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viernes, 25 de marzo de 2016

Semana de la autobiografía, Re-Reprise. Thomas Bernhard: El sótano

Idioma original: alemán
Título original: Der Keller. Eine Entziehung.
Año de publicación: 1976
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: muy recomendable,casi imprescindible

Ya sé que hace unas semanas de ésto de las autobiografías. Pero qué oportuno hubiera sido haber leído a Bernhard por aquel entonces. Qué soberbia coartada hubiera brindado y cuánto juego, oh, cuánto juego.
Porque El sótano es solo la segunda parte de una pentalogía, apenas recoge más de unos meses en la vida del escritor y, como muchos se preguntarían, a ver qué hace cualquiera que ose pensar que al mundo le interesa su vida.
Y oh, cuántas respuestas hay aquí. A esas y a otras muchas preguntas. Bernhard no necesita mucho más que estas 140 páginas para eso. Demostrando, además, que es un ejemplo perfecto de escritor puro. Sí, la cursiva es mía. O no es pureza ese estilo hostil, hosco, seco y enemigo a muerte del lectorcete de best-sellers. No es pureza el insistir hasta el hostigamiento en conceptos como la presión social, la coacción del sistema educativo, el clasismo, para que estos calen hasta el tuétano y uno piense que lo que está leyendo le cambia como lector, casi de forma irreversible. Sin que a uno se lo hayan pedido, Bernhard sacude en un punto intermedio de referencias tan dispares como la Jelinek más concreta (la que se resigna a ser leída) o el Vallejo más agrio (el que vapulea al lector incauto), allí tenemos al escritor nacido en Holanda y criado en un Salzburgo asolado por la guerra, que es el escenario donde nos encontramos al Bernhard adolescente, apenas unos meses finiquitado el III Reich, decidiendo abandonar el instituto donde está siendo inútil. Decidiendo tomar no cualquier camino sino el camino opuesto. Por lo que acude a una oficina de ocupación (al parecer las de Austria de la postguerra más inmediata sí servían para algo) y, tras desestimar mejores opciones, acaba trabajando como aprendiz en una tienda de alimentación en el poblado de Scherzhauserfeld, un suburbio de Salzburgo, tienda regentada por un curioso personaje, el señor Podlaha, músico frustrado con el que pronto simpatiza. Allí acude la gente de ese deprimido barrio a proveerse de alimentos. Tras la guerra, las provisiones escasean, pero el sótano, la tienda del señor Podlaha donde el joven Bernhard trabaja de aprendiz, es un sitio concurrido, una pequeña vía de escape para quienes acuden allí. 
El mérito de Bernhard es extraordinario. Ni una frase fuera de sitio, ni una floritura que no cumpla su función en el conjunto. Que es relatar esa etapa de su vida pero situarla en su contexto en cuatro pinceladas que solo un escritor de precisión majestuosa puede permitirse. En 140 páginas caben esos meses, pero cabe la tensión culpable del hundimiento del III Reich, la presencia de las tropas americanas, el enorme clasismo de la sociedad del Salzburgo de la época, las desgracias acaecidas en el conflicto y sus consecuencias que están por doquier (el propio Bernhard, conviviendo con su madre y su tutor, en una vivienda donde se hacinan nueve personas y dónde solo el tutor obtiene ingresos). Cabe tanto en tan pocas páginas, uno se pregunta por qué y la respuesta solo puede ser una. Jodidos genios.

También de Thomas Bernhard en ULAD: El origen, El sobrino de WittgensteinCorrección


domingo, 22 de febrero de 2026

Thomas Bernhard: Trastorno

Idioma original: alemán

Título original: Verstörung

Traducción: Miguel Sáenz

Año de publicación: 1967

Valoración: Recomendable


Dentro de la obra narrativa de Thomas Bernhard Trastorno (1967) va en segunda posición, es decir, es su segunda novela, publicada ocho años antes de Corrección (1975), la única que conozco aparte de esta. Entre ambas publicó La calera (1970). No son datos que llamen la atención o que puedan interesar mucho al lector, ni es mi costumbre largar este muestrario de títulos y fechas, pero hay algo disonante en esta secuencia, ya verán.

Y es que Trastorno, aunque tiene una cierta unidad argumental, desde el punto vista estilístico muestra una ruptura fuera de lo común a la que no encuentro demasiada lógica. De forma que en el aspecto formal tenemos algo así como dos novelas independientes:

1. Personajes de la Austria profunda

Con un formato perfectamente convencional, Bernhard cuenta el periplo de un médico rural que, acompañado de su hijo, visita a diversos pacientes en la región austriaca de Estiria, repleta de bosques, montañas y valles profundos. El judío Bloch, la señora Ebenhöh, el industrial que vive con su hermanastra aislado del mundo, el hijo contrahecho de los guardeses del castillo, los Fochler con su molino incrustado en un barranco y con gran número de pájaros exóticos en una jaula. Es una ‘población básicamente enferma, propensa a la violencia y el desvarío, […] gentes del campo que degeneran en la brutalidad, […] un paisaje de profundos valles sin sol, pequeñas ciudades y abúlicos pueblos y mercados’. No es de extrañar que Bernhard no despertase precisamente la simpatía de buen número de compatriotas con semejantes opiniones.

Por momentos recuerda retratos inclementes de mundos rurales de otras tierras, pero aquí no se trata de personajes primitivos como los de las aldeas gallegas de Valle Inclán, o brumosos, intemporales y casi metafísicos como los de la Región de Juan Benet. No arrastran, que sepamos, traumas antiguos o extrañas taras, son individuos simplemente sometidos por ese entorno hostil y embrutecedor que los trastorna y deshumaniza generación tras generación, a la vez que les ata para siempre a esa tierra, naturaleza pura, maravillosa y aterradora al mismo tiempo.

