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jueves, 4 de febrero de 2016

Semana de la autobiografía (bis): Mi último suspiro de Luis Buñuel

Idioma original: francés
Título original: Mon dernier soupir
Traducción: Ana María de la Fuente
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable

Pues sí, este es un libro que podría perfectamente haber entrado en la semana de la autobiografía (que está visto que se nos quedó corta), pero como entonces no me dio tiempo, pues lo reseño ahora, total, quién se va a dar cuenta.

Ya sabéis (los que lo sabéis) que no soy lector asiduo de autobiografías, memorias, diarios y cosas del género, pero mi amiga Leyre, que sí lo es (lectora asidua de este tipo de obras, digo) me regaló Mi último suspiro estas navidades pasadas, porque le había encantado. Y como en general me fío del criterio de Leyre (aunque no le guste Faulkner), pues me decidí a darle una oportunidad con la mente abierta.

Cuando llevaba aproximadamente cien páginas, iba pensando cómo decirle a Leyre que en fin, que bien, pero no. Porque esas cien páginas hablan de la infancia de Buñuel como hijo de una familia bien de Zaragoza, y la verdad, no tiene demasiado de particular. Incluso el apartado dedicado a la Residencia de Estudiantes, que yo anticipaba con mucha curiosidad, resulta un poco anodino, y mucho menos ácido de lo que esperaba, teniendo en cuenta la imagen pendenciera y algo bruta que tenemos de Buñuel (y que, la verdad, no creo que se aleje demasiado de la realidad).

Lo que pasa es que justo en la página 98 del libro (año 1925 en la vida real) Buñuel se muda a París, y a partir de ahí el libro me enganchó y las siguientes doscientas páginas las devoré prácticamente en una noche. Porque la vida de Buñuel fue realmente apasionante: en el París de los años 20 coincidió y se hizo amigo y cómplice de toda la élite surrealista (Breton, Aragon, Éluard, Max Ernst...); viajó también al Hollywood de los grandes estudios, donde conoció, en diferentes momentos de su vida, a mitos como Fritz Lang, Chaplin, Hitchcock, vivió la guerra civil en primera fila, en un Madrid republicano pero dividido, y después el exilio en Francia, Estados Unidos y finalmente México...

Quizá los párrafos más hermosos del libro se los dedica Buñuel a Lorca, pero no al Lorca poeta o dramaturgo, sino a la persona; creo que merece la pena copiar uno de ellos aquí.
De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar a alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama. Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar.

De Dalí, en cambio, no tiene tantas cosas buenas que decir. Habla, claro, de la colaboración entre ambos para crear Un chien andalou, pero el Dalí posterior, sobre todo después de conocer a Gala, se nos presenta como un ser egocéntrico, engreído, apovechado, traicionero, infantil, ridículo. Una frase suya en un texto de autoglorificación fue el causante, por ejemplo, de que Buñuel perdiera su trabajo en el MoMA después de la guerra.

Como era de esperar, el cine ocupa un lugar importante en estas memorias, así que los que estén familiarizados con la filmografía de Buñuel podrán seguirla prácticamente año a año; pero los comentarios del realizador no son críticos o cinematográficos, sino más bien impresiones, anécdotas, emociones asociadas al rodaje o a las proyecciones de las películas. El escándalo lo acompañó durante casi toda su carrera (desde Un chien andalou y La edad de oro, hasta Los olvidados o Viridiana), un escándalo que Buñuel no rehuía sino que asumía como consecuencia de su propia libertad creativa y moral.

Cuando se termina el libro, no nos quedamos con una imagen idealizada de Buñuel: cuando tiene que ser "políticamente incorrecto" lo es (como cuando dice que le gustaría volar el Guernica de Picasso o cuando niega valor a las películas de Charlot), varias veces insiste en su carácter algo difícil, en sus maneras bruscas y sus manías inalterables. Lo que sí se tiene es una visión más humana, más poliédrica de su personalidad. Sus películas son geniales, y deben ser vistas por sí mismas independientemente de la simpatía o antipatía que nos pueda producir su creador; pero después de leer las largas confesiones del hombre que las creó, me parece que pueden verse con algo más de comprensión y hasta ternura.

domingo, 24 de enero de 2016

Gary Shteyngart: Pequeño fracaso (Semana de la autobiografía, reprise)

Idioma original: inglés
Título original: Little failure. A memoir.
Año de publicación: 2015
Traducción: Eduardo Jordá
Valoración: muy recomendable

"No pienso perderme nada por precipitación"
No es una cita del libro. Permitidme que me autocite cuando me di cuenta de que no me daría tiempo de acabar este libro a tiempo de incluirlo en nuestra Semana de la autobiografía. Pero era cuestión de ser justo tanto con el libro como con uno mismo. Imprimir a una lectura un ritmo inadecuado es una traición, una falta de respeto hacia el autor. 
Desde las colosales veinte páginas iniciales, notamos que la actitud de Shteyngart no tiene nada que ver con la de otros autores que sobre sus propias vidas. Shteyngart, por cuyas novelas leer este libro me ha despertado cierta curiosidad, elige un tono muy lejos de falsa modestia, automitificación, victimismo, flagelación, o compasión. Elige un tono que consigue hacer propio en apenas unas páginas y que no abandonará en todo el libro. Cuestión que es a la vez cualidad y (excusable) defecto de este libro.
Shteyngart parece descubrir en cada capítulo una nueva cualidad en sí mismo. O mejor llamemos característica. Enfermizo en su niñez, frágil, delgado, poca cosa, apocado, débil de carácter, con problemas para relacionarse, escaso atractivo físico, ahora pelo corto, ahora demasiado largo, ahora con la alopecia acosando, ahora vestido con ropas cedidas, ahora ridículo, ahora extemporáneo.
La narración empieza con la familia Shteyngart abandonando San Petersburgo, a finales de los 70. En el marco de un acuerdo de intercambio, en los albores de la Guerra Fría, por el cual, a cambio de un contingente de cereales y tecnología, la URSS permitió la salida de una serie de ciudadanos de origen judío. Entre ellos, Gary, entonces Igor, hijo de un ingeniero y una oficinista, que, acompañado de sus padres, efectuará un corto periplo por Europa que acabará con el desembarco en una bulliciosa Nueva York. Las cosas de Gary en una mochila minuciosamente inspeccionada por un funcionario. Pocas cosas, solo pequeños y ridículos juguetes, poca ropa y, sobre todo, recuerdos almacenados, de los que no es siempre consciente. La Iglesia de Chesme, un helicóptero de juguete que se dibuja contra el cielo y se queda atrapado, las imponentes y omnipresentes estatuas de Lenin.
Pequeño fracaso es una crónica de la paulatina adaptación a la vida en Estados Unidos. Contada con una irónica delicadeza, con un curioso y caótico sentido temporal que elude ciertas reglas no escritas en la literatura autobiográfica, Porque Shteyngart no es lineal, ni incide en hitos o lugares típicos: ni primer polvo que pega, ni primer libro que le impacta, ni tan siquiera, y no negaré que es algo que me ha mantenido en vilo y desconcertado, presta la mínima atención a hechos que, como ruso emigrado a NY, cambian el mundo. Ni una referencia directa a la caída del muro y a la desintegración de la URSS, tampoco a los atentados del 11-S. No así con la II Guerra Mundial: Shteyngart se cerciora de que conozcamos algunos trágicos acontecimientos. Pero, casi siempre, las cosas suceden y de repente Gary está ya en otra época de su vida, en otra escuela, con otra novia, confirmando o no que, a pesar de estudiar cualquier otra cosa, su decisión de ser escritor es firme y cada vez lo es más.
Pequeño fracaso, quizás sea más un diario de integración en la vida norteamericana. El nos vamos con el enemigo va perdiendo peso, el idioma ruso empieza a esfumarse conforme avanzan los capítulos. El autor se muestra tierno y comprensivo con la decisión de unos padres ya entregados al sueño americano, en esa transición de pasar horas haciendo cola por una berenjena a trabajar con dureza para obtener más cosas de las que son necesarias. Deja que sea el lector quien lea entre líneas y juzgue. Porque una cualidad de Pequeño fracaso es dejar más rastro del que parece a primera vista. Quizás ésa sea la vara de medir con las biografías, la de cerrar el libro y reconocer, de alguna manera, que el autor ha revelado su personalidad, que  ha hecho algo más que enumerar anécdotas, desgracias y hazañas. Que se le conoce ya un poquito. Pues aquí ese objetivo se ha alcanzado.

lunes, 17 de marzo de 2025

Padres de libro: Literatura infantil de Alejandro Zambra

Coincidiendo con el Día del Padre (19 de marzo), en ULAD hemos pensado dedicar una serie de entradas a libros que tratan, de una manera o de otra, el tema de la paternidad: exaltándola o problematizándola, mostrando sus múltiples alegrías, y también sus miserias y dificultades. Libros de épocas y literaturas muy diversas, que reflexionan sobre el modo como los hijos se relacionan con sus padres, y los padres con sus hijos. Esperamos que resulte interesante y que, en conjunto, la serie permita abrir reflexiones sobre lo que significa (lo que puede o debe significar) ser padre hoy en día.
 
