martes, 4 de mayo de 2021

Reseña + entrevista: Los ojos cerrados de Edurne Portela

Idioma original: español 
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

Los ojos cerrados no parece una novela de Edurne Portela. Y sin embargo, es inequívocamente una novela de Edurne Portela.

Empecemos por lo que la diferencia de las anteriores, que es lo más obvio y lo primero que el lector notará. Mientras que Mejor la ausencia y Formas de estar lejos estaban dominadas por la voz y la visión de sus protagonistas y narradoras (Amaia y Alicia), en este caso el texto es coral: se nos presentan las voces y pensamientos de los personajes de Pueblo Chico, una aldea perdida en medio de la sierra (no sabemos cuál). Son las voces del presente, pero también las del pasado, un pasado traumático de guerra, desigualdad y represión, que sigue provocando ecos y consecuencias en el presente y condicionando la vida del pueblo. Esta estructura coral se relaciona también con una variedad de estilos y técnicas, de la narración en tercera persona al monólogo interior, o incluso a capítulos entre lo lírico y lo mitológico, en los que se incluyen algunas leyendas de Pueblo Chico sobre lobos, nieblas, lindes y bosques amenazantes.
 
Es cierto que aquí también hay una protagonista femenina, Ariadna, una joven que va (o vuelve) a Pueblo Chico buscando la calma, o quizás todo lo contrario, pero su papel es secundario en relación con otros personajes, y no tiene la misión de ser la narradora principal de la historia. De hecho, el personaje principal, el que une (casi) todos los hilos de la trama sería Pedro, el anciano (en el plano del presente) marcado por una historia de violencia cuyas ramificaciones vienen a ser la trama principal del libro. La muerte violenta de sus padres, en la represión de la (de una) posguerra, su supervivencia en un mundo dominado por los asesinos de sus padres, su intento de reencontrar la empatía, la solidaridad, el amor en los márgenes de la sociedad, son el alimento fundamental de la trama, en la que también asistimos al intento de Ariadna de encontrarse a sí misma (en el pasado y en el presente).
 
Se podría decir que Edurne Portela ha corrido dos riesgos con esta novela. El primero es abandonar la técnica que había desarrollado en sus dos novelas anteriores y optar por una estructura más fragmentaria y descentrada, y una visión más poliédrica y menos focalizada. El segundo riesgo consiste en alejarse del eje más o menos autobiográfico de sus dos anteriores novelas (la primera centrada en su infancia y adolescencia "vasca", la segunda en su periodo de estancia en Estados Unidos) para enfocarse en otros tiempos y en otros espacios más alejados de su propia vivencia (relativamente, porque Edurne Portela también, como Ariadna, se ha mudado a una aldea perdida en no sé sabe qué sierra), abordando el tema de la guerra, la posguerra y la pervivencia de su resaca hasta nuestros días. Dicho con otras palabras, escribir, a estas alturas, "otra maldita novela sobre la guerra civil", como diría Isaac Rosa, es siempre un riesgo, después de la saturación del género y del mercado que el título de Rosa parecía denunciar hace casi quince años.

Aunque en realidad, al leer Los ojos cerrados se produce un fenómeno semejante a lo que en términos visuales se conoce como "pareidolia": eso que nos hace ver conejitos en las nubes, caras en las paredes de Vélmez o a Jesucristo en una tostada. Porque en el texto de esta novela no aparecen las palabras "Guerra Civil", "posguerra", "Franquismo", "falangistas" o "maquis", y la historia no se ubica ni geográfica ni cronológicamente. Y sin embargo, creo que cualquier lector español proyectará esas palabras sobre el texto, hasta el punto de estar convencido de que sí aparecen, cuando lea sobre una "guerra", sobre los soldados que llegan al pueblo para buscar a los rebeldes, sobre los huidos que se emboscan en la sierra o sobre las fosas en las que caen los cadáveres para nunca ser encontrados. Proyectamos, sobre la novela, como siempre hacemos al leer, no solo nuestra memoria individual o colectiva, sino también nuestra cultura literaria o fílmica, que va de Luna de lobos o La lluvia amarilla de Llamazares a El laberinto del fauno de Guillermo del Toro, de La higuera de Ramiro Pinilla a Pa negre de Agustí Villaronga (o de Emili Teixidor), entre muchas otras referencias.