La narración es poderosa, fluida, y diríamos perfectamente homologable, como si un artista abstracto decidiese demostrar que también sabe hacer pintura figurativa, y lo hace espléndidamente. Pero Bernhard, de repente, toma otro rumbo.

2. Saurau

El último paciente de la ronda es el príncipe Saurau, que habita con sus hermanas e hijas en el castillo que se yergue en lo alto del barranco. Necesita de un nuevo administrador para sus tierras, y Bernhard, que le concede la voz única en prácticamente todo lo que resta del libro, dedica once páginas a describir cómo un hombre se postulaba al puesto y fue finalmente rechazado, una simple entrevista de trabajo. La desproporción sugiere cierto desequilibrio en el protagonista-narrador, y promete por tanto sensaciones intensas. Saurau puede además resultar un personaje fascinante, solitario y sumido en inquietudes intelectuales, que lanza su disertación de forma fragmentada y en todas direcciones, la naturaleza del hombre, la posible traición de su hijo, la interacción con la naturaleza, el espíritu del castillo o la enfermedad moral de los pueblerinos, sus empleados, o de Austria entera. 

Ese torrente incontenible, el interminable monólogo del príncipe, hace inmediatamente pensar en el Roithamer de Corrección, y por eso esta segunda parte del libro es como un puente hacia la posterior novela de Bernhard. Se diría que el autor ha descubierto repentinamente otra forma de contar las cosas, abandona el convencionalismo anterior y se lanza sin freno por el nuevo camino. De ahí que surja la duda sobre esa novela intermedia que de momento no conozco.

Pero lo cierto es que al larguísimo speech no le veo la profundidad y la coherencia que, dentro de formato tan complejo, mostraba en Corrección. La perorata del príncipe es una sucesión de comentarios muy breves y con escasas conexiones, que bien podría ser simplemente el discurso de un demente, con poco que aportar al resto de la narración. Lo cual demuestra que el descubrimiento de una herramienta narrativa, por valiosa que pueda ser, no garantiza por sí misma un resultado brillante, algo que solo se consigue cuando se carga con el material y en la forma adecuados. Con todo, el libro no deja de ser estimable, con ese punto extraño que resulta atrayente siempre que estemos prevenidos: la lectura de Bernhard es estimulante, pero (afortunadamente) nunca sale gratis.


Otras obras de Thomas Bernhard reseñadas en ULAD: aquí

viernes, 25 de mayo de 2018

Thomas Bernhard: El sobrino de Wittgenstein

Idioma original: alemán
Título original: Wittgensteiens Neffe
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1982
Valoración: está bien

Confieso cierto reparo en reseñar una obra de Thomas Bernhard, por la grandeza del autor, y por la insignificancia de quién reseña este libro. Y a pesar de haber disfrutado con «» (motivo por el cual me animé a seguir indagando en la obra del autor), debo reconocer que este libro me ha dejado algo tibio, por diferentes motivos. Vamos allá.

El libro, de carácter autobiográfico, parte de un episodio de la vida del autor, en el que estuvo internado en el hospital para tratarse de la tuberculosis. En su estancia, coincide con Paul Wittgenstein (a quien hace referencia el título y sobrino del filósofo Ludwig Wittgenstein, por quién Bernhard sintió una profunda admiración), quien se halla internado en el ala de enfermos mentales. Los momentos compartidos entre Bernhard y Paul en el hospital, aunque ubicados en diferentes alas del recinto, son el origen y la semilla de este ensayo, en el que el autor utiliza como vehículo esta particular coincidencia hospitalaria para hablar sobre los temas que giraban en torno su vida.

De esta manera, Bernhard se nutre de las reflexiones originadas durante su estancia hospitalaria para trazar una serie de reflexiones acerca de la vida y la amistad. Así, a modo de ejemplo, el autor realiza un análisis acerca del funcionamiento de los hospitales, pero poniendo el foco en los pacientes internados en él y, en especial, en aquellos que son tratados por enfermedades mentales. Aquí el autor es hábil, y puede que esta parte sea una de las mejores del libro, pues nos habla de la fina línea entre enfermedad mental y genialidad; habla sobre aquellos que son considerados como locos y sus causas para, utilizando como ejemplo a su amigo Paul, analizar el caso de aquellos que se les supone una locura por motivos de un exceso de reflexión sobre el mundo, entendiendo su enfermedad como al exceso de riqueza mental que tienen los filósofos, provocando que estallen su cerebros, pues son incapaces de contener y albergar tantas ideas y reflexiones; el autor lo expone en el siguiente párrafo:

"A uno, Ludwig, lo hizo famoso su filosofía, al otro, Paul, su locura. Uno, Ludwig, fue quizá más filósofo, el otro, Paul, quizá más loco, pero posiblemente creemos que el primero, el Wittgenstein filosófico, es el filósofo, solo porque llevó al papel su filosofía y no su locura, y que el otro, Paul, era un loco porque reprimió su filosofía y no la publicó y solo exhibió su locura. (...) Uno dio publicidad a su cerebro y el otro no. Podría decirse incluso que uno publicó su cerebro y el otro practicó su cerebro."