 
Idioma original: español
Año de publicación: 2023
Valoración: Muy recomendable (aunque no responda exactamente a lo que esperaba de ella)
 
Leyendo Poeta chileno, ya se detecta una sensibilidad muy especial (teñida, eso sí, por la alargada sombra de Bolaño) de Alejandro Zambra para describir las relaciones familiares, paternofiliales y también el mundo de la infancia, su forma de ver el mundo, su particular lenguaje y su universo imaginativo. Literatura infantil recupera muchos de estos temas, y muy particularmente la idea de relación entre padres e hijos (el masculino aquí no es genérico, si es que lo es realmente alguna vez), adoptando en este caso un formato genérico próximo a la autobiografía (o autoficción). 

El libro se divide en dos partes, y hay entre ambas una relación especular: la primera (que sí corresponde a lo que esperaba de este libro) se centra fundamentalmente en la relación de Alejandro Zambra con su hijo y, en general, con su recién adquirida paternidad (el antes, el durante y el después); y la segunda parte, en cambio, orbita más en torno a la relación del escritor con su padre, por lo que, estando igualmente bien escrita, me ha interesado algo menos. No cabe duda de que esta correspondencia entre ambas partes responde a una de la ideas centrales del libro: que la relación con un hijo hace que te replantees la relación con tu propio padre, y reconsiderar tu propia infancia. O, en palabras del propio texto, "Cuando tienes un hijo, vuelves a ser hijo".
 
Como digo, la primera parte, compuesta por ocho capítulos independientes, es la que más me ha satisfecho, por responder a mis expectativas y porque, como también dice el propio texto, viene a llenar un cierto silencio literario que poco a poco se va llenando de voces: el que explica, analiza y representa la relación de los padres con sus hijos. Además, en esta primera parte (sobre todo en el primer texto, que se titula, como el libro, "Literatura infantil" y que es una especie de diario intermitente del primer año de vida de su hijo) he encontrado la mezcla exacta y precisa de ternura, sensibilidad y humor que me parece necesaria para narrar la experiencia de la paternidad. Digamos que si hubiera una escala entre la excesiva sublimación emocional de Umbilical y la aridez machuna de Irene y el aire de Alberto Olmos (que también reseñaré esta semana), Literatura infantil se situaría exactamente en un el punto adecuado (que no es necesariamente el medio) para tratar este tema. (Añado, entre paréntesis, que también Hijos del fútbol de Gálder Reguera, que perfectamente podría haber entrado en esta serie si no estuviese ya reseñado, también se encuentra muy cerca de ese punto dulce).
 
El autor es consciente de esta elección estética, obviamente, y también de que va en contra de una cierta idea de masculinidad y de "buen gusto", y lo plasma en el propio texto:
Durante siglos la literatura ha evitado el sentimentalismo como a una peste. Tengo la impresión de que hasta el día de hoy muchos escritores preferirían ser ignorados antes que correr el riesgo de ser considerados cursis o sensibleros. Y es verdad que, a la hora de escribir sobre nuestros hijos, la felicidad y la ternura desafían nuestra antigua y masculina idea de lo comunicable. ¿Qué hacer, entonces, con la satisfacción gozosa y necesariamente bobalicona de ver a un hijo ponerse de pie o comenzar a hablar?
Otros textos de esta primera parte tratan otros aspectos de la experiencia de la paternidad: la elección del nombre, la lectura de cuentos antes de dormir y, justo al final de esta sección, el confinamiento por causa del covid. Ninguno está a la altura, pienso, del primero, el diario de un padre primerizo, pero todos son buenos, cada uno a su manera.
 
Después, en la segunda sección, el foco del libro va girando hacia el otro ángulo del tema de la paternidad: la relación que el escritor tiene con su propio padre, sobre todo a partir del capítulo titulado "Rascacielos". (Antes viene un cuento protagonizado por niños, "Garabatos", que sin ser malo no me parece que acabe de encajar en el conjunto). También en esta segunda parte hay capítulos notables, siempre en ese registro autobiográfico/autoficcional, contados con sensibilidad y humor, como "Cogoteros de ojos azules" o "Lecciones tardías de pesca con mosca", pero personalmente no he disfrutado tanto de esta segunda parte del libro, porque lo que esperaba, lo que venía buscando, ya lo había encontrado en la primera.
 
En todo caso, este libro es uno de los mejores representantes que se me ocurren para esta semana de reseñas dedicada a la paternidad...

Otras reseñas de Alejandro Zambra en ULAD, aquí.

martes, 12 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #2: Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable para todos; muy recomendable para escritores; imprescindible para fans de Piglia

Habrá quien piense que estoy haciendo trampa reseñando unos diarios en la semana de la autobiografía, sobre todo cuando el nombre del autor, Ricardo Piglia, y el del protagonista, Emili Renzi, son diferentes. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: la primera es que esto no son realmente unos diarios, sino una reelaboración revisada, con cincuenta años de distancia, de unos cuadernos escritos en la juventud del autor; y la segunda es que el nombre completo de Ricardo Piglia es Ricardo Emilio Piglia Renzi, así que la distancia entre autor y personaje es, en fin, la misma que en cualquier obra autobiográfica: la que hay entre el sujeto que habla y el objeto de que habla.

Que conste que empecé esta obra con algunos recelos. No soy aficionado a leer memorias, autobiografías o confesiones, y menos todavía de textos privados que se hacen públicos en la vejez o tras la muerte del escritor (ya me despaché a gusto sobre el tema en esta entrada). Además, Babelia había elegido este libro como mejor libro del año y, en fin, serán prejuicios míos, pero eso para mí es casi un punto negativo. Y las primeras páginas estaban confirmando mis prejuicios, porque notaba en ellas un tono pedante y egocéntrico (muy de Piglia, me parece) que no me estaba gustando nada... Pero luego estos diarios que no son un diario me engancharon, y me hicieron reconciliarme con la obra, con el autor y quién sabe si también con el género.

Este primer volumen de los Diarios de Emili Renzi cubre los "años de formación" del escritor (1957-1967). Vemos en estos años a un escritor algo inmaduro, titubeante y pobre pero decidido a triunfar y convertirse en escritor ("en diez años seré el mejor escritor de Argentina", reconoce haber dicho en un momento dado), y que mientras tanto vive de dar clases en la Universidad de La Plata, de traducciones, ediciones y antologías, o de la generosidad de amigos y familiares. Junto con las relaciones amorosas de juventud (varias y variadas), es la literatura el tema que ocupa más espacio en los diarios; no solo vamos siguiendo lo que Piglia (perdón, Renzi) escribe, sino también lo que lee: el autor demuestra en estas páginas ser un lector y un crítico atento, intuitivo y muy consciente de la técnica y sus posibilidades.

Pero lo que más me ha gustado de este libro es, precisamente, que no es un diario íntimo, sino una producción literaria creada a partir de un diario, y con consciencia de que es un texto para ser releído más adelante, por el propio autor, primero, y después por el público. Y aunque al final Piglia (o Renzi, tanto da) diga estar "transcribiendo mis diarios", en realidad está haciendo mucho más que ellos: selecciona (por ejemplo, solo se incluyen los cuadernos relativos a su vida en Argentina), incluye textos ajenos a los diarios (relatos, reflexiones, fragmentos) y sobre todo se relee a sí mismo, reafirmándose, o por lo menos eso dice, en el que fue cuando comenzaba y no era todavía "el mejor escritor de Argentina".

En la cabecera de esta reseña he incluido tres valoraciones diferentes: los fans de Piglia, sus estudiosos y seguidores, adorarán estos diarios, que les acercarán al autor en proceso de construcción; a los que quieren leer por el puro placer de hacerlo, a lo mejor les resulta algo pesada tanta reflexión sobre el estilo, los narradores o los tiempos verbales; en cambio, los escritores tienen aquí mucho material que aprender. Para empezar, sobre la determinación que hace falta para llegar a ser escritor: Piglia sacrifica lo que hace falta, pasa hambre, malvive, da sablazos si hace falta, con tal de poder leer y escribir; y también sobre la forma de leer y aprender de otros escritores, con atención al detalle, a las variaciones técnicas, pero también con un criterio y una estética propios. (De García Márquez, por ejemplo, dice que tiene una prosa "demagógica").

No sé si me compraré el resto de los Diarios cuando salgan (está prevista una trilogía): a lo mejor son más de lo mismo, y terminan por aburrir. Lo que sí sé es que, si volviera a leer este primer volumen, bolígrafo en mano, encontraría mucha frase para subrayar y mucha idea para reflexionar, sobre Piglia, sobre las mujeres, sobre la literatura, sobre la vida.

