países ha habido un resurgimiento interesante de editoriales militantes. Un ejemplo es la siempre combativa editorial Wagenbach, que ha recuperado una colección muy combativa de textos breves.
En el último capítulo de mi libro Opiniones mohicanas (primera publicación en el año 2000), lo titulo “Los nuevos insumisos”, en el que daba la bienvenida a las nuevas editoriales que habían aparecido en los años 70, 80 y 90.
“Las «anomalías» editoriales antes aludidas, en este inventario que no pretende ser exhaustivo, podrían verse como guerrillas culturales, síntoma también de un malestar profundo, a veces explícitamente políticas, o bien en pos de otros horizontes intelectuales y literarios, un Gran Rechazo también al vigente modelo cultural, o más precisamente acultural, papillas pre-digeridas bajas en calorías, una escritura light, un menú único, que nuestros nuevos héroes, quizá un tanto ilusos pero con ilusión, se niegan a consumir. Mi más cordial bienvenida a los nuevos insumisos.”
De las dieciocho que menciono en el texto, veinte años después, solo persisten algunas: Acantilado, Salamandra, Minúscula, Lengua de Trapo, Trea, Áltera, Octaedro, Páginas de Espuma, Sequitur... Otras de menor calado, no mencionadas, ya habían desaparecido.
3 Más menciones a ciertas lecturas recientes, y dados los orígenes y la propia ubicación de la editorial en un barrio acomodado de Barcelona, ¿cree que Anagrama franqueó con sus elecciones y su serie de bolsillo ese estigma del lector voraz como persona de un cierto perfil social?
No acabo de entender tal “estigma”.Y la cualificación de una editorial la define, sin lugar a dudas, como es bien sabido, su catálogo y su coherencia a lo largo de las épocas. Se puede estar de acuerdo o no con el catálogo, pero este es el que dice la verdad de una editorial más verosímil que los complacidos gorgoritos de los editores.
4 ¿Son conscientes de la repercusión que sus obras tuvieron en un país que salía de una dictadura mojigata?
Sí, en efecto. A menudo eran apuestas arriesgadas comercialmente pero que nos parecían especialmente pertinentes en nuestro catálogo. Por ejemplo, a numerosos autores excelentes, pero minoritarios, también les publicamos sus primeros libros de cuentos.
Con demasiada frecuencia, sobre todo en la primera década, fueron tiempos difíciles, pero nuestras elecciones coincidían con el ADN de Anagrama (sea ello lo que fuere). Y resultó extremadamente gratificante la repercusión en América Latina, donde realicé tantísimos viajes, tuvimos una excelente relación con los libreros, la prensa, las Ferias. Incorporamos, por ejemplo, algunos de los primeros libros de autores como Guadalupe Nettel, Zambra o Villalobos y también publicamos a grandísimos autores (de Pitol a Piglia) que ahora tienen el rango de clásicos.  Creo que una de las funciones fundamentales de un editor es estar atento a los nuevos autores, aquellos que, con el tiempo, pueden convertirse en los clásicos del futuro. Ninguna otra brújula.
5 Por el motivo que sea, se detecta una cierta pérdida del peso de Barcelona como centro editorial. ¿Cómo ve la escena editorial barcelonesa, al margen de la apoteosis anual de Sant Jordi?
Desde hace años, en el siglo XXI, han surgido centenares de nuevas editoriales, en muy distintos países, marcadas por la búsqueda de la excelencia y muchas de ellas han logrado asentarse. En épocas anteriores, el índice de “mortalidad” era mucho más elevado. Este es un hecho innegable y muy positivo.
Pero, sin ningún afán patriótico-barcelonés, resulta innegable que en nuestra ciudad tienen su sede dos de los sellos editoriales más poderosos del mundo: Planeta y Penguin Random House (Bertelsmann) y siguen en activo muchos excelentes de los sellos literarios independientes. Véase como ejemplos Acantilado, Minúscula o la propia Anagrama, que opera como sello independiente, aunque ha cambiado de propietario: la italiana Feltrinelli. Y también han surgido, en el siglo XXI, excelentes nuevas editoriales.
