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sábado, 11 de julio de 2026

Anna Starobinets: El vado de los zorros

Idioma original: ruso
Título originalЛисья заводь
Año de publicación: 2025
TraducciónViktoria Leftérova y Enrique Maldonado
Valoración: placentero

Tenía tiempo de no leer una historia que contara simplemente una historia, con sus personajes, sus acciones, sus dramas, y aderezado con una imaginación portentosa, sin que sea evidente que confluye en la narración la biografía de la autora, con un ritmo rapidísimo, escenas potentes, diálogos y más diálogos, en fin, todo aquello que nos hace disfrutar de un libro como si fuéramos nenes otra vez. Setecientas páginas que ni se notan.

En algún lado leí que la trama obedecía más a la lógica de una serie de TV, y en un punto tiene razón, para lo bueno y para lo malo. Incluso diría que también sigue ciertos preceptos de un videojuego de mundo abierto, con sus misiones a lo recadero.

La historia comienza con Maxim Cronin siendo hipnotizado por el coronel Gleb Aristóv. En un primer momento no sabemos por qué ocurre lo que ocurre, por qué la hipnosis y por qué a la escena la contemplan Yelena, la esposa de Cronin, y Jünger, el hermanastro de ella; lo único que sacamos en claro, además de la época ambientada, 1945, es que Cronin es poco menos que un personaje excepcional, poseedor de todos los trucos por su formación circense, además de ciertos poderes mentalistas (que se dan a entender más que explicar; toda la novela transcurre en un ambiente entre fantástico y desconcertante, como si en cualquier momento se desataran los sellos del apocalipsis).

Cronin acaba en un campo de trabajo destinado a las minas de uranio. Allí, junto con dos ladrones/pandilleros que serán, de manera recurrente, importantes para la trama, se escapa y pasa, a través de unos contactos chinos, a Manchuria. Mata a un capitán de la inteligencia y se hace pasar por él cuando llega a Lisi Brody, un pueblito entre campechano y maldito. Todo esto para conseguir imformación sobre el paradero de Yelena.

No cuento más porque la novela realmente es compleja y ambiciosa. A la pérdida de la memoria de Cronin, o más bien dicho, a la imposibilidad momentánea de acceder a sus recuerdos por culpa de Áristóv, se le suman los escuadrones de guerra biológica que se desarrollaban en Japón, la mitología manchuriana, con la transformación de personajes en raposas de tres colas, cada una de ellas con sus poderes distintivos, la culpa. el recuerdo de los muertos (de una forma literal: Cronin charla con todos sus muertos), la infiltración en los sueños, el delirio de un nazi para conquistar el mundo (seguramente lo más flojo de la novela), un elixir de la inmortalidad, un ejército de terracota que duerme en el tronco de un árbol, oro maldito, un asesino milenario que ya no tiene alma, un maestro chino que ha sido y será cualquier cosa que quiera ser, entre otras. Se hace difícil resumirlo en pocas palabras. Solo diré que es un placer leerla. Es una historia bien contada y con toneladas de alegría por el acto de escribir.

Por otro lado, también tengo algunas críticas: como buena serie de TV (en sus tropos, no en sus bondades) toma ciertos deus ex machina, sobre todo al final, que a uno lo dejan pensando ¿tanto lío para esto? También los diálogos a veces pecan de explicativos, como si la autora tuviera miedo de que nos olvidáramos lo que hacen las raposas, por citar un ejemplo. Se respetan muchas convenciones de un pueblito misterioso: las amas de casa temerosas, los ancianos sabios, los vagos que no saben qué hacer de su vida. Ciertos desarrollos de personajes parecen prometer más y terminan en nada, e incluso el objetivo central de Cronin se diluye a mitad de la historia y sus preocupaciones pasan a ser otras (la ocupación del capitán al que asesina y la estadía en Lisi Brody, que parece breve, ocupan todo el libro, y esa decisión parece escrita más sobre la marcha que un punto fijo de la trama). En fin, que a cambio de obtener una lectura muy disfrutable, como un río que discurre sin baches, también uno tiene que lidiar con argumentos discutibles, decisiones apresuradas, incluso un ligero alargamiento de la historia sin ton ni son. Básicamente lo que uno le puede reprochar a una serie de televisión más que a un libro per se, y es por eso que, aun poniéndole una valoración muy positiva, no puedo dejar de lamentar cierta falta de ambición narrativa (no solo en lo formal, que también; hasta no pasar las primeras cien páginas a uno se le atraganta ese tono entre lo pretencioso, lleno de sentencias, y lo poético que suena así solo por una forzada elección de palabras), la sensación de que, a pesar de tener un crisol de personajes, pocos quedan del todo definidos, sacando a Cronin, y, sobre todo, el exceso de tramas abiertas (en las últimas partes se seguían abriendo más hilos, y hablamos de una novela de setecientas páginas) que terminan por cerrarse de una manera apresurada. 

Más allá de eso, recomiendo altamente la lectura. Para todo aquel que quiera volver a sentirse un nene, un adolescente leyendo con fruición, con cierta calidad narrativa y una historia que toca todos los puntos, como los clásicos rusos, este es su libro, si saben perdonarles ciertas características que pertenecen más a lo audiovisual que a lo literario.

También de Anna Starobinets acá

sábado, 20 de junio de 2026

Iván A. Goncharov: Oblómov

Idioma original: ruso

Título original: Обломов

Año de publicación: 1858

Traducción: Lydia Kúper de Velasco

Valoración: Recomendable


Volvemos por un rato a los grandes novelones rusos del XIX, en este caso con una obra de importante éxito en su época, admirada por el mismísimo Tolstoi y que sin embargo parece algo olvidada en los cánones que normalmente manejamos en España. Una historia en realidad bastante sencilla pero que en manos de un representante de tan ilustre entorno literario adquiere relevancia y extensión respetable.

Historia sencilla, sí, pero que nos deja bastantes cosas memorables, y algunas sorprendentes.

Oblomovismo

Ilia Ilich Oblómov es un terrateniente que apenas conoce sus propias tierras y en realidad no se ocupa de nada en absoluto: es el rey de la procrastinación, tiene siempre unas cuantas cosas en mente, que invariablemente son proyectos que nunca se materializan, gestiones que no se llevan a cabo, mejoras que se diluyen entre siesta y siesta. Al parecer, él no fue siempre así, de manera que podríamos buscarle algunos diagnósticos relacionados con desórdenes psicológicos. Pero la verdad es que Oblómov tampoco sufre, es perfectamente consciente de su abulia, en realidad no le agrada pero tampoco tiene ninguna intención real de emprender otros caminos. Él mismo bautiza su estatus como oblomovismo, una forma de vivir de la que él es el paradigma.

En alguna parte he leído que la prosa de Goncharov carece de humor, pero no es cierto en absoluto. La vida de nuestro personaje, casi siempre inmóvil en su habitación, disputando con su desagradable mayordomo y recibiendo algunas visitas, ofrece momentos muy cómicos y una considerable agudeza en el retrato de personajes, como ese Alexeiev que no es alto ni bajo, ni amable ni antipático, ni generoso ni tacaño, ni divertido ni aburrido. Alguien que parece personificar la media nacional en todo, y que además nunca contradice a nadie.

Otra vez el alma rusa

De esto ya hemos hablado al referirnos a otras obras de la literatura rusa de la época. La actitud en extremo pasiva de Oblómov puede perfectamente verse como una metáfora de la sociedad rusa, de su conformismo o nihilismo. La imagen es de enorme belleza en uno de los primeros capítulos, cuando Goncharov evoca las inmensas planicies en las que, más allá del lento discurrir de las estaciones, no hay grandes fenómenos meteorológicos ni accidentes geográficos, todo resulta estable y predecible, y el mismo paisaje invita a mantenerse uno mismo en ese estado contemplativo, sometido voluntariamente a esa fatalidad, lo mismo los mujiks en sus izbas que su señor en San Petersburgo.

El efecto resulta más potente al oponer a Oblómov la figura de su amigo Shtolz, alemán, inquieto, viajero, encantado de vivir y experimentar, el contrapunto occidental a la postración y la inmovilidad.

Por qué no el amor

El relato deriva pronto en algo que se parece a un folletín. Surge un amor inesperado como la oportunidad para abrir los ojos a otro mundo y Oblómov, ciertamente encantado con la novedad, se ve ante el reto de salir de su burbuja y disfrutar de lo mejor de la vida. Como no podía ser de otra forma, el idilio se extiende por cientos de páginas en las que el exceso narrativo y la obsesión por el detalle pueden hacer la lectura algo pesada, pero todo está tan bien relatado que a cambio de un poco de paciencia tenemos siempre el dibujo perfecto de cada actitud, de los vaivenes y la permanente inestabilidad de una relación naciente, sometida además a dos fuerzas poderosas y que actúan como complementarias: la personalidad de Oblómov, a veces no tan insólita como puede parecer, y los prejuicios de una sociedad que da poco margen a la espontaneidad.

El cuadro está tan bien descrito que seguimos con interés la historia de este amor endeble, y el ritmo moroso de la narración aumenta la ansiedad por conocer en qué terminará el complicado romance.