También de Ricardo Piglia en ULADPlata quemadaBlanco NocturnoLas tres vanguardias: Saer, Puig, WalshLos casos del comisario Croce

viernes, 15 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #5: La muerte del padre de Karl Ove Knausgård

Idioma original: noruego
Año de publicación: 2011
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: bastante recomendable

La cuestión que no hemos planteado directamente esta semana aún. ¿Por qué tanta gente escribe su autobiografía, o sus memorias? Antes, parece que solamente lo hacían las celebridades. Gente que parecía sentirse en deuda con la sociedad si no explicaba los grandes trazos de su existencia, aquello que le había hecho triunfar, o fracasar con estrépito. Lógico, que se apuntaran los escritores. Para un escritor, es un chollo escribir de aquello que más conoce y que está siempre disponible para documentarse. Y no he mencionado, aún, la palabra "ego". La tecnología de hoy aún lo ha puesto más fácil. Blogs y páginas de redes sociales y canales de Youtube son, en el fondo, formas en que uno muestra al mundo aquello de su recorrido vital que quiere compartir.
La otra cuestión es si el mundo necesita eso. O si el mundo está dispuesto a prestarle suficiente atención, cosa que significaría que hay quien convence a los demás de que su vida es, o ha sido, lo bastante interesante para conocerla. La intención del lector, habría que ver cuál es, al leer sobre la vida de los demás: curiosidad, morbo, posibilidad de verse reflejado, comparar trayectorias, tomar ejemplo, admirar, rechazar. Asomarse a la vida de los demás, vistas las porquerías que copan la tele, resulta muy estimulante.

Entonces, ¿qué debía pensar Karl Ove Knausgård cuando se planteó escribir seis tomos, si él era solamente un novelista de un pequeño país como Noruega, completamente desconocido fuera de allí?

Aunque su fotografía actualizada no salga en la portada de La muerte del padre, hay que decir que el aspecto físico actual de Knausgård no pasa desapercibido: una especie de cruce improbable entre el actor Viggo Mortensen, una especie de mesías nibelungo y una estrella del black metal, con los surcos del dolor (o de otras experiencias siempre excesivas) grabados en sus rasgos, pero como acabadito de levantar un día soleado. Consciente de que es un factor más, el revuelo que lleva un tiempo levantando su serie de seis libros autobiográficos, iniciada con éste, es considerable. Ojo con esas imágenes tan poderosas: algunos solemos generar preconcepciones. Y sus declaraciones, en medio de la oportuna promoción, viniendo a insinuar que ya no le hace falta escribir más tras esta obra magna, porque su situación ya no le empuja a ello, son otro añadido. Uy, con lo que nos gustan los autores atormentados, esos que se desploman sobre el teclado exhaustos apestando a alcohol o a tabaco o a sudor o a sangre o a vómito o a todo junto.
Freudiano título, por cierto. Pero es que el título de la hexalogía que este libro abre es aún más, mm, polémico: Mi lucha. Uh. Ya está Godwin aquí. Difícil, pues, enfrentarse sin un prejuicio, y menos aún que ayudan términos que constan en la sinopsis y en las solapas. Proustiano. Gran literatura. Universal. Absorbente. Ambiciosísimo. Proeza. Atormenta. Cuidado: como los fuegos artificiales, hay que manipular estos términos con cuidado.
Pues resulta que vale la pena empezar. No es que Knausgård invente nada. Esta es una narración autobiográfica directa y descarnada, sin el mínimo tapujo y prácticamente liberado de cualquier inhibición: las experiencias (en este primer tomo, las relacionadas con su infancia tardía y su juventud) son narradas sin eufemismos y con un agudo sentido físico, como si estuviéramos sentados en un rincón mientras el joven Karl Ove se frustra ante su escasa pericia con la guitarra o se impacienta ante sus titubeos con las chicas, con sus torpes intentos de seducción. Esa primera persona es la simple y llana apuesta de este libro: el explicar de forma directa su experiencia, el mantener en vilo al lector cuando lo que está leyendo no es más que un diario al que se ha aportado una cierta perspectiva, al que se ha magnificado en un ejercicio que bebe a partes iguales de egomanía y de inseguridad.
No es que el camino sea llano: hasta superadas las 300 páginas, umbral que no todo el mundo es paciente para franquear, uno empieza a darse cuenta de que le ha empezado a coger cariño a Knausgård, el personaje. En algún inexplicable giro el diálogo interno pasa a parecernos casi irresistible. No es que pasen grandes cosas, pero Knausgård va dejando pistas. No se corta en sus pensamientos ni en reconocer bajos instintos o hasta sentimientos reprobables. La muerte del padre es bien definitorio como título. Esa figura, metáfora del enfrentamiento de una persona a una madurez forzada, es el centro de la obra. Cómo, acompañado de su hermano hace un viaje donde juntos evocan lo que les unió en su infancia. Cómo presencia e intenta poner orden en una casa desvencijada que ha sido habitada por una anciana y por un hombre que solo ha triunfado en autoinmolarse a base de beber todo lo que encuentra. Esos pasajes nos resultan de una incómoda familiaridad. Los reencuentros que se provocan nos entregan a un tipo sencillo y honesto que limpia roña de los rincones mientras reflexiona con sentido común sobre todo aquello que acude a su mente, un hombre aún joven aportando sentido práctico a la desagradable liturgia de la situación. Un tipo que ya, entonces, se nos habrá hecho cercano.

Es la solvencia como narrador  de Knausgård lo que  mantiene el tono en 500 páginas que tienen sus altibajos (algunos episodios de la adolescencia no logran suscitar gran interés) pero que sí, son lo suficientemente intensas para que me plantee ir a por el siguiente tomo. ¿Para cinco más? Habrá que ver, pero de momento con el primer volumen, la prueba la ha superado.

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que lloverUn hombre enamoradoFin, La importancia de la novela
La contrarreseña de 'La muerte del padre'Aquí

miércoles, 7 de julio de 2021

Ana Iris Simón: Feria

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: está bien como autobiografía. No está bien como panfleto político.

Antecedentes
Una de las primeras veces que oí hablar de Feria fue a través de una reseña infame que Juan Soto Ivars escribió en El Confidencial (y que me niego a enlazar), en la que usaba el libro de Ana Iris Simón como ariete para ajustar cuentas con otra escritora (a la que cobardemente no mencionaba, pero describía de forma que todo el mundo la identificase). "Ana Iris Simón ha escrito una novela rojísima que le encanta a la derecha", venía a decir esa reseña, algo que como después se verá es una soberana estupidez. Pero pensé que la escritora no tenía la culpa de que le salieran defensores tan lamentables, así que me compré la novela para formarme mi propia opinión.

Después, mientras Feria ocupaba su lugar en mi tsundoku, pasaron otras cosas, que creo que muchos (al menos los que vivan en España y tengan Twitter) recordarán: la propia Ana Iris Simón escribió también en El Confidencial una crítica de El Madrileño, el disco de C. Tangana, que también me pareció bastante desafortunada; después vino aquella participación de la autora en un acto del Gobierno, en la que defendió la vuelta al campo, a la natalidad y a la españolidad (las mismas ideas, como veremos, que en Feria, y citando incluso varias frases textuales del libro); y el último antecedente, de la semana pasada, cuando yo ya estaba leyendo la obra, es que Santiago Abascal, el líder de VOX, subió al atril del Congreso llevando consigo una copia de Feria, aunque luego, por lo que sé,  no lo mencionó ni hizo ningún comentario al respecto.

Con estos antecedentes, era muy difícil que consiguiese hacer una lectura "exenta" o "desapasionada" de la novela. Ni falta que hace, claro. Creo, eso sí, haber conseguido leer Feria con ojos propios, teniendo en cuenta naturalmente todos los antecedentes y las opiniones (a favor y en contra), y sobre todo la repercusión política del libro, de la que el texto es solo uno de los elementos. Porque, efectivamente, Feria es ya, además de una obra literaria, un objeto político e ideológico, y como tal hay que leerlo.
 
 
Feria como novela de familia
Si lo leyésemos Feria de forma algo ingenua, y obviando los momentos en los que la autora desliza de forma más o menos sutil su mensaje ideológico, podríamos catalogarla como unas memorias familiares, un subgénero que ha tenido un cierto apogeo en los últimos años: una obra en la que el autor o autora cuenta la historia de sus antepasados cercanos o lejanos, y a través de ellos explica la construcción de su propia identidad. Se me ocurriría mencionar, por ejemplo, el Libro de familia de Galder Reguera o Ama de José Ignacio Carnero, con sus muchas diferencias, o algo más atrás, Lo que a nadie le importa de Sergio del Molino. Creo, de hecho, que es así como lo está leyendo la mayor parte de los lectores, los que, en palabras de la autora, se le acercan en las presentaciones del libro a decirle que se han sentido muy identificadas y a contarle las historias de sus propias madres, tías, abuelas, familias extendidas.

