jueves, 14 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #4: Carmen Martín Gaite: El cuarto de atrás

Idioma original: español
Año de publicación: 1978
Valoración: Está bien

En cierto punto de su trayectoria, C. M. Gaite sintió la necesidad de cultivar el género fantástico y dio alas a una imaginación vinculada estrechamente a sus memorias de infancia y juventud. De todo ello resulta este texto híbrido, compuesto de visitas al pasado y alguna alusión al presente, en el marco de un ambiente alucinado, irreal, como una pesadilla amable, si eso fuese posible. La autora da rienda suelta a esos recuerdos que  “viven agazapados en el cuarto de atrás”, según dice. Dichos recuerdos atañen a su faceta personal y, como no podría ser de otra manera, también a la literaria. Por sus palabras y escritos, sabemos que, antes que nada, le importaban las personas, y es valiéndose de ellas –sean reales o producto de su fantasía –como logra construir este mosaico. Un conjunto de retazos que, en aparente desorden, incluye anotaciones para obras futuras, proyectos más o menos olvidados, sucedidos entrañables de su infancia y juventud difuminados unas veces, otras eternamente vivos, sabrosas anécdotas que desarrolla con la naturalidad que le caracteriza, episodios fosilizados por el tiempo y experiencias que hicieron de ella lo que llegó a ser. Desde el pasivo y subordinado rol de las mujeres durante la postguerra española que le indujo a rebelarse y tomar las riendas de su vida, la utilización del pasado como propaganda, la rancia y poco estimulante figura del dictador, el futuro que se intuía con su fallecimiento hasta el onírico refugio que inventó siendo adolescente. Sin olvidar casas y objetos. Todo un mundo y unas pautas de conducta cuyo recuerdo le llenaba de nostalgia por mucho que le alegrara haber dejado atrás.
Desde un principio, como anunciando lo que vendrá después, Gaite declara que vendería su alma al diablo con tal de revivir ciertas sensaciones de su infancia. Contempla un supuesto grabado en el que:
“Se ve a un hombre de pelo y ojos muy negros incorporado sobre el codo izquierdo dentro de una cama con dosel... apunta hacia la segunda figura que aparece en el grabado. Se trata de un personaje desnudo y, a excepción de la cornea del ojo, totalmente negro: negra la piel del cuerpo, negro el pelo rizoso, negras las orejas puntiagudas, negros los cuernos, negras las dos grandes alas que le respaldan… Debajo dice: “Conferencia de Lutero con el diablo”, y esta leyenda me ayuda a escapar del sortilegio que la habitación pintada empezaba a ejercer sobre mí…”
Y el diablo, trasunto de Mefistófeles, aparece por fin vestido de negro y se cuela en ese cuarto que le sirve de refugio. La fantasía, el misterio que la Carmen-personaje añora, que según confiesa tiene intención de cultivar, a cuyos preludios materializados en el misterioso personaje de la playa acabamos de asistir cobra por fin vida. Desde su llegada, lo equívoco, lo inquietante, lo impenetrable y oscuro se adueña del texto. A la ambigua personalidad del recién llegado se añade un algo indefinido que lo abarca todo: el tipo de relación que se establece entre ambos, lo que dura la visita (pues a través de sutiles cambios en la escenografía percibimos algunos saltos temporales), la proporción de sueño y vigilia, la intención de la narradora, la expectativa de adónde conducirá todo esto. Pero en un punto concreto el visitante se vuelve demasiado humano, alguien le reclama por teléfono, se aportan datos inequívocamente realistas. Con ello se reduce el difícil equilibrio establecido entre tantos y tan diversos factores y, con él, el interés del lector.
A lo que falta le llamaría la coherencia de lo incoherente. La integración de las partes en un todo no acaba de producirse y eso disminuye en gran parte el efecto que producen los hallazgos.

También de Carmen Martín Gaite: Irse de casa, Nubosidad variable, Entre visillos