Desconcierto

Esto que viene ya es una opinión muy personal y con algún grado de spoiler. No me gusta nada la parte final del libro, una especie de apéndice innecesario que no solo desconecta del tronco de la historia, sino que introduce elementos incluso diría que algo dolorosos. Podría ser que Goncharov se haya decidido a poner en primer plano y con toda crudeza lo injusta que es la vida con determinado tipo de personas, cómo aquellos que se suponían amigos, enamorados o benefactores no tienen escrúpulo en arrinconar al débil para alcanzar la felicidad. La honestidad y el buen corazón quedan siempre en el recuerdo, pero la vida la disfrutan otros. En todo caso, todo rezuma una especie de desprecio fatalista hacia Oblómov, y lo peor es que el autor no parece en absoluto consciente de la afrenta, como si su única preocupación fuese redondear el relato de una forma aceptable para el lector.

A pesar de todo, y ya termino, nuestro Ilia Ilich es sin duda uno de esos personajes singularísimos e inolvidables que nos deja la literatura, como Bartleby, Dorian Gray o Bernarda Alba, entre otros bastantes aunque no tan numerosos, figuras irrepetibles a quienes alguien fue capaz de dar vida y dejar para siempre en nuestra memoria. 


lunes, 23 de febrero de 2026

Andréi Platónov: Moscú feliz

Idioma original: ruso
Título originalСчастливая Москва
Año de publicación: ¿1991?
TraducciónAlejandro Ariel González
Valoración: ¿está bien?

Mis intenciones eran buenas: ¿un libro que surge por la imagen de una protagonista fumando mientras cae en paracaídas y es una alegoría del supuesto paraíso de la URSS? Con esa premisa tenía que leerla. Lamentablemente se queda en eso, en un buen arranque que empalidece debido a la incoherencia de los personajes y las consecuciones de escenas sin ritmo ni sentido.

Con esto podría acabar la reseña, pero vamos a explayarnos un poco más. La novela es una obra inconclusa; su autor nunca la vio publicada (siempre tenía problemas con la censura por presentar, según su amigo Gorki, la realidad bajo un manto farsesco y delirante), y probablemente, si le hubieran permitido publicarla sin riesgo de que lo mandaran a matar, la hubiese corregido como se debía. Pero, tal como está, la novela muestra baches argumentales, picos y valles narrativos en pocas páginas.

Por ejemplo, la vida de Moscú Chestnova (su apellido significa honrada, honesta, que es lo que termina siendo en una sociedad donde todos calculan sus beneficios o naufragan en el encasillamiento (o sea, no difiere de la actual)): al principio es una niña que asiste a la Revolución de 1917, que se aterroriza ante los eventos, y luego pasa a ser una paracaidista que bate récords mientras destina su vida a contribuir a la grandeza de la patria, conservando siempre su personalidad indómita y su alegría irredenta que seduce a cualquiera que se atreva a hablarle. Uno pensaría que la novela tratará sobre su vida, pero pronto nos encontramos siguiendo las peripecias de otros personajes que se vuelven arquetipos o estereotipos de los comportamientos, no lo dudo, de la sociedad en ese momento (el ingeniero cuyo trabajo es la creación de la perfecta balanza, y del cual deduce una metáfora acerca de la justicia y el equilibro de todo el pueblo, es el ejemplo ideal). La cosa es que, aun siendo una parodia de esas actitudes, los personajes no terminan por trascender en ese plano insulso que los caracteriza. Quizás la aparición de Moscú los trastorna (todos buscan poseerla, y la misma Moscú irá degradándose en el deseo humano), pero queda en nada. Quizás Platónov quería representar eso, cómo el engranaje burocrático no construye ningún atisbo de felicidad, sino que solo la libertad individual (en el sentido de hacer siempre lo que le dicta la consciencia propia) puede perturbar la anemia o la mediocridad en la que todos se ven involucrados.

En el camino, Moscú se esfuerza por complacer a los demás, pero a todos los abandona a causa de ese deseo de controlarla, y atestiguando que, incluso aunque lo lograsen, la tristeza inherente de los personajes no se elimina. El problema es que la trama de Moscú cierra convirtiéndose en la compañera de un mendigo-violinista con deudas estatales y siempre impagas y que no tiene dónde caerse muerto, exceptuando su alojamiento en una de esas construcciones residenciales. Se podría metaforizar la abnegación de Moscú por el mendigo como una forma de preocuparse por el oprimido, el inválido, el desahuciado, etc., a la vez de la ironía de reclamarle que se comporte como un verdadero ciudadano del pueblo cuando está física y mentalmente incapacitado, pero no se termina de cerrar la idea, y las tramas argumentales (de Moscú, el mendigo, el ingeniero que se quiere casar con ella) fenecen en hilachas.

Es injusto ser duro cuando es una obra inacabada; en varias páginas da muestra del potencial perdido. Muy probablemente esta novela, con sus debidas correcciones y una conclusión, hubiera terminado siendo una brillante parodia del régimen estalinista, la contemplación de una maquinaria que despersonalizaba al ser humano y solo dejaba resquicios a las pequeñas historias, donde más valía una mano amable que el espionaje y la paranoia para sobrevivir, pero pierde fuelle a medida que avanza la trama y se queda en una hilera de escenas, potentes de forma individual e insuficientes en el contexto general. 

Más de Platónov: La zanja




sábado, 24 de agosto de 2024

Guzel Yájina: Tren a Samarcanda

Idioma original: Ruso
Año de publicación: 2024
Traducción: Jorge Ferrer
Valoración: Bastante recomendable

El viaje como motivo central de un texto es algo casi tan antiguo como la propia literatura. No creo que haga falta dar ejemplos, pero sí que citaré dos de ellos para situar este Tren a Samarcanda: el Miguel Strogoff de Julio Verne y el Éxodo de la Biblia.

El Miguel Strogoff sirve como marco de referencia espacial (lo que era un viaje de Moscú a Irkutsk se convierte en un viaje de Moscú a Samarcanda) y como vínculo con las novelas clásicas de aventuras, que es una de las múltiples lecturas posibles de la novela; la referencia bíblica viene a cuento porque el viaje a Samarcanda tiene mucho de búsqueda de una Tierra Prometida, aunque también de camino de redención personal y, en cierto modo, colectivo.

El argumento de la novela en el traslado de un convoy con 500 huérfanos desde Moscú a Samarcanda. Corre el año 1923 y la pobreza, la escasez y la enfermedad campan por sus anchas en la URSS de posguerra. En ese contexto, el jefe de convoy Deyev, la comisaría Belaya y el enfermero Bug (junto a múltiples secundarios) deberán hacer frente al cólera, a la falta de víveres y combustible, a bandidos y burócratas que a veces coinciden en la misma persona, etc en un viaje en el que los demonios interiores son casi tan peligrosos como los riesgos externos.

A lo largo del camino se cruzarán con personajes y situaciones que reflejan la situación política y social de la URSS de la época, tiempos duros como una picadora de carne, en lo que sería una lectura mas de corte histórico de la novela. Además de esta y de las ya citadas, Tren a Samarcanda tiene también una lectura más cercana a la picaresca y otra más próxima al cuento gótico, sobre todo en fragmentos en los que la autora cambia el paso y salta de una narración mas o menos convencional al monólogo interior en el que brilla la poetica del horror.

Por lo tanto, Tren a Samarcanda es una historia sobre la bondad que puede encontrarse en medio de horror, una novela que mezcla lo íntimo y lo terrible, con personajes bien construidos y que avanza con buen y sostenido ritmo a lo largo de sus casi 600 páginas. Una novela muy muy rusa que, pese a ciertos pasajes en los que la autora tira de recursos más "modernos", tiene un fuerte aroma a clásico. Que lo acabe siendo o no solo lo dirá el tiempo.

jueves, 4 de julio de 2024

Lev Tolstói: Los dos húsares

Idioma original: ruso 

Título original: Два гусара (Dva gusara)

Traducción: Irene y Laura Andresco

Año de publicación: 1856

Valoración: Bastante recomendable


Veo por ahí que Los dos húsares pasa por ser una de las obras más valoradas de Tolstói. Hombre, refiriéndonos al autor de Anna Karenina, Guerra y paz o La muerte de Iván Ilich me parece mucho decir. Esta que traemos hoy aquí es una obrita de juventud, con todo el aspecto de tal: el maestro, que todavía no había cumplido los treinta, apunta cosas muy interesantes pero en mi opinión todavía está lejos de lo que ofrecería algunos años más tarde. 

Estaríamos en esa especie de subgénero, tan abundante en la época, al que podríamos llamar literatura de tropa. Tolstói, que por ese tiempo tuvo cierto contacto con el estamento militar, debía conocer de primera mano el tipo de jovenzuelos que, por prestar servicio de armas para el zar, se movían por ahí pavoneándose de sus uniformes, en especial si pertenecían a determinadas unidades de porte singular. La juventud, el donaire castrense y un oficio prestigioso les permitían presentarse en sociedad algunos peldaños por encima del resto, exhibiéndose entre mujeres, campesinos y mesas de juego.

En todo esto destaca por encima de la media el conde Turbin, apasionado por todo aquello que suponga emociones intensas, un tipo altivo que disfruta retando a duelos y conquistando bellezas femeninas. Entre ellas Ana Fiodorovna, hermana de un compañero de armas, en quien el conde dejaría una huella más profunda de lo que la realidad de esa relación daría como consecuencia lógica. Pasados los años, el hijo del conquistador, también del cuerpo de húsares, entra por casualidad en contacto con la propia Ana Fiodorovna y su hija, y la historia parece repetirse.

