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viernes, 16 de noviembre de 2012

Primo Levi: Si esto es un hombre

Idioma original: italiano
Título original: Se questo è un uomo
Año de publicación: 1947-1958
Valoración: Imprescindible

Hace unos días, a cuenta de la reseña de Liquidación de Kertész (quien poco después anunció que abandona la escritura; espero que no sea por culpa de nuestra reseña), hablaba en Twitter de escritores que han reflejado con una mirada especialmente lúcida el horror del Holocausto. Kertész es, obviamente, uno de ellos; Jorge Semprún, en mi opinión, es otro (por ejemplo en La escritura o la vida); y otro, imprescindible desde luego, es Primo Levi, quien fue de hecho el primero en dar testimonio de los horrores de los campos de concentración y la Solución Final.

Levi comenzó a escribir Si esto es un hombre casi inmediatamente después de la liberación de los campos, en 1946; tenía ya muy claro, incluso en ese momento de trauma, que era necesario dar cuenta de lo sucedido, para que el mundo supiera la verdad; para que no pudiera volver a repetirse. "Contaréis lo que pasa aquí y no os creerán", cuenta Levi (y otros supervivientes de los campos) que decían los oficiales de las SS. En efecto, la brutalidad de lo sucedido en Auschwitz, en Buchenwald, en Dachau, parecía superar la capacidad de asimilación y de comprensión humana (algo sobre lo que también reflexionan Kertész y Semprún en sus obras).

Si esto es un hombre es la narración, ni melodramática ni idealizada, de la experiencia de Primo Levi en los campos de concentración, desde su deportación junto con otros judíos italianos, hasta la liberación por el ejército ruso. Las vivencias aquí presentadas (el hambre, el cansancio extremo, la lucha por la supervivencia, las miserias físicas y morales, la muerte o la muerte en vida) nos resultan ahora ya conocidas, por la literatura y sobre todo por el cine de los últimos 70 años; pero pocas veces se han plasmado con tanta crudeza, con tanta sinceridad, con una conciencia tal clara del valor y la necesidad del testimonio.

Levi no huye de la crudeza, pero tampoco la busca; no cae en el kitsch ni en el maniqueísmo, un mal que aqueja a demasiadas obras recientes dedicadas al Holocasusto. Es un retrato brutal y polifónico, porque en él se incluyen también las historias (heroicas algunas, trágicas casi todas) de otros habitantes del lager, sobre los límites a los que se ve reducido un hombre sometido a aquellas condiciones: su progresiva pérdida de la dignidad, de la conciencia, de la humanidad.

Quizás porque las realidades descritas en el texto eran tan horribles que resultaban inverosímiles, hasta 1957 Primo Levi no consiguió que se lo publicara una gran editorial, Einaudi, que diez años antes había rechazado el manuscrito. Fue, en todo caso, a partir de esta fecha cuando Si esto es un hombre alcanzó difusión y notoriedad, animando a Primo Levi a escribir dos libros más sobre su experiencia en los campos: La Tregua (donde narra su regreso a Italia tras la liberación) y Los hundidos y los salvados, en el que reflexiona, ya desde cuarenta años de distancia, sobre el Holocausto, sus causas y sus consecuencias, tanto en las víctimas como en los verdugos (categorías más borrosas, según insiste Primo Levi, de lo que nos gustaría pensar).

Las obras de Primo Levi, y en especial este Si esto es un hombre, son un testimonio fundamental de uno de los mayores horrores de la historia; no solo por ser cronológicamente pioneras, sino sobre todo por su honestidad, su profundidad y su clarividencia. Como muestra, dejo aquí el poema con el que se abre el volumen, un llamamiento a la reflexión sobre la terrible condición humana y a la divulgación del testimonio de lo sucedido:

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas al vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.
También de Primo Levi: El oficio ajeno

sábado, 26 de noviembre de 2011

Primo Levi: El oficio ajeno


Idioma original: italiano
Título original: L'altrui mestiere
Año de publicación: 1985
Valoración: Recomendable

Primo Levi es, sobre todo, conocido por su trilogía de Auschwitz (formada por Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados), en la que narra su experiencia en el tristemente famoso campo de concentración polaco, donde vivió durante diez meses. Pero, a pesar del valor (testimonial, sobre todo) de estos libros, son sólo una muestra de la totalidad de la obra que escribió el autor italiano. Libros de memorias, relatos... y la novela Si ahora no, ¿cuándo?, que fue galardonada con los prestigiosos premios Viareggio y Campiello.

En El oficio ajeno se han recopilado más de cincuenta escritos (que versan sobre literatura, ciencia, filosofía...) originalmente publicados en diversos periódicos italianos. Que conste que no los denomino "artículos" porque no creo que lo sean. En ocasiones, lo que nos encontramos en esta obra son digresiones filosóficas, ejercicios de observación, simples anécdotas o reflexiones morales, todos ellos planteados desde el punto de vista de un hombre que se reconoce ignorante y desea, ante todo, conocer y –sobre todo– comprender lo que lo rodea.

Con una prosa ligera y amena, los escritos del autor italiano se leen rápido (pocos, además, pasan de las cinco páginas), aunque sin duda son textos que necesitan rumiarse, pues a través de ellos nos ofrece Levi mucho más de lo que parece a simple vista. Prologado por Italo Calvino, es éste un libro que nadie debería dejar pasar. No sólo para conocer un poco más sobre la obra de Primo Levi, sino, simplemente, para poder disfrutar de un muy buen libro.

También de Primo Levi en ULAD: Si esto es un hombre

miércoles, 23 de octubre de 2019

Philip Roth: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras


Idioma original: inglés
Título original: Shop Talk. A writer and his Colleagues and their Work
Año de publicación: 2001
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: bastante recomendable

En algún momento se produjo el terrible sorpasso y Philip Roth destronó a un últimamente errante Franzen erigiéndose en uno de mis cinco escritores de referencia (esos de los que intentas leerlo y tenerlo todo, esos a los que ya lees con una actitud de amigo), y, a la postre, abocándome a que solo uno de ellos esté vivo y pueda esperar algo nuevo de él.

Un desastre, y ya abandono mis lamentaciones privadas y personales que a nadie interesan para pasar a hablaros de este libro.