Porque, efectivamente, Feria es un viaje a la infancia, adolescencia y primera juventud de Ana Iris Simón, en el que un papel central lo ocupan sus padres (o mejor dicho, su padre y la Ana Mari, porque a su madre casi nunca la llama "madre"), y junto con ellos los abuelos de ambas ramas, los tíos, primos, toda la familia extendida de la escritora, en el manchego Campo de Criptana. Es un retrato de una familia rural y trabajadora, con una rama nómada (los feriantes de los que la autora inicialmente se avergonzaba, y ahora se enorgullece) y otra más sedentaria, los Simones; una de esas familias con decenas de miembros que de vez en cuando se reúnen a comer alrededor de una mesa descuadernada pero generosa. Una familia con sus conflictos (en los que la autora casi no se centra) y sobre todo con una especie de solidaridad primaria o esencial. 

Y para contar esta historia, Ana Iris Simón escoge un estilo rápido, que imita hasta cierto punto la oralidad con sus frases inacabables y retorcidas que amenazan con caer en el anacoluto, sus repeticiones, su ironía y su abundancia de nombres propios, que llegan a ser mareantes. Es un estilo que por momentos resulta ágil y otras veces, quizás por acumulación, me ha resultado cargante, pero que creo que intenta transmitir que "es así como habla la gente normal". De ahí también que abunden las referencias a la cultura popular (desde el "flamenquito" a Lina Morgan), y los referentes cotidianos como el supermercado Leclerc o la Thermomix, aunque mezclados, eso sí, con referencias de la "alta cultura" que van desde Machado a Ramiro Ledesma, y por supuesto al Quijote, inevitable en un texto situado en Campo de Criptana. Los capítulos, que no siguen un orden cronológico, presentan diferentes escenas de la vida de Ana Iris Simón o de su familia; algunas son muy divertidas, otras entrañables y emocionantes; otras parecen más prescindibles y algunas banales. El conjunto es algo irregular, aunque crea un universo de personajes a los que se acaba cogiendo cierto cariño.

Pero lo que Feria ofrece es también (y aquí ya nos deslizamos también hacia lo ideológico), un retrato cargado de nostalgia, de lamento por un mundo perdido, y que no tiene que ver solo con la idealización de la infancia (en la que casi todos podemos caer en algún momento) sino también con la nostalgia por un modo de vida que ya no existe: el de los feriantes que viajan de pueblo en pueblo con sus puestos y espectáculos, y en general el de la vida de rural, familiar, tradicional y también, sí, española y muy española. Por comparación, en los últimos meses he leído y reseñado otros dos libros protagonizados por niños (Panza de burro y El secreto de la hierba), y aunque en ambas se percibe y se transmite esa mirada alucinada y algo desenfocada del niño, que ve más de lo que entiende y entiende más de lo que sabe transmitir, en ninguna de las dos se ocultan los conflictos, las miserias, las rencillas o incluso los odios que pueden llegar a anidar en las familias y en los pueblos, y en ninguna de las dos se propone (casi todo lo contrario) una recuperación de esos modos de vida como solución a los problemas del presente. 
 
Y esta es una parte, pero solo una parte, de la carga ideológica del libro.
 
 
Feria como manifiesto ideológico (emboscado)
Decía antes que para leer Feria como "solo" unas memorias familiares había que leerlo de forma ingenua, y también pasar por alto varios pasajes y páginas. Porque hay capítulos que son puro discurso político (lo que en sí mismo no tiene nada de malo, que conste), por ejemplo el que abre el libro, "Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad", que ha sido muy comentado; u otro de título claramente provocador, "Toda mujer ama a un fascista" (cita de un ambiguo verso de Sylvia Plath). Pero es que incluso en los capítulos más narrativos y memorialísticos, aquí y allí se van dejando caer mensajes ideológicos más o menos evidentes, en incisos o escenas breves a las que un lector menos atento podría no dar importancia. Y en esa faceta política, aunque a Ana Iris Simón no parece gustarle que se lo digan, Feria es un libro netamente conservador (por mucho que Soto Ivars quiera hacernos creer lo contrario).

Y la verdad es que me sorprende que la autora no lo acepte, porque creo que es algo bastante evidente: todos sus mensajes transmiten la misma idea, la de que el "progreso" es pernicioso y ha arruinado la vida de varias generaciones (porque identifica progreso con neoliberalismo, individualismo y globalización, culpables de todos los problemas contemporáneos), y la de que el mundo de antes (y para ello, ese "antes" tiene que ser ambiguo e indefinido) era más semcillo, más limpio, mejor, y se está perdiendo de forma irreparable. Da igual de qué ámbito se hable: familia, urbanismo, entretenimiento, trabajo, feminismo, relaciones sentimentales o sexuales... El progreso, que asume muchas formas (urbanizaciones, rotondas, luces de neón, el satisfyer, los "hombres blandengues", el perreo, etc.) es siempre malo en comparación con el modelo tradicional (que vendrían a ser las casas de pueblo, ferias, familias extensas y bien avenidas, hombres y mujeres como dios manda y el flamenco/flamenquito). En algunos casos esto se dice de forma bastante diáfana, mientras que en otros la posición de la autora se diluye entre las voces de varios personajes, y aún hay casos en que esta defensa nostálgica se hace en base a lo que los clásicos llamaba exempla, esto es, la presentación de narraciones o modelos moralizantes, lo que podría ayudar a Ana Iris Simón a jugar al juego de decir que no defiende lo que defiende, como creo que en ocasiones hace. 
 
No me resisto a copiar un fragmento, en primer lugar porque es representativo del estilo del libro y de la idea general del "progreso" que lo impregna, pero también porque, en este caso concreto, Ana Iris Simón se está lamentando de que en las ferias y circos ya no se permita el maltrato animal (ni humano), algo de lo que, creo, cualquiera con un mínimo de empatía se alegraría:
 
En las ferias que yo conocí ya no había enanos recortadores ni zoos chicos y a mí ni siquiera me pusieron mi propio puesto, porque lo de hacer trabajar a los niños, como lo de la explotación animal o lo de los saltimbanquis con acondroplasia, empezaba ya a estar mal visto en los noventa. El progreso trajo consigo, además de rotondas y chalés adosados con las puertas de madera clarita y supermercados que ya no olían a animal muerto, una ola de crueldad, y la trajo no al mundo, sino a nuestros ojos, que de pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5,4.
 
Es verdad que Ana Iris Simón identifica los problemas esenciales de su generación (y de la mía, y de las posteriores), como los identifica cualquier persona con dos dedos de frente y ojos en la cara: precariedad, dependencia económica, precios prohibitivos de la vivienda, imposibilidad de planear un futuro (el que sea) en términos laborales o familiares... E incluso llega a identificar (sin nombrarlo muy explícitamente) al culpable: el sistema neoliberal amparado o apoyado por estados débiles o cómplices. Lo malo es que, ante estos problemas, la solución que parece ofrecer Ana Iris Simón es una vuelta al pasado, a un momento (por supuesto, mítico) en el que las cosas eran normales y funcionaban. Una vida sencilla, de pequeñas cosas e ideas firmes (nada líquido, nada fluido), que ve pasar las generaciones sin alterarse ni conmoverse.
 
Esta idea general tiene diversas aplicaciones, una de las cuales (y una de las más comentadas) se refiere al reparto de los roles de género. En Feria y en sus intervenciones posteriores, Ana Iris Simón defiende, al menos para sí misma, un retorno a los modelos de género tradicionales: dice que le gustaría ser "un poco mujer florero", o mejor dicho, "ama de casa", que querría ser madre y dedicarse al cuidado de los hijos; que los "hombres blandengues" son una plaga (y aunque su padre era muy niñero y cuidó de su hermano, ya se encarga ella de aclarar que a pesar de ello no era un blandengue sino un hombre de verdad), y que se debería fomentar la natalidad en vez de importarla (lo que es cuestionable también por otros motivos). Y aquí creo que hay que deshacer un equívoco, tal vez interesado: naturalmente que Ana Iris Simón tiene todo el derecho a querer ser madre y poder cuidar a sus hijos (de hecho esta es una demanda también de al menos una parte del feminismo actual), y claro que debería tener las condiciones sociales y materiales para poder desarrollar el modelo de vida que ella escoja. Lo problemático es proyectar, como se hace en Feria o en los discursos públicos posteriores, ese modelo como el ideal, el privilegiado o incluso el único válido, y el que debe ser protegido, alentado y estimulado por los poderes públicos, lo que se traduce, por ejemplo, en ayudas públicas a cierta natalidad, pero también en el retorno de la presión para que sea la mujer la que abandone (quiera o no) su carrera profesional para dedicarse a las tareas domésticas.

