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miércoles, 4 de julio de 2012

Fernando Aramburu: Años lentos

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable

Con tanta novela sobre la Guerra Civil y la posguerra (ya reseñamos aquí El lector de Julio Verne de Almudena Grandes, por ejemplo), se agradece que algunos autores nos hablen de hechos más recientes, y cuyas consecuencias se notan todavía en nuestra sociedad. El tardo-franquismo y el nacimiento de ETA, dos temas menos transitados por la narrativa española, coexisten, casi sobreentendidos, en Años lentos de Fernando Aramburu.

La novela alterna los recuerdos de un chiquillo de ocho años, que se ve obligado a trasladarse a la casa de su tía Maripuy en un barrio humilde de San Sebastián, con los "Apuntes" del propio Fernando Aramburu, quien con mucha autoironía se plantea distintas opciones para la construcción de la novela. A lo largo de las páginas veremos al protagonista enfrentarse a un mundo nuevo y moderadamente hostil (si el olor a pies de su primo puede considerarse hostilidad), comprender cada vez más cosas y tomar sus primeras decisiones vitales importantes, en un entorno de nacionalismo antifranquista cada vez más próximo a la violencia.

Después de haber leído ya varios libros de Fernando Aramburu (Los peces de la amargura, El vigilante del fiordo, Los ojos vacíos) uno va aprendiendo a reconocer sus tics, sus manías y sus trucos como escritor. Esta novela es de hecho una mezcla entre Los ojos vacíos y Los peces de la amargura o El vigilante del fiordo: las técnicas deformantes a lo Valle Inclán (la pequeña Julia, retrasada, quejica y cubierta de babas recuerda mucho al enano de Divinas palabras; pero no es el único caso de deformación esperpéntica ni mucho menos) y el marco narrativo de la "novela de aprendizaje" que ya aplicó en la primera novela, se aplican ahora a un espacio y un tiempo realistas, en una especie de síntesis de las anteriores líneas creativas de Aramburu.


En esta novela hay mucho de Fernando Aramburu, por lo tanto, pero también hay mucho, tengo la impresión, de literatura "clásica" española; he hablado ya de Valle Inclán, pero también el Lazarillo es un modelo genérico visible desde las primeras páginas ("Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueves años...", equivalente al "Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso" del Lazarillo); también asoma en la novela una autoconsciencia narrativa que podríamos llamar cervantina si no fuera porque forma parte ya del corazón mismo de la novela moderna.

Lo que le reprocho a Fernando Aramburu en esta novela, y es algo que resalta también en Los peces de la amargura, es una cierta unidimensionalidad de los personajes y de la historia: además de su tendencia a la caricatura, de la que ya he hablado, da la impresión de que Aramburu intenta explicar la aparición de ETA recurriendo a dos o tres factores (ambiente represivo + nacionalismo social + influencia de la Iglesia vasca), dando una imagen excesivamente simplista de algunos de los fenómenos más complejos de la historia reciente.

Mi resumen respecto a Los años lentos, por lo tanto, sería el siguiente: como artefacto literario funciona, entretiene, crea un mundo narrativo e incluso lingüístico propio; como intento de explicación de la realidad, en cambio, no funciona tanto.

También de Fernando Aramburu: El vigilante del fiordo, Los ojos vacíos

jueves, 26 de enero de 2012

Fernando Aramburu: El vigilante del fiordo

Idioma original: español
Año de publicación: 2011
Valoración: Recomendable

Fernando Aramburu es un escritor vasco que ha hecho del compromiso ético (no diría político exactamente) su bandera y su tarjeta de presentación. Tanto es así, que hace poco hizo unas declaraciones muy polémicas sobre, precisamente, la falta de compromiso de los escritores vascos ante la violencia (falta de compromiso que él achaca al miedo a dibujarse una diana en la cabeza, al miedo a perder lectores, al miedo a perder subvenciones); claro que luego matizó / tuvo que matizar esas declaraciones, ante la polvareda levantada. Yo ya he dicho (y no he encontrado mucho apoyo, la verdad) que creo que esta es una polémica necesaria; que realmente es necesaria una reflexión colectiva sobre cómo la sociedad vasca, y la cultura vasca (en castellano y en euskera) ha reaccionado o dejado de reaccionar ante el terrorismo; aunque las formas de Aramburu, y la generalización absoluta en la que incurrió -él o el periodista- le quiten argumentos.

Pero bueno, al margen de la polémica, que se ha quedado aparentemente en uno de tantos casos de pirotecnia informativa, Fernando Aramburu ha realizado también un proyecto evidentemente deliberado de llevar este compromiso a su literatura, y dar en ella voz a las víctimas, a las personas sin voz, a las voces subalternas. Ya lo hizo (con resultados literariamente discutibles, aunque éticamente irreprochables; una y otra cosa no están necesariamente relacionadas) en Los peces de la amargura. Y lo ha vuelto a hacer, aunque con importantes variaciones, en El vigilante del fiordo.

En realidad, casi se podría hablar de un proceso de maduración literaria (por supuesto, Aramburu es ya hace tiempo un escritor maduro) en los cinco años que van desde Los peces... hasta El vigilante... En esos cinco años, Aramburu parece haberse dado cuenta de que la violencia (no ya la violencia del País Vasco, sino la violencia en abstracto) es algo psicológica, social y filosóficamente complejo, y que la exploración literaria de esas complejidades es más productiva que la construcción de universos maniqueos, por mucho que ética y políticamente la distinción entre víctimas y verdugos sea, repito, irreprochable.

Por eso, en este Vigilante... Fernando Aramburu combina algunos relatos que podrían haberse integrado en Los peces... (por ejemplo, el que da título al volumen, que trata sobre un funcionario de prisiones traumatizado por un atentado; o "Carne rota", con breves retazos relacionados con el 11-M), con otros que apuntan en nuevas direcciones: la paranoia casi kafkiana en "Chavales con gorra"; la historia romántica en "Nardos en la cadera"; el humor en "Lengua cansada"; el misterio en "La mujer que lloraba en Alonso Martínez"...

He leído en otra reseña que los críticos (algunos críticos) consideran esta obra inferior a Los peces de la amargura, porque le falta la unidad temática de aquella. A mí, en cambio, este libro me parece superior, precisamente por su mayor variedad de temas y sobre todo de enfoques; por su experimentación narrativa con técnicas diversas y por la mayor complejidad de sus personajes. Los peces de la amargura era, probablemente, un libro necesario; El vigilante del fiordo quizás no lo sea tanto, pero en cambio es literariamente más audaz y menos autocomplaciente.

Otras obras de Fernando Aramburu en ULAD: Años lentosLos ojos vacíos

jueves, 15 de marzo de 2012

Fernando Aramburu: Los ojos vacíos

Idioma original: español
Año de publicación: 2000
Valoración: Recomendable

Es una novela muy curiosa, esta de Los ojos vacíos de Fernando Aramburu. Curiosa en sí misma, y curiosa por ser de Fernando Aramburu, porque no parece haber sido escrita por el mismo autor de Los peces de la amargura y El vigilante del fiordo, volúmenes de relato de corte realista e inspiración contemporánea.

