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sábado, 9 de mayo de 2026

Gaea Schoeters: El trofeo

Idioma original: holandés
Título original: Trofee
Traducción: Maria Rosich en catalán para Empúries y Gonzalo Fernández Gómez  en castellano para Seix Barral
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable


Hacía tiempo que no leía un libro de aventuras en el sentido más tradicional del término (me atrevería a afirmar incluso que no lo hacía desde mis años mozos con esos page-turners de Wilbur Smith y sus exploraciones por África). Pero el tiempo ha evolucionado, también la literatura, al igual que un servidor, y aunque el género de aventuras puede ser interesante para una escapada mental, también está bien pedirle algo más a una obra. Y aquí es donde entra este libro de la autora belga Gaea Schoeters que ofrece una interesante intersección entre el enfoque más tradicional de las novelas de aventuras y los valores actuales de la sociedad. Vayamos a ello.

La novela empieza situándonos en un país del continente africano, en el que Hunter White (nombre que ya de por sí es una declaración de intenciones) ha viajado para cazar un rinoceronte negro con el objetivo de ofrecérselo a su mujer como regalo por su aniversario de bodas, pues es una coleccionista de trofeos de caza y él, un apasionado a la cinegética. Para conseguir tal propósito, lleva organizando este safari desde hace un par de años; una tarea nada fácil, pues obtener tal licencia de caza no es algo trivial ni al alcance de cualquiera. Pero para los blancos acaudalados pocas cosas no pueden conseguirse con dinero y menos aún en países que traviesan dificultades económicas de manera que el escenario elegido es idóneo pues, para Hunter, «África es una gran reserva natural creada por Dios para complacerle (…) África es su parque temático, su territorio de caza. Nada más». Así que, una vez organizado el viaje, se desplaza al lugar donde se encontrará con Ven Hereen, compañero de caza desde hace dos décadas y con quien tiene una longeva amistad, para conseguir tal preciada pieza.

Arrancada ya la lectura con esta premisa inicial, en menos de cincuenta páginas ya tenemos trazado el escenario, los principales personajes protagonistas y también el estilo de Schoeters: un estilo sobrio, descriptivo pero sin accesos que invita al lector a sumergirse en la historia que nos narra. Una historia de inseguridades, de debilidades, de aventuras, de desafíos, de riesgos y de toma de decisiones. La autora evidencia talento y muestra su capacidad a la hora de escribir, de manera firme, sin dudas, sin titubeos. El ritmo es alto, constante e interpela al lector desde la superioridad ostentosa de Hunter, alguien que tiene toda la vida bajo su control, que ejerce su supremacía de manera cotidiana y que, justamente por ello, se encuentra en su escenario predilecto: la caza. Una afición que le permite reafirmarse en sus sensaciones y devolverlo a sus orígenes más primarios y que evidencia al aseverar que «un animal disecado, especialmente si se trata de una ejemplar grande, despierta una pasión ancestral en la gente. Les recuerda la victoria de los humanos sobre la vida salvaje, la domesticación de los indomesticables» y, con ello, también la sensación de poder, pues adentrándose en tierras vírgenes, «el paisaje no le inspira humildad, al contrario: la sensación de ser el primero le provoca una gran excitación. Lo que siente es la euforia del descubridor o del pionero: la consciencia de apropiarse de este territorio solo por el hecho de entrar en él». Pero, en tal estado de embriaguez testosterónica y cuando las pulsaciones se disparan, cuando la adrenalina aumenta en medio del salvajismo propio del fragor de la caza en un terreno hostil, áspero y de violenta tensión, la frontera entre lo ético y lo instintivo se diluye; en esos momentos, en esos terrenos, todos son animales y las jerarquías y las pirámides evolutivas se difuminan y los instintos primarios asoman cuál presa despistada que olvida su lugar en el mundo.