Así contado, queda sin duda la impresión de una pequeña historia galante, un relato más de ese tipo de amores que quedan durante años o décadas en un repositorio escondido, impresiones de juventud que el tiempo no ha conseguido borrar o que traspasan generaciones. Y en mi opinión eso es exactamente el libro. Claro está que siempre se le pueden buscar capas más profundas y menos visibles, no sé, caracterización de cierto tipo jóvenes soldados, contrastes con los estratos más tradicionales de la sociedad rusa, contexto histórico. Pero no deja de ser una narración sencilla sobre algo tan usual como la relación entre el uniformado que se come el mundo a bocados y la joven ingenua que cae rendida a sus encantos.

En todo caso, tampoco olvidemos que esto lo escribe Tolstói, que aunque quizá todavía algo inmaduro, ya llevaba dentro el genio. Y entonces todo esto un poco banal y mil veces visto se convierte en otra cosa que no se puede describir más que como un pequeño gran placer. Y es que cualquier historia en manos de un escritor con este talento es un regalo para el lector. Cada palabra, cada frase, está exactamente donde debe, no hacen falta trucos ni herramientas extravagantes, se siente fluir el relato con una naturalidad que hace innecesario recurrir a nada más. Desfilan ante nosotros personajes definidos de forma cristalina en un par de líneas, podemos leer sus pensamientos sin que nos los cuenten, uno es partícipe del aire que respiran, les vemos moverse, evolucionar, y todo encaja como si no pudiese ser de otra forma.

En esta pequeña e incluso modesta píldora encontramos mucho de lo que el autor es capaz de ofrecer, todavía embrionario pero suficiente para hacernos disfrutar. Esa maestría que con el paso de los años, y tampoco muchos, haría posible obras brutales como las que apuntamos aquí abajo.


miércoles, 12 de junio de 2024

Gaito Gazdánov: El espectro de Aleksandr Wolf

Idioma original: Ruso
Título original: Призрак Александра Вольфа
Traducción (al catalán): María García Barris
Año de publicación: 1947-48, por entregas
Valoración: Entre recomendable y está bien

El espectro de Aleksandr Wolf es literatura de calidad. A fin de cuentas, hace gala de una premisa potente, cierta querencia simbólica, una prosa muy fina, un retrato psicológico sumamente complejo y una exploración temática de escala ambiciosa y alcance universal. Desgraciadamente, la novela del escritor ruso Gaito Gazdánov se desinfla en algunos apartados, cuya falta de redondez debilita al conjunto.

Pero no nos adelantemos y abordemos el argumento de El espectro de Aleksandr Wolf. La trama arranca con un hombre sorprendido por el cuento de una antología. En dicho cuento se relata con total exactitud, desde la perspectiva de la víctima, cómo él mismo disparó, siendo soldado, a un enemigo. Es en este momento que nuestro protagonista descubre que no asesinó al desconocido a quien abatió de joven en defensa propia e inicia una búsqueda para encontrarlo.

Aprovechando este acontecimiento como detonante, Gazdánov despliega no sólo una trama vagamente policial en la que un periodista intenta encontrar a un elusivo autor. También describe una relación amorosa entre el narrador y una misteriosa mujer rusa, o entrega las reflexiones existenciales en torno al destino y la culpa de alguien cuyo pasado lo ha convertido en una persona contradictoria e insatisfecha. 

A mi juicio, lo mejor de El espectro de Aleksandr Wolf es su elegante estilo, ágil y ameno a la par que concienzudo y denso. Asimismo, me ha impactado la profundidad de las ideas barajadas por Gazdánov, cuya intensidad y enfoque evocan a Fiódor Dostoievski.

El argumento es quizá el apartado más débil del conjunto. Porque si bien insisto en que la premisa de El espectro de Aleksandr Wolf es original y funciona a la perfección como detonante de una historia sugerente, la novela de Gazdánov se estira en exceso, pierde el norte durante varias páginas e introduce personajes (pienso en Pierrot, que no aparece hasta el clímax) de forma algo tramposa. Tampoco me convencen sus digresiones en torno al boxeo y el hampa, ambos elementos que, dada su modesta relevancia, no ameritan los párrafos que se invierten en ellos. Por último, señalaría que el trágico final de la obra resulta, creo yo, menos inesperado de lo que el escritor anticipó, amén de apresurado.

Resumiendo: aunque El espectro de Aleksandr Wolf es una obra imperfecta, rezuma calidad. Conviene leerla por la brillantez de su acabado, la solvencia de la caracterización de su protagonista y su capacidad para conmover y hacernos reflexionar.

martes, 30 de abril de 2024

Serguéi Dovlátov: La filial

Idioma original: ruso

Título original: Филиал

Traducción: Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea

Año de publicación: 1990

Valoración: Está bien


La valoración Se deja leer equivale, o así lo veo yo, a decir si lo lees no te va a pasar nada malo, tu sentido estético y tu espíritu no se verán ofendidos, ni tu estómago dañado. Pero tampoco esperes más. De ahí al Está bien hay un escalón. Es lo mismo pero el libro tiene algo más, es entretenido, tiene cierto interés en algún campo, es novedoso, divertido, con una prosa especialmente agradable. Alguna de estas características me ha empujado a subirle la calificación a este libro de Dovlátov, que aunque tiene aspecto de semi-tocho, incluso con tapas duras, se lee en un pis-pas. Ágil, ligero, son para empezar algunas de esas virtudes que a veces agradan, quizá a falta de otras cosas más valiosas. (Además, como sé que el autor ruso tiene en este blog algún defensor destacado, es obligado andarme con ojo)

Dovlátov emigró a Estados Unidos a finales de los 70 del siglo pasado, tras comprobar que su estilo irónico y su tendencia a ir por libre no agradaban precisamente a las autoridades soviéticas. Tras ir dando tumbos por diversas publicaciones del exilio ruso, se empieza a hacer un nombre en el mundo occidental, y en esta su última novela se centra en un simposio de intelectuales eslavos celebrado en Los Ángeles en 1981. Con un lejano eco a un relato parecido de David Lodge, Dovlátov hace repaso de buen número de autores rusos emigrados, siempre con su tono caricaturesco. El problema es que (a pesar del ilustrativo y muy loable apéndice que ofrece, como es marca de la casa, la traductora Tania Mikhelson) es difícil que cualquier lector ajeno a la literatura y el pensamiento rusos del momento conozca a prácticamente ninguno de los nombres que se enmascaran tras los sosias propuestos. De manera que, en este aspecto, la sátira queda en buena parte devaluada.

Otra cosa es que nos pueda atraer el peculiar estilo del autor, estilo por cierto muy americano y que parece que provocaba sarpullidos en los más irreductibles defensores de la prosa tradicional rusa, con su componente trágico y algo grandilocuente. En Dovlátov domina por completo la frase corta y el parrafito redondeado con una humorada, la agudeza que, hay que reconocer, a veces hace reír aunque ni siquiera identifiquemos a sus protagonistas.

Por lo demás, y salvo que nos interese mucho la biografía del autor, tampoco le encuentro nada mucho más atrayente. Tal vez lo único puede ser la peculiar relación del protagonista con una antigua novia, figura tras la cual se encuentra por lo visto la que fue la primera pareja (y no sé si esposa) de Dovlátov. Lo presenta el libro como un reencuentro con ocasión del citado congreso de intelectuales, relatando la extraña coincidencia en paralelo a los pormenores de su antigua relación, cuando todavía eran universitarios en la URSS. La relación estaba ya entonces llena de encuentros y desencuentros, supuestas infidelidades, arrebatos amorosos y distanciamientos sin una explicación clara, algo con un componente tóxico que el autor no llega a explicarse del todo y que, pasados muchos años, sigue sin ser capaz de desentrañar. El dibujo está muy logrado, seguramente porque, como a veces ocurre, la situación da por sí misma para un buen repertorio de matices, desde el humor a la desesperación, la indiferencia, el apasionamiento y puede que hasta el odio.

El conjunto del libro, con ese fuerte componente autobiográfico que personalmente no me agrada demasiado, recuerda algo a su compatriota y coetáneo Limónov, a quien de hecho se cita un par de veces, aunque afortunadamente sin su insufrible egolatría. En realidad, son dos personajes que presentan bastantes semejanzas, si bien se diferencian en que Dovlátov parece haber asumido con naturalidad cierto estilo de su país de adopción y, aunque sigue escribiendo en ruso, aquella vieja tendencia a la ligereza y al sarcasmo que suscitaron el rechazo en su tierra le han venido muy bien para integrarse en el panorama literario norteamericano. 

También de Serguéi Dovlátov en ULADaquí


miércoles, 20 de septiembre de 2023

Zoom: La pulga de acero de Nikolái Leskov

Idioma original: ruso

Título original: Сказ о Тульском косом Левше и о cТальноӣ блохе

Año de publicación: 1881

Traducción: Sara Gutiérrez

Valoración: está bien

Hay una tradición humorística en la literatura rusa (sí, ya sé que últimamente no parecen muy bromistas) que, por lo que repecta al siglo XIX y si yo no me equivoco, tiene sus principales exponentes en Gogol y Chéjov, de quienes sobran comentarios. Entre los escritores "menores" con este registro, por otra parte (y dicho sea con todos los respetos), parece que destaca este Nikolái Leskov, heterodoxo y con menos fortuna literaria que otros colegas más célebres, pero cuya obra más conocida, esta La pulga de acero, sin duda merece nuestra atención, más aún cuando que se trata de un cuento largo o novela breve, escrito con un estilo que agiliza aún más su lectura. Vaya por delante que esa "pulga de acero" a la que se refiere el título no es ninguna alegoría ni metáfora de nada ni el nombre de un navío o un arma secreta steampunk. Ni siquiera el apodo de una famosa cortesana o de un boxeador o... yo qué sé, de un grupo revolucionario nihilista. No, se trata justamente de eso mismo, de una pulga mecánica hecha de acero, más diminuta que una pulga de verdad, puesto que sólo puede ser vista con un "pequescopio" -luego explico de qué va esto-; un regalo que le hacen en Inglaterra al zar Alejandro I cuando éste visita Europa tras el Congreso de Viena y se maravilla ante los avances técnicos ingleses. Junto a él viaja a Londres el cascarrabias general cosaco Platov, quien, por el contrario, defiende la primacía de los artesanos rusos, hasta el punto de despertar el enojo del zar. De vuelta a la Madre Rusia y tras la muerte de Alejandro, su hermano y sucesor, Nicolás I, se entera de la historia y, de acuerdo con Platov, envía a éste con la pulga a Tula, a ver si sus reputados armeros pueden mejorarla.