Los ojos vacíos no tiene nada que ver con esto. Es una novela de fantasía desbordante y aparentemente inagotable, que combina rasgos de novela de dictador, novela picaresca, novela de aventuras y novela de aprendizaje, todo ello en una geografía ficticia pero no ajena a la realidad: el extraño reino de Antíbula, sumido en el caos y las revueltas tras el asesinato de su rey Carfán III. Hijo ilegítimo de un músico extranjero y de la hija del posadero, el protagonista y narrador reconstruye, desde la atalaya de la vejez (como en El Lazarillo, sin ir más lejos) los años de su infancia y aprendizaje vital, dominados sobre todo por la figura de un abuelo tiránico e implacable; hay páginas crueles, páginas desagradables, páginas duras; pero también hay muchísimo humor, un derroche de invención y una galería variada de personajes sorprendentes.

Los ojos vacíos es una novela notable; quizás algo repetitiva en su segunda mitad, pero en todo caso construida con una firmeza envidiable. Disfrazándose por momentos de novela histórica (con la referencia a fechas, hechos y documentos supuestamente reales sobre la historia de Antíbula), es más bien una alegoría de lo que muchos estados europeos (y no europeos) fueron o pudieron llegar a ser en algún momento: una parodia de sí mismos. Al situarse en un mundo paralelo cercano a veces al onirismo o al esperpento, exige del lector paciencia y una "suspensión de la incredulidad" casi total; pero promete, a cambio, momentos divertidos, sorprendentes o sugerentes como pocas novelas que yo haya leído últimamente.

Lo cual me lleva a plantearme una cuestión interesante pero resbaladiza: si esta línea de creación fantasiosa, imaginativa e irrealista ha sido abandonada definitivamente por Aramburu; y si ha sido así porque se le agotó la vena, o porque le obligó a ello su concepción del compromiso ético y político. Si abandonó la Antíbula de Los ojos vacíos por la Euskadi de Los peces de la amargura por decisión artística o ideológica. Me daría cierta pena que sea lo segundo, porque vendría a probar algo que ni yo ni Aramburu querríamos que pudiera probarse: que el compromiso a veces es perjudicial para la literatura.

Otras obras de Fernando Aramburu en ULAD: Años lentosEl vigilante del fiordo

domingo, 18 de diciembre de 2016

Reseña y contrarreseña: Patria de Fernando Aramburu


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable / decepcionante

Poli Bueno: ¿Has leído Patria de Fernando Aramburu?

Poli Malo: Sí, me la acabo de terminar... Y no veas la mala leche que me ha dado.

PB: ¿Mala leche? Si a mí me ha parecido una novela bastante buena...

PM: Pues a mí... En fin, qué quieras que te diga.

PB: No entiendo tu reticencia... Para empezar, es una novela que trata de un tema espinoso y que sigue estando en el candelero de la opinión pública, como es el del terrorismo de ETA en el País Vasco, con el acierto de centrar la historia de dos familias de un pequeño pueblo guipuzcoano. En una de ellas el padre, empresario, acaba siendo asesinado por ETA por no pagar el "impuesto revolucionario", mientras que en la otra uno de los hijos cada vez más radicalizado, se ha integrado en esa misma organización. Lo que acaba por separar a ambas familias, que durante años han sido amigos íntimos. Ya me dirás si no es un planteamiento original y valiente.

PM: No me digas que eres de esos que piensa, como Aramburu, que "los escritores vascos no escriben sobre ETA"... Atxaga, Sairzarbitoria, Sarrionandia... ¡Todos han escrito sobre ETA! Y esos paralelismos tan forzados: la familia de la víctima, la familia del terrorista, una hija y un hijo en cada una de ellas... Más que una novela parece un sudoku. Y el estilo...

PB: ¿El estilo qué? El estilo es ágil, coloquial, casi oral, hace que una novela de 600 páginas sobre un tema difícil se lea como un thriller... No me digas que eso no tiene mérito.

PM: Y tanto que coloquial, si parecen los vascos de los chistes, siempre con el mal uso del condicional hasta cuando se supone que están hablando en euskera... Por no hablar del repertorio de personajes tópicos, que luego dirán de los Ocho apellidos esos: el vasco trabajador a machamartillo y muy amigo de sus amigos, el vasco brutote y comilón, el melifluo cura nacionalista, las mujeres ariscas y de "morro apretao"... ¡ese matrimonio de esposa mandona y marido calzonazos lo he visto yo en telecomedias de la ETB, por favor!

PB: Me parece injusto lo que dices; aparecen también otros elementos más actuales, como el tema de las personas dependientes o el matrimonio homosexual.

PM: Claro, ¿y qué personaje resulta ser gay? Pues el único que lee y tiene alguna sensibilidad cultural y artística, para no salirnos del topicazo.

PB: Pues yo creo que es un recurso válido e incluso conveniente utilizar ciertos arquetipos, que se desenvuelvan en  el ambiente limitado de un pueblo, para representar con eficacia el drama fratricida o cainita que ha vivido la sociedad vasca todos estos años. Y además, hay que valorar la pluralidad de realidades que presenta Aramburu: la víctima inocente, el terrorista que se arrepiente, la violencia policial, la kale borroka...

PM: De pluralidad nada: está bien que incluya las torturas de Intxaurrondo, que a estas alturas las admite hasta Aznar, pero sigue siendo una novela tan maniquea como todas las demás obras "vascas" de Aramburu. Mira por ejemplo: ¿a quién escoge como víctima? A un ser absolutamente perfecto: un empresario vasco, o mejor, "vasco vasco", que habla euskera, es buena persona, buen marido, buen padre, que da trabajo a la gente del pueblo... Como si tuviera que ser absolutamente puro para ser una víctima. ¿Y si hubiera sido un policía, un político o simplemente un inmigrante, ya no habría sido una víctima? ¿Y si hubiera sido un torturador, no habría servido para hacer reflexiones mucho más complejas o más interesantes sobre el "conflicto vasco" y sus ramificaciones?

PB: Bueno, pero es que lo que interesa en la novela no es tanto la víctima, sino el entorno: su familia, la familia del terrorista, la reacción del pueblo... No me negarás que algunos diálogos representan muy bien la locura de ciertas mentalidades; como esta: "Antes éramos víctimas del Estado y ahora somos víctimas de las víctimas, nos dan por todas partes".

PM: Sí, algunos diálogos sí tienen gracia, y son una crítica ácida al radicalismo etarra, pero muchos otros no pasan de una caricatura. Casi todos los personajes del entorno abertzale son una caricatura, de hecho, sin ninguna profundidad. Si lo que Aramburu quería decir es que las víctimas son buenas y los terroristas son malos, tontos y fanáticos... ¡para eso no necesitaba escribir una novela de 600 páginas!

PB: No sé, a mí no me parece tan maniquea: además de hablar de las torturas o de la actuación policial en Euskadi, en la novela también se presta atención a las vivencias de los propios miembros de ETA, por ejemplo, sin que nos los presente como unos monstruos absolutos. Y de todos modos, yo creo que a la sociedad vasca le viene bien que se escriban obras como ésta, para que reflexione y asuma el drama que ha vivido durante años una buena parte de sus ciudadanos.