De esta manera, y con esta propuesta argumental, la autora ha escrito un libro en el que rápidamente la crítica toma relevancia y pasa al primer plano, una denuncia que ataca diferentes frentes en torno a un mismo aspecto: la supremacía (económica, territorial, étnica, etc.) a la vez que enjuicia también las corruptelas de los gobernantes de los países africanos en cuanto a la caza y sus leyes y permisos. Y por ello creo que es importante destacar que, a pesar de que este libro pueda ser del agrado de cualquier lector al que le interesen los libros de aventuras (porque es cierto que en gran parte gira en torno a la caza de los animales), quedarse únicamente en este aspecto sería reliazar un análisis muy superficial y frívolo, porque realmente el libro trata sobre el poder, la dominación, los instintos y la necesidad de conseguir los objetivos propuestos, pero también sobre las expectativas, las esperanzas, la lealtad, la confianza en uno mismo y en los otros, los recelos, los ajustes con el pasado y con la propia idea de quien es uno mismo. De esta manera, aunque bien es cierto que las personas que aman o a quienes les gustan los animales les puede suponer un reto leer un libro con esta temática, Schoeters sabe utilizar sus herramientas para conseguir mantener la atención sin posicionarse en exceso a favor o en contra de tales aficiones; el libro es entretenido porque la autora sabe mantener la tensión narrativa en todo momento a la vez que nos expone en dicotomías éticas en las que no siempre hay una decisión sencilla, sin obviar también que tiene algunos puntos débiles que podríamos encontrar en ciertos episodios (especialmente al final del libro) en los que la autora se recrea en exceso en episodios oníricos y en pasajes donde el protagonista rememora momentos de su pasado que alargan en exceso la escena final de un relato que mantiene el interés durante todo el recorrido y al que únicamente quizás una trama argumental más definida la hubiera ayudado a redondear el resultado. Con todo ello, el libro sabe utilizar la trama de una típica novela de aventuras para lanzar un cuestionamiento constante sobre la ética de las decisiones humanas y, así como el protagonista se encuentra en los márgenes de la civilización y lo salvaje, Schoeters busca la frontera entre lo que es éticamente aceptable y lo que es altamente cuestionable deslizándose así en un equilibrio entre lo ético y lo moral en el que la visión que se tiene desde un lado y desde el otro son diametralmente opuestas y no siempre constantes.

Para terminar, afirma la autora en boca de uno de los personajes que, «tu moral occidental es un producto de lujo para quien se lo puede permitir. El resto del mundo tiene que conformarse con el pragmatismo». Así que, a pesar de que podríamos afirmar que estamos en el terreno de la ficción, no parece que estemos tampoco tan lejos de la realidad. Desafortunadamente.

jueves, 12 de mayo de 2022

Marian Donner: Manifiesto en contra de la autoayuda

Idioma original: neerlandés

Título original: Zelfverwoestingsboek 

Año de publicación: 2019 (en castellano, 2021)

Valoración: Recomendable alto


Estamos en la cultura de Instagram, y quien dice Instagram dice cualquier otra red social, incluidas las consideradas profesionales. Toca transmitir felicidad, éxito, juventud, diversión, descubrimientos, atractivo, actividad. En contacto con amigos o conocidos, posibles parejas o posibles clientes, vecinos o familiares de cualquier rango, no son admisibles mensajes que no sean esos, solo procede enseñar nuestro último outfit, las imágenes de nuestra escapada de puente, el golazo del chaval, las instalaciones del nuevo gym. Lo demás, claro, no interesa, es lógico.

Pero no solo son las exigencias de esta vida social virtual. Permanentemente recibimos llamamientos a la positividad, la salud, el buen rollo y la iniciativa. La sociedad nos quiere a punto para nuevas metas, no podemos quedarnos parados, los fracasos son solo un aprendizaje para el próximo triunfo. El bombardeo es incesante: si quieres, puedes, basta con desearlo con mucha fuerza y trabajar duro, no hay nada que no puedas conseguir, debes hacer salir tus potencialidades ocultas. Todo es muy estimulante, fantástico, pero puede no ser fácil, tendemos a la vagancia, a la autocomplacencia, quizá a una envidia estéril. Y si uno no tiene la suficiente pasta para pagarse un psicólogo (un psicoanalista, como dicen en las películas) o, mejor, un coach, pues nada, los libros de autoayuda son un buen sucedáneo.

Este mundo del siglo XXI está montado así, nada de esto nos pilla de sorpresa, y en su diseño es necesario que el mecanismo siga siempre avanzando a buen ritmo, porque si dejamos de dar pedales el invento se desequilibra y se viene abajo. El sistema necesita consumidores felices, que siempre quieran un poco más para distinguirse, para mejorar, para tener nuevas experiencias (todo son experiencias, de compra, de viaje, de cata de vinos, de regalo sorpresa). No basta un coche chulo, un armario surtido o unas vacaciones, hay que afinar con el corte de pelo, el blanqueamiento dental, conocer pueblos con encanto, cenar tofu o aguacate, algo de teatro de vanguardia, spa, despedidas de soltero cada vez más caras y extravagantes, algún tatuaje, fin de semana ecuestre. Ahí pone Marian Donner el acento, los requerimientos del nuevo capitalismo (yo añadiría que heredado del llamado capitalismo popular de los 90), que ha descubierto que el mayor negocio es tener a los muchos millones de la clase media (y otros muchos que ni siquiera llegarían a calificarse así) obsesionados, quizá ya no tanto con escalar, sino con acceder a la multitud de bienes y servicios que hacen que la gente se vea más feliz, o que se la suponga más feliz.

