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viernes, 25 de marzo de 2016

Semana de la autobiografía, Re-Reprise. Thomas Bernhard: El sótano

Idioma original: alemán
Título original: Der Keller. Eine Entziehung.
Año de publicación: 1976
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: muy recomendable,casi imprescindible

Ya sé que hace unas semanas de ésto de las autobiografías. Pero qué oportuno hubiera sido haber leído a Bernhard por aquel entonces. Qué soberbia coartada hubiera brindado y cuánto juego, oh, cuánto juego.
Porque El sótano es solo la segunda parte de una pentalogía, apenas recoge más de unos meses en la vida del escritor y, como muchos se preguntarían, a ver qué hace cualquiera que ose pensar que al mundo le interesa su vida.
Y oh, cuántas respuestas hay aquí. A esas y a otras muchas preguntas. Bernhard no necesita mucho más que estas 140 páginas para eso. Demostrando, además, que es un ejemplo perfecto de escritor puro. Sí, la cursiva es mía. O no es pureza ese estilo hostil, hosco, seco y enemigo a muerte del lectorcete de best-sellers. No es pureza el insistir hasta el hostigamiento en conceptos como la presión social, la coacción del sistema educativo, el clasismo, para que estos calen hasta el tuétano y uno piense que lo que está leyendo le cambia como lector, casi de forma irreversible. Sin que a uno se lo hayan pedido, Bernhard sacude en un punto intermedio de referencias tan dispares como la Jelinek más concreta (la que se resigna a ser leída) o el Vallejo más agrio (el que vapulea al lector incauto), allí tenemos al escritor nacido en Holanda y criado en un Salzburgo asolado por la guerra, que es el escenario donde nos encontramos al Bernhard adolescente, apenas unos meses finiquitado el III Reich, decidiendo abandonar el instituto donde está siendo inútil. Decidiendo tomar no cualquier camino sino el camino opuesto. Por lo que acude a una oficina de ocupación (al parecer las de Austria de la postguerra más inmediata sí servían para algo) y, tras desestimar mejores opciones, acaba trabajando como aprendiz en una tienda de alimentación en el poblado de Scherzhauserfeld, un suburbio de Salzburgo, tienda regentada por un curioso personaje, el señor Podlaha, músico frustrado con el que pronto simpatiza. Allí acude la gente de ese deprimido barrio a proveerse de alimentos. Tras la guerra, las provisiones escasean, pero el sótano, la tienda del señor Podlaha donde el joven Bernhard trabaja de aprendiz, es un sitio concurrido, una pequeña vía de escape para quienes acuden allí. 
El mérito de Bernhard es extraordinario. Ni una frase fuera de sitio, ni una floritura que no cumpla su función en el conjunto. Que es relatar esa etapa de su vida pero situarla en su contexto en cuatro pinceladas que solo un escritor de precisión majestuosa puede permitirse. En 140 páginas caben esos meses, pero cabe la tensión culpable del hundimiento del III Reich, la presencia de las tropas americanas, el enorme clasismo de la sociedad del Salzburgo de la época, las desgracias acaecidas en el conflicto y sus consecuencias que están por doquier (el propio Bernhard, conviviendo con su madre y su tutor, en una vivienda donde se hacinan nueve personas y dónde solo el tutor obtiene ingresos). Cabe tanto en tan pocas páginas, uno se pregunta por qué y la respuesta solo puede ser una. Jodidos genios.

También de Thomas Bernhard en ULAD: El origen, El sobrino de WittgensteinCorrección


jueves, 4 de febrero de 2016

Semana de la autobiografía (bis): Mi último suspiro de Luis Buñuel

Idioma original: francés
Título original: Mon dernier soupir
Traducción: Ana María de la Fuente
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable

Pues sí, este es un libro que podría perfectamente haber entrado en la semana de la autobiografía (que está visto que se nos quedó corta), pero como entonces no me dio tiempo, pues lo reseño ahora, total, quién se va a dar cuenta.

Ya sabéis (los que lo sabéis) que no soy lector asiduo de autobiografías, memorias, diarios y cosas del género, pero mi amiga Leyre, que sí lo es (lectora asidua de este tipo de obras, digo) me regaló Mi último suspiro estas navidades pasadas, porque le había encantado. Y como en general me fío del criterio de Leyre (aunque no le guste Faulkner), pues me decidí a darle una oportunidad con la mente abierta.

Cuando llevaba aproximadamente cien páginas, iba pensando cómo decirle a Leyre que en fin, que bien, pero no. Porque esas cien páginas hablan de la infancia de Buñuel como hijo de una familia bien de Zaragoza, y la verdad, no tiene demasiado de particular. Incluso el apartado dedicado a la Residencia de Estudiantes, que yo anticipaba con mucha curiosidad, resulta un poco anodino, y mucho menos ácido de lo que esperaba, teniendo en cuenta la imagen pendenciera y algo bruta que tenemos de Buñuel (y que, la verdad, no creo que se aleje demasiado de la realidad).

Lo que pasa es que justo en la página 98 del libro (año 1925 en la vida real) Buñuel se muda a París, y a partir de ahí el libro me enganchó y las siguientes doscientas páginas las devoré prácticamente en una noche. Porque la vida de Buñuel fue realmente apasionante: en el París de los años 20 coincidió y se hizo amigo y cómplice de toda la élite surrealista (Breton, Aragon, Éluard, Max Ernst...); viajó también al Hollywood de los grandes estudios, donde conoció, en diferentes momentos de su vida, a mitos como Fritz Lang, Chaplin, Hitchcock, vivió la guerra civil en primera fila, en un Madrid republicano pero dividido, y después el exilio en Francia, Estados Unidos y finalmente México...