PM: Sí, bueno, ésa es otra: según se desprende de la novela, las víctimas de ETA se merecen nuestra compasión y solidaridad, como no puede ser de otra forma. Los victimarios, al menos se pueden ganar nuestra clemencia o cierta indulgencia si se arrepienten. Pero a la sociedad vasca en general, que le den dos duros, porque bien clarito se ve en la novela que el que no ha sido cómplice del terrorismo era cobarde, pusilánime o incluso traidor. Por lo visto tratar de vivir como un pueblo civilizado sin dejarse arrastrar hacia el delirio militarista no era suficiente...

PB: Me parece que no vamos a ponernos de acuerdo. Para mí es una de las novelas del año, quizás la gran novela sobre los años del terrorismo de ETA.

PM: Pues para mí es una novela que se desarrolla en esos años, incluso diría que poco más que un culebrón familiar. Pero nada de "La Gran Novela de la Violencia Vasca". Ésa, habrá que buscarla en otra parte.

Firmado: Juan G. B. y Santi, que no son respectivamente el PB y el PM (ni viceversa)

lunes, 19 de diciembre de 2016

ULAD: Lo mejor del 2016

Francesc Bon:
  • Libro del año: Pues para mí el libro del año ha sido Breve historia de siete asesinatos de Marlon James. No sé decir exactamente el motivo, pero al final me recuerdo acarreándolo, con su presencia imponente y su lomo amarillo, siguiendo andanzas de rastafaris y es una sensación demasiado imborrable. Quizás sea un libro cautivo de su componente visual, pero desde cuándo va a ser malo que una novela contemporánea te recuerde a una nueva temporada de The Wire. Con dos muy dignos contendientes: Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y Satin Island de Tom McCarthy, cuya importancia aún no soy capaz de calibrar.
  • Sorpresón postrero: el festín de Xavi Ayén en La vuelta al mundo en 80 autores.
  • Porquerías: En un año globalmente positivo: el incomprensible apoyo a algo tan vacuo como Érase una vez el fin, de Pablo Rivero, o la esperada constatación del timo de La chica del tren 
  • Caerá en 2017: Cualquier Saer que se ponga en medio.
  • No tocar ni con un palo: Zanón, Pérez Andújar, y todos aquellos que quieren apropiarse de la literatura de barrio. Por mediocres y por cansinos.
  • Los comentarios me han hecho salivar para el 2017: Vollmann y, dicen, el Ray Pollock que viene.

Juan G. B.:

Carlos Andia:
  • Volumen imponente del añoEl capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty -algunas claves que deberíamos conocer.
  • La relectura del añoCoronación, de José Donoso -buenas sensaciones después de muchos años
  • Libro de Historia del añoContinente salvaje, de Keith Lowe -una etapa muy especial de la Historia de Europa
  • Una joya a la que tenía muchas ganasLocus Solus, de Raymond Roussel -atrévase usted.
  • Clásico rescatadoReivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo -imprescindible con mayúsculas.
  • Obra de teatro del año: Calígula, de Albert Camus -todo intensidad
Y, si se me permite, porque obviamente es algo muy poco uladiano, pero muy especial para mi: 'Análisis de los fenómenos monetarios en España', de Florencio Salcedo -¡qué tío!


Koldo CF

Montuenga:
Santi:

Marc Peig:
  • Libro del año: El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer
  • Autobiografía del año: Instrumental, de James Rhodes
  • Tocholibrohistórico del año: Las benévolas, de Jonathan Littell
  • Tochonovela del año: La broma infinita, de David Foster Wallace
  • Ensayo del año: Esto es agua, de David Foster Wallace
  • Clásico que debería haber leído antes: La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig
  • Libro del que no debería ni haber pasado de la portada: En manos de las furias, de Lauren Groff
  • Decepción del año: Sueños de trenes, de Denis Johnson
  • No pasará un año más sin leer: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe
  • Autor que debo recuperar porque lleva tiempo olvidado (injustamente): Haruki Murakami
  • Caerán más libros de: Stefan Zweig
  • Ganas de que llegue el 2017 para lo nuevo de: Siri Hustvedt, Paul Auster y  Karl Ove Knausgaard


jueves, 8 de diciembre de 2016

Edurne Portela: El eco de los disparos

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

ETA dejó de matar en 2010, aunque ya desde la tregua de 2003-6 su final parecía inminente e inevitable. Desde entonces, el País Vasco (y no solo) ha entrado en una nueva fase histórica, política y también cultural: es el momento de construir la narración de los años de plomo, de revisar las últimas cuatro décadas y decidir qué les vamos a contar a nuestros hijos. ¿Fueron años de locura transitoria? ¿La culpa de todo la tuvo Franco? ¿Hicimos, como sociedad, lo que pudimos en medio de una situación difícil y peligrosa?

Esta es la pregunta fundamental que intenta plantear (más que responder) Edurne Portela: cómo se está creando el discurso sobre los años de violencia, en los productos cultuales vascos. Y su propuesta es crítica, incómoda y dolorosa: defiende que en la sociedad vasca dominó la complicidad, el miedo y el silencio, y que el secuestro del lenguaje por parte de ciertas ideologías (sobre todo de la denominada "izquierda abertzale", pero también el nacionalismo tradicionalista español) ha dificultado la creación de discursos complejos, matizados y profundos.

Conviene recordar que lo que Edurne Portela analiza son, como digo, producciones culturales (literarias y cinematográficas, fundamentalmente); no es una socióloga que pretenda radiografiar a la sociedad vasca, sino una investigadora de Estudios Culturales que trata con representaciones y creaciones ficcionales. Su forma de evaluarlas, por otra parte, es decidida y explícitamente ética e ideológica: no evalúa su calidad formal, sino su valentía, su capacidad para huir del maniqueísmo pero también de la tan temida "equidistancia".

E estos juicios, salen bien paradas obras como la película Tiro en la cabeza; la obra del fotógrafo Clemente Bernad (quien quiso exponer en el Guggenheim la radiografía de la cabeza tiroteada de Miguel Ángel Blanco, provocando una enorme polémica), los relatos de Jokin Muñoz o de Iban Zaldua. Algo peor quedan en la foto la novela Twist de Harkaitz Cano, o los cuentos de Fernando Aramburu. Y la obra que recibe las críticas más duras (junto con las producidas por creadores próximos a la izquierda abertzale con fines casi-propagandísticos) es la película Ocho apellidos vascos, a la que Portela acusa de banalizar la violencia sin antes haber llegado a analizarla o expiarla.

Una de las grandes virtudes del libro es que no está escrito desde fuera, proyectando un juicio moralmente superior sobre los malvados vascos: Edurne Portela se presenta (a través de una serie de capítulos que, sin decirlo, se adivinan autobiográficos) como una vasca más, que vivió los años más duros de la violencia, de la kale borroka, de los pelotazos de goma y de cantar "Sarri, Sarri" en las fiestas del pueblo. A lo largo del libro conocemos a una Edurne Portela con un rechazo visceral a los batasunos y a su retórica, pero que insiste en la necesidad de incluir en el cuadro el terrorismo de estado o la violencia policial, sin que eso suponga hacer tabula rasa y equiparar todas las víctimas y todos los discursos. Se opone a la equidistancia cómplice, pero también a la utilización política de las víctimas del terrorismo, realizada a veces por las propias asociaciones de víctimas.

