Título original: Der Keller. Eine Entziehung.
Año de publicación: 1976
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: muy recomendable,casi imprescindible
También de Thomas Bernhard en ULAD: El origen, Sí, El sobrino de Wittgenstein, Corrección
Título original: Verstörung
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1967
Valoración: Recomendable
Dentro de la obra narrativa de Thomas Bernhard Trastorno (1967) va en segunda posición, es decir, es su segunda novela, publicada ocho años antes de Corrección (1975), la única que conozco aparte de esta. Entre ambas publicó La calera (1970). No son datos que llamen la atención o que puedan interesar mucho al lector, ni es mi costumbre largar este muestrario de títulos y fechas, pero hay algo disonante en esta secuencia, ya verán.
Y es que Trastorno, aunque tiene una cierta unidad argumental, desde el punto vista estilístico muestra una ruptura fuera de lo común a la que no encuentro demasiada lógica. De forma que en el aspecto formal tenemos algo así como dos novelas independientes:
1. Personajes de la Austria profunda
Con un formato perfectamente convencional, Bernhard cuenta el periplo de un médico rural que, acompañado de su hijo, visita a diversos pacientes en la región austriaca de Estiria, repleta de bosques, montañas y valles profundos. El judío Bloch, la señora Ebenhöh, el industrial que vive con su hermanastra aislado del mundo, el hijo contrahecho de los guardeses del castillo, los Fochler con su molino incrustado en un barranco y con gran número de pájaros exóticos en una jaula. Es una ‘población básicamente enferma, propensa a la violencia y el desvarío, […] gentes del campo que degeneran en la brutalidad, […] un paisaje de profundos valles sin sol, pequeñas ciudades y abúlicos pueblos y mercados’. No es de extrañar que Bernhard no despertase precisamente la simpatía de buen número de compatriotas con semejantes opiniones.
Por momentos recuerda retratos inclementes de mundos rurales de otras tierras, pero aquí no se trata de personajes primitivos como los de las aldeas gallegas de Valle Inclán, o brumosos, intemporales y casi metafísicos como los de la Región de Juan Benet. No arrastran, que sepamos, traumas antiguos o extrañas taras, son individuos simplemente sometidos por ese entorno hostil y embrutecedor que los trastorna y deshumaniza generación tras generación, a la vez que les ata para siempre a esa tierra, naturaleza pura, maravillosa y aterradora al mismo tiempo.
La narración es poderosa, fluida, y diríamos perfectamente homologable, como si un artista abstracto decidiese demostrar que también sabe hacer pintura figurativa, y lo hace espléndidamente. Pero Bernhard, de repente, toma otro rumbo.
2. Saurau
El último paciente de la ronda es el príncipe Saurau, que habita con sus hermanas e hijas en el castillo que se yergue en lo alto del barranco. Necesita de un nuevo administrador para sus tierras, y Bernhard, que le concede la voz única en prácticamente todo lo que resta del libro, dedica once páginas a describir cómo un hombre se postulaba al puesto y fue finalmente rechazado, una simple entrevista de trabajo. La desproporción sugiere cierto desequilibrio en el protagonista-narrador, y promete por tanto sensaciones intensas. Saurau puede además resultar un personaje fascinante, solitario y sumido en inquietudes intelectuales, que lanza su disertación de forma fragmentada y en todas direcciones, la naturaleza del hombre, la posible traición de su hijo, la interacción con la naturaleza, el espíritu del castillo o la enfermedad moral de los pueblerinos, sus empleados, o de Austria entera.
Ese torrente incontenible, el interminable monólogo del príncipe, hace inmediatamente pensar en el Roithamer de Corrección, y por eso esta segunda parte del libro es como un puente hacia la posterior novela de Bernhard. Se diría que el autor ha descubierto repentinamente otra forma de contar las cosas, abandona el convencionalismo anterior y se lanza sin freno por el nuevo camino. De ahí que surja la duda sobre esa novela intermedia que de momento no conozco.