Quizá los párrafos más hermosos del libro se los dedica Buñuel a Lorca, pero no al Lorca poeta o dramaturgo, sino a la persona; creo que merece la pena copiar uno de ellos aquí.
De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar a alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama. Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar.

De Dalí, en cambio, no tiene tantas cosas buenas que decir. Habla, claro, de la colaboración entre ambos para crear Un chien andalou, pero el Dalí posterior, sobre todo después de conocer a Gala, se nos presenta como un ser egocéntrico, engreído, apovechado, traicionero, infantil, ridículo. Una frase suya en un texto de autoglorificación fue el causante, por ejemplo, de que Buñuel perdiera su trabajo en el MoMA después de la guerra.

Como era de esperar, el cine ocupa un lugar importante en estas memorias, así que los que estén familiarizados con la filmografía de Buñuel podrán seguirla prácticamente año a año; pero los comentarios del realizador no son críticos o cinematográficos, sino más bien impresiones, anécdotas, emociones asociadas al rodaje o a las proyecciones de las películas. El escándalo lo acompañó durante casi toda su carrera (desde Un chien andalou y La edad de oro, hasta Los olvidados o Viridiana), un escándalo que Buñuel no rehuía sino que asumía como consecuencia de su propia libertad creativa y moral.

Cuando se termina el libro, no nos quedamos con una imagen idealizada de Buñuel: cuando tiene que ser "políticamente incorrecto" lo es (como cuando dice que le gustaría volar el Guernica de Picasso o cuando niega valor a las películas de Charlot), varias veces insiste en su carácter algo difícil, en sus maneras bruscas y sus manías inalterables. Lo que sí se tiene es una visión más humana, más poliédrica de su personalidad. Sus películas son geniales, y deben ser vistas por sí mismas independientemente de la simpatía o antipatía que nos pueda producir su creador; pero después de leer las largas confesiones del hombre que las creó, me parece que pueden verse con algo más de comprensión y hasta ternura.

domingo, 24 de enero de 2016

Gary Shteyngart: Pequeño fracaso (Semana de la autobiografía, reprise)

Idioma original: inglés
Título original: Little failure. A memoir.
Año de publicación: 2015
Traducción: Eduardo Jordá
Valoración: muy recomendable

"No pienso perderme nada por precipitación"
No es una cita del libro. Permitidme que me autocite cuando me di cuenta de que no me daría tiempo de acabar este libro a tiempo de incluirlo en nuestra Semana de la autobiografía. Pero era cuestión de ser justo tanto con el libro como con uno mismo. Imprimir a una lectura un ritmo inadecuado es una traición, una falta de respeto hacia el autor. 
Desde las colosales veinte páginas iniciales, notamos que la actitud de Shteyngart no tiene nada que ver con la de otros autores que sobre sus propias vidas. Shteyngart, por cuyas novelas leer este libro me ha despertado cierta curiosidad, elige un tono muy lejos de falsa modestia, automitificación, victimismo, flagelación, o compasión. Elige un tono que consigue hacer propio en apenas unas páginas y que no abandonará en todo el libro. Cuestión que es a la vez cualidad y (excusable) defecto de este libro.
Shteyngart parece descubrir en cada capítulo una nueva cualidad en sí mismo. O mejor llamemos característica. Enfermizo en su niñez, frágil, delgado, poca cosa, apocado, débil de carácter, con problemas para relacionarse, escaso atractivo físico, ahora pelo corto, ahora demasiado largo, ahora con la alopecia acosando, ahora vestido con ropas cedidas, ahora ridículo, ahora extemporáneo.
La narración empieza con la familia Shteyngart abandonando San Petersburgo, a finales de los 70. En el marco de un acuerdo de intercambio, en los albores de la Guerra Fría, por el cual, a cambio de un contingente de cereales y tecnología, la URSS permitió la salida de una serie de ciudadanos de origen judío. Entre ellos, Gary, entonces Igor, hijo de un ingeniero y una oficinista, que, acompañado de sus padres, efectuará un corto periplo por Europa que acabará con el desembarco en una bulliciosa Nueva York. Las cosas de Gary en una mochila minuciosamente inspeccionada por un funcionario. Pocas cosas, solo pequeños y ridículos juguetes, poca ropa y, sobre todo, recuerdos almacenados, de los que no es siempre consciente. La Iglesia de Chesme, un helicóptero de juguete que se dibuja contra el cielo y se queda atrapado, las imponentes y omnipresentes estatuas de Lenin.
Pequeño fracaso es una crónica de la paulatina adaptación a la vida en Estados Unidos. Contada con una irónica delicadeza, con un curioso y caótico sentido temporal que elude ciertas reglas no escritas en la literatura autobiográfica, Porque Shteyngart no es lineal, ni incide en hitos o lugares típicos: ni primer polvo que pega, ni primer libro que le impacta, ni tan siquiera, y no negaré que es algo que me ha mantenido en vilo y desconcertado, presta la mínima atención a hechos que, como ruso emigrado a NY, cambian el mundo. Ni una referencia directa a la caída del muro y a la desintegración de la URSS, tampoco a los atentados del 11-S. No así con la II Guerra Mundial: Shteyngart se cerciora de que conozcamos algunos trágicos acontecimientos. Pero, casi siempre, las cosas suceden y de repente Gary está ya en otra época de su vida, en otra escuela, con otra novia, confirmando o no que, a pesar de estudiar cualquier otra cosa, su decisión de ser escritor es firme y cada vez lo es más.
Pequeño fracaso, quizás sea más un diario de integración en la vida norteamericana. El nos vamos con el enemigo va perdiendo peso, el idioma ruso empieza a esfumarse conforme avanzan los capítulos. El autor se muestra tierno y comprensivo con la decisión de unos padres ya entregados al sueño americano, en esa transición de pasar horas haciendo cola por una berenjena a trabajar con dureza para obtener más cosas de las que son necesarias. Deja que sea el lector quien lea entre líneas y juzgue. Porque una cualidad de Pequeño fracaso es dejar más rastro del que parece a primera vista. Quizás ésa sea la vara de medir con las biografías, la de cerrar el libro y reconocer, de alguna manera, que el autor ha revelado su personalidad, que  ha hecho algo más que enumerar anécdotas, desgracias y hazañas. Que se le conoce ya un poquito. Pues aquí ese objetivo se ha alcanzado.

