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viernes, 14 de diciembre de 2012

Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas

Idioma original: inglés
Título original: The Devil All the Time
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

Hace un par de años nadie tenía ni idea de quién era Donald Ray Pollock. En febrero de 2011 Libros del Silencio publicó su volumen de relatos Knockemstiff (reseñado en ULAD aquí). En marzo de 2011 nadie sabía pronunciar Knockemstiff. Unos meses después, mucha gente sabía quién era Pollock, mucha gente sabía pronunciar esa palabra de 12 letras y, además, mucha gente sabía que ese lugar existe y está en Ohio. Y "mucha gente" quizá se queda corto.

Efectivamente, Knockemstiff tuvo una importante repercusión en nuestro país y, lo que es más importante, exclusivamente por razones literarias: Donald Ray es un cabrón feroz, áspero, sarcástico y cruel, pero sobre todo es un escritor enorme, con un gran talento para contar historias, atrapar al lector y concebir personajes inolvidables. No he leído la versión original, pero seguro que la traducción de Javier Calvo también ayudó a que el libro fuese justamente valorado (nota mental: Calvo traduce a Pollock y también a Palahniuk; es de suponer que dentro de unos años termine escribiendo cartas desde Rodez...).

En todo caso, cuando la editorial anunció que publicaría la primera novela del autor la red empezó a arder y una pregunta inevitable circuló sin descanso en los corrillos literarios, en los blogs, en las iglesias y en los mataderos: "¿Estaría a la altura de su impresionante debut?" Desde luego que habrá opiniones para todos los gustos; en mi caso, leído y releído, no solo creo que está a la misma altura sino que es todavía mejor. Incluso mucho mejor: porque el seguimiento que Pollock realiza a lo largo de los años de sus personajes le permite profundizar en el hoyo que estos van cavando, sin darse cuenta, y que constituye una de las tesis fundamentales del texto: la tensión entre la esperanza y la desesperanza.

Superada la tremendísima portada que Alfonso Rodríguez Barrera ha realizado para la edición española, lo que nos encontramos es la sobrecogedora peripecia vital de una serie de personajes aturdidos, horrorizados, resignados, violentados, agredidos, prisioneros, excluidos. Puro Pollock, puro Knockemstiff. Hombres y mujeres que conviven con la putrefacción y el asesinato, con la ira, con la vergüenza, con Dios, con el miedo... Dios está muy presente, sí. Pero no es exactamente Dios: es la idea equivocada de Dios; el Dios deforme y sádico que los humanos son capaces de crear para justificarse, para enfrentar sus carencias, sus afectos mórbidos. Un monstruo que recorre silenciosamente las páginas de la novela y, sin embargo, pesa: sobre los protagonistas, sobre la tierra árida, sobre el lector.

A mitad del texto, más o menos, descubrí algo que me cambió completamente su lectura: cómo Pollock reserva, para cada uno de sus vástagos, para esos personajes alejados del orden, de la ética cotidiana, tan cercanos a cadáveres chapoteando, una idea peculiar de La Belleza. Las mayúsculas no son gratuitas. Quisiera contrastar este hecho con otros lectores... El niño Arvin, Carl el gordo, el guitarrista paralítico Theodore... ellos y otros son, digamos, conscientes de la inmundicia que los rodea, conscientes de una forma descarnada; y sin embargo, parte de su batalla diaria es hacer frente al dolor proponiendo un margen para la Belleza. Una belleza afectada por la misma enfermedad que Dios: belleza hedionda, belleza equivocada, belleza que viene de un lugar horrible y va hacia otro todavía peor. Esa belleza que se podía intuir en Knockemstiff y que, para mí, se hace mucho más evidente en esta novela espeluznante, imposible de dejar, dolorosa y magnética como un anzuelo enganchado en la boca que tira de ti hasta que la carne se abre.

Subrayé una frase que resume muy bien el tono que me transmitieron las primeras páginas:
Algunos de los huesos que colgaban de los alambres y los clavos traqueteaban suavemente al chocar entre sí, emitiendo un ruido que sonaba a música hueca y triste.
Donde "los huesos" pertenecen, entre otros, al perrito del niño Arvin, que su padre ha sacrificado y colgado para pedirle a Dios un milagro.