No voy a desvelar más del argumento. Baste saber que uno de estos armeros, un tipo zurdo, bizco y medio calvo por los tirones de pelo que había recibido cuando era aprendiz ("defectos", por lo visto, casi insalvables para la época) se convierte a partir de este momento en el protagonista de la novelette, sobre todo cuando, a su vez, viaja a Inglaterra y su cachazuda forma de ser y su rusísima visión del mundo contrastan con las de los ingleses. También hay que decir que en esta parte del libro quizás flojee un tanto la historia y, sobre todo, pierda el encanto de entre cuento popular recogido por Afanásiev y relato disparatado de Gogol que posee la primera parte, aunque gana en el aspecto satírico... lástima que esta sátira vaya dirigida, más que nada, contra personajes de la Rusia del siglo XIX de los que hoy la mayoría de nosotros (y seguramente, de los propios rusos), supongo, no tenemos ni idea; también, cierto es, hacia esa mezcla de chovinismo patriotero y admiración por lo extranjero que, por lo visto es, o era entonces, típicamente rusa. Lo cierto es que, al parecer, ni siquiera sus contemporáneos tenían claro si Leskov estaba exaltando el modo de ser de los rusos o choteándose de ellos... Quizá por esa indefinición no llegó a triunfar realmente como escritor.

Por último, y ya en un sentido meramente humorístico, destaca en la novela la utilización vocablos inventados (que supongo debieron traer de cabeza a la traductora) con un efecto indudablemente cómico: así, tenemos, además del citado "pequescopio", las "ninfusorias", los "burocumentos", el "tormentómetro", el mar "Braviterráneo", el "difamatín" o las "empollatablas de multiplicar"...

jueves, 9 de febrero de 2023

Fiódor M. Dostoievski: La sumisa

Idioma original: Ruso
Título original: Кроткая
Año de publicación: 1876
Traducción: Juan Luis Abollado
Valoración: Imprescindible

La sumisa roza la genialidad. El relato de Fiódor M. Dostoievski no sólo cobija importantes dosis de verdad; también está magníficamente escrito. Y es que, pese a leerse de una sentada, se paladea a cada párrafo.

¿De qué trata? Es el monólogo entonado por un prestamista, un hombre maduro casado con una joven de dieciséis años que se acaba de suicidar. En poco más de cien páginas se nos presenta a ambos personajes, su psicología y sus filosofías de vida, amén de sus interacciones plagadas de fricciones y equívocos, de diálogos y silencios.

El narrador de esta historia me ha encantado; no en balde, recuerda sobremanera a mi amado «habitante del subsuelo». Tan trágico como ridículo, merece igualmente compasión y el más absoluto desprecio. Es uno de esos protagonistas que tan bien construía Dostoievski; un ser desgraciado lleno de contradicciones y miserias, con una voz tan única como obsesiva.

¡Qué conmovedores son los pasajes en que una lucidez dolorosa se apodera de él! Si bien se autoengaña por lo general, considerándose noble, magnánimo y libre de toda culpa en la muerte de su esposa, tiene momentos de claridad en los que es capaz de ver su reflejo sin distorsión alguna. ¡Ay, cómo duele eso!

También tenemos, en esta ficción, escenas genialmente descritas y acertadamente filtradas por el narrador. La de la pistola, por ejemplo; ¡recordarla me pone los pelos de punta! ¡Menuda fuerza compositiva! ¡Qué perfecto trazado tonal y atmosférico! ¡Qué potencia simbólica, la de sus imágenes e implicaciones!

La sumisa reflexiona en torno a muchas cosas: la imposibilidad de que nos lleguemos a entender a nosotros mismos, la lucha constante con el otro, la opacidad de las relaciones humanas, el egoísmo (incluso ese que se tiñe de altruista o desinteresado), las dinámicas de poder que existen en un matrimonio, las idiosincrasias generacionales, las vanas esperanzas, la irremediable soledad del individuo, etc…

Según Wikipedia, ha sido adaptada al cine en múltiples ocasiones: Krótkaya (1960), de Aleksandr Borísov; Une Femme Douce (1969), de Robert Bresson, The Shade (1998), de Raphael Nadjari, With You, Without You (2012), de Prasanna Vithanage y Krótkaya (2017), de Sergei Loznitsa. Me pregunto si el séptimo arte le puede hacer justicia a semejante pináculo de la Literatura Universal.


Otras obras de Fiódor Dostoievski en ULAD: Aquí

domingo, 8 de enero de 2023

Ivan Turguenev: Padres e hijos

Idioma original: ruso

Título original: Отцы и дети / Ottsý i deti

Traducción: Rafael Cañete Fuillerat

Año de publicación: 1862

Valoración: Está bien


Dicen los que saben de estas cosas que Ivan Turguénev fue uno de los máximos exponentes de la literatura rusa en ese Siglo de Oro que fue por aquellas tierras el XIX. Con mis muy limitados conocimientos, imagino que se le puede colocar algo por detrás de Tolstói o Dostoyevski, quizá en un grupo donde cabrían Pushkin, Chéjov, Gorki o gente de ese estilo. Resulta que además de enterarme de esto, veo que en nuestro ilustre blog tiene algunas reseñas con buenas valoraciones y, aunque leyéndolas después parecen menos entusiastas de lo previsto, me decido a estrenarme con Padres e hijos, por lo visto una de las obras más importantes de este autor.

La vida en el campo, y en concreto en las grandes haciendas, puebla generosamente la literatura rusa de la época, con la visión desoladora de tierras improductivas, las miserables condiciones de vida de los mujiks y las diferentes posturas que respecto a ellos mantienen los terratenientes, algunos aferrados a mantener el statu quo, otros impregnados por convicciones más humanistas, que vieron claro que el sistema no podía mantenerse mucho tiempo más y comenzaron a aflojar la presión. Algo de esto hay en Padres e hijos, aunque en mi opinión muy en segundo plano (entre paréntesis diré que el prologuista del libro, que no recuerdo quién es, pone el foco en esa disyuntiva sobre la realidad agraria, lo que me hace pensar que a veces algunos escriben los prólogos sin haberse leído el libro, o bien yo sigo siendo suficientemente obtuso para no percibir lo que parece tan evidente. Seguramente será esto último lo que haya ocurrido). En segundo plano, digo, porque el nudo del libro está en lo que sigue.

Dos jóvenes, Kirsánov y Bazárov, regresan a casa tras un periodo de estudios en Petersburgo. Llegan con ideas nuevas y bastante rompedoras, imbuidos de nihilismo, descreídos e iconoclastas, con la arrogancia de quien ha descubierto cosas nuevas y desprecia los valores asumidos por sus mayores, la autoridad, el amor, la tradición. Bazárov, que parece algo mayor, ejerce de líder con su ironía amarga, es más bien despótico y muestra el desapego y la altanería de quien se cree superior. En un viaje con diversas paradas van planteándose distintas situaciones en las que la ideología urbana de los jóvenes va poniéndose de manifiesto: en casa de los Kirsánov enfrentan la bonhomía del padre, el hacendado que ha decidido liberar a sus mujiks en un gesto que a los invitados les parece insuficiente; en su visita a los Bazárov a duras penas se plegarán ante los sencillos y bienintencionados padres con actitud condescendiente; y en las jornadas compartidas con la viuda Odíntsova se pondrá a prueba el radicalismo de su desdén hacia el amor romántico.

Todo se traduce en largas conversaciones de los jóvenes con los sucesivos personajes, dando al relato un aire más bien teatral. Y descubrimos subtramas, unas con más desarrollo que otras, que sin embargo no terminan cristalizando en casi nada, al margen de ilustrar discretamente el perfil de unos y otros. Porque hay personajes que apuntan a cosas interesantes (la propia Odíntsova, con su belleza y su tenue misterio; el estirado tío que encarna el clasismo y la tradición; la doncella que ha tenido un hijo de su señor), pero quedan en poca cosa, como incapaces de salir del corsé de contención en que los tiene metidos Turguénev. Diálogos por aquí y allá, impulsos que amagan con brotar pero terminan ahogados o metabolizados por personajes que, salvo el tío al que citaba, no se permiten ni media salida del tiesto, todo tan medido que termina por dejarnos un tanto aplanados. No sé si será el europeísmo, o anglofilia, no sé bien, de este autor, quizá demasiado preocupado por mantener a su elenco dentro de una corrección no muy bien entendida o a su narrativa en un tono aceptablemente burgués, pero qué diferente de otros maestros rusos que no vacilan a la hora de meterse en el fango y mostrar con toda crudeza las aristas del ser humano.