Más allá de los aspectos relacionados con el hospital, el centro de la obra es la relación del autor con Paul, con el que compartió su pasión por la ópera y la música clásica; el análisis de la relación permite que el autor exponga, a través de sus conversaciones y sus habituales monólogos internos, sus reflexiones sobre diversos aspectos de su día a día. Así, y siempre crítico a la condición humana, Bernhard nos habla también de la capacidad y necesidad de ver más allá de lo que nos conviene, pues a menudo solo vemos aquello que se adapta a nuestras propias ideas u opiniones, estableciendo un marco donde todo encaja sin necesidad de analizarlo, evitando así cuestionar nuestras propias creencias, y asumiendo como única realidad posible la contenida en nuestro marco mental. Asimismo, estableciendo su amistad con Paul como sustento narrativo, el autor analiza y disecciona el concepto de amistad, no únicamente de la suya propia sino del concepto de amistad que la sociedad entiende. Así, con la crítica a la que nos tiene acostumbrados, denuncia las falsas amistades y la supuesta solidaridad de algunos, que la utilizan como vehículo para la satisfacción y contentamiento de uno mismo. Para Bernhard, la amistad es algo muy exclusivo, y difícil de encontrar y mantener:

"Y hoy pienso que las personas que han significado realmente algo en nuestra vida podemos contarlas con los dedos de una mano, y muy a menudo esa mano se rebela contra la perversión que consiste en creer que tenemos que recurrir a toda una mano para contar a esas personas, cuando, si somos sinceros, podríamos arreglárnoslas sin un solo dedo."

Es innegable que Bernhard escribe bien, realmente bien, pero debo admitir que, a pesar de ciertos momentos donde sí he disfrutado del libro por sus reflexiones e incluso por sus críticas ácidas a ciertos aspectos de la sociedad, me da la sensación que el autor abusa en exceso de saberse hábil en el manejo de las palabras y acaba componiendo un relato con exceso de detalle que dudo que entusiasme a los lectores a menos que: 1) sean filósofos (o que sientan un profundo interés por la filosofía), 2) sean amantes de la música clásica, 3) se sientan atraídos especialmente por la opera. Y me da también la sensación que Bernhard escribió este libro como reconocimiento a la influencia positiva que tuvo Paul en él, y de alguna forma el texto que nos ocupa le sirvió al autor para disculparse por haberse distanciado de su amigo en sus días finales y no haber estado la altura de la amistad que mantuvieron ni a la admiración que por él profesaba.

Aun así, el libro tiene sus momentos interesantes por sus críticas afiladas y su evidente sarcasmo, pero también porque la novela es un canto a la amistad verdadera, a aquella que se establece a pesar de la disconformidad en varios aspectos y contiene reflexiones interesantes (compartidas o no) sobre aspectos cotidianos, ya sea la propia amistad o el mundo literario; también es una advertencia a aquellos que abandonan la amistad a la fragilidad de su salud, pues como el propio cuerpo humano, merece todos los cuidados necesarios para que no se desvanezca sin haberla disfrutado a fondo.

También de Bernhard en ULAD: El origenEl sótano, Corrección

jueves, 23 de junio de 2016

Thomas Bernhard: El origen. Una indicación

Idioma original: alemán
Resultado de imagen de el origen bernhardTítulo original: Die Ursache. Eine Andeutung
Año de publicación: 1975
Valoración: Muy recomendable

Con cierta frecuencia, a la hora de opinar de un libro concreto o de la calidad literaria en general, sobre todo entre personas que empiezan a escribir ficción, se da por hecho que esta ha de estar marcada por un conjunto de recetas que han demostrado su validez en algún momento. Creen que de esta forma es imposible equivocarse y lo que resulta de ello son textos clónicos, y por tanto previsibles, tan alejados de lo artístico como puede estarlo un consumado bailarín del niño que empieza a andar. Bernhard se caracteriza por apartarse de lo consabido y sin embargo –o precisamente por ello–construye un amplio conjunto de obras magníficas, algunas como El origen, de género indeterminado, a caballo entre la novela autobiográfica y una confesión casi compulsiva de sensaciones y experiencias vividas en una edad y unas circunstancias históricas que –aliadas con su indiscutible  talento– le suministraron material suficiente para escribir una serie autobiográfica completa.
Si tuviera que escoger una sola virtud de El origen, me decidiría sin duda por la visceralidad que se desprende de ella, por esos sentimientos que aparentan estar tan a flor de piel como si lo narrado acabase de ocurrir y lo que leemos no fuese más que un simple y arrebatado desahogo. Esto produce una sensación de sinceridad e inmediatez que, sabemos, son buscadas y elaboradas de forma artística, pues los hechos ocurrieron décadas antes y por tanto los recuerdos han debido ser cuidadosamente filtrados y reestructurados. Lo que utiliza el autor son técnicas capaces de transmitir la radical sinceridad que impregna su testimonio, como improperios, repeticiones, series interminables de oraciones coordinadas, subidas y bajadas de tono, componiendo una especie de sinfonía en prosa.
El texto se estructura en dos etapas que abarcan parte de la adolescencia del autor, tituladas Grünkranz y El tío Franz (como sendos iconos de la crueldad en cada una) y que ubica casi exclusivamente en Salzburgo. Se trata de una crítica permanente, en la que se constata un sufrimiento cotidiano –y casi insoportable– junto a la fortaleza que supone no sucumbir a él, con un claro compromiso ético. Bernhard lanza su sarcasmo, para exorcizar lo que representan, sobre los dos directores, la educación secundaria, Salzburgo –su clima, su arquitectura, la crueldad de sus habitantes y la de la guerra que hubo de soportar allí–, el nacionalsocialismo, el catolicismo, la guerra y sus consecuencias: frío, hacinamiento, pánico, muertes, paralización de la vida cotidiana; sobre la humillación y desesperación omnipresentes, un sistema educativo concebido para no producir más que “débiles mentales”, los pensamientos de suicidio, el suicidio mismo y sobre los responsables de que estos se produzcan. En este párrafo se resumen gran parte de esos ataques que luego desarrollará.
“Con mucha frecuencia he podido reconocer y amar la especial forma de ser y la peculiaridad absoluta de ese paisaje materno y paterno mío, hecho de una naturaleza (famosa) y de una arquitectura (famosa), pero los imbéciles habitantes que existen y, de año en año, se multiplican aturdidamente en ese paisaje y esa naturaleza y esa arquitectura, y sus leyes viles y su interpretación aún más vil de esas leyes suyas, han matado siempre enseguida mi reconocimiento y mi amor (…) Salzburgo es una fachada pérfida, en la que el mundo pinta ininterrumpidamente su falsedad, y detrás de la cual lo (o el) creador tiene que atrofiarse y pervertirse y morirse lentamente. Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente, en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico y en el fondo totalmente enemigo del ser humano.” [i]
Las circunstancias familiares se esbozan eludiendo concretar demasiado. En toda esa explosión de sentimientos, muy pocos son los que se salvan de la quema: su madre, unos pocos familiares, además del compañero discapacitado que le ayudaba en el dibujo técnico y un profesor con escaso atractivo físico. Bernhard recuerda la bondad de ambos así como el desprecio y la burla de que eran objeto por parte de todo el instituto.
En conjunto, lo expositivo predomina sobre lo descriptivo, pero hay escenas inolvidables por su expresividad y nitidez, como esa angustiosa “habitación de los zapatos”, la agónica (y peligrosa) permanencia en los refugios, los efectos devastadores de un reciente bombardeo sobre la catedral de Salzburgo, los cadáveres en hilera o el constante ataque a los dos personajes antes mencionados. Tanta intensidad en la pesimista visión del ser humano resulta algo más llevadera gracias a la exquisitez de la prosa y a que no hay que soportarla demasiado tiempo, poco más de cien páginas y listo.