Este no es, como yo esperaba al principio, el equivalente en la obra de Roth a libros como Mientras escribo de King o De qué hablo cuando hablo de escribir. En ambos casos, libros muy interesantes de escritores que me interesan bastante poco. O sea, no es un ensayo canónico y descarnado de un creador y sus experiencias ante el folio/pantalla en blanco. Tampoco es un estudio crítico propiamente dicho, pues combina determinadas situaciones siempre asociadas a otros autores: relaciones epistolares, entrevistas espaciadas por los años, conversaciones en el entorno de una relación cordial, casi amistosa, a veces la pura distancia del idioma o la situación geográfica condiciona la conversación. Pero Roth aquí no es el crítico agreste escondido tras sus personajes más emblemáticos, y diría que esa actitud respetuosa a la vez le beneficia (obteniendo la colaboración de sus oponentes) y le perjudica (evitando la intensidad que a veces se deriva de ciertas actitudes).
La mayoría de los aquí presentes son escritores ya maduros y consagrados, muchos de ellos judíos como Roth y muchos de ellos con huellas presentes o recientes en la realidad europea de la primera mitad del siglo XX: empezar con Primo Levi revela a las claras ciertas de las temáticas recurrentes en los textos (el Holocausto, la represión, el drama, la huida, la anulación personal) y el recorrido del libro va constatándolo hasta llegar al punto opuesto necesariamente parecido: hemos trazado un ángulo de 360 grados y huyendo del nazismo hemos caído en el totalitarismo ruso, el de la Primavera de Praga visible a través de dos autores checos, Ivan Klima y Milan Kundera, dos de los pasajes más atractivos de esta selección (excelente el ambiente relajado de la conversación con Klima) en que la queja se establece en ese teórico otro extremo.
El totalitarismo ruso anula la disidencia en Checoslovaquia a través del silenciamiento del entorno cultural que no es afín, se trata de la misma represión quizás más sutil y menos contundente, pero con los mismos resultados. Escritores reprimidos, represaliados, divididos (esto me recuerda algo) entre el exilio forzoso o el riesgo de la permanencia. Quizás la de Ivan Klima sea la mejor parte del libro, un diálogo excelso (pues Klima ha sufrido la represión por los dos bandos) que equilibra y centra la obra, que ha apostado fuerte por Primo Levi en su inicio, hablando de su vida tras la guerra, de la fábrica de pinturas que dirigía, y que se ha centrado en escritores no siempre célebres (figura alguno incluso no traducido al español), pero que, con la excepción del recorrido final por la obra de Saul Bello, se mantiene en un tono serio, respetuoso, a veces próximo al academicismo en puntos que parecen más bien intercambios de pareceres que propiamente entrevistas.
Una obra menor, quede claro, una especie de interludio entre obras de ficción, muy interesante desde el punto de vista de la relación entre autores, mucho más empática y relajada que los encuentros entre prima-donnas de otros ámbitos culturales, ya también como constatación de determinada genialidad de Roth, capaz del cambio de registro y de retirar a los memorables personajes que solía interponer entre el lector y él.

Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí

miércoles, 16 de enero de 2013

Tamiki Hara: Flores de verano

Idioma original: japonés
Título original: Natsu no Hana
Año de publicación: 1947-1949
Valoración: Muy recomendable

Hemos reseñado ya, en este blog, varias obras que ofrecen testimonio del horror de los lager nazis (Primo Levi, Kertesz, Semprún) o de la batalla de Stalingrado, una de las más sangrientas de la historia; pero, hasta donde yo recuerdo, no habíamos reseñado aquí ningún testimonio de otra de las mayores atrocidades que nos dejó la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945. Eso es, precisamente, Flores de verano, de Tamiki Hara.

Tamiki Hara, antes del fatídico 6 de agosto de 1945, era un escritor solitario y poco conocido, formado en literatura rusa y protagonista de una vida desgraciada: había perdido a varios hermanos y a sus padres a edad relativamente temprana, y más tarde, ya en la edad adulta, a su mujer Sadae. Si su mujer no hubiera muerto, Tamiki Hara no habría vuelto a Hiroshima a la casa de su familia; si no hubiera vuelto, no habría sobrevivido a la bomba atómica y no habría podido dar testimonio de lo sucedido.  

Flores de verano se compone de tres textos (es difícil hablar de relatos): "Preludio a la aniquilación", "Flores de verano" y "De las ruinas", ordenados así en función de la cronología de los hechos, y no del orden en que fueron compuestos. "Preludio a la aniquilación" es una especie de paisaje de "paz en la guerra": en una Hiroshima relativamente a salvo de los bombardeos que asolan el resto de Japón, los personajes protagonistas intentan hacer su vida: trabajan, conviven, planean el futuro, sufren privaciones, evacuaciones, alarmas continuas; pero, dentro de lo que cabe, como dice un personaje, Hiroshima parecía el lugar más seguro de Japón hasta el 5 de agosto de 1945 (aunque un cierto aire de premonición de la fatalidad flota en todo el relato).

"Flores de verano" es el primer texto que Tamiki Hara escribió después de la catástrofe, ya en 1946. El relato se inicia con el momento del estallido de la bomba (en ese momento el escritor estaba en el retrete y eso, dice, le salvó la vida); a partir de ese momento, comienza a recorrer una Hiroshima arrasada y dantesca: hombres y mujeres desfigurados, cadáveres calcinados, esqueletos, restos humanos, rostros hinchados por las quemaduras, espaldas abrasadas... En ese mismo momento, el narrador comprende que debe dar testimonio de todo lo ocurrido, debe escribirlo para que no se olvide. "De las ruinas" continúa cronológicamente el relato anterior, y narra los días y meses siguientes a la bomba atómica: el entierro de los cadáveres, la búsqueda de familiares, las enfermedades que atacan a los supervivientes a causa de la radiación, el fin de la guerra, el esfuerzo por recuperar algún atisbo de normalidad.

Con textos como Flores de verano es difícil ser objetivo y analizarlos solo desde el punto de vista estético. ¿Es "Flores de verano" un relato sólidamente construido o técnicamente perfecto? Quizás no; pero a sus posibles carencias se sobrepone su intensidad como testimonio, su capacidad para transmitir vívidamente el horror de aquellos días, el sufrimiento y la angustia de los supervivientes, el caos de la aniquilación inmediata de toda una ciudad, la lenta agonía de quienes murieron a causa de la radiación.

Tamiki Hara, como Primo Levi, dio testimonio del horror para que no se olvidase y luego se quitó la vida. El 31 de marzo de 1951 se arrojó a las vías del tren en Tokyo. Su memoria se recuerda en Hiroshima con una placa conmemorativa con un fragmento de su último poema.

Nota final con moraleja para editoriales: compré este libro porque lo encontré en formato eBook a muy buen precio en una librería online. Si no, es probable que nunca lo hubiera comprado en papel. Y a buen entendedor...

domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...

domingo, 1 de marzo de 2020

ULAD CUMPLE ONCE AÑOS. Reseña + Entrevista: Jorge Herralde: Un día en la vida de un editor


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: imprescindible para interesados

Jorge Herralde es una leyenda. Con su experiencia vital, bromea, podrían llenarse veinticinco tomos, y prefiero no especular con los secretos que este editor, cuyo sello cumplió 50 años en 2019, guarda para sí, por su elegancia ejemplar. Para los trasnochados, una elegancia que nada tiene que ver con abrocharse la chaqueta cuando se camina. Es la elegancia innata del hombre culto que es, del icono absoluto que ha cambiado décadas de edición en español (y en catalán), que es responsable de los primeros amores literarios de tantos lectores, entre los que me incluyo sin ningún recato. Aunque el que esto escribe haya sido, digamos, poco benévolo con ciertos de los últimos lanzamientos del sello (pido disculpas por anteponer al hooligan literario a veces), todo se reduce a la expectativa que surge de haber vivido, bajo esas cubiertas amarillas o grises o bajo las multicolor de sus Compactos, auténticos episodios de apasionamiento sobre los cuales no voy a insistir.

