sábado, 8 de mayo de 2021

Gonzalo Fernández de la Mora: La envidia igualitaria

Idioma original: Español
Año de publicación: 1984
Valoración: Interesante


Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002) es uno de esos intelectuales españoles cuyo pensamiento resulta algo antipático para el público general. A fin de cuentas, el proyecto cultural y político por el que abogaba, de claro sesgo conservador, se distancia de las democracias liberales. Las cuales, a su juicio, están repletas de fracasos y limitaciones, tanto en la práctica como en la teoría. Y ya se sabe que, hoy día, cuestionar a la democracia, sea de forma legítima o no, sale caro. 

En unos tiempos tan radicalizados como los que vivimos, a muchos les gustaría que un servidor, un joven de sensibilidad izquierdista, dijera que Gonzalo Fernández de la Mora (GFM en adelante) es un facha cuyo discurso ha quedado completamente desfasado y no tiene nada aprovechable. Por desgracia para ellos, eso sería faltar a la verdad. 

De hecho, debo admitir que ahora que las conozco (que las conozco sin distorsiones académicas o mediáticas), las ideas de GFM me suscitan bastante respeto. Con esto no quiero decir que coincidamos al cien por cien; nada más lejos de la realidad. Pero el autor, igual que yo, rechazaba tajantemente la partitocracia de nuestro país y se negaba a conformarse con la Constitución del 78. Ya me gustaría que gente de mi propia cuerda opinara así. 

También me parecen correctas, e incluso preclaras, gran parte de las reflexiones desplegadas en las 260 páginas de La envidia igualitaria. GFM arremete en este ensayo contra la envidia (sentimiento universal al que todos somos proclives) y el igualitarismo (doctrina política y social que, según él, nace de la envidia). 

De las muchas virtudes que le he encontrado a esta obra, destacaría las siguientes: 

  • Está redactada con amenidad pero, al mismo tiempo, derrocha erudición. 
  • Casi medio siglo después sigue vigente. En determinados pasajes, incluso, devino profética.
  • Intenta alejarse, mal que bien, de la ideología. Para ello, se apoya en razonamientos lógicos y datos.
  • Se muestra rotunda al desplegar sus tesis sin caer jamás en el dogmatismo.
  • Delimita con suma precisión los conceptos abordados y los afianza a través de toda clase de fuentes y citas.  
  • Su estructura gradual y escalonada ayuda a que las ideas tratadas calen perfectamente. 
  • Ilustra sus nociones más abstractas mediante ejemplos, metáforas o paralelismos históricos.
  • No se conforma con problematizar la envidia y el igualitarismo, sino que ofrece alternativas y soluciones constructivas.
  • En ocasiones logró que mis convicciones democráticas e igualitarias se tambalearan un poquito. Y creedme cuando os digo que esto tiene mucho mérito.

¿Qué pegas le pondría? 

  • Su manera de exponer la información es tan exhaustiva que puede antojarse algo repetitiva. 
  • Parte de premisas cuanto menos cuestionables. Si te adhieres, como es mi caso, a escuelas filosóficas vinculadas con el pesimismo, la supervivencia y el perfeccionamiento de la especie no te parecen, ni de lejos, imperativos morales, ni tienes la impresión de que el ser humano esté motivado por instinto de realización alguno. Tampoco me convencen ni su claudicación biologicista ni sus alabanzas a la especialización vocacional. 
  • Sus conclusiones no tienen el mismo rigor que sus diagnósticos, aunque hay que admitir que, dentro de lo que cabe, surgen gracias a un proceso de deducción. 
  • Critica al comunismo por depender de hombres genéricos pero su paradigma hace precisamente eso, depender de un molde de hombre determinado (de una minoría egregia y una masa satisfecha con el "statu quo").
  • Suelta unos cuantos comentarios lamentables. Por ejemplo, que la homosexualidad es una deficiencia funcional hereditaria, que hay poblaciones mentalmente inferiores (refiriéndose a los negros) o que «lo que la mujer superior admira más en el varón es el talento».
  • Tiene tics castizos involuntariamente cómicos. Por ejemplo, traducir los nombres de personajes históricos (Renato Descartes, Manuel Kant, Federico Nietzsche...).

Listemos ahora varios desacuerdos que tengo con GFM. No haré mucho hincapié en ellos, empero, ya que mis limitadas capacidades culturales y retóricas no me permitirían rebatirlos de forma convincente. Algunos de estos desacuerdos, de hecho, los tengo sólo intuitivamente.