(Recordemos, por otra parte, algo evidente: que para muchas personas, en particular las que no se adaptan a modelos tradicionales, y significativamente para muchas mujeres, el pueblo y la familia pueden ser cárceles e infiernos, y no esa Arcadia feliz de la que Ana Iris Simón siente nostalgia. Recordemos también que en cierto momento el padre de la autora le dice que con diez años tuvo que ponerse a vendimiar, y que la autora lo minimiza con un "bueno, pero tú por lo menos pudiste tener hijos", porque no encaja con su discurso ni su idea motora. Recordemos, por último, que este idea de volver a la vida rural resistiendo el llamado de las grandes urbes y la globalización no coincide tampoco con la propia experiencia vital de la autora, pues ella sí salió del campo, estudió en la universidad, vivió en Madrid, y solo después de tener esas experiencias decidió que quería volver a Aranjuez, que tampoco es que sea Panzabajo del Archiduque).
 
Otra víctima del progreso (sic), además de los hombres-hombres y las mujeres-mujeres, es también España, o mejor dicho, la españolidad de España. Es muy significativo que una de las secciones del libro se titule "La pérdida de la excepcionalidad". Porque el progreso, en este caso sinónimo de europeización y globalización, ha traído consigo "el fin de España, del fin de la excepcionalidad", lo que viene a significar la aparición tanto de McDonalds como de autopistas y rotondas, que parecen ser igualmente despreciables. Y esa reflexión sobre España (sobre la necesidad de captar y recuperar su esencia, o también, metonímicamente, de "preservar la riqueza del castellano"), entronca con toda una línea de pensamiento nacionalista, uno de cuyos ejemplos, que ha dado lugar a muchos comentarios, es Ramiro Ledesma Ramos, que quería "quijotizar España" (como también lo quería Unamuno, pero la autora decidió no citarlo a él sino a un fascista redomado). Puede discutirse si la propia idea de España (o de nación, en general) es conservadora, y la figura del padre comunista de la narradora sirve para plantear esta pregunta; yo defiendo que si se basa en la identificación de esencias atemporales o en la defensa de la excepcionalidad frente al otro (o también en la promoción de la natalidad local en detrimento de la inmigración), sí lo es, como lo es la idea (que una vez más flota en el texto sin llegar a concretarse) de que la patria es una extensión de la familia, como elemento orgánico y vertebrador de la sociedad.

(El tema de la religión vamos a dejarlo, porque no todo cabe en una reseña; digamos simplemente que es otro de esos temas en los que Ana Iris Simón juega a la ambigüedad).


Feria más allá de Feria
Desde la publicación de Feria, el libro se ha convertido en centro de la polémica, en parte por el contenido del propio libro, pero más aún por la campaña promocional de un nutrido grupo de columnistas "de extremo centro", como el ya citado Juan Soto Ivars, pero también Daniel Bernabé, Víctor Lenore, Cristian Campos o Alberto Olmos (casi todos "señoros", por cierto), que la encumbraron como "aquella que dice las verdades incómodas", como Phoebe Buffay en un capítulo de Friends. Por contraposición, y como respuesta, una parte de la izquierda la identificó con el rojipardismo (una especie de obrerismo antiliberal) o incluso con un falangismo redivido
 
Creo, insisto, que tanto Feria como su autora son propagandistas de una visión conservadora del mundo, que identifica progreso con neoliberalismo y con individualismo, y por lo tanto con decadencia y pérdida de lazos sociales, y exige una vuelva a valores y formas de vida tradicionales, "naturales" (como si fueran orgánicas formas de vida que no pasan de ser construcciones sociales). Partiendo de los evidentes problemas actuales de la juventud, en vez de separar el grano de la paja e identificar los aspectos positivos de la ruptura con modelos sociales arcaicos (como la liberación de la mujer, la ruptura de estructuras sociales cerradas y patriarcales, la superación de la miseria material y cultural en la que vivía una buena parte de la sociedad española hasta hace dos días), Ana Iris Simón propone "tirar el bebé con el agua del baño" y volver precisamente a esos modelos, sin pensar (o sin importarle) en todos aquellos, y sobre todo aquellas, a los que esos mismos modelos oprimían y reprimían, y que en la mayoría de los casos no tuvieron, como ella, la oportunidad de experimentar lo que significa vivir una vida cool de chica universitaria joven en piso compartido en Malasaña. 
 
No sé si es prematuro acusar a Ana Iris Simón de rojipardismo, aunque la inconfundible mezcla de crítica social y discurso antiliberal (incluidas muy veladas críticas a la democracia) está presente en Feria. Lo que está claro es que algunos de sus mensajes han sido fácil y felizmente adoptados por la derecha conservadora (como el caso del cheque bebé de Ayuso, dirigido a madres jóvenes residentes en Madrid desde al menos 10 años, o sea, a anairisimones) y por la extrema derecha, como demuestra el guiño de Santiago Abascal en el Congreso. Y que Ana Iris Simón ha estado muchísimo más preocupada por defenderse de las críticas de la izquierda, que en desmarcarse mínimamente de esos guiños de la (extrema) derecha. Y eso no puede ser casualidad.

domingo, 17 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #7: La muerte del padYO, YO, YO, YO de Karl Ove Náusea

Idioma original: noruego
Título original: Min Kamp
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: Se deja leer... perdón, quiero decir, se deja de leer

Un escritor noruego con pinta de rockero contándonos su vida y milagros: así a priori no suena mal. ¿Cuál será esa terrible "lucha" que da título a la muchología que se ha cascado el bueno de Knausgard (con circulito encima de la segunda a)? ¿Será la lucha contra el alcohol, la lucha contra la muerte, la lucha contra la injusticia, la lucha contra la imposibilidad del lenguaje por expresar la realidad en toda su compleja belleza? Pues no, por lo menos en mi caso ha sido la lucha contra el aburrimiento; y ha ganado el aburrimiento.

Se ha dicho que esta obra es proustiana, y está claro que es lo que el autor quería que se dijera. Solo le ha faltado incluid una escena de la magdalena (o el muffin, si se quiere actualizar la cosa) en los primeros capítulos para que el paralelismo esté completo. Solo que Proust es mucho Proust, y no es solo que nos cuenta su vida en un estilo impecable, sino que lo hace con ironía, con delicadeza, con profundidad, con gracia.

Y en el caso de Karl Ove Náusea... digoooo... Knausgard, en fin, veamos: la cosa no empieza mal, porque se nos presenta un doble plano, el del escritor que bloqueado intenta escribir una novela y ser un buen padre al mismo tiempo (esas páginas son de las mejores del libro, sinceramente, por la crudeza con la que describe el rechazo que puede llegar a sentir por sus hijos), y por otro lado el plano de las memorias adolescentes, del descubrimiento del alcohol y el sexo, de las primeras rebeldías, y por supuesto de la figura de un padre distante, exigente y poco afectuoso (y también aquí hay buenas páginas, en las que se describe el miedo y la vergüenza que provoca en el joven futuro-escritor la mera presencia del padre en la casa).

Solo que después pasan las páginas y las páginas y las páginas... (¡y este es solo el primer volumen de la serie!) y se cuenta cada detalle de la vida de un adolescente que no es demasiado distinta de la vida del 99% de los adolescentes... Aquí bebe una cerveza (¡y se emborracha!), aquí se toma un té ("Mmmmmmh", sic), aquí ensaya con unos amigos, aquí toca una teta (¡ooooooh!), y cualquier asomo de trama interesante o de conflicto se ve sepultada por una apoteosis del egocentrismo que no es solo que no me haya gustado: es que ha llegado a ponerme de muy mala hostia. Todo es yo, yo, yo, yo... ¿Y a mí qué me importa, querido Karl Ove? ¿Qué leches me importa todo esto? ¿Por qué debería dedicar mi tiempo a leerlo, me quieres explicar?

Así que, llegada la página 150 (menos de la mitad del primer volumen), decidí dejarlo. Porque hay mucho que leer en esta vida, y las pajas (mentales y físicas) de este señor no me interesan lo más mínimo. Y menos sabiendo que son seis novelas de unas trescientas y pico páginas cada una. Claro, sé que hay gente a la que le ha gustado mucho este libro, y bien por ellos, si lo han disfrutado; y también sé que habrá quien diga: "¡Pues no es nada fácil escribir un libro así!" No, no será fácil, seguro que no, yo por ejemplo no sería capaz. Pero eso no quiere decir que tenga que interesarme.

