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viernes, 10 de febrero de 2023

Azorín: Capricho

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1943

Valoración: Bastante recomendable 


Si hablamos de la generación del 98, Azorín se cita siempre entre los nombres indiscutibles, no por nada fue precisamente quien le puso el nombre. Entre ese colectivo de composición controvertida, mucha gente ha leído a Baroja, bastantes a Unamuno, y algunos otros conocen, aunque solo sea por canciones de Serrat o Paco Ibáñez, a Machado, por ejemplo. Pero nadie que yo conozca ha leído nunca a Azorín, yo diría que en general casi nadie ha leído a Azorín. Y me incluyo, hasta hace unos pocos días. Es una situación algo extraña, y tal vez un poco injusta, y me propongo corregirla, al menos en el modesto ámbito de nuestro blog, a través de este libro, elegido completamente al azar.

Aparte del desconocimiento, podemos también tener el prejuicio de etiquetar a este autor como clásico, convencional, poco amigo de moderneces y atado quizá a la reciedumbre del paisaje castellano, cosas así. Puede que algo de eso haya en otras de sus obras, pero entonces Capricho sería, y no sé si realmente es, una rara avis, porque se trata de una pieza cercana a la experimentación, una especie de juego literario que hace honor al título en su concepto tradicional, como obra que ‘se ejecuta por la fuerza del ingenio, más que por la observancia de las reglas del arte’, como en el mismo inicio del libro se indica.

El texto consiste en un pequeño relato inacabado que el autor propone, dejando abierto el desenlace para que cada uno de los distintos redactores de un periódico lo complete a su manera. Se acompañan semblanzas totalmente subjetivas de cada uno de los candidatos, muy bien modeladas por cierto, y hasta el autorretrato de varias mujeres que pudieran ser posibles personajes a utilizar. Finalmente, se diría que el relato lo completan, aunque solo parcialmente, una serie de personajes literarios (don Quijote, Juan Tenorio, el buscón Pablos, etc.) en un ejercicio que más que de estilo es de inmersión en su personalidad y su modo de ver el mundo. Esta perspectiva un poco insólita es quizá lo más interesante del libro: no nos centremos tanto en cómo idearía un desenlace o qué forma le daría este o aquel personaje, ni el redactor jefe o el reportero de tribunales, sino cómo la subjetividad de cada uno determina el modo de enfocar la situación que se plantea. Y un paso más allá, asistimos a la confusión entre autor y personaje, de manera que unos y otros, trabajadores del periódico y protagonistas de clásicos, adoptan una u otra posición según se les observe.

En los tiempos actuales el formato no resulta especialmente novedoso, ni quizá lo era siquiera en 1943 cuando se escribió el libro, pero sí que transmite la imagen de un autor con mucha menos aversión al riesgo de lo que cabía esperar. 

Seguramente se trata de una diversión, un pasatiempo de escritor que se siente libre para crear una cosa de apariencia ligera pero que, ya puestos, aprovecha para enredar con distintos aspectos de la creación literaria: la recuperación de términos arcaicos, el reflejo de la personalidad (o las circunstancias) del autor en la obra, cómo el personaje puede cobrar vida propia o quedar abandonado sin el aliento del autor, o lo artificial (o meramente convencional) de la distinción entre géneros literarios. El mismo Capricho es un híbrido entre varios de ellos, con trazas de novela o relato corto, pero también de ensayo, biografía e incluso poesía, si atendemos al tono lírico que se deja ver de tanto en tanto. Pero ante todo me parece, como decía al principio, que la mayor parte de su esencia es de juego y experimento. 

Es cierto, el libro carga con el lastre de una prosa que hoy resulta algo anticuada, de páginas que a veces se hacen un poco largas, sumergidas entre reflexiones de personajes clásicos que tal vez solo el erudito capte como es debido. No creo que sea una obra demasiado representativa de este Azorín al que he querido rescatar del olvido, ni probablemente sea una de las mejores. Pero me ha gustado su atrevimiento, la libertad que demuestra al crear y la forma de dejar pistas sobre los entresijos de la literatura. Quizá no muy entretenido de leer, pero de esos libros que dejan un cierto poso a nada que les dediques una pequeña reflexión.

