viernes, 1 de enero de 2016

Svetlana Alexievich: Voces de Chernóbil

Idioma original: ruso
Título original: Tchernobylskaia Molitva
Año de publicación: 2005
Traducción: Ricardo San Vicente
Valoración: muy recomendable alto

Inauguramos el año con un modesto ejercicio de justicia. La verdad es que pocos, y no me incluyo, conocían a Svetlana Alexievich antes de que su nombre empezara a sonar con insistencia para ganar el Nobel que le fue otorgado hace unos meses. De hecho, éste era el único libro que había sido traducido al español, y su reedición en octubre de 2015 parece indicar que algo se husmeaban en Random House.
Y si he dicho justicia es por algo. Porque libros como éste no habrían de pasar desapercibidos. En un mundo ideal. De esos mundos ideales donde los totalitarismos son condenados todos y donde las cosas no se polarizan de tal manera que la crítica a un polo significa el alineamiento necesario con el polo opuesto. Claro, perdonad, escribo esta reseña bajo el "efecto diplodocus", cosa que me va a hacer medir mis palabras.
Supuestamente.

"¿Y nosotros?¿Nosotros cómo nos comportamos?¡Mira a estos alemanes, siempre tan planchados, tan almidonados, qué histéricos!¡Miedosos! Midiendo la radiación de la sopa, de las hamburguesas. Saliendo a la calle cuanto menos mejor. ¡Qué risa! ¡Nuestros hombres sí que son hombres de verdad! ¡Qué machos los rusos! ¡Dispuestos a todo! ¡Luchando contra el reactor! ¡Y sin ningún temor por sus vidas! Se suben al tejado fundido a cuerpo descubierto, con guantes de lona (ya lo habíamos visto en la televisión) ¡Y nuestros hijos van con sus banderines a la manifestación! ¡Con los veteranos de la guerra! ¡La vieja guardia!"

Sí: he puesto terror entre las etiquetas para la búsqueda de este libro. Y es que el terror más auténtico no es el de los seres misteriosos de Lovecraft o el de las inverosímiles puertas de La casa de hojas. El auténtico terror es que unos señores que se atribuyen respetabilidad te digan que puedes estar tranquilo en tu casa y que un día haya un accidente y un mal viento empiece a depositar isótopos en el césped del parque donde juegan tus hijos, o los inocule en el agua que hace crecer los tomates que metes en tu ensalada, o pringue la ropa que tienes colgada en  el tendedero. Que eso te obligue a salir disparado de tu casa y de tu vida en cuestión de horas, vete a saber si a algún sitio seguro, o ya arrastrando algo más que el estigma de ser de Chernóbil. Que, ignorante de mí, leer este libro me haya hecho tomar conciencia de que Europa estuvo a nada de convertirse en un continente inhabitable. Casi tres décadas más tarde. Leer este acertadamente titulado libro me ha hecho conocer ese  detalle. La vieja Europa, un páramo de árboles amarillentos, de aguas contaminadas, de especies mutantes, de suelo que quema. Svetlana Alexievich ni siquiera entrevista a la gente: deja que hablen, ordena sus testimonios, los estructura y les dota de una curiosa cadencia, una especie de hilo narrativo en la que la escritora cede el protagonismo y deja que todo fluya. Claro que participa: no solamente puede aportar la elección de uno u otro testimonio, y puede que busque acentuar cierto aspecto en detrimento de otro: también contrapesa a favor del débil.
Así que los diferentes involucrados en la tragedia de abril de 1986 van desfilando. No siempre en primera persona: a veces son sus seres queridos los que los evocan. No puede ser otra cosa que trágico, claro. Aquí hay muchos héroes: técnicos, bomberos, soldados, científicos, habitantes anónimos de las zonas que se evacuaron, viudas (demasiadas viudas), funcionarios, ancianos, niños.

"Nos marchamos.
Quiero contarle cómo se despidió mi abuela de nuestra casa. Le pidió a papá que sacara del desván un saco de grano y lo esparció por el jardín: "Para los pajarillos de Dios". Recogió en un cesto los huevos y los echó al patio: "Para nuestro gato y para el perro". Les cortó unos trozos de tocino. De todos los saquitos echó las simientes: de zanahoria, de calabaza, de pepinos, de cebolla. De diferentes flores. Y las esparció por el huerto: "Que vivan en la tierra. Luego le hizo una reverencia a la casa. Se inclinó ante el cobertizo. Recorrió los manzanos y los saludó a cada uno.
Y el abuelo se quitó el gorro cuando nos marchamos."