En cualquier caso, aunque la estructura y la trama de esta novela se aparten de las dos anteriores de Edurne Portela, esta sigue siendo sin duda una novela de Edurne Portela. Porque el tema central de Los ojos cerrados, como de Mejor la ausencia y de Formas de estar lejos, es la violencia y su memoria; la violencia y la forma de hablar de ella. En este caso se trata de una violencia histórica y política, pero que, como cualquier otra, penetra en las familias, en las casas y en las personas, estallando y dejando las astillas del trauma por todas partes. Y ante esas astillas, esos traumas, caben dos actitudes: o cerrar los ojos y fingir que no ha pasado nada, o que lo pasado está superado y olvidado, o mirar de frente al dolor causado y sufrido, y exigir respuestas (y el texto está lleno de ojos que se cierran o se abren, dolorosamente).
 
Así, frente a narrativas que proponen la primera vía, aunque suponga cerrar las heridas sin curarlas y las fosas sin desenterrarlas (y Soldados de Salamina se ha convertido en una especie de epítome de esta propuesta), Los ojos cerrados parece mostrarnos una narrativa alternativa, la que exige una confrontación dolorosa con el pasado, que evite una tabula rasa falsa e inmoral. Todas las relaciones entre los personajes, de hecho, siguen marcadas por lo que pasó y lo que fue, aquello de lo que no se habla, y no hablar de ello solo prolonga las reverberaciones del dolor. No se trata de perdonar (como explica Edurne Portela en la entrevista que se incluye a continuación de esta reseña) sino de afrontar la verdad y reparar a las víctimas, si no se quiere que las víctimas sigan siendo victimizadas una y otra vez, en el presente como en el pasado.
 
Hay una escena probablemente marginal en la novela, pero que creo que sirve para representar esta continuidad de la violencia y del poder que a través de ella se sigue ejerciendo: unos cazadores llegan a Pueblo Chico después de una batida, con sus coches y sus escopetas, arrastrando el botín de su cacería; los habitantes del pueblo, que ya los conocen, se esconden en sus casas. Al marcharse, el pueblo queda manchado con la sangre de los animales. No es difícil identificar a esos cazadores como los descendientes o continuadores de la labor de los soldados que, muchos años antes, arrastraban otro tipo de cadáveres por el pueblo, dejándolo también inundado de sangre y miedo. Y a buen entendedor...

Entrevista con Edurne Portela:

Pregunta: Esta novela es diferente de las anteriores, en cuanto a la técnica y el estilo. ¿A qué se debe este cambio? ¿Fue la propia historia que querías contar la que te llevó a ello, o lo tenías claro desde el principio?

Edurne Portela: No, no lo tenía nada claro. Las voces fueron creciendo según crecía la historia. Comencé con la voz de Pedro, con su voz de anciano y al ir indagando en esa voz, sentí la necesidad de crear otras que ampliaran la perspectiva, que me permitieran contar otras cosas fuera de la subjetividad de Pedro.


P.: También llama la atención que la acción no se sitúe geográfica ni cronológicamente - y sin embargo cualquier lector español identifica la Guerra Civil y la represión franquista en algún lugar indeterminado de la España vaciada… ¿Por qué en este caso preferiste no dar coordenadas concretas y reales a la narración?

E.: No quería que la novela estuviera anclada a unas coordenadas específicas, no me interesaba escribir una novela sobre la "guerra civil" o el franquismo. De hecho, no es tanto una novela sobre la guerra del 36, sino sobre la continuidad de la violencia en tiempos de una supuesta paz. Y creo que las situaciones que se narran pueden extrapolarse a otros contextos en los que la población civil ha sufrido ese tipo de represión.
 
 
P.: Debido a estas diferencias, esta novela parece algo separada de las anteriores, a pesar de que comparten temas comunes. ¿Tú las ves como una “trilogía de la violencia”, por llamarlo de alguna forma? ¿Te lo planteaste así en algún momento? (Una continuidad curiosa es que las tres protagonistas femeninas tengan nombres semejantes: Amaia, Alicia, Ariadna).