Otros libros de Azorín en ULAD: El chirrión de los políticos

domingo, 9 de agosto de 2020

James Joyce: Finnegans Wake


Título original: Finnegans Wake

Idioma original: inglés (¿)
Traducción: Marcelo Zabaloy
Año de publicación: 1939 (en castellano, 2016)
Valoración: Necesario, agotador, cruel, inolvidable

Las expectativas

Lleva rondando mi cabecita la idea de leer Finnegans Wake desde que me enteré que existía un tal James Joyce, allá por mis diecisiete años o así (no ha pasado tanto tiempo, aunque sí más que en el caso de Oriol, y suficiente para que esta lectura postergada se fuese convirtiendo en algo parecido a una obsesión; pero sigamos). Este caballero, Joyce, había escrito cosas increíbles que fui leyendo una tras otra, pero por ahí andaba el monstruo, su obra cumbre, ese tocho esquivo al que dedicó más de quince años de trabajo. Un libro inclasificable que nadie había sido capaz de traducir completo al castellano, lo que era un síntoma preocupante pero que no hacía más que aumentar mi expectación. Nadie lo había traducido hasta que llegó Marcelo Zabaloy.

La traducción

Muchos (bueno, algunos que se atrevieron) había fracasado en la empresa. Por ejemplo, Salvador Elizondo se pasó no sé cuánto tiempo elaborando una traducción anotada y abandonó el trabajo cuando concluyó… la primera página. Por lo visto Zabaloy no le vio tanta dificultad al desafío, y lo terminó en unos cinco años. Hay toda una historia en torno a esos intentos de traducción, parte de la cual puede encontrarse por ejemplo aquí. El caso es que hay que hablar más de versiones que de traducciones, porque el libro está cuajado, línea por línea, de incrustaciones de otras lenguas y jergas, infinitos juegos de palabras, dobles sentidos y locos neologismos que multiplican hasta el infinito las posibles interpretaciones. El sitio web FWEET reúne más de 80.000 anotaciones sobre el Finnegans, y hay montones de libros escritos en torno a este fenómeno. De forma que, como seguramente hizo Zabaloy al traducirlo, al leerlo también habrá que utilizar un código diferente al habitual.

El libro

Como digo, las 628 páginas de Finnegans Wake son un torrente continuo de todos estos elementos que acabo de citar, mezclados, superpuestos, exhibidos sin tregua, hasta hacer el texto irreconocible, pantanoso, laberíntico. Como se puede suponer, tampoco es posible hacer una sinopsis normal. Por hacernos una idea mínima, se puede decir que se parte de la muerte del albañil Finnegan y su posterior velatorio, aunque eso es casi lo de menos, porque pronto revive y se transforma en el tabernero Earwicker. O tal vez es Earwicker el que sueña su propia muerte como Finnegan, porque el personaje es a fin de cuentas el protagonista de una vieja balada irlandesa. Podríamos decir que Earwicker es condenado por algún motivo que no conocemos y con todo ello se relaciona una misteriosa nota que desentierra una gallina. Pero también sabremos de su mujer, Anna Livia Plurabelle, y de sus dos hijos... y un millón de cosas más, con la presencia permanente de tres elementos esenciales: Irlanda, la religión y el sexo. Un millón de cosas que apenas intuimos, sumergidas en un colosal marasmo léxico al que luego me referiré. Se intuye que Joyce habla al mismo tiempo desde lo real y lo onírico, y el lenguaje y la lógica de los sueños (inestables, intuitivos) impregnan todo el libro. Los personajes se trasmutan unos en otros, aparecen y desaparecen o cambian de nombre, se encarnan en héroes y se materializan en paisajes, hay escenas que se repiten, sonidos que las interrumpen y evocan momentos pasados o futuros, guiños metaliterarios. Todo parece un gran chiste, una genialidad, una puta locura.

La experiencia

Esas etiquetas que tan poco usamos en el blog, Experimento o Artefacto literario, tienen aquí todo el sentido. El Finnegans es, en opinión de casi todos los que lo han leído, y yo lo corroboro en la medida de mis limitados conocimientos, el libro más extraño, complejo y hermético que nunca se ha escrito. Y sin embargo las sensaciones no son exactamente lo que puede esperarse. Se puede pensar que uno encara la lectura un poco por curiosidad y, visto lo que tiene delante, lo más probable es que enseguida deseche el libro, exasperado por no entender nada, o casi. Pero no necesariamente es así. Como decía antes, conviene deshacerse de prejuicios, abrir la mente y utilizar otras herramientas. Samuel Beckett recomendaba leerlo en voz alta, pero sin llegar a tanto, puede ser recomendable dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad del texto y, una vez integrados en ese fluir, ver cómo la información permea en la consciencia. El peso de la entonación y los sonidos tiene gran importancia por ejemplo en ciertos textos literarios árabes y, a veces de forma inconsciente, es también relevante cuando leemos poesía. Resultando imposible detenernos en cada escollo (porque no terminaríamos nunca, ni llegaríamos a superar más que un puñado de ellos) esta forma de lectura me parece la más útil (y menos dañina para la salud).