6 Otro mantra reciente: "Más autores que lectores", y yo creo que el editor es necesario para parar los pies a tanto talento en ciernes que eclipsa al talento real. ¿Llegó a sentirse tentado a hacer como dicen que hacía el editor de Carver?
En cuanto al editor de Carver, Gordon Lish, es una figura muy polémica, al margen de su talento. Es sabido que realizó una extrema cirugía en los cuentos de un Carver entonces autor desconocido e inseguro, sin recursos económicos y con graves problemas con el alcohol. Sus cuentos tuvieron mucho éxito, pero al final dejaron muy traumatizado al autor, que se sentía como un impostor involuntario, y al cabo de unos años empezó a reescribirlos tal como fueron concebidos. El primero fue Principiantes. Por desdicha, Carver murió antes de poder completar la revisión de los restantes. Como dato curioso: Carver falleció en agosto de 1988, un mes antes de la que hubiera podido ser su primera visita a Barcelona, invitado por Anagrama. No llegué, pues, a conocerlo, pero su gran amigo Richard Ford me habló a menudo de él, eran como hermanos.
He intervenido a menudo como editor en textos de los autores de la casa, pero siempre ha sido “cirugía menor” y pactada con el autor, a veces (pocas) con un cierto forcejeo. Por poner un ejemplo, bastante conocido, Bolaño pensó en Tormenta de mierda como título de un libro que, finalmente, se llamó, creo que afortunadamente, Nocturno de Chile.
Por cierto, para mí cambiar títulos ha sido un hobby frecuente. En varios casos, autores indecisos al respecto me pidieron que lo intentara yo.
7 Aunque me consta por la lectura del libro que ya cerró alguna de esas heridas, ¿se quedó con las ganas de publicar como Anagrama algún autor u obra en particular, en especial los llamados clásicos?
He citado a menudo el caso de Borges, pero ya estaba editado con contratos férreos en Argentina y en España. También me hubiera gustado publicar Teniente Bravo de Juan Marsé, pero Carmen Balcells, su agente, lo desvió a una editorial con mucho más poderío. Y también he deseado publicar a Mendoza, pero este tiene un férreo vínculo personal con Pere Gimferrer, hasta que la muerte los separe.En cualquier caso, con tantísimos grandes autores publicados, sería muy descortés con ellos ejercer de plañidera.
8 Y hoy, ¿qué lee por placer, con pura desconexión profesional, si ello le es posible?
Desde enero de 2017, elegí a Silvia Sesé como directora editorial (muy sabiamente, como es sabido). Al revés que antes, ya no leo a todos los autores que publicamos sino una lista restringida y diría que de lectura gozosamente inevitable.
Y, desde luego, leo y releo por placer memorias y diarios de escritores y editores muy escogidos con gran gratificación y sosiego. Entre otros ejemplos recientes figuran Barral, Castellet, Esther Tusquets, Salinas… y autores más recientes como Iñaki Uriarte o Marcos Ordoñez. Y suma y sigue. 
9 Sin necesidad de entrar en detalles, ¿puede mencionarme algunos autores por los que ha apostado y le frustre particularmente que no hayan tenido el éxito que cree que merecen?
No entraré en detalles para no entristeceros ni entristecerme y, por supuesto, para no recordarlo públicamente. Solo mencionaré a un extranjero, mi admiradísimo y muy minoritario Giorgio Manganelli: le publiqué cuatro joyas, creo haber cumplido con mi auto-impuesto “cometido histórico” con tan singular autor. Hace años, para mi alegría (y la de sus escasos pero muy agradecidos lectores), lo recuperó Siruela y creo que después ha habido algún otro intrépido colega.