domingo, 17 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #7: La muerte del padYO, YO, YO, YO de Karl Ove Náusea

Idioma original: noruego
Título original: Min Kamp
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: Se deja leer... perdón, quiero decir, se deja de leer

Un escritor noruego con pinta de rockero contándonos su vida y milagros: así a priori no suena mal. ¿Cuál será esa terrible "lucha" que da título a la muchología que se ha cascado el bueno de Knausgard (con circulito encima de la segunda a)? ¿Será la lucha contra el alcohol, la lucha contra la muerte, la lucha contra la injusticia, la lucha contra la imposibilidad del lenguaje por expresar la realidad en toda su compleja belleza? Pues no, por lo menos en mi caso ha sido la lucha contra el aburrimiento; y ha ganado el aburrimiento.

Se ha dicho que esta obra es proustiana, y está claro que es lo que el autor quería que se dijera. Solo le ha faltado incluid una escena de la magdalena (o el muffin, si se quiere actualizar la cosa) en los primeros capítulos para que el paralelismo esté completo. Solo que Proust es mucho Proust, y no es solo que nos cuenta su vida en un estilo impecable, sino que lo hace con ironía, con delicadeza, con profundidad, con gracia.

Y en el caso de Karl Ove Náusea... digoooo... Knausgard, en fin, veamos: la cosa no empieza mal, porque se nos presenta un doble plano, el del escritor que bloqueado intenta escribir una novela y ser un buen padre al mismo tiempo (esas páginas son de las mejores del libro, sinceramente, por la crudeza con la que describe el rechazo que puede llegar a sentir por sus hijos), y por otro lado el plano de las memorias adolescentes, del descubrimiento del alcohol y el sexo, de las primeras rebeldías, y por supuesto de la figura de un padre distante, exigente y poco afectuoso (y también aquí hay buenas páginas, en las que se describe el miedo y la vergüenza que provoca en el joven futuro-escritor la mera presencia del padre en la casa).

Solo que después pasan las páginas y las páginas y las páginas... (¡y este es solo el primer volumen de la serie!) y se cuenta cada detalle de la vida de un adolescente que no es demasiado distinta de la vida del 99% de los adolescentes... Aquí bebe una cerveza (¡y se emborracha!), aquí se toma un té ("Mmmmmmh", sic), aquí ensaya con unos amigos, aquí toca una teta (¡ooooooh!), y cualquier asomo de trama interesante o de conflicto se ve sepultada por una apoteosis del egocentrismo que no es solo que no me haya gustado: es que ha llegado a ponerme de muy mala hostia. Todo es yo, yo, yo, yo... ¿Y a mí qué me importa, querido Karl Ove? ¿Qué leches me importa todo esto? ¿Por qué debería dedicar mi tiempo a leerlo, me quieres explicar?

Así que, llegada la página 150 (menos de la mitad del primer volumen), decidí dejarlo. Porque hay mucho que leer en esta vida, y las pajas (mentales y físicas) de este señor no me interesan lo más mínimo. Y menos sabiendo que son seis novelas de unas trescientas y pico páginas cada una. Claro, sé que hay gente a la que le ha gustado mucho este libro, y bien por ellos, si lo han disfrutado; y también sé que habrá quien diga: "¡Pues no es nada fácil escribir un libro así!" No, no será fácil, seguro que no, yo por ejemplo no sería capaz. Pero eso no quiere decir que tenga que interesarme.

Otra cosa es que el debate que ha provocado, sobre los límites de la autoficción y el derecho a la intimidad de las personas involucradas; el debate no es nuevo ni mucho menos, pero no está del todo bien resuelto, sobre todo ahora que es tan habitual que los escritores se transformen en el tema de sus propias obras. ¿Hasta qué punto puede un autor permitirse contar intimidades (desde lo erótico a lo sentimental, pasando por lo escatológico) de personas que no han dado su consentimiento para que lo haga? ¿Y si esas personas han muerto y no pueden dar su consentimiento? La respuesta idealista es que el arte está por encima de la ley, o mejor dicho, que es un terreno distinto al regido por las leyes civiles; pero esta respuesta tan bonita no satisfará mucho a las personas cuyas infidelidades, vicios y bajezas se aireen en público...

But I digress.

En una de las últimas páginas que leí del libro, un amigo le dice al autor algo así como: "Tienes que escribir sobre algo, Karl Ove, escribe sobre algo". Eso mismo le diría yo: "escribe sobre algo, por dios, Karl Ove; sobre algo que no seas tú mismo, quiero decir..."