Pero lo cierto es que al larguísimo speech no le veo la profundidad y la coherencia que, dentro de formato tan complejo, mostraba en Corrección. La perorata del príncipe es una sucesión de comentarios muy breves y con escasas conexiones, que bien podría ser simplemente el discurso de un demente, con poco que aportar al resto de la narración. Lo cual demuestra que el descubrimiento de una herramienta narrativa, por valiosa que pueda ser, no garantiza por sí misma un resultado brillante, algo que solo se consigue cuando se carga con el material y en la forma adecuados. Con todo, el libro no deja de ser estimable, con ese punto extraño que resulta atrayente siempre que estemos prevenidos: la lectura de Bernhard es estimulante, pero (afortunadamente) nunca sale gratis.
Idioma original: alemán“Con mucha frecuencia he podido reconocer y amar la especial forma de ser y la peculiaridad absoluta de ese paisaje materno y paterno mío, hecho de una naturaleza (famosa) y de una arquitectura (famosa), pero los imbéciles habitantes que existen y, de año en año, se multiplican aturdidamente en ese paisaje y esa naturaleza y esa arquitectura, y sus leyes viles y su interpretación aún más vil de esas leyes suyas, han matado siempre enseguida mi reconocimiento y mi amor (…) Salzburgo es una fachada pérfida, en la que el mundo pinta ininterrumpidamente su falsedad, y detrás de la cual lo (o el) creador tiene que atrofiarse y pervertirse y morirse lentamente. Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente, en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico y en el fondo totalmente enemigo del ser humano.” [i]
Hace unos días comentaba con mi pareja que esto de viajar se nos está yendo de la manos, que todo parece una competición por ver quién ha visitado más países, quién ha ido a un destino más "exótico", quién tiene más likes en sus redes, etc. Todo para terminar comprando en las mismas franquicias de mierda, comiendo en las mimas cadenas de comida rápida, etc. ¿Dónde quedó, entonces, eso de viajar para perdernos, para iluminarnos o perfeccionarnos, para cuestionar certezas o experimentar con las dudas? Algo de eso se habla en este El arte de viajar sin moverse del sitio, breve y sorprendente ensayo de Hilario J. Rodríguez en el que el autor huye de lo "académico" para, como las guías Petit Planete, ofrecer un ensayo abierto, poroso y flexible, con intersecciones a veces descabelladas y notas al pie (¿o acaso debería decir desvíos o senderos que se bifurcan?) que podrían ser otros textos, otros libros, otros viajes.
Y así el autor habla del viaje y de viajar, pero como un ir más allá en el que caben muchos viajes diferentes: viajes imaginarios, viajes forzosos (emigración), viajes "inútiles" (¡que viva siempre hacer cosas "inútiles"!), viajes vegetales.
Podría decir también que el viaje que propone Hilario J. Rodríguez es un "circuito cultural" con parada y fonda en la literatura (Borges, Piglia, Sebald, Schalansky, Herzog...), el cine (Herzog, Kurosawa...), la arquitectura (Speer y compañía), etc. Al fin y al cabo, el viaje y el arte en sus diferentes formas no son otra cosa que mirar, especular e interpretar símbolos.
Pero lo que sí tengo seguro es que El arte de viajar sin moverse del sitio es un elogio de la imaginación y de la cultura como motores de la vida, un recorrido construido a partir de referencias y asociaciones que, lejos de resultar un ejercicio de pedantería, se insertan a la perfección en esa ampliación del conocimiento que debería suponer cualquier buen viaje.
También de Hilario J. Rodríguez en ULAD: Construyendo Babel
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Título original: Rückkehr nach Wien. Tagebuch 1946 Idioma original: AlemánPasamos de viajar sin moverse del sitio a viajar para volver al lugar en el que uno nació y que hubo de abandonar por razones políticas. El retorno y lo que eso supone para el retornado (todo lo que Nolan podría haber explorado en su versión de La Odisea y no quiso / supo / pudo hacer) son la base del diario de Hilde Spiel, periodista austríaca exiliada en Londres y que regresa en 1946 a la Viena ocupada por los vencedores.
Por lo tanto, el viaje como regreso a los lugares y personas de la infancia, adolescencia y juventud, pero también a los cambios operados en ambos y en la persona que retorna por los años de nazismo y guerra. Estos dos elementos son inseparables de la mirada con la que Spiel contempla la ciudad y hacen que el texto transite de lo íntimo a lo político, de los "pequeños seres" a los "grandes nombres".