Así están las cosas por la hondonada. 

También de Donald Ray Pollock en ULADKnockemstiff

sábado, 2 de abril de 2011

Donald Ray Pollock: Knockemstiff

Título original: Knockemstiff
Año de publicación: 2008
Idioma original: inglés
Calificación: Muy recomendable

Knockemstiff existe. Es un pueblo situado al sur del estado de Ohio (EE.UU.), aunque hoy en día está casi deshabitado. Donald Ray Pollock, el autor de Knockemstiff (el libro de relatos), nació y creció allí. Dejó el instituto a los diecisiete años, trabajó en una planta cárnica, en una fábrica de papel (en la que estuvo treinta y dos años) y, tras graduarse en la universidad (a los cincuenta y cinco años, que tiene mucho mérito), publicó esta colección de relatos que lleva el mismo nombre que su lugar de origen. Y, sinceramente, te quita las ganas de querer visitarlo.

Porque Knockemstiff es un pueblo olvidado de la mano de Dios. Es un agujero. Apenas tiene doscientos habitantes y quien no es un drogadicto o un borracho es un subnormal fruto de la endogamia. Y siempre hay alguien que es blanco de la violencia de los demás. No hay una sola persona que no haya recibido una paliza, aunque algunos tienen gran experiencia dándoselas a los demás. Da igual si se trata de su mujer, de sus hijos, de alguien que se ha metido con ellos o de alguna persona que pasaba por allí y aparentaba ser normal y feliz. Lo importante es que no tenga una sonrisa en la cara al acabar el día.

Y da igual lo que digan, es casi imposible salir de allí. Para cuando quieres darte cuenta, tienes Knockemstiff corriéndote por las venas y amarrándote al porche de casa, a la dosis diaria, a la pelea vespertina o el sexo sucio ocasional. Pollock lo consiguió, sí, pero quedó tan marcado por el lugar que ha tenido que escribir una colección de relatos para sacárselo de dentro. Dice que todos los personajes y lo que se cuenta en el libro son fruto de su imaginación, pero no me lo creo del todo. Hay tanta sordidez y frustración y todo parece tan real… La verdad es que no sé si estamos ante un maestro de la narrativa o ante alguien que ha vivido en el infierno. Quizá las dos cosas.

También de Donald Ray Pollock en ULADEl diablo a todas horas

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Breece D'J Pancake: Trilobites

Idioma original: inglés
Año de publicación: 1983
Título original: The Stories of Breece D'J Pancake
Traducción: Albert Fuentes
Valoración: muy recomendable

Lo primero es lo primero: agradecer a nuestro colaborador puntual, el escritor barcelonés Tuli Márquez la sabia advertencia que me hizo vía Twitter sobre las virtudes de este libro.
Trilobites, título del primer cuento incluido, es la recopilación de los doce relatos que constituyen la obra integra de Breece D'J Pancake (el D'J fue adaptado por el autor al asimilar el error tipográfico de un funcionario), escritor estadounidense que se suicidó en 1979, a los 26 años.
Sin apelar al socorrido recurso del malditismo, cabe remarcar que esta única obra muestra tal personalidad y torrencial fuerza narrativa como para suponerle, por ejemplo, clara influencia en la obra de Donald Ray Pollock. Las historias incluidas en Trilobites son ásperas, desesperadas, y su dureza no nos deja indiferentes. Hablan de esa América rural escondida, la que no saldría nunca en las producciones de Hollywood. Hablan de la miseria y del aburrimiento como dinámicas del día a día. Dinámicas desaconsejables: los personajes de Pancake, todos, nos resultan inquietantes, huraños, desconfiados. A la vez crueles y a la vez débiles. Acarrean sus hachas o sus picos o sus escopetas y nunca estás demasiado seguro contra quién van a usarlos, incluyéndose a sí mismos. Acarrean, que es peor, un andar por la vida con un abrumador sentido de la indiferencia ante el destino, de la asfixiante obligación vital que les ha tocado en vaya usted a saber qué lotería.
Breece D'J Pancake habla de existencias miseras. Sucias, húmedas, oscuras. Habla de duro trabajo en minas. De ex-combatientes. De trozos de carne dedicados a trabajar duramente con la única expectativa de llegar a casa y apurar el Jack Daniels, con el único horizonte del incierto día siguiente. Bares, prostitutas, cacerías de madrugada, nieve, pero no esa nieve de postal. Nieve pisada, nieve sucia y embarrada que condiciona la escasa cosecha. Tierras áridas, bosques repletos de animales (protagonistas secundarios en muchas historias), un escenario tan desolador que no nos parece lo que es: absolutamente real.