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que lloverUn hombre enamoradoFinLa importancia de la novela
La primera reseña de 'La muerte del padre'Aquí

sábado, 16 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #6, Peggy Guggenheim: Una vida para el arte

Idioma original: inglés
Título original: Out of This Century
Traducción: Clara Gabarrocas
Año de publicación: 1.979
Valoración: Recomendable (muy recomendable para interesados en el mundo artístico de la época)



Hoy en día el apellido Guggenheim suena a titanio, Frank Gehry y turistas en Bilbao. Pero no siempre fue así. Los Guggenheim fueron una de esas familias judías que amasaron una inmensa fortuna en América y, entre ellos, a Solomon le dio por el arte, hasta que reunió una fantástica colección y fundó el museo neoyorkino que lleva su nombre, del que el de Bilbao es una especie de franquicia (buf, qué mal suena eso).

Los miembros del clan combinaban los negocios con diversas excentricidades. Peggy, sobrina del citado –o sobrina-nieta, no sé-, perteneció a una de las ramas menos favorecidas de la familia, y aun así nadaba en dinero. Con mucha viruta para gastar y tiempo de ocio ilimitado, la señorita Guggenheim pronto se aburrió de la vida convencional, y sacó a pasear una larga lista de ocurrencias, al tiempo que coleccionaba otra nómina, aún más extensa y variopinta, de maridos y amantes. Una idea de las extravagancias la da esta anécdota en un viaje por Egipto: "para pasar el tiempo compré una cabra embarazada con la esperanza de verla parir". Y al respecto de sus parejas, la lista es tan amplia que define toda una forma de vivir. 

A base muchas fiestas y viajecitos por la Europa glamourosa de las primeras décadas del siglo XX, acabó Marguerite (que así se llamaba en realidad, por mucha rabia que le diese) por entrar en contacto con los ambientes bohemios de la época. Diversión, desenfreno y gasto desbocado eran los elementos que condujeron esta envidiable vida hacia el coleccionismo y el mecenazgo. A veces bajo el consejo de una mano sabia (Duchamp sobre todos los demás), y otras veces por pura casualidad, los artistas acababan contactando con Peggy, y la relación pronto daba buenos resultados, bien en la cama, bien en el mercado del arte, o en ambos a la vez.

Así que, casi sin pretenderlo, la autora empieza a comprar arte contemporáneo y a formar una colección que adquiere una magnitud sobresaliente. Porque esta mujer, inteligente y vivaz, parecía tener un sexto sentido, un don para distinguir obras valiosas entre muchas otras.  Y así, lo que empezó como un capricho de ricachona aburrida, terminó por ser no sólo una profesión, sino un estilo de vida. Todo ello llevado a cabo cuando por las obras todavía se pagaban sumas digamos normales, 'antes de que el mundo del arte se convirtiera en un mercado de inversión'. A eso se llama clarividencia, y eso que la buena señora no podía prever la locura que vendría en las décadas posteriores.

La narración mantiene un tono desenfadado y directo, empapado de buenas dosis de ironía, y puede recorrerse en diversos niveles. Podemos leerlo simplemente como la amplísima acumulación de anécdotas personales que es en realidad, un divertimento basado en la vida, extravagante y un punto (o varios) escandalosa, de una señora rica. Desde otra perspectiva, es la historia de una mujer rompedora que siempre se consideró libre y que –ciertamente sustentada por su enorme patrimonio, que el dinero lo aguanta casi todo- tuvo narices para saltarse sin miramientos cualquier tipo de normas convencionales.

Pero personalmente me interesa por encima de todo lo que el libro tiene de crónica del mundo artístico europeo y norteamericano en las primeras décadas del siglo XX, aspecto que empieza a despuntar pasado el primer tercio del relato. Si las Soirées de Paris del conde Beaumont fueron el gran aglutinador de la vida artística de Francia y de media Europa, la Guggenheim fue al mismo tiempo mecenas y descubridora de numerosos artistas plásticos, fundó varias galerías entre las que destacó la famosa Art of this Century, puso en el mapa internacional el entonces incipiente expresionismo abstracto (aunque sobre eso hay otras opiniones), apoyó y dio a conocer a numerosos artistas y, en definitiva contribuyó, entre fiestas, flirteos y derroches, a dinamizar el ambiente cultural a ambos lados del Atlántico.

Todo esto nos lo va contando, paso a paso, en un relato construido de forma sencilla, donde van surgiendo uno tras otro artistas de toda condición, desde Joyce y Beckett hasta John Cage o Yoko Ono, pasando por todos los nombres de artistas plásticos de la época que podamos imaginar. Entre ellos vivió y con ellos trabajó y se divirtió nuestra sorprendente dama, que fue para muchos (Pollock por encima de todos) apoyo fundamental en una época de creatividad apasionante. 

Hasta muy cerca del final vivió en su palacio de Venecia, la ciudad que le enamoró desde su juventud, y donde se le llamaba 'la dogaresa'. Allí permanece su extraordinaria colección, una de las más importantes del mundo. Sus cuadros, lo mismo que los objetos que cualquiera conserva tras muchos años, guardan cada uno trozos de la vida de su antigua dueña. 

viernes, 15 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #5: La muerte del padre de Karl Ove Knausgård

Idioma original: noruego
Año de publicación: 2011
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: bastante recomendable

La cuestión que no hemos planteado directamente esta semana aún. ¿Por qué tanta gente escribe su autobiografía, o sus memorias? Antes, parece que solamente lo hacían las celebridades. Gente que parecía sentirse en deuda con la sociedad si no explicaba los grandes trazos de su existencia, aquello que le había hecho triunfar, o fracasar con estrépito. Lógico, que se apuntaran los escritores. Para un escritor, es un chollo escribir de aquello que más conoce y que está siempre disponible para documentarse. Y no he mencionado, aún, la palabra "ego". La tecnología de hoy aún lo ha puesto más fácil. Blogs y páginas de redes sociales y canales de Youtube son, en el fondo, formas en que uno muestra al mundo aquello de su recorrido vital que quiere compartir.
La otra cuestión es si el mundo necesita eso. O si el mundo está dispuesto a prestarle suficiente atención, cosa que significaría que hay quien convence a los demás de que su vida es, o ha sido, lo bastante interesante para conocerla. La intención del lector, habría que ver cuál es, al leer sobre la vida de los demás: curiosidad, morbo, posibilidad de verse reflejado, comparar trayectorias, tomar ejemplo, admirar, rechazar. Asomarse a la vida de los demás, vistas las porquerías que copan la tele, resulta muy estimulante.