El caso es que, en un movimiento que desprende cierto aroma a despedida  (no nos asustemos, pero Herralde ya tiene una edad en que ni siquiera las grandes pasiones deben impedir que uno disponga de un razonable porcentaje de tiempo libre), Herralde recopila aquí 400 páginas largas de entrevistas, artículos, semblanzas, reflexiones, crónicas, discursos, de diversas procedencias y fuentes, y con la inclusión de algún texto inédito.
En las entrevistas nos encontramos, claro, con conceptos que pueden repetirse, sobre todo porque muchos entrevistadores repiten preguntas lógicas, interpelaciones que destilan admiración y,a través de su lectura, comprendemos no solamente el devenir de la editorial, sus puntos álgidos y algunos periodos de incerteza, su portentoso camino de evolución de editorial comprometida políticamente con la lucha antifranquista (con la censura intentando ahogarla económicamente) para, sin abandonar cierta militancia, evolucionar hacia el poderoso e influyente conglomerado de hallazgo y promoción de primeras figuras literarias, que es absurdo enumerar otra vez...sino que también confirmamos el extremado amor y respeto por la literatura que Herralde desarrolló (desarrolla aún a otro ritmo menos extenuante) en su carrera, algo que se detecta en cada uno de sus pasos y en cada párrafo, respeto hacia autores, competidores, colaboradores, diríase que ese concepto de elegancia impera en el libro a toda costa, ése y la enorme lucidez que surge a cada línea: la visión del mundo editorial, su actitud hacia los voraces cambios de las últimas décadas, su paciencia con los autores, su coherencia combinada con su tesón y su determinación, él comprenderá que use el término "tozudez" como calificativo de quien no tolera el adormecimiento del ciudadadano ante lo que se le presenta sin exigir esfuerzo. Anagrama es una editorial fundamental para comprender la evolución de la lectura en español de un cierto perfil, nivel y exigencia. Sin Anagrama, las cosas simplemente no serían cómo son, y Herralde fue su máximo responsable a lo largo de décadas, y aquí nos lo explica: em trec el barret.*

 *Catalán por "me quito el sombrero".

Y, como acompañando su primer medio siglo con nuestra primera década, nos contesta unas cuantas modestas preguntas. No toco ni una coma, este texto es sagrado.

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ENTREVISTA UN LIBRO AL DÍA 18/02/2020