Un pequeño test rápido (y si cree que debe añadir algún comentario, le ruego que lo haga), le paso una breve y heterogénea lista de autores y dígame si los hubiera encajado en Anagrama:

David Foster Wallace
William Gaddis
Isabel Allende
Mircea Cartarescu
Camilo José Cela
Primo Levi

Respecto al test rápido de autores de imaginaria publicación, desde luego editaríamos con gran orgullo a Primo Levi. También a David Foster Wallace, William Gaddis y Mircea Cartarescu. En cuanto a Isabel Allende, preferiría no ofrecer a los lectores de Anagrama una incorporación poco congruente.
El caso de Cela es especial: en mi juventud fui leyendo casi todos sus textos de los años 60, que me gustaron mucho, obviamente. Así, La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a la AlcarriaCuentos carpetovetónicos. Y en una ocasión estuve a punto de publicar una nueva edición de La colmena gracias a la singular decisión de su agente Carmen Balcells, quien, durante unos años, decidió que los libros que se vendían muy bien podrían seguir vendiéndose todavía mejor publicados por varias editoriales.  Gracias a ello, pude publicar los extraordinarios títulos de Juan Rulfo: Pedro Páramo y El llano en llamas. Y también mi novela preferida de García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba. Quizá una preferencia inhabitual. Sin embargo, Gabo afirmó, unos años más tarde, que había escrito Cien años de soledad con el único propósito de lograr que El coronel tuviera más lectores. Di un respingo de júbilo, pero casi al instante recordé la merecida fama de gran mentiroso, más o menos juguetón, de Gabo, según decían sus íntimos amigos.
Volvamos a Cela. Cuando ya había acordado con Carmen Balcells la publicación de La colmena, se produjo un hecho muy desagradable. Habían empezado a triunfar visiblemente varios escritores de la llamada Nueva Narrativa Española y Cela los atacó en varios artículos (creo recordar que en El País) de una vileza moral que me parecía incompatible con dicha publicación en Anagrama. Fin de la historia.
Unos pocos años más tarde, los “auténticos” editores de Rulfo, García Márquez y otros autores le comunicaron a Balcells que se había acabado la fiesta y que ellos serían los únicos en publicar tales obras. Punto y aparte.
Curioso, Leo Messi ya ha pronunciado, hace poco, la palabra retirada. Y a Vd. no se la he leído en 460 páginas. Sin ponernos terribles, ¿se ve capaz de dejar de ser editor (profesión, dice, hecha a su medida) en algún momento?
La profesión de editor sigue siendo lo que más me gusta hacer. Sigo en ello, con menos intensidad, claro, mientras Silvia Sesé ha tomado las riendas de la dirección editorial con gran acierto y con mucha sintonía personal entre nosotros. Así que mientras crea que puedo seguir siendo útil y me sienta a gusto, seguiré en ello hasta que haya alguna interrupción drástica: auto-despido, mi despacho tapiado de pronto, la guadaña…

Jorge Herralde
Barcelona, 18 de febrero 2020


sábado, 12 de abril de 2014

Philip Roth: Engaño

Título original: Deception
Idioma original: inglés
Traductor: Jordi Fibla
Año de publicación: 1990
Valoración: está bien

     Un Philip Roth. Un Philip Roth “menor”, si se quiere (y si tal cosa es concebible), previo en su publicación (1990) a muchas de sus obras más renombradas.

      Un Philip Roth técnicamente virtuoso, pues toda la novela está estructurada a base de diálogos (o fragmentos de diálogos). Pero con lo del virtuosismo no me refiero a un simple alarde técnico, ya que el recurso al diálogo resulta ante todo pertinente y adecuado a la historia (o historias) que se cuenta y, en segundo lugar, dudo que el sr. Roth tratara de llamar la atención con tal virtuosismo, dado que era la primera novela (ni la última), que cha mano de tal recurso. Por compararlo con otros novelistas norteamericanos de fuste y de su época, diré que no son los diálogos irritantemente lacónicos (al menos para mí) de McCarthy ni tampoco los irritantemente desquiciados del Gótico carpintero de Gaddis (aunque también es cierto que ese desquiciamiento era, sin duda el efecto deseado). Los de Engaño son diálogos rápidos, vivos, de una facilidad que el lector, creo que agradece, aunque... a veces tampoco sea fácil de averiguar quien está hablando o qué está sucediendo, con exactitud (de eso se trata, también).