Entonces, ¿qué debía pensar Karl Ove Knausgård cuando se planteó escribir seis tomos, si él era solamente un novelista de un pequeño país como Noruega, completamente desconocido fuera de allí?

Aunque su fotografía actualizada no salga en la portada de La muerte del padre, hay que decir que el aspecto físico actual de Knausgård no pasa desapercibido: una especie de cruce improbable entre el actor Viggo Mortensen, una especie de mesías nibelungo y una estrella del black metal, con los surcos del dolor (o de otras experiencias siempre excesivas) grabados en sus rasgos, pero como acabadito de levantar un día soleado. Consciente de que es un factor más, el revuelo que lleva un tiempo levantando su serie de seis libros autobiográficos, iniciada con éste, es considerable. Ojo con esas imágenes tan poderosas: algunos solemos generar preconcepciones. Y sus declaraciones, en medio de la oportuna promoción, viniendo a insinuar que ya no le hace falta escribir más tras esta obra magna, porque su situación ya no le empuja a ello, son otro añadido. Uy, con lo que nos gustan los autores atormentados, esos que se desploman sobre el teclado exhaustos apestando a alcohol o a tabaco o a sudor o a sangre o a vómito o a todo junto.
Freudiano título, por cierto. Pero es que el título de la hexalogía que este libro abre es aún más, mm, polémico: Mi lucha. Uh. Ya está Godwin aquí. Difícil, pues, enfrentarse sin un prejuicio, y menos aún que ayudan términos que constan en la sinopsis y en las solapas. Proustiano. Gran literatura. Universal. Absorbente. Ambiciosísimo. Proeza. Atormenta. Cuidado: como los fuegos artificiales, hay que manipular estos términos con cuidado.
Pues resulta que vale la pena empezar. No es que Knausgård invente nada. Esta es una narración autobiográfica directa y descarnada, sin el mínimo tapujo y prácticamente liberado de cualquier inhibición: las experiencias (en este primer tomo, las relacionadas con su infancia tardía y su juventud) son narradas sin eufemismos y con un agudo sentido físico, como si estuviéramos sentados en un rincón mientras el joven Karl Ove se frustra ante su escasa pericia con la guitarra o se impacienta ante sus titubeos con las chicas, con sus torpes intentos de seducción. Esa primera persona es la simple y llana apuesta de este libro: el explicar de forma directa su experiencia, el mantener en vilo al lector cuando lo que está leyendo no es más que un diario al que se ha aportado una cierta perspectiva, al que se ha magnificado en un ejercicio que bebe a partes iguales de egomanía y de inseguridad.
No es que el camino sea llano: hasta superadas las 300 páginas, umbral que no todo el mundo es paciente para franquear, uno empieza a darse cuenta de que le ha empezado a coger cariño a Knausgård, el personaje. En algún inexplicable giro el diálogo interno pasa a parecernos casi irresistible. No es que pasen grandes cosas, pero Knausgård va dejando pistas. No se corta en sus pensamientos ni en reconocer bajos instintos o hasta sentimientos reprobables. La muerte del padre es bien definitorio como título. Esa figura, metáfora del enfrentamiento de una persona a una madurez forzada, es el centro de la obra. Cómo, acompañado de su hermano hace un viaje donde juntos evocan lo que les unió en su infancia. Cómo presencia e intenta poner orden en una casa desvencijada que ha sido habitada por una anciana y por un hombre que solo ha triunfado en autoinmolarse a base de beber todo lo que encuentra. Esos pasajes nos resultan de una incómoda familiaridad. Los reencuentros que se provocan nos entregan a un tipo sencillo y honesto que limpia roña de los rincones mientras reflexiona con sentido común sobre todo aquello que acude a su mente, un hombre aún joven aportando sentido práctico a la desagradable liturgia de la situación. Un tipo que ya, entonces, se nos habrá hecho cercano.

Es la solvencia como narrador  de Knausgård lo que  mantiene el tono en 500 páginas que tienen sus altibajos (algunos episodios de la adolescencia no logran suscitar gran interés) pero que sí, son lo suficientemente intensas para que me plantee ir a por el siguiente tomo. ¿Para cinco más? Habrá que ver, pero de momento con el primer volumen, la prueba la ha superado.