  • Acelerar la Historia no tiene por qué ser positivo. La Modernidad colapsó, precisamente, por esa confianza ciega en el progreso y, aunque éste nos ha garantizado un gran confort, hay que sopesar si merece la pena perseguirlo en la actualidad, especialmente en determinados sectores.
  • El modelo norteamericano no me parece, ni de lejos, deseable, si bien admito que tiene sus puntos fuertes.
  • La emulación es beneficiosa sólo dependiendo del contexto. Y para nada la considero la actitud que solventará todos los contratiempos de la Humanidad y empujará a la especie hacia cotas insospechadas. 
  • El instinto de realización del individuo no es intrínseco a nuestra naturaleza. Para colmo, es un arma de doble filo, algo de lo que hay desconfiar. Y es muy fácil de instrumentalizar, por cierto.
  • Los "self made man" no son tal. Alguien que dota a la genética de una importancia capital debería saberlo.
  • Si el liberalismo excusa la desigualdad alegando que se pueden dar casos de movilidad social bajo su paraguas, GFM asume que ésta no sólo es inevitable, sino que es deseable. Es decir, GFM no sólo justifica la desigualdad, como los liberales, sino que la legitima y propugna la perpetuación de la misma. Lo cual es, a mi entender, algo escalofriante, por más que su desigualdad ideal, al basarse casi exclusivamente en la meritocracia, sea más justa que la de la actualidad. 
  • La meritocracia defendida por GFM sigue presentando problemas, igual que lo hace la de hoy día. Pero bueno, el autor los asume hasta cierto punto.  

En fin: pese a las discrepancias de fondo que tengamos con La envidia igualitaria, y aunque ciertas declaraciones de su autor puedan atragantársenos un poco, recomiendo la lectura de esta obra. Especialmente a muchos tuiteros: a aquéllos cuyo único argumento ante la crítica de alguien relevante (Felipe VI, Amancio Ortega, Florentino Pérez, Pablo Motos...) es que le tienes envidia, cuando en realidad lo que te mueve es la indignación, y a aquéllos que defienden el igualitarismo y la justicia social hasta sus últimas consecuencias, sin tener en cuenta sus ramificaciones menos fotogénicas.

10 comentarios:

abc dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
eduideas dijo...

Sin duda hay que leer a los que están en las antípodas también si estos saben argumentar, bien por la reseña

Unknown dijo...

Hola, Oriol, menuda reseña. En la línea de los otros comentarios, bien por tu capacidad crítica, de buscar respuestas y argumentos y de ponerte retos. Te has ido a leer a un monárquico, tecnócrata y opusiano. Toma ya.

Creo que eres un lector Kamikaze..jaja



Lupita

reisner dijo...

Interesante y muy trabajada crítica.

Por supuesto, los argumentos de De la Mora son dificilmente defendibles. Solo desde la desvergüenza más absoluta se puede defender la desigualdad como un producto legítimo de la meritocracia. La meritocracia cuestiona, en primer lugar, el derecho de herencia. Las personas como De la Mora, sin embargo, consideran que los hijos deben heredar las ventajas conquistadas por sus padres, ventajas que les aseguran, entre otras cosas, un acceso privilegiado a la educación y a los contactos que se precisan para mantener dicho estatus.

abc dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Carlos Andia dijo...

Oriol, te iba a decir que hace falta mucho estómago para leer a un personaje como este, pero en realidad demuestra (si me permites la pedantería) una gran entereza intelectual. En especial hoy en día, cuando se da por supuesto que TODO lo que venga de parte de alguien políticamente distante (incluso opuesto) es necesariamente rechazable. Hay que tener valentía y una perspectiva amplia (y sí, también algo de estómago) para ponernos delante de un texto y ser capaces de analizarlo y extraerle ideas aunque a priori nos produzca cierto repelús.

Así que enhorabuena por la iniciativa y por la reseña.

Oriol dijo...

Hola a todos. Me halaga que os guste la reseña. Y me conmueve lo sosegados que están siendo los comentarios. La verdad es que esperaba que tanto GFM como su libro causaran una desagradable polémica, y me satisface ver que no es así.

Lupita, me considero un lector ecléctico y abierto. Quizá algo sadomasoquista, pero para nada un "kamikaze". Acudí a este libro sospechando que le sacaría algo de provecho, y me alegra corroborar que así ha sido. Leer a GFM no sólo me ha permitido reafirmar mis convicciones demócratas e igualitarias, dado el rechazo intelectual que me provocan sus tesis, sino que me ha aportado herramientas analíticas muy interesantes que me ayudarán a hacer sana autocrítica. Hallo fascinante este pasaje, por ejemplo: «La pluralidad y diversidad de pueblos soberanos convierte en impracticable la igualdad política de la especie humana.»

reisner, es muy interesante lo que dices, aunque deja que te aclare que la meritocracia propuesta por GFM arrinconaría, tras varias generaciones, incluso a los «mediocres» que provengan de familias adineradas. Sólo por eso, me parece una mejor meritocracia que la actual, y más justa que la imperante en el liberalismo. Afirma GFM: «La igualdad de oportunidades relativamente factible consiste en que, dentro de una sociedad y de un tiempo dados, nadie esté disminuido a causa de su medio familiar para acceder a cualquier posición social.» La desigualdad, pues, se justificaría según él por «la propia personalidad intelectual y moral» y los inevitables condicionantes del «lugar y momento.»