La escritora y periodista holandesa (o, por lo visto, mejor neerlandesa) se fija especialmente en las imágenes que nos llegan a través de los medios (cuerpos perfectos, sonrisas de éxito) y en esos mensajes llenos de voluntarismo aparentemente ingenuo que a fin de cuentas nos vienen a decir que si no triunfamos, si no nos parecemos a esos triunfadores, es porque no queremos: amigo, no echemos la culpa a la falta de oportunidades, porque si no lo consigues es solo porque no lo quieres con suficiente intensidad. En definitiva, tú eres el culpable. La cuestión se traslada, una vez más, de lo colectivo a lo individual, es la victoria absoluta, avasalladora, del liberalismo en su aspecto más salvaje. Laissez faire, laissez passer.

Como se ve, el libro desborda claramente la crítica a la autoayuda que anuncia el título, y sus primeras veinte o treinta páginas son demoledoras. No tanto porque descubra cosas que no sepamos, sino porque lo expone con convicción, de forma nítida, brutal. Hay desde luego una clara voluntad de provocación, de fustigar y agitar el debate más que de exponer razonamientos muy elaborados, y el resultado es una saludable frescura con la que ponernos frente a realidades que han tomado cuerpo durante demasiado tiempo hasta resultar normales o inevitables, quizá hasta que ni siquiera las veamos.

Ese deseo transgresor hace que quizá el libro afloje un poco en los apartados siguientes, no sé si para justificar eso tan sonoro de en defensa de la autodestrucción, que luce sin mucha justificación en la cubierta. Ante ese paradigma de la vida sana, la belleza y la realización personal, la autora contrapone invitaciones como ‘arde’, ‘baila’, ‘sangra’, que tienen la carga metafórica de llamamientos a la libertad y a saltarse las nuevas normas de esa cultura que apenas puede esconder el objetivo inmediato del consumo masivo, y el más profundo del mantenimiento del statu quo. Y he dejado para el final el mensaje ‘bebe’, que curiosamente es el de contenido más literal y donde Donner incita en efecto a cogerse alguna buena borrachera como forma espontánea (y yo añadiría que muy clásica) de rebelarse contra el sistema, aunque sea un rato.

Sin desmerecer el valor del libro como mensaje provocador y además muy bien escrito, raro sería que terminase la reseña sin darle una vuelta de tuerca más. Porque si la autora nos pincha para no someternos tan dócilmente a los cánones ¿no está también favoreciendo soluciones exclusivamente individuales a un problema colectivo? Y aún más, esas recomendaciones tan rompedoras ¿no son una forma de terapia, en definitiva, Marian Donner, de autoayuda, aunque con un contenido algo diferente? 


viernes, 28 de septiembre de 2018

Nico Rost: Goethe en Dachau

Idioma original: neerlandés
Título original: Goethe in Dachau
Traductora: Núria Molines Galarza
Año de publicación: 1946
Valoración: Muy recomendable

Si tenéis Twitter, y si seguís a libreras como @DeborahLibros o @SilviaBroome, o a librerías como Primera Página u 80 Mundos, es probable que ya hayáis oído hablar de este libro. Su editorial, ContraEscritura, cuida mucho la relación con las librerías, y esta atención se refleja en el cariño con el que las libreras y librerías tratan sus libros. Esto, naturalmente, no desmerece a la obra recomendada, Goethe en Dachau, de Nico Rost, una obra que por su propia calidad justifica gran parte de los elogios que se le dedican.

Como su título (y su portada) apuntan, nos encontramos ante un relato concentracionario: el diario del escritor Nico Rost durante su estancia en el campo de Dachau. ¿Un libro más sobre campos de concentración? Pues sí... pero no. Porque este libro es en cierto modo diferente a las obras de Primo Levi, Imre Kertesz o Jorge Semprún, por citar algunos de los ya reseñados por aquí. En la mayoría de estas obras encontramos una descripción más o menos descarnada de la vida en el campo, con todas sus penurias y horrores, junto con una reflexión sobre su significado humano, filosófico y político, o sobre la capacidad de narrar una experiencia extrema y traumática como esta. En Goethe en Dachau estos elementos están también presentes, claro, pero equilibrados por otro fundamental: el recuerdo, la lectura y el comentario de autores como Goethe, Hölderlin, Lessing o Novalis, entre otros muchos.