Otra cosa es que el debate que ha provocado, sobre los límites de la autoficción y el derecho a la intimidad de las personas involucradas; el debate no es nuevo ni mucho menos, pero no está del todo bien resuelto, sobre todo ahora que es tan habitual que los escritores se transformen en el tema de sus propias obras. ¿Hasta qué punto puede un autor permitirse contar intimidades (desde lo erótico a lo sentimental, pasando por lo escatológico) de personas que no han dado su consentimiento para que lo haga? ¿Y si esas personas han muerto y no pueden dar su consentimiento? La respuesta idealista es que el arte está por encima de la ley, o mejor dicho, que es un terreno distinto al regido por las leyes civiles; pero esta respuesta tan bonita no satisfará mucho a las personas cuyas infidelidades, vicios y bajezas se aireen en público...

But I digress.

En una de las últimas páginas que leí del libro, un amigo le dice al autor algo así como: "Tienes que escribir sobre algo, Karl Ove, escribe sobre algo". Eso mismo le diría yo: "escribe sobre algo, por dios, Karl Ove; sobre algo que no seas tú mismo, quiero decir..."

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que lloverUn hombre enamoradoFinLa importancia de la novela
La primera reseña de 'La muerte del padre'Aquí

miércoles, 13 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #3, Groucho Marx: Groucho y yo

Idioma original: inglés
Título original: Groucho and me
Año de publicación: 1959
Traducción: Xavier Ortega
Valoración: recomendable

A ver... este libro me tiene muy despistado; por más que lo intento no encuentro la parte donde se habla del materialismo hformación o y el dialéctico... voy a tener que mirar en El Capital...
¿Cómo? ¿Qué hacer gracietas sobre la coincidencia de apellidos entre los distintos Marx suena más viejuno que las hazañas amatorias de Sánchez-Dragó? Bueno, ya lo sé, pero a ver quién se resiste... dejando aparte que proporciona uno de los mejores momentos de este libro: cuando su agente de bolsa llamó al autor (que había invertido todo su dinero en acciones), durante el crack del 29 y le espetó: "Marx, la broma ha terminado".

Bueno, dejémonos de bromas -o mejor no, en este caso-: Groucho y yo es, como el propio título indica, la autobiografía de Julius Henry Marx, nacido en 1890 en Yorkville, en el Upper East Side de Nueva York y hermano de Harpo, Chico, Zeppo y Gummo (casi nada). Quizás sí que fueran, después de todo, parientes delninsigne Karl, porque los padres de los cinco angelitos eran judíos alemanes -alsaciano el padre; el peor satre del vecindario, según Groucho, pero gran cocinero-; la vena actoral les venía por parte de los abuelos maternos. Groucho se crió pues en un ambiente con pocos medios económicos pero frecuentado por personajes a cual más pintoresco -no sólo parientes, sino vecinos y amigos-, recordado aquí con una benevolencia quizá más fundada en la nostálgia que en la realidad... Lo que no significa, en ningún caso, que estas memorias guarden un tono cursi  o gazmoño; nada más lejos de lo que es este libro: como bien se puede suponer, una corriente de humor irónico y tronchante (aunque menos desaforado que en el otro libro de ¿memorias? escrito por Groucho, Memorias de un amante sarnoso). De hecho, no hay más que echarle un vistazo a los títulos de algunos capítulos, para adivinar por dónde va la cosa: ¿Por qué escribir cuando uno puede telegrafiar sus pullas?; Mi juventud: puedes quedarte con ella; Un sencillo caso de auto-erotismo -no es lo que parece-; Ricos es mejor; ¿Por qué lo  llaman amor cuando quieren decir sexo? -¿alguien se preguntaba de dónde viene la frase?-... y el último, que hace referencia al programa de televisión en el que acabó su carrera Groucho: Apueste mi vida.

No piense nadie, sin embargo, que esta autobiografía es una simple acumulación de anécdotas graciosas, ocurrencias y frases ingeniosas. Las hay por todas partes, por supuesto... ¡estamos hablando de Groucho Marx!, pero ya digo que el libro suponen unas memorias en toda regla: Julius/Groucho repasa su humilde infancia y adolescencia, sus primeros pasos en el teatro -componente de un trío de adolescentes travestidos o limpiador de pelucas-, las giras por teatros de pequeñas ciudades, alojándose en pensiones de mala muerte -las únicas que admitían actores-... el éxito final en Broadway, labfortuna...y la pérdida de ésta, ya digo, en el crack de 1929. La fama internacional gracias a las películas, los chismorreos de Hollywood, la renovada celebridad en los 50, gracias a la radion y la televisión (el mítico programa Apueste su vida). El relato de toda una vida, bien regado de un sinfín de sabrosas anécdotas (sin olvidar alguna que otra diatriba contra los críticos), pero que en ningún momento pierde el hilo y demuestra unas dotes más que notables como escritor de Groucho, pese a los reiterados recordatorios de éste acerca de su deficitaria -voluntariamente, en gran medida- formación.

Lo que más llama la atención de estas memorias, sin embargo, no es su carácter testimonial sobre una época y ambiente determinados, o sobre unos personajes peculiares. Ni la evidente brillantez humorística, sino la humilde naturalidad, la modestia sobre sí mismo -y que no parece falsa, desde luego- que muestra su autor. Groucho habla maravillas -aunque sin obviar cierta amable ironía- de muchas personas con las que se cruza (como el productor Irving Thalberg, a quien los Marx hacían todo tipo de barrabadadas), de su familia, de sus hermanos (sobre todo de Chico, al que tilda de genio de las matemáticas... quizá por ser un empedernido jugador, y de Harpo, que presenta como un dechado de virtudes, amabilidad y sensatez)... mientras que él mismo parece ser más un tipo con suerte y desfachatez que el inteligente y genial humorista que sin duda fue. Un libro éste, pues, absolutamente recomendable para conocer a un personaje irrepetible y entrañable, que rebosaba humanidad, más allá de sus icónicas gafas y puro y su bigote pintado con betún.

domingo, 15 de octubre de 2017

Steven Patrick Morrissey: Autobiografía

Idioma original: inglés
Título original: Autobiography
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer


Está bastante claro por qué uno lee una autobiografía: morbo y cotilleos al margen, casi siempre porque se considera interesante lo que determinado personaje ha hecho, su obra, y a veces también su vida. En mi caso, la trayectoria musical de Morrissey, especialmente en su primera parte, figura en la zona más alta de mis preferencias, y el caballero en cuestión parecía presentar peculiaridades que me movían a la curiosidad. Por si alguien no lo sabe todavía, Morrissey –como así se le conoce, a secas- fue el vocalista y letrista del grupo británico The Smiths, que lo petó allá por los años 80 del siglo pasado, ese intenso periodo en el que muchas joyas de la música coexistieron con una cantidad nada desdeñable de basura acústica. Si no me equivoco, editaron cuatro discos de estudio en otros tantos años, además de varios recopilatorios, de los que ‘Hatful of hollow’ (para mí, el mejor) tiene una reseña publicada hoy mismo en el elegante blog Un disco a la semana. A partir de ahí inició una carrera en solitario, ya más bien crooner y que he seguido con menos entusiasmo, aunque también está a buen nivel.

Aparte de por qué leer una autobiografía, la otra gran cuestión es por qué se escribe una autobiografía. Las posibles respuestas serían: a) Por dinero b) Porque alguien considera que su vida es muy interesante c) Para ajustar cuentas. Al final de esta reseña quizá tengamos una idea clara de la que en este caso es la respuesta correcta.

Morrissey es el hijo menor de la típica familia numerosa irlandesa emigrada a Manchester, donde nació Steven. Sin ningún preámbulo entramos en su infancia y adolescencia, entre viejas casas, pesadumbre y gente desnortada, en una ciudad cubierta por una ‘nube de amargura’. Casi todo el primer cuarto del libro se centra en la aterradora experiencia escolar: Morrissey despacha mandobles con saña, página tras página, hacia aquellos profesores –con nombres propios- que en su día dedicaban a sus alumnos castigos físicos continuos, pero sobre todo desprecio y hostilidad sin límites. Esta crítica al sistema educativo, feroz y cargada de rencor visceral, es bastante frecuente en Inglaterra (en el ámbito musical, véase el famoso ‘Another Brick in the Wall’, de Pink Floyd), lo que resulta muy significativo. Llegado a los 14 o 15 años, Morrissey parece estar ya en el límite (‘seguramente soy parte de un experimento científico de aguante, o una broma de Dios’), y la música es la única e improbable luz que cree descubrir.

No se puede decir que Moz se haya esmerado mucho en contarnos su entrada en el mundo de la música y la creación de los Smiths. Todavía menor de edad, empieza a quedar fascinado por sucesivos artistas y bandas (Bowie, Patti Smith, sobre todo los New York Dolls), y un breve contacto con un músico le conduce, casi por casualidad, a conectar con Johnny Marr. De ahí a los Smiths, los conciertos y el inicio del éxito van poquitas páginas, y habrá que esperar a más adelante para encontrar algún comentario sobre aquellas experiencias iniciales.