1 Me gusta mucho un concepto del que habla en una de las entrevistas del libro: la captación del tiempo libre que efectúan, por ejemplo, las plataformas de TV en streaming. Y hace poco Jorge Carrión polemizaba en Twitter sobre la opción del gasto de 20 euros en un libro frente a una cena o un par de copas. Con este panorama, ¿pondría en marcha hoy en día un proyecto como el de Anagrama?
En otoño de 1967, cuando empecé a preparar Anagrama, el panorama tampoco era precisamente halagüeño, por otras razones. Repasando nuestro Catálogo general de 2018, en la programación en la primera década de los 70 abundan propuestas singulares, bien distintas en sus registros de lo habitual en las librerías españolas. Quizá demasiado aventurado económicamente: Anagrama estuvo a punto de cerrar en el 1980 y fallecieron no pocas editoriales de las más peleonas.
2 Alude también a los inicios de la editorial como emblema de lucha antifranquista y, por tanto, asediada y castigada por la censura. Se me ocurren casos como el de Libros del KO o Capitán Swing, pero, en este mundo convulso, ¿ve posible una recuperación de cierta literatura militante?
Tanto Libros del KO como Capitán Swing me parecen editoriales audaces y estupendas, sin duda mis preferidas en el ámbito de la literatura militante, tantos años después. Y también la Anagrama actual tiene una vena militante, a veces en “Argumentos” o en “Crónicas” y, sobre todo, en sus “Nuevos Cuadernos Anagrama” (digamos una versión aggiornata de una de nuestras colecciones más significativas de los años 70). Por otra parte, en muchos países ha habido un resurgimiento interesante de editoriales militantes. Un ejemplo es la siempre combativa editorial Wagenbach, que ha recuperado una colección muy combativa de textos breves.
En el último capítulo de mi libro Opiniones mohicanas (primera publicación en el año 2000), lo titulo “Los nuevos insumisos”, en el que daba la bienvenida a las nuevas editoriales que habían aparecido en los años 70, 80 y 90.
“Las «anomalías» editoriales antes aludidas, en este inventario que no pretende ser exhaustivo, podrían verse como guerrillas culturales, síntoma también de un malestar profundo, a veces explícitamente políticas, o bien en pos de otros horizontes intelectuales y literarios, un Gran Rechazo también al vigente modelo cultural, o más precisamente acultural, papillas pre-digeridas bajas en calorías, una escritura light, un menú único, que nuestros nuevos héroes, quizá un tanto ilusos pero con ilusión, se niegan a consumir. Mi más cordial bienvenida a los nuevos insumisos.”
De las dieciocho que menciono en el texto, veinte años después, solo persisten algunas: Acantilado, Salamandra, Minúscula, Lengua de Trapo, Trea, Áltera, Octaedro, Páginas de Espuma, Sequitur... Otras de menor calado, no mencionadas, ya habían desaparecido.
3 Más menciones a ciertas lecturas recientes, y dados los orígenes y la propia ubicación de la editorial en un barrio acomodado de Barcelona, ¿cree que Anagrama franqueó con sus elecciones y su serie de bolsillo ese estigma del lector voraz como persona de un cierto perfil social?
No acabo de entender tal “estigma”.Y la cualificación de una editorial la define, sin lugar a dudas, como es bien sabido, su catálogo y su coherencia a lo largo de las épocas. Se puede estar de acuerdo o no con el catálogo, pero este es el que dice la verdad de una editorial más verosímil que los complacidos gorgoritos de los editores.
4 ¿Son conscientes de la repercusión que sus obras tuvieron en un país que salía de una dictadura mojigata?
Sí, en efecto. A menudo eran apuestas arriesgadas comercialmente pero que nos parecían especialmente pertinentes en nuestro catálogo. Por ejemplo, a numerosos autores excelentes, pero minoritarios, también les publicamos sus primeros libros de cuentos.
Con demasiada frecuencia, sobre todo en la primera década, fueron tiempos difíciles, pero nuestras elecciones coincidían con el ADN de Anagrama (sea ello lo que fuere). Y resultó extremadamente gratificante la repercusión en América Latina, donde realicé tantísimos viajes, tuvimos una excelente relación con los libreros, la prensa, las Ferias. Incorporamos, por ejemplo, algunos de los primeros libros de autores como Guadalupe Nettel, Zambra o Villalobos y también publicamos a grandísimos autores (de Pitol a Piglia) que ahora tienen el rango de clásicos.  Creo que una de las funciones fundamentales de un editor es estar atento a los nuevos autores, aquellos que, con el tiempo, pueden convertirse en los clásicos del futuro. Ninguna otra brújula.
5 Por el motivo que sea, se detecta una cierta pérdida del peso de Barcelona como centro editorial. ¿Cómo ve la escena editorial barcelonesa, al margen de la apoteosis anual de Sant Jordi?
Desde hace años, en el siglo XXI, han surgido centenares de nuevas editoriales, en muy distintos países, marcadas por la búsqueda de la excelencia y muchas de ellas han logrado asentarse. En épocas anteriores, el índice de “mortalidad” era mucho más elevado. Este es un hecho innegable y muy positivo.
Pero, sin ningún afán patriótico-barcelonés, resulta innegable que en nuestra ciudad tienen su sede dos de los sellos editoriales más poderosos del mundo: Planeta y Penguin Random House (Bertelsmann) y siguen en activo muchos excelentes de los sellos literarios independientes. Véase como ejemplos Acantilado, Minúscula o la propia Anagrama, que opera como sello independiente, aunque ha cambiado de propietario: la italiana Feltrinelli. Y también han surgido, en el siglo XXI, excelentes nuevas editoriales.
6 Otro mantra reciente: "Más autores que lectores", y yo creo que el editor es necesario para parar los pies a tanto talento en ciernes que eclipsa al talento real. ¿Llegó a sentirse tentado a hacer como dicen que hacía el editor de Carver?
En cuanto al editor de Carver, Gordon Lish, es una figura muy polémica, al margen de su talento. Es sabido que realizó una extrema cirugía en los cuentos de un Carver entonces autor desconocido e inseguro, sin recursos económicos y con graves problemas con el alcohol. Sus cuentos tuvieron mucho éxito, pero al final dejaron muy traumatizado al autor, que se sentía como un impostor involuntario, y al cabo de unos años empezó a reescribirlos tal como fueron concebidos. El primero fue Principiantes. Por desdicha, Carver murió antes de poder completar la revisión de los restantes. Como dato curioso: Carver falleció en agosto de 1988, un mes antes de la que hubiera podido ser su primera visita a Barcelona, invitado por Anagrama. No llegué, pues, a conocerlo, pero su gran amigo Richard Ford me habló a menudo de él, eran como hermanos.
He intervenido a menudo como editor en textos de los autores de la casa, pero siempre ha sido “cirugía menor” y pactada con el autor, a veces (pocas) con un cierto forcejeo. Por poner un ejemplo, bastante conocido, Bolaño pensó en Tormenta de mierda como título de un libro que, finalmente, se llamó, creo que afortunadamente, Nocturno de Chile.
Por cierto, para mí cambiar títulos ha sido un hobby frecuente. En varios casos, autores indecisos al respecto me pidieron que lo intentara yo.
7 Aunque me consta por la lectura del libro que ya cerró alguna de esas heridas, ¿se quedó con las ganas de publicar como Anagrama algún autor u obra en particular, en especial los llamados clásicos?
He citado a menudo el caso de Borges, pero ya estaba editado con contratos férreos en Argentina y en España. También me hubiera gustado publicar Teniente Bravo de Juan Marsé, pero Carmen Balcells, su agente, lo desvió a una editorial con mucho más poderío. Y también he deseado publicar a Mendoza, pero este tiene un férreo vínculo personal con Pere Gimferrer, hasta que la muerte los separe.En cualquier caso, con tantísimos grandes autores publicados, sería muy descortés con ellos ejercer de plañidera.
8 Y hoy, ¿qué lee por placer, con pura desconexión profesional, si ello le es posible?
Desde enero de 2017, elegí a Silvia Sesé como directora editorial (muy sabiamente, como es sabido). Al revés que antes, ya no leo a todos los autores que publicamos sino una lista restringida y diría que de lectura gozosamente inevitable.
Y, desde luego, leo y releo por placer memorias y diarios de escritores y editores muy escogidos con gran gratificación y sosiego. Entre otros ejemplos recientes figuran Barral, Castellet, Esther Tusquets, Salinas… y autores más recientes como Iñaki Uriarte o Marcos Ordoñez. Y suma y sigue. 
9 Sin necesidad de entrar en detalles, ¿puede mencionarme algunos autores por los que ha apostado y le frustre particularmente que no hayan tenido el éxito que cree que merecen?
No entraré en detalles para no entristeceros ni entristecerme y, por supuesto, para no recordarlo públicamente. Solo mencionaré a un extranjero, mi admiradísimo y muy minoritario Giorgio Manganelli: le publiqué cuatro joyas, creo haber cumplido con mi auto-impuesto “cometido histórico” con tan singular autor. Hace años, para mi alegría (y la de sus escasos pero muy agradecidos lectores), lo recuperó Siruela y creo que después ha habido algún otro intrépido colega.

Un pequeño test rápido (y si cree que debe añadir algún comentario, le ruego que lo haga), le paso una breve y heterogénea lista de autores y dígame si los hubiera encajado en Anagrama:

David Foster Wallace
William Gaddis
Isabel Allende
Mircea Cartarescu
Camilo José Cela
Primo Levi

