sábado, 11 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #6: La vorágine, de José Eustasio Rivera

Resultado de imagen de la voragine novela amazonIdioma original: español
Año de publicación: 1924
Valoración: (Casi) imprescindible


“Y por este proceso –¡oh selva!– hemos pasado todos los que caímos en tu vorágine.”
“Tengo el presentimiento de que mi senda toca a su fin, y, cual sordo zumbido de ramajes en la tormenta, percibo la amenaza de la vorágine.”
J.E R.


¿Cómo explicar lo inexplicable? Me refiero al abandono que sufre esta novela por parte de libreros, editores y público. No sé si ocurre lo mismo en Latinoamérica, pero la última edición de La vorágine en España de hace solo tres años, es cierto– estuvo a cargo de una editorial especializada en rastrear textos… digamos que traspapelados por el tiempo. Ni siquiera es fácil de encontrar en muchas bibliotecas públicas que no sean de primera fila. Solo se me ocurre un motivo, y es que su autor no publicó más que esta –la siguiente quedaría inconclusa– y un volumen de sonetos, pero también Juan Rulfo tiene una obra reducida y ahí lo tenemos, admirado por todos.
José Eustasio Rivera (1889-1928) fue un funcionario colombiano, doctor en derecho y ciencias políticas, que formó parte de una comisión enviada a Venezuela por su gobierno en 1922. Allá tomó conciencia de las condiciones de sus paisanos, envió informes a sus superiores y, a su regreso, escribió artículos en prensa y realizó denuncias ante el ministerio que no tuvieron ningún efecto práctico. Si murió tan joven fue a causa de la malaria, adquirida probablemente en la selva.
La vorágine, ahí dónde la ven, es una de las más importantes precursoras del boom, ha estado considerada la gran novela colombiana hasta la aparición de Cien años de soledad, figura en primera fila en los manuales especializados de literatura latinoamericana y no desmerece al lado del resto de grandes obras universales de todos los tiempos. Hay quien la ha calificado de naturalista –y es cierto que se pueden encontrar rastros en la actitud nihilista de los personajes y en el determinismo insuperable que transpira el texto– pero, en general, se dice que transciende el naturalismo para adscribirse a la corriente modernista de su época. Hasta yo he encontrado, no sé si coincidencias o influencias recíprocas. Tirano Banderas es algo posterior, pero el esperpento de Valle Inclan ya existía y algunos fragmentos son una muestra clarísima:
“El tísico rostro del señor Juez era bilioso como sus espejuelos de celuloide y repulsivo como sus dientes llenos de sarro. Simiescamente risible, apoyaba en el hombro su quitasol para enjugarse el pescuezo con una toalla, maldiciendo los deberes de la justicia que le imponía tantos sacrificios…”
Las preocupaciones sociales y ecológicas del autor se reflejan sobre todo en dos aspectos. Por una parte, la recreación de la miserable vida de los caucheros colombianos que, habiendo sido capturados por algún cacique local enriquecido a su costa, viven en estado de explotación permanente, sin libertad ni derechos, trabajando solo por la comida en condiciones insalubres y a expensas de una supuesta deuda que no se agota nunca. Por otra, la situación de las mujeres en aquellas circunstancias. Los dos personajes femeninos centrales, Alicia y la niña Griselda, son secuestradas por uno de aquellos mandamases. El propio protagonista observa espeluznado la situación de las niñas concubinas: “… se las cambiaron a sus parientes por sal, por telas y cachivaches o las arrancaron de sus bohíos como un impuesto de esclavitud. Ellas casi no han conocido la serena inocencia que la infancia respira, ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro de cargar agua…
En esta epopeya de perdedores, que es también novela de compromiso y hasta de aventuras –aunque sería injusto y confundiríamos a los lectores si la encasillásemos en esos géneros– Rivera utiliza el recurso del manuscrito encontrado, que contribuye a la sensación de veracidad y cuenta con un avalista tan ilustre como El Quijote. En este caso, se trata de una especie de crónica que el Consul de Colombia en Manaos habría recibido tras la muerte de Arturo Cova (su autor y, por tanto, protagonista de la novela), en ejecución de instrucciones testamentarias, que remite a un supuesto Ministro de su país, quien, a su vez, lo habría hecho llegar a manos del novelista.