Ganarse un mísero dólar le había dejado agotado y esperó junto a la tolva a que llegaran Estep y Curtis, mientras el aire frío le secaba el sudor, soldándole la mugre a la piel.

Aléjense quienes buscan historias con final feliz (ni con desarrollo feliz) o retos de superación o tramas con toques épicos. La vida de estos tipos es siempre una completa porquería, un laberinto al que la única salida que hallan es el bloqueo de la realidad, al que el único resquicio lo aportan hábitos malsanos. Borracheras descomunales de las que despiertan desorientados. Nudillos pelados, sabor a sangre. Mujeres siempre a punto de salir huyendo hacia otro lado. Telones de fondo: Vietnam, alistamiento forzado, desestructura familiar, enfermedades profesionales, muertes prematuras, agotamiento físico, hastío. Pancake, que se crió en ese entorno, lo retrata con una fidelidad y una cercanía estremecedoras, con una precisión y una crueldad (sí: la crueldad es el leit-motiv) que no dejan indiferente. Doce cuentos, un soberbio futuro cercenado, pues, imagino, el escritor no fue capaz de encontrar otra vía de escape. Ganas dan de cuadrar fechas con grandes obras de McCarthy, de Erdrich, repito a Ray Pollock... pues me temo que estas crudas y descarnadas historias trazan ondas expansivas más allá de donde parece.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo mejor del 2017, ULAD dixit

Marc Peig dice:

Juan G. B. dice:

Koldo CF dice:
  • Novela en lengua extranjera: Solenoide (Mircea Cartarescu)
  • Novela hispanoamericana: La casa grande (Álvaro Cepeda Samudio)
  • Relatos en lengua extranjera: En el corazón del corazón del país (William H. Gass)
  • Relatos hispanoamericana: Seres queridos (Vera Giaconi)
  • Ensayo en lengua extranjera: Los primeros editores (Alessandro Marzio Magno)
  • Ensayo hispanoamericana: Librerías (Jorge Carrión)
  • Relectura del año: El astillero (Juan Carlos Onetti) 
  • Decepción del año: Un hombre enamorado "de sí mismo" (KOK)
  • Mención honorífica: Los libros de relatos de escritoras latinoamericanas, como Giaconi, Enríquez o Baudoin.
  • Propósito 2018: Apuntarme al gimnasio y sacar a Marc del lado oscuro knausgardiano

Carlos Andia y sus preciadas estatuillas:
  • Mejor novela: 'La grande', de Juan José Saer. Menciones especiales para 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo, y 'La invención de Morel', de Adolfo Bioy Casares. Vamos, que todo queda en el Nuevo continente.
  • Mejor relectura, y mejor obra de teatro, y mejor casi todo: 'Divinas palabras', de Ramón del Valle-Inclán.
  • Mejor obra dramática (después de 'Divinas palabras'): 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (reseña en breve)
  • Mejor clásico (después de 'Divinas palabras'): 'Los hermanos Karamazov', de Fiódor Dostoyevski
  • Mejor libro de relatos'Historia universal de la infamia', de Jorge Luis Borges
  • Peor libro de relatos'Alevosías', de Ana Rossetti
  • Mejor libro de historia/pensamiento/política'La ciudad en la historia', de Lewis Mumford
  • Mejor libro de arte/estética'Apariencia desnuda', de Octavio Paz
  • Descubrimiento del año'Imposibles impensables', de Santi Pérez Isasi
  • Decepciones varias: para qué comentarlas (tampoco son tantas, eh?)
  • Objetivos para el 2018: 'Tristram Shandy', que voy posponiendo demasiado tiempo, y algunas cosillas de narrativa reciente que van a merecer la pena. Y a lo mejor le doy otra oportunidad a Houellebecq.