Respecto al test rápido de autores de imaginaria publicación, desde luego editaríamos con gran orgullo a Primo Levi. También a David Foster Wallace, William Gaddis y Mircea Cartarescu. En cuanto a Isabel Allende, preferiría no ofrecer a los lectores de Anagrama una incorporación poco congruente.
El caso de Cela es especial: en mi juventud fui leyendo casi todos sus textos de los años 60, que me gustaron mucho, obviamente. Así, La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a la AlcarriaCuentos carpetovetónicos. Y en una ocasión estuve a punto de publicar una nueva edición de La colmena gracias a la singular decisión de su agente Carmen Balcells, quien, durante unos años, decidió que los libros que se vendían muy bien podrían seguir vendiéndose todavía mejor publicados por varias editoriales.  Gracias a ello, pude publicar los extraordinarios títulos de Juan Rulfo: Pedro Páramo y El llano en llamas. Y también mi novela preferida de García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba. Quizá una preferencia inhabitual. Sin embargo, Gabo afirmó, unos años más tarde, que había escrito Cien años de soledad con el único propósito de lograr que El coronel tuviera más lectores. Di un respingo de júbilo, pero casi al instante recordé la merecida fama de gran mentiroso, más o menos juguetón, de Gabo, según decían sus íntimos amigos.
Volvamos a Cela. Cuando ya había acordado con Carmen Balcells la publicación de La colmena, se produjo un hecho muy desagradable. Habían empezado a triunfar visiblemente varios escritores de la llamada Nueva Narrativa Española y Cela los atacó en varios artículos (creo recordar que en El País) de una vileza moral que me parecía incompatible con dicha publicación en Anagrama. Fin de la historia.
Unos pocos años más tarde, los “auténticos” editores de Rulfo, García Márquez y otros autores le comunicaron a Balcells que se había acabado la fiesta y que ellos serían los únicos en publicar tales obras. Punto y aparte.
Curioso, Leo Messi ya ha pronunciado, hace poco, la palabra retirada. Y a Vd. no se la he leído en 460 páginas. Sin ponernos terribles, ¿se ve capaz de dejar de ser editor (profesión, dice, hecha a su medida) en algún momento?
La profesión de editor sigue siendo lo que más me gusta hacer. Sigo en ello, con menos intensidad, claro, mientras Silvia Sesé ha tomado las riendas de la dirección editorial con gran acierto y con mucha sintonía personal entre nosotros. Así que mientras crea que puedo seguir siendo útil y me sienta a gusto, seguiré en ello hasta que haya alguna interrupción drástica: auto-despido, mi despacho tapiado de pronto, la guadaña…

Jorge Herralde
Barcelona, 18 de febrero 2020


lunes, 4 de julio de 2016

Saul Bellow: La víctima

Idioma original: inglés
Título original: The victim
Año de publicación: 1947
Valoración: recomendable


Un hombre de mediana edad, de clase media, con un trabajo mediano (o mediocre) y una vida familiar tranquila se encuentra en un parque de Nueva York con otro hombre, alcohólico, fracasado y resentido. El segundo hombre, Allbee, acusa al primero, Asa Leventhal, de haber sido la causa de todas sus miserias, al haber provocado que lo despidieran de un trabajo en su juventud. En consecuencia, exige una reparación más que un castigo. Inicialmente, Leventhal rechaza esta acusación como absurda e injusta, pero poco a poco le asalta la duda sobre su propia inocencia, y establece con Allbee una relación de dependencia enfermiza y autodestructiva.

El tema de la culpa, central en La víctima, es recurrente en la literatura y la cultura judía (y católica, ya que estamos): no hay más que leer las obras de Philip Roth, o ver las películas de Woody Allen. Aquí, la culpa adquiere un nivel abstracto, casi mítico: cualquier persona puede ser catastróficamente culpable, incluso sin saberlo, en una mezcla del pecado original y la mariposa que provoca un tornado en Tokyo. De hecho, una de las virtudes de esta novela, a mi parecer, consiste en la contraposición de dos subtramas interligadas: la de Leventhal, que quizás sea culpable (o no), y la de la enfermeda de su sobrino, Mickey, sobre quien la enfermedad se ceba como si se tratase de un Job contemporáneo e inconsciente. De hecho, el propio lector es llevado a dudar de la inocencia de Leventhal, que unas veces parece ser la víctima del título, y otras veces el victimario, y que se nos presenta como un hombre solitario, con mal genio, susceptible.

Quizás para entender esta idea de culpa colectiva, impuesta desde fuera pero progresivamente autoasumida, convenga recordar la fecha de publicación de la novela: 1947. La noticia del Holocausto empezaba a extenderse, con todo su horror (ese mismo año se publica Si esto es un hombre de Primo Levi). En el texto, Leventhal menciona el Holocausto solo una vez, en medio de una discusión de tintes antisemitas, pero creo que debe considerarse en cualquier caso como un subtexto global. ¿Los campos de exterminio no fueron, al fin y al cabo, la consecuencia última e inhumana de un proceso mucho más largo e intenso de culpabilización de los judíos? ¿No es esa culpabilización inconsciente e histórica la que posibilita que Leventhal acepte las acusaciones de Allbee en la novela?

La víctima es una novela oscura y opresiva: la trama se desarrolla como un crescendo obsesivo a medida que los personajes de Allbee y Leventhal comienzan a entrelazarse, en un proceso de hundimiento que parece dejar poco lugar a la esperanza. Quizás por eso resulta especialmente decepcionante el desenlace, que no voy a detallar, pero que parece una salida fácil para una novela que pedía un final mucho más contundente. Casi da la impresión de que Saul Bellow se hubiera cansado de escribir, después de llevar a los personajes hasta el último límite, y hubiera decidido darle "garrotazo" al texto con un último capítulo de cierre.

No creo que Saul Bellow sea un autor muy leído hoy en día, al menos en España; de hecho, es posible que su realismo y su psicologicismo hayan quedado algo pasados de moda (en particular en lo que se refiere a las largas descripciones de personajes o espacios). Pero su influencia en la literatura estadounidense posterior es unánimemente reconocida; de hecho, las similitudes entre su obra y la de Philip Roth, al que mencionaba antes, son más que llamativas. Pero leer La víctima no es solo un acto de erudición o arqueología literaria: es también una experiencia lectora desasosegante, oscura, muy poco veraniega, pero muy estimulante y técnicamente (casi) irreprochable. No cabe duda de que estamos ante un maestro de la novela del siglo XX, aunque sea un maestro en el que ya nos resulte difícil reconocernos.


También de Saul Bellow en ULAD: Henderson, el rey de la lluvia, Carpe diem, "Dejando la casa amarilla"



miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Arnošt Lustig: Una oración por Katerina Horovitzová

Idioma original: checo 
Título original: Modlitba pro Kateřinu Horovitzovou
Año de publicación: 1964
Valoración: Muy recomendable

Este es un libro sobre el Holocausto, pero no desde la perspectiva habitual: no es un testimonio (aunque Arnošt Lustig pasó por Auschwitz y Buchenwald, y por lo tanto los conocía de primera mano); es una narración ficticia, casi alegórica, con un toque de fábula moral, sobre el poder del autoengaño y de la voluntad de supervivencia, y sobre la crueldad de la inteligencia humana.

La novela comienza con una sorpresa: nos encontramos en una sinagoga adyacente a un campo de concentración nazi, en la que un grupo de acaudalados judíos están siendo tratados con el mayor de los respetos, agasajados incluso. Con ellos hay una muchacha, Katerina Horovitzová, una joven y hermosa bailarina, de la que se ha apiadado uno de los hombres (el que parece ser el jefe del grupo, devido a que habla alemán). Pronto se nos explica la razón de este extraño caso: los acaudalados judíos van a ser intercambiados por militares alemanes de alta graduación. Para ello deberán abonar los gastos provocados por su cautiverio y su traslado, debidamente calculados por el oficial Bedrich Brenske. Pero empiezan a surgir imprevistos en el viaje: retrasos, problemas burocráticos, más y más gastos... La libertad, que parece al alcance de la mano, se escapa constantemente de su vista...

