martes, 14 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #9: Tom Wolfe: La hoguera de las vanidades


Idioma original: inglés
Título original: The Bonfire of the Vanities
Año de publicación: 1987
Traducción: Enrique Murillo
Valoración: bastante recomendable

¿Pero la Gran Novela de NY no la habría de escribir Auster, o DeLillo, o Roth? ¿Me vais a decir que, tres décadas tras su publicación, este montón de páginas, primera novela de un periodista ya muy reputado cuando la publicó, no ha hallado sustituto a la altura, aunque haya sido llevada al cine (en una versión bastante castradita, si se me permite apuntarlo) y aunque parezca uno de esos libros que uno pondría de ejemplo al lado del término "best-seller"?
Sabéis. A veces, hasta que no he avanzado unas cien páginas en esta clase de libros no me atrevo a empezar a confeccionar la reseña. Con este no me ha hecho falta llegar a la 60. Sabía que acabaría el libro e intuía que se trataba de una apuesta bastante segura. 
Primero: menos de cinco páginas para darse cuenta de que Tom Wolfe es un escritor de primera categoría, solamente algo oscurecido por el curioso uso de las distintas voces para adaptarse al modo de hablar del personaje elegido, que no siempre resulta tan natural como a uno le gustaría, pero que en cualquier caso muestran un escritor comprometido con que sus personajes suenen sinceros y creíbles. Con éxito.
Segundo: la innegable capacidad para que estos personajes atrapen al lector, perdonad el topicazo, pero uno no necesita muchas páginas para imaginar a ese Sherman Mc Coy de nula ética y éxito profesional descollante. El reflejo de la época (que completarían Easton Ellis o Jay McInerney), el lodazal de mierda y vacuidad tras los fiestorros en la planta noventaypico de cualquier coloso, el horror de una sociedad construida sobre la nada absoluta del flujo monetario, de la especulación, del EBITDA y de la construcción de enormes castillos de naipes sobre el futuro de empresas que eran puro humo. 
Y aún no habían llegado las puntocom ni caído las Torres Gemelas.
Tercero: Wolfe no se conforma con eso. No se detiene ahí. Las grandes ciudades y sus barrios Upper y sus apellidos ilustres y el rancio abolengo. Claro que un escritor de éxito y que va siempre vestido de blanco no parece ser el mejor de los ejemplos para zurrarle a los excéntricos que se gastan decenas de miles de dólares en cajoneras que quedan en un rincón o se pasan la vida en restaurantes con colas de reserva para varios meses. Wolfe critica desde dentro pero su crítica no siempre hace sangre.
Cuarto: vayamos valorando el conjunto. Wolfe apuesta de forma decidida por una novela sustentada en una estructura que se ensambla y que se nota influyente en algunos hitos narrativos posteriores. En lo literario, es evidente que un escritor como Franzen toma nota de su ambición, pero permitidme que perciba ese retrato caleidoscópico de New York en el Baltimore de "The Wire", esa necesidad de explicar una urbe a través de segmentos clave en la determinación de su devenir.
Quinto: cuestión que mantiene al lector expectante pero que también hace que ciertas líneas argumentales no lleguen a una conclusión. Una decepción relativa sobre todo al enfrentarnos a ese capítulo final/epílogo algo desconcertante en el cual Wolfe parece (optando por la disposición del texto en modo prensa en las últimas páginas) demasiado propenso a ejemplificar esa dicotomía periodística entre noticia de portada/páginas interiores, aunque a pesar de todo sea un recurso que tendrá sus partidarios.

Tarde para la sinopsis: lo sé, pero vayamos con ello.

Sherman McCoy es un Amo del Universo. Desde su despacho en Wall Street y su apartamento de dos plantas en Park Avenue que vale una millonada, no se siente otra cosa. Aunque no sepa explicarle a  Campbell, su hija de seis años, qué hace para ganar ese millón de dólares anual que permite a su familia el tren de vida de lujo y oropel. Recoge migajas, debería decir, a base de cobrar comisiones de operaciones de bonos, alta ingeniería financiera y alta especulación de la cual su empresa se lucra y de la cual McCoy disfruta a todo tren. Pasta por todos lados, en ropa, calzado, restaurantes, muebles, tejidos que decoran viviendas, chorradas de todo pelaje que McCoy ha asimilado como necesarias para su existencia. Olvidé un detalle. McCoy tiene una joven amante, veinteañera esposa de un empresario anciano. Y sus furtivos encuentros deben producirse en lugares y circunstancias poco usuales. Y una de ellas es que McCoy recoja a Maria Ruskin, que así se llama su amante (luego la prensa la llamará la Morena Cachonda y otras fruslerías) en el aeropuerto. Y volviendo desde allí a Manhattan se pierden con el Mercedes de McCoy, y aparecen en el Bronx , el Bronx de los 80, ese Bronx de películas de pandilleros que ellos tienen grabado en su cerebro. Fuera de su hábitat, dos animalillos asustados que no deberían estar allí, y que resuelven la situación de la manera más desastrosa: creyendo que van a ser atacados, en su huida atropellan a un joven y prometedor estudiante de color del barrio que, pasados unos días, entra en coma. Deciden no informar a la policía. Las influencias de la  madre del muchacho hacen que el caso tome relevancia y la inseguridad de un mando municipal acosado aprieta hacia una solución del caso. Curiosidad periodística de por medio, el cerco se estrecha y McCoy se ve envuelto en una tormenta perfecta. Lo han pillado y su caso se presenta como el paradigma de la equidad. La justicia debe ser ciega justo en ese momento. Te tocó, chaval.