Claro está que en este caso el éxito dependerá en buena parte de que el traductor haya sido capaz de transmitir los valores del original. Eso ya no me siento capaz de valorarlo en absoluto, aunque sí me suscita algunas dudas. En parte porque a veces el texto suena un poco a traductor de Google, dicho sea con todo el respeto. Y también porque he comparado algunos párrafos con otras traducciones y algunas cosas parecen no encajar del todo. Pero en fin,  la empresa es tan descomunal que no cabe más que admirar a este Zabaloy que ha conseguido llegar al final y, además, es lo que tenemos si queremos leerlo en castellano.

Con todo, la sensación es un poco la de un paseo por el monte en un día de niebla. No disfrutamos del paisaje, pero vagar entre la bruma tampoco resulta del todo desagradable. Solo hay que verlo con otros ojos: sentir el fresco, el aire de misterio, el reto de encontrar el camino, y de vez en cuando notamos que se abre una pequeña ventana de luz y nos sorprendemos al ver el peñasco, los árboles, quizá un trozo de panorámica en alguna dirección. Así, somos medio conscientes de la desgracia del pobre albañil, asistimos a una singular borrachera de su sosias, conocemos algún tipo de rivalidad entre sus dos hijos, o entrevemos algunas experiencias sexuales (varias, reales, soñadas o deseadas, no sabemos). Cosas así, esporádicas, que asoman brevemente entre el enorme desparrame lingüístico, y son un alivio, un pequeño premio, porque también dejan ver la genialidad del autor y disfrutar de momentos brillantes cuando se aligera de trucos retóricos. Y es que, digámoslo ya, esto no es una lectura sino más bien una inmersión, una experiencia.

Se podrá plantear si todo esto tiene realmente sentido, y de hecho algunos de los mayores valedores de Joyce pensaron que había perdido el juicio o que simplemente se le había ido la mano. Yo creo que desde luego el Finnegans tiene un valor inmenso, porque qué sería del arte si no hubiese gente decidida a explorar sus límites y a transgredirlos, y con talento para hacerlo. Tampoco una pintura abstracta representa cosas y no por ello parece razonable despreciarla sin más. Aquí se juega con otras reglas y no se puede mirar bajo los criterios habituales. El problema, claro está, es que hablamos de medios muy diferentes: una pintura la observamos durante unos segundos, hasta algunos minutos, pero leerse las seiscientas páginas del Finnegans lleva muchas horas. Así que, en su inmenso esfuerzo de años y su estratosférica creatividad, a lo mejor Joyce se olvidó de algo que puede tener cierta importancia hablando de un libro: el lector.

Otras obras de James Joyce en ULAD: Ulises, Dublineses, ExiliadosRetrato del artista adolescente

domingo, 6 de enero de 2019

Georges Perec: Me acuerdo

Idioma original: francés
Título original: Je me souviens
Traducción: Mercedes Cebrián
Año de publicación: 1978
Valoración: Interesante

Los Me acuerdo se han convertido con el tiempo en una especie de subgénero, algo entre el experimento literario, la autobiografía y el diván del psicólogo. La puerta la abrió el norteamericano Joe Brainard, en un libro publicado en 1970 (I remember), y la idea, tan elemental que a nadie se le había ocurrido antes, triunfó de inmediato y de forma duradera. Perec transitó ese camino muy pocos años después, y le siguieron personajes diversos, como el actor Marcello Mastroianni o la dibujante libanesa Zeina Abirached. Usted, amigo lector, o vosotros, ilustres reseñistas y compañeros, o el tendero de la esquina si lo hubiese, cualquiera puede hacer su Me acuerdo particular. El modelo ya lo tenemos, y cada uno lo rellena con lo que le apetezca.

¿De qué se trata?