Del mismo autor, en ULAD: El sótano, El sobrino de WittgensteinCorrección




[i] Traducción de Miguel Sáenz

viernes, 9 de diciembre de 2016

Colaboración. Thomas Bernhard:

Idioma original: Alemán
Título original: Ja
Año de publicación: 1978
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: Muy recomendable

Siempre que uno tiene entre sus manos un libro de un escritor considerado como uno de los “grandes”, hay cierto respeto a la hora de empezarlo porque, más que temer que el libro te decepcione a ti, lo que temes es que tú decepciones al libro si no llega a gustarte. Me ha ocurrido, a mi pesar, con algún escritor de renombre, pero sin duda este no es el caso. Cuando coges este libro y empiezas a leerlo sientes, notas, que en esas palabras colocadas y elegidas meticulosamente hay detrás alguien que sabe lo que quiere trasmitir y donde llevarte. Y, tratándose un libro corto, conviene leerlo con la calma adecuada puesto que hay que saborearlo y disfrutarlo mientras dure.
Con esta novela, Thomas Bernhard explora su propio interior a través de una situación aparentemente irrelevante. La visita que el protagonista hace a su amigo y consejero con la intención de contarle lo que le ocurre sirve como excusa para analizar y explorar su propio estado anímico, sus inquietudes y dudas, así como la parálisis creativa que le invade. También, y en consecuencia, trata de indagar y combatir sus propias carencias como persona y como científico. Partiendo pues de esta premisa, el autor no solo utiliza la estrecha relación del protagonista con su amigo para analizar su estado de ánimo sino que también, de forma accidental e involuntaria, la visita de unas personas desconocidas para el propio protagonista es la que le permite descubrir quién es él y como desbloquear el momento depresivo en el que se encuentra. Las altas presiones y exigencias que él mismo se impone por tenerse en tan alta estima tienen como resultado que él mismo llega a producirse la enfermedad como consecuencia de no alcanzar el nivel acorde a sus propias expectativas.
A partir de la motivación personal del protagonista de analizarse y  desnudarse mentalmente, Thomas Bernhard escribe una novela que se centra principalmente en sus propias reflexiones. En este punto cabe destacar que por este motivo puede que para algunos lectores no se trate de un libro “fácil” ya que el autor tiende a la auto-repetición y, en algún momento puntual, es hasta retorcido en sus conclusiones. En cualquier caso, este hecho es perfectamente comprensible y justificable ya que en esta novela se analiza el pensamiento humano y, si el autor reitera y da vueltas sobre la misma idea una y otra vez es porque en el fondo éste es un acto propio de los seres humanos. ¿O no es cierto que, a menudo, cuando tenemos problemas o preocupaciones damos mil vueltas al mismo pensamiento del cual no siempre hallamos la solución y el círculo vicioso nos lleva a entrar aún más en este pozo sin fondo que es nuestro interior?
Más allá del formato de la narración, que conviene leer de forma pausada para permitir que las reflexiones entren y se absorban, uno se habitúa rápidamente al estilo, y el libro es enriquecedor porque va más allá de las reflexiones del protagonista sobre sí mismo: trata las relaciones con los demás, analiza lo que implica, lo que se obtiene y lo que se puede esperar de ellas así como de uno mismo, y se cuestiona el hecho de que, a veces, aquello que uno intuye no es lo que de verdad transcurre por el interior de las personas, ni éstas son como habitualmente las vemos los demás.

También de Bernhard en ULAD: El origen, El sótanoEl sobrino de WittgensteinCorrección

Autor: Marc Peig


jueves, 21 de enero de 2021

Thomas Bernhard: Hormigón

Idioma original: Alemán
Título original: Beton
Año de publicación: 1982
Traducción (al catalán): Clara Formosa Plans
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)


Hormigón es mi primera toma de contacto con Thomas Bernhard, escritor austriaco de nicho cuya narrativa se considera compleja y exigente. Compleja y exigente me ha parecido, de hecho, esta novelita, y eso que los admiradores del autor la consideran uno de sus trabajos más accesibles. 

Vaya por delante que Hormigón sólo se puede leer febrilmente, y que nos zambulle en un laberinto psicológico cuyos cambiantes pasillos han sido diseñados por un cronista no fiable. De modo que puede abrumar a algunos, pero creedme cuando os digo que deleitará sobremanera a aquéllos que apreciamos este tipo de propuestas.  