El libro está bien escrito, sí, resulta diríamos elegante y moderadamente entretenido, plantea (más bien sugiere) algunos temas interesantes (la situación en el campo, el amor, nuevas ideas frente al inmovilismo), pero le falta claramente profundidad, peso, la fuerza que lo convierta en algo poderoso y difícil de olvidar. Por algo en ese prólogo que me he permitido criticar quizá un poco a la ligera se cuenta que Tolstói, amigo de Turguénev, venía a decir que el libro estaba escrito sin alma, y por eso no le había llegado al corazón. Y es que, o bien esa amistad había conocido tiempos mejores, o el viejo Lev puso la objetividad por encima de cualquier otra consideración. O, en definitiva, que teniendo amigos así para qué se necesitan enemigos. Pero sea como fuese, la verdad es que tenía bastante razón. 


Otras obras de Iván Turguénev en ULADPrimer amorNido de noblesDiario de un hombre superfluo

martes, 13 de diciembre de 2022

Lev Tolstói: La muerte de Iván Ilich

Idioma original: ruso

Título original: Смерть Ивана льича, Smert Ivana Ilichá

Traducción: Víctor Gallego 

Año de publicación: 1886

Valoración: Muy recomendable


Iván Ilich es uno de esos personajes que nunca se olvidan. Es un personaje perfecto, redondo, imposible de mejorar. Tolstói le dedica toda su atención, le ve desde todos los ángulos (desde todos los ángulos importantes), sobre todo desde dentro, mima el relato de sus reacciones, lo que siente, aunque el mismo Iván no sepa lo que es, le hace moverse  por su ámbito profesional, por su vida familiar o sus partidas de whist. Lo analiza, lo disecciona, con la maestría suficiente para que no nos demos cuenta de que lo está haciendo, para que todo parezca la narración simple de un tipo bastante corriente.

El libro es uno de los últimos que publicará Tolstói, y en él parece haber mucho de sus propias cavilaciones. El genio ruso había pasado por diversas etapas, y vivía una crisis personal que le haría reflexionar sobre su pasado y avanzar hacia cierto espiritualismo y posiciones muy avanzadas para su época en torno por ejemplo a la resistencia no violenta contra la injusticia. En el libro, la tormenta que sacude a Iván Ilich parece un reflejo de la que experimenta el propio autor. Pero vayamos al relato.

El tal Iván es un hombre de cierta posición, un burgués en toda regla que sigue la estela familiar encaminado hacia un puesto de funcionario de cierta relevancia. Sin mucho ruido y sin mostrar una ambición excesivamente voraz, va escalando en la judicatura, y en unos años parece alcanzar el deseado grado de confort y estatus social. Cambios de ciudad, una casa nueva y el logro de cierta estabilidad parecen culminar la trayectoria hacia la meta deseada, pero eso no evita que aparezcan grietas en la vida familiar. Un pequeño y absurdo accidente (una caída desde una escalera, algo lleno de simbolismo), que en principio pasa desapercibido, será el detonante de un extraño proceso en el que se funden el dolor físico y el malestar espiritual para los que nadie encuentra explicación.

Al parecer, esa vida siempre enfilada hacia la tranquilidad y el bienestar no resulta suficiente. Iván repasa su propia historia, se descubre como un hombre que siempre quiso hacer lo correcto, y no descubre ningún error. Pero su incomodidad aumenta, algo no funciona y los más reputados médicos no encuentran el motivo ni la solución. Buscan la causa en lesiones internas mientras el enfermo las busca en sí mismo, hasta llegar al punto de no querer siquiera encontrar un remedio, sólo un por qué, dónde estuvo el error, diríamos coloquialmente qué he hecho yo para merecer esto.

Caben aquí distintas lecturas. La desesperación del hombre en quien el dolor y la insatisfacción más íntima se retroalimentan y crecen sin freno, el agujero en el que va cayendo, a mayor profundidad cuanto más se obstina en buscar motivos. Una pesadilla sin sentido de la que es imposible salir, porque siente acercarse la muerte sin haber vivido plenamente. Y, enlazando con esto último, llegaríamos a conectar con la crisis del propio Tolstói, que a una edad ya avanzada parece haber encontrado ese peculiar camino que linda con la espiritualidad y el anarquismo, en el que una vida solo tiene sentido si se ha dedicado a una causa justa, una realización personal, todo eso que puede reconfortar cuando se acerca el final.

El libro es un modelo de perfección técnica, la obra de alguien que ha escrito mucho, libros a veces de gran complejidad y extensión, y ahora es capaz de sintetizar y centrarse en una sola vida, una mirada hacia dentro interrogándose (el protagonista y seguramente el propio autor) qué se puede o debe hacer, por qué no lo hicimos y qué balance podemos presentar cuando la muerte llama a la puerta. Apenas 150 páginas llenas de una intensidad contenida, en las que está todo lo que debe estar y solo eso, para decir mucho y sugerir mucho más. Algo que se aproxima mucho a lo que suponemos puede ser una obra maestra.

PD: Aunque no tiene excesiva importancia, me parece un error incluir en el texto una serie de ilustraciones (aunque el ilustrador sea muy bueno, que no sé si es el caso), que no creo que aporten nada aparte de agregar unas cuantas páginas para que el volumen quede un poco más robusto. Tampoco la cubierta me parece adecuada porque introduce un aire de desenfado que no se corresponde en absoluto con el espíritu del libro. No muy importante, pero más bien negativo.

Otras obras de Lev Tolstói en ULADaquí

sábado, 5 de noviembre de 2022

Aleksánder Pushkin: Borís Godunov

Idioma original: ruso

Título original: Борис Годунов 

Traducción: Rocío Martínez Torres 

Año de publicación: 1831

Valoración: Recomendable


Aleksánder Pushkin es algo así como el poeta nacional ruso, una especie de Shakespeare o Cervantes que reina en las letras de aquella cultura, tal vez por encima de esos otros autores que a todos se nos ocurren, mucho más conocidos en Occidente. Es algo digno de analizarse, por qué alguien con méritos literarios internacionalmente menos celebrados parece representar mejor el espíritu de la literatura de un país. Quizá porque encarna valores que en otros lugares nos resultan ajenos, por algún tipo de hito fundacional, o porque quien escribe en verso a lo mejor entronca con su idioma de una forma tan especial que se nos escapa a los profanos. Porque efectivamente Pushkin escribe en verso, aunque sus obras más conocidas, entre ellas la que traemos hoy aquí, se nos sirven afortunadamente prosificadas.

Allá por finales del siglo XVI o principios del XVII, con la desaparición de Iván IV el Terrible, la corona debe recaer en su hijo Dimitri, un niño de corta edad, y a la extraña muerte de éste es elegido zar el regente Borís Godunov, ajeno a la dinastía reinante. Hay sospechas de que Godunov tuvo que ver con el fallecimiento del heredero, pero aun así buena parte del pueblo y la nobleza (los boyardos) apoya su ascensión, como hombre con autoridad para gobernar en tiempos complicados. Sin embargo, años después aparece un individuo que pretender ser el Dimitri que en realidad había sobrevivido, y con ayuda de los polaco-lituanos y parte de los nobles se dispone a arrebatar el poder a Godunov.

Vaya, todo un drama shakespeariano incrustado en la historia medieval rusa. Aunque parece ser que no se ajusta del todo a los hechos históricos, Pushkin deja abierta la sospecha sobre el acceso al trono del zar, quien a su vez se ve amenazado por lo que parece un nuevo engaño. Todo apunta a que es la corrupción, en sus distintas formas, la que pone y quita gobernantes, pero ¿en qué se apoyan esos vaivenes del poder? Pues en elementos tan poco edificantes como la conspiración, el error, los intereses o los caprichos (o la manipulación) de la opinión pública. Godunov es aupado por la necesidad de un gobierno fuerte en un entorno de inestabilidad por la ausencia de heredero. La nobleza local apoya su ascenso buscando los favores de un gobernante sólido, y el pueblo asiente con el silencio típico de una sociedad postrada. A su vez, el nuevo pretendiente se ve respaldado por los poco amistosos vecinos (intereses políticos, territoriales, incluso religiosos), por los nobles, cansados de autoritarismo y atisbando un mejor caballo al que subirse y, finalmente, por aquel mismo pueblo, en el que seguramente pesa el deseo de recuperar la dinastía que creían perdida, en definitiva la tradición.

Entre toda esta confusión, Pushkin hace un excelente dibujo de los dos personajes antagonistas. Godunov se siente fuerte en apariencia, busca legitimidad en el estamento religioso y apoyo entre sus fieles, y planea la continuidad de la saga familiar. Curiosamente, aparece más bien poco en la obra, pero lo suficiente para mostrarse sutilmente consciente de cargar con un pasado dudoso que en cualquier momento puede hacerle caer. Por su parte, el supuesto Dimitri (que el autor presenta desde el inicio como Impostor, así que no hay spoiler) es un personaje sorprendente, en apariencia carente de ambición y de convicciones sólidas, dispuesto a dejarlo todo por amor (ella, princesa polaca, no parece en absoluto de acuerdo), pero que sin embargo continúa con su empresa como arrastrado por una corriente cada vez más irresistible. Toda una situación si se quiere absurda, en la que confluye la culpa de ambos personajes con la conjunción de elementos, a veces aleatorios, que desembocan en cambios decisivos y situaciones dramáticas.