El libro tiene algunas limitaciones; por ejemplo, excluir del análisis obras de los "grandes" escritores de la literatura vasca tiene ventajas, porque ayuda a ampliar el canon establecido, pero también es cuestionable, porque voces como la de Ramon Saizarbitoria han dicho mucho, y muy bien, sobre la forma en la que podemos enfrentarnos como sociedad a los hechos del pasado. Tampoco comparto (ni falta que hace, claro) todos los juicios que hace Edurne Portela: me parece que es demasiado crítico con Twist, y que exagera en su rechazo de Ocho apellidos vascos, que no pasa de ser una txotxolada inferior a Vaya Semanita, aunque de la misma familia.

Pero en todo caso, El eco de los disparos es una obra que abre un camino (y lo quema parcialmente, también): el del análsis de los discursos culturales sobre los años de plomo. Afortunadamente, los escritores, cineastas, artistas, solo están empezando ahora a producir este tipo de reflexiones, por lo que el trabajo de Edurne Portela exigirá futuras actualizaciones (suyas o de otros). Quizás la mejor noticia sea de hecho que estas producciones culturales existen, y que son variadas, complejas y producen narraciones divergentes sobre el conflicto vasco. En el momento en que se imponga una narración única, libros como este dejarán de ser posibles, y el olvido habrá triunfado sobre la memoria.

También de Edurne Portela en ULAD: Formas de estar lejosMejor la ausencia

sábado, 27 de agosto de 2016

VV. AA.: Nuestras guerras. Relatos sobre los conflictos vascos

Idioma original: inglés (aunque los textos antologados fueron escritos originalmente en euskera)
Título original: Our Wars
Año de publicación: 2011
Valoración: interesante

En 2011, después de recoger un premio en la Feria del Libro de Guadalajara (de México), Fernando Aramburu hizo unas polémicas declaraciones en las que afirmaba que "los autores vascos no escriben sobre ETA". Ese mismo año, como para llevarle la contraria, Mikel Ayerbe publicaba en inglés, en Nevada, la antología Our Wars. Short Fiction on Basque Conflict, adaptada al español en 2014 y publicada por Lengua de Trapo.

Como indica su título, esta es una antología de relatos sobre los conflictos vascos, en plural. Y estos conflictos son la Guerra Civil, y el más habitualmente llamado "conflicto vasco", o sea, el terrorismo de ETA. Esta elección de estos dos conflictos, que personalmente me parece bastante cuestionable, no es casual, sino que responde a una determinada narración de la historia vasca que establece una continuidad entre la Guerra Civil y la represión de la posguerra, y la aparición de ETA a finales de los 50. (Hay incluso quien va todavía más atrás y relaciona estos conflictos con las guerras carlistas, un despropósito histórico del que parece burlarse Iban Zaldua, siempre tan ácido, en su relato "Guerras civiles").

Personalmente, unir en un mismo volumen relatos sobre la Guerra Civil y sobre el "conflicto vasco" me parece un error, no solo porque no comparto esa narración que establece una relación casi-causal entre la Guerra Civil y ETA, sino sobre todo porque se trata de conflictos distintos, y con los que los autores tienen relaciones diferentes: ninguno de los escritores antologados estaban vivos en 1936-9, y en cabio todos han tenido una experiencia de primera mano de la violencia de ETA, lo que sin duda condiciona su forma de escribir sobre los dos "conflictos".

De ahí que haya leído con algo menos de interés los primeros cuentos del volumen, en particular aquellos que pertenecen a autores más reconocidos, como Bernardo Atxaga o Ramon Saizarbitoria. No es que sus cuentos sean malos, ni mucho menos, pero no aportan gran cosa novedosa, y su extensión mayor que el resto (ocupan casi la mitad del libro) les concede un lugar preemiente que condiciona la lectura del volumen. "Dos piedras", de Inazio Mujika Iraola, es un relato interesante, pero que apunta en una dirección que siguen muchos otros autores: la despolitización del conflicto, su transformación en algo personal, individal (un triángulo amoroso, en este caso).

Tras el relato de Iban Zaldua ya mencionado, que funciona como bisagra de la antología, los siguientes relatos tratan ya, estos sí, del conflicto vasco, el terrorismo de ETA, el terrorismo de Estado, etc. Naturalmente, hay algunos relatos más conseguidos que otros (me han gustado "Actualidad política", de Eider Rodríguez, por su ambiente claustrofóbico, o los de Harkaitz Cano o Ur Apalategi, por su tono irónico y su visión metaliteraria del conflicto); también hay relatos que tratan más directamente el tema de la violencia, mientras que en otros es casi una nota tangencial, y cabe preguntarse si se justifica su inclusión en el volumen (caso de "Heredera" de Xabier Montoia, "Recuerdos" de Karmele Jaio o "El tipo", de Ainguer Epalza).

Siempre es muy fácil criticar a un antólogo, por supuesto: es mucho más fácil criticar una antología que organizarla. Mi conocimiento de la literatura vasca en euskera tampoco me permite enmendarle la plana a Mikel Ayerbe: no sé si hay relatos mejores sobre el conflicto vasco o no. La sensación que sí tengo, después de terminar el volumen, es que se trata de un libro sorprendentemente exento de sangre, y de política. La violencia, cuando ocurre, casi siempre ocurre fuera de plano; las motivaciones de los personajes, cuando se explicitan, son vagas o personales, y no ideológicas. Quizás sea esta la forma en la que se está escribiendo sobre el conflicto vasco (aunque no es así en obras como Martutene, por ejemplo), pero en ese caso creo que a la narración de estos años de plomo todavía le quedan muchos capítulos por llenar.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Reseña + entrevista: "Mejor la ausencia" de Edurne Portela

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Edurne Portela apareció en el panorama editorial hace un año, con su ensayo El eco de los disparos, sobre las representaciones literarias y fílmicas del “conflicto vasco”. Ahora vuelve con una novela, Mejor la ausencia, que retrata la vida de una chica de la margen izquierda de la ría de Bilbao (en la que se sitúan las fábricas, las ciudades obreras, las minas) en su paso de la infancia a la adolescencia y a la madurez en el seno de una familia cargada de tensiones, culpas y silencios.

Esta es una novela marcada por la violencia, no solo del terrorismo, sino también de la conflictividad social de los años 80 (años de la reconversión industrial, con niveles de desempleo que llegaron al 30% en algunas zonas), de la epidemia de heroína que diezmó a toda una generación, o también la violencia machista ejercida dentro y fuera del hogar. Es por lo tanto una novela oscura, casi naturalista en su acumulación de desgracias (violencia doméstica, drogodependencia, alcoholismo, torturas, exilios, violaciones, pérdidas), que contrasta tanto con el relato idílico del nacionalismo vasco, como con la visión dominante de los años 80 como años de libertad, creatividad, aperturismo, “la movida madrileña” y Pedro Almodóvar, la europeización galopante.

Por eso, lo que narra Mejor la ausencia quizás resulte novedoso para algunos lectores, pero resultará muy reconocible para quien haya vivido en el País Vasco (o mejor, en Vizcaya) en los años 80: algunos de mis recuerdos infantiles están ligados a las sirenas de las fábricas, y a los enfrentamientos entre la policía y los trabajadores de los astilleros abocados al cierre. Estas otras violencias también forman parte de la historia y de la memoria reciente de Euskadi, que no se resume ni se agota en el llamado “conflicto vasco” (aunque este también está muy presente en la novela, de una forma poliédrica y no binaria o maniquea).