A quién le puede caber la menor duda de cómo fueron las cosas. Si hasta es lógico que, para evitar una reacción en cadena, una alarma excesiva, cualquier maquinaria estatal (y, por supuesto, la de la URSS de 1986 era una poderosa maquinaria estatal pendiente de controlarlo todo) ocultara la magnitud de los hechos, les quitara importancia e intentara mantener el orden, aunque fuera a costa de quedar retratada ante todo el planeta, cosa que seguro que tuvo que ver en la caída del muro en 1989. Pero los años han pasado y tantas voces no pueden ser calladas solo a base de llenar documentos de sellos de secreto o ultrasecreto y dejar que los testigos directos vayan desapareciendo, muchos de ellos víctimas a medio o largo plazo, no solo víctimas físicas, sino estigmatizados como colectivo por la sociedad.

"Tengo un hermano pequeño. Le gusta jugar a "Chernóbil. Construye un refugio, cubre de arena el reactor...O se viste de espantapájaros y corre detrás de la gente y los asusta: "¡Uh, uh, uh...! ¡Soy la radiación! ¡Uh, uh, uh...! ¡Soy la radiación!". 
Aún no había nacido cuando ocurrió aquello."

Así que vamos a correr el riesgo de que ahora se nos tilde de anticomunistas. Porque el Aparato silenció y ocultó los hechos, engañó a los ciudadanos para que colaboraran de forma sumisa y no pusieran impedimentos, para que aceptaran con resignación su presente y su futuro. En muchos casos, los dejó en la estacada, sin información, sin medicación, sin medios para protegerse, sin explicaciones claras. Con pensiones míseras a cambio de trabajos que les acarrearon enfermedades mortales a ellos y a sus hijos y a sus cónyuges.
No son malos compañeros, Kapuscinski o Politkovskaya, si digo que me gusta Alexievich porque irrita al poder, al oligarca, a lo establecido y cómodamente establecido, al tipo repantingado en el poder dictaminando qué es bueno y qué no para súbditos o ciudadanos o camaradas o como quiera llamar a esa masa supeditada a sus caprichos y condenada a sufrir las consecuencias de sus errores.

Encima, no son tantas las veces que los del Nobel aciertan.

Otras obras de Svetlana Aleksiévich en ULAD: Los muchachos del zincVoces de Chernóbil (re-reseña)El fin del 'Homo sovieticus'

16 comentarios:

Juan G.B dijo...

Ahora, a ver si quien toque del próximo gobierno lee este libro y se acuerda de cerrar Garoña definitivamente...
¡Feliz año a todo el mundo!

Juan G.B dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Hablar de cerrar centrales nucleares es utópico y estúpido. El mundo para mantener su estilo de vida actual, y más teniendo en cuenta el aumento desmedido y no controlado de la población, necesita una cantidad de energía difícilmente producible. Se tendría q haber apostado por energías más limpias pero no se ha hecho nada. Y la solución es la energía nuclear. Hay otras: cambiar nuestro estilo de vida, reducir la natalidad... No hablemos de cerrar centrales si no estamos dispuestos a asumir las consecuencias.
Un saludo

Francesc Bon dijo...

Bien: creo que la cuestión no es la polémica del Nuclear Sí o Nuclear No. Es que se expliquen bien claros los riesgos que acarrean las cosas y se decida en función de ello, y que la gente participe en esas decisiones. También que el estado no trate a sus ciudadanos como si fuesen niños de teta, por eso.

Ana Luisa Hernández Martínez dijo...

Hace unas semanas había adquirido el libro en edición para kindle, debido a otras lecturas que tenía que hacer para un curso había pospuesto su lectura, así que al momento aprovechando las vacaciones lo he empezado a leer, me ha impactado lo dura que ha sido la vida para los rusos, guarda mucho paralelismo con la vida de los mexicanos, yo soy de México, de hecho tengo algunos compañeros de trabajo de la ex-unión Soviética, específicamente uno de la parte rusa de Ucrania, así que me han surgido algunas preguntas que en cuanto lo vea aprovechare para hacérselas, ya le había comentado a ese compañero mi adquisición, me comento que alguna de la obra de Svetlana Alexievich la toman en las escuelas como libro de texto. Ese chico en específico tiene menos prejuicios sobre ciertos aspectos que otros de sus compatriotas rusos que proceden de otras partes, supongo que es por lo que ha visto en Ucrania, sobre las consecuencias de Chernóbil.

