miércoles, 6 de enero de 2016

Colaboración: Los hombres invisibles de Mario Mendoza

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2007
Valoración: interesante

A los últimos libros que han caído en mis manos, antes de darles una oportunidad, les pido la documentación: les vuelvo la solapa buscando la fecha de nacimiento del autor. Si es de mi quinta le concedo al ejemplar el beneficio de la duda durante las páginas imprescindibles para conocer la peripecia vital del protagonista; la perspectiva desde la que piensa seducirme. Superados estos trámites, la novela tiene bastantes más posibilidades de acabar en mi mesilla. Ese paralelismo o coincidencia generacional o circunstancial empieza a ser determinante. Algo así me ha ocurrido con Los hombres invisibles, de Mario Mendoza. Esa empatía inicial me ha ayudado a perdonarle la falta de grises y claroscuros a la hora de abordar el tema y tolerarle unos personajes previsibles, casi arquetípicos y que, a menudo, sobreactúan.

La obra es una interesante recreación de los tópicos clásicos del Beatus Ille y el Locus Amoenus: un actor de teatro, Gerardo Montenegro, fallecidos sus padres y fracasado su matrimonio, decide escapar de Bogotá y adentrarse en la selva en busca de una tribu virgen de la que tiene conocimiento por las inconexas palabras del paciente de un psiquiátrico.

La trama decepciona porque con esos mimbres uno espera casi una nueva entrega de Indiana Jones y, sin embargo, la aventura y el vértigo se le regatean al lector, que deberá esperar a las últimas cincuenta páginas: hasta ese momento la selva y sus secretos se le mostrarán de una forma vicaria, a través de la tesis doctoral de un universitario y el diario, cada vez más febril, de su inestable profesor.
Su eje es una reflexión constante sobre el sentido de la vida y la obligación moral de buscar la felicidad. En sus páginas nos tropezamos con una completísima galería de urbanitas deteriorados, atormentados y varios carretes fotográficos de una Colombia insólita, de un paraíso que comienza en Buenaventura. Según nos vamos alejando de una Bogotá tóxica comenzamos a vivir plenamente: nos encontramos con Jarximer, con Mariano y –figura clave- con Tehura; caminamos con revolucionarios y paramilitares; nos hospedamos, recelososos, en el leprocomio de Noanamá; la burroteca de un inolvidable Saúl nos sugerirá alguna imprescindible lectura…

Los hombres invisibles es un homenaje –casi póstumo– a la última etnia nómada, los Nukak Makú, los indios del Guaviare en los que se inspira. No está de más googlear su nombre para completar este viaje por nuestra cuenta. 

Firmado: Aster Navas