Sufrimiento, desesperación y quejas parecen no tener fin en el mundo, tan olvidado como la propia novela, de Arturo Cova y de todos los que, por desgracia para ellos, le acompañan en su delirante escapatoria. Quien nos habla es, precisamente, Arturo, el protagonista absoluto, un personaje complejo, sin oficio ni beneficio, aspirante a poeta, narcisista, testarudo y peleón, pero también tenaz, decidido y solidario. Todo esto lo vamos conociendo poco a poco: por sus actos, por la opinión que tiene de sí mismo y por lo que piensan de él los demás.
Entre la gran cantidad de secundarios, en general bastante desdibujados, destacan: Fidel Franco, el amigo inseparable, la madona Zoraida Ayram, aguerrida negociante en aquel mundo de hombres; Clemente Silva, figura estelar de una de las historias contenidas en esta, que tiene entidad por sí mima y solo tangencialmente se incorpora a la corriente principal;  y –ya en el último tramo– Ramiro Estévanez, cuyo carácter reflexivo y pacífico se opone al de Arturo y que a mí, personalmente, me parece un alter ego del autor, algo que no sería de extrañar pues él es quien aconseja al protagonista la redacción de lo que sería su extensa denuncia.
Tras unos inicios algo anodinos nos dejamos arrastrar por los acontecimientos. Aún así, llevará algo de tiempo comprender dónde estamos: Rivera agarra al lector, lo coloca en plena sabana sin más explicaciones y es él quien tiene que orientarse a través de lo que ve y escucha igual que si estuviese allí. En cambio, una vez que llegamos a la selva son frecuentes ya las descripciones y reflexiones que añaden profundidad a la aventura. Unas descripciones tan expresivas y rotundas que llegan a apabullar por su precisión, belleza y sobre todo por una prosa llena de ritmo. A través de ellas nos enfrentamos a una naturaleza tan esplendorosa como terrorífica. En un contexto desalmado, donde no hay piedad e impera la ley del más fuerte, donde los personajes son atacados por enfermedades, sufren alucinaciones, se desorientan con la oscuridad de la selva, son amenazados por saqueadores, competidores y tiranos, hace falta abrirse paso a la fuerza, ejercer la violencia para sobrevivir. Violencia casi nunca explícita, crueldad de los hombres entre sí, del hombre hacia el árbol, de la naturaleza contra el hombre, en una selva que trastorna y pervierte al ser humano reteniendo a esclavos y amos, ya que ambos sufren la misma maldición: están condenados a quedarse allí para siempre. El lector, igual que los personajes, vivirá a salto de mata, contemplará la captura y doma de animales, atravesará llanuras sin encontrar un alma, se implicará en peleas, atravesará ríos enormes, se desorientará en la oscuridad de la selva, sufrirá por los árboles heridos, por los hombres esclavizados y se asombrará de lo poco que puede valer una vida. En resumen, será testigo, fascinado y angustiado a partes iguales, de tanta exuberancia.
El tono es realista cien por cien, pero en un ambiente así no podían faltar leyendas, brujería, hechizos… En definitiva, la magia que impregna aquellos escenarios.
En general, el lenguaje es magnífico –solo alguna vez resulta un poco afectado, aunque probablemente se trate de un rasgo de la época– y perfectamente adaptado a cada situación. Donde se produce más sensación de realidad es en los diálogos: el habla coloquial se transcribe perfectamente utilizando una ortografía propia que imita la fonética de los personajes y un vocabulario que retuerce y fuerza las expresiones para reproducir los modismos de época y lugar. Algunas escenas son muy cinematográficas, en realidad toda la novela es tan visual que nos la podemos imaginar como si la estuviésemos viendo en la pantalla. De hecho, en 1949 se hizo una adaptación para el cine y, más tarde, dos series para la televisión de Colombia.
En los tramos más líricos la prosa es cantarina, con un ritmo claro, que nos eleva a las alturas o nos acerca a la realidad más descarnada. Sorprende e impresiona tanto el dominio de los localismos como la precisión de los términos. A cada objeto o especie vegetal se le aplica su nombre exacto, y el contexto no siempre ayuda, a veces necesitaremos consultar o dejar una palabra por imposible. Y la dificultad no está solo en el lenguaje, la acción en sí misma, o algunos personajes –que entran y salen sin demasiadas explicaciones–, pueden resultar algo confusos. Se trata de una lectura nada fácil, por eso me he resistido a calificarla de imprescindible sin más. Pero lo que importa es disfrutar de la prosa, la potencia de las imágenes y la acción, ya que, desde luego, merece la pena el esfuerzo. Lo mejor es ir leyendo en pequeñas dosis, se disfruta más y se entiende mejor.
En la selva inextricable, apenas se distingue el paisaje, para caminar hay que continuar la ruta que marca la espalda del guía, eso mismo debe hacer el lector: seguir a Rivera donde quiera que le lleve, él sabe adónde va.