Oriol Vigil dice:
    • Mejor novela: Pregúntale al polvo, de John Fante.
    • Peor novela: Lunar Park de Bret Easton Ellis.
    • Mejor novela de terror: Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
    • Mejor novela gráfica: El paraíso perdido, de Pablo Auladell.
    • Mejor libro sobre arte: Historia de seis ideas, de Wladyslaw Tatarkiewicz.
    • Mejor antología: Entre Ciudades invisibles, de Italo Calvino y Todos los cuentos, de Cristina Fernández Cubas.
    • Mejores ensayos: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, La banalidad del mal, de Hannah Arendt y Ética a Nicómaco, de Aristóteles.
    • Mejores redescubrimientos: Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.
    • Decepciones (obra que era muy buena y se está yendo al garete): Berserk, de Kentaro Miura. ¿Por qué le ha tenido que llegar El Eclipse a este manga? ¡¿Por qué?!
    • Placer culpable: La pistola de mi hermano (Caídos del cielo), de Ray Loriga.
    • Libro tristemente necesario: Carta sobre el comercio de libros, de Denis Diderot.

      Beatriz Garza dice:
      • Libro del año: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan
      • Tochonovela del año: no gasto de esas, gracias
      • Relectura del año: El turista accidental, de Anne Tyler
      • Decepción del año: La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
      • Lectura abandonada a medias que pretendo retomar: Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald
      • Libro que voy a leer antes o después: Prohibido nacer, de Trevor Noah
      • Autor descubrimiento del año: Delphine de Vigan
      • Propósitos de 2018: descubrir a Siri Hustvedt (previo asesoramiento de Marc), y a Stephen King (sí, lo reconozco, my fault). Leer más novela gráfica. 

      Carlos Ciprés dice:
      • Ensayo revelador: Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli
      • Descubrimiento a buenas horas: Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sanchez Ferlosio
      • Momentazo donostiarra: La ciudad, de Karmelo C. Iribarren
      • Lectura fascinante: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín
      • Otra lectura fascinante: Crui. Els portadors de la torxa, de Joan Buades
      • Novela gráfica: Pobre cabrón, de Joe Matt
      • Pequeñas decepciones: La vuelta al día, de Hipólito G. Navarro, Moby Dick, de Herman Melville, Les dones i els dies, de Gabriel Ferrater
      • Propósitos para 2018: Releer a Sciascia, de pe a pa. Acabar el año con un resumen plagado de libros reseñados. Y que ustedes lo disfruten.

      Santi dice:

      Francesc Bon opina:
      • He tenido años mejores
      • No tocar ni con un palo: Cualquier obra de todos esos autores que creen que puede escribirse un libro a base de frasecitas trascendentes enlazadas una a una con dos personajes que van pasando por ahí de vez en cuando a pasarle lametones por la cara a su CREADOR. Vosotros ya sabéis quiénes sois
      • Lo mejor de este año: El vendido de Paul Beatty
      • Accésit "lo bueno si breve dos veces bueno":  La uruguaya de Pedro Mairal
      • Destacados locales: Aunque caminen por el valle de la muerte de Álvaro Colomer
      • Propósitos de año nuevo alternativos a los gimnasios y adelgazar y no ser tan pedante: algún Gaddis de los que quiebran la muñeca, el máximo de Rodoreda que sea capaz de mantener mi criterio con algo de credibilidad
      • Abandonos sonados de los que no voy a arrepentirme: La quinta estación, de N.K. Jemisin (moraleja: lo mío no es la sci-fi), Patria, (de ya sabéis quien y no me da la gana ni poner el vínculo), y otras decenas no dignas de mención
      • Nuevas esperanzas: por favor, algún ensayo de Houellebecq o Franzen o Tom McCarthy
      • Lista de deseos: tiempo 
      Montuenga dice:

      FICCIÓN:

      NO FICCIÓN:

      viernes, 31 de marzo de 2017

      Margaret Atwood: Por último, el corazón

      Idioma original: inglés
      Título original: The Heart Goes Last
      Año de publicación: 2015
      Traducción: Laura Fernández Nogales
      Valoración: entre recomendable y está bien