Pues tan sencillo como una colección de recuerdos, formulada mediante párrafos sueltos, todos (excepto uno, en el caso de Perec) iniciados con ese 'me acuerdo', no obstante el cual no se trata exactamente de recuerdos elaborados o congruentes, sino más bien de flashes, impresiones espontáneas de una escena, un personaje, una sensación. El libro de Perec contiene 480 impactos, y anuncia una continuación que nunca llegó a existir, con lo que no sabemos si esa puerta abierta era una intención incumplida o renunciada, escondía un mensaje sobre lo fraccionario del repertorio, o era simplemente una boutade.

¿Experimentación formal? o ¿Por qué el Me acuerdo de Perec es diferente a los demás?

En principio, lo que haya de experimentación formal en la fórmula no se debe atribuir a Perec sino al citado Brainard. Pero sí hay un matiz importante. No he leído el libro del autor norteamericano, pero entiendo que el formato abre la puerta a la autobiografía, el diario o las memorias, como supongo que será el camino seguido por los demás meacuerdistas. Pero Perec parece despojarlo de toda subjetividad, en la medida en que eso es posible.  En los recuerdos de Perec no aparece la niña de la que se enamoró a los doce años, su padre afeitándose mientras él le observaba admirado, o el día de su primer trabajo. Nos deja en cambio el simple nombre de un ciclista famoso de la época, un trabalenguas, Brigitte Bardot cantando una canción, o la perilla de un escritor desconocido. Porque esa es otra: la gran mayoría de las píldoras hace referencia a nombres, lugares y situaciones que no dicen nada al lector, en especial si no es francés. Con todo, la sensación que queda es la de un ejercicio psicológico casi por completo deshumanizado o, mejor aún, realizado con una perspectiva distorsionada, cambiando lo fundamental por lo anecdótico. Desconozco si es una técnica con algún valor científico, pero de lo que no cabe duda es que sí lo tiene desde un punto de vista literario.

¿Un producto OuLiPo?

 Al tomar un sistema tan vinculado a la memoria y a la subjetividad y vaciarlo de su elemento más característico, se diría que Perec lleva a cabo una de esas piruetas estilísticas tan del gusto de los miembros de OuLiPo, ya se sabe, aquel grupo literario encabezado por Raymond Queneau, y tan bien definido en esta entrada de ULAD. Una de las técnicas más conocidas de aquella gente era escribir sometiéndose voluntariamente a una traba o restricción (contrainte), como cuando el propio Perec escribió La disparition (El secuestro, en castellano) sin incluir una sola ‘e’ en el texto. En el caso de Me acuerdo diríamos que son una suerte de memorias a las que se ha extraído todo elemento personal, unos recuerdos fragmentados que podría haber escrito cualquier francés contemporáneo del autor.

Bueno ¿y qué pasa con el lector?

Pues seguramente lo que pasa muchas veces con este tipo de libros que se deleitan con la forma y realmente no pretenden transmitir nada. El lector que vaya buscando una historia, personajes, un contenido que le genere algún tipo de placer o enriquecimiento, va listo, o sea, que se verá decepcionado quizá no llegando ni al recuerdo 50. Si por el contrario nos damos por satisfechos por haber conocido algo diferente, un intento por forzar los límites de lo usual, encontraremos interesante el libro. Y hasta puede uno animarse con una versión propia (sin que nadie se entere).

Y a propósito del lector, que es al final el que compra el libro, lo tiene en sus manos y lo lee. No suelo hacer este tipo de reflexiones, pero esta vez creo que es necesario:  ya sabemos de lo impecable de las presentaciones de Impedimenta (cubiertas, encuadernación, tipografía, etc.), pero lo cierto es que, por la misma factura del libro, muchas páginas se despachan con apenas cinco o seis líneas de texto. Si llenamos así 176 páginas ¿no es un poco abusivo un precio de 17,95 €?

Más todavía: como he dicho, el contenido de la mayoría de meacuerdos resulta totalmente ajeno al lector, y la edición se acompaña de un buen número de notas explicativas (unas 60). No sé si esas notas sirven para ilustrar, o desvirtúan precisamente el espíritu del texto; pero, caso de incluirlas, deberían ser mucho más numerosas, deberían estar a pie de página y no al final (ya sabemos lo incómodo que resulta) y, sobre todo, es imperdonable que haya un error de numeración que todavía dificulte más la lectura. Y todo ello, con ese precio. Mal.