Esa transversalidad es uno de los puntos fuertes del texto. Otros serían la indagación de Spiel sobre la identidad del retornado o el cuestionamiento de los procesos políticos en esos primeros momentos de transición.
Ochenta años han pasado del retorno de Spiel a Viena y un poco más del final de la Segunda Guerra Mundial. Leamos a Spiel (pero también a Primo Levi o a tantos otros), leamos estos testimonios del horror y el terror. Nunca es tarde, de verdad.
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Título original: L'arte de esistere contro i fatti Idioma original: ItalianoDe la mano de Spiel y de la Austria de posguerra llegamos a Bernhard, a Bachmann y a este ensayo publicado por Ediciones del Subsuelo. Bernhard y Bachmann son dos de los escritores austríacos más importantes de la segunda mitad del siglo XX (aquel nació en 1931 y esta en 1926). Además, Bernhard y Spiel se escribían y para muestra una carta de 1971 en la que aquel habla de Wittgenstein. ¿Qué, no os parece suficiente?
Sea como fuere, el caso es que La frase infinita sí que es un ensayo "académico". Al fin y al cabo su autor fue profesor de Estética e Historia de la Filosofía en la Universidad de Pisa. Y así como El arte de viajar sin moverse del sitio tomaba desvíos y caminos aparentemente alejados del centro del texto, el de Gargani se expande, digamos, en vertical y hacia abajo, como un taladro que penetrara en la escritura de Bernhard y Bachmann.
Es, por tanto, un texto denso y complejo en el que las referencias ineludibles son Wittgenstein y Musil, en el que ética y estética se conjugan para elevar la utopía del lenguaje sobre un mundo en ruinas, en el que muestra cómo, partiendo de actitudes y premisas diferentes, ambos autores comparten la idea de la imposibilidad de comunicar, del pensamiento narrado como ejercicio crítico.
De lo anterior podéis deducir que La frase infinita es un texto "árido" que, además, cae en ciertas reiteraciones. Eso sí, quien se interese en (y guste de) la literatura de dos gigantes como Thomas Bernhard y/o Ingeborg Bachmann lo encontrará recomendable, claro que sí.
Título original: Korrektur
Traducción: Miguel Sáenz
Año de publicación: 1975
Valoración: Casi imprescindible
Roithamer es una especie de científico que investiga y da clases en Cambridge, y además ha construido para su hermana una vivienda en forma de cono en el centro geométrico de un bosque. El narrador (quizá un trasunto del propio Bernhard) es su amigo de la infancia, y reflexiona sobre Roithamer desde la buhardilla de la casa de Höller, quien también mantiene la relación con ambos desde la época escolar. De manera que Roithamer es, aunque de forma más bien indirecta, el protagonista de este relato localizado en pequeñas poblaciones de la montaña austriaca.
Corrección es un enorme monólogo interior de casi trescientas páginas, aunque mejor le cuadraría el concepto inglés de stream of consciousness, donde el stream tendría más bien la acepción de 'corriente' o, mejor, 'torrente', porque esto es justamente eso, un torrente incontenible de reflexiones, recuerdos, hechos, ideas, cuyo centro es el citado Roithamer, con todas las ramificaciones posibles. El carácter desbocado del monólogo, antes de conocerlo mediante la lectura, lo vemos al abrir cualquier página: todas y cada una forman el rectángulo perfecto, sin un hueco, porque no hallaremos ni un solo punto y aparte, ningún párrafo, apenas algún punto y seguido. Pero si a alguien le intimidan esas páginas de aspecto monolítico, le diré que no hay nada que temer, en unas pocas líneas, apenas dos o tres páginas, estamos inmersos en ese enorme caudal, nos dejamos llevar por él y enseguida empezará a resultar adictivo, hipnótico.