      Stan y Charmaine constituyen una joven pareja de algún lugar del Rust Belt estadounidense que se han visto afectados por la crisis y la desindustrialización de su ciudad; en consecuencia, han acabado viviendo en su coche, en una situación que amenaza con volverse todavía más precaria (si cabe). ya lo sé, con estas premisas o incluso menos, Donald Ray Pollock armaría un estupendo relato sobre la miseria y desesperanza de la "basura blanca" norteamericana (bueno, algo más esperanzada ahora que van a hacer a América great again). Pues por ahí también parece que van a ir las cosas hasta que Atwood da un quiebro y convierte un relato de "realismo sucio" post-crisis industrial en una suerte de distopía (tampoco estoy muy seguro de hasta qué punto lo es): nuestra desdichada pareja se apunta a un "experimento socio-económico", una colonia o proyecto llamada Consiliencia/Positrón, donde los residentes se convierten, en meses alternos, en habitantes "libres" de la ciudad de Positrón y en reclusos de la cárcel llamada Positrón, en la que deben realizar los trabajos que les son asignados, sin remuneración. Juntos, ambos lugares vienen a configurar una comunidad privada a medio camino de 1984, La lotería de Babel y la primorosa ciudad-decorado de El show de Truman  (lo bueno de esta distopía es que lo mismo puede servir para denunciar los abusos del neofeudalismo de las corporaciones capitalistas que el totalitarismo por parte de los régimenes socialistas; la pueden agitar como advertencia tanto los defensores del ultraliberalismo  como los de la economía cooperativa y el asamblearismo ácrata).

      Bien, ¿entonces nos encontramos ante una novela distópica que denuncia hiperbólicamente los males de nuestra sociedad? Pues sí... pero no. Porque el argumento aún da más de un giro y nos ofrece desde una ácida comedia sexual a un tecno-thriller, pasando por una farsa surreal-futurista (todo lo que puede considerarse como tal cuando una historia se traslada a Las Vegas)... o en realidad, todo esto algo mezclado. La razón de estos cambios o quiebros en la narración la explica Margaret Atwood en alguna entrevista como ésta. Al parecer, la idea original para la novela es que fuera apareciendo por entregas, a modo de folletín decimonónico; de ahí la utilización por su parte de los llamados cliffhangers o sorpresas al finalizar cada capítulo para mantener el interés del lector hasta que apareciese el siguiente.

      Digamos, pues, que distopía, pero no de una de alta densidad como en uno de los libros más conocidos de esta autora, El cuento de la criada (aunque quizás haya algún elemento común en ambas novelas), sino más ligera y que se desliza hacia la sátira, en el mejor de los casos, cuando no al vodevil. No es que la novela no trate también sobre temas de fondo de bastante interés: para empezar, el libre albedrío, así como el autoengaño al que somos tan proclives las personas, los límites que deberían -o no- tener los avances científicos o el peligro de aplicar soluciones "milagrosas" a problemas complejos, pero tal vez se encuentren algo diluidos en el humor -que Atwood reparte a raudales y de bastante finura- y en la pura diversión literaria. Que eso sí, está asegurada... y no es poca cosa.



      Otros libros de Margaret Atwood reseñados en Un Libro Al Día: Érase una vezEl asesino ciegoDoña OráculoOryx y CrakeLa semilla de la brujaAlias GraceUn día es un díaEl cuento de la criada

      jueves, 8 de agosto de 2013

      Alice Munro: Demasiada felicidad

      Idioma original: inglés
      Título original: Too much happiness
      Año de publicación: 2010
      Traducción: Flora Casas
      Valoración: Muy recomendable