Leemos que Pushkin revoluciona con esta obra el teatro y la literatura rusa, que mantiene elementos del romanticismo originario pero incorpora una corriente realista que rompe con los cánones de la época y el país, que materializa los valores esenciales de la historia rusa como nadie lo consiguió antes. Muchas cuestiones digamos técnicas que se nos escapan pero que explica con sencillez y eficacia el prólogo que firma la traductora Rocío Martínez Torres, de lectura imprescindible antes de sumergirnos en el texto. Y, una vez instruidos sobre algunos aspectos esenciales, disfrutemos de una historia llena de potencia, una tragedia histórica que encierra más claves de las que en principio pueden parecer.

Otras obras de Aleksánder Pushkin en ULADEugenio Oneguin

miércoles, 31 de agosto de 2022

Alexandr Solzhenitsyn: Pabellón de cáncer

Idioma original: Ruso
Título original: Rakoli Corpus
Traducción: Julia Pericacho
Año de publicación: 1968
Valoración: Muy recomendable

La concesión, en el año 1970, del Nobel a Alexandr Solzhenitsyn causó cierto revuelo por ser considerado en algunos medios como un premio "político" debido al distanciamiento entre el autor y el régimen soviético. Habiendo leído únicamente tres obras de Solzhenitsyn (este magnífico "Pabellón de cáncer", "Archipiélago Gulag" y "Un día en la vida de Ivan Denisovich", la más floja de las tres), no soy nadie para hablar sobre la justicia o no de la concesión, aunque sí que puedo decir que las críticas "políticas" no son del todo correctas. Lo veremos más adelante.

"Pabellón de cáncer" es una novela que, como su propio título indica, transcurre en las dependencias de un hospital para enfermos oncológicos.  Además, estamos en 1955 y en algún lugar de Asia Central, dos datos clave que sirven para que la novela se desarrolle por dos vías entrelazadas, la "política" y la "intimista", a través de dos personajes antitéticos: el fiel servidor del régimen Pavel Rusanov y el prisionero Kostoglotov.

1955. El "amigo" Stalin ha fallecido hace cosa de un par de años.  El XX Congreso del PCUS está al caer y aparece el choque entre las "2 Rusias", entre viejos y jóvenes (aunque no sea exactamente así siempre). Se hacen oír las primeras voces que claman contra el terror estalinista, contra el horror del destierro padecido por seres que lo acaban prefiriendo a la oscuridad de la vida anterior y contra el papel de la sociedad rusa en su conjunto en el período del "camarada Dzhugashvili". Es muy importante decir aquí que la crítica que Solzhenitsyn realiza en la novela se centra más en el estalinismo que en el propio sistema soviético. Así, es más un replanteamiento de este último y de los problemas éticos a los que el mismo se enfrentaba, lo que unido a cierto fatalismo típicamente ruso, hace que la sombra de Leon Tolstoi planee por la novela. Dos párrafos / frases sirven de ejemplo:
Estamos condenados a extinguirnos en la ignominia
Depende, Alexei Filipovich, del número que te haya caído en suerte. En nuestro lugar, ustedes habrían sido tan mártires como nosotros. Y nosotros, en el suyo, habríamos sido igualmente contemporizadores, Pero hay algo más. Para quienes, como usted, comprendieron en seguida, ha sido un infierno. Para quienes conservaron la fe, todo ha ido sobre ruedas. Tienen las manos tintas en sangre, pero si no las tuvieran no se habrían explicado la situación.
Lo anterior no debe ocultar que "Pabellón de cáncer" es una novela intimista en la que las dudas, esperanzas, anhelos, miedos, formas de afrontar la enfermedad, etc. tienen un papel preponderante. Por otro lado, las relaciones personales entre los enfermos, entre médicos y enfermos generan variopintas situaciones en las que la vida, el amor, el deseo... se abren camino. Porque "¿Está constituida de tal modo la naturaleza humana que es imposible hacer perder al hombre el hábito de sorprenderse?".

Todo ello configura una novela que, sin dejar de ser una metáfora de la Unión Soviética estalinista, es una historia terriblemente humana, narrada a un ritmo lento pero seguro y con algunos personajes de esos que se quedan grabados en la memoria. Una novela, en definitiva, muy muy recomendable.

También de Solzhenitsyn en ULAD: Un día en la vida de Ivan Denisovich

martes, 28 de junio de 2022

Anna Politkovskaya: Solo la verdad


Idioma original: ruso

Año de publicación: 2011

Traducción: Fernando Garí Puig

Valoración: muy recomendable

Ya hace más de cinco años que escribí sobre una de las obras de Politkovskaya. No voy a negar que una antología de sus artículos como esta pueda ser una elección algo oportunista, pero tal como se está definiendo este nuevo mapa geopolítico de posiciones estratégicas, nada como la autora asesinada para situarse en contexto, pues resulta que incluso quince años tras su asesinato, las circunstancias siguen siendo muy poco claras, y todo sigue prácticamente igual (para empezar, Putin en el poder) por lo que leer a la periodista rusa resulta estremecedoramente actual. Eso sí, el tiempo sí ha avanzado a favor de los responsables de su desaparición, se olvidan los detalles, se diluyen los hechos en la memoria, la contra propaganda funciona. Y leer sus artículos seleccionados en esta antología solo hace que corroborar temores y confirmar sospechas. Hoy en día, o por lo menos a los ojos del espectador promedio occidental, no hay una figura visible de disidencia que se encargue de enarbolar, al menos, el derecho a ser suspicaz respecto a las versiones oficiales. Llámese a una guerra o una invasión con el apelativo de "operación especial", imponiendo severas medidas a quien intente no alinearse con esa jerga. La edad del eufemismo. 

Aquí tenemos a la Politskovkaya más obvia, la aguerrida periodista que, sin el mínimo reparo (hoy muchos lo hacen, pero escondiéndose tras un nick en Twitter, y desde la comodidad del sillón con el laptop en el regazo) acusaba, desde la Novaya Gazeta, a los poderosos, al Kremlin, a la Duma, a los servicios secretos, de ser los mismos que orquestaban las acciones a los que éstos reaccionaban. Con nombres, con ataques muy directos, con toda serie de detalles en una especie de ejercicio temerario, claro, a veces de lectura poco agradable - explícitas descripciones de torturas, minucioso detalle de acciones de castigo, muchas veces bajo la más absoluta arbitrariedad. Con las enormes cúspides de las que dudaba de principio a fin, las dos guerras de Chechenia, los atentados del Nord-Osc y el Beslán, acontecimientos estos que ya apuntaba como las primeras fases de una recolonización (?alguien se acuerda de la Comunidad de Estados Independientes?), una especie de reconstitución de la URSS ya despojada de pantomimas ideológicas. Ahora (entonces, 2006) se trataba de volver a constituir un imperio bajo el manto del poder de los oligarcas, un feroz e implacable mapa de corrupción destinado a que nada se escapara a su influencia en esos intimidadores 13 millones de kilómetros cuadrados, imposible no pasmarse al calibrar su extensión en un mapa-mundi, nadie de todos esos oscuros funcionarios situados en el momento de la caída del muro debía quedar expuestos a la intemperie. Y, por supuesto, el misterio indisoluble de la personalidad del pueblo ruso, tan condicionado en lo físico - el clima extremo, la mezcla de civilizaciones, como en lo psicológico, por el obstinado aislamiento al que han estado sometidos.

Curioso, ciertos artículos al final del libro, en los que la periodista visita otros países, resultan refrescantes, casi esperanzadores, con una tonalidad irónica y abierta, como si necesitara salir a respirar después de esa agotadora experiencia en los conflictos de su país. Literariamente, casi una especie de género diferente. La cronista de las inseguras calles de Grozni pasea por Londres, París o Sidney y su experiencia comparativa solo hace que recubrir de azúcar ese núcleo de hiel. 

2022. Casi imposible, al margen de filtraciones interesadas, saber el pronunciamiento de la opinión pública rusa sobre lo que sucede en Ucrania. Iba a ser un conflicto corto. Iba a ser la mecha que prendiera una III Guerra Mundial, con muchas naciones mirando para otro lado. Con unas consecuencias económicas inmediatas. Quien orquestó el asesinato de Politkovskaya se ha salido, a todas luces, con la suya. Y la verdad es la primera víctima de la guerra, claro, otra frase lapidaria a la lista. Imposible, después de textos tan brillantes, no preguntarse a quién molestaría ahora con sus dudas razonables, con sus preguntas directas e inquisitivas.

sábado, 4 de junio de 2022

Lev Tolstói: La mañana de un terrateniente

Idioma original: ruso

Título original: Утро помещика

Traducción: Selma Ancira

Año de publicación: 1856 (en castellano, que yo sepa, 2021)

Valoración: Recomendable


Acantilado viene aplicando hace tiempo la política de rescatar títulos poco conocidos de autores relevantes, como Pessoa, Erasmo, Colette o Auden, varios de los cuales hemos traído ya al blog. Creo que también Tólstoi ha visto publicada alguna otra obrita anterior en este catálogo. Y no hace mucho comentaba sobre los posibles prejuicios (positivos o negativos) con que existe el riesgo de que se afronten estas lecturas, así que no me voy a repetir. En el caso del gran autor ruso, aviso solamente que el libro que nos toca hoy tiene un trasfondo autobiográfico que puede añadir interés para sus fans.