Otras obras de Georges Perec en ULAD: La vida instrucciones de usoLas cosasEl gabinete de un aficionado

jueves, 25 de enero de 2018

Manuel de Pedrolo: Crucifeminació


Idioma original: Catalán 
Año de publicación: 1986
Valoración: Recomendable 

Manuel de Pedrolo era, para mí, el típico escritor cuyo nombre te suena pero apenas sabes nada de él. Le conocía porque en el instituto me hicieron leer su Mecanoscrito del segundo origen. Esa novela no me dejó un mal sabor de boca; tampoco debió suscitarme mucha curiosidad, ya que, finalizada la historia de Alba y Dídac, no me embarqué en más viajes junto a Pedrolo. Sin embargo, esto va a cambiar ahora que he leído Crucifeminació.

Estamos ante un libro curioso. Lo primero que parece corroborar esta afirmación es el género en el que se enmarca: ciencia ficción experimental. Esto de experimental se ve reflejado en la extravagante maquetación de la novela. Nada nuevo bajo el sol, entendámonos; recordemos que Mallarmé, Apollinaire y tantos otros que se me escapan ya han hecho de las suyas antes. En todo caso, siempre es divertido ver este tipo de artefactos literarios, estos juegos casi escultóricos con el texto. Y la maquetación del texto en Crucifeminació, salvo pasajes aislados, escapa gozosamente de lo convencional. Esto no es positivo de por sí, claro; la forma puede ser atractiva, pero si no aporta nada al contenido (o si solamente aporta a la superficialidad), no deja de ser un reclamo vacío. Por suerte, Crucifeminació elude esta trampa: la faceta visual está justificada; nunca se apodera de la historia, sino que actúa de forma complementaria a ella. 

¿De qué va esta novela? Bien, Crucifeminació narra los acontecimientos que rodean a lo que la Iglesia acaba por llamar la segunda encarnación de Dios en la Tierra: el nacimiento de un niño al que se bautiza como Definitivo. El suceso es distorsionado por las autoridades religiosas hasta el punto en que un simple parto es elevado al nivel de milagro. Ni corto ni perezoso, Pedrolo nos sumerge casi sin que nos demos cuenta en una sociedad distópica, donde la Iglesia recupera el apabullante poder que alguna vez tuvo y vuelve a gobernar. Sobre todo, pues, este es un libro anticlerical (que no anti-religioso); Pedrolo hace una crítica feroz, ácida, a la Iglesia y sus triquiñuelas. Otro elemento que me parece destacable de Crucifeminació es el humor negro con el que el autor retrata algunas situaciones. Es cierto que éste se concentra, sobre todo, en la primera parte del libro; no obstante, me ha parecido tan hilarante en sus mejores momentos que debo remarcarlo. Los representantes del brazo civil, militar, científico y religioso son retratados con tal sorna y desdén que algunos fragmentos de esta novela me remitían directamente al cuadro de Otto Dix titulado Los pilares de la sociedad (1926). Y esto sucedía, como digo, sólo arrancar la historia. Genial, vamos; aquello que se cuenta y cómo se cuenta. Lo que digo: ¡otro de Pedrolo cae pronto seguro! 



miércoles, 26 de octubre de 2016

Semana del Libro de Culto. Enrique Vila-Matas: Bartleby y Compañía

Idioma original: español
Año de publicación: 2000
Valoración: está bien/imprescindible para interesados

Más de 200 páginas escritas acerca de la Literatura del No  por un autor con fama de metaliterario pueden sonar casi a broma pesada. Más si contamos con esa elegante sorna habitual de la prosa del escritor barcelonés. Más si partimos de una presentación de impacto. Marcelo, narrador, confiesa en las primeras líneas el defecto físico (es jorobado) que condiciona su existencia y complica su relación con las mujeres. Hecha la aclaración, se lanza al vacío. Bartleby: personaje de la novela corta de Melville que ya es un patrimonio de la literatura universal (aunque a mí me pareciera que no era para tanto), triste escribiente que nos lega su frase como paradigma de muchas cosas, que pueden ir desde el escepticismo hasta la desidia o la vagancia. Y punto de partida para esta disquisición sobre el hecho literario y el hecho no-literario y el no-hecho literario y...¡brrrrrr!... qué complicado es esto de explicar las cosas sin contar con la facilidad de expresión de Vila-Matas; menudo trato le da el hombre al lenguaje. Ni una palabra fuera de su sitio, ni una construcción incoherente, ni un escalón siguiente que se pise sin haberse afirmado con contundencia en el anterior.