Una oración por Katerina Horovitzová es una novela angustiosa, como no puede ser de otra manera teniendo en cuenta su tema. Manejada de un modo impecable por el autor, la tensión narrativa va creciendo a medida que los personajes (y los lectores) ven cómo las esperanzas de libertad parecen nunca llegar a concretarse. Destacan en la obra los personajes del manipulador Bedrich Brenske, el honrado pero ingenuo Herman Cohen o la torturada Katerina Horovitzová, que se debate entre su instito primario de sobrevivir, y el deseo de salvar a su familia.

El final de la novela tiene algo de mesiánico, casi de milagroso. Es aquí donde más notamos que es esta una historia de ficción, casi podríamos decir que "romántica", y no un testimonio: no encontraremos nada semejante en las obras de Primo Levi, de Imre Kerteszs o de Jorge Semprún, por poner algunos nombres. Pero esto no roba dramatismo al conjunto; la angustia y la tensión que las 150 primeras páginas han sabido transmitirnos, no se borran por unas últimas 20 páginas de "justicia poética". Al contrario: el efecto es catártico; sabemos que esto no pasó, pero nos gustaría que hubiera pasado.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Nico Rost: Goethe en Dachau

Idioma original: neerlandés
Título original: Goethe in Dachau
Traductora: Núria Molines Galarza
Año de publicación: 1946
Valoración: Muy recomendable

Si tenéis Twitter, y si seguís a libreras como @DeborahLibros o @SilviaBroome, o a librerías como Primera Página u 80 Mundos, es probable que ya hayáis oído hablar de este libro. Su editorial, ContraEscritura, cuida mucho la relación con las librerías, y esta atención se refleja en el cariño con el que las libreras y librerías tratan sus libros. Esto, naturalmente, no desmerece a la obra recomendada, Goethe en Dachau, de Nico Rost, una obra que por su propia calidad justifica gran parte de los elogios que se le dedican.

Como su título (y su portada) apuntan, nos encontramos ante un relato concentracionario: el diario del escritor Nico Rost durante su estancia en el campo de Dachau. ¿Un libro más sobre campos de concentración? Pues sí... pero no. Porque este libro es en cierto modo diferente a las obras de Primo Levi, Imre Kertesz o Jorge Semprún, por citar algunos de los ya reseñados por aquí. En la mayoría de estas obras encontramos una descripción más o menos descarnada de la vida en el campo, con todas sus penurias y horrores, junto con una reflexión sobre su significado humano, filosófico y político, o sobre la capacidad de narrar una experiencia extrema y traumática como esta. En Goethe en Dachau estos elementos están también presentes, claro, pero equilibrados por otro fundamental: el recuerdo, la lectura y el comentario de autores como Goethe, Hölderlin, Lessing o Novalis, entre otros muchos.


Naturalmente, este contraste entre la brutalidad del contexto y la elevación de las discusiones sobre literatura que Rost mantiene consigo mismo o con otros reclusos resulta chocante, e incluso problemático. El propio Nico Rost se plantea en varios momentos esta cuestión, preguntándose si su forma de resistencia y oposición a los movimientos fascistas no había sido "demasiado literaria". Como lector, sin duda, resulta llamativo leer a Nico Rost hablando de que quiere leer toda la obra de Hölderlin en una entrada del diario, y en la siguiente leer que han muerto cientos de personas por causa del tifus; parece existir una disonancia entre ambas realidades, difícilmente compaginables.
Así cuenta, por ejemplo, en un determinado pasaje que él y otro recluso estaban "tan enfrascados en nuestro tema [una edición de la biografía del escritor Antoine Frédéric Ozanam] que apenas oíamos los lamentos y gemidos -era día de vendajes- de los enfermos que nos rodeaban".

Como se hace evidente a lo largo del diario, la reflexión sobre literatura -y no sobre una literatura cualquiera, sino sobre la literatura alemana en particular-, se convierte así, por una parte, en una forma de supervivencia (para conservar la cordura, la dignidad, la libertad, aunque sea interior), y por otra, en una forma de resistencia, oponiéndose a la satanización de todo lo alemán provocado por el ascenso del nazismo, y en general a cualquier tipo de chauvinismo. Tan importante es para la lectura y la escritura Nico Rost, "el loco que roba papel y escribe todo el tiempo" como le conocían en el lager, que llega incluso a alegrarse de que haya alertas antiaéreas en el campo, porque eso le da más tiempo para escribir, a pesar del peligro evidente que estos bombardeos podían suponer para él y para sus compañeros de campo. En cualquier caso, no se trata solo de una "deformación profesional", sino de una estrategia consciente y tenaz; en un momento determinado afirma:
...evidentemente que pienso muchísimo en casa, en los problemas políticos presentes y futuros, en muchos amigos, en comer mejor, en si tengo o no piojos, si el animalillo que me modrió ayer era un piojo o una pulga; pero, en primer lugar, no puedo escribirlo todo y, en segundo lugar, tampoco quiero, de ninguna manera. Tendría entonces que hablar una y otra vez sobre mis esperanzas y mis deseos, mis preocupaciones y mi miseria, pero lo que quiero es imponerme disciplina, que mis pensamientos lo controlen, que sean deños por encima de toda la materia que hay en este lugar, es decir, la materia de las SS, una corteza de pan, la sopa aguada, los piojos y las pulgas...

(Conviene aclarar, por otra parte, que quizás Nico Rost estaba siendo demasiado crítico consigo mismo en estas autoacusaciones, ya que si bien es cierto que su principal labor era la literaria, también se implicó en la Resistencia belga tras la invasión nazi. En el propio campo de Dachau, además de intentar ayudar a diversos reclusos desde su posición de ayudante de la Enfermería, también se le ve donando sangre para intentar salvar la vida de otros reclusos. ¿Hay alguna forma más concreta y material de solidaridad que donar la propia sangre, sobre todo en un contexto en que era un bien tan preciado?)

Goethe en Dachau muestra así a un Nico Rost profundamente humano, decidido desde el inicio (desde antes del inicio, de hecho) a resistir la tentación de odiar colectivos nacionales o religiosos, incluso los de sus verdugos (los alemanes, pero también los polacos, tan odiados dentro del lager). La lección fundamental del libro, sin duda, es la de la resistencia de la dignidad, que en este caso adopta la forma de una reflexión cultural y literaria profunda, incluso en medio de los peores horrores. Pero otra lección más sutil, que creo que es necesario resaltar, es que esta resistencia intelectual se combina con una resistencia material, política en un sentido práctico (porque también la labor literaria de Nico Rost es política). En caso contrario, se corre el riesgo de caer en un intelectualismo elitista, y olvidar el sufrimiento ajeno, incluso cuando está tan próximo y es tan evidente.