En forma y fondo, el texto me ha recordado a la primera parte de Memorias del subsuelo, de Fiódor M. Dostoievski. A fin de cuentas, estamos frente a un soliloquio plagado de repeticiones y contradicciones; ante un protagonista neurótico y desagradable que va alternando la arrogancia envalentonada con un marcado autodesprecio. 

Hablando de Rudolf, el protagonista de esta historia: he simpatizado muchísimo con él. Es un misántropo que requiere soledad; al mismo tiempo, y por contradictorio que suene, necesita a los demás. Asimismo, aborrece a sus semejantes, pero no por ello su opinión de sí mismo está por los cielos, pese a saberse diferente.

De las muchas virtudes de esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Las lúcidas críticas a Austria (específicamente a su alta sociedad y sus políticos), las ONGs o la iglesia católica. 
  • Su reivindicación de la individualidad, a la que no mitifica, y su aceptación de lo cansino que resulta aferrarse a ella en una sociedad gregaria. 
  • La relación entre el protagonista y Elisabeth, su hermana. Es malsana, pero extrañamente conmovedora a la vez, y nos es mostrada con todas las luces y sombras que uno podría esperar: hay en ella amor y odio, admiración y despecho, autonomía y dependencia. 

Para ir terminando, sentenciaré que Hormigón me ha gustado. Cómo no iba a hacerlo: recuerda a Memorias del subsuelo, mi novela predilecta; aunque agota, no llega a saturar en ningún momento, dada su brevedad; y, para colmo, la desconsolada visión del ser humano y de la existencia de Bernhard coincide a grandes rasgos con la mía. Sin lugar a dudas, insistiré con este escritor.  


También de Thomas Bernhard en ULAD: Aquí

lunes, 25 de diciembre de 2023

Thomas Bernhard: Corrección

Idioma original: alemán

Título original: Korrektur

Traducción: Miguel Sáenz

Año de publicación: 1975

Valoración: Casi imprescindible


Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.

Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.

Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.

Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.

El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.


Otras obras de Thomas Bernhard reseñadas en ULADaquí

miércoles, 4 de mayo de 2011

Bernhard Schlink: El lector


Título original: Der Vorleser
Año de publicación: 1995
Idioma de publicación: alemán
Valoración: Recomendable


Llegué a este libro por casualidad. Lo compré rebuscando en las estanterías de una librería. No había oído hablar de él pero al día siguiente de comprarlo, también por casualidad, comencé a oír hablar sobre él. Que contaba una historia curiosa e interesante, que había sido adaptado al cine, que la novela estaba muy bien escrita. Así que si el libro por sí ya me había llamado la atención en la estantería sin saber nada de él, después de estos comentarios casuales las ganas que tenía de leerlo se multiplicaron por mil. Así que me puse a ello y la lectura no me defraudó. No diría que es un librazo, uno de esos imprescindibles que hay que leer en algún momento de la vida, pero sí lo calificaría como un libro recomendable, de lectura amena, temática interesante y escritura bien elaborada.

La historia es relativamente simple aunque se circunscribe dentro de un contexto histórico muy concreto: la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Un adolescente comienza de forma casual una relación sexual con una mujer mayor que él. Para él supone su primer acercamiento al sexo y al amor. Para ella, una especie de liberación de su rutina y de un pasado secreto que la persigue. Hasta aquí, una historia convencional. Pero en la relación que ambos construyen hay un elemento diferente: ella, después del amor, siempre le pide a él que le lea algún libro. Así, van construyendo una historia nada convencional que se prolonga en el tiempo hasta que un buen día ella desaparece. Él no sabe nada de ella durante años hasta que, durante las prácticas de sus estudios de derecho, se la encuentra como imputada en un juicio. A partir de ese momento la historia cambia radicalmente para introducirnos en el pasado secreto, oscuro y sórdido de ella, un pasado relacionado con la Segunda Guerra Mundial y el papel que ella juega en la contienda.

El lector es una novela muy interesante en la que Bernhard Schlink se adentra en los vericuetos de la pasión y las relaciones humanas e indaga en la relación tan especial que puede construirse entre dos personas -incluso pese al doloroso descubrimiento del pasado de una de ellas- gracias al sexo, al cariño y a la literatura. Una novela que se lee de un tirón y que sorprende a cada paso, especialmente en la segunda parte de la misma.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Horacio Castellanos Moya: El asco. Thomas Bernhard en San Salvador

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: recomendable


Edgardo Vega, un salvadoreño que lleva dieciocho años viviendo en Canadá, se ve obligado a volver a su país de origen para asistir al entierro de su madre. Tiene que quedarse un mes en casa de su hermano para arreglar el papeleo y vender la casa familiar, tras lo cual su intención es volver a Canadá y olvidarse de El Salvador para siempre. Cuando lleva dos semanas en la ciudad queda con su amigo Horacio en el único bar en el que se siente cómodo y despotrica a gusto sobre todo lo que odia de su país, elaborando un interesante monólogo que posteriormente Horacio reproducirá en este libro.

Se queja del viaje, de los taxistas, de los bares, de la música tradicional, de la cultura (mejor dicho, de la falta de cultura), del culto a la televisión, de los políticos corruptos, de la falta de ideales, del consumismo atroz, de la comida tradicional, de las casas amuralladas y la absurda y extrema obsesión de los salvadoreños por la seguridad, de la influencia de la iglesia en la política y la sociedad e incluso de su familia, una panda de ineptos cuya máxima aspiración es cotillear (en el caso de ellas) o visitar prostíbulos (en el caso de ellos).