Ensayo literario ligeramente aderezado con lo que parece un diario personal (incluyendo alguna experiencia de formación), Bartleby y Compañía dispone de un planteamiento y un desarrollo tan característico y casi exclusivo de su autor que ello se convierte en virtud y defecto a la vez. El libro atraerá y fascinará al incondicional tanto como repelerá y aburrirá al escéptico. Hace días que me reconfortaba que cierto libro pudiese juzgarse sin recurrir a los extremos, pero con este libro ello es imposible. Si hasta parece que en algún momento se esté hablando de escritores (o no-escritores) imaginarios, que Vila-Matas nos someta a un juego del escondite donde ciertos nombres nos suenan (cómo no: Melville, claro, Rimbaud, por supuesto, Kafka, Musil, Walser, Salinger. Pynchon), pero en otros nos vamos perdiendo de tal manera que la erudición de Vila-Matas (manifestada, eso sí, con elegancia y naturalidad) acaba arrinconándonos, postergándonos a un paraje donde, en aras de demostrar empíricamente que también hay no-escritores, no-novelas a destajo, y que ello está justificado, parece que debamos acudir a hacer cola cualquier noche a una no-librería.

Tantos y tan variados son los ejemplos de carreras literarias abortadas o cercenadas o abandonadas, tan suntuoso es el desfile de menciones a escritores y los hechos o motivos que les obligan o les invitan a dejarlo correr, a la vista de éxitos o fracasos o de escepticismo.
Un pequeño inciso algo oportunista: ¿cómo valoraría Marcelo el fenómeno pseudo-glups-literario que representa internet? ¿Acaso no son (¿somos?) todos los que nos comunicamos por la red y no damos un paso más allá, meras actualizaciones del concepto, como guarecidos gracias al carácter de borrador perpetuo que nos aporta esta editabilidad?

Seguimos. ¿Méritos de Bartleby y Compañía? A destajo: este es un libro a conservar para referirse a él, para citarlo, para entender la actitud (sobre todo europea) hacia la literatura como factor en la ecuación del hombre en el universo. Pero a la vez es demostrativo de todo lo contrario. Vila-Matas (o su alter-ego Marcelo, compilador a costa de salud, trabajo y bolsillo) juega con tanto fair-play que deja que se reflejen todas las opciones posibles. Comprended, es casi inútil explicarlo (recordad la Semana en la que estamos), porque casi cualquier frase de este libro, prestada o creada expresamente, es susceptible de ser citada por inspirada o vilipendiada por obvia o por pedante. No hay términos medios, aunque recomendar este libro a no iniciados es una actitud casi suicida. Es un escritor especial, escribe hace cuatro décadas, y esta, obra central en lo temporal y paradigmática en lo estilístico y hasta en su intención, es uno de sus buques-insignia. Quizás Dietario voluble constituya una reescritura de alguno de sus planteamientos, y es mucho más cercana y asequible. Pero la obra de Vila-Matas no puede entenderse sin el embrollo excesivo de citas y reflexiones que es Bartleby y Compañía. O sin el monumental y ambicioso reguero de frases brillantes que es Bartleby y Compañía. 
Espero que haya quedado claro ¿Alargarme más? Preferiría no hacerlo.

Muchas obras de Enrique Vila-Matas reseñadas en ULADaquí

miércoles, 30 de marzo de 2016

Max Aub: Juego de cartas

Idioma original: español
Año de publicación: 1964
Valoración: Imprescindible para coleccionistas; muy recomendable para lectores.

Ya hemos hablado en ULAD de narrativas no lineales: de aquellas en las que no hay un principio, un medio o un final, sino varios caminos posibles que el lector elige con mayor o menor libertad. Hablamos de Afternoon, a story, un clásico de la narrativa hipertextual para ordenador, pero también de sus antecedentes en papel, como el Diccionario jázaro de Pavic o Rayuela de Julio Cortázar, que es quizás la más conocida aunque no necesariamente la mejor. Bueno, pues Juego de cartas de Max Aub es un experimento formal todavía más audaz que estas otras, y mucho más divertido para el lector (aunque no llegue a alcanzar tampoco el nivel de lirismo o creatividad de determinados capítulos sueltos de Rayuela).