Edurne Portela ha optado por estilo seco y con pocas concesiones al preciosismo o al humor, pero muy efectivo en la transmisión de la dureza de la trama. Quizás uno de los aspectos más conseguidos sea la evolución de la sensibilidad (y la voz) de la narradora, desde las primeras páginas, en que tiene apenas cinco años, pasando por la áspera irritación de la adolescencia, hasta la edad adulta, en 2009, momento de volver la mirada hacia el pasado para intentar darle sentido.

Esta última sección, la que muestra el regreso de la protagonista a su casa, es quizás la que me resulta más problemática. Creo que la idea es introducir, precisamente, el momento de construcción de la memoria traumática desde la madurez, pero este tema no se desarrolla lo suficiente en mi opinión; y el recurso de volver atrás para reconstruir determinados episodios que habían quedado incompletos en la primera parte me parece confusa narrativamente.

En todo caso, esto no disminuye el valor de una novela más que recomendable, dura pero cargada de interés literario, histórico o político. Si El eco de los disparos es un ensayo que nos ayuda a reflexionar sobre el modo en que el "conflicto vasco" está siendo representado en distintos productos culturales, Mejor la ausencia es en cambio un producto cultural que nos recuerda que la historia del País Vasco no se reduce a ETA y al nacionalismo; que hubo muchas otras tramas y vivencias que compusieron un periodo duro de nuestro pasado, que esta novela contribuye a recuperar, en toda su complejidad y dolor.

También de Edurne Portela en ULAD: Formas de estar lejosEl eco de los disparos

Entrevista a Edurne Portela


Creo que mucha gente va a leer esta novela como un complemento o continuación de 'El eco de los disparos', o sea, como una novela sobre ETA. ¿Esta lectura es correcta, o puede ser reductora? ¿Las dos obras se compusieron al mismo tiempo, o secuencialmente?


Empecé a escribir Mejor la ausencia después de terminar El eco de los disparos, en agosto de 2015. Lo recuerdo perfectamente porque comencé a hacerlo sin saber todavía si iba encontrar un editor para El eco. Pero al finalizar el ensayo me di cuenta de que la pregunta principal que me había guiado a escribirlo no estaba agotada y esa pregunta era qué significa convivir, entendiéndola, con una herencia de violencia. Es decir, cómo la violencia (ya sea política, estructural o íntima/familiar) marca nuestra forma de concebir el mundo en el que vivimos, nuestra relación con él. En El eco lo exploro de forma muy específica en el contexto de la violencia que hemos vivido en Euskadi. En Mejor la ausencia hay una continuación de esta exploración, pero también una ampliación temática. La violencia que se explora en esta novela no es sólo la del "conflicto", sino también la del desarraigo, la droga, el maltrato en el seno de la familia, el machismo. En ese sentido, Mejor la ausencia no es una novela sobre ETA o no por lo menos exclusivamente.

Me imagino que eres consciente de que se va a comparar tu novela con 'Patria', que habrá quien diga que te has inspirado en ella o, peor todavía, que estás intentando aprovecharte del tirón de Fernando Aramburu. ¿Crees que por causa del éxito de 'Patria' se nos viene encima una oleada de novelas sobre el conflicto vasco? ¿Y eso, sería bueno o malo?

Como decía, empecé a escribir esta novela por lo menos un año antes de que Patria saliera a la luz. Para cuando leí el libro de Aramburu, mi novela estaba casi acabada. Creo que sería una tontería decir que está inspirada en ella porque no tienen nada que ver, ni en concepción literaria ni en el tratamiento de los temas. Y lo de aprovecharme del tirón... ¡si fuera tan fácil!

Patria ha marcado un antes y un después en la ficción sobre el tema y a partir de ahora será inevitable que todo lo que escribamos se compare. Si viene una oleada de novelas sobre el tema creo que no se debe tanto al fenómeno Patria (aunque seguro que le salen un montón de imitadores) sino a la necesidad que tenemos de entender y elaborar nuestro pasado reciente. Este mismo septiembre salgo yo, pero también sale Aixa de la Cruz y Juan Bas, que yo sepa. Y la traducción de Atertu arte itxaron de Katixa Agirre también se va a publicar ahora en castellano como Los turistas desganados. Y yo creo que esto es muy buena señal. Igual nos pasa como con las novelas de la guerra civil, que al final podemos acabar hasta el moño de malas novelas, o de novelas de héroes y villanos, pero esa producción también ha dado obras excelentes que nos han ayudado a entender ese periodo traumático de nuestra historia.

'Mejor la ausencia' es una novela de la memoria. ¿Hasta qué punto la construcción de esta memoria sirve para darle un sentido a la vida individual y a la historia colectiva?

La memoria, ya sea en su forma testimonial o en su elaboración a través de la imaginación en ficción, creo que es fundamental como herramienta para comprender nuestro pasado. Pero ojo, no se puede sustituir memoria por historia. La labor de los historiadores es fundamental y creo que a veces no les valoramos lo suficiente. Pero también es cierto (y esto ya es un tópico, pero creo que está bien recordarlo) que la ficción puede llegar allá donde la historia no puede: el terreno de lo íntimo, de los afectos, de esas zonas ambiguas y tremendamente humanas en las que también se gestan la historia y sus tragedias, la política y sus violencias. Entonces, las novelas que se nutren de la memoria o que indagan en el pasado individual y social, si consiguen indagar en ese sustrato afectivo y representarlo para el lector o lectora, aportan algo muy valioso al conocimiento de la historia.

¿Cuánto hay, en 'Mejor la ausencia', de deseo de completar la historia narrativa reciente del País Vasco con una serie de temas (el paro, la droga, el rock...) que están casi ausentes de la mayor parte de sus representaciones? El hecho de que sea una novela urbana, centrada en la periferia de Bilbao, te sitúa de alguna forma como contrapunto de Ramiro Pinilla, desde la orilla opuesta de la Ría: como cronista de una historia algo diferente de la oficial… 

Muy buena pregunta, aunque no sé si sabré contestarla. A ver, cuando me pongo a escribir esta novela no soy consciente de estar completando nada, no nace de una carencia, sino de un deseo de indagación. Tampoco pensé en ser el contrapunto de Ramiro Pinilla (sería de una arrogancia tremenda por mi parte).  Pero ahora que lo dices, sí es cierto que no tenemos mucha ficción centrada en esta geografía o en esos años. Pero el caso es que con esta novela yo partí de una serie de afectos, memorias, impresiones relacionados con lo que significaba vivir esos años en este contexto. Los hechos o la problemática histórica era por supuesto importante, pero no era lo que dictaba el texto. Es decir, no buscaba elaborar una tesis histórica a partir de mis personajes, sino dejarles vivir naturalmente en él. Si el resultado es, como dices, una historia diferente a la oficial o alternativa, pues me alegra mucho, pero es un resultado que no busqué conscientemente.

¿Por qué una novela tan oscura?

Pues ahí sí que sé es difícil darte una respuesta. Te diría que se lo preguntaras a mi psicoanalista, pero ya no tengo uno. Bueno, hablando en serio, además de la oscuridad que pueda haber dentro de una, creo que esos años que nos tocaron vivir son muy opacos, muy oscuros, años que, como dices tú antes, apenas hemos elaborado ni a través de nuestras memorias ni de nuestra imaginación. Creo que según los personajes fueron tomando cuerpo y vida, toda esa oscuridad, esos silencios, se apropiaron de la narración. Y tal vez, al estar contado desde la perspectiva de Amaia, un personaje que vive en la oscuridad, también en su edad adulta, nunca llegamos a salir de ahí. O sólo en breves momentos.