Don León, como se le conocía tradicionalmente por estas tierras, procede de un cierto linaje aristocrático, aunque por lo visto tuvo desde joven inquietudes en torno al bienestar de los más desfavorecidos, y desarrolló algunas iniciativas en beneficio de los campesinos, no tengo claro si se trataba una escuela gratuita o algo parecido. El carácter autobiográfico que decía antes queda claro si pensamos que Tolstói tenía unos treinta años cuando escribió el libro, tal vez menos, y esa preocupación por la situación de los más miserables había brotado ya con fuerza, seguramente preludiando la deriva filosófica que le dominó con el paso de los años, una mezcla de altruismo y religiosidad que sedujo a un amplio y heterogéneo grupo de admiradores.

El alter ego del autor es entonces el joven príncipe Nejliúdov, un joven terrateniente que abandona sus estudios para dedicarse de lleno a mejorar las condiciones de vida de sus mujiks, los campesinos sin propiedades que trabajaban las tierras del señor a quien les unía una relación poco menos que feudal. El chico tiene una especie de revelación, una visión muy clara de lo que quiere hacer, acercarse personalmente a sus campesinos e intentar mejorar su situación. Desde el principio es consciente de que nadie en su entorno, ni siquiera su querida tía y consejera, va a apoyarle, pero no por ello se desanima, y emprende un recorrido por unas cuantas isbas en las que residen algunos de esos aldeanos para conocer sus necesidades.

Lo que va encontrando es algo que a buen seguro supera las negras expectativas que se había planteado. Churis es un viejo que vive en una choza infrahumana, la tierra que le corresponde es incapaz de dar ningún tipo de fruto, está enfermo y sin fuerzas, y responde con sutil ironía a cuantas posibilidades de mejora le propone Nejliúdov. Solo tiene un hijo varón, apenas un chaval y, en uno de los momentos más duros y clarificadores del relato, se niega en redondo a que vaya a la escuela porque el hijo constituye su única posibilidad de ayuda. Yuvanka no está en mucho mejor situación, es un borracho cuya aspiración es vender un caballo para poder seguir pagando el alcohol que consume. Davidka es un muchacho albino, gordo y pasivo, quizá con algún tipo de problema, a quien su madre no consigue hacer que trabaje. A Dutlov las cosas parece que le van mejor, apoyado por sus dos hijos, pero es especialmente celoso de que nadie sepa el dinero que tiene, ni siquiera su señor, y ha construido una burbuja en la que prosperar dentro de lo que cabe sin interferencias externas, seguramente consciente de su situación excepcional.

En ese mundo inhóspito de temperaturas gélidas, maderas podridas, tierra infértil y pobreza extrema el príncipe se mueve con dignidad, intentando resultar cercano sin abandonar su status, y aportar ideas, luchando por evitar que sus ideales se tambaleen, aunque es a cada paso más consciente de la dificultad de la empresa. Porque aquí surgen con toda su crudeza algunas de las taras clásicas asociadas a eso que se llama el alma rusa, singularmente el fatalismo, que a veces se traduce en la muy conocida afición al alcohol, y casi siempre en una cierta pasividad, la incapacidad para buscar una salida, el sometimiento al sistema y la convicción de que lo único que se puede hacer es intentar sobrevivir con lo que a cada uno le ha tocado.

Nejliúdov, siempre bienintencionado, intenta atender a las necesidades más inmediatas de sus campesinos, les invita a cambiar de isba, les ofrece trigo, intenta cambiar sus costumbres, pero choca siempre con la negrura de quienes han aceptado su destino como irrevocable y reciben con cierta sorna, cuando no con desconfianza, las buenas palabras de su amo. El inevitable paternalismo del joven idealista se va así encontrando con un muro que le deja claro lo complicado que será llevar adelante sus propósitos. No bastará con buenas palabras ni con una ayuda momentánea, nada cambiará en lo sustancial mientras el sistema siga funcionando de la misma manera, y removerlo ni es su intención ni, a lo que se ve, la de quienes deberían estar luchando por cambiarlo.

El viejo maestro ruso, aun todavía en una fase casi embrionaria, nos deleita con su estilo limpio, elegante pero directo, pero sobre todo nos invita a pensar en la situación: nadie pone en cuestión el funcionamiento de las cosas pero, aun dentro del esquema, es el señor quien intenta mejorarlas, y sus campesinos quienes se muestran más inmovilistas. Cuestiones que, más que con la economía o la política, tienen que ver con la cultura y una determinada forma de ver el mundo.


Otras obras de Lev Tolstói en ULADGuerra y pazAnna KareninaSonata a KreutzerLa felicidad conyugalLa muerte de Iván IlichLos dos húsaresLa mañana de un terrateniente


lunes, 18 de abril de 2022

Maxim Ósipov: Piedra, papel, tijera

Idioma original: ruso

Título original: КаменЬ, ножuцЫ, бумаƨа

Año de publicación: 2019

Traducción: Ricardo San Vicente

Valoración: está bastante bien

Puede que no corran los mejores tiempos para ser sospechosos de rusofilia, siquiera por publicar una modesta reseña de un libro escrito en la lengua de Pushkin y compañía,  pero, en fin, a estas alturas, cuando ya hemos reseñado a un trillón de autores rusos, desde el propio Pushkin, Tolstoi o Dostoyevski, hasta mi querido Dovlátov,pasando por Ajmátova o Ilf y , creo que ya no tenemos remedio... De todos modos, para tranquilidad de los detractores de Putin (y rabiña, espero,  de sus admiradores), comentaré  que Maxim Ósipov, el autor del libro que nos ocupa hoy, no se cuenta, precisamente, entre los defensores del autócrata del Kremlin de tan acertado nombre y, de hecho, cuando comenzó la invasión de Ucrania tuvo la precaución de darse el piro de Rusia, suponiendo, seguramente con acierto, que su posición crítica a ese y otros  respectos le acarrearía problemas (por cierto el que uno de los cuentos del libro parece ser una crítica, bastante evidente, de su régimen).
Vayamos al turrón: este libro, de tan lúdico título (aunque ya aviso de que no van por ahí los tiros) está compuesto por varios relatos, aunque alguno tan extenso y complejo que podría considerarse eso que llaman una nouvelle. Casi todos los relatos transcurren o tienen su origen en la Rusia y aledaños de la época post-soviética o, mejor dicho, los protagonistas son todos ciudadanos ex-soviéticos, obligados a adaptarse, con mayor o menor fortuna, a una nueva realidad capitalista, individualista, en la que la religión ha cobrado una inusitada importancia y que, eso sí, sigue dominada por una "élite" política y económica, de forma más o menos (sobre todo, menos) democrática. Así, encontramos a una serie de personajes  variopintos: desde la cacique de una ciudad de provincias y su empleada tayika a un geógrafo metido a pope; de un exitoso financiero que trata de ampliar sus horizontes  a unos emigrantes que han prosperado en EEUU. También una prestigiosa violinista, algo fantasiosa, una actriz con demencia senil o las hijas de un antiguo miembro de la  KGB...

Casi todos los personajes son individuos más perdidos que el proverbial pulpo en un garaje o que pensaban tener claro su camino hasta que alguna circunstancia les obliga a asumir que para nada... En cualquier caso e incluso cuando se trata de personajes más secundarios, Ósipov demuestra gran perspicacia para entender el corazón de las personas y una enorme humanidad para explicar y aceptar sus errores. En algún momento se podría colegir que esta comprensión y bonhomía -incluso compasión- del autor hacia sus criaturas se deben a la influencia de algún tipo de espíritu religioso; ya digo que es un tema que aparece en más de uno de los relatos... Ahora bien, en el que lo hace de forma más clara, Cual ola del mar, protagonizado por el geólogo metido a sacerdote ortodoxo, el padre Sergui, tampoco se diría que Ósipov parece muy convencido de que el tipo ha tomado la decisión correcta. Y en Piedra, papel, tijera, que da título a la recopilación, se explica, de forma respetuosa y se diría que ecuánime, los pormenores esenciales de la doctrina islámica,  que tampoco es que entusiasme  demasiado al escritor. Es más, en general, se diría que los personajes asisten con cierta perplejidad el renacer religioso tras la implosión de la URSS. 

Más bien, creo yo, esta actitud comprensiva y conmiserativa se debe a que la narrativa deeste autor se inscribe y continúa (salvando todas las distancias, claro) cierta corriente literaria rusa cuyos máximos exponentes serían Gógol o, sobre todo, Chéjov; al igual que ellos, Ósipov no puede dejar de empatizar con su prójimo incluso en sus momentos de estulticia y desconcierto. Cierto que, pese a esa influencia -también es verdad que me lo puede haber parecido a mí ante la profusión de patronímico y de escenas costumbristas-, aún cuando la calidad de su prosa es innegable, carece de la maestría de esos grandes maestros del relato. Algunos de los cuentos de Ósipov, pese a que comienzan de manera interesante, a partir de un momento dado pierden el brío y discurren de una forma lenta y melancólica, incluso, en algún caso, a trompicones. Otros, sin embargo no pierden el nervio narrativo y por eso (o por lo que sea), son los que me han gustado más: la historia de una joven y desventurada pareja en El Complejo, la de la joven triunfadora que se encuentra con su hermanastra alemana de En el Spree  o Buena gente, sobre una veterana actriz aquejada de Alzheimer. Los demás relatos, sin carecer, en absoluto, de una calidad para nada desdeñable, no me parecen a la altura de éstos o quizá, simplemente, su intención se diluye entre los meandros de las muchas explicaciones que nos da Ósipov sobre sus, sin duda, apreciados personajes.

jueves, 7 de abril de 2022

Mijaíl Bulgákov: Los huevos fatídicos

Idioma original: Ruso
Título original: Роковые яйца
Año de publicación: 1924
Traducción (al catalán): Marta Sánchez-Nieves
Valoración: Recomendable

Los huevos fatídicos, novela breve de Mijaíl Bulgákov, aborda, entre otras cosas, el tema del individuo frente a la sociedad. Su premisa es la siguiente: un zoólogo realiza un sorprendente descubrimiento científico. Los medios de comunicación, las autoridades y el pueblo se entrometen en su investigación, causando enredos por doquier.