Wolfe decide poner muchas cartas sobre la mesa. Conflicto racial y lucha de clases. Cuitas políticas y del mundo judicial. High society neoyorquina y su insoportable levedad. La cabecita de McCoy con sus miedos justificados y su chulería de clase que entra en demolición, las traiciones cuando las cosas se ponen feas, el funcionamiento de la sociedad y de los peones (policías, abogados, investigadores) que se empeñan en vano en que todo sea justo. Wolfe fue ambicioso como solo puede serlo un periodista de referencia que se asoma a la obra de ficción por primera vez pasada la cincuentena y siendo ya casi un mito viviente. De todo ello era difícil que saliera una mala novela, pero la excelencia queda un poco apartada aún, y seguramente sea así porque, de otra manera, era imposible.  

5 comentarios:

Gabriel Diz dijo...

Cuando la leí, hace varios años, me aburrió bastante: una novela excesivamente larga y de ritmo muy desparejo. Me parece que la traducción de Anagrama no ayuda (como de costumbre).

Saludos

El Puma dijo...

No leí el libro. Vi la película al momento de su estreno y confieso que ni recuerdo de qué trata. En Argentina hizo bastante ruido, aún cuando su famoso autor era virtualmente desconocido por estos lares.

En cuanto a quién podría haber sido el autor de la gran novela neoyorquina, a los que mencionas (Auster, Roth, De Lillo) agregaría a James Salter. Años luz y, fundamentalmente, Todo lo que hay, retratan New York magistralmente.

Lupita dijo...

Hola a todos: creo que este es uno de esos libros que no resiste bien el paso del tiempo. Lo leí hace muchos años, muy joven, y me deslumbró, me pareció que estaba lleno de una ironía despiadada, y, al mismo tiempo, de unas descripciones de personajes y situaciones magníficas.
Años después, con muchas más lecturas y conocimientos de la vida real, ya no me gustó tanto, ni lo acabé.
Pero siempre que pienso en este libro me viene la imagen de la mujer del protagonista, a la que llama "radiografía social". Me parece una de las mejores metáforas que he encontrado nunca.
Un saludo

Manolo dijo...

Al igual que Lupita, he leído este libro dos veces. La primera vez, hace muchos años, me fascinó (por no utilizar 'deslumbrar', que parece que le esté copiando el comentario a Lupita) por completo. La construcción y variedad de los personajes, la trama, el reflejo de las desigualdades sociales, la descripción de la alta sociedad neoyorquina, todo en su conjunto.

La segunda vez, a pesar de que ya conocía la trama, volvió a hacerlo. Quizá el imaginario televisivo (mi cabeza tiende a poner a Michael Douglas en el papel de Tom Hanks, quizá por el papel en Wall Street del primero, o porque a Tom Hanks lo veo demasiado blando para ser un agresivo ejecutivo) ha contribuido a la sensación de que el libro ha envejecido peor de lo que lo ha hecho, pero mi sensación cuando la recuerdo es que -a pesar de la película- sigue siendo una gran novela y retrata con bastante acierto (aunque se queda corta) la naturaleza del ser humano. Toma ya.

Aparte de eso, es curioso que no me haya atrevido con / atraído ningún otro libro de este autor.

Francesc Bon dijo...

Buenas tardes y gracias por los comentarios. Me resulta curiosa esa reiteración en el concepto de envejecimiento del libro, y era una cuestión que me planteé también en su momento pero que intenté no enfatizar pues los libros (y los discos y las películas) no dejan de ser hasta cierto punto testigos del tiempo que los ve nacer. En cualquier caso, lo que sobre todo me gustaría que hubiera quedado atrás es esa ansia depredadora que el personaje de Sherman ejemplifica hasta muy cerca del final. Y de eso no estoy muy seguro. A mí también me chocó la elección de Tom Hanks, pero creo que pudo ser un actor adecuado para esos momentos (aislados) de "humanidad" del personaje.