Como decía antes, quizás mi mayor problema con la novela sea la última sección, la que sucede en 2009 y se titula “el regreso”. ¿Por qué introdujiste esta segunda parte, más breve, en la novela? ¿Qué función tiene? ¿Por qué no la desarrollaste más?

Aquí retomo mi respuesta anterior. Como decía, toda la novela está narrada desde el punto de vista de Amaia. Desde pequeña, ella intenta entender el mundo que le rodea. Ese mundo se va ensanchando según va creciendo, pero gravita siempre entorno a su padre: su presencia y su ausencia. No quiero destripar la novela, entonces tengo que limitar un poco la respuesta. Pero piensa en eso en relación a la segunda parte. Ella, por una serie de circunstancias, regresa a "casa" y es entonces cuando ese proceso de intentar entender se reactiva, y se hace a través de la escritura, que para ella es una forma de conocimiento. A esa edad y con lo que ha vivido, Amaia intenta reconstruir todos esos pedazos del pasado, que son a veces intuiciones, a veces datos deslavazados, a veces memorias dudosas. Y el final, del que no vamos a hablar aquí, interrumpe ese proceso. Amaia va dando sentido, construyendo su propia narrativa, en esta segunda parte y a mí me parece que ese proceso de reconstrucción aporta toda una serie de matices sobre el pasado importantes. Y, bueno, quería dejarla crecer y ver en qué se había convertido como una mujer de 35 años.

Si no desarrollé más esta parte es porque pensé que con la elaboración que hago era suficiente. Hice una buena criba de secciones que me parecían que si bien eran importante para mí, para entender a Amaia, al lector o lectora no le iban a aportar mucho más. Igual te resulta frustrante que algunas cuestiones del pasado de Amaia y su familia no se aclaren, o estén confusas. Pero es que Amaia no logró nunca saber nada más. Y ella manda.

Por otra parte, esta segunda sección deja un mensaje bastante desasosegante: si tomamos a la familia de Amaia como una alegoría o metáfora de la sociedad vasca, la conclusión parece ser que la comunicación, la comprensión o la reconciliación son imposibles, sobre todo en un contexto traumático.

Aquí no estoy de acuerdo contigo. De nuevo, no queremos arruinar la lectura a nuestros lectores y lectoras, pero creo que la mayoría de los personajes de la familia sí establecen una comunicación, entre algunos sí hay reconciliación. ¿Amaia? Bueno, es que Amaia es una chica muy especial que ha vivido mucho. Y hay reconciliaciones que son no sólo imposibles, también indeseables.

Dicho esto, tampoco sé si la familia de Amaia se puede entender como alegoría o metáfora de la sociedad vasca. En parte sí, porque son personajes inscritos en la historia vasca de los últimos 40 años, pero por otra parte, ni ellos representan a toda la sociedad ni todo lo que les ocurre tiene que ver con el conflicto vasco (la desintegración social debido al paro o la heroína en los 80, por ejemplo, se da en otros lugares de España). Además, hay otras cuestiones que marcan a los personajes, como la violencia familiar (contra la mujer, los niños), en la que entran otro tipo de consideraciones cuando hablamos de términos como "reconciliación".

Por último, tengo curiosidad por saber si escogiste el estilo (frases cortas, uso de coloquialismos, sobre todo en los diálogos, pocos preciosismos...) de forma consciente para que correspondiese con el contenido o con la voz del personaje, o si simplemente es la forma de escribir con la que te sientes más cómoda...

Claro, toda la obra es la voz de Amaia y toda la narración se sustenta en ella. No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero Amaia es una chica capaz de mucha ternura, vulnerable también, pero al mismo tiempo puede ser dura, incluso violenta. Su voz es ella y, por eso dirá tacos o será seca, aunque también su voz puede destacar el cariño o sus pensamientos desvelar su ternura. La segunda parte es cierto que Amaia comienza con unas reflexiones más pausadas, pero el retorno a "casa" supone también una vuelta al pasado y, con ello, a un estado similar a aquél de la primera parte.


sábado, 29 de diciembre de 2018

Reseña + entrevista: Como si todo hubiera pasado de Iban Zaldua

Idioma original: del libro, español; de los relatos, mayoritariamente euskera
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

A Iban Zaldua se deben algunos de los artículos sobre literatura vasca que más he recomendado en los últimos años: aquellos dos (este y este) en que hizo un repaso bastante exhaustivo por la literatura vasca sobre el conflicto (vasco); o este otro en el que analiza y critica (de forma minuciosa y en mi opinión, acertadísima) la novela Patria de Fernando Aramburu. Pero también se le debe un ensayo interesante y ameno sobre la literatura vasca (Ese idioma raro y poderoso), una estupenda novela humorística sobre el mismo tema (Euskaldun guztion aberria / La patria de todos los vascos), y otra novela, Si sabino viviría, también política-humorística, aunque menos lograda que la anterior. Sin embargo, donde quizás se sienta más cómodo el autor es en el relato, un género en el que ha publicado ya una docena de títulos, mayoritariamente en euskera. El último, Sekula kontatu behar ez nizkizun gauzak, ha salido este mismo año.

Pero ojo, Como si todo hubiera pasado no es la versión española de este último libro de relatos (como yo mismo pensaba antes de tenerlo entre mis manos). Es, en cambio, una autoantología temática: la reunión de todos los relatos que el autor ha dedicado al conflicto vasco o, como a él le gusta llamarlo, La Cosa. Son más de cuarenta relatos, publicados entre 1999 y 2018, con una extensión que varía entre las dos y las diez páginas, todos ellos (salvo dos, si no me equivoco) publicados originalmente en euskera y traducidos ahora al español. El libro cuenta también con un breve prólogo de Edurne Portela, que lo sitúa en el contexto del actual interés por la memoria del conflicto, pero también destaca la originalidad propia de este autor.


La mayor pega que se le puede poner a una antología monotemática como esta es que resulta, en fin, monotemática: leída de un tirón, y sin cuentos de otros temas que sirvan de distracción y alivio, la acumulación de historias sobre La Cosa puede llegar a saturar. Esta sensación, sin embargo, se ve disminuida por la variedad de perspectivas y técnicas narrativas empleadas por Iban Zaldua. Porque en sus relatos hay todo tipo de personajes: policías, terroristas, políticos, familiares de víctimas y de presos, torturadores, chivatos, y también miembros de la "sociedad civil", o sea, personas normales a las que el conflicto afectó sin que fueran agentes en él. Y también porque sus historias se cuentan en todas las formas imaginables: en primera y en tercera persona, a través de diálogos, de escenas fragmentarias, de perspectivas múltiples y entrelazadas...