Una nota final sobre la traducción de Nuria Molines Galarza: tal como se nos indica en el prólogo de la traductora, la obra original es un palimpsesto y una torre de Babel: la voz de Rost (en neerlandés) se mezcla con fragmentos en alemán, tomados de sus conversaciones con otros reclusos y del vocabulario familiar en el campo; y con citas escritas en muchas otras lenguas, como francés, latín o yiddish. Además, la primera edición en neerlandés fue corregida y revisada en la traducción alemana, realizada por la propia mujer del escritor. Ante esta complejidad lingüística, la decisión de Nuria Molines ha sido presentar prácticamente todo el texto en en castellano, incluidas las citas (con el texto original en nota), pero mantener el vocabulario concentracionario en alemán, con la traducción entre corchetes, al menos en la primera aparición de cada término. Es, naturalmente, una estrategia válida para mantener el plurilingüismo del original, y al mismo tiempo hacer fácilmente legible la traducción para el lector español. Personalmente, habría conservado los textos que en el original no están en neerlandés (incluso los fragmentos en alemán), colocando la traducción en nota, para mantener así el plurilingüismo del libro y del lager, y el efecto de extrañeza que estas otras lenguas producen en la lectura. Se agradece, en todo caso, el prólogo de la traductora en la que explica esta y otras decisiones, haciéndose visible en el proceso de transmisión de la obra.

viernes, 4 de mayo de 2018

Nora Strejilevich: Una sola muerte numerosa

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable

Hace ya años que se viene escribiendo sobre la memoria y el trauma: sobre cómo contar el momento traumático, que es como una herida psíquica abierta que es imposible racionalizar y asumir. Sobre si ese momento se puede contar, o si es, como tantas veces se ha dicho, inefable por definición. Pienso en Primo Levi, que sintió que tenía la necesidad y la obligación de hablar sobre los campos de concentración, o por supuesto en Imre Kertez, pero también sobre Jorge Semprún, que en La escritura o la vida lo plantea como una disyuntiva: o escribir sobre los campos, o seguir viviendo, mirando hacia adelante sin volver a repetir la memoria del trauma, sin que la lengua vuelva a rozar la herida.

Quizás la forma en que está estructurada y escrita Una sola muerte numerosa sea una respuesta a este problema: cómo decir lo que no se puede decir. Y la respuesta que le da Nora Strejilevich es contarlo de forma fragmentaria y lírica, como si el texto lo guiase la memoria afectiva con sus interrelaciones a veces incomprensibles y su capacidad para juntar lo que aparentemente no está relacionado; y añadiendo también a su voz las voces de otros (de las víctimas y de los victimarios) que convierten el relato individual en síntoma de una catástrofe colectiva (la "muerte numerosa" del título).

Para situarnos: en 1977 Nora Strejilevich fue secuestrada por las fuerzas (para)militares de la dictadura de Videla, y recluida en el centro clandestino de detención del "Club Atlético”, donde fue torturada por "subversiva" y judía. Por esas fechas también se llevaron a su hermano Gerardo y a su novia, Graciela Barroca, y a sus primos Hugo y Abel, que continúan desaparecidos, probablemente arrojados al Río de la Plata en los "vuelos de la muerte". Una vez en libertad, comenzó para Nora Strejilevich un camino en el exilio marcado por la recuperación y transmisión de la memoria, individual y colectiva, del horror.

Pero Una sola muerte numerosa, como decía antes, no es un relato cronológico sino una indagación en la memoria (aunque la primera parte se centre más en la detención y el cautiverio, y la segunda en el exilio y la búsqueda). No hay aquí, por lo tanto, una descripción minuciosa y ordenada del encierro, la tortura, la liberación; es un flujo de la memoria, que asocia los recuerdos de los días traumáticos en el centro de detención, con recuerdos de la infancia junto a su hermano Alfredo, o en la escuela, o historias de una familia judía emigrada a Argentina. Las imágenes del acoso, los interrogatorios, la tortura, el aislamiento o la humillación se ven interrumpidos por canciones de juegos infantiles, o con letras de tango o con canciones de protesta. También por fragmentos de otras obras anteriores de la propia autora.

"Perro y gato se persiguen por el jardín, se esconden en la terraza, se vuelven a pelear.
Corto mano / corto fierro / cuando te mueras / te vas al infierno
Muchos años después, en 1977, la casa es otra. Negro, los barrotes del balcón, mi jardín mutilado; gris, las persianas entornadas, sombras de árboles imaginarios; marrón, el piso que se desparrama por el departamento; blanco, el marco de la puerta, nuestro último escenario.
Fijate por la ventana si me siguen, decís, sosteniendo las palabras del borde para quitarles peso.
¿Qué gano con mirar? En plena dictadura y vos jugando a las escondidas con el cuco".

Y junto con esta memoria individual, la colectiva: declaraciones de los militares, testimonios de otros presos políticos, de otras torturadas, de familiares de los desaparecidos, que se mezclan en forma de collage.

"El anonimato de Scifo Módica duró hasta mayo último. El 15 de ese mes, la Policía Federal inauguró un Centro de Atención a la Víctima de Violencia Sexual, dependiente del Centro de Orientación a la Víctima, del que Scifo Módica es director. Su foto apareció en un diario y la cara resultó conocida para algunos ex detenidos-desaparecidos. Era 'Alacrán', del Club Atlético. (Página 12, 16 de julio de 1996)

La picana eléctrica abre y la guardia, con todo cuidado, cierra para que ellos vuelvan a abrir.

Abrieron la puerta de nuestro taller de artesanía, donde había cosas para trabajar: pulidores, herramientas, entre ellas un torno de dentista, que usábamos para pulir anillos. ¡Uy! ¡Qué linda picana!, escuché.

Gracias a la picana termino en la enfermería".
Una sola muerte numerosa es una lectora desasosegada y desasosegante: un intento, no está claro si necesariamente exitoso, de reconstruir algo a partir de las cenizas; de hablar del trauma (aquello de lo que no se puede hablar) mezclando voces para construir un relato no unitario sino plural, "numeroso". En una entrevista muy interesante que la autora recoge en su web, lo explica así: "...ya no solo soy la víctima de lo que me hicieron sino que ahora estoy creando una historia con todas esas hilachas y esas ruinas". Esa labor de reconstrucción es lo que nos muestra Una sola muerte numerosa, que ahora se publica en España por primera vez gracias a la editorial Sitara.

miércoles, 16 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (y 3)

Disclaimer: algunos títulos han sido mínimamente modificados (artículos o número) para lograr coherencia gramatical, pero son fácilmente reconocibles. El lenguaje soez es una exigencia del guión.