E.: Sí, lo de las protagonistas con nombres A-a debe ser algún tipo de TOC mío. Pero no, nunca he pensado en clave de "trilogía", entre otros motivos porque nunca sé lo que voy a escribir cuando me pongo a escribir. Sería incapaz de planear algo así. En realidad llevo escribiendo sobre la violencia toda mi vida y me temo que es un tema del que no me puedo despegar porque con cada intento me quedo con la sensación de que no he encontrado respuestas ni resuelto dudas, de hecho con cada libro se me acumulan más. No tengo ni idea de qué haré después, pero seguramente seguiré en esta línea. Por muy diferentes que sean los libros (y este, estoy de acuerdo, es muy diferente a los anteriores), la indagación y la obsesión será parecida. Eso sí, la próxima protagonista no se llamará Azucena, lo prometo.
 
 
P.: Una imagen que se repite a lo largo de todo el texto es la de los ojos cerrados del título, y también las miradas (que se encuentran, se evitan, acusan, se dirigen). Abrir los ojos es en muchos casos un gesto doloroso, la luz ciega y hiere. ¿Es posible vivir con los ojos cerrados?
 
E.: Sí, es una imagen constante que puede tener varias interpretaciones. Una es, como dices, cerrar los ojos ante lo que nos duele, nos incomoda, nos hace sentirnos responsables. Porque si eres testigo de una violencia o de un abuso, si lo ves, te tienes que posicionar, tienes que tomar partido porque incluso no hacer nada es tomar partido. Sin embargo, si no lo ves o haces como que no lo has visto, es más fácil relajar la conciencia, pensar que no tienes nada que ver con lo ocurrido.  ¿Es posible vivir así? Nuestra historia demuestra que, por desgracia, sí es posible. Pero el hecho de que sea posible no significa que esté bien, que sea la mejor opción. Y tampoco significa que por cerrar los ojos no sepas o dejes de ser responsable. 


P.: Un tema de fondo de la novela es el perdón, o su ausencia. ¿Crees que el perdón es posible? ¿En qué circunstancias o con qué condiciones? (Pienso en el contexto de la novela, pero también, en un cierto offtopic, en el País Vasco…)

E.: Creo que sobrevaloramos el perdón. El perdón favorece sobre todo al verdugo que, una vez perdonado, puede seguir adelante, tal vez incluso sin pagar por lo que ha hecho y sin un proceso de reparación con la víctima. Y otorgar el perdón pone en una posición difícil a la víctima. Si la víctima quiere perdonar, estupendo, pero nunca deberíamos exigir que perdone. Hay daños, violencias, que son irreparables y en las que el perdón no debería ser siquiera tema de discusión. ¿Por qué nos preocupamos tanto del perdón y tan poco de la reparación, de la justicia, de la verdad? ¿Por qué exigimos siempre que se perdone y que se pase página y exigimos tan poca justicia? 


P.: En cierto modo, se podría decir que la tuya es una novela crítica con la idea de “reconciliación”, al menos si esta reconciliación no cumple ciertas condiciones, o si es una reconciliación forzada y no sentida… Si te dijeran que tu novela reabre heridas, ¿te lo tomarías como algo negativo?

E.: Es que en este país se entiende por "reconciliación" que unos callen (si es necesario por la fuerza) y otros sigan defendiendo el mismo discurso de no reabrir heridas de que eso fue "guerra entre hermanos" y que "la España cainita" y que si la tercera España y que si los extremos se tocan. ¿Cómo se puede hablar de reconciliación después de 40 años de dictadura? ¿Reconciliarse quién con quién? Después de una dictadura asesina y represiva lo que toca es un proceso de justicia, de verdad y de reparación. Estoy harta de la carga católica del perdón y la reconciliación que diluye responsabilidades, que despolitiza, que pone el foco en los sentimientos y esas mierdas cuando lo que se necesitan son procesos judiciales, investigación y depuración de responsabilidades. Y si me dijeran que la novela abre heridas preguntaría que a quién se las abre. Porque en este país hay familias con heridas abiertas desde hace 80 años y otras a las que apenas se les notan las cicatrices porque se encargaron de cerrárselas muy bien durante todos los años del franquismo. Así que me digan a quién se le abren las heridas cuando hablamos de memoria democrática. Se les abrirán a los que entienden bien poco de democracia.