Juego de cartas está formado, como su nombre indica, por cartas, en dos sentidos: es un conjunto de naipes (dos barajas enteras, con cuatro palos de trece cartas cada una, más cuatro comodines; 108 naipes en total), que a su vez contienen en el dorso el texto de 108 cartas que diferentes personajes, generalmente identificados solo con un nombre propio, intercambian en relación con la muerte del misterioso Máximo Ballesteros. Como bonus, los dibujos de los naipes están atribuidos a Jusep Torres Campalans, el heterónimo pintor de Max Aub (sobre el cual escribió una biografía, y con cuyas obras organizó exposiciones).

Creo que en esta reseña, un par de imágenes resultan imprescindibles:


Frente de los naipes, con dibujos de Torres Campalans


Reverso de los naipes, con las cartas de los personajes sobre Máximo Ballesteros

Juego de cartas es efectivamente un juego, o por lo menos eso indica la caja en la que vienen las cartas, con unas instrucciones que no creo que haya que tomarse muy en serio; pero Juego de cartas es sobre todo una novela, una narración en la que efectivamente, a diferencia de Rayuela, el autor cede al azar la disposición de los textos y el orden en el que el lector se enfrenta a ellos. Cada carta es un texto independiente, muy pocas cartas se relacionan unas con otras y -hasta donde he podido indagar- no hay un sistema de correlación entre los números o los palos del naipe y lo que se cuenta en su reverso, salvo por los comodines, que son los textos más breves y más misteriosos ("Valía por todos", "No había nadie", "Fue por casualidad", "No teníamos otra cosa que hacer"...).

Desde cierto punto de vista, hasta se podría decir que esta es una novela policiaca. El protagonista, Máximo Ballesteros ha muerto, y al menos tres teorías intentan explicar su muerte: ataque al corazón, suicidio, o asesinato a manos de su esposa Carmen. Las cartas que componen la baraja (muchas de ellas escritas por sus amantes, ex-amantes, mujeres seducidas y/o abandonadas; algunas por su mujer; otras por su dentista, su maestro de escuela, su hermana...) nos presentan las tres posibilidades, y quizás la respuesta se encuentre en algún lugar del texto (como sucedía en Afternoon, a story) o quizás no.

Pero Juegos de cartas, en una lectura algo más profunda, es, creo yo, una novela sobre la identidad, sobre la imposibilidad de llegar a conocer a nadie, o sobre las múltiples facetas que presentamos en la vida pública y privada. Máximo Ballesteros es para algunos personajes un diablo, un egoísta, un imbécil; para otros, un hombre astuto, trabajador, honesto. En definitiva, se está poniendo en práctica ese tema tan posmoderno que es la disolución del yo (aunque esta obra, conviene recordarlo, fue publicada originalmente en 1964). Son muchas las barajas que plantean esta cuestión; aquí van solo algunos ejemplos:
  • "Los hombres son un 'puzzle', un juego difícil de componer -y más de recomponer-, porque siempre nos los entregan hechos polvo -para los ídem- a ver qué y quién sale".
  • "Uno es como es y nadie sabe cómo".
  • "¿Cómo era? ¿Quién lo sabe? ¿Tú? Pues atente a ello, cada quien con su verdad".
  • "Uno es como es para sí, no como parece para los demás".
  • "¿Cómo era Máximo? De una sola manera: como creías que era. ¿Que los lunes lo veías azul y los martes verde? Confórmate, por mucho que te digan los demás, por mucho que añadas y amontones, por mil dudas que hagan surgir para ti: era azul los lunes y verde los martes"
Hacía tiempo que tenía ganas de echarle el guante a esta novela-juego; desde que supe de su existencia hace ya (da miedo hacer cuentas) veinte años. Ahora he conseguido por fin tenerla, gracias a una edición cuidada, bonita, elegante, de Cuadernos del Vigía. No es una obra barata (unos 50€ cuesta), lo que la convierte más en un objeto de coleccionista de rarezas, que en un simple libro para el disfrute lector; pero eso sí, quien se decida a entrar en el juego pasará unas cuantas horas entretenidas intentando adivinar, como dicen las intrucciones, "quién fue Máximo Ballesteros".

Otros libros de Max Aub en ULAD: Las buenas intencionesCrímenes ejemplares

lunes, 23 de febrero de 2015

Colaboración: Ejercicios de estilo de Raymond Queneau

Idioma original: francés
Título original: Exercices de style 
Año de publicación: 1947
Valoración: Está bien (según el tipo de lector, imprescindible o intragable)

De vez en cuando se encuentra uno con cosas que llevan de vuelta a épocas pretéritas, cuando el tiempo no tenía valor, y podía uno dedicar horas a misterios insondables y preguntas fundamentales. En esas tareas, la literatura terminaba siendo una especie de monstruo de infinitas cabezas y miembros, que adoptaba formas múltiples y a veces ninguna, que nos atraía fatalmente y nos enloquecía un poco. Nunca se terminaba de entender el misterio y menos de dominarlo, y terminaba uno enrededado y hechizado sin remedio.