Aunque a los 25 años probablemente haya más pretenciosidad que sabiduría real, un cuarto de siglo es un tiempo decente para hacer cuentas de lo crecido. Si físicamente somos lo que comemos, intelectualmente somos lo que leemos.


Lo primero que nos mueve a descubrir nuestro entorno es la fantasía, los orcos y los hobbits de El señor de los anillos (Tolkien) y los magos de Harry Potter (J. K. Rowling) me trasladaron desde pequeño a ese mundo imaginario. Pero a medida que nos enfrentamos al mundo descubrimos que la realidad está muy lejos de esa fantasía y necesitamos nuevas herramientas para interpretar esa realidad que nos abruma. Descubrimos poco a poco la incompetencia de algunos Estúpidos hombres blancos (Michael Moore) y nos preguntamos ¿Qué han hecho con mi país, tío? (ídem). Te vas dando cuenta poco a poco del Desprestige (Catalán Deus) de muchos políticos y no queda más remedio que oponer Resistencia (Rosa Aneiros) llevando siempre A estrela na palabra (X. M. Beiras). A veces es necesario posicionarse En defensa de la intolerancia (Slavoj Zizek) para combatir los sofismas que se nos presentan como Los diez mandamientos del siglo XXI (Fernando Sabater). Y así, cuando estás Bajo el culo del sapo [expresión húngara: “estar jodido”] (Tibor Fisher) te das cuenta de que rebelarse es una obligación.


Y aunque a los 25 años parece que O sol do verán (Carlos Casares) empieza a ponerse y quedan atrás los tiempos en que capeábamos con entusiasmo La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón), siempre quedará alguna Lolita (Nabokov) en el recuerdo que nos despertará una pícara sonrisa. Recordaremos con rubor las Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones (Bukowski) que todos tuvimos. Y aunque no soy una Máquina de follar (ídem) puedo decir que quise a algunas Mujeres (ídem). Hay una edad en la que todo está por descubrir, en la que solo queremos unas eternas vacaciones en Lanzarote (Houellebecq), hacer todas las locuras que queramos, y Que nos juzguen los perros, si pueden (Paul M. Marchand).


Pero la vida no es una eterna Esmorga [“juerga” en gallego] (Blanco Amor). Existen demasiadas Ciudades de la alegría (Dominique Lapierre) donde ésta solo se encuentra escondida tras la miseria. Es imprescindible escuchar esas Voces robadas (Zlata Filipovic et al.) que Cuando un árbol cae (Isabel Núñez) se quedan en silencio o, mejor dicho, silenciadas. Es necesario leer esas Postales que desde la tumba (Emir Suljagic) nos envían desesperadamente los olvidados. Lugares donde se ha producido La destrucción del alma (Janja Bec) aunque aparentemente los verdugos No matarían ni una mosca (Slavenka Drakulic). Todas esas personas que vagaron Sin destino (Imre Kertész), y cuyo objetivo en esta tierra fue Vivir para contarla (Primo Levi), que lucharon, para quién sabe si encontrar, al final de su vida, la Liberación (Sándor Márai).

Pero en El país de las últimas cosas (Auster), siempre encontraremos alguna Tentación (Janos Székely) en la que caer, algún Tokio Blues (Murakami) que nos acaricie el alma o Ciento volando de catorce (Sabina) sonetos que nos escupan sus agridulces verdades a la cara.


Y aunque probablemente queden muchas letras en el tintero, y aunque no están todos los que son, sí son todos los que están. Perdónenme los eruditos por obviar a Shakespeare o Cervantes, quien esté en desacuerdo, que venga a corregirme de Oxford, amén (Carlos Reigosa).

miércoles, 26 de octubre de 2011

Jorge Semprún: La escritura o la vida

Idioma original: francés
Título original: L'écriture ou la vie
Año de publicación: 1994
Valoración: Imprescindible

He estado dudando si poner un "imprescindible" a este libro (hace meses que no pongo la máxima categoría a ninguna de mis reseñas) porque la segunda mitad me había parecido de menos mérito que la primera; pero al final me he decidido, porque este es un libro que, a pesar de sus posibles defectos, merece ser leído, y su autor, Jorge Semprún, desaparecido este mismo año, merece un reconocimiento que, al menos en España, no ha recibido por algún motivo, quizás político (Semprún fue Ministro de Cultura en uno de los gobiernos de Felipe González), o quizás estrictamente -estrechamente- lingüístico: la obra de Semprún está mayoritariamente escrita en francés.

Sea como sea, La escritura o la vida es una de las obras más densas que he leído sobre la memoria, un tema que ahora está tan de moda. No es que el libro sea interesante porque la vida de Semprún fuera intensa (que lo fue: juventud en París, Resistencia, internamiento en Buchenwald, clandestinidad en España, expulsión del PCE, éxito literario, implicación política...); sino por la densidad con la que la inteligencia y la sensibilidad de Semprún se aplica sobre esa materia prima resbaladiza que es el recuerdo.

Una de las tesis fundamentales del libro (sobre todo en su primera mitad, que como decía es la que más me ha impresionado) es que la vivencia de los campos de exterminio nazis no puede ser contada como testimonio: solo a través de la recreación artística -ficcional- puede comunicarse la experiencia de Auschwitz, Buchenbald o Dachau. Ese programa que llevó a cabo Semprún en sus primeras obras (El largo viaje, El desvanecimiento, La montaña blanca...), lo traiciona hasta cierto punto aquí, al hablar con su propio nombre, en primera persona, desde su propia experiencia.

Pero que se hayan levantado algunos velos de la ficción (pueden quedar otros, nunca lo sabremos) no quiere decir que no haya recreación artística: el autor reconstruye su vida a través de hechos que le recuerdan a otros hechos, de manera que la narración se establece en un triple tiempo (el tiempo de la vida, el tiempo de la memoria, el tiempo de la escritura) de apariencia caótica. Pocas obras he leído donde los meandros de la consciencia (lo que se recuerda, lo que se olvida, lo que se quiere olvidar, lo que surge del inconsciente, la caótica maraña de relaciones que teje nuestra consciencia) aparezcan tan claramente retratados y analizados.

Me he decidido a ponerle un "imprescindible" a la obra a pesar de ciertos defectos, efectivamente: algunas repeticiones, no solo de temas, anécdotas o reflexiones, sino incluso de palabras exactas; y algún desánimo en la segunda parte de la obra. Pero esos defectos son compensados con creces por la densidad, intensidad y humanidad de la obra, que a mi parecer está a la altura de Sin destino de Imre Kertesz o de Si esto es un hombre de Primo Levi. Y eso son palabras mayores...

P.D.: Si no os fiáis de mí, fiaos de Carlos Fuentes...

También de Jorge Semprún en ULADViviré con su nombre, morirá con el mío