De hecho, leer todos estos relatos sobre el tema vasco seguidos permite percibir algunos temas recurrentes, casi obsesivos, que se repiten como varaciones musicales (y la música, como en otras obras de Iban Zaldua, también ocupa un lugar importante en este volumen, en relatos como "Tres conciertos", "A89, La Transeuropénne" o "Nostalgias"). Así, por ejemplo, el tema de la identidad escondida (el topo, el policía de incógnito, el falso militante); el de los universos paralelos o los hilos cronológicos alternativos, que se activan o no en función de las decisiones de los personajes (como en "Línea temporal", "Lo único que cambia" o "El doctor Iriarte"), o el tema del paso del tiempo y el abandono de los ideales, que se manifiesta repetidamente a través de personajes que se reencuentran después de mucho tiempo y comprueban que sus perspectivas, sobre el conflicto vasco o sobre la vida (no) han cambiado con los años. [Comentario marginal: este es también el tema de "Karma", un relato de Aixa de la Cruz incluido en Modelos animales].

También se puede percibir, leyéndo los relatos así, todos seguidos, la evolución del autor en su relación con el tratamiento del tema: mientras que muchos de los primeros relatos son casi sketches (pequeñas escenas aisladas e independientes, casi teatrales o cinematográficas), y predomina la estética y las tramas realistas, a medida que el volumen avanza se van mezclando otros ingredientes, otros géneros literarios como el fantástico o la ciencia ficción, sobre todo. Y el humor, un humor seco y oscuro, que es uno de los rasgos más definitorios de la obra de Iban Zaldua, se va introduciendo con cada vez mayor frecuencia y claridad. Probablemente el mejor ejemplo de todo esto sea "Itinerarios", el relato que cierra el volumen, y que es personalmente mi favorito; en él nos situamos en una Donostia futura y distópica, en que se ofrecen "rutas de memoria" que recuerdan episodios del conflicto vasco a través de diversos lugares del centro histórico de la ciudad (y es difícil contar más sin destripar el cuento).

En el contexto del actual interés editorial por la memoria del conflicto vasco, Como si todo hubiera pasado se sitúa en un lugar particular. Al ser una recopilación de relatos, no propone (no puede ni quiere proponer) una visión unívoca del conflicto, ni una única perspectiva privilegiada; por ser un texto, o un conjunto de textos, cargado de distancia irónica, resulta particularmente escurridizo para quienes busquen respuestas tranquilizadoras o soluciones morales sobre la violencia y sus diversas manifestaciones. Al haber sido escritos a lo largo de un periodo extenso de tiempo, durante la actividad de ETA y después de su cese definitivo, ofrecen un panorama único de la vida durante el conflicto, y desde dentro del conflicto, así como sobre su evolución a lo largo de las últimas dos décadas. Seguramente no será un best-seller, pero sí una aportación de mucho interés para la reconstrucción de la memoria de estos años estúpidos y sangrientos.


Entrevista con Iban Zaldua

-¿Qué te llevó a reunir todos los relatos sobre La Cosa en un volumen, y en español? ¿Hay un nuevo interés en el público por el tema del conflicto vasco?
Creo que todos los que nos dedicamos al cuento tenemos una pulsión compiladora, de echar la vista atrás y reunir las mejores piezas de nuestra producción, desperdigadas por diferentes libros y revistas, o de agruparlas temáticamente, como es el caso; yo ya lo había hecho una vez en euskera, en el volumen Ipuinak. Antologia bat que publicó la editorial Erein en 2010. Creo que había una nueva ocasión de echar la vista atrás, esta vez en castellano, aprovechando que algunas de mis colecciones de relatos en euskera, como Traizioak o Itzalak, no se habían publicado nunca en español. Y, por otra parte, como apuntas, es posible que exista un interés mayor por parte del público: se están editando más novelas y obras en torno al asunto, como las de Edurne Portela o Aixa de la Cruz, y la buena e inmediata disposición de Galaxia Gutenberg a hacerse cargo del proyecto también me pareció una señal alentadora. Pero no sé si ese interés es tan profundo, o va a ser duradero. Aunque da lo mismo: esté de moda o no, yo creo que los escritores vascos vamos a seguir escribiendo, bien, regular y mal, sobre el tema. Exactamente como hemos hecho hasta ahora.

-Se ha hablado mucho de "la batalla por el relato" en el País Vasco. ¿Quizás sería mejor hablar de "los relatos", en plural? ¿Es posible llegar a un relato de consenso o solo a una constelación de relatos a veces contradictorios?
Yo creo que sería bueno llegar a un mínimo común denominador, al esqueleto de un “relato civil” más o menos unitario sobre la cuestión. Algo en lo que tendrían que colaborar las instituciones estatales y autonómicas, los distintos institutos de la memoria –oficiales y no–, la academia –a partir sobre todo de la labor de historiadores, sociólogos, documentalistas, periodistas etc.–, las principales fuerzas políticas… A nivel local se están dando pasos interesantes en ese sentido, como podrían ser las iniciativas del ayuntamiento de Rentería, o las de la Fundación Buesa. Pero que eso sea lo deseable no quiere decir que vaya a producirse; yo hay días que soy muy pesimista a ese respecto. Y pienso que, si no hemos conseguido llegar a un mínimo común denominador sobre la Guerra Civil y el franquismo, por ejemplo, ¿cómo vamos a hacerlo con este tema, que tenemos aún tan cercano?

-¿Qué papel le correspondería a la literatura en este proceso?
Yo creo que su función debería ser más bien complementaria, de ir a lo micro, a lo que la “gran historia” suele olvidar o dejar de lado, de rellenar con grises y con detalles la “versión oficial” –o las diferentes “versiones oficiales”, si no se llegara a ese mínimo consenso–, de ser la lente que nos acerque, más allá de las cifras y los fríos relatos documentas, lo que le pasó a la gente en esas épocas, en esas circunstancias. La literatura, y las artes en general, deberían ser el espacio para los “diferentes relatos”, esta vez sí que en plural.  Y el peligro de que no lleguemos al relato único-mínimo del que hablaba en mi anterior respuesta sería el de situar en el centro del debate –en el centro del combate– a la literatura o a las artes. Me da la impresión de que existe esa tentación, y que caer en ello puede ser malo para la salud de la literatura como tal.

-¿No crees que esta literatura sobre La Cosa se lee de forma muy diferente dentro y fuera del País Vasco? Pienso, por ejemplo, en la acogida de 'Patria'... ¿Desde fuera se buscan relatos más simplistas de buenos buenísimos y malos malísimos, que en Euskadi "no cuelan"? 
Supongo que es inevitable que se lea de una manera diferente aquí que fuera: en principio, aquí ha habido más "versiones oficiales" en disputa, y el grado de conocimiento sobre las vicisitudes del conflicto, aunque sólo sea a nivel periodístico, es mayor; si a eso le añadimos la experiencia vital de cada uno, y la de su entorno, ya ni te cuento. Pero, por otra parte, tampoco podemos olvidar que Patria también ha tenido éxito dentro del mismo País Vasco, que ha habido mucha gente que, siendo incluso nacionalista vasca, ha leído y le ha gustado un montón la novela. Evidentemente, ha habido gente que la ha rechazado por motivos políticos, a veces sin leerla siquiera, pero en el País Vasco también ha pasado lo contrario, eso no se puede negar. De manera que, en parte sí, el hecho de que Aramburu haya entregado una historia muy esquemática, que se adapta al "relato oficial" que más se ha vendido fuera del País Vasco, ha tenido que ver, pero no explica todo el fenómeno. Creo que otra de las claves está en el tipo de producto que es Patria: una lectura fácil, clara, comercial, o como mucho, midcult. Una novela para los que no leen habitualmente literatura: la única manera de vender tantísimo hoy en día es llegando a ese tipo de público. Porque, no nos engañemos, Martutene, de Ramon Saizarbitoria, es una obra mucho más compleja y profunda, y aborda la cuestión del conflicto vasco desde una posición mucho menos cómoda y evidente que Patria. Pero la hemos leído cuatro, tanto en español como en euskera -vale, en euskera quizá unos cuantos más, pero no tantos tampoco...-. A mí no me preocupa tanto el contenido de Patria -mucho de lo que cuenta es verdad, y duele, vaya que si duele, porque lo que ha pasado aquí, lo que hemos dejado que pasara aquí ha sido muy fuerte-, como la manera que tiene de contarlo, que es por donde yo creo que hace aguas la novela. Una manera que es, paradójicamente, una de las razones que la ha llevado a ser tan vendida, aparte de un impulso político muy determinado, claro está.