Aun así, no me convence el argumento de GFM por varias razones, ya expuestas en la reseña: ni me seduce el progreso que supuestamente se conseguiría mediante el perfeccionamiento de dicha meritocracia ni creo que ninguna sociedad humana vaya a recompensar jamás todo lo que hay que recompensar al cien por cien. Por otro lado, tampoco me atrae la idea de nacer sin nada y tener que prosperar en las mismas condiciones que el resto. Es un modelo social que aparece de refilón la novela de Ursula K. Le Guin titulada La mano izquierda de la oscuridad, y la verdad es que es un modelo bastante horroroso.

abc, haces un retrato bastante bueno de la figura de GFM, así como del pensamiento desplegado en La envidia igualitaria. Y matizas muy bien las incoherencias que tiene al afrontar la problemática sugerida previamente por reisner. A mí me pareció poco pertinente alabar al mérito individual (a los «egregios») para, como bien especificas, acabar aceptando mecanismos colectivos de dudoso mérito. Pero bueno, hay que admitir que, según el modelo de GFM, existiría cierta posibilidad de movilidad social, por lo que los que nacen pobres no estarían condenados a serlo siempre. Eso es algo que, con unas pocas diferencias, comparte el discurso de GFM con los liberales.

Carlos, realmente no creo que haga falta mucho estómago para leer La envidia igualitaria. Puede que haya que tener voluntad dialogante, eso sí. Pero insisto en que incluso un demócrata e igualitario puede beneficiarse muchísimo de la aportación de GFM.

abc dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Oriol dijo...

Me he dado cuenta de que los desacuerdos que tengo con GFM quedan un poco cojos en la reseña, así que pretendo profundizar en este comentario en varios de ellos (siempre con cautela, pues ya digo que mis capacidades son las que son, y que no todos ellos los tengo racionalmente):

1) El instinto de realización es sumamente peligroso porque, como afirma Byung-Chul Han, en un capitalismo empañado por la filosofía neoliberal se corre el riesgo de acabar explotándose a sí mismo. En el paradigma propugnado por La envidia igualitaria, los hombres estarían sometidos a lo que ellos pensarían que es su propia realización, pero en realidad no harían otra cosa que servir a los supuestos intereses históricos de su pueblo y de la especie en general.

2) Lo de los "self made man" es una chorrada. Os dejo unas palabras de Sam Harris sumamente ilustrativas.

«Many of my critics pretend that they have been entirely self-made. They seem to feel responsible for their intellectual gifts, for their freedom from injury and disease, and for the fact that they were born at a specific moment in history. Many appear to have absolutely no awareness of how lucky one must be to succeed at anything in life, no matter how hard one works. One must be lucky to be able to work. One must be lucky to be intelligent, to not have cerebral palsy, or to not have been bankrupted in middle age by the mortal illness of a spouse.

Many of us have been extraordinarily lucky—and we did not earn it. Many good people have been extraordinarily unlucky—and they did not deserve it. And yet I get the distinct sense that if I asked some of my readers why they weren’t born with club feet, or orphaned before the age of five, they would not hesitate to take credit for these accomplishments. There is a stunning lack of insight into the unfolding of human events that passes for moral (...) wisdom in some circles. And it is pernicious.»

Es verdad que GFM admite el peso que tiene la lotería genética (y, hasta cierto punto, del contexto) en el mérito subsiguiente de un individuo. Lo que me indigna de él no es dicha concepción, sino que emplee puntualmente el tramposo término del "self made man".

También, dicho sea de paso, me indigna que GFM justifique la desigualdad amparado en parámetros tan arbitrarios como la genética. Los que creemos en la igualdad no defendemos la igualdad de resultados, sino la de oportunidades, pero aun así buscamos fórmulas para que los que no puedan beneficiarse de ésta (por enfermedad, limitaciones intelectuales, etc...) tengan unas condiciones dignas.

3. La meritocracia suena muy bien en papel, pero está repleta de fracasos prácticos. Nunca recompensará todo lo que hay que recompensar, ni atribuirá un valor razonable a la mayoría de actividades humanas (en algunos casos inflará obscenamente el valor de lo mediocre y en otros limitará el de aquello verdaderamente genial o beneficioso). En cualquier caso, no quiero que se interprete que estoy en contra de la meritocracia; la considero imperfecta pero, igual que pasa con la democracia, es un sistema que me convence más que otros que pretenden substituirlo. Además, basta compaginarla con la cooperación y la empatía para lograr un mundo mejor.

abc dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.