Todo el texto es una especie de avalancha de recuerdos o más bien sensaciones sin interrupción, y a veces parece la letra de una canción interminable. Apenas encontramos algún que otro punto y aparte –generalmente, colocados sin mucho sentido- y desde luego ningún apartado, capítulo o epígrafe que ordene un poco el relato. Se diría que el autor va soltando ideas como si estuviera bajo hipnosis, y el estilo tampoco ayuda en absoluto, es un tono a veces adolescente, intenso y metafórico, cargado de una ironía amarga, y a ratos tan confuso que uno renuncia a entender del todo ciertas frases. Tampoco la traducción da la sensación de ser capaz de dominar esa prosa encrespada, que a veces quiere ser poética y otras se regodea en el lodazal. Vamos, que no es una lectura de la que se disfrute precisamente, y hay que ir extrayendo las ideas con paciencia si queremos progresar.

Sorprende también no encontrarnos los elementos habituales en la biografía de gente de la música: poco sexo (o casi nada), alcohol a cuentagotas (casi literalmente) y nada en absoluto de drogas. No sé si Morrissey se lo salta porque no lo considera interesante, o simplemente porque hay poco o nada de todo eso (difícil de creer, pero podría ser), pero hay que decir que tampoco se echa de menos exactamente. Eso de las juventudes edificadas sobre el perico, las orgías y el whisky, está muy visto y a nadie escandaliza ya.

La posición del músico mancuniano es siempre crítica con casi todo lo que le rodea, pese a ser ya algo parecido a una estrella y los Smiths un grupo reconocido y relativamente vendedor. Las tortas se reparten por igual hacia su discográfica Rough Trade, críticos musicales y emisoras de radio, sin que se libren sus propios compañeros de banda, incluido el genial Marr. De manera que la irritación y hostilidad que parecían justificarse en un jovenzuelo inadapatado no sólo se mantienen, sino que se incrementan. Y así, la disolución de los Smiths, envuelta en un considerable mal rollo, termina años después en un juicio al que dedica ¡50 páginas! de hiel y furia incontrolable.

Su carrera en solitario tampoco consigue frenar del todo el ímpetu destructivo, y hasta que llegamos a las últimas páginas no encontramos un ápice de alegría, casi ni un brote de simpatía, de afecto, ninguna sensación positiva. Es una retahíla de reproches, tonos desabridos, chistes ácidos, resentimiento contra todo y contra todos, conjunto tampoco muy entendible en un tipo que ha triunfado. Vamos, que ya tenemos clara la respuesta a la cuestión inicial sobre el porqué del libro. Movido por la paranoia y el victimismo, Morrissey es, en sus propias palabras, un tipo ‘intolerablemente egocéntrico e impostadamente depresivo’. Bueno, al menos es sincero. Y, por decirlo todo, terminando el libro parece colarse en su vida una brizna de satisfacción a la vista de la gente que acude a sus conciertos, de forma que nuestro músico parece haber encontrado algo de paz espiritual.

Pero, claro, esto es una autobiografía y, aunque no esté realmente muy bien escrita ni disfrutemos casi nada de la lectura (parece escrita a la carrera, quizá no muy bien traducida y más bien mal editada), resulta que consigue plenamente el objetivo, no sé si del autor, pero sí del género: retratar con fidelidad al personaje. De manera que tenemos una descripción, cruda y seguramente veraz, de un tipo que parece permanentemente infeliz. O tal vez todo se resuma en aquella frase que cantaba en la maravillosa 'How soon is now?':

'I am human and I need to be loved'

sábado, 16 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #6, Peggy Guggenheim: Una vida para el arte

Idioma original: inglés
Título original: Out of This Century
Traducción: Clara Gabarrocas
Año de publicación: 1.979
Valoración: Recomendable (muy recomendable para interesados en el mundo artístico de la época)



Hoy en día el apellido Guggenheim suena a titanio, Frank Gehry y turistas en Bilbao. Pero no siempre fue así. Los Guggenheim fueron una de esas familias judías que amasaron una inmensa fortuna en América y, entre ellos, a Solomon le dio por el arte, hasta que reunió una fantástica colección y fundó el museo neoyorkino que lleva su nombre, del que el de Bilbao es una especie de franquicia (buf, qué mal suena eso).

Los miembros del clan combinaban los negocios con diversas excentricidades. Peggy, sobrina del citado –o sobrina-nieta, no sé-, perteneció a una de las ramas menos favorecidas de la familia, y aun así nadaba en dinero. Con mucha viruta para gastar y tiempo de ocio ilimitado, la señorita Guggenheim pronto se aburrió de la vida convencional, y sacó a pasear una larga lista de ocurrencias, al tiempo que coleccionaba otra nómina, aún más extensa y variopinta, de maridos y amantes. Una idea de las extravagancias la da esta anécdota en un viaje por Egipto: "para pasar el tiempo compré una cabra embarazada con la esperanza de verla parir". Y al respecto de sus parejas, la lista es tan amplia que define toda una forma de vivir. 

A base muchas fiestas y viajecitos por la Europa glamourosa de las primeras décadas del siglo XX, acabó Marguerite (que así se llamaba en realidad, por mucha rabia que le diese) por entrar en contacto con los ambientes bohemios de la época. Diversión, desenfreno y gasto desbocado eran los elementos que condujeron esta envidiable vida hacia el coleccionismo y el mecenazgo. A veces bajo el consejo de una mano sabia (Duchamp sobre todos los demás), y otras veces por pura casualidad, los artistas acababan contactando con Peggy, y la relación pronto daba buenos resultados, bien en la cama, bien en el mercado del arte, o en ambos a la vez.

Así que, casi sin pretenderlo, la autora empieza a comprar arte contemporáneo y a formar una colección que adquiere una magnitud sobresaliente. Porque esta mujer, inteligente y vivaz, parecía tener un sexto sentido, un don para distinguir obras valiosas entre muchas otras.  Y así, lo que empezó como un capricho de ricachona aburrida, terminó por ser no sólo una profesión, sino un estilo de vida. Todo ello llevado a cabo cuando por las obras todavía se pagaban sumas digamos normales, 'antes de que el mundo del arte se convirtiera en un mercado de inversión'. A eso se llama clarividencia, y eso que la buena señora no podía prever la locura que vendría en las décadas posteriores.

La narración mantiene un tono desenfadado y directo, empapado de buenas dosis de ironía, y puede recorrerse en diversos niveles. Podemos leerlo simplemente como la amplísima acumulación de anécdotas personales que es en realidad, un divertimento basado en la vida, extravagante y un punto (o varios) escandalosa, de una señora rica. Desde otra perspectiva, es la historia de una mujer rompedora que siempre se consideró libre y que –ciertamente sustentada por su enorme patrimonio, que el dinero lo aguanta casi todo- tuvo narices para saltarse sin miramientos cualquier tipo de normas convencionales.

Pero personalmente me interesa por encima de todo lo que el libro tiene de crónica del mundo artístico europeo y norteamericano en las primeras décadas del siglo XX, aspecto que empieza a despuntar pasado el primer tercio del relato. Si las Soirées de Paris del conde Beaumont fueron el gran aglutinador de la vida artística de Francia y de media Europa, la Guggenheim fue al mismo tiempo mecenas y descubridora de numerosos artistas plásticos, fundó varias galerías entre las que destacó la famosa Art of this Century, puso en el mapa internacional el entonces incipiente expresionismo abstracto (aunque sobre eso hay otras opiniones), apoyó y dio a conocer a numerosos artistas y, en definitiva contribuyó, entre fiestas, flirteos y derroches, a dinamizar el ambiente cultural a ambos lados del Atlántico.

Todo esto nos lo va contando, paso a paso, en un relato construido de forma sencilla, donde van surgiendo uno tras otro artistas de toda condición, desde Joyce y Beckett hasta John Cage o Yoko Ono, pasando por todos los nombres de artistas plásticos de la época que podamos imaginar. Entre ellos vivió y con ellos trabajó y se divirtió nuestra sorprendente dama, que fue para muchos (Pollock por encima de todos) apoyo fundamental en una época de creatividad apasionante. 

