sábado, 20 de agosto de 2016

Antonio Gala: El corazón tardío

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Se deja leer


Escogí esta lectura por cuestiones más colectivas que personales y me equivoqué: por un lado, no encajaba en el asunto propuesto, por otro, mis reservas estaban mucho más justificadas de lo que suponía. No niego que el gusto artístico y literario contiene una importante porción de subjetividad, pero el gusto se educa y si un texto disgusta más de la cuenta, si cuesta trabajito leerlo, quizá la intuición nos esté avisando de que algo falla a pesar de la fama asociada a determinados apellidos. Pueden imaginarse, pues, que lo que viene a continuación no van a ser, precisamente, alabanzas. Aunque, eso sí, prometo ser ecuánime y dar al Cesar lo que es suyo resaltando cualquier mérito que encuentre, que alguno hay, por supuesto, como en cualquier obra que se pueda calificar de literaria.
Pero eso lo dejaré para el final. El corazón tardío es un conjunto de veintiocho relatos, la mayoría muy cortos, en los que su autor se mira el ombligo a conciencia. Me explico. No tengo nada en contra de que los escritores hablen de sí mismos, pero una cosa es lo que acabo de leer y otra muy distinta un meritorio ejercicio de introspección donde se extrapolan rasgos universales, o comunes a un grupo concreto, de forma que los lectores puedan verse reflejados. Cualquier de ustedes recordará un puñado de ejemplos de lo segundo, el paradigma de lo primero lo tenemos aquí.
Eso en cuanto al contenido. Claro que el estilo tampoco se queda corto: pedante y rebuscado en su mayor parte. Y aún así con alguna incorrección sintáctica, debida quizá a que algunos relatos se escribieron cuando Gala no había alcanzado aún la madurez como escritor, a una prisa excesiva por darlo a la imprenta o a todo a la vez. Recuerdo que en su momento se anunció a bombo y platillo este libro (cuyo título es casi idéntico al de cierta canción de éxito que por entonces no dejaba de sonar, aún no me explico por qué) para caer en el olvido enseguida.
La temática amorosa constituye el eje en torno al cual gira todo. El propósito y el tono son también muy similares, pero algunas historias llevan ventaja a las otras, una irregularidad beneficiosa en este caso. En mi opinión, son cinco los que se salvan:
Los besos presenta a una mujer en dos momentos muy distintos que se alternan y que al principio solo distinguimos por la tipografía, hay que situarse para percibir el contraste entre los dos. La primera escena, cronológicamente hablando, nos muestra a la jovencita enamorada disfrutando junto a su novio de una tarde en el campo; en la segunda, vemos a la misma mujer, ya madura, desencantada, prosaica y empujada por la costumbre, sin rastro de sentimientos por el chico de entonces, como no sean rencor y desprecio.
Muy superior a este –quizá el mejor de todo el volumen– me parece Día sin accidentes. También aquí se da una alternancia pero no se establece de forma explícita. El protagonista es un chaval habituado a trasladarse, gracias al poder de la imaginación, a un mundo paralelo mucho más amable que el real cada vez que quiere y le dejan. Un retrato simpático, emotivo, lleno  de fantasía y optimismo que contrasta con el tono taciturno del resto y nos dejaría un regusto agradable si no tuviese ese final dramático que no le hacía ninguna falta.
Una mujer repasa su vida –como todas, con grandes dramas y momentos felices–durante el velatorio de su esposo, en La viuda y el espantapájaros. No se trata de un monólogo (como aquella novela de Delibes) sino de una narración en tercera persona, no exenta de fantasía, que refleja tanto los pensamientos de la viuda, que no asume lo que ha sucedido, como lo que ocurre a su alrededor y lo que tendrá lugar unos días más tarde.
Un recorrido por el Madrid de la época –de Cibeles a la calle Sacramento (junto a la plaza de la Villa), pasando por el paseo del Prado, la carrera de san Jerónimo, puerta del Sol, plaza Mayor etc.– mostrando los tipos más representativos de entonces y el lenguaje que utilizaban, es este Itinerario para un anochecer de 1961. Tampoco hacía falta que terminara así, y no digo más.
Tres personajes –una madre que se siente ignorada, un padre con Alzheimer y un hijo que les ha salido algo raro y nunca ha sabido demostrar su cariño– monologando en la misma habitación mientras se ignoran mutuamente es el asunto de La compañía. Para mí, y junto al mencionado Día sin accidentes, el más conmovedor de todos.
A destacar el prólogo, a cargo de la desaparecida Ana María Matute nada menos, que realiza un análisis –somero pero atinado– en el que habla de “hermosa sorpresa” a la que “es imposible resistirse”. No esperábamos menos de ella, claro que sí.
Por fortuna, la portada de mi edición no es la de la rosa. Una idea que –reconozcámoslo – va a tono con el texto por mucho espanto que nos produzca.

Del mismo autor: El manuscrito carmesí