miércoles, 1 de diciembre de 2021

Tochoweek V #3: Jaume Cabré: Yo confieso

 Idioma original: catalán

Año de publicación: 2011

Título original: Jo confesso

Valoración: Casi imprescindible 



Admiro la figura de esos escritores cuyo objetivo es explicarse a sí mismos (y a los demás, de paso) y para ello construyen un mundo propio, que acaba siendo un territorio confortable donde el lector se instala durante un periodo de su vida. O no tan confortable, porque las preguntas incómodas, la obsesión por analizar causas y efectos, de observar el lado oscuro de la realidad nos puede amargar más de una cena. Lo peor –o lo mejor, según se mire– es que cada vez escasean más estos creadores tan aguafiestas que se empeñan en buscar tres pies al gato hurgando en lo más hondo de nuestra forma de ser y de relacionarnos.

Acabo de terminar esta novela y les confieso que todavía estoy flotando entre el mundo real y el que allí se describe. Pero ¿qué es la realidad? Habrá que preguntarse si Cabré ha escrito una novela realista. Es un hecho que disecciona sin medias tintas la realidad de todos los tiempos, por tanto el contenido lo es sin ninguna duda. No lo son, en cambio, sus procedimientos, o no todos, y con esto me refiero a esos saltos espacio-temporales que afectan, no solo a la trama sino también ¡atención! al desenlace. Aunque el desenlace realista es anterior –ya hemos visto cómo acaba el protagonista– las últimas páginas son una pirueta estilística, un magnífico alarde de virtuosismo y, quizá, la insinuación de un silenciamiento preventivo, pero esto último no queda claro del todo. Y no puedo decir más, lo entenderán cuando estén a punto de concluir tantas páginas apasionantes (mil nada menos en números redondos) que, como en cualquier novelón que se precie, parecen demasiadas hasta que notamos que los personajes se han convertido en nuestra sombra. El autor lo explica refiriéndolo a la botella de Klein, teoría de un matemático alemán que no tiene relación con el argumento propiamente dicho, sino con su aspecto más literario, también con la idea, subyacente en todo el texto, de que la maldad humana es una corriente que atraviesa la historia y se repite a lo largo de los siglos aunque se oculte o se disfrace de acciones altruistas.

Y es que el mal es la gran obsesión de Adrià Ardevol (Jaume Cabré mediante) y por tanto el asunto central de la novela. Aunque, como en cualquier ficción larga, compleja y con análisis profundos, repasa los aspectos que nos conciernen a todos. ¿Cuántos filántropos conocidos se han hecho millonarios gracias a sus supuestas buenas acciones? Preguntas que surgen según vamos leyendo. Respuestas no hay, tal como el propio autor reconoce cuando habla de esta obra, pero ni falta que nos hace, las conclusiones ya las sacamos nosotros. Si además lo hacen disfrutando tanto como yo, a pesar de su dificultad de fondo y forma, la lectura será un largo y apasionante viaje a través de la Historia y las historias. Prepárense pues y, por si acaso, abróchense los cinturones.

El grueso del relato, o su línea principal, está escrito en segunda persona, ya que se trata de una carta, extensísima y muy densa, dirigida a uno de los personajes más relevantes, (no diré a quién porque este es un dato que no conoceremos hasta bien avanzada la narración). Pero esa línea se quiebra con abundantes interrupciones en tercera persona que narran hechos ambientados en épocas pasadas, algunas remotísimas. Se incluye también una supuesta transcripción de documentos, además de ese añadido final post-mortem (o su equivalente) en cursiva, y también en tercera persona, que trastoca casi todo lo que hasta entonces considerábamos inamovible. Y a pesar de toda esa minuciosidad quedan muchas preguntas en el aire (esa criatura que perdió Sara y cuyo retrato aparece por casualidad cuando ya queda poco que decir). Puede, incluso, que al cerrar el libro lo que nos quede sean más incertidumbres que certezas, pero en absoluto se debe a desaliño sino a una forma de narrar escrupulosamente calculada que imita a la vida lo más fielmente posible.

