Título original: Quando muori resta a me
Año de publicación: 2024
Traducción: Carlos Mayor
Valoración: recomendable
Por lo general no soy adepto a las novelas autobiográficas, y por suerte la religión de la autoficción de hace unos años ha decaído. Además, ya había visto la serie de Netflix Cortar por la línea de puntos; apenas logré terminarla a causa de la monotonía que me generaba escuchar los monólogos del protagonista (que no eran malos ni mucho menos, pero es que no para nunca de hablar ni deja que contemplemos la animación). Así que no las tenía todas conmigo cuando me prestaron este libro.
Es una historia acerca de la relación distante entre padre (representado como un ganso demasiado parecido al papá de Po de Kung Fu Panda (creo que es a propósito, porque varias veces le dicen Ping Ping)) y el hijo, que es Zerocalcare. En la primera página se explicita que todas las experiencias han sido vividas: esto, por supuesto, hay que tomarlo con pinzas; además de cierta dosis de fantasía, otras situaciones aparecen distorsionadas por el recuerdo del protagonista de cuando era un niño. De todas maneras, todo lo que se describe es perfectamente verosímil con el tono.
Sigo: la trama inicia con un viaje hacia una casa en las montañas que posee el padre. Ya en las primeras páginas se establece que no saben qué decirse y que sus puntos en común (o más bien, puntos que el padre busca desesperadamente establecer) se resumen en la música de la radio, el fútbol o las insinuaciones de que el hijo por fin haya sentado cabeza, todo esto trufado de insultos cariñosos y golpes bajos constantes, como la mayoría de las relaciones en donde ninguno sabe cómo abrirse. Además, la división de los tres actos clásicos facilita que en el primero y el segundo se intercalen flashbacks de varias décadas atrás sobre cómo un grupo de chicos (entre ellos el bisabuelo de Zerocalcare) construyó el campanario del pueblito y atravesó la Primera Guerra Mundial, y sirve como justificación para anudar los misterios (aunque, a partir de ahí, no se desarrolla más).
El trazo de Zerocalcare transita mayormente entre pocos trazos que dan una sensación de dinamismo a las caras y gestos de los personajes, pero que sabe ser detallista al extremo cuando el panel lo requiere. Que algunos de los personajes sean antropomorfizados no le resta dramatismo a la historia, sino que los potencia, porque hay gestos de compasión o dolor que en rasgos humanos pueden dar lugar a ambigüedad, pero en este caso es nítido el sentimiento ilustrado. Además, las partes de fantasía están reguladas y en ningún momento desbocan al texto (de hecho, más que contrapunto cómico, y eso que hasta la mitad del libro me venía riendo en cada página, asientan el terror de la soledad y, en cierta escena, del miedo más puro, ese que es infantil y que nos recorre toda la vida). Para muestra:
Mi problema con la trama es que, a partir del tercer acto, casi todas las revelaciones y cierres de tramas se dan de una forma casi insulsa. Por ejemplo, descubrir por qué el padre conoce a una vieja en el pueblo con un parche en el ojo no es un gran impacto (quizás el padre ya tiene un recorrido como personaje en otras historias y yo me esté perdiendo de ese matiz, pero entonces cuál sería el punto de hacer una novela sobre tu relación con él), o bien sacar a la luz por qué el padre se comportó de cierta manera en una noche muy lejana en los recuerdos del hijo no termina por impactar en la historia. Si bien el mensaje de que hay conversaciones que nunca se van a tener, y esto lamentablemente pasa seguido en la vida real, es adecuado como cierre, me deja la sensación de que Zerocalcare ha utilizado una anécdota como excusa para exponer cierta dinámica familiar y no ha querido profundizar del todo por respeto a su progenitor. En todo caso se expone él, aunque esta vez sus arranques, al contrario de la serie, son más comedidos, reconociendo sus cuarenta años y tratando de tomar una decisión por una vez en su vida, así que el personaje no resulta cargante para nada, y sus salidas sarcásticas son muy imaginativas (más allá de que no creo necesario llenar cada diálogo con obscenidades).
Dicen que es la novela gráfica más madura del autor. Si hago una comparación (e injusta, porque son dos medios distintos) entre la serie y esta obra, resulta evidente que maneja mejor los recursos y tiempos para contar lo que quiere, y que incluso en un par de paneles logra trasmitir la tristeza y el odio de varias generaciones y la desolación infantil de una noche sin estrellas, pero eso no la salva de tener un tercer acto flojo, como apurándose para entregar otra historia más donde se analiza para expulsar esa complacencia y autocompasión. Y en eso no se puede repetir el truco tantas veces.


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