sábado, 13 de agosto de 2016

Boris Vian: La hierba roja

Idioma original: francés
Título original: L'Herbe rouge
Traductor: Jordi Martí
Año de publicación: 1950
Valoración: recomendable

Hace unas semanas hablaba de Boris Vian con un amigo: hablábamos de él porque en esa altura yo estaba leyendo El arrancacorazones, y porque nuestra conversación trataba de escritores que escriben con absoluta libertad; que escriben lo que quieren escribir aunque arda el mundo. Y Boris Vian es uno de esos escritores: alocados, provocadores, imprevisibles, niños que se divierten jugando con una cuchilla de afeitar. Esa sensación la tuve cuando leí, hace años, La espuma de los días; la volví a tener leyendo El arrancacorazones, y ahora otra vez con La hierba roja.

Y eso que La hierba roja es una novela menos corrosiva que otras de Boris Vian. Su trama central se podría decir que pertenece al género de la ciencia ficción: un inventor llamado Wolf ha construido, junto con su ayudante Lazuli, una máquina que permite viajar al pasado y revisitar los recuerdos del pasado, para borrarlos y olvidarlos. Construida en medio de un Cuadrado poblado de hierba roja, esta máquina es casi una parodia de la Máquina del tiempo de H. G. Wells, solo que en este caso no se viaja hacia un futuro lejano y apocalíptico, sino hacia el interior de la mente (y/o del alma) del viajero.

Así, los episodios en los que Wolf se introduce en la máquina y dialoga sobre su propio pasado con diversos personajes misteriosos (y no demasiado simpáticos, en general) son una revisitación de la infancia del personaje, de su relación con la religión, con los estudios o con el amor, una revisitación que, dicen, tiene en este caso bastante de autobiográfica. De hecho, se nota en estos capítulos una cierta nostalgia o desengaño; una nostalgia que resulta todavía más llamativa teniendo en cuenta que Boris Vian tenía solo 30 años cuando escribió el texto.

Pero claro, siendo una novela de Boris Vian, la cosa no podía ser tan simple: a esta trama central se unen otras igualmente fantásticas, como la de la extraña relación de Lazuli con Floravril, en la que un misterioso hombre de negro aparece cada vez que se disponen a hacer el amor; o el extraño personaje del senador, convertido en animal de carga o de compañía y cuyo único sueño es poseer un uapití; o la mujer de Wolf, Lil, que pacientemente lo espera hasta que deja de esperarlo pacientemente. Estas y otras imágenes e imaginaciones le dan a la novela el inconfundible tono del autor, que nunca deja de sorprender.

Quizás La hora roja sea menos provocadora que El arrancacorazones; es, por momentos, incluso delicada y romántica. Pero no por eso es menos libre: solo lo es en una dirección diferente, igual de imaginativa. Como si el niño hubiera por una vez dejado de jugar con una cuchilla de afeitar, y hubiera cogido un espejo.

También de Boris Vian: El arrancacorazones, La espuma de los días