     Un Philip Roth que, una vez más, utiliza su propia biografía para construir la trama y los personajes: el protagonista es un escritor llamado Philip (humm... necesito más pistas), escritor norteamericano (podría ser cualquiera...), judío (vaya, eso...), que ha sido profesor y ha tenido líos con alumnas (bueno... ¿y quién no?), que escribe un libro sobre un tal Zuckerman (ejem... me rindo) y tiene una relación extraconyugal con una dama inglesa, con la que mantiene dichos diálogos, alternados con otros con personas provenientes de los países del Este de Europa (aún existía el “Telón de Acero” y todo...¡qué tiempos!) y con su esposa. De hecho, creo que este libro podría entrar en la categoría de lo que hoy día llamamos “autoficción" (género o subgénero o lo que sea del que yo suelo huir como de la peste... pero claro, esto es un Philip Roth...). Incluso, al parecer, su pareja de entonces, la actriz inglesa Claire Bloom (con la se casaría en ese 1990, para divorciarse unos años después) le exigió que retirara su nombre del manuscrito de la novela. No se cortaba un pelo, mr. Roth...

      Un Philip Roth que , por supuesto, trata, aunque sea de pasada, muchos de los temas que encontramos en otros libros suyos. Los protagonistas, dos adúlteros que dialogan antes o después del acto nefando, hablan del amor, del matrimonio y el adulterio, claro, pero también de la enfermedad y el envejecimiento, del judaísmo (o, mejor dicho, del hecho de ser judío, que es algo diferente), del antisemitismo, de las diferencias entre América e Inglaterra, del proceso creativo literario y sus miserias...

     Un Philip Roth en el que además es difícil distinguir lo que es real y lo que imaginario (bueno, en realidad, es una novela, luego todo debería considerarse imaginario.... ¿o quizá no?): llega un momento en que lo que parece es un autor dialogando con sus personajes, como si Flaubert mantuviera una conversación con Emma Bovary (el ejemplo no es al azar, que conste). Además, constantemente se habla en el libro de otro libro que está escribiendo el protagonista, y uno ya no sabe si es el mismo libro que estamos leyendo u otro libro diferente de este libro... en fin, el consabido rollo metaliterario que tanto suele gustar (y del que huyo como de la sarna). Al final, uno no sabe si el Engaño del título se refiere al adulterio o al del escritor (así, en genérico) hacia sus lectores. Lo que, supongo, también era de lo que se trataba.

      Un Philip Roth que quizá no guste tanto a los que se aproximan por primera vez a su obra como a los que ya la conocen y son incluso adictos (que los hay) al “monstruo de Newak” (dicho sea con cariño). Y que, a pesar de ciertas reticencias, no puedo dejar de recomendar, porque, después de todo, se trata de una novela del gran Philip Roth.... ¿esto no lo había mencionado aún, verdad?

También de Philip Roth en ULAD: IndignaciónEl animal moribundo, La conjura contra AméricaElegíaLa mancha humanaNémesisPastoral americanaEl lamento de PortnoyLa humillaciónGoodbye, ColumbusSale el espectro

jueves, 21 de julio de 2016

Rubén Martín Giráldez: Magistral

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: raro de cojones

Hablemos de sentimientos.
Me siento algo culpable de no prestar atención a los nuevos narradores con la debida frecuencia. Problema es el trastazo que me he dado con alguno de ellos, trastazo cuya debida e injusta secuela es meter a muchos dentro de un mismo saco y pensar: "ya os aclararéis" o "ya decidiréis si el futuro es la clonación en serie de ídolos locales y foráneos o justificar vuestra existencia probando algo nuevo y, por favor, que no solamente sea para epatar".
Me siento, también, en términos léxicos y en términos intelectuales, impotente o incapaz de llegar a algunas de las cotas alcanzadas por algunas de las reseñas que ya se han escrito sobre esta, dicen, novela, diría yo, texto o hasta pretexto para, fina, socavadamente, zurrarle la badana a muchos colectivos de esos que lo son sin ser conscientes de serlo. Cómo vas a llamar "colectivo" anulando a un montón de fascinantes personalidades únicas e individuales.
Me siento avergonzado. ¿Veis? Es así. Uno lee cierto tipo de texto (me pasa con David Foster Wallace) y cala de tal manera que no puede evitar incorporar ciertos aspectos cuando escribe. Lo cual no puede ser una mala señal. O sea, es una buena señal.