 
P.: El reverso del perdón sería, quizás, la culpa. Aquí es donde algunos lectores (entre los que me incluyo) pueden vincular Los ojos cerrados con La higuera de Ramiro Pinilla. ¿Qué lugar ocupa la culpa, en tu opinión, en el proceso de la memoria individual y colectiva? ¿Puede en algún caso ser positiva, o es un sentimiento solipsista, autocomplaciente o autodestructivo?

E.: Pues mira, la culpa va con el perdón y la reconciliación, al saco de palabras inútiles cuando hablamos de justicia. La culpa no sirve para nada, lo que sirve es la responsabilidad, tanto a nivel personal como colectivo. La responsabilidad exige una acción, te sitúa ante el hecho en el presente. Te haces responsable. La culpa se queda en sí misma, te regodeas en ella, te sientes culpable.
 
 
P.: Hay una escena que me parece muy significativa: en un momento de la novela unos cazadores vienen con sus escopetas y sus presas, llenándolo todo de sangre. ¿Intenta esta escena simbolizar que la violencia pasada (de la Guerra Civil o el Franquismo) sigue perpetuándose en el presente, aunque transformada?

E.: Pues no lo sé. La escena surgió y me pareció que tenía sentido, pero no intentaba hacer nada con ella. Simplemente la escribí. Pero sí creo que hay algo de lo que comentas. Al fin y al cabo en la novela hay una continuidad de esa violencia del pasado que se refleja en el mismo espacio de Pueblo Chico pero tomando otras formas, son como ecos.
 
 
P.: En general, ¿crees que hemos avanzado algo en el tema de la memoria histórica en España (política, social, culturalmente), o seguimos estancados en medio de la ceguera? ¿Crees que la literatura tiene poder para cambiar esto?

E.: Hay olas de interés por el tema de la memoria democrática y justo antes de la pandemia estábamos en un momento muy rico, pero ahora ha vuelto a pasar todo a segundo plano. Estuvo muy bien sacar a la momia de Cuelgamuros, expropiar el Pazo de Mierás, ahora a ver si los familiares pueden sacar a sus seres queridos de Cuelgamuros también. Pero queda mucho por hacer, queda mucho por investigar, queda mucha pedagogía sobre memoria democrática por hacer, no sólo de la guerra, sino de lo que supuso el franquismo para muchas comunidades. La literatura contribuye a su manera al debate público, de una manera tangencial y humilde con sus propias herramientas: provocando conversaciones, despertando memorias, usando la ficción y el lenguaje imaginativo para ensanchar la forma de pensar el pasado. Pero cambiar, cambiar, la literatura cambia poco.

3 comentarios:

Elsamaría dijo...
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Carlos Andia dijo...

Supongo que es inevitable que la autora haya tenido en la cabeza la Guerra civil, como sería normal pensar en el nazismo si se escribe un relato sobre campos de concentración. Pero me gusta la idea de deslocalizar el escenario, porque le da a la guerra y la barbarie el sentido universal que tiene y que normalmente se pierde. Lo cual no quiere decir que no haya buenos y malos, culpables o más culpables, pero si se quiere presentar la esencia de la guerra seguramente esta es la única forma de hacerlo.

Por lo demás, genial la reseña y muy interesante la entrevista, maestro.

Santi dijo...

Pues muchas gracias, Carlos. Bueno, es una opción narrativa o estética que tiene sus pros y sus contras. Puede servir para dar más universalidad al relato, pero también se puede perder algo de matiz o detalle histórico concreto; la historia puede deslizarse más hacia la alegoría o la parábola. Los ojos cerrados mantiene bien el equilibrio, creo, porque sigue dando "impresión de realidad" a pesar de no explicitar los detalles de la localización del pueblo. En cualquier caso, creo que la historia habría sido igualmente "universal" aunque hubiera situado Pueblo Chico en los montes asturianos o leoneses, por ejemplo, y la acción en el año 1942... "

Dicen que Tolstoi dijo "Habla de tu aldea y serás universal" (aunque lo mismo la frase es apócrifa, como la de los antifascistas de Churchill). Pues eso.