Horacio Castellanos (quien advierte al principio de El asco que Edgardo Vega existe y vive, efectivamente, en Canadá bajo otro nombre) escribió este libro en 1997 como un ejercicio de estilo, intentando emular a Thomas Bernhard y su crítica a su país natal. Lo que consiguió, al contrario que el escritor austríaco y tal y como cuenta en su epílogo, fue un rechazo absoluto e innumerables críticas por parte de público, crítica y conocidos, así como amenazas de muerte y la obligación de exiliarse para evitar que lo mataran o que hicieran daño a sus seres queridos.

Aunque, como dijo Robert Walser (y así lo reproduce también Castellanos), "No se hace frente impunemente a la nación propia", El asco siguió reeditándose en El Salvador y, poco después, en otros países sudamericanos y en Europa. El autor ha trabajado en otros países, ha escrito otras novelas, pero –para su desgracia– siempre será conocido por ser el autor de esta pequeña gran obra, en la que, además de realizar una dura crítica a su país de origen, también se descubre como un escritor de gran talento.

También de Horacio Castellanos Moya en ULAD: El arma en el hombreEl sueño del retornoLa sirvienta y el luchadorInsensatez

jueves, 12 de enero de 2023

Alejandro Hermosilla: Un reino oscuro

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2022

Valoración: Bastante recomendable

Alejandro Hermosilla es, por estilo y temática, un bicho raro dentro de la narrativa española contemporánea y con Un reino oscuro vuelve a demostrarlo. Estamos ante una ¿novela? de belleza oscura que podríamos situar a medio camino entre Thomas Bernhard y el conde de Lautréamont y en la que predomina más el aspecto formal, en la que no es tan importante el argumento o la sinopsis como lo que hay detrás de estos o el propio estilo del autor.

Pese a lo anterior, resumamos brevemente la ¿novela?: siglo XVII o XVIII en un lugar que podría ser casi cualquier país europeo, un arquitecto y su hijo, un bosque oscuro alejado de los centros de poder y poblado por diferentes personajes de clase media-alta (un pintor, un noble, un músico y un escritor) que van contando sus paranoias. 

La última palabra es clave y vincula el texto a los autores ya citados pues el peso de la ¿novela? recae sobre los monólogos alucinados de unos personajes desequilibrados (manía persecutoria, depresión nerviosa, egolatría, etc), estando estas divagaciones plagadas de imágenes oníricas y alegóricas.

Pero, en el fondo, este artefacto literario que explora los límites formales y genéricos no es otra cosa que una metáfora sobre el poder en sus diferentes formas, ya sea desde el lado del que lo ejerce (y de ahí también una serie de incisos delirantes sobre distintos reyes) o desde el lado del que está sometido a él. Así, la fascinación por el poder, poder y crueldad, poder y locura, poder e intimidación, poder y arbitrariedad, poder y soledad, poder e hipocresía, poder y ambigüedad... recorren las páginas de un texto que oscila entre la lucidez y la demencia.

Por tanto, Un reino oscuro es una profunda indagación sobre el poder, el arte y la sociedad en general, un ¿novela? elegante y de gran potencia visual a la que solo se le puede achacar, como creo que también ocurre con las novelas de Bernhard, una cierta tendencia al exceso y a la reiteración que puede no ser del gusto de ciertos lectores. 

P.S.: Mención especial para cubierta, preciosa desde el punto de vista estético y totalmente acorde al contenido del libro.

viernes, 23 de febrero de 2018

David Trueba : Tierra de campos


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: se deja leer (resuello)

Bitácora de esta reseña (sub- título: Diálogo interior de un lector algo impaciente)

- Primeras decenas de páginas

Esto de las reseñas-interruptus...¿cuánto hace que no escribo una? o ¿con cuántas páginas se justifica el hacerla? 

- Sobre la centena, o así.

A ver; David: esto es una autobiografía encubierta, a qué sí. Tantas similitudes en circunstancias con las tuyas particulares (lo que tiene ser hermano de famoso y pareja de famosa y ahora ex-pareja de famosa, que la gente sabe cosas de su vida y eso genera pre-concepciones, generalmente para mal), tantos detalles sobre los que establecer analogía de que Dani Mosca es un trasunto tuyo conveniente maquillado para dejar con la duda.
Pero es una duda algo perversa: no es una duda como las que establecía Cercas en sus primeras novelas de éxito.*
Parece como si Trueba quisiera sentirse como una rock-star cuando la literatura (con muy pocas excepciones) ya no da para rock-stars y si no hay rock-stars no hay fans irredentas ni groupies ni fiestas de fin de gira o de post concierto, ni habitaciones de hotel arrasadas tras vaciar el mini-bar y dejarlo todo perdido de sustancias extrañas y fluidos corporales. 
Terrible dilema porque cuando ya he decidido que continuaré hasta el final, empiezo a encontrarme por el camino referencias a cascoporro sobre lo que (pienso en mi humildad asumida de que lo que sí no ha habido nunca ni habrá - sollozo - son reseñistas rock-stars) son influencias de este libro: 
  • Karl Ove Knausgard por el tono, por el detalle de arrancar con la muerte del padre, por la obsesión en escandalizar a base del infantil recurso de repetir el verbo follar muchas veces en un párrafo
  • William Faulkner, por lo del viaje junto al ataúd hacia el pueblo de origen
  • Ray Loriga, por la deriva llorica del escritor que ha pasado por un divorcio de alguien famoso**
  • Javier Pérez Andújar, por la almibarada apelación a la nostalgia presente por doquier en la primera parte (entreverada de anécdotas y recuerdos pueriles que pretenden elevar a literatura lo que es chascarrillo de bar cutre de barrio tras unas cuantas cervezas - lo de Marciano el del Ocaso es de vergüenza ajena)
  • Las buddy-movies, cuando uno se encuentra un personaje como Jairo, personaje que acaba teniendo más calado y más recorrido como chófer ecuatoriano del coche fúnebre que muchos de esos músicos que van y vienen de las formaciones que Dani lidera y abandona.
  • Un poco más y se me escapa Bernhard, porque por ahí anda una cita de él. Pero no.
  • Repito. NO. Nada más alejado de Bernhard que esto
- Pasadas las doscientas, cuando empieza la segunda parte, que llama "Cara B"***