      Comparar una autora con Chéjov es mucho comparar. Muchísimo. Y también lo es pretender, a la vez, que la narración corta sea considerada al nivel de las grandes obras, a pesar del respeto que generan autores como Carver. Con la veneración que solemos destinar a los autores de novelas de más 400 páginas, repletas de tramas y de historias meticulosamente detalladas. Parece que la narrativa corta sea una canción pop al lado de una sinfonía en ocho movimientos. Y no. 
      Alice Munro, canadiense superados los 80 de edad, podría pasar por una respetable señora residente en Miami y apuntada a un club de bridge en el que pasar las tardes. En vez de eso, resulta ser como una profesora de instituto que se niega pertinazmente a jubilarse mientras prefiere emplear las tardes en pertrechar relatos como los diez incluidos en este Demasiada felicidad. No cuentos. Los cuentos, al menos los cuentos al uso, no se reservan bazas perversas, siniestras, retorcidas, como las que van salpimentando cada historia. Dimensiones, por ejemplo, hubiera dado para una entrada zoom de rabiosa actualidad con la sentencia Bretón de por medio. Primer relato, primer dardo a la yugular, primera demostración de que Alice Munro tiene más que ver con Donald Ray Pollock que con, erm, María Dueñas. Aquí la amabilidad y las maneras y la aparente aura de sosiego son solo pieles de cordero en las historias. Hasta el título es puro atrezzo. O la portada, que aporta, junto al titulo, una impresión errónea, demasiado cercana a la novela romántica. Pues no hay mucho romanticismo aquí. En estas historias hay brechas abiertas y hay rabia; no de la superficial sino de la que sale de bien adentro. Las heridas de los personajes son profundas y se abren de vez en cuando. Munro sólo se reserva escribirlas con excelente estilo como baza de empatía hacia el lector. Sin tomar partido alguno, y con una imaginación desbordante, su elegante prosa es un excipiente que acompaña dosis de amarga medicina. No hay ligereza ni más licencias que las necesarias para que el lector resulte convulso, cosa que siempre acaba sucediendo. Radicales libres, o cómo la vejez y la enfermedad son una perspectiva idónea frente a los imprevistos. El filo de Wenlock, tan sutil como perverso y perturbador. Madera, veinte páginas casi faulknerianas. O, en otro registro, el cuento que da título al libro, el último y más prolongado, especie de narración biográfica de regusto clásico.
      Sí, Munro es una narradora de primera, y la entusiasta recomendación en la contraportada, del mismísimo Jonathan Franzen, un acertado consejo a tener muy en cuenta.

      También de Alice Munro en ULAD: Las lunas de Júpiter, Mi vida querida

      lunes, 7 de enero de 2013

      James Lasdun: Esto empieza a doler

      Idioma original: Inglés
      Título original: It's beginning to hurt
      Año de publicación: 2009
      Valoración: está bien

      Duomo Nefelibata es una de esas editoriales, como Libros del Asteroide, Blackie Books, o Acantilado que parecen empeñadas en generar una imagen de marca, una especie de garantía de prestigio a base de elegir con cuidado autores, en muchos casos desconocidos o no traducidos, y apostar por asociarlos a su enseña, resultando que la pura visión del objeto ya nos anticipa encontrarnos ante algo especial. En todo caso, lo cual es de agradecer, alejados de las corrientes comerciales y con un cierto cuidado estético que los hace fácilmente reconocibles.
      Esto empieza a doler es un libro compuesto por unos quince relatos entre las 10 y las 30 páginas. Lasdun es londinense pero vive en EEUU desde 1986, y diversas poblaciones de EEUU son el escenario de la mayoría de las historias. Relatos que podríamos definir en su mayoría como de situación, en los que se secciona un pasaje determinado en las vidas de los personajes, con especial significación. Algunos de ellos, curiosamente el ambientado en Londres, usan el flashback y retroceden a situaciones del pasado, pero , en su gran mayoría, se trata de historias que discurren en breves lapsos de tiempo. Sus personajes son normalmente profesionales liberales de mediana edad, muchas veces matrimonios de clase media con hijos adolescentes, también con profusión de estructuras familiares propias de nuestro tiempo. Amantes, segundos y terceros matrimonios, divorcios, relaciones marcadas por la diferencia de edad, situaciones en períodos vacacionales. Las situaciones descritas son variadas, pero se echa en falta algo más de originalidad, algo más de riesgo y de vísceras en su desarrollo. No efectismo innecesario: simplemente tramas que superen cierto devenir rutinario. Los personajes de Lasdun actúan por desconfianza, por celos, por diversos grados de exposición (y de claudicación) a las tentaciones, pero no llegan a calar lo suficiente como para dejar impronta en el lector, más que en algún caso aislado.
      Quizás esta sea la frase más cruel que se puede decir sobre este libro: Lasdun no es Carver. Donde Carver (o, dicen las malas lenguas, su editor) es preciso y quirúrgico, Lasdun es comedido, con una elegancia de estilo y de puesta en escena que sí revela su condición british pero que, en última instancia, acaba alejándolo de una mayor trascendencia. Y no faltan buenos relatos aquí, pero la impresión global tras su lectura es que la cohesión aquí no tiene el efecto de aportar personalidad, como a autores como Donald Ray Pollock o Wells Tower, sino homogeneizar en exceso, agrisar, y acabar con la sensación de haber leido una especie de pseudo-novela coral algo desleída y previsible, falta de punch, con sus esbozos aislados prometedores, pero con una acusada escasez de carácter en su conjunto.