Naturalmente, este contraste entre la brutalidad del contexto y la elevación de las discusiones sobre literatura que Rost mantiene consigo mismo o con otros reclusos resulta chocante, e incluso problemático. El propio Nico Rost se plantea en varios momentos esta cuestión, preguntándose si su forma de resistencia y oposición a los movimientos fascistas no había sido "demasiado literaria". Como lector, sin duda, resulta llamativo leer a Nico Rost hablando de que quiere leer toda la obra de Hölderlin en una entrada del diario, y en la siguiente leer que han muerto cientos de personas por causa del tifus; parece existir una disonancia entre ambas realidades, difícilmente compaginables.
Así cuenta, por ejemplo, en un determinado pasaje que él y otro recluso estaban "tan enfrascados en nuestro tema [una edición de la biografía del escritor Antoine Frédéric Ozanam] que apenas oíamos los lamentos y gemidos -era día de vendajes- de los enfermos que nos rodeaban".

Como se hace evidente a lo largo del diario, la reflexión sobre literatura -y no sobre una literatura cualquiera, sino sobre la literatura alemana en particular-, se convierte así, por una parte, en una forma de supervivencia (para conservar la cordura, la dignidad, la libertad, aunque sea interior), y por otra, en una forma de resistencia, oponiéndose a la satanización de todo lo alemán provocado por el ascenso del nazismo, y en general a cualquier tipo de chauvinismo. Tan importante es para la lectura y la escritura Nico Rost, "el loco que roba papel y escribe todo el tiempo" como le conocían en el lager, que llega incluso a alegrarse de que haya alertas antiaéreas en el campo, porque eso le da más tiempo para escribir, a pesar del peligro evidente que estos bombardeos podían suponer para él y para sus compañeros de campo. En cualquier caso, no se trata solo de una "deformación profesional", sino de una estrategia consciente y tenaz; en un momento determinado afirma:
...evidentemente que pienso muchísimo en casa, en los problemas políticos presentes y futuros, en muchos amigos, en comer mejor, en si tengo o no piojos, si el animalillo que me modrió ayer era un piojo o una pulga; pero, en primer lugar, no puedo escribirlo todo y, en segundo lugar, tampoco quiero, de ninguna manera. Tendría entonces que hablar una y otra vez sobre mis esperanzas y mis deseos, mis preocupaciones y mi miseria, pero lo que quiero es imponerme disciplina, que mis pensamientos lo controlen, que sean deños por encima de toda la materia que hay en este lugar, es decir, la materia de las SS, una corteza de pan, la sopa aguada, los piojos y las pulgas...

(Conviene aclarar, por otra parte, que quizás Nico Rost estaba siendo demasiado crítico consigo mismo en estas autoacusaciones, ya que si bien es cierto que su principal labor era la literaria, también se implicó en la Resistencia belga tras la invasión nazi. En el propio campo de Dachau, además de intentar ayudar a diversos reclusos desde su posición de ayudante de la Enfermería, también se le ve donando sangre para intentar salvar la vida de otros reclusos. ¿Hay alguna forma más concreta y material de solidaridad que donar la propia sangre, sobre todo en un contexto en que era un bien tan preciado?)

Goethe en Dachau muestra así a un Nico Rost profundamente humano, decidido desde el inicio (desde antes del inicio, de hecho) a resistir la tentación de odiar colectivos nacionales o religiosos, incluso los de sus verdugos (los alemanes, pero también los polacos, tan odiados dentro del lager). La lección fundamental del libro, sin duda, es la de la resistencia de la dignidad, que en este caso adopta la forma de una reflexión cultural y literaria profunda, incluso en medio de los peores horrores. Pero otra lección más sutil, que creo que es necesario resaltar, es que esta resistencia intelectual se combina con una resistencia material, política en un sentido práctico (porque también la labor literaria de Nico Rost es política). En caso contrario, se corre el riesgo de caer en un intelectualismo elitista, y olvidar el sufrimiento ajeno, incluso cuando está tan próximo y es tan evidente.