Magistral me fue cálida y convencidamente recomendado por Isabel Sucunza, librera al frente de La Calders, punto de encuentro ineludible en Barcelona, librería especializada en libros como les gusta decir, albergada en una nave que aún parece conservar olor a café o a harina o a rollos de tela de lino o quizás a sacos de yeso. Un magnífico escenario repleto de mesas y estanterías de las que da tanta pena separarse como ilusión ver qué hay en la siguiente. Magistral me fue definido como un juego y creo que hasta en la breve conversación que sostuvimos (las  terribles prisas urbanas) salió alguna expresión equiparable a "ida de olla".

Pero yo he de decir algo mundano sobre este libro. Se supone. Magistral sí es un juego, un juego (¿meta?)literario que bien pronto Giráldez pringa de palabras extrañas, diría que unas cuantas, si no muchas, inventadas, o diseñadas o adaptadas. Pero no soy de esos que lee un texto con un diccionario a mano. Otra vez las terribles prisas urbanas. Magistral no admite prisas, para empezar. No vayamos, aclaro, con eso de la literatura gourmet. Para este libro eso es un insulto. Empieza como una reflexión sobre el idioma pero los cargadores vacíos empiezan a volar y a amontonarse. Hay tiros para la crítica, a la que se tilda de uniforme y adocenada, bilis hacia el establishment y todo lo que representa en términos de oligopolio, de inmovilismo, de encarcaramiento. Diatribas contra el dominio de la literatura USA, y mucha incorrección a todos los niveles, forma y fondo reciben y Giráldez no parece nada preocupado por las consecuencias, ni que sea porque nombrar muy claramente no nombra a nadie. Quién es la Obediencia, quiénes los bardólatras, qué es la Gran Boca Americana. Eso está más que claro, aunque dé por pensar si una segunda lectura desvelaría capas adicionales y guiños, aportando algo de orden en un caos que es voluntario y orgulloso de serlo. Pues ahí pueden confirmarse algunas influencias (el cabreo de Céline, el atropello calculadamente desgarbado a lo Gaddis, el jugueteo con la repetición de Bernhard, hasta la sorna dispersa y geométrica de Pynchon), y también capturarse matices que luego se recuperan en cualquier otro punto aleatorio. Magistral se alude a sí mismo e incluye (apuesta estética algo desconcertante) portada y extractos de un libro de Ben Marcus, guisa o alter-ego, y aquí los guiños ya son muchos, combinando texto en diferentes idiomas, recuadros centrales, recortes brutales (y habría que interpretar si la condición de traductor de Giráldez no trasluce ahí) tras los que atisbo una intención gamberra, bromista, como si Giráldez asumiera que para el reducido público potencial que puede interesarse por sus obras (NO vais a ver Magistral en el bolso de playa de ninguna sufrida señora de vacaciones) nadie va a tomarse demasiado a mal este ácido ejercicio de esteticismo dilettante. A pesar de que más de uno creerá haber sido objeto de una tomadura de pelo (añadid los 12,60 de su precio por 100 páginas: la urgencia de las pequeñas editoriales independientes por cuadrar números en cada publicación), la sensación de tener que volver a leer, de inmediato, una vez se acaba, no sea que me haya perdido algo, este (sabías, Rubén, que estábamos todos abocados a decirlo) ejercicio inclasificable no es algo que suela suceder a menudo. Dejémoslo ahí.

También de Martín Giráldez (al menos en parte) en ULAD: Por qué la literatura experimental...