      sábado, 20 de octubre de 2012

      Raymond Carver: Catedral

      Título original : Cathedral
      Idioma original : Inglés
      Año de publicación : 1983
      Valoración : muy recomendable

      Debo empezar esta reseña auto-recriminándome optar demasiado a menudo por lo seguro en las lecturas: un comportamiento, sin duda alguna, escasamente profesional, el de no someterme más a menudo a esas lecturas poco agradables que recomendaban profesores de instituto para que uno se bregara en esto de la lectura. Pero claro, a eso hay que oponer el tentador recurso de encontrar libros que no había leído aún de autores consagrados. Y Catedral es uno de ellos: aunque algunos de sus relatos sí me resultaban familiares a raíz del refrito que se hizo entre algunos de los incluídos en este libro y los de otros para publicar un remiendo titulado Short cuts, aprovechando el tirón de la película de Robert Altman.

      Padre de la moderna narrativa corta americana: ese es el título que se atribuye más a menudo a Carver. Es cierto que su influencia es muy notable, y no sólo sobre los autores que se dedican al relato corto: diría que hasta las extensas novelas de Richard Ford, por ejemplo, o ciertos personajes de Auster, tienen una clara reminiscencia de los personajes de a pie que pueblan sus relatos. Catedral comprende 12 de ellos, ninguno de los cuales supera las 30 páginas, a los que muy difícilmente llamaría cuentos: son intervalos, rara vez con una estructura conclusiva, en las vidas de gente vulgar, de esa gente que vive en núcleos urbanos o en grises áreas residenciales. Esas casitas de dos plantas y jardín, que siempre nos aparecen aquí desprovistas de glamour, algo desvencijadas, y habitadas por familias o por hombres solos. Profusión de presencia del alcohol, de divorcios, de abandonos del hogar, de segundos matrimonios, de penurias económicas.

      Leo, y no soy mitómano (salvo aisladas excepciones) que el propio Carver tuvo problemas con el alcoholismo, y que falleció a los 49 años. Así que podemos considerar que, en ciertos casos, estos relatos podrían llegar a contener fragmentos de su experiencia personal, quizás simples retazos situaciones que pudo atravesar. Sorprende que, con unos elementos tan espartanos, tan desprovistos de detalles fantasiosos o golpes de efecto (no hay crímenes, no hay grandes pasiones, no hay un ápice de glamour, todas las historias parecen poder suceder en casa del vecino), su lectura sea tan interesante. Gracias al estilo directo de Carver, por supuesto, poco dado a las florituras ni a emplear más palabras o más frases de las debidas para decir lo que piensa que debe decir, pero también a su prodigiosa imaginación: la que nos permite distinguir incluso entre personas grises y anónimas, creando esa especie de antistar-system donde pululan canguros gordas, pasteleros solitarios, familias errabundas y vendedoras de vitaminas. Donde la gente bebe para olvidar, y esconde botellas en los rincones de la casa y bebe directamente de la botella: Carver lo narra y estás viendo al tipo y a su pose desesperada. Pero también gracias a que el autor sabe jugar a la complicidad con esa cercanía: parece que cualquiera de nosotros pueda instalarse a convivir con sus personajes o ser uno de ellos.  No debería haber dejado de leer a Carver por tanto tiempo: leer el excelente Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, obviamente influido, y ya comentado aquí, me hizo echar de menos esa narrativa corta y contundente, y Carver (junto, entre otros, a John Cheever, a quién dedica un relato de Catedral) me ha hecho recordar el poder de la mejor narrativa corta, por sí sola. Aunque he de reconocer que mi intención era usarlo bajo el concepto uladiano de espaciador, concepto que no hace justicia a este excelente libro.

      También en Un libro al día: De qué hablamos cuando hablamos de amor¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?