Una nota final sobre la traducción de Nuria Molines Galarza: tal como se nos indica en el prólogo de la traductora, la obra original es un palimpsesto y una torre de Babel: la voz de Rost (en neerlandés) se mezcla con fragmentos en alemán, tomados de sus conversaciones con otros reclusos y del vocabulario familiar en el campo; y con citas escritas en muchas otras lenguas, como francés, latín o yiddish. Además, la primera edición en neerlandés fue corregida y revisada en la traducción alemana, realizada por la propia mujer del escritor. Ante esta complejidad lingüística, la decisión de Nuria Molines ha sido presentar prácticamente todo el texto en en castellano, incluidas las citas (con el texto original en nota), pero mantener el vocabulario concentracionario en alemán, con la traducción entre corchetes, al menos en la primera aparición de cada término. Es, naturalmente, una estrategia válida para mantener el plurilingüismo del original, y al mismo tiempo hacer fácilmente legible la traducción para el lector español. Personalmente, habría conservado los textos que en el original no están en neerlandés (incluso los fragmentos en alemán), colocando la traducción en nota, para mantener así el plurilingüismo del libro y del lager, y el efecto de extrañeza que estas otras lenguas producen en la lectura. Se agradece, en todo caso, el prólogo de la traductora en la que explica esta y otras decisiones, haciéndose visible en el proceso de transmisión de la obra.

domingo, 15 de julio de 2018

Toine Heijmans:En el mar

Idioma original: Holandés
Título original: Op Zee
Año de publicación: 2011
Valoración: Se deja leer


En el mar describe un viaje en velero que comenzó en el puerto de Harlingen (Países Bajos), continuó bordeando las costas de Inglaterra, el mar del Norte, el Atlántico… Donald planea esa travesía como única forma de librarse del tedio  que le produce su vida de oficinista, las críticas, las traiciones. Ya en la costa danesa, recoge a su hija de siete años y juntos regresan a Holanda. Dice la contraportada: “Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido”. Pero en un punto concreto el tiempo comienza a empeorar, surgen complicaciones increíbles y el viaje se convierte en francamente insoportable. Lo malo del asunto es que nada de esto es verdad, aunque forma parte de la narración, más tarde descubriremos que Heijmans nos estaba engañando.
Contra lo que pueda parecer dadas las pistas previas, aquí no hay lirismo, ni esmeradas descripciones, ni diálogos interesantes y muy poca profundidad psicológica. En un primer momento, nos da la impresión de estar ante un manual de supervivencia. Las frases son cortas y simples, lo que ocurre durante el recorrido, así como la relación paterno-filial, roza la banalidad y solo un fuego de artificio, completamente injustificado, consigue alejarnos del mortal aburrimiento. Pero al menos así nos vamos inquietando por momentos, comprendemos que algo anda mal y no sabemos qué puede ser, el discurso se vuelve cada vez más absurdo y las reacciones más incoherentes, tanto que empezamos a dudar de lo que se nos cuenta. Finalmente, se nos brinda un punto de vista paralelo y la línea narrativa se bifurca.
Por fortuna, el texto apenas ocupa centenar y medio de páginas con bastantes espacios en blanco, pero podría reducirse a un relato de quince o veinte para que el efecto que, se supone, debería producir en nosotros se efectúe con la contundencia deseada. Hacer trampas al lector puede ser legítimo si la verosimilitud no resulta dañada, si los trucos consiguen un efecto sorpresa, si eso contribuye a mantener la intriga, aumenta la complejidad narrativa o efectos similares. Nunca cuando el argumento es una falacia de principio a fin y el descubrimiento de lo que se esconde detrás reduce toda la trama a cenizas. En mi opinión, es un caso de tensión narrativa mal manejada, pues las explicaciones, que –solo- aparecen en las últimas páginas, están creando otro relato, completamente distinto del que hemos leído y que promete ser mucho más rico e interesante pero bastante más difícil de elaborar. Y, según parece, algunos escritores no están dispuestos a complicarse la vida. Por cierto, esta novela me ha recordado a otra que reseñé hace unos meses, y mis reproches de entonces iban por el mismo camino.
No debo desvelar nada más, solo añado que en todo ello subyace la constatación de una necesidad vital: mantener la propia mente en perfecto estado de equilibrio. De ahí que en obviedades como “Quien deja de pensar con lucidez queda a merced del mar” y otras similares se encuentre la metáfora que puede aplicarse a cualquier situación y, aunque en un principio nos pasen desapercibidas, acaban convirtiéndose en el eje de todo el asunto. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Dubravka Ugrešić: Gracias por no leer

Idioma original: holandés
Título original: Verboden te lezen!
Año de publicación: 2001
Valoración: muy recomendable