Francesc Bon dijo...

Pues muchas gracias, Ana Luisa, por el comentario, y, si te es posible y no vulneras la intimidad ni la confidencialidad de nadie, me encantaría que compartieras aquí las respuestas que obtengas de tus compañeros. Sería como añadir más voces al libro y completar la obra de su autora.

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Es verdad que el premio Nobel de Literatura casi siempre es un fiasco, pero esta vez no. Gracias a su concesión hemos conocido a esta autora. La otra vez que acertó fue cuando concedió el premio a Wislawa Szymborska. He de reconocer que no conocía a la maravillosa poeta polaca hasta que le dieron el Nobel.

(Sandra Suárez)

Anónimo dijo...

Pues muy interesante la reseña y crítica del Sistema, del Politburó y de todo lo que huela a totalitario. Desde luego, es una invitación a la lectura del libro aunque, por lo que veo, con todas las prevenciones del universo.

Parece que se nos olvida que el sistema ¿Sistema? occidental se nos apareciera como un revulsivo necesario a ese régimen pernicioso, peligroso, pavoroso y otras muchas "pés" establecido en la URSS. Pero, siempre hay un pero, la Historia corrige a los totalitarismos de uno y otro lado, poniéndolos en su sitio, el paredón de la crítica.

Quién nos diría que la sacrosanta industria occidental iba a ocasionar un daño irreparable también al orbe en que vivimos. Nadie pensaría que la VW iba a engañar maliciosamente al mundo poniendo en marcha las trampas necesarias para que no fuera detectado el millonario fraude que, oh, a estas fechas resulta ya no un grano de arena en la montaña de contaminación global. Parece que el daño, aun indemnizando a los incautos consumidores, es irreparable durante cientos y cientos de años. Pero la URSS era el demonio rojo. El peligroso Sistema que pretendió en su fase primaria eliminar la injusticia social y la explotación del hombre por el hombre era y es aun hoy, por lo que veo, objeto de las más feroces sentencias inquisitoriales por haber hecho lo que en el mundo occidental se hace a diario.

Nadie recuerda ya la calamitosa gestión del incidente de Palomares que pudo haber causado el mismo daño que Chernóbil pero un ministro de propaganda y un embajador tomaron un baño "sanador" para la opinión pública. No, no eran demonios. Al menos, eso parece.

¿Quién recuerda, salvo unas campanadas sobrecogedoras, los petardos de Hiroshima y Nagasaki? ¡Oh! Era el amigo americano salvando al mundo de la destrucción por medio de la más truculenta destrucción. No, parece que tampoco eran demonios.

¿Hay más? Pues sí, hay muchos más delitos como los del gran ingeniero alemán. Aun no hemos dado con ellos pero, amigos, están ahí. Todos los respiramos. Pero el marchamo diabólico sólo lo lleva el comunismo.

Pues enhorabuena por el premio.

Rusgostiy.

Anónimo dijo...

A Francesc..
Que habría que explicar? No hay ninguna fuente de energía que pueda sostener nuestro alocado estilo de vida. Podría haber la, pero no la hay. Y a corto plazo no la habrá. Si los ciudadanos no quieren energía nuclear, que dejen de consumir tanto y de tener tantas cosas.

El Puma dijo...

Muy interesantes la reseña y los comentarios que me preceden.

Entiendo yo que en esta entrada se analiza una obra y a su autora. Que se focalizan en un hecho catastrófico y en como reaccionó el poder de turno. Otras disquisiciones pueden ser pertinentes en otros ámbitos.

El CEO de VW y su cohorte son condenables, al igual que Harry Truman y sus generales. Sobre el primer affaire hay mucho material periodístico disponible. Y sobre las perversiones del mundo libre y la democracia capitalista recomiendo la lectura de Thomas Pynchon, que se despacha sin pelos en la lengua.

Anónimo dijo...