Ya en ese momento, y aunque Trueba se las ha apañado para no bajar a las catacumbas patéticas de Blitz (Tierra de campos es mucho mejor y más digno que Blitz, cosa bastante sencilla por otra parte), y de que obviamente a esta novela o lo que sea le sobran decenas de páginas, pero la retórica loser es lo que tiene, que uno se encuentra tan a gusto refocilándose en la propia miseria, la lectura es más o menos llevadera si se tienen pocas exigencias y si se comprende que el final al que uno se va aproximando va a contener las dosis justas de moralina 2.0 que tan bien encajan con la generación del baby-boom, esa generación de movida y transición que tan bien se adapta a ser gobernado por quien sea con tal de que no les afecten a la comodidad de su presente.

- A partir de las trescientas, que ya tiene su mérito la cosa

Parte de la novela que se lanza a tumba abierta en dos tramas que convergen: el pasado más reciente con la paternidad, la separación, la teórica asunción de la madurez, a la vez que la llegada al pueblo, a unos orígenes algo ajenos que avasallan a Dani y que acaban conduciendo a un muy moderno final sin final que espero, vayamos rematando, que dejen a este libro en la novela relativamente digna y amena que es y no le dé al autor por precipitarse a una serie knausgardiana para ver cómo el músico madura y reconduce su vida y todo eso que me da pereza hasta imaginar. Porque llegar hasta la página 404 de este libro supone una dura prueba para el lector, por lo menos para mí, comprometido con leer bien y dar una opinión, pero también por pasar ya a otro libro que contenga más sustancia que esta historia narrada con tanta pulcritud como previsibilidad.

- Postfacio****

Y todo sería justo y apropiado si yo no cargara las tintas, pero resulta que entre acabar este libro y escribir esta reseña empiezo a leer otro. Este sí una biografía de músico y este sí un recorrido por experiencias propias sin necesidad de consultar a los amigos músicos (seguro que Trueba es amigo de alguna mediocridad como Sabina al que habrá pedido consejo) para que te expliquen de qué va esto.
Que es más o menos mi sensación final: no la impostura, sino la falta de autenticidad, casi absoluta.

- Fin (al fin)










*Vaya, ahora me he acordado de como Trueba destrozó  Soldados de Salamina cambiando el sexo del protagonista, en una de sus pocas experiencias cinematográficas.
**Perdón por poner a Faulkner y a Loriga en párrafos limítrofes (jamás me lo perdonaré)
***Curiosamente, como el libro de Viv Albertine que tomo a continuación de leer el de Trueba. 
****El de Albertine: ESO SÍ  es una semblanza auténtica de la vida de un músico.

miércoles, 8 de junio de 2016

Ugo Cornia: Roma


Idioma original: italiano
Año de publicación: 2004
Traducción: Julio Carrobles
Valoración: Recomendable

Puede que el efecto Elena Ferrante esté generando una cierta curiosidad hacia la literatura italiana, que, limitaciones de ciertos idiomas, a veces no cuenta con demasiada difusión. Así que se nos presenta Ugo Cornia, autor de cierto renombre, del cual Roma es una narración autobiográfica basada en las primeras experiencias laborales, una vez le es permitido por sus padres trabajar, avanzada la veintena y concluidos sus estudios. 
La narración no tiene grandes complicaciones, Cornia se limita a relatar con una cierta ironía. Curioso: hace unas semanas accedí en El sótano de Thomas Bernhard a una narración de corte parecido. Con la debida distancia, pues no es lo mismo referirse a la Viena de la segunda mitad de los 40 que Módena en los 90, cosa que desde luego es lógico que se refleje en la narración. La de Cornia es vitalista, mediterránea, desinhibida, con una actitud cercana al hedonismo, donde las relaciones con el sexo femenino vienen determinadas por nimiedades y donde la influencia del mundo laboral es casi inexistente: el Cornia joven solo necesita trabajar desde la perspectiva del intercambio comercial y económico, con lo cual lo que ello puede acarrear en términos de afección de su personalidad, de adecuación de su vida al ritmo laboral, simplemente ni se plantea. 
En este punto podríamos decir que Roma es un poco reflejo de su tiempo. Incluso, desde la óptica de la lectura de ciertos pasajes, tiene un cierto calado. Uno de los primeros empleos retribuídos del Cornia joven es la entrega de papeletas del censo en una serie de circunscripciones. Una especie de funcionariado discontinuo que viene a recordarnos la inestabilidad política, con constantes elecciones, imperante en Italia. A diferencia del adolescente atormentado y menor de edad de Bernhard, este Cornia, adolescente casi en sus treinta, afronta cualquier circunstancia con sorna y algo a medio camino entre el optimismo genético y la despreocupación pequeño-burguesa. Roma, en su brevedad y en su falta de pretensiones, acaba siendo la típica lectura que profundiza en el lector sin que éste se dé apenas cuenta.

También de Ugo Cornia en ULAD: Sobre la felicidad a ultranza

jueves, 23 de septiembre de 2021

Fernando Vallejo: Memorias de un hijueputa


Idioma original: español

Año de publicación: 2019

Valoración: cascarrabias

Fernando Vallejo cumple con el tópico: o se le ama o se le odia. Una virtud, desde luego, lo de no despertar indiferencia. Y sus obras siempre disponen de esa extraña cualidad en estos tiempos: primorosamente escritas y llenas de frases que son puñaladas. Ni un ápice de miedo a meterse con quien sea usando desde el más afilado eufemismo hasta el más directo insulto. Su coartada puede ser el registro autobiográfico, la pura creación o, como en este caso, una especie de jugueteo levemente paródico donde parecen convivir, de forma algo excesiva y desquiciada, pura mordacidad con una especie de autoparodia que combina elementos clásicos de la literatura del boom - esta es una novela, o un trasunto de novela de dictador con una muy actualizada puesta en escena. En Memorias de un hijueputa Vallejo demuestra ser un escritor de su tiempo y no hay pocas apelaciones al mundo digital.