Es algo ya conocido (gracias a las estadísticas con las que nos bombardean cada cierto tiempo) que España es uno de los países que más libros edita por año en proporción a su tamaño, población y, sobre todo, el tanto por cierto de lectores potenciales que existen –que, desgraciadamente, no podemos decir que sea de los más altos–. De ahí que no sea extraño escuchar que el mercado editorial está saturado, que las novedades no duran más de una semana en el escaparate de las librerías, que la competencia es durísima, que esta situación está provocando que se publiquen libros que se puedan vender con facilidad antes que apostar por su calidad literaria, etc. Pero, ¿podemos afirmar que esto sólo pasa en España o, por el contrario, es un problema global?

En Gracias por no leer Dubravka Ugrešić reúne treinta y un artículos y ensayos en los que analiza la situación actual del mundo editorial. Así, haciendo uso de una fina ironía, nos cuenta cómo trabajan hoy en día los agentes literarios (y cómo suele ser dificilísimo llegar a conocer a alguno en persona), por qué es importante que los escritores exploten su sex-appeal para promocionar sus obras, que la promoción suele ser más importante que los libros en sí, cómo se ha llegado a que algunos editores publiquen sus fotografías en las contraportadas de los libros (otorgándose, así, a sí mismos más importancia que a los propios autores) o por qué actualmente escritores consagrados tienen que competir con estrellas de la televisión o del cine (o con cualquiera que pueda atraer a un número significativo de posibles lectores, realmente) para poder ver publicadas sus obras. Como afirma en este libro, no todo el mundo puede ser cirujano, matemático o pianista, pero resulta que cualquiera puede publicar un libro [...] La literatura se ha convertido así en un pasaporte para la eternidad, al acceso de cualquiera, en un billete para viajar en la órbita de los elegidos. De pronto resulta que todo el mundo tiene derecho a hablar [...].

Ugrešić denuncia, además, la situación de los escritores de la Europa oriental una vez caído el telón de acero: por qué tiene más posibilidades de publicar un autor exiliado que otro que no haya abandonado su país, por qué el país de origen define desde un principio el posible volumen de ventas y la promoción dedicada a un autor (es más fácil que un autor serbio publique en Francia a que lo haga un autor francés, por ejemplo, aunque la obra de este último sea mucho mejor) o por qué siempre se espera que estos escritores traten ciertos temas en sus libros (la vida en la RDA, la caída del comunismo, etc.) y se evita o retrasa la publicación de aquellas obras que no se consideran lo suficiente "post-comunistas".

Es éste, por tanto, un libro imprescindible para todo aquel que quiera conocer cómo funciona el mundo editorial hoy en día (teniendo cuenta que, por supuesto, de todo hay y que la autora croata no habla de las pequeñas editoriales o grupos independientes) y que nos hará reflexionar cuando estemos en una librería y dudemos a la hora de comprar un libro.

martes, 13 de marzo de 2012

Cees Nooteboom: El día de todas las almas


Título original: Allerzielen?
Idioma original: holandés
Año de publicación: 1998
Valoración: Recomendable

Os diré que he leído esta curiosa novela – que consideraremos como tal en el más amplio sentido del término – de una forma un poco extraña: en lugar de leer, la mayor parte del tiempo me he dedicado a divagar. Porque, cuando se transita por Berlín en compañía de Arthur Daane, el reportero gráfico a quien apenas sucede nada pero a través de cuyos ojos (y cámara) atisbamos la realidad de una época, el texto funciona a modo de aspirador, extrayendo lo que cada uno lleva dentro. Eso a quien no se le caiga de las manos cuando compruebe que no hablamos de ningún relato al uso sino de seguir los pasos (reales y mentales) del narrador/protagonista.

El día de todas las almas, – del original holandés Allerzielen (All Souls Day) – también puede traducirse como Día de los Difuntos, pero figura en el ejemplar que yo tengo como Paradijs verloren, otra obra del autor publicada más tarde. Es un personalísimo documental escrito del Berlín de finales de los 90, su fisonomía, en especial la huella que ha dejado el Muro (tanto su existencia como su destrucción), su historia, la influencia que deja en sus habitantes, además de la indagación introspectiva y el buceo intelectual del viajero y cronista Nooteboom, por medio de su personaje, en todo aquello que le interesa, detesta, llama su atención o le conmueve. Entre todo ese amasijo de elementos, destaca – para el lector español – el conocimiento de este país, filtrado, naturalmente, por la mentalidad de un observador nacido en Holanda. Escrito entre 1996 y 1998, la violencia que se desencadenó aquí en el verano del 97 le sorprendió a media redacción y no pudo resistirse a constatarlo.