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que lloverUn hombre enamoradoFin, La importancia de la novela
La contrarreseña de 'La muerte del padre'Aquí

jueves, 14 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #4: Carmen Martín Gaite: El cuarto de atrás

Idioma original: español
Año de publicación: 1978
Valoración: Está bien

En cierto punto de su trayectoria, C. M. Gaite sintió la necesidad de cultivar el género fantástico y dio alas a una imaginación vinculada estrechamente a sus memorias de infancia y juventud. De todo ello resulta este texto híbrido, compuesto de visitas al pasado y alguna alusión al presente, en el marco de un ambiente alucinado, irreal, como una pesadilla amable, si eso fuese posible. La autora da rienda suelta a esos recuerdos que  “viven agazapados en el cuarto de atrás”, según dice. Dichos recuerdos atañen a su faceta personal y, como no podría ser de otra manera, también a la literaria. Por sus palabras y escritos, sabemos que, antes que nada, le importaban las personas, y es valiéndose de ellas –sean reales o producto de su fantasía –como logra construir este mosaico. Un conjunto de retazos que, en aparente desorden, incluye anotaciones para obras futuras, proyectos más o menos olvidados, sucedidos entrañables de su infancia y juventud difuminados unas veces, otras eternamente vivos, sabrosas anécdotas que desarrolla con la naturalidad que le caracteriza, episodios fosilizados por el tiempo y experiencias que hicieron de ella lo que llegó a ser. Desde el pasivo y subordinado rol de las mujeres durante la postguerra española que le indujo a rebelarse y tomar las riendas de su vida, la utilización del pasado como propaganda, la rancia y poco estimulante figura del dictador, el futuro que se intuía con su fallecimiento hasta el onírico refugio que inventó siendo adolescente. Sin olvidar casas y objetos. Todo un mundo y unas pautas de conducta cuyo recuerdo le llenaba de nostalgia por mucho que le alegrara haber dejado atrás.
Desde un principio, como anunciando lo que vendrá después, Gaite declara que vendería su alma al diablo con tal de revivir ciertas sensaciones de su infancia. Contempla un supuesto grabado en el que:
“Se ve a un hombre de pelo y ojos muy negros incorporado sobre el codo izquierdo dentro de una cama con dosel... apunta hacia la segunda figura que aparece en el grabado. Se trata de un personaje desnudo y, a excepción de la cornea del ojo, totalmente negro: negra la piel del cuerpo, negro el pelo rizoso, negras las orejas puntiagudas, negros los cuernos, negras las dos grandes alas que le respaldan… Debajo dice: “Conferencia de Lutero con el diablo”, y esta leyenda me ayuda a escapar del sortilegio que la habitación pintada empezaba a ejercer sobre mí…”
Y el diablo, trasunto de Mefistófeles, aparece por fin vestido de negro y se cuela en ese cuarto que le sirve de refugio. La fantasía, el misterio que la Carmen-personaje añora, que según confiesa tiene intención de cultivar, a cuyos preludios materializados en el misterioso personaje de la playa acabamos de asistir cobra por fin vida. Desde su llegada, lo equívoco, lo inquietante, lo impenetrable y oscuro se adueña del texto. A la ambigua personalidad del recién llegado se añade un algo indefinido que lo abarca todo: el tipo de relación que se establece entre ambos, lo que dura la visita (pues a través de sutiles cambios en la escenografía percibimos algunos saltos temporales), la proporción de sueño y vigilia, la intención de la narradora, la expectativa de adónde conducirá todo esto. Pero en un punto concreto el visitante se vuelve demasiado humano, alguien le reclama por teléfono, se aportan datos inequívocamente realistas. Con ello se reduce el difícil equilibrio establecido entre tantos y tan diversos factores y, con él, el interés del lector.
A lo que falta le llamaría la coherencia de lo incoherente. La integración de las partes en un todo no acaba de producirse y eso disminuye en gran parte el efecto que producen los hallazgos.

También de Carmen Martín Gaite: Irse de casa, Nubosidad variable, Entre visillos

miércoles, 13 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #3, Groucho Marx: Groucho y yo

Idioma original: inglés
Título original: Groucho and me
Año de publicación: 1959
Traducción: Xavier Ortega
Valoración: recomendable

A ver... este libro me tiene muy despistado; por más que lo intento no encuentro la parte donde se habla del materialismo hformación o y el dialéctico... voy a tener que mirar en El Capital...
¿Cómo? ¿Qué hacer gracietas sobre la coincidencia de apellidos entre los distintos Marx suena más viejuno que las hazañas amatorias de Sánchez-Dragó? Bueno, ya lo sé, pero a ver quién se resiste... dejando aparte que proporciona uno de los mejores momentos de este libro: cuando su agente de bolsa llamó al autor (que había invertido todo su dinero en acciones), durante el crack del 29 y le espetó: "Marx, la broma ha terminado".

Bueno, dejémonos de bromas -o mejor no, en este caso-: Groucho y yo es, como el propio título indica, la autobiografía de Julius Henry Marx, nacido en 1890 en Yorkville, en el Upper East Side de Nueva York y hermano de Harpo, Chico, Zeppo y Gummo (casi nada). Quizás sí que fueran, después de todo, parientes delninsigne Karl, porque los padres de los cinco angelitos eran judíos alemanes -alsaciano el padre; el peor satre del vecindario, según Groucho, pero gran cocinero-; la vena actoral les venía por parte de los abuelos maternos. Groucho se crió pues en un ambiente con pocos medios económicos pero frecuentado por personajes a cual más pintoresco -no sólo parientes, sino vecinos y amigos-, recordado aquí con una benevolencia quizá más fundada en la nostálgia que en la realidad... Lo que no significa, en ningún caso, que estas memorias guarden un tono cursi  o gazmoño; nada más lejos de lo que es este libro: como bien se puede suponer, una corriente de humor irónico y tronchante (aunque menos desaforado que en el otro libro de ¿memorias? escrito por Groucho, Memorias de un amante sarnoso). De hecho, no hay más que echarle un vistazo a los títulos de algunos capítulos, para adivinar por dónde va la cosa: ¿Por qué escribir cuando uno puede telegrafiar sus pullas?; Mi juventud: puedes quedarte con ella; Un sencillo caso de auto-erotismo -no es lo que parece-; Ricos es mejor; ¿Por qué lo  llaman amor cuando quieren decir sexo? -¿alguien se preguntaba de dónde viene la frase?-... y el último, que hace referencia al programa de televisión en el que acabó su carrera Groucho: Apueste mi vida.