Pero a Vallejo también se le puede volcar el tintero en la mesa o llenársele de bilis en exceso. Como si de un alter-ego se tratara, y convirtiéndose en una especie de Houellebecq centroamericano (o de Thomas Bernhard vivito y coleando con  la libido desbocada) ese es el tono dominante en esta novela, que casi podría definirse como un monólogo con muy poco aderezo externo o hasta, parafraseemos, una especie de dictado, que para eso están los dictadores y así se enorgullecen (en la intimidad) de ser calificados. Poca puesta en escena es necesaria: le explica a Peñaranda, supuesto biógrafo en la sombra, sus caóticas decisiones una vez en el poder, consistentes básicamente en un ajuste de cuentas continuo y cruel. Ordena ejecuciones a mansalva, incluyendo las de todos los anteriores mandatarios de su país, Colombia, en una especie de sueño enajenado al que no le falta aderezo alguno. Incluso cierta curiosa promoción: la guisa que crea Vallejo no deja de aludir a otro texto del autor, La puta de Babilonia, que toma como punto de partida para diatribas sin respiro, con varios focos muy concretos: Colombia como país y los colombianos como colectivo; las religiones monoteístas, los Estados Unidos, España y en especial el rey emérito (el cazador de elefantes). Ni una de esas gallinas (o gallos) deja Vallejo sin desplumar a base de prosa juguetona y ácida, una especie de martillo percutor que apenas descansa sino para tomar fuerzas. Lo cual es a la vez lo peor y lo mejor de la novela. Una obra para incondicionales, pues a cualquier no iniciado en la obra del de Medellín estas ciento ochenta páginas podrán hacérsele cuesta arriba. Vallejo emplea párrafos como mero apuntalamiento de otros. Casi se diría que resulta algo grotesco en su necesidad de mostrar (con personaje interpuesto) su rabia, por momentos desesperanzada, y sus pullas pueden agotar, aunque el mensaje vaya calando en el lector, aunque sea por las malas artes usadas. Prosa precisa y descarnada, gota malaya que penetra y ya sabemos lo que pasa con la gota malaya. Quizás lejos de ser su mejor obra, pero plenamente coherente con una evolución, vuelvo a referirme a Houellebecq, en que edad y condición personal deben pesar lo suyo. Y estas memorias mentirosas no son siempre fácilmente digeribles. Pero si lo fueran, no hablaríamos de ese outsider a su pesar que es Vallejo. 

domingo, 11 de agosto de 2019

Stephen Dixon: Interestatal

Idioma original: Inglés
Título original: Interstate
Traducción: Ariel Dilon
Año de publicación: 1995
Valoración: Muy recomendable

El término "variación", en el mundo del arte, suele ir asociado a lo musical. El ejemplo más típico serían las conocidas variaciones Goldberg. Ahora bien, ¿qué son las variaciones, según la wikipedia?
"Una variación es una técnica formal donde el material es repetido en una forma alterada. Los cambios pueden involucrar melodía, ritmo, armonía, contrapunto, timbre, orquestación o cualquiera de esas combinaciones"
"Es una composición caracterizada por contener un tema que se imita en otros subtemas o variaciones, los cuales guardan el mismo patrón armónico del tema original, y cada parte se asocia una con la otra. Difieren entre ellas los patrones melódicos y el tempo de cada variación."
Cuento todo esto porque las diferentes historias que componen "Interestatal" podrían ser consideradas las "variaciones Dixon". Aquí el tema principal o el material original sería el asesinato, a manos de un tarado mientras circulan por la autopista a la que se refiere el título, de la hija pequeña de Nathan Frey. Los cambios serían los diferentes puntos de vista del suceso, los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la tragedia, momentos clave en la vida de Nathan Frey, etc que dan cuerpo a los textos que componen "Interestatal".

Hay que tener en cuenta, y esto es clave a la hora de "afrontar" este libro, que lo que hemos llamado "variaciones Dixon" son casi 500 páginas narradas siempre en primera persona y, en su mayor parte, en formal de torrencial y deslavazado monólogo interior. Porque, más allá de todo lo anterior, "Interestatal" es una exhaustiva y profunda indagación en la mente humana y en su forma de construir y moldear los recuerdos. En este caso, la mente analizada es la de Nathan Frey, personaje obsesivo e hipocondríaco que vendría a ser un cruce entre un personaje de Thomas Bernhard y otro de Woody Allen (si es que esto es posible). Sirvan como ejemplo las cuarenta páginas, aproximadamente, de monólogo interior para decidir si llama o no a su esposa para contarle lo ocurrido.

Dicho esto, entenderéis que no se trata de un libro para todos los públicos. Es posible que haya gente que no consiga entrar en la prosa de Dixon y que considere esta reiterativa y aburrida. En mi opinión, no lo es. Y no lo es, sobre todo, por el ritmo y la tensión que Dixon imprime a la narración. Sabemos desde el primer momento qué ha ocurrido, sabemos "cómo acaba", pero queremos seguir leyendo, queremos averiguar todo de Nathan Frey, seguir sus divagaciones, etc. Ahí, además de en el análisis psicológico del personaje, está el mérito del autor.

En fin, que este es el tercer Dixon que leo en cosa de año y medio, libros y tiempo más que suficiente para que se haya convertido en uno de mis autores de cabecera.

También de Stephen Dixon en ULAD: Historias tardías