Pero su interés no se limita a la España de la época, ni siquiera a nuestro teatro clásico (utiliza la expresión “convidado de piedra” ¡¡dos veces!!) En sus pensamientos, o en su diálogo con esos amigos algo irreales (a medio camino entre puros arquetipos y seres de carne y hueso), se detiene a analizar el papel –decisivo para la configuración del panorama europeo – de los acontecimientos que, en la época medieval, tuvieron lugar en la península. “Estuve curioseando un poco en esa antigua historia española. Aún no existe ninguna España. Las fronteras van desplazándose continuamente de un lado a otro, es como para volverse loco. Musulmanes y cristianos, y esos, a su vez, divididos de nuevo en todo tipo de reinos grandes y pequeños, todo el mundo masacra a todo el mundo y luego otra vez amigos, y todo el mundo se llama Alfonso, lo que tampoco facilita las cosas.” “El mundo con el que nosotros tenemos que ver es la suma de todo lo que ocurrió alguna vez, aunque a menudo no sepamos qué ocurrió (…) Aquella época quizá no le importe a nadie un pimiento, pero en ese raro rincón de España se estaba decidiendo entonces el destino de Europa.”

España le sorprende tanto que no se resiste a compartir lo que para él constituye – para bien y para mal – todo un espectáculo. En cambio, en la nueva sociedad rusa, que parece conocer bastante mejor, apenas se detiene. Se limita a lanzar sobre ella una mirada rápida y volver la cabeza enseguida, encogiéndose teatralmente de hombros.

El invernal norte y el cálido sur observados desde Alemania por un espectador holandés. Centroeuropa se convierte así en el punto medio desde donde, de alguna forma, Noteboom dobla la manta para acercarnos a su particular visión de la historia pasada y presente. “Pero, ¿por qué demonios Alemania? Un poder económico que, parecía tirar de toda Europa, una moneda que era tan fuerte que el resto del mundo podía romperse los dientes al morderla, una posición geográfica que hacía que, si ese enorme cuerpo se girase un poco mientras dormía, se produjera algo así como un ligero terremoto en los países vecinos…

Paralelamente a todo ello, encontramos una historia de amor, no sólo absurda (¿hay alguna que no lo sea?) sino increíble, acartonada, casi folletinesca. Lo que todavía choca más en un texto tan riguroso intelectualmente. Si lo que Nooteboom pretendía era añadir algo de vida en un artefacto demasiado árido, el intento resulta fallido. Elik (hasta su nombre y la justificación de su origen español no pasan de ser una elaboración mental del autor), su melodramático pasado, su personalidad (demasiado) enigmática y la desdibujada – aunque no por ello más creíble – relación con Arthur Daane podría eliminarse sin que nadie las echase de menos. Al contrario, el conjunto ganaría en credibilidad y coherencia.

Como digo, los personajes no son tales sino (como Erna, la amiga incondicional con la que suele dialogar mentalmente) una pared donde rebotan los soliloquios del protagonista. O máquinas de lanzar ideas. Por ejemplo, una de las reflexiones que su amigo filósofo, Arno Tieck, suelta, como todos, sin venir mucho a cuento: “No pararán hasta que el mundo entero coma lo mismo. (…) Comer lo mismo, oír lo mismo, ver lo mismo y luego, por supuesto, pensar también lo mismo, si es que se puede hablar todavía de pensar. Fin de la diversidad” Encontramos también una especie de coro – al modo de la tragedia griega clásica – de inmortales que situándose por encima del bien y del mal filosofan brevemente entre uno y otro capítulo: “La eternidad, Dios, la historia, todo son invenciones vuestras. Todo es al mismo tiempo real y una ilusión, y vivir con eso no es tarea fácil.”

Como decía, un libro para reflexionar más que para revivir sucesos inventados, a medio camino entre la narrativa y el ensayo, con abundantes diálogos y continuos cambios de enfoque, que hay que leer con la mente abierta y sin prejuicios si se quiere disfrutar de él.