Casi sin quererlo, este tipo rarito llamado Queneau nos coloca de golpe ante algunos de esos dilemas, en plan: ¿Qué es la literatura? ¿Dónde confluyen o se separan fondo y forma? ¿Hasta qué punto puede un texto ser independiente de su autor? Nada mejor que un caballero de las huestes de Breton (aunque después desertase, claro está), y de formación mixta literario-matemática (¡toma!), con trayectoria errática y multidisciplinar,  para meter mano a semejantes comecocos.

Y además tiene Raymond la virtud de no hacerlo mediante complicadas reflexiones teóricas, sino por medio de una especie de juego, casi una broma. Un ejercicio práctico que es él mismo el mensaje, y que inmediatamente evoca el “cadáver exquisito” al que en un tiempo anduvo vinculado, los manifiestos dadá, o cosas de esta índole.

Ejercicios de estilo es el relato de una anécdota brevísima y un poco tonta, expuesto de noventa y nueve formas diferentes. Nada más que eso. Noventa y nueve versiones de unas pocas líneas, que pueden ser varias docenas más si aceptamos las propuestas que el autor nos hace en el anexo; o cientos, o miles, si cada lector aporta sus variaciones. Todo vale: manipulaciones de la sintaxis, barbarismos, cualquier tipo de jerga, figuras retóricas, distorsión de conceptos... ¿Se atrevería alguien a llevar al extremo, por ejemplo, el amago de formulaciones matemáticas que presenta el autor? Bien, el mismo Queneau acabó alborotando con ello años más tarde.

En definitiva, si cada persona relata un mismo hecho en la forma en que le da la gana, incluso de varias formas cada uno, nos iríamos a una de las preguntas del principio: mismo contenido y distinta forma, ¿son obras diferentes? ¿Cuáles son literarias y cuáles no? Vamos, que nos metemos en un vórtice quizá inútil, quizá apasionante. Pero esto mola, o no?

De forma que, como era previsible, toda esta locura nos da pie a plantearnos nuevas cuestiones: ¿se mantiene el contenido si alteramos la forma? ¿Cuáles son los límites de la literatura –si los tiene–? ¿Es lícito ocultar vacíos mediante el adorno y el florilegio? ¿No nos lleva todo esto a ponderar la intransferible identidad del autor? Algunos de los más grandes –se me ocurren a bote pronto Góngora, Cortázar, por supuesto Joyce– han utilizado con maestría artificios formales que exploraban esos límites; pero con todo, si uno quiere contemplar el juego de fondo y forma en su estado puro y diríamos a pelo, nada mejor que el experimento del que estamos hablando.

Lo de menos es que, como es lógico, entre los 99 ejercicios de Queneau los haya más o menos afortunados, trabajados o ingeniosos. Y casi me atrevería a decir que ni siquiera hace falta leerlos, basta con sondear cinco, seis, una docena, o los que nos apetezca. Lo que realmente importa es detenerse a contemplar en abstracto lo que constituye uno de los pilares de la literatura. Contar cosas y contarlas de cierta manera.
Dicho de otro modo, viene a ser como ponerse frente al Blanco sobre blanco de Malévich sin anestesia. Ahí tienes la pintura: piénsalo.

Y no puedo terminar sin dedicar unas líneas al reconocimiento que merece el traductor Antonio Fernández Ferrer. Trabajo ímprobo, si no directamente imposible, cuando se trata de trasladar de idioma el sinnúmero de volteretas sintácticas, juegos de palabras, referencias cultistas y aberraciones léxicas que contiene el librito. Vamos, como el pobre Salvador Elizondo intentando domar Finnegans wake. De modo que se entiende y encaja perfecto que se llame ‘versión’ y no sólo ‘traducción’ a semejante empresa. En tales condiciones, ni siquiera se puede uno atrever a criticar ciertos atrevimientos del Sr. Ferrer, aunque en alguna ocasión lleguemos a sospechar si ha podido aportar más de lo que debiera. Los varios traductores que circulan por el entorno ULAD seguro que están de acuerdo (o no?).

Firmado: Carlos Andia

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