Madre mía qué libro. Yo lo he terminado hace un par de días y me ha dejado un sabor de boca como hacía tiempo no lo conseguía ningún otro. Daría para tantos y tantos comentarios. ¿Es merecedora la autora del Nóbel? No lo sé, ni me interesa, pero sí se puede afirmar que este libro es necesario y es literatura con mayúsculas. Puede dar la sensación de ser un poco repetitivo, dado que todo el libro consiste en entrevistas o charlas, más bien, con personas que sufrieron de una forma o de otra el drama de Chernóbil, pero se tocan muchos temas diferentes e inherentes al hombre. Recuerdo en especial (después de testimonios desgarradores) las declaraciones de un científico que, en cierto modo, considera las pérdidas humanas y el dolor como algo intrínseco a nuestro progreso, es decir, considerando las víctimas de la catástrofe como un mal necesario. Recomiendo vivamente la lectura de este libro y estoy de acuerdo con la buena reseña de Francesc.

Un saludo.

Luis Alejandro dijo...

Justo en estos días lo comencé a leer (al momento de escribir este comentario llevo leída una tercera parte) y he de decir que no podría estar más de acuerdo en nominarlo como libro de terror; y no solo terror de los sobrevivientes a la radiación, a la pérdida de sus hogares y la discriminación de las cuales son victimas, sino también al horrible sistema de censura de la extinta URSS que trató de cubrir lo que pasaba a la población, a los liquidadores (a muchos soldados y bomberos se les ocultó la cantidad de radiación a la que se expusieron) y al mundo en general. Recordemos que solo dieron un escueto aviso dos días después y los detalles de la tragedia los dieron a conocer hasta el 14 de mayo, y bajo presión de muchos gobiernos vecinos que habían detectado mucha radiación en sus países.

Este libro, a diferencia de los otros que abordan el tema, no se centra en el accidente per se (la hora exacta, el procedimiento fallido que lo causo, como estaba construido el reactor, etc.), sino en las secuelas para los ucranianos y bielorrusos de a pie, es decir, los campesinos y habitantes que están pagando las consecuencias (tanto los evacuados como los que decidieron quedarse); y los soldados que están arriesgando sus vidas para tratar de contener los efectos del accidente, los cuales seguirán por miles de años.

Y estoy de acuerdo con Zumo de Poesía, los Nobel de Literatura suelen ser una farsa, pero esta es una de las pocas excepciones que realmente valen la pena.

Francesc Bon dijo...

Gracias por los nuevos comentarios. He de decir que es realmente de agradecer cuando son tan extensos y la gente se afana en argumentar sus opiniones. Creo que los capos de VW deben rendir cuentas ante la justicia y que si los tribunales les condenan a indemnizar a los compradores engañados, a cualquier usuario de la marca o a toda la sociedad, pues que paguen y punto. Pero no creo que el futuro nos acabe mostrando fotos de seres humanos deformados por la radiación, ni que hayan dejado un extenso territorio inhabitable. Creo que este libro muestra una dimensión diferente, que no negaré que en su difusión pueda ser distorsionada con respecto a otras situaciones parecidas (no sé si hay libros sobre Harrisburg, por ejemplo), pero para mí no hay duda de que hubo un engaño, una manipulación, y un cinismo alucinante por parte del poder, fuera este del color que fuera. Que la humanidad está en una loca carrera de uso desquiciado de una energía de la que no dispone está claro. Pero no voy a juzgar esto aquí.

Anónimo dijo...

Sorprenden las numeras ocasiones en las que los protagonistas cuentas alguna anécdota graciosa y así poder sobrellevar poco a poco el resto de su existencia:


Un muchacho emprendedor se las ingenió para agarrar un palo y atarle un alambre. Llama a una casa y empieza a pasar su palo por las paredes. Y la vieja que va tras él:
-Hijo mío, ¿qué es lo que tengo?
-Secreto militar, abuela.
-Dímelo, por Dios, hijo mío. Y te daré un vaso de samogón.
-Bueno, venga el vaso. -Se lo zampa y:
-Todo en orden, abuela.
Y a otra casa

Anónimo dijo...

Es una obra dura, pero imprescindible. Muy interesante. Desde luego, Alexievich merece el Nobel. Probablemente, su obra perdurará, no como la de otros Nobel, por el testimonio histórico que aporta. Estoy deseando leer El fin del homo sovieticus. Leí el primer capítulo en PDF que ofrecía la editorial, y es muy prometedor.

Francesc Bon dijo...

Bueno, van cayendo los libros de Alexiévich, me temo que no vamos a dejarlos pasar de largo con su intensidad. Gracias por el comentario.