martes, 22 de marzo de 2016

James Joyce: Exiliados

Idioma original: inglés
Título original: Exiles
Traducción: Fernando Toda
Año de publicación: 1.915
Valoración: Está bien 


Entre el repertorio de muy conocidas obras de James Joyce (bueno, conocidas al menos en el título), pasa generalmente desapercibida su única incursión en el mundo del teatro que, como astutamente habrá adivinado el lector, es justo este Exiliados que voy a intentar comentar. Porque, oiga, para eso también está ULAD, para divulgar entre sus parroquianos libros extraños, desconocidos, improbables…, libros que hemos tenido ocasión de conocer y disfrutar (o sufrir, que de todo hay).

El genial irlandés escribió Exiliados al poco de concluir Retrato del artista adolescente y cuando empezaba a construir los cimientos del Ulises. Por lo visto, James era admirador de Ibsen, hasta el punto de que (dicen) aprendió noruego sólo para leer sus obras sin traductor de por medio (o sea, como se cuenta de Unamuno con Kierkegaard). Así que me imagino al Sr. Joyce entre dos fuerzas divergentes igualmente poderosas: por un lado, el hechizo de Ibsen, que quizá le empujaba hacia un modelo dramático más o menos convencional; y por otro, el tsunami creativo que estaba tomando forma en su cabeza, para estallar poco después en sus obras más vanguardistas. 

O puede ser que simplemente utilizó este breve contacto en el teatro para ajustar ciertas cuentas con su vida doméstica, o intentar poner orden en sus ideas. Porque Exiliados tiene un importante componente autobiográfico, como pasamos a contar ahora.

La obra se basa en un triángulo amoroso, lo cual no puede decirse que sea muy original, al menos en principio: el escritor Richard Rowan, que acaba de volver a Irlanda tras varios años en el continente europeo, su pareja Bertha (pareja, que no esposa, lo cual hoy parece irrelevante, pero no lo era en la católica Irlanda de hace un siglo), y Robert Hand, antiguo amigo íntimo del primero, y compañero de correrías juveniles. Vamos, una situación calcada de la del propio Joyce, sobre cuya relación con su compañera Nora se extendieron –quizá interesadamente- rumores de infidelidad con un supuesto amigo común.

Pero este punto de partida –como digo, nada novedoso- se utiliza para explorar en terrenos menos habituales. Para no desvelar más de lo debido, diré que los papeles de engañador y engañado van trasladándose de un personaje a otro, no en forma de simple enredo, sino en un nivel intelectual, que constituye el auténtico eje de la obra: la tesis consiste en que no son la fidelidad o la confianza los pilares sobre los que se sostiene la pareja, sino justamente la duda, el mantenimiento (o incluso la creación artificial) de cierto grado de incertidumbre. Se estimula así el poder de un vínculo espiritual, que no obstante tampoco queda claro si domina al carnal, lo presupone o simplemente es ajeno a él. 

Ese es el estrés en que se sumergen los personajes, unos de forma voluntaria, otros convertidos en mero instrumento de ese mecanismo, tal vez algo perverso. Y el resultado es que reclaman del lector ser escrutados en cada frase y cada gesto, y se muestran llenos de matices, mientras vamos recorriendo sentimientos y conceptos que flotan alrededor de la relación de pareja y la condicionan/definen/delimitan: la amistad, la posesión, la culpa, la admiración, la libertad. Y también la inacción, porque en Richard se dibuja un peculiar tipo de héroe cuyo valor reside precisamente en no hacer nada, para desconcierto de los demás.

Se diría en definitiva que Joyce parte de sus asuntillos particulares, les da forma (no sé si realista o voluntarista) y, ya puestos, se dedica a sondear en diferentes perspectivas de la relación amorosa, puede que buscando respuestas para sí mismo. El libro no es desde luego lo que uno espera encontrarse cuando tiene entre manos algo de Joyce, sobre todo en el aspecto formal. Es tal vez una obra menor, un material atípico y quizá prescindible, pero elaborado con inteligencia y que no deja de tener su interés.

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