9 comentarios:

rebeca martín gil dijo...

Novelón. El verdadero personaje es la selva, que parece que persiguió a Rivera hasta Nueva York para consumar su venganza.
Del protagonista, en su día me llamó la atención la ambigüedad de sus sentimientos hacia Alicia.

Fernando Amador dijo...

Tu reseña me ha puesto a pensar que tal vez tengo que releer el libro, porque, en lo personal, recuerdo su lectura obligatoria -como parte del plan de la asignatura de Español en las escuelas secundarias acá en México- como un verdadero sufrimiento cuyo placer, me parecía, estaba reservado a masoquistas. Pero, quizás, la edad y las circunstancias hicieron que me perdiera el valor del relato. Ya veremos.

Fernando Amador dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Me agrada su página sugiero visitar el bloc de Carlos Ortiz de Zárate http://carlos-ortizdezarate.blogspot.com.es/ @cozden
Buena reseña

Interlunio dijo...

Apuntado.

Anónimo dijo...

Esta fue una de las ocasiones en que leer dos veces una novela me ayudó a tenerle más cariño y aprecio. La recomiendo bastante. Es un libro muy bonito, que como trasfondo tiene, me parece, la denuncia de unos hechos que en verdad pasaron en la parte sur de Colombia, con la explotación cauchera que sometió sobre todo a la población indígena sin que el Estado (ausente, como muchas veces en la historia del país) se viera decidido a hacer algo.

Montuenga dijo...

Hola Rebeca. Tienes toda la razón, la selva protagoniza la novela y es la responsable tanto de la vocación literaria del escritor como de su malogrado futuro. Una pena que no pudiese seguir una carrera literaria que se adivinaba tan prometedora.

Montuenga dijo...

Pues sí, Fernando, merece la pena intentarlo. Es un libro complicado que exige paciencia y, desde luego, madurez, tanto personal como lectora. Jamás lo recomendaría a alumnos de secundaria, ni siquiera unos años después a no ser que sean forofos de la lectura. Para mí era una relectura, sabía que era maravilloso y, aún así, no me ha parecido fácil.
¡Ánimo! y a ver qué tal.

Montuenga dijo...

Interlunio, si lo lees ya nos dirás qué te ha parecido.
Anónimo, entiendo que lo disfrutases más en una segunda lectura. A mí releer no me gusta nada, pero hay obras tan complejas que podemos completar su sentido leyéndolas otra vez. El asunto de los caucheros está muy bien descrito, le añade una dimensión social y, desde luego, encoge el corazón. Una mas entre los miles de injusticias tremendas que ocurren.