Tantas líneas argumentales y, sobre todo, tanto avance y retroceso por la historia, tal cantidad de personajes, personajes tan vivos, tantos argumentos y escenarios distintos, tanta erudición tienen, entre otros, un propósito meta-literario interesante pero supone un esfuerzo por parte del lector. Así que no esperen una lectura cómoda, aunque sí acción trepidante que engancha, una conexión entre sucesos a muchos años vista que da fe de que el ser humano es cómo es, tanto en sus facetas más perversas y egoístas como en las más generosas y heroicas, que así ha sido siempre y seguirá siéndolo. Maldad y bondad, perversidad e inocencia. En la Edad Media, en la época nazi, en la actualidad, entre eclesiásticos, políticos y gente de a pie, pobres y potentados, cultivados y analfabetos. Nadie se salva. Y en este caso, el mal se ejerce, no como parte de una larga cadena, sino a conciencia, por parte de personas con nombre propio (o con varios porque algunos tienen que esconderse y esto complica aún más el rompecabezas). Cabré no parece estar de acuerdo con la teoría de Hanna Arendt, aquí todos actúan por decisión personal, no son el eslabón de una cadena (eslabón cuyo objetivo fundamental era en apariencia mantener su posición social), tienen conexión directa con los crímenes o las desgracias personales, no parece haber banalidad ni obediencia debida. En definitiva, ninguno de esos sinvergüenzas es Eichmann -por más que la inocencia de este sea también más que discutible-, y aunque se consiga eludir a la justicia, las responsabilidades están claras, también los motivos, que se reducen a uno solo: la codicia entendida en su sentido más amplio.

«… pasamos a la banalidad del mal, porque hacía poco que había leído yo ávidamente a Arendt y me rondaban por la cabeza unas cuantas cosas a las que no sabía dar salida. “¿Por qué te preocupa?” – dijo Bernat. “Si el mal puede ser gratuito, estamos apañados”. “No entiendo”. “Si yo puedo hacer daño porque sí y no pasa nada, la humanidad no tiene futuro”. “Te refieres al crimen sin motivo, sin más ni más”. “Un crimen sin más ni más es la cosa más inhumana que puedas imaginarte. Veo a un hombre esperando el autobús y lo mato. Horrible”.»

Adrià Ardevol es un reconocido erudito cuya asombrosa capacidad intelectual le aporta tantas satisfacciones como fracasos. Conforme al tópico, carece de sentido práctico y está poco preparado para una vida convencional. Hijo único (sus padres, diseñados con esmero, no dejan huella solo en él), exclusivo en la amistad (un solo colega y para toda la vida) y en el amor (¿real o idealizado?) como el hombre concentrado en sí mismo que es, triunfa profesionalmente sin apenas esfuerzo y dedicándose a lo que le apasiona, pero no ha logrado el afecto que cree merecer. O no ha sabido valorarlo cuando lo tuvo y lo ha sobrevalorado cuando era más que discutible. Cada lector juzgará por sí mismo pero, repito, la partida no está jugada hasta que no sale la última carta, o la última página en este caso.

“En la residencia de Collserola, cerca de mi querida Barcelona, cuidarán de mi cuerpo cuando me haya ido a un mundo que no sé si es de tinieblas. Me aseguran que no echaré de menos la lectura. No deja de ser irónico que me haya pasado la vida procurando ser consciente de los pasos que daba, toda la vida cargando con mis culpas, que son muchas, y las de toda la humanidad, y al final me iré sin saber que me voy. Adiós, Adrià. Me lo digo ahora, por si acaso.”

Reflexionar mientras leemos es inevitable en un texto tan meditado, e inspirado en autores tan ilustres como Arendt, Isaiah Berlin, que aparece como un personaje más en algunos episodios, o Primo Levi –a veces citados de forma no explícita– pero además, e independientemente de la técnica que es original e impecable, el relato nos toca en lo más hondo. Por todo ello me parece que Yo confieso forma parte del contado número de novelas que merece la pena releer.

 

Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

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