Hasta muy cerca del final vivió en su palacio de Venecia, la ciudad que le enamoró desde su juventud, y donde se le llamaba 'la dogaresa'. Allí permanece su extraordinaria colección, una de las más importantes del mundo. Sus cuadros, lo mismo que los objetos que cualquiera conserva tras muchos años, guardan cada uno trozos de la vida de su antigua dueña. 

jueves, 14 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #4: Carmen Martín Gaite: El cuarto de atrás

Idioma original: español
Año de publicación: 1978
Valoración: Está bien

En cierto punto de su trayectoria, C. M. Gaite sintió la necesidad de cultivar el género fantástico y dio alas a una imaginación vinculada estrechamente a sus memorias de infancia y juventud. De todo ello resulta este texto híbrido, compuesto de visitas al pasado y alguna alusión al presente, en el marco de un ambiente alucinado, irreal, como una pesadilla amable, si eso fuese posible. La autora da rienda suelta a esos recuerdos que  “viven agazapados en el cuarto de atrás”, según dice. Dichos recuerdos atañen a su faceta personal y, como no podría ser de otra manera, también a la literaria. Por sus palabras y escritos, sabemos que, antes que nada, le importaban las personas, y es valiéndose de ellas –sean reales o producto de su fantasía –como logra construir este mosaico. Un conjunto de retazos que, en aparente desorden, incluye anotaciones para obras futuras, proyectos más o menos olvidados, sucedidos entrañables de su infancia y juventud difuminados unas veces, otras eternamente vivos, sabrosas anécdotas que desarrolla con la naturalidad que le caracteriza, episodios fosilizados por el tiempo y experiencias que hicieron de ella lo que llegó a ser. Desde el pasivo y subordinado rol de las mujeres durante la postguerra española que le indujo a rebelarse y tomar las riendas de su vida, la utilización del pasado como propaganda, la rancia y poco estimulante figura del dictador, el futuro que se intuía con su fallecimiento hasta el onírico refugio que inventó siendo adolescente. Sin olvidar casas y objetos. Todo un mundo y unas pautas de conducta cuyo recuerdo le llenaba de nostalgia por mucho que le alegrara haber dejado atrás.
Desde un principio, como anunciando lo que vendrá después, Gaite declara que vendería su alma al diablo con tal de revivir ciertas sensaciones de su infancia. Contempla un supuesto grabado en el que:
“Se ve a un hombre de pelo y ojos muy negros incorporado sobre el codo izquierdo dentro de una cama con dosel... apunta hacia la segunda figura que aparece en el grabado. Se trata de un personaje desnudo y, a excepción de la cornea del ojo, totalmente negro: negra la piel del cuerpo, negro el pelo rizoso, negras las orejas puntiagudas, negros los cuernos, negras las dos grandes alas que le respaldan… Debajo dice: “Conferencia de Lutero con el diablo”, y esta leyenda me ayuda a escapar del sortilegio que la habitación pintada empezaba a ejercer sobre mí…”
Y el diablo, trasunto de Mefistófeles, aparece por fin vestido de negro y se cuela en ese cuarto que le sirve de refugio. La fantasía, el misterio que la Carmen-personaje añora, que según confiesa tiene intención de cultivar, a cuyos preludios materializados en el misterioso personaje de la playa acabamos de asistir cobra por fin vida. Desde su llegada, lo equívoco, lo inquietante, lo impenetrable y oscuro se adueña del texto. A la ambigua personalidad del recién llegado se añade un algo indefinido que lo abarca todo: el tipo de relación que se establece entre ambos, lo que dura la visita (pues a través de sutiles cambios en la escenografía percibimos algunos saltos temporales), la proporción de sueño y vigilia, la intención de la narradora, la expectativa de adónde conducirá todo esto. Pero en un punto concreto el visitante se vuelve demasiado humano, alguien le reclama por teléfono, se aportan datos inequívocamente realistas. Con ello se reduce el difícil equilibrio establecido entre tantos y tan diversos factores y, con él, el interés del lector.
A lo que falta le llamaría la coherencia de lo incoherente. La integración de las partes en un todo no acaba de producirse y eso disminuye en gran parte el efecto que producen los hallazgos.

También de Carmen Martín Gaite: Irse de casa, Nubosidad variable, Entre visillos

lunes, 20 de diciembre de 2021

2021: No nos lo hemos leído todo, pero... (antiguamente conocido como Lo mejor del año)

Lo que ha leído Juan:


Koldo TOP 10 Leído en 2021 + 2 Relecturas

Mención de honor para la parte fotográfica de Vale un Potosí de Miquel Dewever-Plana e Isabelle Fougere. Dicho esto:
 
10. Humo de José Ovejero
9. No es un río, de Selva Almada
8. Simpatía de Rodrigo Blanco Calderón
7. Alguien camina sobre tu tumba de Mariana Enríquez
6. Caracas muerde de Héctor Torres
5. La canción de NOF4 de Raúl Quinto 
4. Contra vosotros de Mercedes Soriano
3. La última niebla / La amortajada de María Luisa Bombal
2. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (Juan: no te reto a duelo porque en el fondo te tengo cariño)
1. Los galgos, los galgos de Sara Gallardo

Las dos mejores relecturas del año: Caballos desbocados de Yukio Mishima y Ampliación del campo de batalla de Michel Houellebecq.
 
Actualización de última hora: La Capilla Sixtina. Relato de una obra maestra

Montuenga:

Lo mejor que he leído este año:

Ficción:


No ficción:

Y lo peor:

Ficción:

  • Novela decepcionante de autor prestigioso: Muerte de Sevilla en Madrid de Alfredo Bryce Echenique.
  • Volumen de relatos que abandoné por indigesto para la mentalidad actual: Pájaros de fuego de Anaïs Nin.
  • Texto de auto ficción más anodino: El sistema del tacto de Alejandra Costamagna.

No ficción:

  • El más flojo e inconexo (Sin género definido): Devoción de Patti Smith.
  • Un testamento vital decepcionante: Gratitud de Oliver Sacks.
  • Biografía peor documentada: La virgen roja de Fernando Arrabal.
  • Autobiografía más tópica y repetitiva: El lugar de Annie Ernaux.

Carlos Bookboard 2021:
Como siempre, y como es bien lógico, ha habido algunas cosas algo decepcionantes, pero para qué darles más publicidad. Bastante tienen con haberles hecho un hueco.


Marc Peig:


Oriol Vigil:


Beatriz Garza:


Francesc Bon:

Otro año en que defraudo hasta mis peores expectativas, leyendo poco, tarde y mal. O a lo mejor es la cosa esta del mercado, vendiendo la moto de modo tan constante y repetitivo, que me refugio en lo conocido, temeroso del fulgor que desprenden los actos promocionales y las fajas. 
Así que:
  • Libro del año - por su modestia y por su panorámico alcance casi involuntario: Anna Ajmátova, de Eduardo Jordá - o como cubrirlo todo - ficción, historia, crónica, crítica, poesía - en unas cuantas páginas. 
  • Medalla de plata, ex aequo Rafa Lahuerta Yúfera: Noruega, o cómo gestionar el aire nostálgico con elegancia y sin sonarse los mocos. Y un 10 absoluto por su enorme valentía. Y Jordi Amat: El hijo del chófer que, aparte del orgullo intrínseco de mostrarse contestatario con el statu-quo, es un inmenso ejercicio de periodismo crítico, que empezaba a parecer un oxímoron.
  • Pelotón - demasiados y demasiado dispersos, algún ensayo muy disfrutable en su momento, pero algo ligero y, por lo tanto, no siempre memorables como para fortalecer las convicciones, así que me ahorro las menciones, perdonen los afectados.
  • Rezagados - un nutrido grupo de lecturas para cubrir el expediente, que incluyen alguna tenue decepción: Revancha tampoco es la obra de madurez de Kiko Amat, El teatro de Sabbath me tuvo demasiadas páginas preguntando por Zuckerman, y sigo sin comprender como, al margen del voyeurismo social, se ensalza tanto el valor de Valle inquietante o de Mi año de descanso y relajación, que me parecieron, ambas retratos de una sociedad o de un mundo ajeno y casi elitista.
  • Descalificado por tramposo (y por pesado) - Casi que voy a tirar la toalla con Javier  Cercas, que en Independencia demuestra que está tan obstinado en usar sus libros para restregarnos sus rancias quejas ideológicas que se ha olvidado de interesar a sus lectores, gustarles o aportar algo relevante. Así que le enseño amablemente la puerta de salida. Adeu siau.
  • Propósitos para 2022: más tiempo para alternar re-lecturas (no reseñables, ay) con algo que mitigue mi encasillamiento.

Santi (que ha leído este año menos que nunca pero aun así no ha ido mal):

Tres textos autobiográficos imprescindibles:

Cuatro novelas sobre la memoria (individual o colectiva):
 
Tres libros que te reconcilian con el mundo y con la humanidad
 
Cuatro libros de terror

Un clásico que tenía pendiente: La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. LeGuin
 
Un libro que leí porque, en fin, alguien tenía que hacerlo: Feria de Ana Iris Simón

También leí pero no me animé a reseñar: Tú también vencerás, de Jose||González; Días de euforia, de Pilar Fraile; Causas naturales, de Claudia Hernández.



NOTA FINAL:
Queridos lectores: podéis enviar vuestras listas al correo del blog: unlibroaldia@gmail.com. A finales de enero publicaremos una entrada con todos vuestros correos (indicad, por favor, si se puede mencionar vuestro nombre al publicarla).