Con igual facilidad se diría que Bernhard coge velocidad y se ve a su vez dominado por esa prosa que cobra vida propia, de forma que las ideas se van enlazando unas con otras con total naturalidad y, aún más importante, con absoluta nitidez. Así que, pese a las impresiones iniciales, el libro para nada resulta difícil de leer. Estamos sin remedio dentro de la cabeza del narrador, siguiendo sus reflexiones siempre en torno al amigo genial, y en ese gran flujo desordenado hay sitio para muchas cosas: los feroces paisajes de sombrías gargantas entre montañas, la obsesiva búsqueda de la perfección en la construcción del Cono, el carácter destructivo de un trabajo intelectual riguroso, las zonas oscuras de la labor del taxidermista o las comidas familiares en silencio absoluto, el recuerdo de las caminatas infantiles hacia la escuela, la aversión hacia la mediocridad y la molicie de la sociedad austriaca y, sobre todo, la profunda toxicidad de la historia familiar, en la que odios difícilmente explicables quedan apenas ocultos tras la aparente normalidad. Roithamer es el hermano raro que nunca quiso adaptarse a la alienante vida en la casa familiar, que siempre intentó huir, física e intelectualmente, de un medio que le era extraño.
Y la corrección, claro. La corrección es aniquilación, y así Roithamer, que acumula miles de escritos dispersos por su estudio, ha redactado un texto voluminoso que a cada corrección va perdiendo páginas, hasta quedar en unas pocas decenas. Pero la corrección es un concepto tan poderoso que no solo es aplicable a ese libro sino también a la vida misma, porque esa búsqueda de la perfección destruye todo lo que la rodea, los seres queridos y la propia obra. El Cono, el libro, la vida, van quedando carcomidos según se avanza intentando conocer a fondo cada detalle y gobernar todos los resortes.
El texto es tan obsesivo, repleto de repeticiones y retrocesos para machacar una y otra vez cada idea hasta un punto que se revela insano, que poco a poco las voces se van superponiendo, quizás fundiendo y, sin abandonar una cadencia casi musical, parecen ir acelerándose, como precipitándose hacia un abismo. Es como una extraña terapia, en la que los tres personajes parecen ser diferentes perspectivas del propio autor, como en una óptica cubista. El pensamiento se deja correr en distintas direcciones para encontrar solo atisbos, síntomas o nuevos interrogantes, nunca respuestas, un narrador sin nombre que parece real aunque puede no serlo, un amigo en perpetuo silencio que es sin embargo capaz de construir desde sus íntimas convicciones, un genio atormentado que protagoniza páginas y más páginas pero que quizá no es más que la personificación de una enorme incomodidad con el mundo.

Año de publicación: 1997Año de publicación: 2022
Valoración: Bastante recomendableAlejandro Hermosilla es, por estilo y temática, un bicho raro dentro de la narrativa española contemporánea y con Un reino oscuro vuelve a demostrarlo. Estamos ante una ¿novela? de belleza oscura que podríamos situar a medio camino entre Thomas Bernhard y el conde de Lautréamont y en la que predomina más el aspecto formal, en la que no es tan importante el argumento o la sinopsis como lo que hay detrás de estos o el propio estilo del autor.
Pese a lo anterior, resumamos brevemente la ¿novela?: siglo XVII o XVIII en un lugar que podría ser casi cualquier país europeo, un arquitecto y su hijo, un bosque oscuro alejado de los centros de poder y poblado por diferentes personajes de clase media-alta (un pintor, un noble, un músico y un escritor) que van contando sus paranoias.
La última palabra es clave y vincula el texto a los autores ya citados pues el peso de la ¿novela? recae sobre los monólogos alucinados de unos personajes desequilibrados (manía persecutoria, depresión nerviosa, egolatría, etc), estando estas divagaciones plagadas de imágenes oníricas y alegóricas.
Pero, en el fondo, este artefacto literario que explora los límites formales y genéricos no es otra cosa que una metáfora sobre el poder en sus diferentes formas, ya sea desde el lado del que lo ejerce (y de ahí también una serie de incisos delirantes sobre distintos reyes) o desde el lado del que está sometido a él. Así, la fascinación por el poder, poder y crueldad, poder y locura, poder e intimidación, poder y arbitrariedad, poder y soledad, poder e hipocresía, poder y ambigüedad... recorren las páginas de un texto que oscila entre la lucidez y la demencia.
Por tanto, Un reino oscuro es una profunda indagación sobre el poder, el arte y la sociedad en general, un ¿novela? elegante y de gran potencia visual a la que solo se le puede achacar, como creo que también ocurre con las novelas de Bernhard, una cierta tendencia al exceso y a la reiteración que puede no ser del gusto de ciertos lectores.
P.S.: Mención especial para cubierta, preciosa desde el punto de vista estético y totalmente acorde al contenido del libro.