De esta obra me han gustado:

  • Su argumento. Especialmente ese tercio final, que pasa de la ciencia ficción clásica a un simpático desmadre de serie B. 
  • Su protagonista. Podría haberse concebido como un héroe randiano, un genio incomprendido en medio de un mar de mediocridad; sin embargo, Bulgákov no lo mitifica en ningún momento y se encarga de mostrarnos que, pese a su inconmensurable sapiencia, es una persona huraña y repelente.
  • Sus toques humorísticos.
  • Las críticas que hace a la estulticia humana, la incompetencia de los políticos y la manipulación perpetrada por aquellos que se tildan de periodistas. 
  • Cierta escena, cuyo tono pendula magistralmente entre la comedia, el horror y el "gore".

Francamente, el único reproche (poned la palabra entre comillas) que se le puede hacer a Los huevos fatídicos es que se antoja demasido corta. Y también que resulta incómoda de leer, porque se escribió el siglo pasado pero, como toda literatura de anticipación que se precie, sigue siendo rabiosamente actual a día de hoy. ¡Es imposible no ver nuestro presente reflejado en la hisoria de Bulgákov!


También de Mijaíl Bulgákov en ULAD: La guardia blanca, Corazón de perro

viernes, 25 de febrero de 2022

Fiódor M. Dostoievski: El doble

Idioma original: Ruso
Título original: Отечественные записки
Año de publicación: 1846
Traducción (al catalán): Xènia Dyakonova
Valoración: Recomendable (con matices)

Soy un admirador incondicional de la narrativa de Fiódor Dostoievski. Pese a ello, debo admitir que, aunque en El doble encontramos los elementos en los que el escritor ruso sobresalía, la novela me ha parecido algo lenta y reiterativa. Aun así, la recomiendo; cualquier cosa salida de la pluma de Dostoievski merece ser leída. Simplemente advierto que quizá sea uno de sus textos menores. 

La premisa de esta historia es simple: un funcionario llamado Iàkov Petróvitx Goliadkin descubre un día que tiene un doble que hará todo lo posible para destruirle. 

A mi juicio, las virtudes de esta ficción son las siguientes:

  • Las múltiples interpretaciones que suscita. ¿Existe realmente el doble del señor Goliadkin? ¿O acaso es un compañero de trabajo arribista que la mente perturbada nuestro héroe percibe como tal? 
  • Las críticas que hace a la jerarquía de la sociedad rusa de la época, a la maquinaria estatal y al trato que reciben los locos. 
  • La caracterización del protagonista. Sobre todo me gusta cómo se le describe físicamente, cómo se plasma su laberíntica manera de hablar y pensar, cómo se nos traslada su compleja psicología y cómo se desnudan sus contradicciones.

Por otro lado, le pondría algún reproche a El doble:

  • Su prosa, excesivamente verborreica y confusa, llega a cansar. Aunque debe ser deliberada, ya que los diálogos de Goliadkin, internos o no, se caracterizan por sus interminables circunloquios.
  • Su argumento se antoja reiterativo.
  • Se olvida durante gran parte de su extensión del amor que nuestro héroe siente por Klara Olsufievna.  

Pese a los defectillos antes mencionados, esta novela de Dostoievski es una delicia. Como dato curioso añadiré que Vladímir Nabókov, quien afirmaba que su compatriota decimonónico era un buen dramaturgo pero un pésimo narrador, la salvaba de su pira particular.


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sábado, 12 de febrero de 2022

Vasili Grossman: Stalingrado. Crónicas desde el frente de batalla

Idioma original: ruso

Año de publicación: 2018 (dentro de Años de guerra, en 2009)

Valoración: Recomendable

 

La batalla de Stalingrado fue quizá la más determinante del curso de la Segunda Guerra mundial, tal vez junto con la de Kursk. Las fuerzas alemanas lanzaron un ataque devastador, a sangre y fuego, sin tregua, contra esta ciudad (hoy Volgogrado) a orillas del Volga, estratégica para la conquista de Rusia tras haber fracasado en su avance hacia Moscú. El simbolismo de una gran ciudad volcada en la industria pesada, junto con el acceso al Don y al Volga, eran motivos suficientes para desencadenar una ofensiva con alrededor de un millón de soldados en busca de un objetivo que diera lustre a la campaña del Este. Todo ello dio lugar a la confrontación sin precedentes, tanto por su violencia extrema como por la destrucción sistemática en una urbe en la que se luchó calle por calle, con una intensidad nunca vista hasta entonces.

Allí estaba Vasili Grossman, que se convirtió en el más destacado corresponsal de guerra de la Rusia soviética, y que posteriormente sería conocido por ser el primero que publicó acerca de los campos de concentración nazis descubiertos en la ofensiva hacia el Oeste. Con el bagaje del conocimiento directo del frente de batalla, Grossman escribió más tarde varios libros importantes (ver enlaces abajo), y tuvo el atrevimiento de criticar a ciertas jerarquías del régimen lo que, como se puede suponer, le costó algunas represalias.

Grossman, por entonces de treinta y tantos años, es en ese momento reportero y a la vez propagandista del régimen stalinista, enviando desde la línea del frente crónicas de tono épico que ponderaban las bondades del Ejército Rojo frente al inexorable invasor alemán, y son esos artículos lo que constituyen el cuerpo del libro. Lo hacen en una progresión cronológica gracias a la cual se entiende la evolución de la batalla, porque los textos no son en sí demasiado descriptivos en relación al desarrollo de los combates. Pero podemos deducir que estamos en una ciudad de cierto tamaño, con una potente industria pesada (en principio centrada en la maquinaria agrícola, luego rápidamente reconvertida hacia el material de guerra) y una economía floreciente, que se ve cercada por el poderoso ejército nazi, con el gran Volga a su espalda. Las fuerzas soviéticas acuden en masa para resistir el ataque y, gracias sobre todo al heroísmo de sus combatientes, consiguen mantener las posiciones y, poco a poco, comienzan a revertir la situación hasta vislumbrarse una posibilidad real de derrotar a los alemanes. Con esta expectativa finalizan las crónicas de Grossman, sin llegar a contarnos el desenlace final.

El narrador se esfuerza en transmitir el horror de la situación: los bombardeos son incesantes y brutales, una lluvia de fuego que se completa con la artillería y las unidades de blindados, que avanzan sembrando la devastación, con una furia nunca vista:

'Los alemanes esperaban que el organismo humano no sería capaz de soportar una presión de esta magnitud, creían que no habría en el mundo corazones ni nervios capaces de aguantar sin desmoronarse este salvaje infierno de fuego, de metal chirriante, de tierra conmocionada, de frenesí enloquecido'.

Y siguen los detalles sobre el calibre de los obuses, las balas explosivas, los lanzallamas, morteros de seis cañones, bombas explosivas y de metralla. Lo más selecto y más destructivo del arsenal alemán puesto en el foco de esta ciudad. Vale que Grossman estaba obligado a transmitir ese tono apocalíptico a sus lectores, pero los datos históricos procedentes de otras fuentes no le desmienten: la batalla de Stalingrado, centrada como pocas veces en las calles de una ciudad, ha tenido pocos o ningún parangón en la Historia. Ambos contendientes se jugaban mucho, mejor dicho, todo. Y así se terminó decidiendo el curso de la guerra.

Aparte de dibujar el espanto de esa violencia desatada, Grossman dedica una gran parte de su relato a describir a los héroes de la defensa soviética: los irreductibles siberianos que resistieron en las ruinas de la fábrica de tractores, el tirador tímido y culto que acabó abatiendo con frialdad y precisión a quien se atreviese a asomarse a sus posiciones, los altos mandos dirigiendo las operaciones desde sótanos y refugios, mujeres que resultaron clave para hacer posibles las comunicaciones en una situación extrema. Una amplia nómina de héroes, con nombres y apellidos, decenas de miles de ellos muertos lejos de sus familias, representando el valor y la voluntad indestructible de defender su tierra. Porque, más allá de lo ideológico, la guerra fue en Rusia una guerra patriótica, tal como se sigue recordando hoy en día.

Con todo esto, se puede suponer que el nivel épico de las crónicas de Grossman es muy elevado, y está tan bien narrado que llega a resultar emocionante, incluso haciendo abstracción de quiénes combatían contra quiénes. Imagino que este sería el gran objetivo del autor, no tanto describir el desarrollo de un episodio bélico como llegar al corazón de los lectores, mostrarles el horror que amenazaba su país e incitarles a resistir hasta el último aliento. Con esa prosa exacta y contundente que siguió mostrando en obras posteriores no hay duda de que Grossman consigue ese efecto, sin desdeñar momentos de pausa, igual de sobrecogedores, cuando en medio del estruendo de bombas, incendios y ráfagas de disparos, describe los hielos que descienden por el Volga, el azul del cielo que ilumina el escenario, o la luz de atardecer que parece convertir en irreal la locura que se está viviendo.

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