No piense nadie, sin embargo, que esta autobiografía es una simple acumulación de anécdotas graciosas, ocurrencias y frases ingeniosas. Las hay por todas partes, por supuesto... ¡estamos hablando de Groucho Marx!, pero ya digo que el libro suponen unas memorias en toda regla: Julius/Groucho repasa su humilde infancia y adolescencia, sus primeros pasos en el teatro -componente de un trío de adolescentes travestidos o limpiador de pelucas-, las giras por teatros de pequeñas ciudades, alojándose en pensiones de mala muerte -las únicas que admitían actores-... el éxito final en Broadway, labfortuna...y la pérdida de ésta, ya digo, en el crack de 1929. La fama internacional gracias a las películas, los chismorreos de Hollywood, la renovada celebridad en los 50, gracias a la radion y la televisión (el mítico programa Apueste su vida). El relato de toda una vida, bien regado de un sinfín de sabrosas anécdotas (sin olvidar alguna que otra diatriba contra los críticos), pero que en ningún momento pierde el hilo y demuestra unas dotes más que notables como escritor de Groucho, pese a los reiterados recordatorios de éste acerca de su deficitaria -voluntariamente, en gran medida- formación.

Lo que más llama la atención de estas memorias, sin embargo, no es su carácter testimonial sobre una época y ambiente determinados, o sobre unos personajes peculiares. Ni la evidente brillantez humorística, sino la humilde naturalidad, la modestia sobre sí mismo -y que no parece falsa, desde luego- que muestra su autor. Groucho habla maravillas -aunque sin obviar cierta amable ironía- de muchas personas con las que se cruza (como el productor Irving Thalberg, a quien los Marx hacían todo tipo de barrabadadas), de su familia, de sus hermanos (sobre todo de Chico, al que tilda de genio de las matemáticas... quizá por ser un empedernido jugador, y de Harpo, que presenta como un dechado de virtudes, amabilidad y sensatez)... mientras que él mismo parece ser más un tipo con suerte y desfachatez que el inteligente y genial humorista que sin duda fue. Un libro éste, pues, absolutamente recomendable para conocer a un personaje irrepetible y entrañable, que rebosaba humanidad, más allá de sus icónicas gafas y puro y su bigote pintado con betún.

martes, 12 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #2: Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable para todos; muy recomendable para escritores; imprescindible para fans de Piglia

Habrá quien piense que estoy haciendo trampa reseñando unos diarios en la semana de la autobiografía, sobre todo cuando el nombre del autor, Ricardo Piglia, y el del protagonista, Emili Renzi, son diferentes. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: la primera es que esto no son realmente unos diarios, sino una reelaboración revisada, con cincuenta años de distancia, de unos cuadernos escritos en la juventud del autor; y la segunda es que el nombre completo de Ricardo Piglia es Ricardo Emilio Piglia Renzi, así que la distancia entre autor y personaje es, en fin, la misma que en cualquier obra autobiográfica: la que hay entre el sujeto que habla y el objeto de que habla.

Que conste que empecé esta obra con algunos recelos. No soy aficionado a leer memorias, autobiografías o confesiones, y menos todavía de textos privados que se hacen públicos en la vejez o tras la muerte del escritor (ya me despaché a gusto sobre el tema en esta entrada). Además, Babelia había elegido este libro como mejor libro del año y, en fin, serán prejuicios míos, pero eso para mí es casi un punto negativo. Y las primeras páginas estaban confirmando mis prejuicios, porque notaba en ellas un tono pedante y egocéntrico (muy de Piglia, me parece) que no me estaba gustando nada... Pero luego estos diarios que no son un diario me engancharon, y me hicieron reconciliarme con la obra, con el autor y quién sabe si también con el género.

Este primer volumen de los Diarios de Emili Renzi cubre los "años de formación" del escritor (1957-1967). Vemos en estos años a un escritor algo inmaduro, titubeante y pobre pero decidido a triunfar y convertirse en escritor ("en diez años seré el mejor escritor de Argentina", reconoce haber dicho en un momento dado), y que mientras tanto vive de dar clases en la Universidad de La Plata, de traducciones, ediciones y antologías, o de la generosidad de amigos y familiares. Junto con las relaciones amorosas de juventud (varias y variadas), es la literatura el tema que ocupa más espacio en los diarios; no solo vamos siguiendo lo que Piglia (perdón, Renzi) escribe, sino también lo que lee: el autor demuestra en estas páginas ser un lector y un crítico atento, intuitivo y muy consciente de la técnica y sus posibilidades.

Pero lo que más me ha gustado de este libro es, precisamente, que no es un diario íntimo, sino una producción literaria creada a partir de un diario, y con consciencia de que es un texto para ser releído más adelante, por el propio autor, primero, y después por el público. Y aunque al final Piglia (o Renzi, tanto da) diga estar "transcribiendo mis diarios", en realidad está haciendo mucho más que ellos: selecciona (por ejemplo, solo se incluyen los cuadernos relativos a su vida en Argentina), incluye textos ajenos a los diarios (relatos, reflexiones, fragmentos) y sobre todo se relee a sí mismo, reafirmándose, o por lo menos eso dice, en el que fue cuando comenzaba y no era todavía "el mejor escritor de Argentina".