-En tus relatos hay protagonistas de todo tipo: ertzainas, terroristas, víctimas, torturadores…. ¿Es una estrategia consciente para mostrar la complejidad del conflicto? ¿No te da miedo que te llamen equidistante, que es uno de los insultos de moda?
No sé hasta qué punto se puede acusar a un cuentista de algo como “estrategia consciente”, ja ja; eso es más de novelistas, me temo. De hecho, cada relato es una novela en miniatura, y surge y se agota en sí mismo, de alguna manera: todos han aparecido en colecciones de relatos junto a otros de muy diversa índole, y sólo ahora los he “juntado” en un volumen temático; la mayoría son cuentos escritos muy en tiempo real, con mucha vocación de contemporaneidad, no hay tantos que partan de una mirada “histórica”, no sé si se me entiende. Diacrónicamente puede parecer que sí, que he intentado darle a todos los palos, pero no creo que fuera así mientras los iba escribiendo. Aunque tengo que confesar que me gusta el efecto de “novela coral” que, de alguna manera, adquiere el libro leído en su conjunto. Y que dentro de ese conjunto destacan los relatos cuyo eje vertebrador se apoya no tanto en los protagonistas directos del conflicto, sino en los testigos, en la gente que convivió con el problema y sufría sus consecuencias de una manera más indirecta. Quizá porque es la posición que está más cerca de la que yo ocupaba, pienso. Que no tiene que ver, necesariamente, con la que adopto como narrador, por otra parte. En ese sentido, no me preocupa mucho lo de la acusación de “equidistante”, porque tengo bastante clara cuál es mi postura ética y política, y, además, diría que no ha cambiado mucho en los últimos veinte o veinticinco años, quizá más. Y te puedo asegurar que no la veo para nada como equidistante. Pero mi posición como narrador sí que puede ser muy otra, sin embargo.

-A lo largo del volumen creo ver una evolución: los primeros son más esquemáticos, y también más realistas. Después se añaden o mezclan otros géneros: lo fantástico, la ciencia-ficción... ¿Por qué sentiste esa necesidad (si se puede decir así) de ir más allá del realismo?
Puede ser. Quizá al principio estuviera más envarado, y no me atreviera a abordar el tema más que desde esa especie de red de seguridad que proporciona el realismo. A mí me costó afrontar literariamente el tema, durante años ni se me ocurrió que pudiera ser un tema que pudiera abordar por medio de mis ficciones. Quizá porque estaba saturado de esa misma realidad en la vida cotidiana, en la misma militancia, y la literatura fuera para mí, precisamente, otra cosa. Pero el hecho de que obras de autores como Bernardo Atxaga, Ramon Saizarbitoria, Jokin Muñoz, Arantxa Urretabizkaia o Xabier Montoia me ayudaran a pensar sobre el tema supongo que me animó; también la necesidad de decir algo sobre el tema, y de hacerlo en euskera, que era la lengua en la que había leído todas aquellas novelas o relatos. Aunque en alguno de mis primeros relatos como “El escondite” ya es claramente fantástico, supongo que un uso más abundante de ese tipo de tramas llegó cuando me sentí más seguro escribiendo sobre el asunto, porque yo diría que mi tendencia “natural” es hacia eso, hacia el fantástico. Un fantástico, por otra parte, que no pretende ser escapista o quedarse en mero artificio: como decía Julio Cortázar, “la fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con más fuerza la realidad que nos rodea”. Evidentemente, no sé si lo logro en mis relatos: eso lo tendrá que decidir el lector.

-Y el humor, que es una de las características de tus obras, ¿puede ser una herramienta para afrontar la memoria del conflicto?
Creo que sí, o al menos me gustaría. El mío es un humor bastante resignado, y no todos mis cuentos hacen uso del mismo ni mucho menos; lo señalo no vaya a ser que algún lector despistado se piense que se va a encontrar con un festival de la comicidad… Pero pienso que es natural que aparezca, tanto en mi caso como en el de otros autores como Luistxo Fernandez o Juan Bas: me da la impresión de que a partir de cierto punto, y más en un conflicto que ha durado tanto como el que nos ocupa, las tramas más habituales, como la trágica y sobre todo la épica, se agotan, y dejan un espacio que la ironía o el humor pueden ocupar, al menos en parte. Soy de los que no cree que haya temas sagrados que no puedan abordarse –también– desde el humor. Siempre que el humor, como bien señalaba Edurne Portela en su ensayo El eco de los disparos, no sea un vehículo para blanquear el pasado o lograr una sonrisa fácil, satisfecha: el humor tiene que ser como la sal, tiene que escocer cuando se lo aplicas a la herida, y si gusta a todo el mundo, señal de que no ha cumplido su objetivo; el humor que a mí me interesa tiene que sentarle al menos un poquito mal a alguien. Eso implica riesgos, claro: que te pases en la apuesta y la cagues, porque la intención humorística puede ser la que sea, pero si no alcanza al receptor no hay nada que hacer. Pero es un riesgo que hay que asumir. La literatura, sin riesgo, tiene menos interés, me parece a mí.

-¿Y ahora, qué? ¿Vas a seguir explorando el tema de La Cosa, o sientes que lo has agotado con estos relatos? Y si lo sigues explorando, ¿en qué direcciones crees que lo harás?
Bueno, desde que he publicado el libro he escrito tres o cuatro relatos nuevos en torno al asunto, alguno de los cuales he llevado como bonus track a las presentaciones del libro, de manera que… No sé seguiré dándole mucho o poco al tema; antes tampoco lo hacía siempre, de hecho los de La Cosa suponían solo un porcentaje dentro de mis colecciones de cuentos… Pero, por los que he escrito estos últimos años, si siguiera haciéndolo, me da la impresión de que irían en dos direcciones. Por una parte, aunque para mí siga siendo historia presente, contemporánea, supongo que empezarán a ser más abundantes los que conlleven algún tipo de visión histórica –sin caer, espero, en las rutinas de la llamada “novela histórica”, que me suele dar un poco de repelús como género–. Y, por otra, por lo que estoy viendo en algunos de los últimos, como “Itinerario”, que es el que cierra el volumen, el tema, más que La Cosa en sí, está derivando hacia “el relato de La Cosa”, esa “batalla por el relato” sobre la que hablábamos al principio de la entrevista. Porque esto sigue, no se ha acabado de ninguna manera, aunque, por fortuna, ETA y su violencia se hayan convertido en cosa del pasado.