También de Cees Nooteboom en ULAD: Luz por todas partes

lunes, 27 de febrero de 2012

Herman Koch: La cena


Idioma original: holandés
Título original: Het Diner
Año de publicación: 2009
Valoración: está bien

Dos matrimonios cenan juntos en un restaurante de moda en Ámsterdam. Por un lado, Serge Lohman (conocido político) y su mujer, Babette; por otro, Paul (hermano pequeño de Serge) y su mujer, Claire. Lo que parece una simple velada en familia en realidad es una reunión para decidir qué van a hacer con sus hijos, dos jóvenes de 15 años que han cometido un delito por el que pueden ser condenados a prisión.

¿Cómo deben actuar? ¿Deben mantenerse leales a sus hijos, borrar las huellas de su crimen y alejarlos de las autoridades? ¿O, por el contrario, deben actuar de forma honesta –tal y como exigirían a cualquier otro ciudadano que estuviera en su lugar– y denunciarlos? ¿Están preparados sus hijos para pagar por lo que han hecho? O, mejor dicho, ¿están ellos preparados para soportar la vergüenza de haber criado a un par de delincuentes?

Amor paterno-filial, comprensión, traición, inmadurez, decencia, honradez, culpa, hipocresía... muchos son los temas que Koch plantea en esta obra a través de las palabras de Paul, quien, echando mano de sus recuerdos y de los acontecimientos que tienen lugar durante la cena en cuestión, intenta presentarnos el retrato de una clase media acomodada y pagada de sí misma más sórdido de lo que estamos acostumbrados a percibir. Pero, ay, Koch falla. Y lo que nos prometían como un ataque despiadado a la burguesía y a las mentes bienpensantes se queda a medio camino, en un "quiero y no puedo" regado con vino francés y conversación vacía.

Así, los personajes se pierden en elucubraciones sobre el racismo, la educación, la comida, el dinero, la violencia, etc., y hasta la mitad de la novela no sabemos qué ha pasado ni por qué han decidido cenar juntos. A partir de entonces, la situación se vuelve un tanto forzada, como si nos estuvieran prepararando para el intento del autor de sacarse un as de la manga que dé la vuelta a la situación y "justifique" la actuación de los jóvenes –y, como consecuenica, la de los padres.

No tengo nada en contra de los ases en la manga ni de ocultar información hasta el momento oportuno (eso puede convertir una historia en LA historia), pero sin duda es un recurso que hay que manejar con cuidado para que funcione. Y, en el caso de La cena, podríamos decir que Koch no ha jugado bien sus cartas (o bien que usó una sota en lugar de un as) y que, aunque el libro es entretenido, se lee rápido y ayuda a pasar la tarde o varios viajes de metro, no llega al nivel que pretendía –ni al que promete la publicidad–.

sábado, 16 de octubre de 2010

Bernlef: Entre brumas


Idioma original: neerlandés
Título original: Hersenschimmen
Año de publicación: 1984
Valoración: Muy recomendable


Maarten Klein no ha tenido una vida fácil. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, emigró a Estados Unidos, trabajó duro para sacar adelante a su familia... pero ahora que está jubilado y que sus hijos se han ido de casa, disfruta de una vida tranquila junto a su mujer. O eso parece, porque de repente el Alzheimer hace su aparición y convierte en jirones todo lo que lo rodea.

Narrada desde el punto de vista de Maarten, esta novela nos hace testigos de la progresiva degeneración de la mente de su protagonista, en la que los pequeños olvidos o confusiones van dando paso a una de(con)strucción absoluta de la realidad. Increíblemente realista y sin nombrar ni una sola vez la enfermedad responsable de ese estado mental en el que todo se desdibuja, donde pasado y presente se confunden y sentimientos como el miedo, la incomprensión o la desorientación se vuelven omnipresentes, este monólogo interior nos guía hacia un trágico final en el que la oscuridad y el olvido terminan por devorar al protagonista una vez que el abismo entre su conciencia y el mundo que lo rodea se vuelve insalvable.

Desde su cada vez más desestructurada pero increíblemente lógica narrativa, Bernlef también nos hace testigo de la reacción de la esposa de Maarten y de sus intentos por ayudarle, así como de la incomprensión y el temor ante su comportamiento y su progresiva degeneración que llega desde el exterior, lo que confluye en una descripción terriblemente real y completa de lo que supone tanto sufrir Alzheimer como intentar hacerse cargo de alguien que lo padece.

Cabe preguntarse, sin embargo, si no es esta novela una muestra más de la desconexión que la enfermedad produce entre las personas que la sufren y el resto de la sociedad, si no estamos ante un análisis más profundo de lo que parece de la psique humana o si, en definitiva, lo que hace Bernlef con esta obra no es sino preguntarse qué ocurre cuando uno de nosotros se aparta del camino marcado.