En la cabecera de esta reseña he incluido tres valoraciones diferentes: los fans de Piglia, sus estudiosos y seguidores, adorarán estos diarios, que les acercarán al autor en proceso de construcción; a los que quieren leer por el puro placer de hacerlo, a lo mejor les resulta algo pesada tanta reflexión sobre el estilo, los narradores o los tiempos verbales; en cambio, los escritores tienen aquí mucho material que aprender. Para empezar, sobre la determinación que hace falta para llegar a ser escritor: Piglia sacrifica lo que hace falta, pasa hambre, malvive, da sablazos si hace falta, con tal de poder leer y escribir; y también sobre la forma de leer y aprender de otros escritores, con atención al detalle, a las variaciones técnicas, pero también con un criterio y una estética propios. (De García Márquez, por ejemplo, dice que tiene una prosa "demagógica").

No sé si me compraré el resto de los Diarios cuando salgan (está prevista una trilogía): a lo mejor son más de lo mismo, y terminan por aburrir. Lo que sí sé es que, si volviera a leer este primer volumen, bolígrafo en mano, encontraría mucha frase para subrayar y mucha idea para reflexionar, sobre Piglia, sobre las mujeres, sobre la literatura, sobre la vida.

También de Ricardo Piglia en ULADPlata quemadaBlanco NocturnoLas tres vanguardias: Saer, Puig, WalshLos casos del comisario Croce

lunes, 11 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #1, James Rhodes: Instrumental

Idioma original: inglés
Título original: Instrumental
Año de publicación: 2014
Traducción: Ismael Attrache
Valoración: muy recomendable


Pues resulta que, de todas las frases que decoran el fajín, la que más me convence la dice alguien tan teóricamente alejado de lo literario como un juez. Que reconoce a Rhodes su derecho legítimo a contarle al mundo su sufrimiento. Que no es poco. Es importante para ponerse en contexto: Rhodes ya es una relativa celebridad en el Reino Unido y hay quien intenta impedir que estas memorias sean publicadas porque, supongo, no le gusta lo que sale en ellas o se siente aludido.
Rhodes es, dicen, un renovador del ámbito de la música clásica, un concertista de piano que ha traspasado la barrera del restringido, anquilosado y rígido mundo propio de ese estilo e intenta que sea accesible a mucha gente. Lo hace por pasión, parece, y su conocimiento se manifiesta no solo en los textos iniciales que jalonan cada capítulo, donde da rienda suelta a elogios sin medida hacia compositores, intérpretes e interpretaciones, sino de forma constante a lo largo de todos los capítulos. La música ha salvado la vida a James Rhodes. De momento, porque se autodefine aún como una persona insegura e inestable, siempre al borde de la autodestrucción.
Importa más saber los motivos de esa personalidad.
Hay uno principal.
Rhodes fue objeto, desde los seis años, de un prolongado episodio de "abusos".
Pero él no lo llama "abusos", más bien no soporta que se use ese eufemismo. En esto estamos muy de acuerdo. James Rhodes, niño. fue violado de forma reiterada por Peter Lee, que era su profesor de gimnasia en la carísima escuela a la que acudía. Y no importa que las circunstancias en cuyo detalle Rhodes no tiene reparo en extenderse puedan parecer escabrosas. A ver si es que estábamos más tranquilitos sin saberlo, claro. Estamos siempre tan tranquilos sin conocer los detalles que la palabrita "abusos" cumple una función tranquilizadora. Y es importante que Rhodes le dé una contundente patada a esa preconcepción. Claro que habrá quien opine que ser tan explicito es entregarse al morbo o al sensacionalismo. Pues voy a discrepar. Es valiente y es muy conveniente, por no decir necesario. Hoy mismo leía una reseña en un medio teóricamente "desinhibido" que ponía en tela de juicio que Instrumental sea apto para según que rango de lectores precisamente por eso, por llamarle penetración a la penetración, y todas esas cosas.
¿Vamos a escandalizarnos ahora? Por favor. El valor de Rhodes es inmenso, su franqueza ejemplar, y si es oportunista o no, él lo sabrá, pero si pensaba que había de explicarlo, no veo a quién perjudica. Esas 150 páginas iniciales, donde esa situación polariza todo su comportamiento (sus relaciones personales, su matrimonio, su paternidad, la elección de su profesión), son vertiginosas. Nos fascina no lo que explica, sino que lo explique, que no se corte en describir tanto los hechos como sus consecuencias. Drogas, alcohol, autolesiones, traumas psicológicos, problemas familiares, son efectos no colaterales, sino directos. Y aún hay quien preferiría que todo quedara simplemente "sugerido". Claro: todo pulido y que el lector no haga esfuerzos ni recree situaciones desagradables.
Cuando Rhodes desplaza la narración hacia su situación actual, es algo inevitable que se acuse un cierto bajón. Como si el libro tuviera dos partes diferenciadas: recriminación vs agradecimiento, y queda claro que el plus de rabia beneficia a Rhodes, soez, áspero, frontal, pero, curioso, sin un especial énfasis en el rencor o en la persecución del desagravio. Curioso, como lo es la elusión de menciones extensas a sus padres, cuestión que sería muy interpretable en clave freudiana. 
¿Es Instrumental, aún con ese desequilibrio, una lectura muy recomendable? Por supuesto que sí. El testimonio de Rhodes es crudo, desinhibido a conciencia y procaz con un objetivo. No dejéis que esa equivocada evocación como "canto a la vida" os confunda. Rhodes demuestra algo diferente, una ira contenida de forma poco disimulada hacia aquel que destrozó su niñez y lo dejó sin poder existir en esa patria que dicen, es la infancia. Y que condicionó muchos de sus desequilibrios posteriores. Esa ira, parafraseando a John Lydon, es la energía que moviliza las partes más brillantes de este singular libro.