sábado, 4 de noviembre de 2017

Colaboración. Shūsaku Endō: Silencio

Idioma original: japonés
Título original:Chinmoku
Año de publicación: 1966
Valoración: Recomendable

Silencio es una novela del escritor japonés Shūsaku Endō, recientemente adaptada al cine por Martin Scorsesse en una magnífica película. Narra la historia de dos jesuitas portugueses, el padre Rodrigues y el padre Garpe, enviados a Japón para comprobar la veracidad o no de la apostasía del padre Pereira, antiguo maestro de los dos y superior de los jesuitas en Japón. Con este planteamiento inicial en el que resuenan los ecos del Conrad de El corazón de las tinieblas, los dos sacerdotes embarcan en Portugal para ir hasta Goa, de allí a Macao y finalmente a Japón, al otro extremo del mundo.
Durante la búsqueda de Pereira, el padre Rodrigues verá puesta a prueba su fe ante las torturas a las que son sometidos los cristianos en Japón y ante las propias torturas psicológicas que él mismo experimenta en su particular pasióncrística. Al principio es Moisés, llevando a los cristianos japoneses a una tierra prometida que resulta ser el martirio y la muerte. Después es Jesucristo, cuando entra a lomos de un borrico en Nagasaki y cuando clama a un Dios que le ha abandonado, y finalmente se asimila a San Pedro, cuando niega su fe y canta el gallo poco antes del amanecer.
Al lector le llegan las palabras del Apocalipsis que abren El perseguidor de Cortázar: No temas lo que estás por sufrir. He aquí que el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Seme fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Pero, ¿qué es lo que sucede cuando los mártires mueren y Dios calla?
                Las descripciones de la naturaleza resultan en este sentido reveladoras. Un grupo de cristianos japoneses son colgados en unas cruces junto al mar para que mueran ahogados con la marea y el ruido de las olas es lo único que se oye junto al silencio de un dios indiferente al martirio. Y eran esas mismas olas, las que, insensibles, seguían bañando los cuerpos sin vida de Ichizô y Mokichi, las que se los tragaron, las que aún después de muertos seguían extendiéndose sin fin, sin alterar su rostro… Y Dios, Dios también se quedaba en silencio como el mar. También se obstinaba en su silencio.
La permanece naturaleza indiferente al sufrimiento. Los hombres sufren, nacen y mueren, pero Dios calla: Lo que no le cabía en la cabeza era esa paz del patio, el canto de la cigarra, el aleteo de la mosca. Moría un hombre y el mundo exterior seguía su rutina lo mismo que antes, como si nada hubiera pasado.
Estas descripciones de prosa poética se asemejan por momentos a un Cántico a las criaturas invertido. Si en la naturaleza Francisco de Asís veía el reflejo del creador,el padre Rodrigues ve en ella la indiferencia y el silencio de dios. El mar es clave en ese sentido, esa pared líquida, que dota a la isla de un armazón de defensa que ninguna doctrina debe profanar,esa muralla de agua que aísla Japón de cualquier influencia, ese mar que el padre Rodrigues nunca volverá a cruzar, ese mar que convierte a Japón en una prisión donde, despojado de su identidad, vivirá sin vivir el resto de sus días y se dejará morir sin más sin que otras manos le acaben que las de la melancolía. Sus ensueños quijotescos de evangelización y martirio terminan con él prisionero en un país extraño y repudiado por todos, incluso por sí mismo, aunque esa pasión es la prueba máxima de amor, la que implica negarse para salvar al otro y creer en un dios que permite el sufrimiento.
Para el lector hispano, es inevitable la conexión con el Unamuno de San Manuel bueno, mártir pero también con el de La tía Tula que concluye en su lecho de muerte que ese ideal de pureza ha estado a punto de destruir a quienes más quería y que precisamente en la renuncia al ideal está el verdadero sacrificio: Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle..., que no se ahogue él allí... o ahogaos juntos... en el albañal... Servidle de remedio..., sí, de remedio...

Y eso parece ser precisamente la verdadera fe para el autor de Silencio: descender hasta el infierno para rescatar al otro, aunque se tenga que renunciar a uno mismo.

Firmado: Federico Escudero

5 comentarios:

Rosa Catarina Soares dijo...

Assisti o filme do Scorcese:Silêncio!A pior tortura que os padres portugueses tiveram,foram os fiéis(japoneses)ameaçados com tortura e morte ,se eles(os padres)não pisassem na cruz.Essa é a pior forma de tortura:colocar a vida de outros dependendo do seu ato.
Nisto os japoneses são mestres>

Rosa Catarina Soares dijo...

Assisti o filme do Scorcese:Silêncio!A pior tortura que os padres portugueses tiveram,foram os fiéis(japoneses)ameaçados com tortura e morte ,se eles(os padres)não pisassem na cruz.Essa é a pior forma de tortura:colocar a vida de outros dependendo do seu ato.
Nisto os japoneses são mestres>

Carlos Andia dijo...

Santi, te necesitamos!

Por cierto, muy interesante la reseña. Saludos.

Anónimo dijo...

Muy interesante el libro y estupenda reseña. De este escritor lo único que he leído ha sido "El mar y veneno", una historia ambientada en la segunda guerra mundial; trata sobre el remordimiento de un enfermero que colaboró con unos experimentos médicos realizados a soldados americanos. Una novela cruda, pero me encantó.

Un saludo,

Javier Campos

José Luis García Sánchez dijo...

Muy buena reseña, aunque yo subiría la calificación: me pareció un gran libro.